Ingenieros, no; ingeniero, quizás

Aproximadamente en el séptimo tercio de su discurso (ah, no: si hay tercios son tres, si hay quintiles son cinco) dijo la Presidenta:

Por primera vez, en la UBA, tenemos más inscriptos en ingeniería que en carreras sociales…Hay más ingenieros porque estamos dedicando más de 50 millones de pesos en becas exclusivas para ingenieros…Por eso, por el modelo, es que tenemos más ingenieros

Hace pocos días había titulado este diario: “Por primera vez habrá más inscriptos en la Facultad de Ingeniería que en la de Sociales”. El colega cientista social Javier Zelaznik me acerca el siguiente gráfico:

¿Hace falta explicarlo? Creo que lo entienden los de sociales y los de ingeniería.

Los obstáculos de un gobierno no peronista

Creo que se sobreestiman.

En primer lugar, la historia. A Alfonsín la oposición peronista le resultó un problema grave sobre todo a partir del 87, cuando su poder empezaba a diluirse por otros motivos. Antes de eso, hizo casi todo lo que quiso. Una excepción fue el proyecto de ley Mucci de democratización sindical, pero fuera de eso pudo hacer y deshacer hasta su derrota electoral del 87. En cuando a la Alianza, ¿qué cosa importante no pudo hacer por la oposición peronista? Claro que los gobernadores le negociaban todo a De la Rúa y trataban de no perder su tajada en la lucha distributiva en un momento en que la torta se achicaba, pero incluso en el año 2001, en plena descomposición, el gobierno consiguió la ley de Déficit Cero y los superpoderes a Cavallo.

En ambos casos (Alfonsín, De la Rúa) el fin del gobierno está obviamente relacionado a un fracaso económico; y esos fracasos sólo remotamente se pueden atribuir a la acción opositora. Sí: en 1989 el fantasma de una presidencia de Menem no calmaba la hiperinflación; y en 2001 la prédica “anti-modelo” de Duhalde no apaciguaba el riesgo país, pero las dos veces las crisis se debieron a problemas esencialmente económicos, de contexto externo y de políticas internas.

En segundo lugar, parece arbitrario decir que los obstáculos que pudieran haber enfrentado el alfonismo y la Alianza fueran por el color peronista de la oposición; quizá fue simplemente porque, a diferencia de Menem y los Kirchner, no gobernaron con mayoría en ambas Cámaras (Néstor tampoco lo hizo en sus dos primeros años, pero es un caso menos claro). Sí, es un poco más difícil gobernar sin Congreso propio, pero no es imposible. Y no está demostrado que sea más difícil para un no peronista con una oposición peronista que para un peronista como una oposición no peronista.

En tercer lugar: este es un país muy presidencialista, en gran parte porque la caja la tiene el presidente. Ya ocurría en el siglo XIX, según lo describía Natalio Botana: el poder central influye, con dinero y obras, en las “situaciones provinciales”. Es muy costoso para un gobernador ser enemigo del presidente. Y la mayoría de los diputados de cada provincia están subordinados a su gobernador. Kirchner pudo constuir su poder político a partir del 22% no sólo por la banca de Duhalde; mucho más fue gracias a su chequera.

Y ahora un juicio de valor: ¿no es precisamente esa dependencia de las provincias respecto al poder central algo que la Argentina debería cambiar? Ya lo decían los autores de El Federalista: el sistema de frenos y contrapesos no es solamente la división nacional en tres poderes; también los poderes estaduales limitan al poder central. Deseable, quizás. Pero muy difícil que un presidente no use ese poder en su favor. Mucho más si un presidente tiene que gobernar sin mayoría parlamentaria, como ocurriría en el caso de un gobierno no peronista a partir de fin de este año. Con Massa y Scioli la cosa es menos clara, porque ambos tendrían, creo, la capacidad de unificar el peronismo.

La aspiración normativa realista (mi aspiración normativa realista) es que algún presidente quiera darle más materialidad al federalismo: tener a las provincias menos subordinadas al poder central. Para eso se necesita una combinación de: (a) mayores potestades tributarias de las provincias; (b) menor discrecionalidad y más automaticidad en las transferencias Nación-Provincias  y (c) mayor desarrollo productivo de las provincias que hoy dependen en exceso del presupesto público.

