La gloria o Devoto

En la época la de las hazañas aeronáuticas, Francisco Aroza, se calzó el mameluco, se puso el casco más las antiparras y abordó el avión. Controló que todo estuviera en orden, despegó, se dio vuelta en el aire, y así navegó cuatro horas y 25 minutos. Cabeza abajo.

El Heraldo de Madrid le sumó dos minutos más, pero también lo calificó en forma incorrecta (escribieron “el cadáver Aroza” en vez de “el aviador Aroza”) y dijo que zarpó de Panamá hasta Buenos Aires, con lo cual, sin querer, el redactor inventó el vuelo más rápido entre ambas capitales, aún no superado. ¿Por qué tres errores en un texto corto? Cosas de los cables que no se leían bien, probablemente.

El raíd de reconocimiento mundial tuvo lugar en 1935, entre Paraná y 6 de Septiembre. ¿Qué localidad llevaba el nombre de esta fecha? La actual Morón, que lo cambió en 1932 para recordar la revolución del 30 que derrocó al presidente Hipólito Yrigóyen. Conviene aclarar que en aquel tiempo casi todos los vuelos partían de Morón.

Aún no se habían acallado los aplausos por la hazaña cuando en la primavera de 1936 los diarios informaban sobre un asunto que trasladaba a Aroza desde las páginas deportivas hasta las policiales, en viaje sin escalas.

El martes 13 de octubre, Aroza trajo desde Montevideo catorce fardos de seda que bajó en un campo cercano a Rosario, propiedad del presidente del Círculo de Aviación, Octavio Alvarado. El cargamento no pasó por la Aduana. Debido a que su avión estaba en reparaciones, volaba con el Fairchild de su colega Ignacio Lardizábal (quien no tenía idea de lo que estaba ocurriendo).

Al día siguiente realizó otros vuelos, que incluyeron una escala en Morón. El último aterrizaje del día tuvo lugar a las 19 hs. en la localidad santafesina de Paganini (hoy Granadero Baigorria). Llegó hasta Rosario y con su automóvil, despojado del asiento trasero, marchó los 34 kilómetros al campo donde había dejado lo fardos. Cargó el auto con la mitad de la mercadería que llevó a su casa del bulevar Rondeau, en la ciudad rosarina. Regresó al campo en busca de la otra mitad y desandó el camino, una vez más. A las 23 hs., cuando realizaba la descarga en su domicilio, se acercaron dos policías. Una crónica de aquellos días sostiene que el instructor de aviación intentó sobornar con cien pesos a los sabuesos y, ante la negativa de los agentes, les ofreció un vale por cincuenta pesos más. Curiosamente no pudo darlos vuelta…

Por falta de antecedentes, su condena de 15 meses de prisión quedó en suspenso. Lo cierto es que, como tantas otras veces, la hazaña deportiva quedó tapada por el punto policial. Aroza fue noticia dos veces. Celebremos la primera.
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Una Porteña de cien años

El 30 de agosto de 1957, la legendaria locomotora La Porteña ingresó a la estación Once, llevando dos viejos coches con invitados. La ovación para recibirla se mezclaba con los acordes de la “Diana del Parque”, interpretada por los músicos del Regimiento Nº 1 de Infantería Motorizada Patricios. Era parte central del festejo por el centenario de la llegada del ferrocarril a la Argentina. Y no podía faltar la primera locomotora pasando por las vías de aquel pionero Ferrocarril del Oeste. Recordemos que en su viaje inaugural de 1857 partió de la estación cabecera ubicada donde hoy se encuentra el Teatro Colón.

Dante Arroyo, veterano de los maquinistas del por entonces Ferrocarril Sarmiento, condujo a la vieja vaporera que marchaba a unos 25 km/h de promedio. Había partido desde los talleres de Liniers. En Floresta (una de las estaciones centenarias) paró seis minutos; tres en Flores y tres en Caballito. De esta manera, cumplió con el deseo de aquellos vecinos de la Capital Federal que querían ver de cerca esa histórica silueta, negra y añosa.

