Con el SUBE pasó como con la Asignación por Hijo: primero criticaban al gobierno por no hacerlo; después, por hacerlo. La tragedia del SUBE fue que Cristina lo anunciara con un plazo de dos meses y tardara más de dos años. Pero: ¡qué bueno que esté el SUBE! Qué bueno que obliguen, prácticamente, a la gente a sacarlo, con esta amenaza –insólitamente creída por la población– de que quien no lo saque antes de tal fecha perderá los subsidios. OK, lo perderás hasta que saques el SUBE. Dos, cuatro pesos podés llegar a perder por esperar un par de días y evitar las colas. Obviamente los nuevos usuarios de SUBE tendrán el subsidio una vez que tengan la tarjeta, aunque la saquen después del plazo. ¿Cómo harán si no con los nuevos usuarios?: ¿”Estaba de viaje, no pude sacarlo” / “Lo lamento, tiene que viajar toda su vida sin subsidio”? Poco creíble. Relax.
La cuasi obligación de tener el SUBE me parece muy razonable porque no sólo beneficia al usuario, sino también al resto, que tiene que esperar menos en la subida al colectivo. Y el SUBE debería ser solamente el principio. Una de las grandes reformas del transporte pasa por mejorar el recorrido de los colectivos. Con la tarjeta SUBE se elimina, potencialmente, una de las grandes limitaciones a nuestros recorridos, que es la obligación de pagar por cada trayecto. Si las conexiones entre colectivos fueran gratis, como en el subte, podría hacerse un esquema mucho más racional, con menos líneas circulando por carriles realmente exclusivos –es decir, usados solamente por esa línea, como proponemos aquí– o incluso por calles exclusivas, que tendría la ventaja adicional de que los semáforos siempre le tocarían verde a los colectivos. Además se simplificaría mucho el mapa, que para la Capital podría ser, por ejemplo, así (sin contar las combis gratis que recorrerían las calles, prohibidas para transporte público, en el centro):
¿Por qué la gente está dispuesta a hacer trasbordos en el subte y parece menos dispuesta a hacerlos en el colectivo? Porque el subte va más rápido, se dirá. Pero ya se sabe: el subte va más despacio que el colectivo, si se compara a igualdad de otros factores, esto es, sin obstáculos en ambos casos.
Hecha la defensa del SUBE, vamos a su punto conflictivo: la privacidad, esa deidad de los paranoicos. Hay algún argumento a favor de la nominacion de la tarjeta SUBE; esencialmente, poder cruzarla con datos que permitan ver si deberías ser o no acreedor al subsidio de transporte. Personalmente, creo que el transporte no es la manera más eficiente de redistribuir el ingreso, pero no tengo un problema con ese control del gobierno. Por empezar: a nadie le interesa demasiado mi vida. Por lo general, somos personas muy poco interesantes para el gobierno. Segundo: si el gobierno es malvado y quiere investigarte, te hackea el mail, te interviene el teléfono y sabe tus horarios, tus relaciones, con quién dormís, cuánta plata ganás. Claro que eso sería ilegal, pero usar la data de SUBE para otra cosa que no sea evaluar subsidios también lo es. Un gobierno que quisiera investigarte no tendría problemas en cometer ninguna de esas ilegalidades. Con un gobierno autoritario el problema no es el SUBE, el problema es todo el resto.
Claro que pueda resultar lamentable que muchas organizaciones públicas y privadas tengan tanta información sobre nosotros. Por ejemplo: en cuitonline.com, descubrió el amigo @rodrigosbarra, pueden chequear que le debo unas 3 lucas de patente a la provincia de Buenos Aires. (Perdón, Daniel, estoy en eso; me llega la boleta a la dirección incorrecta y me olvido). Esta proliferación de información personal el precio de vivir en estas sociedades modernas. Incluso debería haber más información en manos del gobierno. Por ejemplo: cuánta plata gastás. Sería genial que se impulsara mucho el uso de tarjetas de débito, para tener una información independiente de tus consumos y por lo tanto estimar cuántos impuestos estás evadiendo. ¿Lamentable? Sí, pero es la parte lamentable de un sistema que, en términos generales, nos hace la vida mucho más fácil. Siempre está la alternativa de irte a vivir al bosque. No es esa mi taza de té.
