Educación y desigualdad

En las últimas décadas del siglo XX hubo un aumento del “skill premium” en el mundo desarrollado: una brecha cada vez mayor entre trabajadores calificados y no calificados. Una de las explicaciones de ese fenómeno era tecnológica: mientras que las nuevas tecnologías mejoraban la productividad y por ende los salarios de los trabajadores más educados, el reemplazo de tareas manuales por máquinas reducía la demanda por trabajadores con menor educación. Por los dos motivos, la brecha de ingresos crecía.

Comenta Krugman citando este paper que esa tendencia está cambiando, tanto por motivos de demanda como de oferta. Algunas tareas “calificadas” también pueden ser reemplazadas por tecnologías (¿periodistas?; ¿contadores?) y además cada vez hay más gente educada: crece la oferta de habilidades, baja su demanda, el premio a la educación va cayendo. Y algunas tareas no calificadas son difíciles de reemplazar; como dice Krugman, “siempre vamos a necesitar mucamas y jardineros”.

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Unificación cambiaria: ¿a cuánto?

Hace un rato comentábamos los motivos por los cuales, en nuestra opinión, eliminar el cepo cambiario unificando el tipo de cambio, incluso inmediatamente, *valorizaría nuestra moneda*. Es decir, el dólar legal de libre acceso (hoy, el “Contado con Liqui”) tendería a bajar de precio. Los motivos apuntados eran:

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Chamuyo y realidad de los Pactos de la Moncloa

¿Cuántas veces oímos decir “La Argentina necesita ponerse de acuerdo en diez temas fundamentales, y que sean políticas de estado, como los Pactos de la Moncloa en la Transición Española”?

Mil veces. O dos mil.

Pero en los Pactos de la Moncloa de 1977, toda la parte “institucional” y de “políticas de Estado” fue el postre. Personalmente no creo deamsiado en esos ambiciosos acuerdos sobre políticas de Estado. Firmes el pacto que firmes sobre políticas futuras, cuando llegue el futuro se tomarán las políticas que convengan a quien esté en el gobierno. Las políticas serán permanentes sólo si son buenas, por el mismo motivo que la formación de un equipo de fútbol es estable si gana partidos. Por eso me importa más que las políticas públicas sean buenas a que sean “consensuadas”. Si son buenas pero al principio no son consensuadas, serán consensuadas en el futuro; si son consensuadas pero no son buenas, dejarán de ser consensuadas en el futuro. Sólo tienen “políticas de Estado” los países que tienen buenas políticas públicas.

Decía que la parte institucional y las “políticas de Estado” fueron sólo el postre de los Pactos de la Moncloa. ¿Cuál fue el plato principal? Lo que aquí llamamos un Pacto Social para bajar gradualmente la tasa de inflación. Lean por favor del propio gestor de los Pactos (el “vicepresidente económico” del gobierno de Adolfo Suárez, Enrique Fuentes Quintana) lo que él consideraba, retrospectivamente, el contenido central de los Pactos:

El convencimiento más profundo que inspiraba los Pactos de la Moncloa, era el de que todos los males de la situación crítica que padecía la economía española —el corto crecimiento, la aguda inflación, el desempleo desmoralizador— no tendrían remedio si la economía que los padecía no empezaba por ganar los equilibrios económicos necesarios, que deberían manifestarse a través de dos índices: los que medían la inflación y el equilibrio de la balanza de pagos por cuenta corriente.

Los economistas españoles que participamos en los Pactos creíamos que luchar contra la inflación no era una opción política. Se trataba de un problema de supervivencia. De ahí la importancia de controlar la inflación y de reducir sus crecidos niveles como condición inexcusable para definir una política que fundamentase una convivencia democrática. Esa política antiinflacionista se articulaba con la utilización de cuatro decisiones diferentes: la aplicación de una política monetaria basada en el control de la cantidad de dinero de signo estabilizador, la aplicación de una política presupuestaria que controlada y redujera en la medida posible el déficit público, la fijación de un tipo de cambio realista de la peseta y la flotación de ésta para encauzar las corrientes de comercio exterior, y el establecimiento de una política de rentas concebida con arreglo a tres principios: el crecimiento de los salarios se plantearía en función de la inflación prevista y no de la inflación histórica, asegurándose la capacidad de compra de la masa salarial respecto al alza prevista de los precios; se procuraría moderar el crecimiento de los costes financieros mediante la liberalización de los mercados de bienes y servicios deberían actuar sobre los márgenes comerciales, reduciendo su nivel, al mismo tiempo que se realizaba un seguimiento de los precios administrados en bienes estratégicos que previniese elevaciones injustificadas

Ahí estamos, más o menos, los argentinos 38 años después.

