¿Cómo fue el 25 de mayo de 1810?

En las primeras horas de la madrugada, algunos patriotas se dirigieron a la casa del síndico Leiva para anunciarle que Saavedra y Castelli renunciaban a la flamante junta que presidía Cisneros. El amanecer del 25 frío y lluvioso no invitaba a salir a la calle. Sin embargo, los capitulares acudieron al edificio del Cabildo bien temprano y se encerraron en la planta alta.

A las 9:30 consultaron a los jefes militares: no respaldarían el sostenimiento del virrey. Mientras tanto, hombres dirigidos por French ocupaban sectores de la plaza de la Victoria, entre el Cabildo y la Recova. Saavedra y Beruti ingresaron a entrevistarse con los cabildantes y les entregaron la lista con los nueve nombres que debían conformar la nueva Junta.

El Alcalde Juan José Lezica les agradeció el listado y dijo que sería tratado por el cuerpo capitular. La puerta se cerró. Era tiempo de esperar. Muchos de los postulados para gobernantes se reunieron en la casona de Azcuénaga, frente a la Recova, en las actuales Rivadavia y Reconquista.

El hermetismo en la sala de reuniones, el frío mediodía y la lluvia atentaron contra la paciencia de los hombres. Desde la Plaza gritaban: “¡El pueblo quiere saber lo que se trata!”, intentando apurarlos. French arrimó al Cabildo varias hojas con firmas de vecinos que reclamaban la instalación de la Junta y aclaró en términos nada confusos que el tiempo de las decisiones se agotaba.

A las tres de la tarde, Saavedra, Paso, Moreno, Alberti, Azcuénaga, Belgrano, Castelli, Larrea y Matheu se hincaron frente al crucifijo y juraron “desempeñar legalmente el cargo”. Fue el acta de defunción del virreinato, el gobierno patrio había nacido.

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¿Qué pasó el 24 de mayo?

El voto de los asistentes al Cabildo Abierto del 22 había sido contundente: el virrey debía cesar en el mando. Pero los funcionarios querían mantenerlo. Resolvieron encontrar cuatro aceptables integrantes para completar una junta que presidiría el (no tan) depuesto virrey. La cuidada elección recayó en tres criollos (Saavedra, Castelli y el sacerdote Juan Nepomuceno Solá) más el español José Santos Inchaurregui.

A las tres de la tarde los cinco integrantes de aquella primera Primera Junta se arrodillaron frente al crucifijo, en el piso superior del Cabildo, y juraron fidelidad al rey. Cisneros dijo palabras de rigor y, una vez concluida la ceremonia, el flamante quinteto se dirigió al fuerte, su sede de gobierno. Los capitulares se abrazaron: aun frente al avasallador resultado electoral del Cabildo Abierto, el virrey seguía a la cabeza.

Los promotores de la Revolución, en cambio, no celebraron. Esa noche, Saavedra y Castelli fueron increpados en la casa de Rodríguez Peña. Dos decisiones fundamentales se tomaron esa madrugada: los vocales renunciarían al amanecer y se presionaría al Cabildo para que aceptara la creación de una nueva Junta. Estaría integrada por un presidente y ocho vocales; dos de ellos, vocales secretarios.

La idea de un gobierno de nueve hombres fue de dos de los participantes en esa reunión secreta: el sacerdote Manuel Alberti y su amigo, el comerciante catalán Domingo Matheu.

Con la lista definida en aquella casa, partieron con sigilo a sus casas. Los esperaba una complicada jornada el viernes.

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Los 100 años de la Torre porteña

El 6 de mayo de 1910, cuando la comitiva británica se aprestaba para viajar a la Argentina con motivo del centenario de la Revolución de Mayo, murió el rey Eduardo VII. Por el luto, la nación inglesa no participó de las actividades en Buenos Aires. Hubo que suspender uno de los principales actos: el 24 de mayo iba a colocarse frente a la estación Retiro la piedra fundamental del monumento que nos regalaba la colectividad inglesa en el país, una columna conmemorativa.

La ceremonia suspendida tuvo lugar a fines de 1910. A esa altura, la columna había quedado en el camino porque en el concurso de maquetas se eligió el proyecto del arquitecto sir Ambrose Macdonald Poynter: una magnífica torre con un reloj que replicaba, a menor escala, el del Big Ben de Londres.

