Luz eléctrica en 1853

Durante la Revolución de Mayo, la única forma de iluminación eran las velas de sebo, muy similares a las actuales. En los interiores se colocaban en candelabros. Las tertulias se realizaban en penumbras y se sabía que en algunas casas podían gastar más que otras en velas. Por lo tanto, el nivel de iluminación estaba relacionado con el poder económico de las familias.

Afuera de las casas se usaban faroles par proteger la llama del viento y la lluvia. Para andar por las angostas calles era imprescindible ir acompañado de un negrito farolero -así le decían-, que marchaba adelante para advertir acerca de pozos complicados y rejas peligrosas.

En cuanto al alumbrado público, también utilizaba velas y faroles. Fue en 1777, cuando el  el virrey interino Vértiz otorgó la concesión a Juan Antonio Ferrer, el primer empresario de la iluminación. Antes de esa fecha no existía el alumbrado público. De todas maneras, era un sistema muy precario: los faroles se ennegrecían de inmediato, atenuando la iluminación que ofrecía la llama.

Ehn 1823, Santiago Bevans (abuelo de Carlos Pellegrini) fue el primero en promover las  lámparas de gas. Fue el 25 de mayo, para los festejos del día patrio. La actual Plaza de Mayo se  iluminó como jamás se había visto gracias a los 350 faroles que empleó. Más adelante iba a usarse kerosene y también alcohol.

Per en medio de todos estos sistemas, el dentista Juan Etchepareborda se entusiasmó con un sistema que se usaba en París: la iluminación eléctrica. De regreso a Buenos Aires, en el altillo de su casa instaló una especie de grupo electrógeno (en realidad, un equipo de gas hidrógeno, un arco voltaico y dos electrodos de carbón). La noche del 3 de septiembre de 1853 reunió a un grupo de científicos y les mostró cómo funcionaba. A la noche siguiente, repitió la prueba con otras personas, entre ellos, un periodista del diario La Tribuna que escribió: “Es magnífico el efecto que produce sobre los muros de las casas, sobre los muebles y sobre los mismos rostros”. El dentista pionero soñaba con que cada casa tuviera su propia iluminación eléctrica.

Sin embargo, nadie consideró que este tipo de luz derrotaría al gas.

El próximo intento, siempre con la supervisión de Etchepareborda, fue el 25 de mayo de 1854 en la Plaza de Mayo y en la casa de Felipe Senillosa, quien vivía al lado de la Iglesia de San Domingo (Belgrano y Defensa). Los que tuvieron el privilegio de acercarse al farol de la plaza, se sorprendieron por la facilidad con que podían leer una carta. En cambio, lo que se reunieron en Santo Domingo observaban maravillados hasta que salieron unas chispas, el pánico inundó la escena y se produjo una corrida. Alguien gritó: “Hay demonios en lo de Senillosa”. El susto fue general. La desconfianza de los porteños definió el duelo con la iluminación a gas: se instalaron gasómetros en los barrios para abastecer a los vecinos.

Las dudas que tenían las autoridades de la Capital Federal hicieron que en 1883, La Plata, dispuesta a ser una ciudad moderna, se convirtiera en la primera de América Latina en contar con iluminación eléctrica, como podemos ver en la foto. Además, se aprovechó el tendido eléctrico para electrificar la red de tranvías y abastecer a las casas.

Luego del primer paso dado por la ciudad de La Plata, Buenos Aires, Rosario, Mendoza y todas las grandes ciudades argentinas la imitaron. El sueño del dentista Etchepareborda comenzaba a cumplirse.

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Por qué decimos “boliche”

En tiempos del virreinato se jugaba a las bolas en todo el territorio, es decir, desde Buenos Aires hasta Lima y de Santiago de Chile a Asunción y Montevideo. Hoy le decimos juego de bochas. Las canchas se encontraban al costado de las pulperías y eran instaladas por el propio pulpero, consciente de que, como se jugaba por dinero, los ganadores celebrarían y él saldría beneficiado.

En este juego, lo primero que se hace es lanzar una bocha pequeña para que sea tomada como objetivo. Gana quien logre arrimar su bocha lo mas cerca posible de la pequeña, llamada bochín y boliche (diminutivos de bocha y bola). La frase “arrimar el bochín”, que en realidad debería ser “arrimar al bochín”, era la acción de acercarse a una mujer, de abordarla con intenciones de seducción. Luego se sumó otro concepto: se arrima el bochín cuando se aporta una idea que se aproxima a la solución que se busca.