El dólar del 11 de diciembre

¿Cuánto costaría el dólar el 11 de diciembre si se liberara el cepo?

Hagamos el ejercicio “a valores de hoy”. Es decir, supongamos que el nuevo presidente asumiera la semana que viene, con un oficial de $9 y un blue de $12. ¿Adónde iría el dólar inmediatamente si (1) se permitiera el libre cambio de dólares por pesos; (2) el Banco Central no interviniera -al menos no inicialmente- con su política monetaria; (3) exportadores e importadores tuvieran que ir al mercado libre y único de cambios para, respectivamente, conseguir pesos a cambio de dólares y dólares a cambio de pesos?

En este blog creemos que el tipo de cambio no es el precio de otra moneda (el dólar); es el precio de la nuestra (el peso). De modo que lo que influye en ese mercado es la relación entre la oferta y la demanda de pesos. El tipo de cambio es el nivel del dólar que hace que la gente quiera tener (demanda) todos los pesos que el Banco Central ha metido en el sistema (oferta). Es decir: el tipo de cambio que iguala la oferta a la demanda de pesos. Aquí hay una explicación algo más completa; tiene diez años, pero sigue funcionando igual de bien.

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La era K privatizó la educación superior

Al colega cientista social Javier Zelaznik le gusta argumentar con gráficos. Acá va la evolución de ingresantes a universidades públicas y privadas durante la pasada década:

No más preguntas, su Señoría.

El kirchnerismo y Milton Friedman

These guys? Really?

Milton Friedman, epítome del liberalismo en economía, proponía un sistema impositivo llamado (algo confusamente) “impuesto negativo al ingreso”. En realidad era algo así: todo el mundo recibe del Estado un *monto* fijo de dinero, pero luego paga impuestos por una *proporción* fija de su ingreso. Por ejemplo: todas las familias reciben 1000 pesos, pero luego pagan un 20% de sus ingresos. Si ganan $5000, entonces, no reciben ni pagan nada, porque el subsidio de $1000 que reciben se compensa con el 20% de $5000 que tienen que pagar; si ganan $0, reciben $1000; si ganan $50000, pagan, neto, $9000.

El gráfico que sigue presenta un ejemplo. En la línea azul el ingreso antes del combo subsidio-impuesto; en la línea roja, el ingreso después de la política fiscal. En este caso, el subsidio fijo es 10.000; la tasa impositiva fija (“flat tax”) es de 33%: por eso el que gana 30.000 euros tiene el mismo ingreso “antes de impuestos” que “después de impuestos”: le dan 10.000 pero paga 10.000:

La Argentina se está acercando cada vez más al combo subsidio fijo (AUH) + “flat tax”. OK, las tasas impositivas no son las mismas para distintos ingresos, pero basante parecidas: a partir de 120.000 pesos *anuales* netos de deducciones la tasa impositiva marginal -lo que se aporta por cada peso adicional ganado- es del 35%. No parece un monto monstruoso, los 120.000 anuales luego de deducciones.

Por supuesto, el otro gran impuesto a las personas es el IVA. También allí la tasa es plana, 21% independiente del consumo. Como los pobres ahorran menos, o nada, en realidad el IVA pagado como % del ingreso es mayor en los que menos ganan. De modo que la mínima progresividad que subsiste en el Impuesto a las Ganancias está compensada (no sé si parcialmente, totalmente o con creces) por la regresividad del IVA.

No creo que Friedman hubiese elegido a los Kirchner como discípulos. Ni viceversa. Pero ahí los ves, tomados de la mano.

Falta nafta para la corrida

¿Nacimos para correr?

Seguimos con el tema del otro día: ¿hay pesos con ganas de correr en caso de una liberación cambiaria?

Insistimos que lo importante es si, una vez ocurrida la liberación, habrá mucha gente queriendo sacarse de encima pesos que tiene; no es relevante si lo que quiere es comprar dólares con otro activo. Por ejemplo: supongamos que muchas empresas quieren enviar utilidades, por un total de 10.000 millones de pesos, pero tienen ese dinero invertido en bonos. Venden los bonos por pesos para conseguir los dólares. En ese instante, *si la demanda de pesos del resto de la economía no cambió*, quiere decir que el resto de la economía necesita recuperar esos 10.000 millones de pesos. De modo que cuando esas empresas vayan al mercado cambiario a comprar los dólares, habrá 10.000 millones de ansiosos queriendo esos pesos, y entonces nuestra moneda no se depreciará.

