Volvamos los visitantes (II)

(Ver tiro libre de Palma y festejo entremezclado en 1:55)

¿Tienen que volver los visitantes?

No, en el sentido que habitualmente se le da a esas palabras. “Sin visitantes” en realidad no quiere decir sin visitantes. Quiere decir: “sin un operativo especial para separar visitantes y locales, operativo que obviamente genera la sensación de que El Otro es tu enemigo, y que por lo tanto permite que vayan los muy violentos, total la policía cuida que no se agredan, aunque no siempre le sale del todo”.

El fútbol argentino no va a dejar de ser violento hasta que no se puedan sentar en el asiento de al lado un hincha de Central y uno de Ñuls, uno de River y uno de Boca. Por supuesto que hay que castigar a los violentos, pero es imposible la no violencia sin cambio cultural. Si El Otro es enemigo, no hay aparato represivo que aguante. ¿Utópico? ¡No! Hace no mucho tiempo en la cancha de Ñuls había una platea en la que se mezclaban hinchas de Central e hinchas de Ñuls.

Tenemos que tener estadios como los de Europa. Los espectadores de fútbol tienen que ser tratados como especatadores: poder comprar su entrada en Ticketek o similar y buscarla sin tener que ir al estadio. (Veo colas hace dos días en cancha de River de gente que va a buscar su entrada: ¿para qué?). Todo el mundo tiene que pagar una entrada, socios (a precio más bajo) y no socios, todo por Internet. Todos tienen que estar sentados: por cinco años, debe frenarse el partido si hay gente parada, como hoy se suspende cuando hay gente colgada en el alambrado. Molesta; puede amedrentar. La demografía en las gradas no tiene que ser diferente a la demografía entre la gente que mira por TV: más niños, más viejos, más mujeres.

Por supuesto, todo esto es mucho más utópico si los dueños de la pelota no tienen ganas de cambiar las cosas. ¿Lo podemos cambiar los hinchas? Quizás. Mi humilde propuesta de acción es que un grupo de hinchas visitantes empecemos a ir de visitante. Camiseta de nuestro club, gorrito del local. Movida mediática: hinchas por la paz. ¿Alguien se prende?

Volvamos los visitantes (I)

Susurro de gol

Decidí el viernes pasado concurrir a Chicago-Central. Raro y bello horario: viernes azul de otroño, 3pm. Hermosas condiciones para remontar esas calles que ahondan el poniente hacia el antiguo barrio “Nueva Chicago”. Algún visionario había bautizado así a ese paraje al que llegaba el ganado de las pampas a partir de 1899, queriendo imitar al Chicago original, el embudo de transporte de la producción agropecuaria en la otra gran pradera fértil del continente. Algún otro, después, decidió que ese nombre era imperialista y lo convirtió en el más brutal “Mataderos”.

El primer tropiezo fue en General Paz, en obra; un desvío hacia territorio bonaersense, pasando por la cancha de Almagro, alargó el viaje más de lo que lo acortó. Pude estacionar el auto en las inmediaciones de la estadio República de Mataderos recién a las 2.45pm. Una buena: no había trapitos; claro, no había demasiados interesados. Una mala: aunque sólo estaba permitido el público local, una serie de vallas policiales taponaban el camino más corto a la cancha. Estaba a 4 cuadras pero debía caminar 9. Apuré el paso.

El primer cordón policial estaba antes de cualquier boletería. “Entradas y credencial en mano”, gritaban los policías.

– Pero no tengo entradas, oficial, ¿dónde saco?

– Ah, no, había que sacar en el Polideportivo, pero creo que se iban a las 15 y ya son casi las 15.

– ¿Dónde es el polideportivo?

– Para allá, unas seis cuadras.

Me arremangué. En el otoño el aire es más seco en Buenos Aires. Retiene menos la temperatura: a la mañana puede estar fresco, pero a las 3 puede hacer, casi, calor. Troté en estilo de corredor descalzo, acariciando el suelo con la parte más ancha del pie. Me perdí. Llegué al mercado de Mataderos, donde se hace la feria los fines de semana. Pregunté. Un poco más allá estaba el Polideportivo, sólo reconocible por los colores verde y negro. Entré por una puertita a una edificación modesta. Había algo parecido a una boletería, pero vacía. Un señor limpiaba una oficina contigua y le pregunté por la venta de entradas: “No, flaco, era hasta las 14, se fueron hace rato”.