Algunos de esos elementos son para el plazo mediano y largo. Otros requieren un cambio legislativo, pero que sólo sería realista si empieza a aplicarse una vez concluida la presidencia de quien realiza la reforma, porque ningún presidente querrá debilitar su propio poder. Si querrá, quizás, debilitar a poco al sucesor, que siempre puede ser un enemigo. Me animo a proponer esto recién ahora porque ya parece un poco tarde para que lo intente Cristina.

Mauricio y el peronismo

 

 Our friends are all aboard

Viene fuerte el Submarino Amarillo: Macri ya está primero en algunas encuestas. ¿Puede ganar? Es muy curioso el caso de Macri. Ahora nos olvidamos, pero hace diez años se decía que no podía ganar en la Capital, porque era el electorado más “progre” del país. Luego pasamos al extremo opuesto: “es un fenómeno porteño”. Nunca comulgué con ese pesimismo sobre sus posibilidades electorales fuera de la Capital. El voto en Villa Lugano, por ejemplo, está muy correlacionado con el voto en GBA, y a Macri le iba bien allí incluso antes de ser Jefe de Gobierno.

Las encuestas no son como los mercados: los números no reflejan eventos futuros. Los próximos mojones son, probablemente, a favor del líder del PRO. Convención radical en tres semanas que podría llevar a todo o casi todo el radicalismo a una Unión Cívica para el Progreso (UC-PRO). Entre el 12 y el 26 de abril, PASO en Salta, Santa Fe, Mendoza y CABA, tres de ellas con buenas perspectivas para PRO y aliados.

Más allá de las mil consecuencias y escenarios que podría traer un triunfo presidencial de Macri, con apoyo de toda o casi toda la UCR, quería plantear la siguiente pregunta, para la que no tengo una respuesta: ¿cómo sería el mapa de partidos políticos argentinos durante una presidencia macrista?

Dato 1: la billetera pesa mucho. Si hoy ya hay algún peronista (Reutemann) incorporado “al cambio”, me imagino a muchos otros peronistas haciéndose macristas, o como mínimo no haciendo oposición.

Dato 2: en términos relativos al tablero político de la Argentina, y con todas las dificultades que hay para estas cosas, PRO está a la derecha del mainstream nacional tanto en lo económico (¡me alegro!) como en lo que los yanquis llaman “social issues” (aborto, matrimonio gay, subsidio a escuelas religiosas). Macri, su persona, parece liberal en comparación al mainstream de su partido, pero en los votos sobre estos temas sus diputados han estado más a la derecha que, por ejemplo, el kirchnerismo.

Dato 3: si Macri gana, el PJ es derrotado. Si Cristina no está muy involucrada en la campaña, ella podría ser uno de los líderes de la oposición. Esto depende de muchos factores (judiciales, entre otros) pero de momento Cristina mantiene una fuerza política muy relevante, que amainaría pero no desaparecería una vez que pierda la billetera.

En esas condiciones, ¿no podría ocurrir (la hipótesis es arrojada) que un gobierno de Macri fuera algo parecido a un gobierno de una Democracia Cristiana europea? ¿”Desde dónde” -frase que odio- se le haría oposición? ¿No podría la Argentina llegar a un esquema “normal” de un partido del centro tirando a la derecha y otro más a la izquierda, formado por la izquierda peronista y, quizás, la no-extrema izquierda no-peronista?

Es sólo una pregunta. Y, quizás, una expresión de deseos. El bipartidismo tradicional argentino siempre fue una ridiculez en la que competían dos “catch-all” parties, no muy ubicables a izquierda o derecha. Ya sé, cayó el Muro, terminaron las ideologías. Pero en casi todas las democracias maduras del planeta, y probablemente en todas las bipartidistas, uno puede señalar un centro político y un partido a cada lado de ese centro.