In extremis, si tu paraonia te impide tener una tarjeta SUBE a tu nombre, cambiásela a un amigo o a un enemigo. Los liberales naive de este mundo, o de este país, esos que se oponen a la Asignación por Hijo, pueden armar un lindo happening en una plaza pública de intercambio de tarjetas SUBE. Júntense en un lugar con buen acceso de transporte público. Gracias a la tarjeta SUBE van a llegar un poquito más rápido.
Valga, ojalá, el verbo del título en esta sección seria de un diario serio, porque está tomado de esa pregunta que se formulaba Mario Vargas Llosa en Conversación en la Catedral : “¿Cuándo se jodió el Perú?” ¿Es apropiada una pregunta análoga para una economía que, con luces y sombras, creció de manera respetable en los años kirchneristas? Después de todo, la Argentina logró sumarse al crecimiento de los países emergentes e incluso recuperar el terreno perdido frente a sus vecinos en los años de crisis.
Sin embargo, las sombras se van haciendo más largas ahora que la luz del alto crecimiento se esconde en el poniente: la inflación; la pérdida gradual de competitividad; la tasa de interés inflada por ese default en la prosperidad que fue la manipulación de las cifras del Indec con que se actualizan los bonos indexados; las regulaciones e impuestos al comercio exterior, no empardados en el mundo capitalista; los controles cambiarios comparables a los que rigen en Venezuela e Irán.
Con el segundo mandato de Cristina, la política económica parece estar delineando una nueva fase del modelo: la DesIndustrialización por Sustitución de Importaciones (DISI). Caricatura de su antecesora de mediados del siglo pasado -la recordada ISI, Industrialización por Sustitución de Importaciones-, la DISI comparte con aquélla el instrumento de los permisos previos de importación, pero es recesiva por anacrónica: en una industria que se adaptó durante 20 años a la globalización, son muchos más los sectores perjudicados por el control masivo a las importaciones de sus insumos que los beneficiados por la desaparición de la competencia importada en el mercado de sus productos.
¿Cómo llegamos a un esquema que parece asegurar el final del ciclo económico K tal como lo conocimos? Económicamente, la segunda presidencia de Cristina se inició en los últimos días hábiles previos a la elección de octubre, cuando finalmente llegó ese horizonte tan temido contenido en la frase: “Hasta las elecciones no van a devaluar”. La mera posibilidad de una devaluación para corregir el incesante deterioro de la competitividad generó la corrida de octubre y desembocó en los controles cambiarios de noviembre. La escasez de dólares, incluso en el mercado cambiario oficial, dio lugar a la consagración final de Moreno como cancerbero de la economía argentina.
En última instancia, pues, llegamos a la DISI y los controles cambiarios por un problema previo que viene desde hace tiempo: la convivencia imposible entre precios que suben por el ascensor y dólar que va por la escalera. El atraso cambiario resultante es diferente de otros (por ejemplo, el de Brasil) porque es más costoso corregirlo con una devaluación, que en un contexto inflacionario implicaría, menos tarde que temprano, un aumento proporcional de los precios.
La entrada al laberinto en que se encuentra hoy la economía K debe buscarse, entonces, en un momento no tan reciente: en la fecha en que la política económica eligió el camino de inflación alta con atraso cambiario. En el origen del problema está la adopción de la doctrina del Tipo de Cambio Real Alto y Estable (Tcrae). Ese credo postulaba que era conveniente para el país tener niveles de salarios en dólares comparables a los de la India o China, y que eso era posible manteniendo el dólar en niveles muy altos en comparación con los precios vigentes en el país. El dólar de 3 o 4 pesos de 2003 o 2004 que defendían los teóricos del Tcrae generaba un nivel de precios en dólares similar al que hoy se obtendría con un dólar de entre 10 y 14 pesos (según la fecha de que se trate), o la competitividad que hoy se obtendría (dados los movimientos internacionales de precios) con un dólar de entre 7 y 10 pesos. Créalo: en aquella época discutíamos si un dólar cerca de $ 10, a valor hoy, era o no un dólar alto e inflacionario. Claro que lo era.