Por otra parte, el diminutivo boliche se usó como sinónimo del juego. Asimismo, fue el término para referirse a la pulpería. Cuando alguien decía que iba al boliche, significaba que iría a la pulpería. Como en esos lugares también se organizaban bailes, la palabra se mantuvo para señalar el lugar donde se baila. ¿Adónde fueron a bailar los jóvenes de la foto tomada en 1969? Al boliche.

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Cayastá: historia y misterio

La ciudad santafesina de Cayastá alcanzó notoriedad por cuestiones policiales. Sin embargo, ya tenía una rica historia detrás. Aquí, los principales puntos referidos a su pasado:

1) El nombre se lo dieron los nativos. Si bien fue tierra de mocoretás y calchines, la denominación es quechua. Cayastak significa: “Ahí está el fin”. Así le decían porque ese era el límite infranqueable (el río Carcarañá, en realidad) de sus incursiones.

2) En las barrancas de Cayastá, el 15 de noviembre de 1573, el capitán Juan de Garay fundó la ciudad de Santa Fe. Por ese motivo, también se la conoce como “Santa Fe, la vieja”. El propio Garay determinó que el patrono de la ciudad fuera San Jerónimo. Fue la primera ciudad argentina en cuya fundación participaron criollos. En este caso el grupo de jóvenes (todos alrededor de los veinte años), que acompañaron al vasco.

3) En 1580, allí se detuvo la expedición que partió de Asunción para fundar Buenos Aires. Se sumaron hombres a la aventura. Pero, una vez resuelta la fundación de Buenos Aires, algunos pobladores resolvieron regresar a Cayastá (Santa Fe) porque consideraron que era mejor lugar que la costa porteña. Otros fundadores provenientes de Asunción también resolvieron abandonar Buenos Aires e instalarse en Cayastá.

4) La principal estancia de Cayastá perteneció a Garay. En 1634, a los 74 años, allí murió  Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias) –casado con la hija de Garay, Jerónima Contreras–, quien fuera tres veces gobernador de Buenos Aires, tres veces gobernador de Asunción, una vez gobernador de Corrientes y otra, de Santa Fe.

5) Durante años, la población se sintió hostilizada por los calchaquíes, aliados con los mocovíes. Además, padecía inundaciones. En 1652 se resolvió mudar la ciudad de Santa Fe (a su actual emplazamiento, distante a unos 80 kilómetros hacia el sur). En 1660 se completó el traslado de los vecinos y la zona de Cayastá fue abandonada.

6) La región mantuvo el nombre indígena. El próximo hito en su historia fue el combate que protagonizaron federales y unitarios el 26 de marzo de 1840. Venció el federal Juan Pablo López. En el enfrentamiento murió el comandante unitario Mariano Vera, quien había sido gobernador de Santa Fe en 1818. También murió, ahogado, Francisco Reynafé. Era hermano de los que habían sido ejecutados tres años antes por el asesinato de Quiroga.

7) Nicasio Oroño, gobernador de la provincia desde 1864 (durante la presidencia de Mitre) le otorgó tierras al inmigrante francés Juan Bautista León, conde de Tessieres, para que instalara una colonia (lo hizo a dos kilómetros del emplazamiento original). El patriarca llegó, ya viudo, con su hijo Edmundo y 44 familias pobladoras. Ejerció la medicina y fue muy apreciado por todos. Murió a los diez años.

8) Su heredero, Edmundo Tessieres, tuvo la misma aceptación del pueblo de Cayastá. Un vecino de su confianza le encomendó el cuidado de sus hijos porque debía viajar. Edmundo no lo dudó. De un día para el otro se convirtió en padre adoptivo y tutor de nueve chicos: Martina (21 años), Luis (20), María (17), Adela (15), Antonio (13), Luisa (12), Anita (10), Antonieta (7) y Filomena (5). Los trató como si fueran hijos propios.

9) La noche de 7 de agosto de 1882, cuatro paisanos (dos eran hermanos) entraron para robarles. Mataron al conde y luego atacaron a los chicos. Algunos se salvaron: Luis no se encontraba en la casa. Adela se desmayó y la dieron por muerta (increíblemente, al huir fue confundida con un ladrón y la mató un vecino que además era su padrino). Martina, la mayor, tenía una grave herida, pero sobrevivió. Antonio pudo escapar por una ventana y corrió en busca de ayuda. Dos de los cuatro asesinos del mayor crimen de la historia de Cayastá –Gaspar Lemos y Rafael Sequeira– fueron atrapados y recibieron cadena perpetua.

