Futbolistas en pose

Eran otros tiempos. Entre finales de los años 30 y los 40, los futbolistas, ídolos populares, eran el objetivo de los reporteros gráficos y posaban con un estilo que ha perdido vigencia.

Aquí una galería recopilada en la Fototeca del Archivo General de la Nación que incluye, entre otros, a Vicente de la Mata (Independiente), Agustin R. Cosso (San Lorenzo), Héctor Narvarte (Racing), Eusebio Videla (Tigre) y Eligio Corvalán (River).

También presentamos, en la próxima imagen, a Luis María Rongo con camisa abierta y la pregunta es: ¿qué casaca está utilizando? La ayuda: jugó en River Plate, Argentinos Juniors y Platense.

Otra consulta a los avezados lectores. ¿Quiénes son los jugadores que posan de Boca Juniors (en la imagen inicial), Chacarita y Vélez?

Las respuestas son bienvenidas.

 

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Bolívar arañado

El 16 de junio de 1822 fue día festivo en Quito. La ciudad abandonó su actividad cotidiana para recibir a Simón Bolívar. Durante el desfile por las calles abarrotadas de vecinos, el homenajeado divisó a una dama de grandes caderas, senos llamativos, contextura gruesa, pelo oscuro y crespo, ojos pardos, boca pequeña y carnosa, que miraba la ceremonia desde un ventanal.

Se llamaba Manuela Sáenz, tenía 26 años y llevaba cinco unida en matrimonio al médico Jaime Thorne, con quien no intimaba demasiado. Por la noche, en el baile de honor, Bolívar y la dama fueron presentados formalmente. Él apeló a una de sus clásicas estrategias de conquista: le contó cómo se conocieron Romeo y Julieta. Funcionó.

Luego de la corta estancia en Quito, Bolívar salió hacia Guayaquil para reunirse con el general San Martín. Manuela se instaló en la hacienda “El Garzal” (no muy lejos de allí), desde donde le escribió a su galante Libertador, el 27 de julio, instándolo a abandonar la ciudad y reunirse lejos de las miradas indiscretas. Pero el caraqueño estaba ocupado, contándole la historia de Romeo y Julieta a una joven de ojos claros, María Joaquina Garaycoa, a quien conoció la noche en que tuvo lugar la fiesta que se brindó al general San Martín.

Los Libertadores se entrevistaron el 26 de julio de 1822. Al día siguiente, el argentino regresó a Lima e inició su retiro. Bolívar arribó a Lima en septiembre de 1823. Manuela Sáenz lo hizo en octubre, acompañada de su madre. Durante la última semana de octubre de 1823, Simón Bolívar y Manuela Sáenz se vieron en Magdalena, en las afueras de Lima. Ella había logrado sortear la vigilancia materna, pero no disponía de mucho tiempo. Por eso, el reencuentro comenzó a celebrarse de inmediato y en la mayor intimidad. La joven quiteña corrió a la cama y al deslizarse dentro de la sábanas, recibió un pequeño pinchazo: era el aro perdido de alguna dama.

Se lanzó sobre Bolívar y lo atacó con uñas y dientes. Se marchó furiosa, luego de dejarle notables marcas en la cara. Durante una semana, hasta que cerraran las cicatrices, el Libertador venezolano se recluyó en su cuarto. Todas sus actividades se suspendieron, alegando que había enfermado en forma repentina. No se le ocurrió decir que lo atacado había un avispa.

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Sarmiento no se llamaba Domingo

Paula Zoila Albarracín visitaba a una amiga en las afueras de San Juan, cuando sintió las contracciones. José Clemente Cecilio Quiroga Sarmiento corrió a buscarla, la subió en las ancas y galopó de regreso a la ciudad. Apenas tuvieron tiempo de llegar a su casa (debieron detenerse más de una vez porque la madre sentía que estaba a punto de parir), donde Paula dio a luz al varoncito, antes de que llegara la partera. Era la tarde del jueves 14 de febrero de 1811.