¿Padecimos una gran confusión colectiva al adoptar el Tcrae como política oficial? No completamente colectiva. Había entonces una alternativa, y es posible establecer una fecha exacta en la que se decidió no adoptarla. La administración Prat-Gay del Banco Central tenía programada la adopción explícita del sistema de metas de inflación -como el de Brasil, Chile, Australia, entre otros- a partir de 2005, que habría implicado una flexibilidad cambiaria en ambas direcciones, no sólo ascendente. Pero por ese motivo fue reemplazado el 24 de septiembre de 2004 por una conducción más manejable para el dúo Kirchner-Lavagna. De aquel intento de Prat-Gay de adoptar un esquema monetario menos telúrico que el Tcrae sólo quedaron los Informes de Inflación, una publicación trimestral del BCRA que al poco tiempo se transformó en uno de los testimonios más tristes de la manipulación de las estadísticas en la Argentina.
¿De qué sirve esta historia contrafáctica? ¿Para qué imaginar hoy lo que pudimos haber sido y no somos: un país emergente de crecimiento alto, inflación baja y sin cepos asociados al temor a devaluar? Sirve para recordar, la próxima vez, una de las lecciones de Robert McNamara en ese delicioso documental llamado The Fog of War : cuando no estamos seguros como país si estamos haciendo lo correcto, miremos qué hace el resto del mundo. Si estamos haciendo algo muy diferente, sospechemos un poco de nosotros mismos.
Doctrina del moral hazard de la que fue víctima la Argentina en 2001, y Lehman en 2008: si salvamos a un país o banco, salvamos a sus acreedores. Si salvamos a sus acreedores, generamos incentivos a que los inversores se comporten de manera irresponsable, porque prestarán a deudores riesgosos especulando con un salvataje en el caso de que efectivamente no puedan pagar.
¿Qué está pasando con Grecia? En este momento se encuentra negociando una reestructuración de sus deudas. 50% de corte-de-pelo (haircut) ya estaba garantizado, ahora se habla de 75%, esto es, lo que la Argentina presentó en su momento en Dubai para gran escándalo de la opinión ilustrada. Ahora bien, la reestructuración (en realidad, “reestructurame o te defolteo”) de Grecia tiene un apoyo clave de un actor internacional. Mientras Grecia deja a sus acreedores con el vaso tres cuartos vacío, el Banco Central Europeo –lo suponemos, porque otra cosa no es posible– sigue apoyando a los bancos griegos, para evitar una crisis bancaria que sería también una crisis cambiaria y el final del euro en tierras alejandrinas (Aunque no estoy seguro si Alejandro era de la región griega de Macedonia o de la Former Yugoslav Republic of Macedonia).
La pregunta obvia es: ¿qué clase de incentivos está generando esto para otros grandes deudores de Europa? Sos un Portugal. Ves que Grecia se ahorra el 75% de sus deudas (esto es, está ahorrándose unos 220.000 millones de euros; cada taxpayer griego se estaría ahorrando 20.000 euros). Y notás que a pesar de eso, el Banco Central Europeo sigue apoyando a sus bancos, lo que significa que un default no implica el abandono del euro, salida a la que –con toda lógica– le tenés miedo. ¿No aumentaron radicalmente tus incentivos a declarar un “reestructuame o te defolteo”? Si salvar a los países sin pérdida para los inversores genera un comportamiento oportunista de su parte, permitir a los países un default ordenado sin costos muy visibles genera, me parece, incentivos a aprovechar la avivada del default. El corolario es que una reestructuración griega exitosa debería aumentar los riesgos de impago de países como Portugal, más allá de la mejora que hemos visto en los últimos días.
DISI, DesIndustrialización por Sustitución de Importaciones: crazy
Los problemas de la economía K empezaron hace tiempo. (Responderé con una fecha exacta en una columna aquí en la Tribuna de Doctrina el domingo que viene). Pero evidentemente dentro de la pendiente resbaladiza de mamarrachos de política económica, la instauración de permisos previos para la importación es un salto cualitativo.
[Defino, para que no haya confusiones, "mamarracho": cosas no buenas que hace este país que no se hacen en ninguno de los países que admirás. Incluyo en la lista: "subsidios de hasta 80% en servicios públicos, seas pobre o rico"; "impuestos altos a las exportaciones"; "intento de tipo de cambio alto aunque el costo sea una inflación mayor a 20%"; "manipulación de las cifras del organismo estadístico nacional"].
