Buenos Aires en 1954

El proyecto Prisma rescata archivos audiovisuales y sonoros, principalmente de Radio Nacional y de Canal 7. Gracias a la atenta búsqueda de Eloy Martin y de Abel Alexander (de la Sociedad Iberoamericana de Historia de la Fotografía), ha llegado a nuestro conocimiento “Buenos Aires en relieve” que nos permite pasear por la ciudad hace 62 años. Dirigida por los hermanos Jorge y Luis Napoléon “Don Napy” Duclout (hijos del ingeniero que gestionó la visita de Einstein a la Argentina), la vista cuenta con la locución del legendario Jaime Font Saravia.

La filmación tiene enorme valor documental. Pero, a su vez, la locución permite recordar de qué manera se subrayaba el peso político del Poder Ejecutivo, a través del sistema denominado propaganda. Bienvenidos a este viaje porteño de 1954.

 

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¿Qué escondió Belgrano en una iglesia?

Luego de la derrota en las pampas de Vilcapugio en octubre de 1813, Manuel Belgrano estableció su cuartel general en Macha, un pueblito perteneciente al departamento de Potosí en Bolivia. Se encuentra ubicado a unos once kilómetros en línea recta de Ayohuma, lugar donde luego se desarrolló la fatídica batalla para los patriotas en noviembre del mismo año.

En 1881, en un pequeño paraje llamado Titirí, a unos pocos kilómetros de Macha, el cura de la capilla limpiaba y ordenaba el lugar. Le llamó la atención un cuadro de Santa Teresa. Lo descolgó, desarmó el marco y descubrió que había dos banderas enrolladas en la madera. Al desenrollarlas, comprobó que estaban rotas, tenían rastros de pólvora y algunas manchas de sangre, además del lógico desgaste natural. Tenían una particularidad: una era celeste, blanca y celeste (ver foto), mientras que la otra era blanca, celeste y blanca.

El cura las enrolló nuevamente y volvió a colgar el retrato. Dos años después, fueron nuevamente halladas por su sucesor, el padre Primo Arrieta (posiblemente informado por el anterior cura), y las hizo trasladar a Sucre.

¿Cuál es el misterioso origen de estas banderas? No se sabe con certeza. Pero la mayoría de los especialistas opina que están relacionadas con el general Belgrano. Este grupo mayoritario de historiadores avala la teoría de que el comandante ordenó al coronel Cornelio Zelaya que escondiera las banderas del ejército patriota para que éstas no cayeran en manos de los enemigos. ¿Habrá sido después de la derrota de Vilcapugio o luego de ser vencidos en Ayohuma? En ambos casos, pasó por Macha.

La humilde capilla rural era dirigida por el cura Juan de Dios Aranívar. Se especula que el coronel Zelaya se presentó ante el párroco y le dejó a su cuidado las dos banderas para que las escondiera de los realistas. Algunos relatos sostienen que fue el propio Belgrano quien estuvo de paso por la capilla, ya que era amigo del sacerdote. Otra posible teoría es que el mismo párroco haya participado en la campaña, y ante la retirada patriota, escondió las banderas sin el conocimiento del general.

Algunos historiadores simplemente descartan la posibilidad de que éstas, sean las banderas que hayan pertenecido al ejercito del Norte o auxiliar del Alto Perú.

Una de las dos banderas fue devuelta por el gobierno boliviano en 1896 (la celeste-blanca-celeste), hoy se encuentra en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires. El ejemplar blanco-celeste-blanco continúa en el Museo Casa de la Libertad de Sucre.

Los improvisados que desfilaron en 1889

En marzo de 1889, cuando se organizaba el desfile del 25 de mayo, el ministro de Guerra, Nicolás Levalle, ordenó que el flamante Batallón de Ingenieros tenía que marchar. El problema es que solo tenía sus jefes, pero le faltaba la tropa. Le dieron cien pesos a cada uno de los cuatro sargentos, con instrucciones de usarlo para reclutar hombres.

