Bailes prohibidos en 1774

En Buenos Aires, en el año 1753, un tal Blas y un zapatero de apellido Aguiar construyeron un modesto galpón en la manzana de Perú, Alsina, Chacabuco y Moreno. Allí armaron un par de funciones de títeres y no mucho más porque el tal Blas debió abandonar la ciudad: se descubrió que estaba casado en España y que su mujer lo esperaba.

Juan José Vertiz -en su época de gobernador, antes de ser virrey- consideró que podía aprovecharse el lugar para hacer fiestas de máscaras y recaudar dinero para los necesitados. Los porteños, ávidos de pachanga, encontraron una nueva forma de entretenimiento. Aquella fue la primera disco que tuvimos por estas tierras. Pero, a pesar del éxito de los bailes, el público comenzó a menguar. Y el culpable de que cada vez concurriera menos gente se llamó José Costa. Era fraile de San Francisco y durante las misas advertía lo pecaminoso y ofensivo que resultaba ese entretenimiento nocturno.

“¡Hermanas mías, ya no sois mis hermanas, estáis impuras!”, se quejaba el fraile. Su prédica tuvo éxito ya que muchos se convencieron de que estaban pecando; y los que no, por temor a la ira del Todopoderoso, prefirieron mantenerse lejos del lugar.

Cuando Vertiz se enteró de los sermones de Costa, encomendó al fraile Roque González la tarea de persuadir a los feligreses de que Dios no se ofendería si bailaban y que “es voluntad de Nuestro Soberano que haya bailes y diversiones”. En aquella homilía, González aseguró que “el Señor Baile puede contraer matrimonio con la Señora Devoción”. El galpón volvió a estar de moda y allí se bailó durante tres años hasta que el rey Carlos III prohibió los bailes públicos en 1774. La primera disco porteña cerró sus puertas.

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Cámpora y el scrum

Héctor José Cámpora, apodado “el Tío”, fue presidente constitucional en 1973, durante cuarenta y ocho días, el período más corto hasta entonces. Oriundo de Mercedes, provincia de Buenos Aires, quiso estudiar medicina en Rosario, pero no pudo ingresar, por lo que optó por cursar Odontología en la Universidad Nacional de Córdoba. Inició la carrera en marzo de 1929 y se recibió en diciembre de 1933.

Durante su época universitaria, participó activamente de los equipos deportivos. Practicó, entre otros, básquet, fútbol y rugby, lo cual permite relacionarlo con el presidente Mauricio Macri, quien vistió la camiseta de Cardenal Newman.

El día del debut de Cámpora en el rugby fue inesperado. Faltó un jugador y le pidieron que se cambiara para completar los quince del equipo y poder presentarse. Ni siquiera sabía llevar la pelota en la mano. Él mismo contó que su ingreso al rugby había sido con el pie izquierdo. “Pensé que había hecho un papelón”. Pero sus compañeros opinaron lo contrario: todos lo felicitaron por lo bien que se había desplazado en la cancha.

Cámpora jugó como pilar durante cuatro años en Universitario de Córdoba e incluso puso el hombro (en el scrum) para que su equipo ascendiera a la primera división de la liga de la provincia.

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Comodoro Py: de Paraguay a Santa Cruz

Como Messi, pero al revés. Luis Py nació en Barcelona, pero su brillante carrera la hizo en la Argentina. Llegó en la década de 1840, con poco más de 20 años y se alistó en la Marina, uno de los destinos preferidos de los inmigrantes que arribaban con sed de acción, aventura y gloria. El joven Py tuvo su bautismo de fuego frente a las escuadras inglesa y francesa (antes de la Vuelta de Obligado) y fue forjándose en los combates de aquella grieta histórica, la de unitarios y federales.

De su extensa foja de servicios, debemos detenernos en un uno muy particular. Nos referimos a la Batalla del Paso de las Cuevas, durante la Guerra del Paraguay. La historia viene adornada con esos detalles que ya no sorprenden a ningún argentino. La flota de la Armada constaba de tres buques, dos de ellas fueron capturados pro los paraguayos en Corrientes. Por lo tanto, la pieza más importante era un barco de transporte de tropas, y equipado con cañones: el Guardia Nacional. (Se lo compramos a los ingleses en 1859, su nombre original era Camila). Comandaba el barco Luis Py. Pero llevaba entre los pasajeros a su superior, el Comandante en Jefe de la Escuadra Argentina, el capitán de navío José Murature.