La construcción se retrasó debido a la Primera Guerra Mundial. Se completó a comienzos de 1916 y se resolvió inaugurarla el 24 de mayo, día en que los británicos festejaban el Empire Day (Día del Imperio). Lo celebraron con un almuerzo en el Plaza Hotel, en Plaza San Martín. A las tres de la tarde, encabezados por el ministro plenipotenciario Reginald Tower -curiosamente su apellido significa “torre” en inglés-, bajaron la barranca y acudieron a la Plaza Britania (recibió ese nombre en 1914), donde los aguardaban el vicepresidente (en ejercicio de la presidencia) Victorino de la Plaza y el intendente Arturo Gramajo. Los discursos fueron en el interior de la torre.

Durante veinte años, hasta que se construyó el obelisco, la Torre de los Ingleses fue el símbolo de Buenos Aires. Incluso sus agujas marcaron durante un tiempo la hora oficial de la ciudad.

Como curiosidad agregamos que durante la convalecencia del presidente Roberto M. Ortiz, cuya residencia se encontraba en Suipacha y Santa Fe, a pocas cuadras de la torre, se resolvió que un empleado concurriera por la noche para impedir que las campanas sonaran y de esta manera permitir que el presidente descansara mejor.

Durante el conflicto de Malvinas, precisamente el 24 de mayo de 1982 (es decir, en el día de su aniversario), se decretó que la plaza pasara a llamarse Fuerza Aérea Argentina. En cuanto a la torre, recibió la denominación de Monumental. Poco tiempo después, sufrió un atentado. Los destrozos continúan siendo restaurados mientras la centenaria torre se mantiene en pie marcándole, con ritmo pausado, las horas a su ciudad.

Qué pasó el 22 de mayo de 1810

El Cabildo comenzó a poblarse a partir de las ocho de la mañana. Asistieron 251 vecinos de los 450 que habían sido convocados. Entre los ausentes habría que considerar a algunos que fueron disuadidos de concurrir cuando ya estaban en las cercanías del edificio. El inicio de la reunión se demoró porque tres asistentes plantearon la nulidad de la asamblea por falta de quórum. El reclamo no prosperó.

La imagen de una reunión muy formal y organizada que conocimos a través de las láminas escolares se contrapone al contenido de las cartas y relaciones que fueron escritas en los días posteriores. En el gran salón improvisado en el largo balcón (se usaron tapices para cerrarlo y protegerlos del frío y los curiosos) hubo empujones, gritos y hasta insultos para algún orador poco convincente. La ovación de la jornada fue para la propuesta de un español: el general Pascual Ruiz Huidobro planteó que el virrey Cisneros debía renunciar de inmediato.

Los discursos secaron las gargantas y fue necesario ir en busca de provisiones. Diez botellas del básico vino de carlón, seis botellones del buen tinto de Cádiz, más chocolate caliente y bizcochos sirvieron como refrigerio a los hombres que tomaban, además de una copita, graves decisiones.

Se resolvió que cada uno emitiría su voto en voz alta, dando todas las razones que considerase. Fue un desfile interminable de votos escuetos y exposiciones sobrecargadas. También se encargó comida al fondero Andrés Berdial, por lo tanto, el martes 22 de mayo tuvo lugar el primer delivery de nuestra historia patria.

Un detalle: el gobierno le pagó dieciocho pesos a quienes hicieron trámites de cafetería durante la maratónica sesión y además cuidaron un par de galeras que, por el frío, habían sido utilizadas para desplazarse. Fue el primer antecedente de los trapitos.

El Cabildo Abierto terminó a la medianoche, cuando se emitió el último de los votos. Los capitulares volverían a reunirse al día siguiente para el escrutinio que definiría la continuidad del virrey o su destitución.

Qué pasó el 21 de mayo de 1810

España estaba invadida por los franceses y en Buenos Aires se discutía la legitimidad del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros (ver imagen). El gobernante no estaba dispuesto a escuchar reclamos. Sin embargo, el lunes 21 de mayo, al cerciorarse de que Saavedra (jefe del Regimiento mayor, el de Patricios) no lo apoyaba, el virrey dio autorización para que se organizara el Cabildo Abierto (es decir, la clásica reunión de los funcionarios más la participación extraordinaria de los principales vecinos de Buenos Aires).