Ramón Tristany, uno de los sargentos, se dirigió a los bares del Bajo (en la zona de la actual avenida Alem) donde se concentraba buena parte de la población ociosa —y viciosa— de Buenos Aires. La algarabía, sazonada con alta graduación alcohólica de dudosa calidad, permitió que Tristany encontrara muchos voluntarios. Pero había un problema: eran todos marinos de otras nacionalidades. El sargento prefirió consultarlo con sus superiores y todo quedó en veremos.

Al día siguiente recibió una repuesta tajante: importaba más el número que la nacionalidad. Por lo tanto, esa noche regresó al bar con el fin de reclutar. Pero el entusiasmo inicial se había evaporado y apenas unos tres o cuatro seguían interesados. Tristany se imaginaba desfilando delante del presidente Miguel Juárez Celman y el ministro Levalle con su tropa de cuatro parroquianos. Era un papelón. Pero alguien le dio la solución: que fuera al Hotel de Inmigrantes.

Había arribado un barco con franceses y belgas. Cuando el sargento comunicó en su pasable francés lo que buscaba, una marea de jóvenes se arremolinó en torno de la mesita. Al día siguiente, Tristany apareció en el cuartel con 150 hombres. Que desfilaron el 25 de mayo de 1889. Y, cuando rompieron filas, se fueron contentos al cuartel… ¡cantando La Marsellesa!

 

Aclaración: la imagen corresponde al desfile realizado el 9 de julio de 1894.

 

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El Congreso de Tucumán en 3 minutos

Cada uno de los diputados que concurrieron a Tucumán para participar del Congreso cargó con el peso de una enorme responsabilidad. Esos hombres no solo eran las caras visibles de la rebelión ante las naciones del mundo, sino que también se exponían a las críticas de los propios pueblos que los habían elegido.

El panorama en 1816, tristemente desalentador, tampoco ayudaba: 1) La economía de las Provincias Unidas estaba a punto de tocar fondo. 2) Fernando VII había recuperado el trono de España y se había propuesto enviar al Río de la Plata unos 15.000 a 20.000 veteranos profesionales (los que habían vencido nada menos que a Napoleón) para recuperar el territorio americano. 3) Para colmo, el ejército del Norte, al mando de Rondeau, había sido derrotado en Sipe Sipe. Por ese motivo, el territorio quedó partido en tres:

- Una fracción en manos de los realistas (Alto Perú y Norte de Jujuy).

- El Litoral bajo la órbita de Artigas, quien estaba enfrentado a Buenos Aires.

- Y el grupo restante, conformado por las provincias que se sumarían al Congreso.

Con dos tercios de los diputados presentes, el Congreso inició sus sesiones el 24 de Marzo de 1816, en un contexto de gran escepticismo, debido al fracaso de la Asamblea del año XIII, que no había logrado declarar la Independencia y redactar una Constitución.

El grupo de los diputados era muy heterogéneo. Más allá de las diferencias generacionales (el menor, Godoy Cruz, tenía 25 años; mientras que Uriarte ya había cumplido los 63), contrastaban las posiciones políticas. Los de Buenos Aires no se llevaban bien con los del Norte que, por su parte, tenían muchas diferencias entre ellos mismos. Los de Córdoba tampoco mantenían buena relación con los porteños. En cambio los de Cuyo, que actuaban siguiendo instrucciones de San Martín, sostenían un buen diálogo con casi todos los grupos.

El desarrollo del Congreso debe mucho a cuatro personalidades de nuestra historia: Martín Miguel de Güemes -quien aún luego de la caída de Rondeau en Sipe Sipe, no dio un solo paso hacia atrás-, Juan Martín de Pueyrredon -fue diputado por la provincia de San Luis hasta que el Congreso lo designó Director Supremo-, José de San Martín, quien alistaba el Ejército para el Cruce de los Andes; y Manuel Belgrano, quien había regresado de una misión diplomática en Europa y viajó a Tucumán para hablarles a los integrantes del Congreso.