La nave se unió a la flota de los aliados brasileños a la altura de Corrientes. Juntos se dirigieron al Pasaje de las Cuevas (siempre en territorio correntino), donde se hallaban apostados los paraguayos. Fue una especie de Vuelta de Obligado, pero al revés. Los buques brasileños y el argentino debían pasar esquívando el fuego de la artillería guaraní apostada en tierra firme.

El 12 de agosto de 1865 iniciaron el peligroso cruce cuatro barcos brasileños. Lo hicieron a máxima velocidad, pero los sesenta cañones enemigos dañaron sus cubiertas. El quinto turno correspondió al Guardia Nacional, que sorprendió a todos. En una demostración de gallardía, pasó a un cuarto de su velocidad posible, como sin apuro, disparando sus cañones con furia contra las baterías que los hostigaban. En un momento la escena fue conmovedora. Los cañones paraguayos ya no disparaban, mientras el Guardia Nacional de Luis Py, perforado por todas partes, continuaba lanzando fuego.

El paso del resto de las embarcaciones tuvo cierta resistencia, pero ya no era lo mismo: los paraguayos estaban agotados, sus cañones ardían como una caldera y las municiones comenzaban a escasear. Los argentinos sufrieron bajas notables. Entre ellos, los guardiamarinas José Ferré, hijo del gobernador de Corrientes, y Enrique Py, joven soldado, hijo del marino catalán. Entre los heridos graves, el subteniente Clodomiro Urtubey (antecesor de Juan Manuel Urtubey, actual gobernador de Salta) y el marinero Francisco Padilla.

El de Las Cuevas fue el último enfrentamiento en que participó la Armada argentina hasta el conflicto de las Malvinas.

La carrera de Luis Py se mantuvo en ascenso. En 1878 -ya con el rango de comodoro- acudió a Santa Cruz con una misión fundamental: reafirmar la soberanía argentina en dichas tierras. Fue luego de que llegaran noticias preocupantes a Buenos Aires (nuestro héroe vivía en Paraguay y Esmeralda): en aquellas lejanas tierras estaban instalándose destacamentos militares chilenos.

Luego de la travesía, el comodoro Py desembarcó en el cañadón de los Misioneros (próximo al puerto Santa Cruz), al norte de Río Gallegos y comprobó que las noticias eran ciertas. Allí había una edificación hecha por los chilenos, aunque vacía. Ordenó ocuparla, mandó enarbolar la bandera argentina y dejó hombres a cargo de su custodia.

El comodoro Py murió en Tigre (provincia de Buenos Aires), donde aún cumplía funciones oficiales, el 22 de febrero de 1884. Desde 1967 una calle de Retiro le rinde homenaje.

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Once soldados con polleras

A las dos de la mañana del 23 de mayo de 1817, el tucumano Gregorio Aráoz de Lamadrid (a quien vemos retratado en una imagen posterior) acampó a corta distancia de Tarabuco, cerca de Chuquisaca, en el Alto Perú. Durmieron unas horitas y reiniciaron la marcha a las siete. Pero no estaban todos. En esas cinco horas había desertado el sargento Martín Bustos junto con diez soldados.

Muy temprano al día siguiente, un contingente de setenta indios traía once prisioneros amarrados. Eran los desertores. “Formé en el acto toda mi división en el cuadro de la plaza –detalla Lamadrid– y puestos los presos dentro de él, llamé al alcalde del pueblo y le ordené que me presentara al instante once polleras de las más andrajosas de las indias e igual números de zuecos y monteras de cuero [clásico gorro del altiplano] de las que ellas usan”. Los once desertores apenas podían creer lo que estaba por ocurrir. Sigue el tucumano: “Listo todo al momento, mandé desnudar a los presos y vestidos por fuerza con aquel traje y aro en la mano, aunque me clamaban todos que los fusilara primero”.

Los soldados formados comenzaron a burlarse de los hombres vestidos de mujer. Lamadrid ordenó a su gente que armara una calle de dos filas, por donde debían pasar los travestidos: “Hice que los pasearan entre las filas, ordenando a la tropa que escupiera a esos cobardes, que no merecían ser sus compañeros pues eran los únicos que querían regresar a su provincia manchados”.

A Bustos le arrancaron la jineta de sargento y allí terminó el acto de humillación. Según Aráoz de Lamadrid, “fue un rato de comedia para la división y el pueblo, y del más amargo llanto para los que sufrieron aquel castigo”.