Los permisos previos a la importación inauguran una nueva etapa en la economía argentina: la DISI, DesIndustrialización por Sustitución de Importaciones. Se trata de una remake de la ISI, la industrialización por sustitución de importaciones iniciada en tiempos de la Gran Depresión. No que esa primera etapa haya sido muy buena; pero las segundas partes suelen ser peores. Anoto un par de diferencias entre la ISI y la DISI.
La primera es, claro, una cuestión de circunstancias: la ISI empezó como respuesta a una crisis mundial que nos dejó con exportaciones muy menguadas y una gran recesión: déficit externo y desempleo. Ante estas circunstancias las alternativas eran devaluar o proteger. Alguna racionalidad hay en la elección de proteger en aquel momento. En primer lugar, es posible que una devaluación no hubiese tenido demasiado efecto en las cantidades exportadas, porque el comercio multilateral se había desintegrado. En segundo lugar, puede anotarse un motivo distributivo: en aquel entonces las exportaciones argentinas eran, básicamente, alimentos; la devaluación los habría encarecido y reducido más los salarios reales que la alternativa de protección.
Pero me parece más importante, a los fines de investigar los méritos relativos de la ISI y la DISI, señalar la diferente composición de las importaciones argentinas entonces y ahora. Las muestra este gráfico:
En los años 30s, el margen que había para comprimir importaciones de bienes de consumo, más fácilmente reemplazables por producción local, era mayor. Hoy, en cambio, la economía argentina está más integrada al mundo. Los bienes intermedios, de capital y combustibles (casi todos ellos necesarios para que la economía funcione) son el 80% de las importaciones. De hecho, es muy notable el aumento de las importaciones como % del PBI durante los años kirchneristas, como muestran los colegas de Economista Serial Crónico. Y tampoco será tan fácil reducir las importaciones de algunos bienes esenciales de consumo. De modo que es bastante difícil comprimir las importaciones sin impactar en el nivel de producción.
La DISI no llega en un buen momento. Según el último informe del INDEC –sí, del INDEC– la producción industrial de diciembre de 2011 fue apenas 1,4% superior a la de diciembre de 2010. Y la actividad, en general, se está ralentizando, como también muestran los indicadores de los economistas seriales. Sobre este panorama de fin de ciclo –influido por factores internacionales pero también locales; en particular, por la incertidumbre asociada al control de cambios– la instauración de la DISI será un golpe adicional.
Vale la pena preguntar, y quizás dejarlo para un próximo post: ¿y cuáles eran las alternativas a la DISI? ¿Devaluar? ¿No hacer nada? Está claro que, en el largo plazo, la disponibilidad de divisas para importaciones depende de las que se obtengan por exportaciones. En ese sentido, la DISI podría ser vista apenas como una de las posibles vías para asignar esas divisas.
Hay, sin embargo, dos motivos que la hacen peor a las alternativas. En primer lugar: en la alternativa de una devaluación, mejora la rentabilidad para la producción exportable, de modo que a mediano plazo la disponibilidad de divisas es mayor. En segundo lugar: es muy difícil que Moreno sea tan habilidoso como el mercado para asignar esas divisas. Con una devaluación, las importaciones se encarecen, y seguirán importando aquellas industrias para las cuales los insumos son tan valiosos que vale el precio extra. Con el sistema de la DISI, en cambio, lo más probable es que la banda de Moreno no pueda detectar con tanta precisión qué importaciones realmente valen lo que cuestan, y cuáles no. Corremos el riesgo de dejar de exportar un reactor nuclear porque le falta un tornillo taiwanés; si es el mercado el que raciona, es imposible que eso suceda.
¿Y por qué no devaluamos, entonces? Lo sabemos: tiene sus complicaciones. Desde que decidimos meternos en el camino de la alta inflación, los márgenes de acción para la política económica se han achicado, como muestra el post anterior.