Belgrano arribó -atención a la fecha- el viernes 5 de julio de 1816. Era muy valorado por los distintos sectores que participaban de la asamblea y todos querían conocer su opinión. Se reunió en sesión secreta con los congresistas el sábado 6 de julio y ofreció un panorama claro y concreto

Entusiasmados con la exposición de Belgrano, y conscientes de que la única manera de dar un paso hacía adelante sería dejando las abismales diferencias en un segundo plano, el lunes 8 los diputados trabajaron en los preparativos de la ansiada declaración. El martes 9 de julio, la histórica sesión comenzó a las 8 de la mañana y se extendió hasta las 17. Ante el general Belgrano y el Director Supremo Pueyrredon se consolidó la identidad de nuestra Patria con la Declaración de la independencia.

A doscientos años, rendimos homenaje a los veintinueve diputados que firmaron el acta y a los hombres que gravitaron en el Congreso, guiándolo y protegiéndolo: San Martín, Belgrano, Pueyrredon y Güemes. ¡Viva la Patria!

 

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Los granaderos que defendieron a Illia

Pegó el grito y se lanzó a la carga. El coronel José de San Martín montado en un bayo volaba, sable en mano, hacia una pared de sorprendidos soldados realistas. Se iniciaba el glorioso combate de San Lorenzo que tuvo como primera víctima el bayo del comandante. En la rodada, quedó atrapada la pierna del intrépido jinete que además se sacó el hombro. Lo salvaron los granaderos Juan Bautista Baigorria y Juan Bautista Cabral. El bayo sacrificado pertenecía a la caballada que les había entregado el vecino Alfonso Rodrigáñez.

San Lorenzo fue el bautismo de fuego del Regimiento de Granaderos a Caballo. Luego de mil hazañas, en 1826, el presidente Rivadavia decretó su disolución.

En 1903, a instancias del ministro de Guerra Pablo Riccheri (nacido en la ciudad de San Lorenzo), el presidente Roca reconstituyó el Regimiento. En 1907, el presidente Figueroa Alcorta estableció que fuera cuerpo de escolta presidencial.

En 1955, los granaderos defendieron la Casa Rosada del ataque aéreo. Además de la guardia habitual, se sumaron fuerzas que se trasladaron desde el cuartel de Palermo. En total actuaron dos jefes, dieciséis oficiales, 47 suboficiales y 265 granaderos. En la defensa murieron nueve hombres. Los jefes que defendieron a Perón eran antiperonistas, pero, más allá de tal condición, eran granaderos y escoltas presidenciales.

En junio de 1966, los 30 granaderos apostados en la Casa de Gobierno se reunieron en el Patio de las Palmeras, comandados por su jefe, el teniente primero Aliberto Rodrigáñez Riccheri, 31 años (a quien vemos en las tres fotos), descendiente del hombre que le entregó el bayo a San Martín para el combate de San Lorenzo, y de Pablo Riccheri, el militar que propuso la recreación del regimiento.

El Ejército marchaba rumbo a la Casa Rosada para deponer al presidente Illia por la fuerza. Rodrigáñéz Richheri le dijo a sus hombres que ubicaran las dos ametralladoras y alistaran los fusiles. Y si se acaban las municiones, todavía quedarían los sables. Estos granaderos estaban dispuestos a defender al presidente aun frente al resto de las fuerzas militares. La arenga del jefe retumbo en el patio: “De aquí puede ser que nos saquen a la fuerza, pero con las patas para adelante”.