Media hora antes del mediodía arribó a la estación cabecera donde se había erigido un palco para las autoridades en el andén 6. El maquinista, junto con el foguista Juan Ricci, ambos con 32 años en los trenes, llevaron un ramo de flores al Ministro de Transportes, contraalmirante Sadi E. Bonnet.

Siguieron los discursos de todo acto, la entrega de medallas a obreros y empleados de los ferrocarriles que cumplieron cuarenta años de servicio, pero lo más importante era ella: la pequeña locomotora de cuatro ruedas motrices embanderada de gala un siglo después de su primera corrida oficial.

Hoy la mítica locomotora recibe a los visitantes del Museo del Transporte, a metros de la Basílica de Luján.

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Polémica por los ciclistas (1938)

La imagen nos traslada a la calle Florida, en el año 1900. En el centro de la escena, un ciclista. Los llamaban velocipedistas. Casi cuarenta años después el nombre quedó en desuso, pero se habían multiplicado por el país de una manera llamativa.

Existía cierta preocupación en las ciudades argentinas por el aumento de los ciclistas y la libertad con que circulaban. Esa inquietud general fue reflejada en una nota que publicó El Gráfico en 1938, donde, entre otras cosas, contaba que los policías cobraban multa a los ciclistas que no conservaban la izquierda, no llevaban luz cuando marchaban de noche o no tenían timbre o cascabel. El cascabel producía un sonido particular, al punto que el periodista sostenía que los autos tan silenciosos de ese tiempo deberían llevar un collar de cascabeles para que su presencia fuera advertida.

En esa misma nota, El Gráfico publicó un decálogo del ciclista, que decía:

  1. Para su propia seguridad cumpla estrictamente con todas las disposiciones de tráfico. Respete para que lo respeten.
  2. Por las noches, lleve luz delantera y trasera, y si es posible vista con prendas claras, para que lo distingan a la distancia.
  3. No se aventure a velocidad en los cruces de calles o caminos.
  4. Yendo varios ciclistas, marchen de uno en fondo, por la izquierda.
  5. Recuerde que los días de humedad los frenos exteriores fallan.
  6. Hasta no lograr dominio sobre la bicicleta, eluda las arterias de mucho tránsito, y cuando logre ese dominio, no confíe con exceso.
  7. No lleve ningún chico sentado adelante, sobre el manubrio, porque en caso de accidente es de sumo peligro para la criatura y usted, ya que el pasajero le impide maniobrar con facilidad.
  8. No se agarre a ningún vehículo para que lo remolque, ni vaya corriendo detrás, aprovechando el tren que le hace el vehículo.
  9. No ande por las veredas.
  10. Haga del ciclismo un placer y no un riesgo.

El precio de venta de las bicicletas de 1938 iba en aumento: en esos días se hablaba de un nuevo impuesto de cinco pesos que se sumaba a las más de veinte tasas aduaneras. Sin embargo, estaban convirtiéndose en un medio masivo para trasladarse dentro de las crecientes ciudades argentinas. Y como todo medio de transporte, causaba dolores de cabeza a más de uno, pero era la respuesta social a los nuevos desafíos que planteaba la modernidad.

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“Tengo una vaca lechera”

Durante tres décadas fue el músico más famoso de la Argentina no ligado al tango. Se llamaba Feliciano Brunelli y creó un tipo de orquesta, a la que denominó “característica”, que estaba dirigida por un acordeón y no tenía bandoneón como la “típica”. Tocaba tarantelas, jotas y pasodobles para la gran masa de inmigrantes, muchos de los cuales vivían en el campo o en ciudades del interior y también gustaban de valsecitos criollos y rancheras, otra de las especialidades de Brunelli.