Ya eran las 15.05, ya estaría desparramando su magia de pases por la grama Gustavo Colman, el jugador más preciso del fútbol argentino.

Corrí de vuelta, ya transpirado, hasta el cordón policial. Les expliqué que venía desde el Chaco para ver el partido, que nadie me había avisado que las entradas se sacaban en el Polideportivo hasta las 14. “Si querés pasá, pero en el otro cordón policial no te van a dejar pasar”.

Tuvieron razón. En el segundo cordón policial había un operativo mixto de policías y (creo) guardias de seguridad privada, con chalecos amarillo fosforescente. Empecé a contarle la misma historia al primero: “Vengo del Chaco, quiero comprar una entrada, ¿no hay manera de comprar una entrada?”.

– “¿Pero vos sos hincha de Chicago?”, me preguntó, aludiendo a la única disposición legal de este mundo que involucra mecanismos interiores del cerebro del Homo Sapiens.

– No, soy neutral.

Sonrió: “Entonces no entrás”. Busqué al jefe: joven, canchero, tenía como barba una franja de un centímetro que hacía todo el recorrido en U de oreja a oreja. Le expliqué de nuevo: “Vengo del Chaco a ver fútbol, sólo quiero comprar una platea, pagar lo que cueste, ¿no puedo? Corrí quince cuadras hasta el Polideportivo y no había”. Me miró risueño. “Le pido que no me mire así, estoy bastante caliente, me vine hasta acá”, dije con el mejor modo. Seguí chamuyándolo por varios minutos, como perrito faldero: insistente, sin malas maneras. “Dale, dejame pasar hasta el estadio a ver si alguien de Chicago me vende una entrada”.

Finalmente accedió. Sólo faltaba una última valla, quizá la más difícil: la entrada al estadio propiamente dicha. Había solamente dos puertas. Consideré las alterativas mientras oía varios “Uuuuuhhhh” desde la cancha (Chicago nos había pateado varios corners en esos primeros minutos, me enteré después). Me pareció más posible la más lejana, como más desierta. Misma historia: “vengo del Chaco, quiero pagar una entrada….”. Me miraban con cara rarísima: aparentemente era infrecuente que una persona quisiera ver un partido de fútbol. “No, pibe, por acá no pasás. Si querés andá a la otra puerta y preguntale al inspector”.

El inspector era un señor viejito, una persona que parecía consciente de no pertenecer a esta época. Estaba recostado sobre una de las barandas que ordenan la entrada de espectadores, casi queriendo dormir una siesta ahí apoyado. Le repetí mi historia. Se compadeció un poco. “Qué va a hacer, yo hace 33 años que trabajo acá, no puedo arriesgarme a dejarte pasar”. Le dije: “Don, en otra época era más fácil entrar a una cancha. Sólo quiero pagar una platea y ver el partido”. Me miró un rato. “Yo no puedo venderte una entrada”. Insistí. Me miró otro rato. Al fin:

– Rubén, dejalo pasar a este.

Unos policías que me habían visto en el cordón anterior lo celebraron. Me dijeron “Nosotros le habíamos dicho al jefe que te dejara pasar” (se referían al señor de la barba de un centímetro). Corrí hasta las gradas. Subí varios escalones porque me gusta ver el fútbol desde cierta altura. Era una cabecera bastante tranquila, la barra estaba en una lateral; la platea “Paulino Niembro”, a mi izquierda. Un tipo de mi edad con aspecto de asesor del Frepaso tenía un libro de filosofía política y mascullaba en silencio su frustración: Chicago es un equipo de jugadores muy malos.

Al poco tiempo de llegar, el Colmandante empezó a manejar el equipo. El césped se ve muy verde a las tres de la tarde de un día azul de otoño. Un rato después, Marco Ruben hizo el primer gol, allá en el arco de enfrente. No lo grité, claro: estoy acostumbrado a ir de incógnito, a que ante un gol de Central (tampoco son tantos) uno sólo puede saltar y con los brazos abiertos insultar al aire, como si fuera de bronca.