10) Pocos días antes de que se cometieran los crímenes, María y Adela conversaban mientras se acercaba a la distancia Edmundo Tessieres. María, espantada, juró que ella estaba viendo que el conde no tenía la cabeza y que su cuerpo se movía solo. Adela no vio lo mismo que María. Pero si vio a María caminar sin su cabeza. Las chicas corrieron a contarle al conde sus extrañas visiones. Edmundo les dijo que eran tonterías.

Antonio, el chico de 13 años que escapó por la ventana con una reja, experimentó una sensación desagradable cuando al día siguiente quiso atravesar la misma ventana para explicar a las autoridades cómo había huido. Se dedujo que era el único lugar por donde podría haber salido y que no mentía. Pero el espacio era demasiado pequeño. Cómo fue que su cuerpo pasó por allí, aún es un misterio.

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Fuga de presos en 1916

En julio de 1916, tres presos huyeron de la cárcel de Córdoba. Aquí la crónica de la fuga a cargo de la revista Caras y caretas:

Por segunda vez ocurre en la penitenciaría de Córdoba una evasión de penados, lo cual prueba que desde la primera huida, nada o muy poco se resolvió para prevenir sucesivas tentativa de fuga. En el presente caso, tres penados hicieron un agujero en el piso de la celda 240, desde el cual siguieron haciendo la galería subterránea, de quince metros, hasta la calle, y pudieron evadirse de esa manera.

Al conocerse el hecho, el comentario público versó alrededor del mismo en términos poco halagadores para las autoridades del establecimiento, que va tomando el aspecto de una ratonera.

Las autoridades cordobesas lograron capturar a uno de los fugitivos que fue reintegrado a la prisión, donde confesó las peripecias y dio detalles de la manera como habían preparado la escapatoria, trabajando si ser molestados ni despertar sospechas, si bien no está claro como en una penitenciaría pueden pasar desapercibidos trabajos de excavación realizados por los presos.

El director del establecimiento, como buen previsor, exclamó al saber de la novedad: “Sospecho que hayan hecho otras salidas estos diablos”. Y, a renglón seguido, una sección de bomberos comenzó a cavar una especie de trinchera que circundó el edificio con el objeto de buscar rastros de galerías o excavaciones subterráneas.

A pesar de la ligereza con que los buenos hombres hicieron su labor, no aparecieron más cuevas, ni los prófugos volvieron a caer en manos de la justicia.

Se atribuye la actitud de los penados a que la alimentación es deficiente, si bien sólo es admisible creer que quien pierde su libertad ansía recobrarla aun a costa de todo; y que las cárceles destinadas a guardar la delincuencia, deben tener todas las garantías, de modo que nadie pueda burlarlas, dando margen a que se juzgue desfavorablemente los sistemas carcelarios del país.

La revista no volvió a informar sobre el tema y una revisión de los periódicos de los días siguientes no informa sobre la captura de los fugitivos, lo que induce a pensar que no han sido atrapados.

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Prohibido bañarse desnudo

Fue la Meca del vacaciones del siglo XX. Pero como todo gran emprendimiento, tuvo sus primeros paso. La ciudad de Mar del Plata se fundó en 1874. Su popularidad y el intenso tráfico de turistas en sus playas hizo necesario dictar normas de conducta. Por encargo del presidente Miguel Juárez Celman, en enero de 1888 se estableció el “Reglamento de baños para el Puerto de Mar del Plata”:

Artículo 1º-Es prohibido bañarse desnudo.

Artículo 2º-El traje de baño admitido por este reglamento es todo aquel que cubra el cuerpo desde el cuello hasta la rodilla.

Artículo 3º-En las tres playas conocidas por del Puerto, de la Iglesia y de la Gruta no podrán bañarse los hombres mezclados con las señoras a no ser que tuvieran familia y lo hicieran acompañando a ella.

Artículo 4º-Es prohibido a los hombres solos aproximarse durante el baño a las señoras que estuvieren en él, debiendo mantenerse por lo menos a una distancia de 30 metros.
Las primeras bañistas

Artículo 5º-Se prohíbe en las horas del baño el uso de anteojos de teatro u otro instrumento de larga vista, así como situarse en la orilla cuando se bañen señoras.