El teniente general Julio Alsogaray, vocero de los sublevados, llegó a las puertas de la Casa de Gobierno e intimó a los granaderos a rendirse. Rodrigáñez le respondió que él y sus hombres defenderían la posición. Ante la situación de tener que ingresar cobrándose la vida de treinta valientes, las fuerzas sublevadas debieron aguardar. Corrían los minutos y los granaderos se mantenían en guardia. En tan apremiante situación, el doctor Illia relevó de responsabilidades a los granaderos y ordenó que desactivaran la defensa.

Los sublevados lograron su lamentado objetivo. Pero antes de poder completarlo recibieron una clara lección: a los granaderos nadie los pasa por encima.

Aliberto Rodrigáñez Riccheri fue condecorado por el presidente Macri dos días antes de cumplir 82 años.

 

Illia y los cowboys

El presidente Arturo Umberto Illia (a quien vemos saliendo del Congreso el día de la asunción, 12 de octubre de 1963) se quedaba a dormir en la Casa Rosada, de lunes a viernes. Por ese motivo, para despejarse un poco y cambiar de aire, solía salir a caminar a la noche con Eduardo Pompilio, mozo de presidencial, quien narró una curiosa anécdota,

Luego de comer —Illia siempre lo hacía temprano—, tomó con la punta de sus dedos la manga del saco de Pompilio. Esa era su manera de manifestar que llegaba la hora de partir al paseo nocturno. El presidente anunció: “Vamos a ir al cine Avenida. Me dijeron que están dando una película de cowboys que es una maravilla. ¡Dicen que hay como cinco tiros por minuto!”. (Illia, agregamos, tenía predilección por las de cowboys). Cruzaron la Plaza de Mayo y caminaron todas las cuadras de Avenida de Mayo, ya que el cine estaba en la otra punta, casi llegando a la calle Luis Sáenz Peña. Esas dos siluetas tenían algo quijotesco: Illia era flaco y Pompilio “bastante gordito”, según su propia y sincera descripción.

Al cine entraron tarde: ya había empezado. En la oscuridad, el presidente se tropezó con la primera butaca. El mozo cayó sentado en otra. Demasiado ruido. Recibieron chistidos y reprobaciones del público. Para no reincidir, se quedaron sentados ahí, en la última fila. Cuando terminó la vista y se encendieron las luces, dos o tres que salían apurados lo reconocieron. Resultó que el molesto era nada menos que el Presidente de la Nación. En segundos, todo el cine lo aplaudía. Con un gesto simpático respondió a los saludos. La noche había comenzado con abucheos, pero terminó con aplausos.

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Orígenes del zoo porteño

En terrenos del barrio de Palermo que pertenecieron a Juan Manuel Rosas se estableció en 1875 el Parque 3 de Febrero, un pulmón para la ciudad donde además se proyectarían dos jardines, el Botánico y el Zoológico.

El de los animales tuvo como antecedente algunos corrales con ejemplares en la actual avenida del Libertador y Casares, hacia el río. Luego se mudó al espacio que ha venido ocupando hasta ahora. Se inauguró el 30 de octubre de 1888 y su primer director fue Eduardo Ladislao Holmberg.

Durante su gestión, con los escombros de la casona que perteneció a Rosas se construyeron los principales pabellones. Su segundo director, el romano Clemente Onelli, vivía en el propio Zoológico: su casa estaba en Acevedo (hoy República de la India) y Cerviño, pero del lado de adentro del Jardín.

Onelli fue muy popular. Se lo encontraba recorriendo las instalaciones, controlando las actividades, regalando golosinas a los chicos y dando instrucciones a los cuidadores. Decía que los animales eran pensionistas y que era su responsabilidad que la estadía de las bestias fuera adecuada. En la imagen lo vemos alimentando a una jirafa. Entre los muchos textos que ha escrito sobre los animales que cuidaba, se destaca una triste despedida a un oso que partió cargado de años. Este hombre, que una vez trajo una jirafa desde el puerto, atada con una correa como si fuera un perro, convirtió al Jardín Zoológico en una de los principales atractivos de Buenos Aires.