(contiunará)

Un malentendido llamado Bitcoin

Apuntamos en otras oportunidades qué nos gustaba de Bitcoin, la moneda virtual, y qué no. Uno de los méritos es ser una moneda no estatal, menos proclive a las manipulaciones de los gobiernos. Otro, su carácter electrónico (que, en realidad, puede existir en cualquier otra moneda).

Las desventajas: (1) lo innecesario que es hacer trabajar a los “mineros”. Por sorteo podría conseguirse la misma emisión monetaria que con muchas computadoras gastando electricidad; (2) al tener la oferta monetaria fija, cualquier cambio en la demanda por bitcoin se refleja en cambios en los precios, lo que la hace intrínsecamente inestable. Una moneda de precio muy inestable no sirve como moneda. Sirve como timba.

Leemos hoy: “Comer y viajar en el país con bitcoin en el bolsillo“. Se habla de un “furor” que consistiría en “100.000 transacciones diarias a nivel mundial” y “8000 usuarios en el país”. Por supuesto, ambas cifras son infinitesimales. Si una persona hace 10 transacciones económicas en un día, 100.000 mundiales equivale a 10.000 personas *en el mundo* pagando todas sus transacciones en Bitcoin. Es decir: un 0,00013% de la población mundial. Pero más allá de esta publicidad engañosa, la nota me hizo advertir un tercer defecto de bitcoin: una unidad vale demasiado.

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Sobre la “E” de CONICET

Amanecí de derechas, hoy.

¿Por qué en Estados Unidos la gente que investiga (al menos en ciencias sociales) está en las universidades, en cambio en la Argentina no necesariamente? Paul Krugman (hoy quizás el intelectual más influyente en ciencias sociales) acaba de enseñar su semestre 76. Es muy difícil medir el impacto de la investigación en ciencias sociales. Yo lo desconozco. No sé quién lo podría juzgar. Hay Premios Nobel (Krugman es un ejemplo) que dicen que lo que hacen otros Premio Nobel (varios) está todo mal y no sirve para nada, y viceversa. Quizás tiene razón Krugman. Quizás los otros tienen razón. Quizás ambos tienen razón. Quizás ninguno tiene razón.

Dadas estas incertidumbres, ¿no sería más lógico que a la gente que investiga en ciencias sociales se le obligue a enseñar, como parte de sus deberes?

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Cuando la ley es literatura fantástica

Tengo al siguiente teoría: en nuestro país hay un círculo vicioso de incumplimento de la ley. Funciona así: como cumplimos poco las leyes, los legisladores las pueden hacer de cumplimiento muy difícil, total mucha gente no la cumplirá; y como las leyes son exigentes en exceso, se cumplen poco.

Ejemplos sobran: tasas impositivas altas generan más evasión; por lo tanto, hay que subir las tasas impositivas para recaduar lo necesario; por lo tanto, hay más evasión. Los límites de velocidad a veces son bastante ridículos, incluso en las calles internas de los countries. Todos sabemos que si le errás “por un poco”, no serás castigados. Entonces hay que poner las velocidades máximas muy bajas.

Por supuesto, el equilibrio de “incumplimiento de las leyes” (leyes sobre-exigentes que no se cumplen) es peor que el equilibrio con cumplimiento. En primer lugar porque es más justo que no queden como unos boludos los que cumplen. En segundo lugar, porque la ley sobre-exigente (la tasa impositiva alta, por ejemplo) nos aleja de la calidad: las inversiones que quieren cumplir con la ley se enfrentan a tasas más alta. Tecero: al instalarse la cultura de incumplimiento a la ley, incluso leyes buenas caen en la volada.

Con las leyes de empleo ocurre igual.

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La Hipótesis Messi

Juegue, niño, juegue

El Barcelona de Guardiola fue, probablemente, el mejor equipo de todos los tiempos. Claro que le puede surgir una competencia: el Barcelona de Luis Enrique. Hace unos años escribimos:

Guardiola y Messi: siempre creí que la revolución del Barça dependió mucho de esa combinación. El juego de Guardiola tiene mucho más sentido con Messi, y la productividad de Messi gana mucho con el juego del Barça. Messi le da a Guardiola la seguridad de que el Juego de la Paciencia tiene una luz al final de ese túnel hermoso, que es el momento en que Messi arriesga la pelota. Y Messi con el juego del Barça sabe que puede elegir qué pelota arriesgar; le llegan doscientas por partido, pero sabe que no tiene que arriesgar todas, sino elegir las las diez o veinte mejores.