Hijo de padre italiano y afinador de acordeones, nació en Marsella, Francia, y llegó muy chico a la Argentina. Se radicó en Rafaela, típica ciudad de inmigrantes italianos. Empezó a tocar en bailes y cines hasta que en 1928 registró sus primeros discos. En total grabó casi ochocientos temas hasta 1966.

Aunque no hay números oficiales, Fernando Raymond (cantor que integró la orquesta entre 1944 y 1948) aseguraba que, por ejemplo, el clásico de 1947 “Mi vaca lechera” (“Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera”) tuvo una distribución de ¡400.000 ejemplares en la primera edición! Se agotaban rápidamente. El censo nacional de ese año arrojó quince millones de personas en la Argentina, lo que permite comprender la magnitud de las ventas.

Hasta 1940, con conjuntos pequeños (dúo, trío y cuarteto) Brunelli descolló en bailes y también en la radio: durante 25 años fue artista exclusivo de Radio Belgrano. Luego, con la orquesta que armó en 1935, fue acomodándose perfectamente al gusto de sus millones de seguidores: marchas brasileñas, cumbias colombianas, música de películas argentinas y de Hollywood, o los nuevos ritmos, como el baión y el swing.

Los autores se peleaban para que Feliciano les grabara un tema. El maestro Mario Clavell le acercó un bolero. Brunelli le dijo que se lo grababa, pero en ritmo de fox trot, ya que era muy lento para el estilo de la orquesta. “Grábelo, como sea, pero grábelo, por favor” fue la respuesta del joven cantante. Contar con una obra ejecutada por Feliciano era el camino directo a la fama y las ganancias por los derechos. Como su música no estaba encasillada ni en el jazz ni en el tango, hoy poco se conoce de quien fue uno de los músicos más populares de nuestro país.

La “Nueva Ola”, música promocionada desde las grabadoras a través de la radio y la incipiente televisión, marcó el fin de su larga trayectoria. En 1966 se retiró y dedicó a atender su famosa casa de música del barrio porteño de Once. Murió en 1981. Cuatro años después, una de sus grabaciones de “Barrilito de cerveza” reverdeció al ser incluida en el cierre de “Esperando la carroza”.

Las Heras: “Traigan vino”

En enero de 1817, el Ejército de los Andes cruzó la cordillera por seis pasos. Las dos columnas principales fueron las que condujeron el coronel Juan Gregorio de Las Heras (por el de Uspallata) y el general Miguel Estanislao Soler (por el de Los Patos), acompañado por San Martín, quien marchaba a retaguardia.

Antes de alcanzar el territorio chileno, los libertadores sostuvieron un par de enfrentamientos con los realistas. El 24 de enero, en Picheuta (Mendoza), los valientes de Las Heras vencieron a una avanzada enemiga. Al día siguiente, el mismo grupo atacó con éxito a enemigos que se habían situado en Potrerillos. Los hombres de Las Heras volvieron a entrar en acción el 4 de febrero en Guardia Vieja. Pero, a diferencia de los sucesos anteriores, en esta nueva contienda ya habían atravesado las altas cumbres y se encontraban en territorio chileno.

Guardia Vieja, el primer puesto custodiado en el camino a Chile, fue tomado por asalto. Los patriotas, encabezados por el teniente Román Deheza y el mayor Enrique Martínez  atacaron la guardia con 150 fusileros y treinta granaderos. Veinticinco de los cien realistas murieron, mientras que 43 fueron hechos prisioneros. El resto huyó (según la versión patriota) o logró escapar (de acuerdo con el parte de los realistas). Los patriotas no tuvieron bajas.

Enterado del éxito de su avanzada, Las Heras le escribió a fray Luis Beltrán, quien esperaba al borde de la cordillera mendocina para iniciar el trayecto. Esta fue, entonces, la primera comunicación que cruzó los Andes con información bélica. Era un parte militar acompañado de una esquela que decía: “Lea usted, carajo, emborráchese y escriba a [la ciudad de] Mendoza. Mándeme víveres, siquiera 10 o 12 cargas de charqui y alguna harina, que necesito para los prisioneros. Estoy sin mulas porque con el trabajo se caen flacas. Y si hay vino, también quiere. Heras”.

