El tenis y sus historias

Además de casarse, Enrique VIII tenía otro pasatiempo: el tenis. La palabra tenis -que originalmente fue un juego de la realeza- proviene del grito que se hacía cuando la pelota era lanzada al sacar: “¡Tenez!” (voz de origen francés equivalente a “¡Ahí va!”, “¡Tenga!”). De todas maneras, no se trataba de un grito lanzado por el jugador, sino por el sirviente, quien además tenía que encargarse de lanzar la pelota al campo contrario para iniciar el juego. Ese es el motivo por el cual se le dice “servicio” al saque.

En la Argentina, este deporte empezó a practicarse entre ingleses, en el último cuarto del siglo XIX. La primera referencia corresponde a partidos disputados en el Rosario Cricket Club, en 1877. Cuatro años después, se fundó en Lomas de Zamora (sur del Gran Buenos Aires) el Lomas Cricket and Lawn Tennis Club (lawn significa césped).

En marzo de 1886 se llevó a cabo el primer torneo. Fue en la sede del Buenos Aires Cricket Club (estaba en Palermo, donde hoy se encuentra el Planetario). A esa altura, ya había tenistas en las provincias de Córdoba y Tucumán. En 1889 se creó el Quilmes Lawn Tennis Club. En 1892, fue el turno del Buenos Aires Lawn Tennis, cuyas canchas construyeron en una propiedad de Federico Leloir, ubicada en Vicente López y Ayacucho, en el barrio de Recoleta. En 1911 inició sus actividades el Santa Fe Lawn Tennis Club. En 1912, a veinte años de su fundación, el Buenos Aires Lawn Tennis ya contaba con quinientos socios. Al año siguiente, un nuevo grupo de entusiastas propuso crear un club “criollo” de tenis. Así nació el Argentino Lawn Tennis Club (hoy, Tenis Club Argentino), otra de las instituciones centenarias de nuestro país. También es de 1913 el Olivos Lawn Tennis Club.

En ese tiempo ya contaban con canchas el Hotel Edén, de La Falda, y varios clubes, entre ellos, el Belgrano Athletic Club, el Lawn Tennis Esperanza de Santa Fe, el Villa Devoto Lawn Tennis Club y el Villa Ballester Lawn Tennis Club. Otras de las grandes instituciones surgidas fueron el Mármol Lawn Tennis Club (1914), el Club de Deportes Discóbolo de Haedo (1916) y el Adrogué Tennis Club, que se fundó en 1919.

Aclaramos que la imagen que ilustra este posteo muestra a un grupo de jugadoras en el Buenos Aires Lawn Tennis, en 1930, lo cual nos permite recordar un torneo para damas que se llevó a cabo en 1908, en la Plaza Colón de Mar del Plata, frente a la playa Bristol. Como vemos, desde los comienzos se sumaron las mujeres a la práctica del deporte de las raquetas, que era el preferido de la actriz francesa Sarah Bernhardt.

Sin embargo, una nota publicada por el diario La Razón, en 1921, aseguraba que muchas señoritas se inscribían en los clubes de tenis para conseguir novio. Semejante comentario coincide con el año en que se conformó la Asociación Argentina de Lawn Tennis, entidad que nucleó a los primeros clubes del país.

Nuestro ingreso a la Copa Davis tuvo lugar en 1923, cuando el equipo argentino viajó a Ginebra para enfrentar a Suiza. Sólo conseguimos un punto de los cinco en juego. La primera victoria no se hizo esperar. Pero quien sí se hizo esperar fue uno de sus protagonistas, el tenista Enrique Obarrio. La historia es la siguiente:

Obarrio vivía en un campo en La Pampa y, como no tenía con quién jugar, solía practicar contra un frontón. Descolló en algunos tornos nacionales y fue convocado para la Copa Davis de 1926. Debía viajar en tren desde Metileo (al norte de La Pampa, cerca de General Pico) hasta Buenos Aires para abordar el barco que lo llevaría, junto con sus compañeros de equipo, a Barcelona. Pero un accidente ferroviario demoró su arribo y estuvo a punto de perder el trasatlántico. Gracias al buen ritmo y velocidad de sus piernas (solía correr en el campo para mantenerse en forma), llegó al puerto en el último minuto. Menos mal, porque fue uno de los hacedores del primer triunfo de los argentinos en la Davis. Vencimos a Hungría, 3 a 2. A partir de entonces, nos dedicamos a ganar y perder en el famoso torneo. A perder y ganar. Y ganar y ganar y ganar.

Sin comentarios

Vuelta de Obligado

Durante nueve años, entre 1843 y 1851, Manuel Oribe (aliado de Juan Manuel de Rosas) sitió la ciudad de Montevideo que estaba en manos de Fructuoso Rivera (apoyado por los unitarios y antirrosistas exiliados). El sitio tuvo como consecuencia la participación de las escuadras inglesa y francesa en el Río de la Plata, motivadas por sus deseos de expansión comercial. Las naves extranjeras ensayaron un bloque del puerto de Buenos Aires debido a que Rosas impedía a los buques de bandera inglesa y francesa la libre navegación de los ríos.

Representación del combate hecha por el pintor Manuel Larravide.

La escuadra anglo-francesa alistó una expedición para remontar el Paraná. Desde Buenos Aires se instruyó a Lucio Norberto Mansilla para armar la defensa en un estratégico recodo del río: la Vuelta de Obligado, a 20 kilómetros de San Pedro, en tierras de Antonio Obligado. Ese era el punto fluvial más angosto, ya que allí el ancho del Paraná no superaba los 700 metros.

Se colocaron 24 barcazas con tres filas de cadenas de hierro: una en la popa, una la proa y otra en el medio de los botes. Además, en tierra firme, se armaron cuatro baterías (conjunto de cañones) que se llamaron “Restaurador Rosas”, “General Brown”, “General Mansilla” y “Manuelita”, en honor a la hija de Rosas. Al frente de estas baterías actuaron Álvaro Alzogaray, Eduardo Brown (hijo menor del almirante), Felipe Palacio y Juan Bautista Thorne.

A mediados de noviembre de 1845 llegaron a la zona de conflicto los once modernos buques de guerra anglo-franceses. Tres de ellos eran a vapor (lo que les permitía desafiar al viento). Además, la escuadra contaba con 99 cañones de última generación y las novedosas granadas, es decir, explosivos de reacción retardada, algo jamás visto en nuestra tierra hasta entonces. Las fuerzas patriotas empleaban cañones de la década de 1810.

Daba la sensación de que el combate se llevaría a cabo el 19, pero se suspendió por la lluvia que impidió el avance de la flota agresora. Recién al día siguiente, 20 de noviembre, estuvieron en condiciones de actuar. El avance se inició a las 8:30 de la mañana. Cuando desde las posiciones en tierra se advirtió el movimiento, la banda militar tocó el Himno Nacional Argentino. Funcionó como motivador para los dos mil hombres de la Confederación. Acto seguido, Mansilla arengó a sus hombres:

“¡Mirad, alli los tenéis! Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra Patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río que recorre el territorio de nuestro país. ¡Pero no lo conseguirán impunemente! ¡Tremola en el Paraná el pabellón azul y blanco y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea!”.

Pocos minutos después se inició el combate. El cañoneo patriota se sostuvo firme hasta la 1:30 de la tarde, cuando los barcos enemigos rompieron las cadenas. Luego de dos intentos fallidos, el desembarco se produjo a las seis de la tarde. En la lucha cuerpo a cuerpo participaron, además de los soldados, vecinos de Ramallo y san Pedro, incluidas mujeres. Fueron en total diez horas de combate. Se perdieron unos 600 hombres de las fuerzas patriotas. Los anglo-franceses tuvieron unas 200 bajas. Pero lograron tomar la posición. Los navíos mercantes extranjeros que esperaban detrás de la línea de fuego, remontaron el Paraná.