El fútbol es un problema científico inescrutable, casi como la economía u otras ciencias sociales. Hay muchas variables, todas se mueven, es prácticamente imposible testear una hipótesis porque es prácticamente imposible diseñar un “experimento controlado” (digo prácticamente porque en algunas ramas –no en la macro– la economía diseña algo parecido a experimentos). ¿Era Guardiola la causa principal del glorioso Barcelona? ¿Era Messi? ¿Eran Xavi e Iniesta? ¿Era el juego asociado que también practicó Del Bosque?

En el párrafo que autocité dije “Messi y Guardiola”. Hoy quizás matizaría y diría solamente “Messi y El Juego de la Paciencia”. Tengo dudas sobre quién inventó eso de no arriesgar la pelota nunca jamás. No creo, como dicen algunos, “lo inventaron los holandeses en los 70s”. Miren la final del 74, nada que ver con paciencia. Todos centros al área.

Quizás un antecedente mucho más cercano en el tiempo es la Argentina de Pekerman/Riquelme en 2006, aunque no pudo o no quiso hacerlo contra rivales como México o Alemania. Ciertamente, España jugó El Juego de la Paciencia en el mundial 2010. ¿Lo jugó también en la Euro 2008, antes de que Guardiola lo aplicara en el Barça? No lo recuerdo. La España de Del Bosque era tan fundamentalista como el Barça con la tenencia. Por supuesto, la diferencia entre España y Barcelona era enorme: Messi. España ganó sus tres torneos (2008, 2010, 2012) dependiendo de penales; en la Copa 2010 perdió con Suiza y pudo quedar afuera con Paraguay. Fue el campeón con menos goles en la historia de los mundiales (8). Pero su juego de la paciencia le alcanzó para dominar a Alemania y Holanda.

Lo cierto es que últimamente tenemos algo parecido a un experimento controlado. Con algún matiz, el Barça de Luis Enrique sigue jugando a la tenencia. Guardiola no está más, pero no importa. La Hipótesis Guardiola es popperianamente rechazada, aunque no el objeto que inventó o contribuyó a inventar: el Juego de la Paciencia. El rechazo a la Hipótesis XavIniesta (recuerdo que había gente que decía “Messi juega así por Xavi e Iniesta”) es por el ridículo: el técnico Luis Enrique tiene como regla no escrita: “Que jamás jueguen juntos Xavi e Iniesta”. Es como si en cada partido el técnico quisiera demostrar lo innecesaria que es esa combinación para que el Barcelona juegue bien. Lo logra con creces.

La Hipótesis Messi, por sí sola, tampoco explica todo. El otro equipo de Messi (la selección) no juegó ni remotamente tan bien como el Barça. No jugó nunca El Juego de la Paciencia, por falta de pericia o por decisión. Más aún: la Argentina de Sabella decidió jugar los dos partidos más importantes de los últimos 25 años (y una parte del partido con Bélgica) cediéndole la pelota al rival. Es posible que con la cantidad de jugadores lesionados fuera difícil intentar la tenencia contra Alemania. Pero también es cierto que aun si hubiera tenido a su disposición a esos jugadores, Sabella no es un amante de la tenencia.

Modifico entonces levemente mi hipóesis de hace dos o tres años. Para que un equipo sea el mejor de la historia tiene que tener estos dos condimentos: tenencia infinita (con 10 jugadores buenos para practicarla) y un chico que se llama Lionel Messi.

¿Cómo se financia el 2016?

Mi perspectiva para el 2016, sobre todo si ganara la Unión para el Cambio (supongamos que se llame así el conglomerado CC-PRO-UCR) es muy favorable. El combo obvio de política económica inicial tendría efectos muy favorables: unificación cambiaria (con corrección del tipo de cambio comercial incluida), eliminación de los permisos para importar, moneda convertible (los pesos se pueden cambiar libremente por cualquier otra moneda), INDEC arreglado y aunque sea el reconocimiento de que bajar la inflación es una prioridad. Si además se logra un tipo de cambio realista sin una aceleración de la inflación (ni siquiera digo una reducción de la inflación), dos obstáculos detrás del estancamiento argentino post-2011 se aliviarían muchísimo: la alta tasa de interés y el “estangulamiento externo”.