Esta pequeña pero sentida esquela fue leída con emoción patriótica y celebrada en la plaza de la ciudad de Mendoza. No era para menos: los logros del Ejército que comandó San Martin se debieron, en gran medida, al esfuerzo descomunal de los gloriosos pueblos cuyanos.

Los músicos del cruce de los Andes

Tres semanas después de que en Tucumán declararan la Independencia, se daba la denominación de Ejército de los Andes a los escuadrones que adiestraba San Martín en Mendoza. Hasta ese momento, se había llamado Ejército de Cuyo. En poco tiempo, uno de los batallones, el glorioso número 11, se convirtió en el primero que tuvo banda musical.

Fue gracias al aporte del hacendado mendocino Rafael Vargas, quien a veces llamaba algo la atención con sus excentricidades. Fue quien introdujo el primer coche de lujo en Mendoza (en realidad fueron dos) y se distinguía por su refinado gusto para adornar su casa.

En 1810 se encargó de importar instrumentos de viento de Bélgica y envió a dieciséis de sus esclavos a Buenos Aires, donde tomaron clases en la Academia de Música Instrumental del maestro español Víctor de la Prada. Después de cuatro años, cuando ya tenían una base suficiente, regresaron a la ciudad de Mendoza con su amo, quien los llevaba a tocar a la iglesia y otros actos públicos.

Una vez que se formó el Ejército de los Andes, Rafael Vargas mandó a hacerles uniformes y donó la banda musical al Batallón 11 que marchó en la columna de Las Heras, por el paso de Uspallata. Con su talento natural, los dieciséis músicos negros le pusieron ritmo marcial a la epopeya de los Andes.

¿Por qué el ombú es el árbol nacional?

Cada comarca en la tierra
tiene un rasgo prominente:
el Brasil su sol ardiente,
minas de plata el Perú.
Montevideo su cerro,
Buenos Aires, patria hermosa,
tiene la pampa grandiosa,
la pampa tiene el ombú.

Con esta poesía de Luis Lorenzo Domínguez, que muchos memorizamos en la escuela, el diario La Razón informó, en diciembre de 1927, los resultados de su encuesta para identificar “el árbol patrio”. Ganó el ombú, con 14.670 votos, aunque ya en ese tiempo generó discusiones. Se planteó que más que árbol es una hierba, que no es autóctono de la pampa argentina y que la distinción debería pasar al caldén, más presente en la zona de la provincia de La Pampa (el ombú, aclaremos, arraigó en toda la región pampeana).

Cosas de las elecciones y del corazón. Durante alrededor de dos meses votaron casi 30.000 chicos. La encuesta se dirigía a ellos, aunque se nota en las respuestas que, muchas veces, escribían los padres, abuelos y hasta los maestros. El escrutinio final arrojó los siguientes resultados:

Ombú: 14.670 votos
Pino: 3.160
Laurel: 2.150.
Ceibo: 2.100
Algarrobo: 1.430

Los demás árboles que recibieron votos fueron: quebracho (570), tala (440), sauce (430), vasco (353, ¿será el retoño del roble de Guernica que había en Buenos Aires?), ñandubay (350), espinillo (300), caldén (290), olivo (240), yerba mate, naranjo y tipa con 200; luego, con números más modestos: palmera y aromo (111), pacará (109), álamo (107), lapacho (106), ciprés, chamiar, eucalipto, urunday, sombra de toro y ubajay (100); araucaria, palo borracho y gualeguay (40); guayacán y cedro (20); paraíso (18), abedul (17), higuera (15), plátano, jacarandá, piquillín (11), magnolia y mistol (10), roble (5) y nogal (3).