Se dirá: “no necesariamente, quizás esa gente no los quiere más a los pesos”. Pero entonces lo que ocurrió es que cayó la demanda de pesos. Sí: si cae la demanda de pesos, el peso se deprecia. Pero si no, no. Exactamente lo que quería argumentar. Lo que sí cambiará es el precio de los bonos, en este ejemplo: “el resto del sector privado” se ve obligado a tener más bonos que los que tenía antes, y eso podría reducir su precio.

De modo que es muy relevente la pregunta del post anterior: “¿En este instante, el sector privado tiene más pesos que los que desea?”. Ahora añadimos un dato más al de ayer: ¿cuánto es la riqueza del sector privado argentino, medida en dólares, invertida en depósitos o en circulante? ¿Culpa del cepo tenemos (las personas, las empresas) cada vez una mayor proporción de nuestra riqueza en el sistema financiero en pesos? Rotundo “no”. Sabemos que la mayor parte de la riqueza financiera nacional está en el exterior, en dólares. La fracción que está en pesos no sólo es pequeña sino que es *bastante menor que antes del cepo*. En octubre 2011 representaba 80.000 millones de dólares; a fines de 2014, 70.000 millones de dólares.

“Es que subió el dólar”, se dirá. Exactamente: subió el dólar porque, dada la desconfianza, los argentinos no querían esos depósitos en pesos, e intentaban comprarse dólares entre sí, en los mercados CCL y blue. La consecuente suba del dólar fue reduciendo la proporción de su riqueza guardada en moneda nacional. Nuevamente: con un gobierno más confiable, debería esperarse que el sector privado quisiera tener una mayor proporción de su riqueza en moneda nacional. Si para algún lugar debería moverse el precio actual de nuestra moneda (unos 78 milésimos de dólar) es hacia arriba; es decir, con un gobierno que quite el cepo y genere confianza el blue debería bajar y no subir.

¿Cuántos pesos sobran?

Una de las discusiones de los últimos tiempos: ¿se puede sacar el cepo rápido? El argumento a favor: sólo cuando se saque el cepo vendrán inversiones a la Argentina: no entrás a un cuarto si la puerta se cierra apenas entrás. Arguemento en contra: es peligroso. Si se saca el cepo, si libremente se pueden comprar dólares, todo el mundo querrá comprar dólares, y el dólar subiría mucho de precio. En particular, se argumenta, hay empresas que quieren comprar dólares para remitir utilidades, y toda esa demanda de dólares haría subir el dólar.

Conceptualmente, lo importante es pensar no en cuánta gente quiere tener dólares, sino cuánta gente quiere deshacerse de pesos para comprar dólares. Si la gente quiere deshacerse de departamentos para comprar dólares, no sube el dólar: baja el precio de los departamentos. Si la gente quiere deshacerse de acciones para comprar dólares, no sube el dólar: baja el precio de las acciones. Del mismo modo, si la gente quiere deshacerse de pesos, baja el peso (“sube el dólar”, pero también el euro, el real y todas las monedas del mundo medidas en pesos). Es decir: lo relevante en realidad es *cuántos pesos hay* que quieren cambiarse por dólares y no están pudiendo hacerlo. En el idioma techie de los economistas: ¿hay más oferta que demanda de dinero? Es decir: ¿Hay más pesos circulando (contando depósitos) que los pesos que la gente desea tener? En criollo: ¿sobran pesos?

Mi reacción inicial es: ¿vos tenés algún peso que en realidad no querés tener? Calculo que no: calculo que, si en algún momento lo tenías, ya lo cambiaste: por el blue, por el “contado por liqui” o por el “dólar ahorro”. No vale decir: “Si me dejaran comprar dólares a $8, sí querría tener menos pesos”. Qué vivo. Así cualquiera. Todos queremos entrar en cualquier negocio que prometa un 50% de ganancia instantánea, llámese “dólar ahorro”, “terreno en Calafate a precio vil” o “partes de celular que luego puedo pegar con Poxipol y vender en un mercado protegido”. Esa no es la pregunta: la pregunta es si, siendo el precio del dólar de “libre acceso” unos 12 o 13 mangos, tenés en tus bolsillos o tus cuentas más pesos de los que te gustaría tener.

¿Cómo podríamos comparar “los pesos que hay” con “los pesos que la gente quiere”? No lo sé. Pero va en lo que sigue una aproximación. Supongamos que en 2011, antes del control de cambios, todos tenían la cantidad de pesos que querían tener. Es natural pensar que sí: si parte de esos pesos no eran deseados, podrían haberse comprado dólares.