Se imprimieron 450 invitaciones y se entregaron a 50 celadores que se ocuparon de repartirlas. Cada uno de los improvisados carteros cobró un peso por su tarea. También pegaron los bandos en las esquinas, un trabajo que hacían con gran destreza, sin desmontar.

 

Además, se contrataron carretas para transportar bancos de la Catedral y de las iglesias de Santo Domingo, San Francisco y la Merced. De esta manera resolvían el problema de la cantidad de vecinos que acudirían al día siguiente. Para reunir los escaños se hicieron doce viajes a las cuatro iglesias.

Por la cantidad de gente fue necesario acondicionar el balcón mediante lonas y tapices que cerraran el lugar para disimular el frío de mayo, y darle privacidad de la reunión.

No descuidaron la iluminación. Por lo general, el Cabildo sesionaba a la luz del día y en todo caso, con un par de velas se resolvía el problema. Pero esta vez serían varias horas de debate. Se envío por una provisión importante de velas e hilo.

Mientras tanto, ese lunes, en la casa de Nicolás y Casilda Rodríguez Peña, situada en las actuales Suipacha y Bartolomé Mitre, los patriotas Castelli, Vieytes, Belgrano, Saavedra y varios más debatían una estrategia a seguir en la Asamblea del martes 22.

La reunión terminó después de la medianoche. Amparados por la oscuridad, partieron cada uno rumbo a su casa. Se reencontrarían a partir de las ocho de la mañana en el Cabildo Abierto.

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El obelisco cumple 80 años

Aquí, un video con la historia del origen del obelisco de Buenos Aires, inaugurado el 23 de mayo de 1936.

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El Palacio que no es Pizzurno

Petronila Rodríguez tenía 20 años en 1835 cuando su padre mató al vecino. Aquella dramática noche, los Rodríguez dormían en su quinta porteña que ocupaba cuatro manzanas en las avenidas Callao y Córdoba, cuando Juan Antonio Rodríguez sintió ruidos en la huerta donde plantaba bergamotas. Con su escopeta disparó a la distancia. Cesaron los ruidos y recién al día siguiente se descubrió que un vecino había muerto por el disparo.

En el juicio fue absuelto porque era común que aparecieran ladrones en las quintas y todos hubieran hecho lo mismo que Rodríguez: disparar al bulto sin advertencia alguna. La Justicia no lo condenó, pero su conciencia lo atormentaba. Resolvió construir una capillita en los terrenos de donde tuvo lugar la tragedia y dar misas por la memoria del difunto.

En 1882, consciente de que estaba en sus últimos días, Petronila, la hija de Rodríguez, donó las cuatro manzanas de su quinta, más algunas propiedades en el centro. En su testamento explicó que hacía tiempo venía evaluando construir una iglesia donde estaba la capilla que había hecho su padre; junto a la iglesia, un colegio; y enfrente, según la cláusula nro. 15, un terreno para la instalación de un a escuela. Minutos antes de morir, le indicó a su gran amiga y albacea, Juana Bosch, que vendiera algunas de las propiedades que dejaba y que tomara cien mil pesos para “los niños que quieran educarse”.

Cumpliendo con parte del legado, se construyeron la Iglesia Nuestra Señora del Carmen en el espacio que ocupaba la capilla, en Rodríguez Peña y Paraguay, más el colegio parroquial a su lado.

En octubre de 1886, Juana Bosch entregó el dinero recaudado al Consejo Nacional de Educación. Emocionados por la donación, la institución resolvió que levantarían la escuela y le pondrían el nombre de la benefactora, Petronila Rodríguez. Incluso le pidieron a Juana un retrato de Petronila. Fue imposible conseguirlo: jamás quiso retratarse.