Un verdadero muestrario arbóreo de nuestro país. Aunque no era necesario, mucha gente enviaba junto con el cupón la justificación de su voto. Algunos la basaban en la belleza, la densidad de su sombra, la relación con el gaucho y su descanso, y hasta razones históricas, como una joven llamada Ruth Castro Correa, quien recordó algunos ombúes históricos: los de Santos Lugares en los campos de Rosas; el ombú donde descansó el virrey de Sobremonte en su huida a Córdoba, ubicado en la quinta de Zamudio en San Fernando; el de Perdriel, donde se reunieron grupos armados dispersos para defender la ciudad de Buenos Aires en la primera Invasión Inglesa (1806); y el ombú de la Esperanza, en San Isidro, donde los generales Guido, San Martín y Pueyrredon se propusieron independizar a las Provincias Unidas del Río de la Plata.

¿Habrán influido los versos de Luis Domínguez en la elección de los chicos? Sin dudas. Los escribió en 1843, cuando tenía 24 años. El poema, del cual hemos publicado solo un fragmento, le permitió ganar un concurso literario.

Camino a cumplir noventa años con la cucarda de árbol patrio, celebramos la imponente presencia del ombú en la soledad de la llanura, en la vida rural y en la literatura gauchesca.

Reyes Magos en la Publicidad

Aquí, un sencillo paseo por la historia de Melchor, Gaspar y Baltasar en la historia de los avisos en ola Argentina.

1) Una revelación inesperada de la carga de los Magos, Ginebra Kamp, 1913.

2) Locomotoras de lata fuerte, muñecas con cabeza de porcelana, caballos de papel maché… lejos de los juegos electrónicos, 1917.

3) No alcanzaba con el largo listado, ni con los dibujos: había que ir a Florida y Cangallo, 1918.

4) Bicicletas “triple camello” para la realeza “progre”, 1925.

5) ¿Un viajecito a Orlando? No, con Retiro alcanza para pasarla en familia, 1926.

6) Haciéndole un favor a los Reyes Magos, no se hacen gastos inoportunos, 1930.

7) Para Magos con un poquito de atraso, Avelino Cabezas está en oferta y, además, abre el 6 por la mañana, 1933.

8) Fragancias distinguidas. Para el zapato de la dama y del caballero, 1936.

9) Cuando el 6 de enero tenía un tono más familiar… y cervecero, 1936.

10) Un clásico ya frente al Obelisco y con varias sucursales. ¡Joya!, 1941

11) Se lo merecen: había que andar vaya a saber cuántos días en el desierto y con las bolsas cargadas para millones de chicos. ¡Salud!, 1941.

12) Hoy no tienen nada de bulevares, pero en su época de esplendor estas avenidas lucían tan lindas como las roscas de la esquina, 1944.

13) “Llegaron ya los Reyes y eran … ¡cuatro!”. Nada mejor que este milagro monárquico suceda en “Jesús María”, 1973.

Buen humor, variedad de posibilidades, regalos para todas las edades, lo cierto es que la mágica noche de Reyes sirvió, sirve y servirá para lucimientos publicitarios.

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Los nombres de nuestras playas

Miramar, Ostende, Santa Clara del Mar, Claromecó. ¿De dónde surgen los nombres de nuestras playas? Aquí, un breve repaso.

San Bernardo era el nombre de la estancia de Enrique Duhau, propietario de aquellas tierras.

Santa Teresita: Enrique Duhau casó con Teresa Lacroze, sobrina de Federico y Julio (propulsores del tranvía en la ciudad de Buenos Aires). En el límite de la estancia San Bernardo existía un almacén bautizado Santa Teresa en honor a la señora de Duhau. Luego, al crearse un nuevo balneario, los fundadores pensaron llamarlo como al almacén, pero optaron por el diminutivo, Santa Teresita.