Analogía muy apropiada para el gobierno que instaura la DISI, la DesIndustrialización por Sustitución de Importaciones. Durante épocas de la ISI, había una tensión entre la supuesta autonomía de la economía (“económicamente libres”) y la realidad que todo el funcionamiento dependía de la disponibilidad de divisas, esto es, de las exportaciones. Ahora el gobierno que declaró la autonomía de su política económica respecto a los intereses foráneos se enfrenta con que es una economía con muy poco margen para hacer política económica. Así nos rankea el Economist (puntaje más alto es menos flexibilidad para responder, con instrumentos fiscales y monetarios, a una recesión):
¿Por qué es relativamente bajo nuestro margen para reaccionar? Sobre todo, por factores monetarios más que fiscales. Nuestra moneda está relativamente sobrevaluada; nuestra inflación es alta, con lo cual la devaluación es más compleja; y las tasas de interés reales ya son negativas, de modo que es difícil que bajen más. Para sorpresa de nuestros halcones fiscales, en términos comparativos nuestra situación fiscal y de deuda no es tan preocupante. Claro que habría que incorporar el hecho de que para la Argentina las chances de endeudarse a un precio razonable son nulas.
Interesante informe del Economist sobre “State Capitalism“. Es natural que se cuestione el modelo del capitalismo occidental: Europa y Estados Unidos en crisis, los países emergentes creciendo. En realidad, la diferencia de crecimiento viene desde antes. Esta década ya era la “era de la convergencia” antes de la crisis financiera internacional, pero obviamente con la crisis esa convergencia (el hecho de que países inicialmente más pobres crezcan más que otros más ricos) se volvió todavía más clara:
El eje horizontal es el PBI del año 2000, el vertical el crecimiento, y el tamaño de cada círculo la población de los países. Cuanto más alto el PBI inicial, menor la tasa de crecimiento.
Este gráfico debería presentar un primer desafío a la idea de que los países tipo China o India crecieron más por su capitalismo de Estado. Quizás crecieron más simplemente porque se hicieron capitalistas y porque, según dice la teoría económica estándar, los países más pobres tienen más margen para crecer que los ricos si es que adoptan las instituciones adecuadas, esto es, las instituciones capitalistas.
¿No hay nada útil en la idea del capitalismo de Estado que pueda ayudar a explicar por qué algunos países con mayor presencia estatal han sufrido menos esta crisis? Creo que sí, hay algo concreto y muy específico, que es el sistema financiero. Sería largo discutirlo aquí, pero evidentemente la desregulación total de los sistemas financieros es un ingrediente necesario de muchas crisis, y sin dudas de la actual. No digo que sea el único, ni el motivo fundamental. Y no digo que en términos netos convenga tener sistemas financieros más regulados. No lo sé. Pero que una presencia estatal más o menos sensata en el sistema financiero puede ayudar a la estabilidad económica, creo que firmo.
Cuidado: la solución a los problemas del sistema financiero no necesariamente requieren capitalismo de Estado ni mucho menos. Claro, China nunca dejaría caer a su Lehman Brothers, porque no lo tiene. Pero prefiero un sistema con mayor componente privado en el que nadie deje caer un Lehman Brothers o –mucho mejor– que en el que el peligro de una caída bancaria es mucho más remota. En parte, creo que el problema está en el contrato de depósito del sistema capitalista: la idea de que un banco puede asegurarte el valor nominal de tus activos, más una tasa de interés fija, cuando sus inversiones no rinden ni siquiera eso si las condiciones cambian para mal. Preferiría un sistema –no sé si tan extremo como el de Simons– en el que el contrato de depósito esté mucho más regulado (en el destino del dinero y los encajes, por ejemplo) si lo que se quiere es obtener una suma segura. Prometer seguridades que no existen es, creo, una de las debilidades del capitalismo occidental.
Leemos en Expansion.com un lindo resumen de lo que es el problema del ajuste para cumplir con metas fiscales en medio de una recesión:
El Fondo Monetario Internacional augura que la economía española se va a contraer un 1,7% este año, una cifra muy lejana al crecimiento del 2,3% que recogía el cuadro macro del Programa de Estabilidad que España pactó en su día con Bruselas. Este informe marcaba la senda de reducción del agujero fiscal para llegar hasta el 3% en 2013. Sin embargo, ese cuadro ya se ha quedado desfasado y eso tiene su impacto en las cuentas.
La dinámica es simple: menos crecimiento supone menos actividad, menos consumo, una caída de los ingresos fiscales y, por tanto, el ajuste fiscal se desacelera.