¿Metas de inflación o acuerdo social? (II)

Planteé hace un par de días un ejercicio de intento de estabilización de precios, con diferentes casos según si (a) el gobierno era o no capaz de negociar un Acuerdo Social con sindicatos y empresarios y (b) el Banco Central era o no independiente para comprometerse con una Meta de Inflación sin que el Poder Ejecutivo pudiera forzar la política monetaria para conseguir objetivos diferentes a la inflación (básicamente: una devaluación licuadora). Distintos valores en esas dos dimensiones formaban cuatro casos: (1) Sin Acuerdo y sin Metas (2) Sin Acuerdo y con Metas (3) Con Acuerdo y Sin Metas y (4) Con Acuerdo y con Metas.

La inflación era, como aproximación, un resultado combinado entre la inflación salarial y el aumento del tipo de cambio, en un promedio ponderado con un peso bastante mayor (80%) a los salarios que al dólar (20%), que es a ojo de buen cubero la relación entre dólar, salarios y precios en la Argentina.

En el archivo adjunto explico los resultados numéricos para los improbables interesados, pero los discuto aquí.   Seguir leyendo

Quiz: ¿Metas de inflación o acuerdo social?

Se habla mucho de la importancia de la “credibilidad” en la lucha contra la inflación. Creo que conviene entenderlo bien porque va a ser muy importante en la Argentina que se viene.

Voy a presentar el ejercicio como una adivinanza. ¿Cuánto es la inflación en los casos 1, 2, 3 y 4 expuestos más abajo? ¿Cuánto es, en cada caso, el aumento de salarios y del dólar?

Imaginemos que llega la paritaria 2016, y el año anterior (2015) la inflación fue 25%. Hay que firmar los acuerdos salariales, y supongamos que los gremios actúan según las siguientes reglas: (a) como mínimo, 23% de aumento salarial; (b) el aumento nunca podrá ser muy inferior a la devaluación que se espera: supongamos, nunca estará más de 5% por debajo de la tasa de devaluación que se espera para 2016 y (c) dentro de esos parámetros, cuanto más aumento nominal, mejor.

Los empresarios actúan con la siguiente regla: (d) “acepto cualquier acuerdo salarial que me propongan los gremios siempre que crea que la devaluación del peso a lo largo del año va a ser igual o mayor al acuerdo salarial”.

En marzo, supongamos, se definen los acuerdos salariales, según una negociación que se explica más abajo. La tasa de devaluación la va definiendo el Banco Central a lo largo del año. La inflación a lo largo del año, supongamos, será un promedio ponderado entre el aumento de salarios que hayan acordado (imaginemos que su ponderación es del 80%) y aumento del dólar (20% de ponderación). Por ejemplo, si los salarios suben 30% y el dólar 40%, la inflación es 0,8*30%+0,2*40%=24%+8%=32%.

Para la acción del gobierno, consideremos cuatro escenarios posibles:

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Algo más sobre el peso fuerte

“Ocho centésimos”=¿0,8?

En mi columna de ayer volví a argumentar a favor de la moneda indexada, a la que llamo “peso fuerte” en honor a la que fue, durante casi todo el siglo XIX, la principal unidad de cuenta para transacciones de alto valor y para comparar cifras en el tiempo. Era una unidad de plata, al lado de la cual circulaba el “peso papel” de la Provincia de Buenos Aires, que sufrió muchas depreciaciones, sobre todo durante el gobierno de Rosas. (A veces se hacían emisiones de papel convertibles con peso fuerte, como la de la viñeta). El sistema fue reemplazado en 1881 por otro análogo: “peso oro” reemplazando al fuerte como moneda metálica, “peso moneda nacional” como moneda de papel. Arrancó 1 a 1 en convertibilidad, pero a los tres años ya se había depreciado el papel frente al oro.