Combate de la Vuelta de Obligado en los billetes de 20 pesos.
Combate de la Vuelta de Obligado en los billetes de 20 pesos.

Las noticias enviadas a Europa hablaban de un claro triunfo sobre las fuerzas de la Confederación. Sin embargo, el heroismo de la Vuelta de Obligado contagió al resto de las poblaciones litoraleñas. Las naves con mercaderías no encontraron quien quisiera comerciar. Se determinó que no valía la pena hacer este esfuerzo, ya que el Paraná les sería hostil todo el tiempo. La escuadra y los barcos mercantes regresaron a Europa.

El combate de Obligado fue para la Confederación Argentina una derrota militar gloriosa. Por cuestiones mezquinas, la acción fue opacada luego de Caseros. Hasta que en 1974, durante el gobierno de Estela Martínez de Perón, se declaró al 20 de noviembre, Día de la Soberanía Nacional.

El perro guardián de Urquiza

El bravo perro de Justo José de Urquiza se llamaba Purvis, tenía pelaje bayo y no pasó desapercibido. El artista Juan Manuel Blanes lo incorporó en escenas bélicas que pintó para decorar el Palacio San José, vecino a la ciudad de Concepción del Uruguay, en Entre Ríos. También Domingo F. Sarmiento se ocupó del perro. Se refirió a él como: “la batería que defiende la puerta puerta principal de la línea de defensa”, lo que demuestra que tenía aptitudes de guardián. Aquí, la descripción de Sarmiento:

“Ei general Urquiza tiene a su lado un enorme perro, a quien dado ha dado el nombre del almirante inglés que simpatizó con la defensa de Montevideo en los principios del sitio, y contribuyó a su sostén contra Oribe. En honor del anciano y simpático almirante, la batería que defiende la puerta principal de la línea de defensa se llama Purvis. El perro Purvis, pues, muerde a todo el que se acerca a su amo. Esta es la consigna. Si no recibe orden en contrario, el perro muerde. Un gruñido de tigre anuncia su presencia al que se aproxima, y un ‘¡Purvis!’ del general, en que se le intima a estarse quieto, es la primera señal de bienvenida”.

Continúa Sarmiento: “Han sido mordidos [Ángel] Elías, su secretario, el barón de Grati, cuatro veces, el comandante de uno de sus cuerpos, Teófilo [Urquiza] su hijo y ciento más. El general Paz, al verme de regreso de Buenos Aires [acotamos que se reunieron en Río de Janeiro], su primera pregunta confidencial fue:

- ¿No lo ha mordido el perro Purvis?
- Porque no ha podido morderme, general, es que me ve usted aquí. Siempre tenía la punta de la espada entre él y yo.

En cierta oportunidad en que debía reunirse con Urquiza (antes de la batalla de Caseros), estaba tan obsesionado con el perro, que escribió en un papel: “El perro Purvis va a morderme hoy” y lo mostró a cuatro testigos, antes de guardarlo en el bolsillo de su abrigo. La premonición del sanjuanino no se cumplió.

¿Quién fue Purvis, el marino que inspiró el nombre del perro? John Brett Purvis fue un almirante de la escuadra inglesa que participó en el bloqueo naval que llevó adelante la escuadra anglo-francesa al puerto de Montevideo, durante el enfrentamiento de blancos (aliados de los federales) y colorados (asociados a los unitarios). Por cuestiones políticas, el almirante tuve seguidores y detractores.