El sueño de la escuela con capacidad para setecientas alumnas,  quedó en manos del genial arquitecto Carlos Altgelt. El edificio se inauguró en 1886. Pero en 1888 se resolvió instalar juzgados, de manera provisoria, hasta que se construyera un Palacio de Tribunales. Por ese motivo mudaron a las alumnas a Junín y Vicente López, donde comenzó a funcionar la escuela con el mismo nombre de la benefactora.

Regresaron al gran edificio en 1894. Pero en 1903, volvieron a mudarse porque el Consejo Nacional resolvió que allí funcionaría la sede del Ministerio de Educación. La denominación Petronila Rodríguez desapareció de la nomenclatura escolar.

En 1932, por iniciativa de Juan Benjamín Terán, presidente del Consejo Nacional de Educación, se le dio el nombre de la benefactora a una escuela en Parque Chas. Mientras que el espléndido solar donado por Petronila fue bautizado Palacio Sarmiento. A la calle que pasaba por la puerta se la llamó Pizzurno, en honor de tres hermanos maestros con ese apellido: Pablo, Carlos y Juan.

Por lo tanto, el Ministerio de Educación debería ser una escuela. Y el edificio, al que todos conocen como el Palacio Pizzurno, es el Palacio Sarmiento –sobre la calle Pizzurno–, que debería llamarse Petronila Rodríguez: nombre de la filántropa hija del hombre que mató a su vecino por error en 1835.

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Bailes prohibidos en 1774

En Buenos Aires, en el año 1753, un tal Blas y un zapatero de apellido Aguiar construyeron un modesto galpón en la manzana de Perú, Alsina, Chacabuco y Moreno. Allí armaron un par de funciones de títeres y no mucho más porque el tal Blas debió abandonar la ciudad: se descubrió que estaba casado en España y que su mujer lo esperaba.

Juan José Vertiz -en su época de gobernador, antes de ser virrey- consideró que podía aprovecharse el lugar para hacer fiestas de máscaras y recaudar dinero para los necesitados. Los porteños, ávidos de pachanga, encontraron una nueva forma de entretenimiento. Aquella fue la primera disco que tuvimos por estas tierras. Pero, a pesar del éxito de los bailes, el público comenzó a menguar. Y el culpable de que cada vez concurriera menos gente se llamó José Costa. Era fraile de San Francisco y durante las misas advertía lo pecaminoso y ofensivo que resultaba ese entretenimiento nocturno.

“¡Hermanas mías, ya no sois mis hermanas, estáis impuras!”, se quejaba el fraile. Su prédica tuvo éxito ya que muchos se convencieron de que estaban pecando; y los que no, por temor a la ira del Todopoderoso, prefirieron mantenerse lejos del lugar.

Cuando Vertiz se enteró de los sermones de Costa, encomendó al fraile Roque González la tarea de persuadir a los feligreses de que Dios no se ofendería si bailaban y que “es voluntad de Nuestro Soberano que haya bailes y diversiones”. En aquella homilía, González aseguró que “el Señor Baile puede contraer matrimonio con la Señora Devoción”. El galpón volvió a estar de moda y allí se bailó durante tres años hasta que el rey Carlos III prohibió los bailes públicos en 1774. La primera disco porteña cerró sus puertas.

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Cámpora y el scrum

Héctor José Cámpora, apodado “el Tío”, fue presidente constitucional en 1973, durante cuarenta y ocho días, el período más corto hasta entonces. Oriundo de Mercedes, provincia de Buenos Aires, quiso estudiar medicina en Rosario, pero no pudo ingresar, por lo que optó por cursar Odontología en la Universidad Nacional de Córdoba. Inició la carrera en marzo de 1929 y se recibió en diciembre de 1933.

Durante su época universitaria, participó activamente de los equipos deportivos. Practicó, entre otros, básquet, fútbol y rugby, lo cual permite relacionarlo con el presidente Mauricio Macri, quien vistió la camiseta de Cardenal Newman.

El día del debut de Cámpora en el rugby fue inesperado. Faltó un jugador y le pidieron que se cambiara para completar los quince del equipo y poder presentarse. Ni siquiera sabía llevar la pelota en la mano. Él mismo contó que su ingreso al rugby había sido con el pie izquierdo. “Pensé que había hecho un papelón”. Pero sus compañeros opinaron lo contrario: todos lo felicitaron por lo bien que se había desplazado en la cancha.