Mucha gente coincide en la necesidad de una unidad de cuenta indexada para un país como la Argentina. El motivo es muy simple: firmar contratos en pesos y firmar contratos en dólares es muy arriesgado si lo que a uno le interesa es el “poder de compra”. El poder de compra del peso baja sistemáticamente, por eso un contrato de alquiler, por ejemplo, en general tiene una escala nominal ascendente; en un contrato financiero, aunque haya una tasa de interés prefijada, hay riesgo para deudores y acreedores sobre el poder de compra real. En cuando al dólar, su poder de compra fluctúa sistemáticamente. En ninguna de las alternativas tiene uno la menor idea de cuánto va a tener que cobrar o pagar en el futuro. Chile, por ejemplo, usa hace más de treinta años una unidad de cuenta indexada (la “UF”), e incluso los precios de las propiedades se listan en UF y su equivalencia a pesos va variando.

Creo que la Argentina no sólo tiene que permitir contratos indexados, sino que esa moneda indexada (“peso fuerte”) debería tener existencia visible.

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Imaginando el debut post-kirchnerista

(Nota aparecida en La Nación, reproduzco porque blog viene de “Web-log”, es decir de “log”, es decir “bitácora”, es decir “lugar donde voy escribiendo todas las cosas que se me ocurren”).

Supongamos que el 10 de diciembre se acaba la economía kirchnerista, independientemente de la identidad del ganador de las elecciones presidenciales. Es muy poco probable que incluso un delfín kirchnerista, en caso de ganar, se mantenga fiel a Cristina y mucho menos a las políticas macroeconómicas qua completarán por entonces un sexto año muy pobre (crecimiento bajo o negativo, inflación alta) sobre un total de ocho años de presidencia.

El problema más grave de la economía argentina es uno con el que convivimos hace 70 años: la inflación. La excepción fueron los años de convertibilidad, pero sus dificultades finales fueron, en parte, la consecuencia de la medicina excesiva que hubo que tragar para salir de la híper del 89-90. El kirchnerismo heredó la oportunidad de precios estables sin la rigidez del 1 a 1 pero la dilapidó a partir de 2004, cuando abandonó los planes del Banco Central de ir a un sistema de metas de inflación.

Empezar a bajar la inflación dentro de 300 días no es un trabajo fácil. Puede salir bien, pero también puede salir mal. En gran parte, el éxito depende de atenuar el efecto de las trampas que dejará la economía kirchnerista y de aprovechar las partes ventajosas de la herencia, que alguna hay.

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¿Por qué gana en Europa la austeridad?

En comparación con Estados Unidos, Europa tuvo una política mucho menos keynesiana, mucho más austera en todos estos años de crisis. En este artículo con Pablo Gerchunoff proponemos una hipótesis que quizá ayuda a explcar esa diferencia, aunque obviamente hay muchas variables involucradas. Resumo en lo que sigue la hipótesis principal.

En la zona Euro, *todos* tiene que estar de acuerdo para un salvataje a un país: las ayudas se votan con unanimidad. Cuando un país -uno solo- está en problemas (por ejemplo, se le pinchó una burbuja) y se complica su acceso al crédito, no puede hacer política keynesiana, porque no tiene plata y es caro endeudrase. Cuando le pasa a un estado norteamericano, posiblemente tampoco puede endeudarse, pero al menos (i) sus desempleados reciben subsidios nacionales por desempleo, y (ii) se mudan fácilmente de Estado. Ninguna de esas dos cosas son ciertas, o no tanto, en Europa. Hasta allí, los mismos argumentos que los de “área monetaria óptima”. Si no están los factores (i) y (ii), más vale tener una moneda propia, porque al menos queda el recurso de devaluar en los momentos malos.

Pero quizás la unanimidad tiene otro efecto. Imaginemos un “shock negativo” a muchos estados de Estados Unidos, pero no a todos. E imaginemos una situación análoga en Europa. En Estados Unidos, será factible construir una “Alianza Keynesiana” en los poderes nacionales: el presidente y el Congreso pueden considerar que vale la pena una política fiscal expansiva. Esa “Alianza Keynesiana” sólo necesita una mayoría simple. En Europa, en cambio, la regla de unanimidad lo impide. Si alguno de los miembros está en pleno empleo, no le convendrá votar una ayuda (o una expansión de gasto público “confederal”, que quizá por este motivo no existe) para la que tiene que poner plata pero de la que no obtiene muchos beneficios. Salvo que el shock haya sido tan importante como para poner en peligro las economías de toda la Unión Europea, ganará el voto por la austeridad.