Precisamente, en tierras del Uruguay, Urquiza advirtió que la mascota del coronel Miguel Galarza lo seguía a todas partes, demostrando un interés por cambiar de dueño. El caudillo entrerriano adoptó al cachorro y se sorprendió cuando, en el campo de batalla, Purvis no huía como los otros perros, espantado por los estruendos y el griterío. Fue su compañero inseparable y lo acompañó incluso en Caseros (en el cuadro vemos al amo y al perro en acción) y en su estadía en Buenos Aires, en el caserón de Palermo.

Cuando Urquiza partió de Buenos Aires, rumbo a Entre Ríos, no olvidó a su mascota. Ambos, subidos a un bote, alcanzaron la embarcación que los transportaría. Urquiza habló con el capitán para solicitarle que le permitiera abordar con su animal.

El perro murió antes de 1870. Esto privó a Urquiza de un fiel guardián, la fatídica tarde del 11 de abril, cuando un grupo de hombres invadió su residencia para asesinarlo. Bien hubiera querido estar Purvis ahí para defender a su amo.

Sin comentarios

Aranceles del verdugo

Bancaria, abogado, cocinero, médica, guardavidas y un largo etcétera. Sea cual fuere la actividad que uno desarrolla, por lo general se ofrece el trabajo a gente formada para desempeñar la tarea. Pero, ¿cuáles serían las cualidades necesarias para conseguir trabajo de verdugo? Si bien no era explícito, los requisitos eran ser ladrón, o asesino, y saber leer.

El conocimiento de la lectura era imprescindible porque el verdugo también actuaba como pregonero. Su calidad de asesino o ladrón no era fundamental. Sin embargo, siempre obtenían el trabajo aquellos que contaban con lo que más adelante se denominaría “prontuario”.

En resumen, el verdugo/pregonero se ocupaba de torturar a detenidos, ejecutar a condenados y anunciar las noticias a los vecinos.

Entre los más conocidos de Buenos Aires, figuraron el indio José Antonio Aguarí (cumplió funciones hasta mediados de 1802) y su sucesor, el negro Bonifacio Calixto Silva, quien protagonizó un par de hechos históricos: fue quien anunció a los vecinos la convocatoria al Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, como así también, el encargado de ejecutar a Martín de Álzaga en 1812.

Cada tarea tenía sus aranceles. En tiempos del virreinato, fueron fijados de la siguiente manera en las actas oficiales:

- Un real por cada pregón que realizara.
- Un peso (es decir, ocho reales) por torturar a un reo y lograr su confesión.
- Un peso por aplicar el castigo de azotes en la vía pública al condenado.
- Dos pesos por ejecución de la pena capital, además de quedarse con las pertenencias del ejecutado, como era costumbre.
- Un peso extra si el cuerpo debía ser quemado o cortado en cuatro partes para colgar en las plazas o caminos, a manera de advertencia.
El verdugo Silva juntó suficiente cantidad de dinero para comprar la libertad de su novia, la negra Tomasa, con quien vivió hasta sus últimos días.
Sin comentarios

Travesuras de Nalé Roxlo

En 1925, el barrio de Caballito perdió una de sus principales edificaciones. Nos referimos al Palacio Videla Dorna que se encontraba en Rivadavia al 4900, frente al actual Parque Rivadavia. El gran terreno que ocupó la casona fue dividido en treinta lotes que se vendieron. También se creó un pasaje que comunicara Rivadavia y su paralela, Yerbal. Desde 1945, el pintoresco pasaje lleva el nombre de Florencio Balcarce (poeta del siglo XIX).

El escritor Conrado Nalé Roxlo vivía en el quinto piso de Balcarce 15. Su departamento tenía vista al Parque Rivadavia y un condimento: como el vértice de la ochava era curvo y se asemejaba a la forma de una proa, él lo consideraba su barco. Ese fue el motivo por el cual su departamento fue decorado con varios artefactos náuticos. Entre ellos, un viejo telescopio de bronce, de casi dos metros de largo, que había pertenecido a un barco inglés y que le había regalado el poeta Amado Villar.