Una semana después, Lamadrid perdió el control de la situación. Una deserción masiva diezmó su fuerza. Sólo le quedaron 93 hombres que actuaron con hidalguía y acompañaron a su jefe hasta el final de la campaña. Entre ellos, Bustos, quien recuperó su jineta, y los diez que habían sido disfrazados.

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Merlo era Melo

En 1733, en la ciudad española de Badajoz (donde San Martín tuvo una novia llamada Lola), en la frontera sur con Portugal, nació Pedro de Melo y Portugal y Villena, marino por vocación y alto funcionario de la corona española por méritos propios. El hombre arribó a Buenos Aires en 1795 con el título de virrey del Río de la Plata.

Grandote, inquieto, emprendedor, enérgico pero piadoso con los pobres, el virrey Melo se encargó de promover los juegos de bolos y bolas. ¿Es que acaso ya había juegos para todos y todas? No: el de las bolas era el que nosotros llamamos bochas. En cuanto al primero, era un inmenso bowling de cincuenta palos –o pinos– que debían ser volteados en la menor cantidad de tiros posible. En los arrabales (es decir, en la zona de Congreso, Barracas, Recoleta, Palermo) simplificaron el juego: apostaban si de un tiro se volteaba un número par de palos o uno impar. Se transformó en vicio y Melo prohibió el juego.

Otra prohibición -por suerte- fue que los aguateros se proveyeran de agua del río que juntaban a la altura de San Telmo, contaminada por las lavanderas que allí fregaban la ropa y por toda la basura que los vecinos tiraban. El virrey obligó a los aguateros a alejarse a la zona de Retiro para llenar los barriles, con penas de multas y azotes para los infractores.

El hijo de Badajoz tenía una saludable costumbre, la de salir a recorrer el virreinato. Bueno, no tan saludable. Porque en 1797, cuando regresaba a Montevideo desde Maldonado, su caballo pisó mal y el pobre don Pedro fue a dar al piso con tal mala suerte que se golpeó la cabeza. Fue un fatal accidente de tránsito a la altura de la actual ciudad uruguaya de Pando. Murió en Montevideo dos días después, el 15 de abril de 1797, pero se cumplió su deseo póstumo de ser trasladado a Buenos Aires, a la iglesia de San Juan.

Las crónicas del entierro dicen que el pueblo desfiló frente a su tumba y que don Melo tenía “el rostro muy negro”, pero no despedía “ningún mal olor”. El gobernador de Tucumán, Rafael de Sobremonte, decidió fundar ese mismo año un poblado en San Luis y lo bautizó Villa de Melo en honor del funcionario muerto en ejercicio del cargo. El tiempo corrompió la nomenclatura original y hoy a Merlo cuesta descubrirle, sin estos datos, el verdadero origen de su nombre.

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Preguntas al presidente de EE.UU.

La llegada del presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, a la Argentina, el 30 de noviembre de 1936 (en la imagen vemos al público que se reunió en el puerto para recibirlo), planteó un desafío a los periodistas. Muchos querían entrevistarlo, algo imposible porque no existía el tiempo material para llevarlo a cabo. Se estableció que sería una conferencia de prensa y se organizó de la siguiente manera:

Todos los periodistas fueron convocados al Hotel Alvear Palace, en el barrio de Recoleta, el martes 1 de diciembre a las 12:45. Allí se había montado la Oficina de prensa de la presidencia de Estados Unidos. Los cuarenta que acudieron recibieron las acreditaciones correspondientes y fueron llevados a un salón donde, suponían, llegaría mister Roosevelt para responder sus preguntas. Sin embargo, quien se presentó fue un funcionario que les entregó un manual de instrucciones.

En resumen, tenían que discutir entre todos las seis preguntas que se harían. La primera medida fue reducir las más de cincuenta que sumaban entre todos. Varias eran similares, lo que permitió una primera eliminación. Luego, un comité de tres periodistas fue descartando otras hasta lograr el número establecido. Se escribieron a máquina las seleccionadas y se le entregaron al funcionario estadounidense, quien saludó y se retiró del salón. En ningún momento los representantes de Roosevelt discutieron el contenido de las preguntas.