Artículo 6º-Es prohibido bañar animales en las playas destinadas para el baño de familias.

Artículo 7º-Es igualmente prohibido el uso de palabras o acciones deshonestas o contrarias al decoro.

El próximo artículo trata de las penas: multas de dos a cinco pesos o arresto de 24 a 48 horas. Reincidentes: 5 a 10 pesos o arresto de 48 a 96 horas. Una nueva falta le provocaría al infractor la expulsión de la playa durante un mes.

Hubo multas, detenciones y expulsiones. Pero tal vez el caso más comentado fue el del hombre que en el verano de 1901 se disfrazó de mujer y se metió al agua en la Bristol, en la zona de damas.

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“No seas cruel, mi cielo”

Además de ser el día de los Santos Inocentes, el 28 de diciembre (de 1786) nació uno de los dieciséis descendientes del virrey del Pino: Juana. Unos veinte años después, durante una misa, la señorita se sintió perforada por la mirada de Bernardino Rivadavia.

El 14 de agosto de 1809, en la iglesia de la Merced se celebró el matrimonio de Juana (22 años) y Bernardino (28). En 1814, el gobierno resolvió enviar a Bernardino, junto a Manuel Belgrano, en misión especial a Brasil y Europa.

Además de ser el día de los Santos Inocentes, el 28 de diciembre de 1814 a las 6.45 de la tarde partía la corbeta Zefir que transportaba a los dos embajadores. Ese día en que Juana cumplía los 28 años, su marido se le iba rumbo a Río de Janeiro, Londres y Madrid. Tres semanas antes de la partida, el Director Supremo Gervasio Antonio de Posadas dispuso una asignación de dos mil pesos anuales para Juana que incluía una cláusula de viudedad, “en el caso que [Rivadavia] fenezca en el servicio de dicha Comisión”.

No hizo falta echar mano a la cláusula, pero sí a la paciencia. Bernardino regresó siete años después. En el medio, Juana le rogó de mil maneras que abandonara las cuestiones de Estado y regresara. También le reclamó al Director Supremo Pueyrredon en 1816 que le devolviera el marido o le financiara el viaje a ella y sus hijos.

La correspondencia de Juana demuestra que no estaba acostumbrada a bajar los brazos y que amaba a su marido. Hay un texto imperdible de 1819, que vale la pena compartir:

“Bernardino de mi alma; antes de ésta te despaché una… nada tengo que agregar; y sólo te pongo estas cuatro letras para que no te suceda lo que a mí: al llegar una porción de buques y no tener carta ninguna, ni aún noticias, que muchas veces creo desesperarme… Lo que te pido, repito en todas, aunque sepa que te incomodas es que tomes un medio para que nos unamos, mira que esto no se puede tolerar, no seas cruel, mi cielo, que cinco años para una persona que aún no es vieja y que te adora es demasiado. ¡Ay, hijito! Estas separaciones que tantos matrimonios han hecho desgraciados en nuestro país se ven bastantes en el día; yo estoy muy distante de pensar que a nosotros nos suceda lo mismo, pero unámonos, mi Dictateur, y sigamos siendo tan felices como hasta aquí”.

El “hijito”, el “Dictateur”, el “Bernardino de su alma”, regresó por fin en 1821. Juana, la empecinada, recuperó a su marido.

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La Quinta de Olivos

Antonio Olaguer, solterón y ciego, había heredado una importante chacra en la zona denominada de los Olivos, en el camino a San Isidro. La obtuvo luego de una fuerte disputa con sus tres hermanas mayores: Ana, Manuela y la paquetísima María. La quinta de la discordia era histórica, ya que ahí había muerto Azcuénaga en 1833.

En sus últimos días, Antonio legó la quinta a un sobrino, Carlos José Villate Olaguer Feliú (hijo de María y, además, bisnieto del virrey Olaguer y del miembro de la Primera Junta Miguel de Azcuénaga). El nuevo propietario fue uno de los jóvenes codiciados de su época, pero no nació la mujer que lograra atraparlo. Buen mozo y refinado, viajaba en forma continua a París. Cuando visitaba Buenos Aires, anclaba su lujoso yacht en el puerto de Olivos y pasaba temporadas de fiestas donde tiraban la casa –o la quinta– por las ventanas. Y decimos por las ventanas porque tenía muchísimas. La había diseñado Prilidiano Pueyrredon, el hijo del Director Supremo. La casa de los ventanales de Olivos era conocida como “la pajarera de Pueyrredon”.