Nalé Roxlo solía entretener a sus hijas Carmen (la Nena) y Teresa (la Chini) enseñándoles las constelaciones. Pero lo que más divertía a las chicas era cuando pedían delivery de tortas a la Confitería Ideal, ubicada en la esquina de Rivadavia y José María Moreno, a cien metros del edificio. No era una confitería más. Se trataba de una sucursal de la homónima que había abierto sus puertas en 1912, en Suipacha 384. La Ideal de Caballito era célebre por la Orquesta de Señoritas que amenizaba los concurridos horarios del té y del copetín.

Nalé llamaba a la Ideal, lo atendían en el mostrador y pedía una torta de las que estaban en el exhibidor junto a la puerta. El encargado enviaba a un mozo para que tomara la torta de los estantes y el escritor le daba indicaciones a su interlocutor: “Esa no, la de al lado”. “No, no, la de chocolate no. La de durazno que está en la punta”. “No, mejor la de frambuesa que está en el medio”.

Las hijas del escritor se reían al ver cómo el pobre mozo despistado trataba de entender el truco. Aún conociendo la dirección desde la cual le hacían el pedido, le parecía imposible que alguien pudiera observar con tanto detalle. Cuando tocaban timbre con el pedido, el capitán Nalé Roxlo guardaba el telescopio, preservándolo para una nuevo viaje por el mundo de las travesuras.

Bares automáticos

Cuando la ciudad de Buenos Aires creció al extender sus límites, surgió la posibilidad de comprar lotes en zonas alejadas del centro y mudarse. Entonces, muchos empleados tomaron el hábito de almorzar cerca sus trabajos. El notable aumento de la demanda provocó una innovación fundamental.

En el año 1907 se inauguró el Bar Automat Europa en el microcentro porteño, más precisamente en Bartolomé Mitre 463. Consistía en un sistema de diez a doce máquinas expendedoras de bebidas frías y calientes -los pocillos de café bajaban en fila por un tubo de vidrio transparente- o sandwiches y empanadas. Las inmensas expendedoras, colocadas en la barra del bar, se accionaban con monedas de diez centavos. Cada uno se proveía de la comida y la bebida, y se sentaba en cualquiera de las mesas dispuestas como en los bares clásicos.

Según los avisos de la época, se trataba de un “lunch higiénico” porque la comida no pasaba por las manos de los cocineros ni de los mozos. El dato era incierto, ya que detrás de las máquinas trabajaba media docena de personas imperceptibles, reponiendo los alimentos y bebidas. Debido a su éxito, los bares automáticos se multiplicaron y más adelante se incorporaron dulces, postres e incluso bebidas alcohólicas.

El más popular de todos fue el Bar Americano en Cangallo 966 (Perón y Carabelas actual). Sus aparatos llenaban de licor los pequeños vasos de los parroquianos. En ese mismo bar, cuando aún era atendido por mozos, se había estrenado el tango “El Choclo”.

Sin comentarios

Despedidas de soltero en 1956

El libro CORTESÍA y buenos modales de María Adela Oyuela, escrito en 1956, ofrece consejos de cómo se debía actuar en una salida. Aquí, nos cuenta cómo conducirse en una despedida de soltero.

Enterados de la fecha fijada para el casamiento de un amigo, los jóvenes y las niñas más allegadas organizan las llamadas “despedidas de soltero”.

Los amigos íntimos del novio le solicitan una lista de las relaciones a las que se sienta más estrechamente vinculado por razones de edad condición y actividades, con el objeto de ofrecerle una comida. Una vez que se los haya consultado por teléfono para asegurarse su asistencia, se formalizarán los detalles restantes. La fecha, el lugar (restaurante, club, etc.), la hora y el precio del cubierto deben establecerse antes de hacer los llamados telefónicos, ya que conviene informar de todo en una sola oportunidad, para simplificar la tarea.