Al día siguiente lo bautizaron. Por haber nacido el 14, día de San Valentín (patrono de los enamorados), y ser bautizado el 15, día de San Faustino (patrono de los solteros), recibió los nombres de Faustino Valentín.

Aquí, la partida de bautismo donde se ve al comienzo del quinto renglón el nombre que le dieron:

Esta es la transcripción de la partida asentada: “En el año del Señor de mil ochocientos once, en quince días del mes de Febrero, en esta Iglesia Matriz de San Juan de la Frontera, y parroquia de San José, yo el teniente de cura, puse óleo y crisma a Faustino Valentín, de un día, legítimo de don José Clemente Sarmiento, y doña Paula Albarracín. Bautizolo el otro teniente, fray Francisco Albarracín. Padrinos don José Tomás Albarracín y doña Paula Oro, a quienes advertí el parentesco espiritual y para que conste lo firmamos – José María de Castro”.

Aquí, un acercamiento del texto, en donde subrayamos el nombre del recién nacido:

Esos fueron sus nombres. Sin embargo, era habitual que en su casa lo llamaran Domingo, debido a que doña Paula era devota de Santo Domingo.

Domingo Fidel -el hijo del prócer-, más conocido como Dominguito (que moriría muy joven en la Guerra del Paraguay), también tiene una historia relacionada con su nombre. Nunca existieron dudas respecto de quién era su madre: Benita Martínez Pastoriza. Pero la paternidad es discutible. Cuando el niño nació en Chile, Benita estaba casada con Domingo Castro. Luego ella enviudó y se unió a Sarmiento, a quien ya conocía demasiado.

¿Dominguito habrá sido hijo del marido Castro o del amante Sarmiento? Según las hermanas del sanjuanino, era un calco de Sarmiento, tanto en su niñez como durante la adolescencia. Pero lo que queríamos resaltar es que al nacer, llevó el apellido del marido de Benita. Por lo tanto, Domingo Fidel Sarmiento se llamó, en un principio, Domingo Fidel Castro.

El pañuelo criollo

Una reciente edición de “Pilchas criollas”, el libro que publicó Fernando O. Assunçao en 1975, con ilustraciones de Federico Reilly, nos invita a abordar un aspecto del mundo del gaucho a través del tiempo. Nos referimos al pañuelo, prenda indispensable de su atuendo. Al respecto, Assunçao escribió:

Repetidamente en nuestras propias observaciones o en las transcripciones y citas de documentos y viajeros nos hemos referido al uso, por parte de nuestros hombres de campo, de un gran pañuelo (cuadrado de 75 a 85 centímetros de lado), estampado o liso, de seda u otra tela liviana, llamado, en el primer caso “pañuelo de hierbas”, siempre de colores muy vivos: rojo, azul-cielo, verde, amarillo, blanco.

Este pañuelo tenía varios usos. Generalmente colocado sobre la cabeza, atado a ésta, a la marinera o corsaria o anudado bajo el mentón, serenero, siempre bajo el sombrero, o como vincha para sujetar las largas guedejas [es decir, largas cabelleras]. En el primer caso hacía las veces del gorro o red, que el hombre de pueblo, rural o urbano, español, gastaba para mantener sujetos, cubiertos y protegidos del polvo y el sol y, si se quiere, ordenados, los cabellos, peinados generalmente con una trenza o coleta atrás, cuyo largo variaba de acuerdo a la longitud de aquéllos.

Este modo de usarlo es herencia tanto de los marinos como de los campesinos peninsulares.

El otro modo de uso, de herencia también campesina con reminiscencias árabes, protege cabeza, mejillas y nuca del sol durante el día, y, a las orejas, del rocío y el frío en las madrugadas y atardeceres; también de la lluvia, el viento y el frío invernales. Siempre del polvo.