Quiero concentrarme en el porqué del segundo punto. El “estrangulamiento externo” (o “restricción externa”) es una idea muy preciada a los economistas argentinos porque el país vivió con ella mucho tiempo, sobre todo en las décadas de posguerra. El esquema mental es muy simple: si se exportan 100, y no entran dólares financieros, entonces sólo se puede importar la diferencia entre 100 y los dólares que tengan que usarse para pagar deudas, supongamos 90. Como la producción argentina es muy dependiente de importaciones, mientras no suban las exportaciones, no podrá aumentar la producción. Aunque se pretenda un crecimiento de la demanda agregada (por ejemplo, aumentando el gasto público) la producción no podrá crecer: apenas crece, se choca con la “restricción externa”: hay más demanda de importaciones, y el Banco Central o la AFIP tienen que negar esos dólares para que no se acaben. (Por un ratito, puede financiarse el déficit perdiendo reservas).

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Reportando las PASO

Me gustan las PASO. Soy pasista. Ninguna de las críticas que se les hacen me parecen convincentes.

¿Se está interviniendo en la vida de los partidos? Sí, un poco sí. Para que no sea una élite informada la que elija el menú. ¿Está mal que sea obligatoria? Cuando seamos una democracia madura, OK, que sea voluntario. Pero por el momento, si pasáramos a lo voluntario votarían en mayor proporción los más ricos y más informados: es lo que ocurre en otros lados. ¿Está mal que uno pueda votar en un partido del que no es afiiliado? No veo el problema. Es más: en este mundo voluble, me parece genial que la “afiliación” la decidas un domingo, y dure exactamente lo que dura tu estadía en el cuarto oscuro. ¿Son discriminatorios los umbrales? Hermano, si no podés llegar al 1,5% en una PASO, no veo cómo vas a sacar algún cargo relevante en la general. Tendrías que mejorar mucho. Quizás para legisladores, en distritos tipo Provincia de Buenos Aires donde no se necesita un % alto para llegar a un legislador, podría haber un umbral bajo.

Lo que sí me molesta es cómo se reportan los resultados de la PASO. Exhibit 1:

Larreta no sacó 47,5%. Entiendo: “Larreta gana la elección de una agrupación que, tomada en conjunto, obtuvo el 47,5%”. Pero el mensaje me parece confuso. Acá en el diario ponen este gráfico:

No entiendo bien qué es la parte gris de la columna de ECO y FPV. ¿Lo que les faltó para llegar a los votos del PRO?

Lo de TV Pública parece más razonable:

Pero deja afuera los votos por candidato. No hay que ser Sherlock Holmes para pensar que el motivo por el cual preferían dar los totales por agrupación es que la diferencia ECO-FPV era menor que la diferencia Lousteau-Recalde.

¿Cómo reportaría yo los resultados de las PASO? Y bueno, soy economista. Algo así pero más prolijo:

EX-POST: me avisan que trabajé “en vano”. Acá la cobertura de Cronista:

Importaciones reemplazadas por aire

10 de enero de 2012. Un mes de la reasunción de Cristina. Decíamos en twitter:

Y acá mismo: “un señor te dirá si importarás mucho, poquito o nada“. Al poco tiempo hablábamos acá de La DISI: la desindustrialización por sustitución de importaciones. Intentar importar menos, en una economía argentina, no iba a resultar en mayor producción local (como había pasado, durante un breve período, con la ISI, la industrialización por sustitución de importaciones), sino en menor producción local. La industria argentina depende mucho, muchísimo, de insumos y bienes de capital importados. Menos insumos es menor producción.

Hace de esto ya tres largos años. Hoy leemos “Fiat abre un plan de retiros voluntarios… por los problemas del mercado en Brasil y la falta de disponibilidad de divisas para comprar insumos”. Y el INDEC nos muestra la evolución de la producción industrial desde los comienzos de la DISI:

Charters para todos

Repito el gráfico del post anterior, y pongo la solución. Nadie quiso hacer las cuentas :( . Y mucha oposición a los charters. Es un clásico: los ricos consideran que los servicios que usan los ricos (obras sociales, escuelas privadas, charters) no deben aconsejarse para los pobres. En itálica el problema, luego la solución y más abajo la interpretación:

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