Lo único que justifica una negativa a este tipo de invitación es un impedimento muy grave, pues cualquier pretexto que en otra oportunidad podría ser válido, no sirve en este caso de excusa legítima.

- Despedidas entre amigos. En las despedidas de soltero imperan por tradición el buen humor y la alegría. Los discursos son de tono festivo y humorístico; pero dada la juventud de los concurrentes y el abuso de las bebidas suele ocurrir que el clima en que se desarrolla la reunión vaya caldeándose poco a poco hasta hacerla degenerar a veces en un exponente lamentable de falta de urbanidad y grosería, que habla muy mal de sus participantes.

Es de rigor, pues, controlarse lo suficiente sin que ello signifique caer en el estiramiento. Sobre todo, se tratará de evitar cualquier exceso en las bromas y expresiones para poder disfrutar un rato de feliz comunicación con el agasajado, sin salirse de los límites correctos.

Como dijimos, una comida es lo más indicado para despedir a un joven de su vida de soltero. En ella, se acostumbra adornar la mesa con un centro de flores que luego se envía a la novia.

- Despedidas entre amigas. Estas difieren en muchos aspectos de las anteriores. En primer lugar, es lógico que la reunión tenga un tono de sentimentalismo ausente en la despedida de soltero de un joven. Las mujeres sienten con más profundidad el cambio de vida que van enfrentar, y las amigas solteras tienen la sensación de que verdaderamente su compañera las abandona.

Semejante aprehensión carece de realidad, ya que las amistades auténticas, si bien sufren un momentáneo eclipse en el período de la luna de miel, se reanudan con el mismo afecto intimidad, cuando la vida de la recién casada entra en la tapa de normalidad subsiguiente al viaje de bodas.

Las jóvenes amigas “despiden” a la novia, generalmente ofreciéndole un té o un cóctel. Por lo general se reúnen en una confitería, siendo llamadas a concurrir todas ellas y sus parientas jóvenes, sean o no solteras. Al retirarse de la confitería o lugar elegido regalan a la novia un ramo de flores.

Sin comentarios

De Pearl Harbor a Malvinas

Poco antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, el crucero USS Phoenix –Fénix en español– visitó el puerto de Buenos Aires, en viaje de confraternidad. Había sido botado al mar en el año 1938 en los Estados Unidos, y formaba parte de una carrera armamentista en el contexto bélico de la época.

El buque de 186 metros de eslora (es decir, de largo) comenzó a operar para la flota del Pacífico y a poco de comenzada la guerra en Europa fue destinado a la base estadounidense de Honolulu, Hawai; más precisamente a Pearl Harbor, junto con otro centenar de barcos, entre acorazados, destructores y submarinos.

La mañana del 7 de diciembre de 1941, el crucero se encontraba anclado en el interior de la bahía. Por el horizonte asomaron los aviones japoneses iniciando el conocido bombardeo que comprometió a los Estados Unidos en la guerra. El saldo del ataque japonés fue de unos veinte barcos dañados o hundidos, más de trescientos aviones destrozados y varios miles de vidas humanas perdidas. ¿El USS Phoenix? Sobrevivió intacto.

Fue reasignado a nuevas operaciones. Realizó exitosas misiones en el océano Pacífico e Indico. Durante un ataque a una base militar japonesa, recibió en el puente de mando al general Douglas MacArthur, quien supervisó desde allí la tarea de la flota. En otra misión, la nave fue averiada por una pequeña bomba, aunque no pasó a mayores. En diciembre de 1944 un submarino japonés le disparó unos torpedos que, una vez más, el Phoenix logró esquivar.