Cámpora jugó como pilar durante cuatro años en Universitario de Córdoba e incluso puso el hombro (en el scrum) para que su equipo ascendiera a la primera división de la liga de la provincia.

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Comodoro Py: de Paraguay a Santa Cruz

Como Messi, pero al revés. Luis Py nació en Barcelona, pero su brillante carrera la hizo en la Argentina. Llegó en la década de 1840, con poco más de 20 años y se alistó en la Marina, uno de los destinos preferidos de los inmigrantes que arribaban con sed de acción, aventura y gloria. El joven Py tuvo su bautismo de fuego frente a las escuadras inglesa y francesa (antes de la Vuelta de Obligado) y fue forjándose en los combates de aquella grieta histórica, la de unitarios y federales.

De su extensa foja de servicios, debemos detenernos en un uno muy particular. Nos referimos a la Batalla del Paso de las Cuevas, durante la Guerra del Paraguay. La historia viene adornada con esos detalles que ya no sorprenden a ningún argentino. La flota de la Armada constaba de tres buques, dos de ellas fueron capturados pro los paraguayos en Corrientes. Por lo tanto, la pieza más importante era un barco de transporte de tropas, y equipado con cañones: el Guardia Nacional. (Se lo compramos a los ingleses en 1859, su nombre original era Camila). Comandaba el barco Luis Py. Pero llevaba entre los pasajeros a su superior, el Comandante en Jefe de la Escuadra Argentina, el capitán de navío José Murature.

La nave se unió a la flota de los aliados brasileños a la altura de Corrientes. Juntos se dirigieron al Pasaje de las Cuevas (siempre en territorio correntino), donde se hallaban apostados los paraguayos. Fue una especie de Vuelta de Obligado, pero al revés. Los buques brasileños y el argentino debían pasar esquívando el fuego de la artillería guaraní apostada en tierra firme.

El 12 de agosto de 1865 iniciaron el peligroso cruce cuatro barcos brasileños. Lo hicieron a máxima velocidad, pero los sesenta cañones enemigos dañaron sus cubiertas. El quinto turno correspondió al Guardia Nacional, que sorprendió a todos. En una demostración de gallardía, pasó a un cuarto de su velocidad posible, como sin apuro, disparando sus cañones con furia contra las baterías que los hostigaban. En un momento la escena fue conmovedora. Los cañones paraguayos ya no disparaban, mientras el Guardia Nacional de Luis Py, perforado por todas partes, continuaba lanzando fuego.

El paso del resto de las embarcaciones tuvo cierta resistencia, pero ya no era lo mismo: los paraguayos estaban agotados, sus cañones ardían como una caldera y las municiones comenzaban a escasear. Los argentinos sufrieron bajas notables. Entre ellos, los guardiamarinas José Ferré, hijo del gobernador de Corrientes, y Enrique Py, joven soldado, hijo del marino catalán. Entre los heridos graves, el subteniente Clodomiro Urtubey (antecesor de Juan Manuel Urtubey, actual gobernador de Salta) y el marinero Francisco Padilla.

El de Las Cuevas fue el último enfrentamiento en que participó la Armada argentina hasta el conflicto de las Malvinas.

La carrera de Luis Py se mantuvo en ascenso. En 1878 -ya con el rango de comodoro- acudió a Santa Cruz con una misión fundamental: reafirmar la soberanía argentina en dichas tierras. Fue luego de que llegaran noticias preocupantes a Buenos Aires (nuestro héroe vivía en Paraguay y Esmeralda): en aquellas lejanas tierras estaban instalándose destacamentos militares chilenos.

Luego de la travesía, el comodoro Py desembarcó en el cañadón de los Misioneros (próximo al puerto Santa Cruz), al norte de Río Gallegos y comprobó que las noticias eran ciertas. Allí había una edificación hecha por los chilenos, aunque vacía. Ordenó ocuparla, mandó enarbolar la bandera argentina y dejó hombres a cargo de su custodia.

El comodoro Py murió en Tigre (provincia de Buenos Aires), donde aún cumplía funciones oficiales, el 22 de febrero de 1884. Desde 1967 una calle de Retiro le rinde homenaje.

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