Los periodistas fueron llevados desde el Alvear hasta la residencia del embajador (el Palacio Bosch Alvear, en Palermo, que aún cumple esas funciones). En la puerta había un número mayor de periodistas. Sin embargo, por no haber sido acreditados en el hotel, no se les permitió entrar. Los que sí pudieron hacerlo, fueron conducidos por la escalinata principal a la planta alta. En el salón de recepciones los aguardaba el presidente Roosevelt. Sentado detrás de una mesa que tenía un florero, un cenicero y un caja de cigarrillos, el visitante fumaba con boquilla mientras sonreía a los periodistas que ingresaban a la sala.

No hubo preguntas. Fue un monólogo de Roosevelt. Pero habló de los temas que se habían planteado en el cuestionario y no dejó nada sin responder. En menos de cuarenta minutos abordó el temario y dio por concluido el encuentro.

¿Fue una conferencia de prensa? No, porque faltaron las repreguntas (los periodistas suelen emplearlas para profundizar o aclarar algún punto de la respuesta que se les da). Pero pareció conformar a todos los profesionales, quienes partieron a sus redacciones con las declaraciones del visitante ilustre.

 

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¿Adónde va a dormir Obama?

En 1910, el presidente electo Roque Sáenz Peña le ofreció ocupar el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores a Ernesto Mauricio Carlos del Corazón de Jesús Bosch Peña, quien ocupaba un cargo diplomático en París. El hombre aceptó y regresó a Buenos Aires con su mujer, Elisa de Alvear.

Juntos concibieron la idea de construirse una mansión que les recordara su vida parisina. Resolvieron que fuera en la zona de Palermo (en las actuales Libertador y Kennedy), frente al Parque 3 de Febrero, donde ya estaban el Jardín Zoológico, el Jardín Botánico, la Rural, el futuro campo de Polo (en ese entonces era un club deportivo de diversas actividades) y el Hipódromo. La zona tenía mucha actividad social, pero casi no había residencias.

Contrató los servicios del arquitecto de moda, el exquisito francés René Sergent, quien terminaría ocupándose de los palacios de otros Alvear: además del Bosch, el Errázuriz (de Matías Errázuriz y Josefina Alvear) y el Sans Souci (de Elvira Alvear). Con la ejecución de arquitectos argentinos, Sergent ideó todo esto sin moverse de Europa.

La construcción del Palacio Bosch se inició en 1911 y su inauguración oficial se realizó el 6 de septiembre de 1918, durante el baile de presentación en sociedad de María Elisa Bosch Alvear, hija mayor del matrimonio. Fue la introducción en sociedad de Elisita, pero también fue la presentación del palacio. Era la primera vez que en una mansión se encargaba la construcción de un salón adaptado a las necesidades de los bailarines. Dijo La Nación: “Destinada especialmente para el baile, la sala no ostenta otro adorno que largas banquetas y taburetes tapizados en brocatos ‘vieux rose’ y oro y un gran piano de cola”.

A partir de la construcción del Palacio Bosch, Palermo comenzó a transformarse en uno de los lugares más exclusivos de Buenos Aires.

En la mansión de Elisa Alvear y Ernesto Bosch se hicieron grandes fiestas, para agasajar a extranjeros, para presentar en sociedad a otras dos hijas –Teodolina y Teresa– y para convidar a los amigos y parientes que luego de dar unas vueltitas por el parque de Palermo y el Rosedal, paraban a tomar un copetín antes de emprender el regreso al centro.

Elisa de Alvear estaba encantada con su espléndida casa. Pero apareció en escena  Robert Woods Bliss, embajador de Estados Unidos. Acotemos que Bliss, junto con su mujer, Mildred Barnes, establecieron el Instituto Cultural Argentino Norteamericano (ICANA), entre muchas otras iniciativas.

En 1928, visitó la Argentina el presidente electo de Estados Unidos, Herbert Hoover. Por falta de una residencia propia, Hoover fue alojado en el Palacio Noel (Suipacha y Libertador, actual sede del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco). Luego de la visita, el gobierno norteamericano le encomendó a míster Bliss la misión de comprar una casa para que fuera la residencia de los embajadores de su país.

En varias oportunidades, el señor Bliss le manifestó a Ernesto Bosch su interés por el palacio, pero el argentino no tenía ninguna intención de desprenderse de él. Ante la insistencia de Bliss, Bosch le dijo que se la vendía por algo más de dos millones de pesos, un valor que excedía en más de un millón cualquier tasación seria. Para Bosch, esa era una manera elegante de dar por terminado el asunto. No esperaba que un par de semanas después, Bliss le comunicara que aceptaban la oferta.