Finalizada la guerra, el crucero fue vendido a la Armada Argentina. Eran tiempos del gobierno de Perón, por lo que fue rebautizado como “17 de octubre” en conmemoración al día de la lealtad. En 1955, cuando la revolución libertadora derrocó al gobierno, el “ARA 17 de octubre” participó desde el río, consolidando el triunfo de las armas. Otra vez rebautizado, se eligió realizar un homenaje al fundador –en 1799– de la Escuela de Náutica: el general Manuel Belgrano. Desde entonces el crucero ARA General Belgrano, que resurgió del ataque en Pearl Harbor, prestó servicios en la armada argentina hasta su doloroso hundimiento el 2 de mayo de 1982, durante el conflicto de Malvinas.

Sin comentarios

Futbolistas en pose

Eran otros tiempos. Entre finales de los años 30 y los 40, los futbolistas, ídolos populares, eran el objetivo de los reporteros gráficos y posaban con un estilo que ha perdido vigencia.

Aquí una galería recopilada en la Fototeca del Archivo General de la Nación que incluye, entre otros, a Vicente de la Mata (Independiente), Agustin R. Cosso (San Lorenzo), Héctor Narvarte (Racing), Eusebio Videla (Tigre) y Eligio Corvalán (River).

También presentamos, en la próxima imagen, a Luis María Rongo con camisa abierta y la pregunta es: ¿qué casaca está utilizando? La ayuda: jugó en River Plate, Argentinos Juniors y Platense.

Otra consulta a los avezados lectores. ¿Quiénes son los jugadores que posan de Boca Juniors (en la imagen inicial), Chacarita y Vélez?

Las respuestas son bienvenidas.

 

Bolívar arañado

El 16 de junio de 1822 fue día festivo en Quito. La ciudad abandonó su actividad cotidiana para recibir a Simón Bolívar. Durante el desfile por las calles abarrotadas de vecinos, el homenajeado divisó a una dama de grandes caderas, senos llamativos, contextura gruesa, pelo oscuro y crespo, ojos pardos, boca pequeña y carnosa, que miraba la ceremonia desde un ventanal.

Se llamaba Manuela Sáenz, tenía 26 años y llevaba cinco unida en matrimonio al médico Jaime Thorne, con quien no intimaba demasiado. Por la noche, en el baile de honor, Bolívar y la dama fueron presentados formalmente. Él apeló a una de sus clásicas estrategias de conquista: le contó cómo se conocieron Romeo y Julieta. Funcionó.

Luego de la corta estancia en Quito, Bolívar salió hacia Guayaquil para reunirse con el general San Martín. Manuela se instaló en la hacienda “El Garzal” (no muy lejos de allí), desde donde le escribió a su galante Libertador, el 27 de julio, instándolo a abandonar la ciudad y reunirse lejos de las miradas indiscretas. Pero el caraqueño estaba ocupado, contándole la historia de Romeo y Julieta a una joven de ojos claros, María Joaquina Garaycoa, a quien conoció la noche en que tuvo lugar la fiesta que se brindó al general San Martín.

Los Libertadores se entrevistaron el 26 de julio de 1822. Al día siguiente, el argentino regresó a Lima e inició su retiro. Bolívar arribó a Lima en septiembre de 1823. Manuela Sáenz lo hizo en octubre, acompañada de su madre. Durante la última semana de octubre de 1823, Simón Bolívar y Manuela Sáenz se vieron en Magdalena, en las afueras de Lima. Ella había logrado sortear la vigilancia materna, pero no disponía de mucho tiempo. Por eso, el reencuentro comenzó a celebrarse de inmediato y en la mayor intimidad. La joven quiteña corrió a la cama y al deslizarse dentro de la sábanas, recibió un pequeño pinchazo: era el aro perdido de alguna dama.

Se lanzó sobre Bolívar y lo atacó con uñas y dientes. Se marchó furiosa, luego de dejarle notables marcas en la cara. Durante una semana, hasta que cerraran las cicatrices, el Libertador venezolano se recluyó en su cuarto. Todas sus actividades se suspendieron, alegando que había enfermado en forma repentina. No se le ocurrió decir que lo atacado había un avispa.

Sin comentarios