Calmar el dólar, enriquecer al Banco Central

 

Tenemos un gobierno rico, o no pobre, y un Banco Central pobre.

Sí, es cierto que el Estado gasta más que sus ingresos. Pero es un Estado con menos deuda con el sector privado que la que tuvo en los últimos cuarenta años. Menos de 20% del PBI, dicen. En parte, la desacumulación de deuda estatal fue permitida por la inflación y, más en general, por el saqueo al Banco Central. Se gastaron reservas en pagar deuda pública, se financiaron déficits con emisión monetaria (que generan una inflación que pagamos entre todos), se fabricaron “ganancias” del Banco Central que no son otra cosa que el aumento del valor *en pesos* de las reservas cada vez que se devaluó nuestra moneda.

Resultado: tenemos un Estado no muy endeudado pero un Banco Central con un patrimonio neto catastrófico: pocas reservas, mucha deuda del Banco Central (las llamadas Lebacs), mucho dinero circulando.

Las dudas sobre el valor de nuestra moneda tienen muy poco que ver con los dólares. Tienen que ver con los pesos y con la incapacidad del Banco Central para garantizar el valor de esos pesos. Claro, ahí entran a jugar las reservas del Banco Central: es uno de los activos con los que la autoridad monetaria podría garantizar un valor razonable (ni muy bajo ni muy alto) a nuestra moneda, incluso si existiera desconfianza.

El próximo gobierno, sea cual sea, debería compensar todo el desfalco que hizo este gobierno en el Banco Central y que sembró dudas sobre el tipo de cambio que es capaz de defender nuestra autoridad monetaria. En primer lugar: dejando de usar al Banco Central como caja. Pero también pagándole las deudas del pasado. Si el gobierno canjeara (parte de) la deuda que ahora tiene con el Banco Central como letras intransferibles por bonos de cotización pública, incluso idénticos a bonos existentes, mejoraría inmediatamente el balance del Central.

¿Sería a costa de endeudamiento? No. Si el tenedor de pesos (que es un tenedor de deuda pública) quisiera más activos dolarizados, sería irresponsable de parte del Banco Central entregar reservas escasas. En una Argentina de unificación cambiaria, todo tenedor de pesos debe tener derecho a cambiar sus pesos al precio de mercado, pero no necesariamente en el Banco Central. Sí tendría sentido, en cambio, que el Banco Central diera seguridad sobre la cotización de un mercado unificado “poniendo su dinero donde pone su boca”, como se dice en inglés, a través de bonos estatales de cotización pública. En el escenario (que juzgo más probable) en el que la unificación cambiaria alentara a los argentinos a tener más pesos, esos bonos simplemente dormirían en el Banco Central.

En ambos casos, la Argentina podría pasar rápidamente a un tipo de cambio único y fluctuante, en un valor o un rango que haga compatible la competitividad con la reducción gradual de la tasa de inflación.

Reconstruir el balance del Banco Central es poner como acreedor prioritario de la Argentina, incluso antes que los holdouts, al tenedor de pesos. Y no sólo por simpatía. Nadie puede hacerle más daño a la economía que los propios argentinos huyendo de su moneda.