La Lucila del Mar: Suele repetirse que su nombre se debe a Lucila, hija de Andrés Zapateiro, quien compró una parte del campo a Duhau. Sin embargo, el lucilense Carlos Abruzzese ha refutado la historia con un argumento simple: Lucila Zapateiro nació unos diez años después que surgiera el balneario. El nombre de La Lucila proviene de la localidad homónima, en el partido de Vicente López, de donde provenían compradores de los primeros lotes. El “del Mar” se agregó más adelante. ¿Y aquella Lucila que inspiró a la localidad en Olivos? Era la propietaria de las tierras y de una espléndida casona: Lucila Anchorena de Urquiza.

Mar del Plata: Si bien es evidente que no evoca a ninguna personalidad, es curioso anotar que fue sugerido por su fundador, Patricio Peralta Ramos. Pero en el debate parlamentario en que se trataba la fundación, el senador bonaerense Carlos Ortiz de Rozas manifestó que le parecía ridículo que una porción de tierra llevara la palabra Mar en su nombre.

Miramar: A través de un telegrama, José María Dupuy le propuso a su cuñado Fortunato de la Plaza, propietario de las tierras que se lotearían, el nombre Mira Mar. En el mismo mensaje daba las opciones de Rómulo Otamendi, asociado al emprendimiento. Las sugerencias de Otamendi eran Trouville o Gijón. De la Plaza optó por Mira Mar.

Santa Clara del Mar: Recibió el nombre por Clara Anchorena de Uribelarrea, quien fuera titular del campo de cuatrocientas hectáreas que contenía esas playas.

Pinamar: Cuando Valeria Guerrero y Jorge Bunge resolvieron asociarse en el proyecto del balneario lo llamaron Pinamar por la abundancia de coníferas junto a la playa. Pero nunca se aclaró quién de los dos creó el nombre.

Ostende: Fue fundado por el francés Jean Marie Boure y los belgas Fernando Robette y Agustín Poli, quienes lo bautizaron con el nombre del balneario homónimo en Bélgica.

Valeria del Mar: Lo propuso la mencionada Valeria Guerrero, tía de la célebre Felicitas. Pero no por ella, sino por su abuela homónima, Valeria Cueto de Cárdenas.

Cariló: Mantuvo la denominación mapuche. Significa “médano verde”.

Villa Gesell: La historia del balneario parte del impulso de Carlos Gesell, lo que despeja cualquier duda. Pero no está de más agregar que el emprendedor se llamaba Carlos Idaho Gesell. El extraño segundo nombre se lo pusieron por un tío que, en vez de probar suerte en nuestra tierra, se dirigió al norte, a los Estados Unidos, y se instaló en el estado de Idaho.

Claromecó, el balneario vecino a la ciudad de Tres Arroyos, también lleva nombre mapuche. Su significado, sobre el cual los especialistas aún no han arribado a un acuerdo, es “tres arroyos” o “tres arroyos con junquillos”.

San Clemente del Tuyú forma parte de una combinación. Su historia se relaciona con la expedición al sur que en 1604 llevó adelante el gobernador de Buenos Aires, Hernando Arias de Saavedra, más conocido como Hernandarias. El grupo de guaraníes que lo acompañó denominaba a estas playas Tuyú, que en su lengua significa barro o charco (ajó es un término emparentado, ya que define a lo blando). Pasaron ciento cuarenta años. En 1744, el misionero jesuita José Cardiel partió a recorrer la Patagonia. A punto de ahogarse en la zona del Tuyú, imploró a San Clemente (cuyo martirio consistió en ser arrojado al mar atado a un ancla). Salvó su vida porque un baqueano lo rescató. Agradecido -al santo- bautizó las aguas con el nombre del mártir.