Los economistas calculan que por cada punto que se desvía el PIB de la previsión inicial, el déficit público se reduce en cuatro décimas menos de lo esperado. Así, de la previsión del Programa de Estabilidad a la última del FMI hay cuatro puntos de diferencia, lo que supondría que para alcanzar el objetivo de déficit del 4,4% el Ejecutivo tendría que realizar un ajuste adicional del 1,6% del PIB (unos 16.822 millones de euros) o no cumplirá.
Por supuesto, como indica el artículo completo, el razonamiento no acaba allí. Si efectivamente hay un ajuste adicional (por encima de lo ya anunciado) de 1,6%, el PBI va a caer aún más que el 1,7% que se espera sin ajuste, porque el gasto público es parte del PBI. ¿Cuánto cae el PBI por cada punto de ajuste? Es el debate del multiplicador que tanto entretuvo a los economistas norteamericanos cuando discutían el estímulo de Obama. Tomemos una estimación híper conservadora: no hay multiplicador, y el PBI cae exactamente en el monto del ajuste. Este es un supuesto optimista cuando uno está considerando el impacto de un ajuste (y, desde luego, pesimista cuando está evaluando el impulso expansivo de un estímulo fiscal).
Anotemos las ecuaciones suponiendo que los párrafos de Expansión sobre el comportamiento del déficit (D) fueran ciertos y suponiendo que por cada punto de ajuste adicional (A), el crecimiento del PBI (g) cae un punto
g = -1,3% – A (1)
Simple: el crecimiento es negativo en 1,3% si el ajuste es cero; pero cuanto más grande A, el ajuste adicional, más cae el PBI.
¿Cómo se comporta el déficit? Sin ajuste adicional (A=0) y con el crecimiento optimista de 2,3% el déficit iba a ser 4,4%. Pero por cada punto de ajuste adicional el déficit disminuye en un punto (considerando constante g); y por cada punto de caída del PBI el déficit empeora en 0,4% del PBI. Se escribe así:
D = 4,4% – A + 0,4.(2,3 – g) (2)
Con este par de ecuaciones podemos calcular el impacto completo del ajuste adicional sobre el déficit. Nótese que sin ajuste (A=0), el PBI cae 1,7% y el déficit es 6% (de allí que la nota hable de una necesidad adicional de 1,6% contra el 4,4% inicial)
Obviamente un ajuste de 1% no disminuirá el déficit en un punto, porque, como indica la ecuación (1), el crecimento será menor; y como el crecimiento será menor, el déficit se incrementará, de acuerdo a lo que postula la ecuación (2). Sustituyendo la ecuación (1) en la (2) obtenemos:
D = -4,4% – A + 0,4.(2,3 +1,7 + A) (3)
Despejando,
D = 6% – 0,6.A (4)
Por cada punto de ajuste, el déficit sólo disminuye en 0,6%, porque el impacto recesivo del ajuste atempera su efecto sobre el déficit. ¿Qué ajuste necesitaría España para cumplir con su objetivo de 4,4% de déficit? Si D=4,4%, la ecuación (4) puede despejarse para obtener A:
A = 1,6 / 0,6 = 2,66 (5)
Con ese ajuste adicional de 2,66%, para garantizar el déficit de 4,4%, la recesión de España sería bastante más profunda. De acuerdo a (1),
g = -1,7 – A = -1,7 – 2,66 = -4,36 (6)
El ajuste no es completamente “self-defeating”: por cada punto de ajuste efectivamente mejora la situación fiscal a pesar de la caída del PBI, pero hay un costo fuerte de nivel de actividad: para llegar a 4,4% de déficit España debería enfrentar una recesión de (curioso, por la simetría) 4,4% en lugar de la de 1,7% que hoy se estima sin ajuste adicional.
Para completar, presentamos la versión completa del Horrible Menú para Rajoy. El cuadro muestra diferentes combinaciones de caídas de PBI (línea naranja) y déficit fiscal (línea azul) que se obtienen con cada nivel de ajuste adicional. Dos puntos de la línea –dos posibles elecciones del menú– son el dolce far niente de mantener el ajuste (g=-1,7%, que da un déficit de 6%) y el escenario recién presentado de un ajuste adicional de 2,66%, que genera una recesión de 4,36%. Y que no se les ocurra intentar llegar a algo parecido al equilibrio fiscal; sería necesaria una recesión de dos dígitos.