En ambos casos, cuando no se trataba de hacer largas marchas que era cuando se llevaba de “serenero”, o de realizar duras faenas a caballo (boleadas, enlazadas, desjarretamientos) o en la guerra o en el duelo, o en faenas y cuadreras (que era cuando se le colocaba a la marinera o como vincha) el pañuelo se dejaba caer, simplemente, alrededor del cuello cubriendo hombros y espalda como un simple adorno, para el paseo, la pulpería, o el bailongo de candil, o en faenas a pie, yerra, etc., para atajar el sudor del rostro y enjugárselo. Puesto así al cuello se le dio en llamar de golilla o golilla, pues equivalía al gran cuello clásico español, plano y ancho, blanco y almidonado, de uso desde fines del siglo XVII, entre los militares, alcaldes, cabildantes, noble y burgués [...]

Un viajero inglés, en época bastante posterior a la que nos ocupa, nos dejó no obstante, una fiel descripción del modo de llevar el pañuelo nuestros gauchos. Se trata de Thomas Woodbine Hinchliff (Viaje al Plata en 1861, Ed. Hachette, Buenos Aires, 1955), que se expresa así (cap. XI, pág. 242): “Con todo, yo anduve varias veces a caballo, a punto de las doce, y en los días más calurosos, sin sentir ninguna molestia, para lo cual me arreglé la cabeza a la moda gaucha, que consiste sencillamente en doblar diagonalmente un pañuelo y atarlo flojo bajo la barbilla, dejando las otras puntas que cuelguen sobre la nuca. Encima se pone el sombrero, y el pañuelo, al moverse con la brisa, produce un aire fresco muy agradable”.

“Pichas criollas” (Editorial Claridad) repasa la vestimenta del hombre de campo, los recursos femeninos y las costumbres en la nada monótona vida rural. Fernando Assunçao nació en Montevideo, en 1931. Murió hace diez años, en mayo de 2006.

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La bandera diferente de Belgrano

Una reliquia de la historia de la Guerra de la Independencia es noticia. Nos referimos a una de las dos banderas de Macha, cuya conocida historia hemos publicado en el blog hace unas semanas.

Macha es una ciudad altoperuana que tuvo protagonismo porque allí estableció Belgrano el cuartel central en las semanas que corrieron entre los enfrentamientos de Vilcapugio (octubre de 1813) y Ayohuma (noviembre del mismo año). Ambos sellaron el triste final de la segunda campaña al Norte.

Dos banderas del Ejército que comandaba Belgrano reaparecieron en 1881. Las encontró un sacerdote de la capilla de Titirí -a pocos kilómetros de Macha- dentro de unos cuadros, donde habían sido prolijamente escondidas.

Una era celeste, blanca y celeste, mientras que la otra era blanca, celeste y blanca. En 1896, el gobierno boliviano entregó la primera de las mencionadas a la Argentina. Hoy se encuentra en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires.

La segunda bandera hoy es noticia. Cuatro restauradoras argentinas del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco que viajaron a Bolivia para trabajar en la bandera blanca-celeste-blanca, han completado la tarea. Las expertas son Patricia Lissa, Ivana Rigacci, María Dora Lasalandra y María Sol Balcarde.

Una institución argentina, el Fondo Argentino de Cooperación Sur Sur y Triangular, que depende de la Dirección General de Cooperación Internacional de la Cancillería, fue quien implementó un programa de “Capacitación en Conservación y Restauración de Textiles Históricos”. A través de dicho programa, las restauradoras argentinas capacitaron a sus pares en Bolivia, mostrándoles de qué manera trabajaban sobre el género que fue protagonista de nuestra historia.

Completada la tarea, a comienzos de esta semana, la bandera se entregó a las autoridades de la Casa de la Libertad, situada en Sucre. Es la institución que ha venido custodiando la reliquia, pero además tiene un valor simbólico muy grande: para el pueblo boliviano representa lo mismo que la Casa Histórica de Tucumán para nostros, porque allí declararon su Independencia.

Las imágenes que acompañan la nota nos muestran a las argentinas en plena tarea y el acto de entrega formal del peculiar pabellón argentino a la Casa de la Libertad.

La enseña diferente -que tanto debate ha generado por sus colores invertidos- luce renovada gracias al trabajo de cuatro profesionales que con su talento, han rendido el siempre merecido homenaje a Manuel Belgrano, el creador de la bandera argentina.