El tesoro viajero

Sombrero ranchero y traje claro. Ese parecía ser el uniforme de los señores que se movían al ritmo del último domingo de la primavera de 1927. Domingo 19 de diciembre. Esa tardecita, Eduardo Cipollina bajó del taxi en Florida y Tucumán, en la puerta del distinguido edificio del Jockey Club.

El hombre había viajado desde el Hipódromo Argentino de Palermo (era el concesionario del restaurante), llevando un portafolio que no olvidó bajar cuando el automóvil se detuvo en el destino. Apoyó el maletín en el estribo del coche, del lado de la vereda, se acercó a la ventanilla del chofer -recordemos que en ese tiempo se manejaba a la inglesa-, tomó dinero de su saco y le pagó el importe que marcaba el aparato medidor (denominado taxímetro).

Acto seguido, Cipollina entró al Jockey, mientras que el portafolio, con 10 mil pesos, partía apoyado en el estribo del automóvil. El taxista no advirtió que transportaba la valiosa carga. Cuando el empresario gastronómico salió a la calle en persecución del coche, ya era tarde.

Diez mil pesos era una cifra considerable. Quince días en Mar del Plata, en diciembre, con pasajes de tren ida y vuelta en primera clase y hotel de pensión completa, costaban $150. Un traje en Harrods, $70. Un sombrero ranchero, bien a la moda, $6. Con los diez mil pesos de la valija, uno podía comprarse siete hectáreas en la localidad de Morón. Un juego de cama completo (como el que vemos en el aviso) se pagaba $800. Los zapatos de hombre, tenían un valor aproximado de $15, similar precio que las botas de mujer. ¿Un cero kilómetro? Entre dos mil quinientos y cuatro mil quinientos pesos. Sin duda, el maletín contenía un tesoro más que atractivo. Y viajaba en el estribo de un auto cuyo valor era menor que el de su inesperada carga.

Sin nuevos pasajeros, el taxista se alejó del centro. Poco después de las ocho de una noche que comenzaba a asomar, el auto pasó por la esquina de Gaona (hoy Ángel Gallardo) e Hidalgo. El maletín de Cipollina cayó en la avenida, a metros de Antonio Sigimbosco (13 años), estudiante primario que trabajaba de canillita para costearse los estudios. El chico soltó los diarios, tomó el portafolio y empezó a correr. ¿En dirección a su casa por la calle Hidalgo? No, por Gaona, persiguiendo al taxi. Agotado por no poder alcanzarlo, frenó para descansar. Abrió el maletín, vio todos esos billetes, lo cerró y comenzó a correr. ¿Al taxi? No. ¿A su casa? Tampoco. Antonio salió disparado hacia la comisaría 11ª para contar lo que había ocurrido y entregarlo.

A través de una comunicación interna por telégrafo, las comisarías tomaron nota del hallazgo. El preocupado dueño del tesoro había denunciado la pérdida en la 1ª y desde allí le avisaron que había aparecido. A la medianoche ingresó a la comisaría 11ª, que en ese tiempo estaba frente al Parque Centenario. Recuperó la valija y agradeció a Antonio, hermano de Ofelia e hijo de Catalina, a quienes vemos en la foto junto al canillita. Cipollina le entregó su tarjeta personal y le pidió que fuera a verlo al Jockey Club, donde todo había empezado.

El lunes por la tarde, el joven acudió a la cita. Cipollina le dio un sobre con quinientos pesos en señal de agradecimiento. Por otra parte, las autoridades del Jockey Club le ofrecieron trabajo como ayudante del portero. Aclaremos que en aquel tiempo era habitual, y no estaba mal visto, sino todo lo contrario, que los niños trabajaran. Sigimbosco aceptó encantado.

La historia fue reproducida en los diarios de la época. También en la revista Billiken, quien lo premió con un reloj más una cadena de oro, y destacó su “ejemplar honradez”. A casi noventa años de aquellas jornadas, evocamos a Antonio Sigimbosco, el canillita que tuvo un tesoro en sus manos y lo devolvió.