Fue un día duro, el de ayer, para la peña Los Messiánicos. Se trata, para el que todavía no lo sabe, de una secta religiosa que vendría a ser a la Iglesia Maradoniana lo que el Islam al Cristianismo: reconocemos al profeta anterior, pero también adoramos a este. En nuestro caso al mismo nivel, Cristo y Mahoma, Diegote y Lionel. Los Messiánicos se juntan religiosamente a ver todos los partidos de Messi. No son hinchas del Barcelona. No son hinchas de la selección. Como un amigo mío que era hincha de Ramón Díaz (y así fue que se hizo del Napoli luego de ser de River) Los Messiánicos somos hinchas de donde a la sazón esté jugando Lionel Messi.
Pero no fue un buen día porque no logramos dar con un sitio donde dieran el partido. Transmitía DirecTV. Me enteré por los carteles de la calle: “No te pierdas Barcelona-Real Madrid — Miércoles 18 y 25 de marzo — Sólo por DirecTV — Suscribite! 129 pesos (creo que decía) por mes”.
¿Cuánta gente tiene DirecTV? ¿Está bien que DirecTV, o cualquier otro proveedor (imaginate, qué sé yo, Telecentro del compañero Pierri) secuestre los goles de Lionel? ¿Somos, como sociedad, más felices de ese modo?
Una serie de supuestos antes de argumentar: (1) recordemos La Guillotina de Hume: nada nos dice que “lo que es” “deba ser”; sí, entiendo, es así como está organizado, pero quiero ver si se trata o no de una buena organización (2) el objetivo del juego es maximizar la felicidad general; (3) no somos comunistas ni capitalistas; tratamos de ver qué arreglo es el que le da a la sociedad un mayor bienestar.
¿Por qué paga DirecTV (insisto: podría ser Telecentro) por las transmisiones de los partidos de Messi? Por dos motivos: (1) mantener satisfechos a sus clientes y (2) tratar de atraer más clientes. No hay ninguna duda que el motivo (2) es decisivo. Si no lo fuera, ¿para qué querría la exclusividad? Los clientes actuales de DirecTV están igualmente satisfechos viendo el partido independientemente de si los demás lo ven. En la publicidad que leí el motivo es transparentísimo: asociáte, que nosotros somos los únicos que damos a Messi en la Copa del Rey.
Me pregunto: ¿es esta una situación óptima? Definitivamente no. Mucha gente se queda sin una pequeña o gran felicidad (ver a Messi), lo cual es una indudable pérdida social. Qué sé yo: en mi caso la valoro en unos $30 pesos ponele, lo que estaba dispuesto a gastarme en un bar (que no encontré) con tal de ver el partido. Yo perdí unos $30 de felicidad: multiplicá y tenés la pérdida social. Pregunto: ¿qué gana la sociedad a cambio de que sólo una minoría vea a Messi? Lo que gana es lo siguiente: la empresa DirecTV quizás consigue más clientes. Ahora bien: ¿sería eso una ganancia social? No! Lo que gana DirecTV en ese caso lo pierde Cablevisión, Telecentro.
En resumen: el objetivo de DirecTV al asegurarse exclusividad es generar una cierta infelicidad en los que no tienen DirecTV. Esa infelicidad quizás lleva a que algunos se pasen a DirecTV. En resumen: muchos son un poco infelices, gana un poco DirecTV, pierde un poco Cablevisión. No hay dudas de que la cuenta neta da: menos felicidad que si el partido se transmitiera por otras vías.
¿Y entonces? ¿Estatizar a Messi? No. Habría maneras más civilizadas. Tiro un ejemplo, que no pensé mucho: “Todo tenedor de un derecho a transmitir un evento deportivo tiene la obligación de venderlo a otro transmisor a un precio que sea una proporción del originalmente pagado; esa proporción será igual al cociente entre el número de abonados a la transmisora compradora y la suma de los abonados a todas las transmisoras que compren los derechos”.
