La diferencia de 10, castigo a las minorías

 

Como miembro del frente Cambiemos, me encuentro frecuentemente en conversaciones públicas o privadas en las que trato de convencer del “voto útil”, esto es: el 25 de octubre todo el que prefiera Macri a Scioli tiene que votar a Macri aunque Macri no sea su preferencia número 1. Si no lo hace, contribuye al triunfo de Scioli, que es -por hipótesis- menos preferible para ese votante que Macri. Por supuesto, esta lógica no se aplica al votante al que le resultan indiferentes las dos principales alternativas.

Esta antipática lógica del “voto útil” surge de esa rarísima regla electoral de la diferencia de 10 puntos. Es una pena que exista esa regla porque desnaturaliza un poco la elección. No lo digo porque la regla sea poco exigente. La regla podría ser incluso menos exigente (por ejemplo: “cualquiera que gane pasando el 40% es presidente”) pero no tener esa condición adicional de la diferencia de 10%, que obliga a algunos ciudadanos a debatirse entre la ética de la convicción (“voto al que más me gusta”) y la ética de la responsabilidad (“voto al que más me gusta entre los que tienen chances”).

Ese voto útil (si existe) tiene consecuencias: con las boletas pegadas para diferentes cargos, el voto presidencial puede arrastar hacia abajo. Resultado: sufre la representación de las minorías.

Por supuesto, no es la única instancia de voto útil. El voto útil también puede existir sin estas reglas. Por ejemplo: si hay una elección pareja entre dos que tienen cuarentipico, un simpatizante de un partido minoritario puede verse tentado a votar “útil” a uno de los dos contendientes principales. Pero la regla de “diferencia de 10” añade una instancia más en la que asoma el antipático (pero, ojalá, numeroso) “voto útil”.