Contrariado, pero dispuesto a mantener su palabra, Bosch anunció en su casa que se mudaría. Elisa estaba furiosa. El matrimonio se mudó a un palacio en Montevideo y Quintana (Recoleta). Con todas las comodidades, por supuesto. Pero no era lo mismo.

Desde 1929, el palacio Bosch es la residencia de los embajadores de los Estados Unidos.

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San Patricio en Buenos Aires

En la década de 1810, la colectividad irlandesa de Buenos Aires estaba integrada por inmigrantes que habían llegado al Río de la Plata para establecer comercios y por aquellos que desertaron de las filas británicas durante las Invasiones Inglesas y formaron familias en la ciudad que habían invadido. Por lo tanto, en esa época comenzaron a celebrar la fiesta de su patrono, San Patricio, cada 17 de marzo.

A las nueve de la noche se reunían en casas particulares, como por ejemplo, la del fabricante de chimeneas Michael Welsh (en las actuales Cerrito y Viamonte) o en almacenes, como el de Patrick Fleming (Viamonte y 25 de Mayo). Los irlandeses participaban de un nutrido banquete donde además cantaban, realizaban varios brindis y bailaban. La celebración terminaba tarde, en la madrugada. Incluso hubo casos en que se extendió hasta el amanecer.

Si bien el resto de la población no participaba, y en esto incluimos a los otros británicos (los escoceses celebraban el 30 de noviembre, festividad de San Andrés, y los ingleses el 23 de abril, día de San Jorge), la fecha no pasaba desapercibida porque los negocios irlandeses colocaban sus banderas en los frentes de los negocios que atendían, lo mismo que hacían los barcos británicos anclados en el puerto. Además, existen registros (en la década de 1840) de bandas militares que recorrían la ciudad interpretando God Save the Queen (Dios salve a la Reina).

Entre los irlandeses que han escritos páginas de nuestra historia, debemos mencionar al almirante Guillermo Brown, al oficial del Ejército de los Andes Juan O’Brien y al padre Anthony Fahy, verdadero líder comunitario de los hijos de Irlanda y sus descendientes. También sumamos a Edward Casey, fundador de Venado Tuerto, y a las familias Duggan, Murphy, Kavanagh, Donnelly, McCormack, McCormickDonovan, Armstrong, Mulhall, Lynch, Walsh, O’Donnell y O’Gorman. Todos han participado de los festejos por su santo patrono en aquellos lejanos 17 de marzo, como también los hicieron las siguientes generaciones, como el grupo de la fotografía que se reunió en 1921 para bailar, beber y celebrar.

Natalio Botana y Salvadora Onrubia: romance de redacción

Tres pesos y un libro. Ese era todo el patrimonio de Natalio Botana cuando llegó a Buenos Aires en 1911 proveniente de Uruguay. Veintidós años, tres pesos y un libro. Más el enorme deseo de progresar. Consiguió trabajo de estibador. Hombreó bolsas. Tres. En su caso, la tercera bolsa fue la vencida porque mientras caminaba los pocos metros hasta el galpón, se topó con Adolfo Berro, político uruguayo muy amigo de su familia.

Berro le ordenó que dejara la bolsa y lo acompañara. Le dio un techo, le compró ropa y lo presentó al doctor Marcelino Ugarte. Según cuenta su biógrafo, Álvaro Abós (autor de El tábano), Ugarte le consiguió trabajo en El Diario, fundado y dirigido por Manuel Lainez.

Natalio Botana sufría de inmadurez laboral. No lograba asentarse en un empleo. De El Diario pasó a La Razón. De La Razón, a Última Hora. De Última Hora lo echaron por anunciar, en la sección Sociales, el arribo de Dante Alighieri a Buenos Aires, junto con su amada Beatrice.

Su nuevo trabajo, a menos de dos años de iniciarse en las redacciones, fue en la revista PBT. A comienzos de 1913, Marcelino Ugarte (senador nacional por la provincia de Buenos Aires) le entregó a Botana cartas de recomendación para los intendentes, recomendándoles que le dieran parte de lo que hoy llamamos pauta publicitaria a la revista PBT.

Pero cuando Botana le presentó las cartas al director de la revista, este hombre, que era alemán, le explicó que regresaría a Europa por la Gran Guerra que se avecinaba. Le recomendó que aprovechara los ingresos de publicidad y los contactos para iniciar su propio negocio. Con estas cartas de recomendación, más una ayuda económica de Ugarte, Botana fundó el diario Crítica en 1913.