OK, debo pensarlo mejor, pero la idea fuerza es la siguiente: sí, que haya incentivos para comprar el derecho de transmitir a Messi. Pero que el incentivo no sea la “exclusividad”, esa máquina de producir infelicidad, sino simplemente la satisfacción al cliente. Que otros transmisores tengan derecho a pagar la parte proporcional quitaría el motivo “exclusividad” a la hora de comprar los derechos. Por lo tanto, los DirecTV de este mundo no querrán pagar tanto por los derechos. Por lo tanto, será más accesible para otras cadenas con clientes menos ricos; por lo tanto, estaremos todos un poquitito mejor.
Nos seguimos deslizando por la pendiente resbaladiza de los mamarrachos macroeconómicos. Cada error nos lleva a cometer uno más grande que el anterior. Como creíamos que podíamos tener “tipo de cambio alto y estable”, nos comimos la inflación. Por la inflación alta, no sólo manipulamos las estadísticas sino que nos empezó a dar más miedo devaluar para compensar por esa inflación. Como no podíamos devaluar, empezamos a poner obstáculos erráticos e imprevisibles a las importaciones. Era un signo de que nuestro tipo de cambio no era muy sostenible, de modo que la gente empezó a comprar los dólares. Para que no compraran demasiados dólares, pusimos algo bastante parecido a un control de cambios.
Ahora dimos un paso más: ese mercado oficial de dólares está endeble, mucho más si hay sequía, de modo que cambiamos la regulación sobre las importaciones. Antes era estilo artículo 19 de la constitución (“lo que no está prohibido, está permitido”); ahora todo es pasible de ser prohibido. Los burócratas decidirán si tu importación es suficientemente valiosa para el país.
Con razón vi ayer en uno de esos negocios que venden calzado trucho unas zapatillas mediocres a 500 pesos.
Humildemente; desde mi verdad relativa, como decía Néstor: sugiero que incluso si no quieren tocar el tipo de cambio oficial hagan un mercado “de importaciones no esenciales” un poquito más depreciado. O incluso mandarlos al mercado paralelo, legalizándolo. Es más civilizado racionar por precio que racionar con decisiones de burócratas. Se presta menos, además, a la corrupción. Y obviamente el efecto en los precios puede ser el mismo. Las prohibiciones para importar tal o cual cosa aumentan mucho los precios afectados; un tipo de cambio un poquito más alto sube todos los precios un poquito.
Me dicen que parte del aumento del precio internacional de la soja tiene que ver con nuestra sequía. Lógico: somos un productor importante; la oferta argentina pesa en los mercados mundiales. No tanto como la de Brasil en porotos pero sí mucho en soja procesada:
Pregunta: ¿por qué Brasil y la Argentina no tienen una política coordinada de restricción a la oferta de soja para subir los precios mundiales? El objetivo declamado podría ser –como son en las retenciones argentinas– la diversificación por motivos ecológicos, por ejemplo. Y la retención parece un instrumento bastante eficiente para incentivar otros cultivos en los que la mayor oferta no impactaría negativamente sobre los precios.
En nerd: si T es la retención a la soja, y el signo al lado de la T indica si la retención impacta a favor o en contra de cada variable, tenemos que maximizar lo siguiente:
Precio Soja (T+) x Cantidad Soja (T-) + Precio Otros Cultivos x Cantidad de Otros Cultivos (T+).
¿Algún economista joven y brioso por favor me hace esta cuenta?
A los brasileños no debería costar mucho convencerlos. Este es un hallazgo de un servidor: según el diccionario Merriam Webster la palabra inglesa valorization viene del portugués (valorizaçao) y data de 1908. Y el ejemplo es “valorize coffe”. El motivo de tan curioso origen es que justo en esa época Brasil inició su política de restricción a las plantaciones de café para subir su precio internacional, política que mantuvo durante décadas. De esto saben los brasileños.
De paso, podríamos usar el Mercosur para algo verdaderamente útil y en lo que los cuatro miembros (todos productores de soja) se beneficiarían.
La cuestión de “castigar al campo”, bla bla bla, es diferente. Si quieren podemos usar toda la recaudación para que el Momo Venegas la distribuya entre trabajadores rurales. O pequeños productores. O grandes terratenientes. Lo que sea. Pero con una política Mercosuriana de restricción a la oferta todos seríamos más ricos.
Rosarino, soñó con ser futbolista profesional pero padeció el destino de ser economista. Sus intereses giran en torno a la economía, la historia económica y las políticas públicas. Sobre esos temas enseña en la Universidad Torcuato Di Tella