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Los sesenta granaderos

La genial estrategia militar de José de San Martín consistía en asentar al Ejército Libertador en Chile y desde allí navegar al Perú. Luego del triunfo de abril de 1818 en los campos de Maipo –o Maipú– logró consolidarse la primera etapa. Sin embargo, los graves acontecimientos políticos que sucedían en ambos lados de la cordillera ponían en riesgo la campaña a Lima. Más aun, el gobierno de las Provincias Unidas ordenaba el regreso de los hombres que habían partido de Mendoza en 1817.

Con gran esfuerzo debido a su salud seriamente quebrantada, San Martín repasó los Andes el 14 de febrero y se instaló en Mendoza el 23. Su intención era destrabar el conflicto generado con su ejército por quienes se disputaban el poder.

En octubre, San Martín partió rumbo a Buenos Aires con el objetivo de entrevistarse con el flamante Director Supremo, José Rondeau. Sin embargo, las noticias recibidas en el trayecto –referidas a levantamientos insurgentes en Tucumán y Córdoba– lo hicieron volver sobre sus pasos. Regresó a Mendoza donde sufrió un serio desmejoramiento de su salud. Envió una carta a Rondeau manifestándole que estaba muy enfermo para seguir al mando del Ejército. Le recomendó que encontrara un sustituto de inmediato y le anunció que pasaría a Chile, para tomar baños termales.

Estaba dispuesto a cruzar la cordillera, pero apenas podía mantenerse en pie. El general Rudecindo Alvarado le ordenó a fray Luis Beltrán que construyera una camilla, lo más cómoda posible, para trasladar al general a través de los Andes. El fraile la terminó en un par de días y se abocó a reunir víveres y abrigos. Alvarado dispuso que sesenta granaderos acompañaran al jefe, turnándose para cargar en sus hombros la camilla con el ilustre enfermo.

La travesía se inició el 28 de diciembre. A la cabeza marchó el fraile, junto al médico personal de San Martín, el doctor estadounidense Guillermo Colesberry. Además de los sesenta granaderos, dos sargentos estaban encargados de velar el sueño del comandante. Se turnaban por la noche para atender como enfermeros cualquier necesidad del convaleciente.

El viaje demandó 17 días, ocho más de los que había empleado San Martín cuando pasó a Mendoza en febrero de ese mismo año. Tres semanas en aguas termales lo repusieron. Se instaló en Santiago e inició los preparativos para llevar adelante la segunda etapa de su magnífico plan libertador.

El pintor Fidel Roig Matons reflejó en su obra aquella escena. La célebre cueca “Sesenta granaderos”, del poeta mendocino Hilario Cuadros, evoca a la escolta que acompañó a San Martín en ese cruce.

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Por qué San Martín es nuestro prócer

Porque introdujo conceptos militares modernos para afrontar la Guerra de la Independencia.

Porque demostró que la disciplina es un recurso fundamental para alcanzar objetivos.

Porque convirtió a patriotas que apenas podían aportar su juventud y entusiasmo, en profesionales que descollaron en los campos de batalla.

Porque fue tan severo como magnánimo.

Porque se puso al frente de sus soldados. San Martín no los empujaba, los guiaba.

Porque les inculcó que una victoria no se logra únicamente en el campo de batalla, sino que comienza con una buena instrucción sumada a la capacidad para obtener recursos.

Porque nunca fue demagogo. Al contrario, reclamaba sacrificios, aun sabiendo que podía ganarse enojos y odios.

Porque fue ejemplo de austeridad y de conducta, aun habiendo organizado la más atrevida campaña para sostener las ideas de libertad que pregonaron los Hombres de Mayo.

Porque tuvo enorme influencia política en el desarrollo del Congreso que declaró la Independencia de nuestra Patria en Tucumán.

Porque jamás pretendió algún tipo de reconocimiento de sus contemporáneos. Frente a las críticas intencionadas, el general San Martín respondia que “los hombres juzgan lo pasado según la verdadera justicia; y lo presente, según sus intereses”.