Fue nutriéndose con ejemplares comprados al exterior más donaciones de los locales. Todo aquel que encontrara un reptil, ave, simio o felino curiosos en sus campos, lo llevaba a Onelli como donación para el paseo.

Para quien llegaba a la ciudad, el Zoo de Palermo era una de las visitas imperdibles. El príncipe de Gales (futuro Eduardo VIII que luego abdicaría a la corona británica) lo conoció, pero hubo otro caso que mantuvo a los porteños en vilo. En 1924, el príncipe Humberto de Saboya desapareció durante horas ante la preocupación general. Al final se supo que había ido a recorrer el Jardín Zoológico con su compatriota Onelli.

Otro caso destacable fue el del bailarín ruso Vaslav Nijinsky quien, luego de haber contraído matrimonio en la iglesia de San Miguel, concurrió a pasear al Zoo junto con su flamante esposa. Solía observar los zancudos con el fin de imitar sus movimientos.

A medida que fue creciendo la ciudad, el Jardín Zoológico fue encerrándose y perdió su privilegiado espacio abierto.

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“Mucho me falta para ser un verdadero Padre de la Patria” (Belgrano)

Abandonó una brillante carrera de economista y el alto cargo en el Consulado de Buenos Aires para dirigir ejércitos a pesar de ser un inexperto militar. Aun con un estado de salud deplorable, Manuel Belgrano se mantuvo al frente de las responsabilidades asumidas.

En 1813 recibió un premio de cuarenta mil pesos (un sueldo alto en ese tiempo equivalía a ocho mil 8000 pesos anuales) y lo donó para la dotación de cuatro escuelas. A él le debemos la escarapela, la bandera, los dos triunfos más importantes (Tucumán y Salta) en el actual territorio argentino durante la Guerra de la Independencia y su devoción por la Patria y por su gente. Aquí reunimos quince conceptos del magnífico prócer, Manuel Belgrano:

1. “El miedo sólo sirve para perderlo todo”.

2. “Ni la virtud ni los talentos tienen precio, ni pueden compensarse con dinero sin degradarlos”.

3. “Nuestros patriotas están revestidos de pasiones, y en particular, la de la venganza. Es preciso contenerla y pedir a Dios que la destierre, porque de no, esto es de nunca acabar y jamás veremos la tranquilidad”.

4. “El modo de contener los delitos y fomentar las virtudes es castigar al delincuente y proteger al inocente”.

5. “El camino seguro de la libertad es la lucha por la libertad social”.

6. “Fundar escuelas es sembrar en las almas”.

7. “Trabajé siempre para mi patria poniendo voluntad, no incertidumbre; método, no desorden; disciplina, no caos; constancia, no improvisación; firmeza, no blandura; magnanimidad, no condescendencia”.

8. “No es lo mismo vestir el uniforme militar, que serlo”.

9. “La vida es nada si la libertad se pierde”.

10. “No busco el concepto de nadie, sino el de mi propia conciencia, que al fin es con la que vivo en todos los instantes y no quiero que me remuerda”.

11. “Mucho me falta para ser un verdadero Padre de la Patria, me contentaría con ser un buen hijo de ella”.

12. “Lo que creyere justo lo he de hacer, sin consideraciones ni respetos a nadie”.

13. “Parece que la injusticia tiene en nosotros más abrigo que la justicia. Pero yo me río, y sigo mi camino”.

14. “Renuncio a mi sueldo de vocal de la Primera Junta de Gobierno porque mis principios así me lo exigen”.

15. “Un pueblo culto nunca puede ser esclavizado”.

Al morir Belgrano, por falta de dinero, su lápida se hizo con el mármol de la cómoda de uno de sus hermanos.

La reconstrucción del rostro de Güemes

Martín Miguel Juan de la Mata de Güemes Montero Goyechea y la Corte nunca fue retratado. La prematura muerte del prócer salteño, a los 36 años, nos privó de contar con una imagen real para la posteridad.