Tantas noches de fiesta, tabaco y alcohol parecen no haberle hecho bien a la salud del millonario. Carlos Villate murió en 1918, a los 46 años, y en su testamento cedió el terreno y la casona con el exclusivo fin de que fuera residencia de los presidentes argentinos. La donación fue aceptada por Hipólito Yrigoyen, pero nunca la utilizó. Apenas la visitó una vez. El primer presidente que se instaló una temporada corta allí fue Agustín Pedro Justo, en 1932. Al año siguiente,se instaló una colonia de vacaciones en su extenso terreno. Miles de niños han disfrutado de sus vacaciones en la quinta de Olivos. También se usó para albergar a los chicos que padecieron inundaciones.

Al igual que Azcuénaga, Juan Domingo Perón murió en ese lugar.

Dentro de la célebre quinta presidencial hay una estatua del benefactor. Y la calle lateral a la residencia, en su costado norte, tiene nombre de playboy: se llama Carlos Villate.

Carlos también, se unió en matrimonio a María de Olaguer Feliú y Azcuénaga, nieta del virrey Olaguer y del brigadier patriota –miembro de la Primera Junta– Miguel de Azcuénaga.

Nuestro primer arbolito de Navidad

Michael Hines tenía 18 años cuando llegó a Londres, en septiembre de 1806, proveniente de Dublin, con el anillo y la cédula que certificaban que era hijo bastardo del futuro rey de Inglaterra, Jorge IV. Su arribo coincidió con festejos porque en la principal ciudad británica paseaban el botín que Beresford había capturado en Buenos Aires. Entusiasmado, Hines tiró el anillo al Támesis y se alistó entre los soldados que partirían en la segunda expedición. Decidió que con una espada, y no con el anillo, le mostraría a Inglaterra quién era.

Buenos Aires ya había sido reconquistada por Liniers, pero los ingleses no lo sabían y partieron rumbo a lo que creían era su nueva colonia. No fueron bienvenidos. El hijo del príncipe heredero integró las tropas rechazadas en las jornadas de la Defensa de Buenos Aires. Cayó herido a cinco cuadras de Plaza de Mayo. Un vecino, Jorge Terrada, lo levantó de la calle y ordenó que lo curaran. El joven fue empleado en el comercio de Terrada. Casó con María Josefa González en 1814. Se quedó en el Plata para siempre. 

La tradición lo señala como un precursor navideño. La costumbre en nuestro territorio, consistía en armar el pesebre. Pero en diciembre de 1828, Hines agregó un nuevo accesorio: montó el el primer arbolito de Navidad en la ciudad. Era un abedul lleno de velas, adornos y regalos para sus tres hijas que instaló en el patio de su casa, ubicada frente a la célebre Manzana de las Luces (Alsina y Perú).

Un presidente insultado por teléfono

Susana “Pototo” Torres (17 años) se casó con Mariano Castex (28) y comenzó desde temprano con los deberes conyugales y familiares. Así y todo, se convirtió en la mujer más influyente de su tiempo. Cocinera expertísima, tiradora de puntería envidiable, consumidora de rapé, imbatible en la mesa de billar y gran amiga de presidentes. Tuvo excelente trato con Roca, Mitre, Juárez Celman, Pellegrini, Figueroa Alcorta, De la Plaza, Alvear y Justo. La lista prosigue con obispos, artistas, ministros y todo aquel que pretendiera ser alguien en el mundo social de Buenos Aires. Como dato anexo, agregamos que enviudó en 1919.

En su casa de Callao 1730 (barrio de Recoleta) se tomaron decisiones de Estado, como así también en Villa Susana, la propiedad que tenían en Mar del Plata. Pero el grado de familiaridad con las principales figuras de la política argentina nos permite rescatar un par de anécdotas en donde los vemos actuando de manera muy distendida.

En cierta oportunidad que el confesor de Pototo murió, la dama se vio en la necesidad de conseguir un nuevo sacerdote con quien entenderse. Duró poco tiempo, ya que también partió de este mundo. Por supuesto, no hay dos sin tres: el próximo confesor de Susana Torres tampoco tuvo mucho resto de vida. Cuando la noticia de que este buen hombre —el Padre Peligra de la Iglesia del Pilar— había muerto, sonó el teléfono en la casa de Callao.