Porque consideraba una falta muy grave el hecho de que alguno de sus hombres le levantara la mano a una mujer, aún cuando hubiera sido insultado por ella.

Porque siempre se mantuvo por encima del tironeo político que desembocó en el cruento enfrentamiento de unitarios y federales.

Porque nunca concibió los privilegioss: en cada espacio ubicó a los más aptos, sin detenerse a evaluar su nacionalidad, condición social o relación de amistad.

Porque padeció enfermedades y desajustes, con graves dolores físicos. Sin embargo, desatendió el cuidado de su salud y partió al frente de campañas extensas y agotadoras.

Porque en el célebre encuentro de Guayaquil, supo dar un paso al costado y no generar un conflicto con Bolívar que pudo haber puesto en peligro los logros que venían acumulándose.

Porque luego de diez años, desde su austero arribo a Buenos Aires hasta el encuentro con Bolívar en Guayaquil, sin dejarse llevar por la veneración de los pueblos que había liberado, sostenía: “mi alma es la misma con que empecé la Revolución”.

Porque el enfrentamiento político no lo enceguecía. Cierta vez escribió a Tomás Guido: “Usted sabe que Rivadavia no es un amigo mío. A pesar de esto sólo pícaros consumados no serán capaces de estar satisfechos de su administración, la mejor que se ha conocido en América”.

Porque a pesar de que en la provincia de Mendoza había encontrado su lugar en el mundo, optó por exiliarse en Europa para no ser utilizado en disputas políticas internas.

Porque con su acción aseguró la libertad de tres naciones, como así también de las demás que se vieron beneficiadas con la campaña que ideó, preparó y comandó con notable éxito.

Porque a pesar de que su grandeza fue usada de manera sesgada por ciertos gobiernos, se mantiene por encima del manoseo partidario.

Austero, riguroso, valiente, capaz, noble, paciente, dedicado, buen patriota y magnífico líder. El Padre de la Patria, José Francisco de San Martín, merece el reconocimiento de todas las generaciones de argentinos.

 

El Pensador porteño

La escultura original de “El Pensador” del artista parisino Auguste Rodin (1840-1917) fue creada en 1880 y formó parte de un encargo realizado por el estado francés. Querían puertas alusivas en el museo de las Artes Decorativas de París que estaba proyectándose.

La pieza medía 70 centímetros y formaba parte de “La puerta del Infierno” que vemos en la imagen. Se encuentra en el sector superior, al centro, y representa a Dante Alighieri, autor de “La Divina Comedia, inclinado hacia adelante observando todo lo que se encuentra en el infierno mientras medita su obra. Al exponer la figura en forma separada de su conjunto, Rodin incrementó su tamaño (hizo una figura de 1,90 metros) y la rebautizó “El Pensador”. En 1906, fue colocada en la entrada del majestuoso Panteón de París.

Algunos críticos se preguntaban si no era una contradicción que un musculoso pensase. El autor respondió que esa era la síntesis del hombre, ya que realiza trabajos físicos, pero también reflexiona.

En Buenos Aires, el primer director del Museo Nacional de Bellas Artes Eduardo Schiaffino, encargó al escultor francés un Pensador para colocarlo en la escalinata del palacio del Congreso, siguiendo el ejemplo del original que se encontraba en el Panteón. La obra llegó a nuestro país en 1907. Se trata de un ejemplar fundido del molde original y cuenta con su firma. Además del original que abandonó su lugar de privilegio en el Panteón para pasar al Museo Rodin (también en París), obras similares se enviaron a Filadelfia (Estados Unidos), Berlín y Estocolmo.

La culminación del actual edificio del Congreso Nacional estaba demorada. La escultura se instaló a unos doscientos metros, en la Plaza Lorea, aguardando a que el Palacio Legislativo se completara y la recibiera.

En 1927, Schiaffino escribía: “Han pasado veinte años y todavía la obra maestra continúa sacrificada. En esa plaza inmensa, parece una mosca en un billar”.