¿Se acumularon muchos pesos desde entonces? Nominalmente, claro que sí. Pero en “valor real”, no tanto. A fines de 2014 el valor real de los depósitos privados sumados al circulante en manos del público era apenas 6% superior al que había antes de los controles de cambio (luego repunta algo en enero de 2015).

¿Nos dice algo esto sobre qué pasaría en caso de liberarse el mercado cambiario? No mucho, pero algo sí. Hoy el sector privado de la economía tiene, en valor real, apenas más pesos de los que tenía en 2011. ¿Cuántos querrá tener? ¿Como en 2011? ¿Más? ¿Menos? Por supuesto, depende de la confianza. Si un nuevo gobierno lograra generar una confianza como la que tenía el gobierno kirchnerista en 2011, debería haber por lo menos la misma demanda de pesos (en realidad un poco más, porque unas moneditas creció la economía). No parece una tarea ciclópea conseguir la confianza que había en 2011. De hecho, el riesgo país es hoy más bajo que entonces.

Conclusión: no temáis. Se puede liberar el cepo sin que nuestra moneda se deprecie más de lo que está. Incluso, hasta podría apreciarse. ¡La seguimos!

Cómo es el Pacto Social

Una mayoría de economistas coincide en que para bajar la inflación hacen falta no sólo medidas monetarias y fiscales sino también algún tipo de coordinación o pacto entre empresarios, sindicatos y gobierno en la política salarial. Este tipo de acuerdos, más o menos verticales según el caso, ocurrieron en la Argentina muchas veces (empezando por Perón en su estabilización de 1952) y también en otras partes del mundo.

Los famosos Pacos de la Moncloa en España, de los que tanto se habla, fueron en buena medida un Pacto Social para bajar “la galopante inflación que alcanzaba el 26,39%“. Alejandro Foxley, el ministro de Chile que empezó con la reducción inflacionaria a partir del 26,6% de 1990, enfatiza que una parte clave (y la más difícil) de la estabilización fue el cambio en la política salarial, por la que los salarios pasaron a ajustarse según la inflación esperada y no tanto según la inflación pasada.

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Aprendiendo a flotar

O a volar

Tenemos que aprender muchas cosas si queremos aprender a flotar. A que nuestra moneda flote, claro.

La Argentina fue pionera en la flotación cambiaria. Nuestro primer billete nacional data de 1881, aunque tuvo circulación masiva a partir de fines de 1883, atado a una moneda de oro como correspondía a las épocas de patrón oro. Para enero de 1885 el peso “papel” ya se había desligado del “peso oro” y así anduvo, flotando, hasta 1899. Durante esa década y media, que incluye la crisis de 1890, el peso flotó frente al resto de las monedas. Cuando el mundo salió del patrón oro tras la Primera Guerra Mundial, un especialista norteamericano, John Williams, vino a la Argentina a estudiar cómo funcionaba un sistema así, y escribió un muy buen libro: “Argentine International Trade Under Inconvertible Paper Money (1880-1900)“.

Nunca más tuvimos flotación cambiaria, pero la flotación cambiaria es una condición necesaria si se quiere evitar los dos peligros de inflación y deflación: con cambio fijo, las malas noticias acaban en deflación (Grecia ahora, Argentina 2001); y los momentos de boom tienden a ser inflacionarios. Sacando a los países del euro, todos los países que te gustan tienen flotación cambiaria y algún esquema de metas de inflación. Por supuesto, la moneda flotante no es garantía de nada. Se necesita una política monetaria razonable, esencialmente: que la cantidad de dinero acompañe los movimientos de la demanda de pesos.

Una característica curiosa del sistema de metas de inflación con cambio flexible es que el propio mercado a veces ayuda a que el tipo de cambio se mueva para donde se tiene que mover. Tomemos el caso de Estados Unidos ahora, que no tiene formalmente metas de inflación pero que en la práctica tiene un objetivo de aumento anual de precios cercano al 2%. Como la economía norteamericana se está recuperando, existe el temor de que eso impacte en la inflación, y se ubique por encima de la meta. Nos cuenta John Cassidy del New Yorker:

Los mercados de divisas han hecho parte del trabajo de la Fed. Al señalarle a los mercados que podría subir las tasas, la Fed indujo a los especuladores a comprar activos en dólares, lo que aumentó el precio de la moneda norteamericana. El dólar hoy vale un 30% más, frente al euro, de lo que valía hace un año… Un efecto de esta apreciación es que las importaciones se vuelven más baratas, conteniendo la inflación.

Quizás estoy simplemente haciendo propaganda del tipo de cambio flexible. Futuros gobiernos: no les digo que con cambio flexible no van a tener nada que hacer, pero sí que para una parte del trabajo van a tener la invaluable ayuda de los mercados.