Era un caballero que pidió, por favor, que le informaran a la señora, de parte del arzobispo, monseñor José María Bottaro, que para preservar el clero, dejara de confesarse por un tiempo, ya que con sus confesiones los estaba matando a todos.

Cuando su nieto Mariano Apellaniz le comunicó a Pototo el mensaje, la señora soltó una carcajada y dijo: “Ese es el bestia de Marcelo”. Y no se equivocaba, era el bromista Marcelo T. de Alvear. Mejor dicho, el presidente de la Nación, Marcelo Torcuato de Alvear.

Los Castex se la devolvieron con una broma clásica de aquel tiempo. Consistía en molestar durante un par de días a un pobre abonado hasta sacarlo de las casillas y luego hacer que un incauto lo llamara, por algún motivo. En Callao, Jorge Castex, hijo de Pototo, le pidió a Alvear que por favor se comunicara con un pintor a cierto teléfono. Alvear llamó, preguntó si estaba el pintor y la respuesta furiosa fue: “¡Sí, el que te pintó el c…, hijo de p…!”. Alvear colgó de inmediato, y sin parar de reírse, dijo: “Si supiera que ha puteado al Presidente…”.

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Conflictos protocolares (1870)

Antes de que se creara la Capital Federal, en 1880, la superficie de la actual ciudad de Buenos Aires pertenecía a la provincia. Por lo tanto, el presidente administraba los destinos de la Nación desde Buenos Aires, una provincia que tenía un gobernador con poder supremo sobre su territorio. En ese escenario, el primer mandatario del país pasaba a ser un huésped del gobernador bonaerense.

Esta situación generó algunos inconvenientes. Por ejemplo, en el transcurso del mandato de Sarmiento hubo cruces con el gobernador bonaerense Emilio Castro. Uno de los conflictos tuvo lugar en medio de un acto al que tanto Sarmiento como el gobernador Castro concurrieron con sus respectivos carruajes y los dos ordenaban a sus cocheros pasarse para tomar la delantera. Cada uno consideraba que el protocolo le daba prioridad. Y así fue cómo un simple acto se convirtió en una carrera de carrozas.

Otro de los enfrentamientos se dio el 2 de enero de 1870, con motivo del desfile de las tropas que habían combatido en la Guerra del Paraguay. Durante los últimos días de diciembre de 1869 se habían organizado los detalles de la bienvenida. Los veteranos desembarcados se formarían en el largo muelle de Viamonte y la Alameda (actual, Alem). Iban a desfilar por:

1) Alameda hacia la Plaza de Mayo. 2) Rivadavia, pasando por la puerta de la Catedral, hasta Florida. 3) Florida rumbo a Retiro, donde estaban los cuarteles (en la zona de Plaza San Martín).

Para Sarmiento era una complicación porque necesitaba estar en un lugar en el cual sobresaliera para que se le rindieran honores. El edificio del gobierno bonaerense, que se hallaba junto al Cabildo en el espacio que ahora ocupa la Avenida de Mayo, tenía una ubicación privilegiada.

Castro invitó a Sarmiento a presenciar el desfile desde los balcones de la gobernación. El sanjuanino respondió que era un acto nacional, que él mismo debía presidirlo y no podía ser huésped de nadie. Incluso le pidió al gobernador que le cediera el edificio a la Nación para que Sarmiento invitara a quien quisiera. El gobierno provincial se excusó alegando que ya había cursado las participaciones a los vecinos ilustres.

El 1 de enero de 1870, una numerosa cuadrilla construyó un estrado de madera junto a la Recova (que cortaba a la actual Plaza en dos). Ese sería el placo oficial. Las tropas llegaron ese día, por la noche. Se resolvió que aguardaran en los barcos hasta el amanecer. Al día siguiente, pocos minutos antes de que se iniciara el apoteótico desfile –Buenos Aires era celeste y blanca, nunca se habían visto tantas banderas argentinas adornando la ciudad–, Sarmiento ordenó un cambio de ruta. Las tropas, entonces, ingresaban a la Plaza de la Victoria y no bien cruzaban el arco principal de la Recova, viraban hacia la derecha, abandonaba la Plaza y tomaban por Reconquista hacia Retiro. Esto hizo que el balcón del gobernador Castro, plagado de invitados, quedara fuera del recorrido. Tuvieron que contentarse con ver a los veteranos a cien metros de distancia.

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