A finales de la década de 1960, la actual avenida de Mayo pasó a ser mano única y se unió a la avenida Rivadavia a través de una curva que dividió a la plaza Lorea en norte y sur. “El Pensador” quedó en el sector sur, renombrado como plaza Mariano Moreno.

Desde hace algunos años se discute si “El Pensador” debe ser llevado a la escalinata del monumental edificio o no. A pesar del deseo de algunos legisladores, este Dante reflexivo, atlético y protegido por un blíndex (desde 2013), continúa dándole la espalda al Congreso de la Nación Argentina.

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Buenos Aires en 1954

El proyecto Prisma rescata archivos audiovisuales y sonoros, principalmente de Radio Nacional y de Canal 7. Gracias a la atenta búsqueda de Eloy Martin y de Abel Alexander (de la Sociedad Iberoamericana de Historia de la Fotografía), ha llegado a nuestro conocimiento “Buenos Aires en relieve” que nos permite pasear por la ciudad hace 62 años. Dirigida por los hermanos Jorge y Luis Napoléon “Don Napy” Duclout (hijos del ingeniero que gestionó la visita de Einstein a la Argentina), la vista cuenta con la locución del legendario Jaime Font Saravia.

La filmación tiene enorme valor documental. Pero, a su vez, la locución permite recordar de qué manera se subrayaba el peso político del Poder Ejecutivo, a través del sistema denominado propaganda. Bienvenidos a este viaje porteño de 1954.

 

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¿Qué escondió Belgrano en una iglesia?

Luego de la derrota en las pampas de Vilcapugio en octubre de 1813, Manuel Belgrano estableció su cuartel general en Macha, un pueblito perteneciente al departamento de Potosí en Bolivia. Se encuentra ubicado a unos once kilómetros en línea recta de Ayohuma, lugar donde luego se desarrolló la fatídica batalla para los patriotas en noviembre del mismo año.

En 1881, en un pequeño paraje llamado Titirí, a unos pocos kilómetros de Macha, el cura de la capilla limpiaba y ordenaba el lugar. Le llamó la atención un cuadro de Santa Teresa. Lo descolgó, desarmó el marco y descubrió que había dos banderas enrolladas en la madera. Al desenrollarlas, comprobó que estaban rotas, tenían rastros de pólvora y algunas manchas de sangre, además del lógico desgaste natural. Tenían una particularidad: una era celeste, blanca y celeste (ver foto), mientras que la otra era blanca, celeste y blanca.

El cura las enrolló nuevamente y volvió a colgar el retrato. Dos años después, fueron nuevamente halladas por su sucesor, el padre Primo Arrieta (posiblemente informado por el anterior cura), y las hizo trasladar a Sucre.

¿Cuál es el misterioso origen de estas banderas? No se sabe con certeza. Pero la mayoría de los especialistas opina que están relacionadas con el general Belgrano. Este grupo mayoritario de historiadores avala la teoría de que el comandante ordenó al coronel Cornelio Zelaya que escondiera las banderas del ejército patriota para que éstas no cayeran en manos de los enemigos. ¿Habrá sido después de la derrota de Vilcapugio o luego de ser vencidos en Ayohuma? En ambos casos, pasó por Macha.

La humilde capilla rural era dirigida por el cura Juan de Dios Aranívar. Se especula que el coronel Zelaya se presentó ante el párroco y le dejó a su cuidado las dos banderas para que las escondiera de los realistas. Algunos relatos sostienen que fue el propio Belgrano quien estuvo de paso por la capilla, ya que era amigo del sacerdote. Otra posible teoría es que el mismo párroco haya participado en la campaña, y ante la retirada patriota, escondió las banderas sin el conocimiento del general.

Algunos historiadores simplemente descartan la posibilidad de que éstas, sean las banderas que hayan pertenecido al ejercito del Norte o auxiliar del Alto Perú.

Una de las dos banderas fue devuelta por el gobierno boliviano en 1896 (la celeste-blanca-celeste), hoy se encuentra en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires. El ejemplar blanco-celeste-blanco continúa en el Museo Casa de la Libertad de Sucre.