Ese año arribó a Buenos Aires, proveniente de Gualeguay, Salvadora Medina Onrubia. Tenía 19, había nacido en La Plata y durante un tiempo vivió en Rosario. ¿Cuándo se conocieron Natalio y la pelirroja Salvadora? Ella solía contar que se vieron por primera vez en 1913, en la redacción de PBT. Pero el próximo encuentro sería crucial en sus vidas.

Salvadora fue oradora en la manifestación obrera del domingo 1 de febrero de 1914, convocada frente a la Escuela Industrial de la Nación (hoy Otto Krause) para protestar contra las leyes sociales. Debe haber resultado convincente porque el diario anarquista La Protesta la convocó para escribir en sus páginas. Su primer texto fue publicado el 5 de febrero. Esa tarde, el vespertino Crítica dedicó una nota a la joven militante, que llevó por título: “Las chicas periodistas. El caso de la señorita Onrubia”.

La nota se mofaba de los anarquistas en general y de Salvadora en particular. La mujer no se amilanó y se burló de Crítica en una nota posterior. El tercer capítulo, ya conciliatorio, se dio en la imprenta. Los dos diarios se imprimían en el mismo lugar y en varias oportunidades, entre el traqueteo de las máquinas y el olor a tinta, coincidieron Botana y Onrubia. Una de esas veces él la acompañó hasta la pensión y fue todo pasión. Las ideologías quedaron de lado, al menos un rato. Salvadora se sumó al equipo de Crítica, no como periodista, pero sí como dirigente y compañera del hombre que amaba.

Cuando a fin de mes la plata comenzaba a escasear, preparaba para la tropa de periodistas un puchero que despertaba elogios al por mayor. Cuando había alguna cuestión que plantearle a los patrones, ¡los trabajadores acudían a ella! Salvadora, la mujer que criticó a Crítica, se convirtió en una de las piezas fundamentales de su desarrollo. Sin abandonar sus convicciones.

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San Martín y su manual de conducta

En un nuevo aniversario del nacimiento del general José Francisco de San Martín (que tuvo lugar en el pueblo de Yapeyú, ubicada en el actual territorio de Corrientes, el 25 de febrero de 1778), rescatamos los códigos de conducta que le impuso a sus hombres, al crear el Cuerpo de Granaderos.

El Libertador estableció normas de disciplina a través de una nómina de “delitos por los cuales deben ser arrojados los oficiales”, es decir, expulsados del Regimiento. San Martín consideraba delitos las siguientes conductas:

1 – Por cobardía en acción de guerra, en la que aun agachar la cabeza será reputado por tal.

2 – Por no admitir un desafío, sea justo o injusto.

3 – Por no exigir satisfacción cuando se halle insultado.

4 – Por no defender a todo trance el honor del cuerpo cuando lo ultrajen a su presencia o sepa, ha sido ultrajado en otra parte.

5 – Por trampas infames como de artesanos [se refiere a las estafas].

6 – Por falta de integridad en el manejo de intereses, como no pagar a la tropa el dinero que se haya suministrado para ella.

7 – Por hablar mal de otro compañero con personas u oficiales de otros cuerpos.

8 – Por hacer públicas las disposiciones internas de la oficialidad en sus juntas secretas.

9 – Por familiarizarse en grado vergonzoso con los sargentos, cabos y soldados.

10 – Por poner la mano a cualquier mujer aunque haya sido insultado por ella.

11 – Por no socorrer en acción de guerra a un compañero suyo que se halle en peligro, pudiendo verificarlo [realizarlo].

12 – Por presentarse en público con mujeres conocidamente prostituidas.

13 – Por concurrir a casas de juego que no sea pertenecientes a la clase de oficiales, es decir, a jugar con personas bajas e indecentes.

14 – Por hacer uso inmoderado de la bebida en términos de hacerse notable con perjuicio del honor de cuerpo.

El primer domingo del mes se reunían los oficiales en la casa de San Martín para discutir los actos de indisciplina. El acusado debía retirarse para permitir que se hablara con libertad de su causa. Luego de que una comisión investigara, se resolvía en reunión extraordinaria si era culpable del delito o no. Mediante este sistema, hubo oficiales que fueron expulsados del Cuerpo de Granaderos.

San Martín fue el más obstinado promotor de la férrea disciplina, consciente de su vital importancia en el campo de batalla.