Así está entonces la Eurozona. Hay países que necesitan políticas expansivas. Pero, con que a un solo miembro de la Unión no le convenga, esas políticas no se ponen en práctica. Tomados por sí mismo, a cada miembro en problemas le convendría hace política fiscal y monetaria expansiva. Para la política fiscal no tiene plata, para la política monetaria no tiene una moneda.

Las conspiraciones de Paulos Krugmatis

Krugman parece pesimista sobre un acuerdo griego, y rápidamente señala “culpables”: los Europeos del Norte, y más específicamente, algo así como “la casta” europea.  A diferencia de otros líderes de países pequeños del euro, la dupla griega Tsipras-Varofuakis no tiene interés en quedar bien con los hombres de corbata del norte de Europa, sostiene Krugman. En esos otros países (¿Estonia?) los líderes no necesariamente siguen los intereses de sus pueblos, porque buscan retirarse a cargos “europeos”, cosa que obviamente no es una opción para Tsipras-Varoufakis. Si es necesario, compran el ajuste para luego ser premiados con algún cargo en la burocracia de la Unión Europea.

Un delirio.

Claro que todos los líderes europeos tratan de tener gobiernos exitosos. El motivo por el cual aceptan (a regañadientes) los ajustes es otro: saben que la alternativa es peor. La izquierda griega, en cambio, cree que puede tenerlo todo: salir del ajuste y mantenerse en el euro. Seguramente sería lo mejor para Grecia. Y quizás sería mejor también para Europa.

Los alemanes y compañía lo saben, pero también creen en el “moral hazard”: si les prestamos otra vez, van a seguir endeudándose, ellos y los demás. Tomado como caso particular, no hay duda de que ayudar una “útlima vez” a Grecia puede ser aconsejable. Tomándolo como un sistema (“cada vez que un país tiene problemas, lo salvamos”) es cierto que no genera los incentivos adecuados. Por eso el ministro alemán dice: “si Grecia no cumple con lo acordado no habrá más dinero“. Es fatal, y no sólo porque sea el alemán: para un nuevo perdón a Grecia hace falta el voto de todos y cada uno de los miembros del Eurogrupo, formado por los ministros de Economía de cada uno de los 19 países del euro.

No hay una conspiración internacional contra Grecia. Hay individuos que perciben que sus interese son opuestos a los de otros individuos, y pueden decidir abstenerse de ayudarlos.  El día miércoles (hoy) es la reunión del Eurogrupo, y es probable que lo hagan.

En la zona, de momento

Para JP Morgan, los bancos griegos se las arreglan para conseguir liquidez hasta mayo, cuando debería llegar algún tipo de arreglo con Europa. Una pena que todo ese tiempo, o buena parte, transcurra con el riesgo país por las nubes, incertidumbre financiera, crédito escaso, lo que posiblemente lleve a una recesión y una caída de la recaudación. En otras palabras: a que se necesite menos gasto público para llegar al mismo nivel de superávit primario.

Es todo un horror. Claro que Europa está equivocada. Europa nunca debería haber entrado a la austeridad en tiempos de vacas flacas. La prueba de que la política europea fue errada está del otro lado del Atlántico. Con política monetaria mucho más expansiva y una política fiscal, al menos, no contractiva, Estados Unidos se las ingenió para bajar el desempleo a la mitad.

No tengo antipatía por el peligroso gobierno griego. Pero sí tengo antipatía por el simplismo, y una cierta compasión por los anteriores gobiernos griegos, y por los gobiernos “del ajuste” en otros países de la Europa periférica. No es que Zapatero y Rajoy querían el ajuste por malvados. Lo aceptaban a regañadientes y trataban de hacer lo mejor posible para evitar consecuencias todavía peores, mientras trataban de convencer a la Unión de una política diferente. Lo mismo que tendrá que hacer Syirza si realmente desea que Grecia permanezca en el euro.