Entonces, ¿de dónde provienen los retratos que conocemos? Derivan de las narraciones más o menos imprecisas de los contemporáneos del héroe. Bernardo Frias, primer biógrafo de Güemes, recaudó información consultando a compañeros y amigos. Así pudo saber que cuando era niño cayó del caballo y el golpe le dejó una cicatriz en el párpado derecho. Por su`parte, Dionisio Puch, cuñado del general muerto en acción en tiempos de la Guerra por la independencia nacional, dijo que “su mirada expresaba la firmeza del guerrero y la benevolencia del filósofo”.

Gracias a las descripciones, puede concluirse que Güemes era alto, superando el metro ochenta, de cabellera abundante y ondulada, frente espaciosa y nariz recta, perfil delicado, ojos almendrados y una barba abundante que cuadraba con el rostro.

Pero cuando se decidió contar con una imagen oficial, lo que definió el enigma fue un daguerrotipo de su hijo, Martín del Milagro Güemes Puch (a quien vemos en el óleo de la derecha). Su mujer -y además prima-, Adela Güemes Nadal aseguraba que su marido era muy parecido a su suegro. Algunos paisanos que conocieron al caudillo confirmaron su versión.

La imagen del patriota, casi de cuerpo entero, fue realizada por Eduardo Schiaffino en el año 1902, ochenta y un años después de su muerte. Schiaffino compuso el rostro basándose en los relatos recopilados por Frías y en la imagen del hijo parecido. Pero además reunió a tres nietos del héroe gaucho quienes posaron para el artista. De cada nieto tomó un detalle: la frente de uno, la nariz y boca del siguiente, y la barbilla y orejas del otro.

Este retrato del caudillo se encuentra en el Museo de Bellas Artes de la provincia de Salta.

Brown y el entierro de dinero en 1812

En el desolado camino –hoy avenida Quintana– que unía la Recoleta con la parte poblada de la ciudad de Buenos Aires, en la noche del 14 de abril de 1812, una partida celadora comandada por el capitán Juan José Ferrer detuvo a tres sujetos que evidenciaban conductas sospechosas. El trío estaba conformado por:

Un inglés alto y pelirrojo, ataviado con un poncho pampa, un joven criollo de condición humilde y un moreno aún más pobre.

Nada inocente podría estar haciendo el grupo en la Calle Larga (Quintana, de 400 metros, iba desde las actuales Libertad hasta Callao sin ser cruzada por ninguna otra calle) a partir de las ocho, cuando el sol se había puesto y la oscuridad ofrecía amparo.

La partida celadora los detuvo. El inglés del poncho protestó por dos motivos: era súbdito británico y, además, no había hecho nada malo. Sin embargo, su inocencia estaba muy en duda. En cuanto al criollito y al negro, su único delito era haber obedecido a su amo. ¿Qué habían hecho estos tres hombres? Sepultar un tesoro junto a unos sauces.

Tanto los empleados como el inglés – Irlandés en realidad – fueron alojados en el Cuartel del Regimiento de Patricios, en la Manzana de la Luces. El enigmático sepulturero era Guillermo Brown, de 25 años, comerciante en ese entonces, y futuro almirante y prócer de las fuerzas navales de la Patria.

Todo el día 15 estuvo en la prisión del cuartel. El 16 le escribió al cónsul. capitán británico Peter Green: “Como vasallo de Su Majestad Británica me tomo la libertad de dar parte a usted que entre las 7 y 8 de la tarde del 14 del corriente, estando en el camino que tira de la Recoleta a la ciudad, sin armas ni nada con que defenderme, un oficial con su partida me hicieron prisionero y me condujeron a la cárcel de donde escribo ésta (…). El motivo que me instaba pasar por este destino era el entierro de unos quinientos pesos, que había mandado por mi criado y un negro, y que iba a efectuar en algún lugar seguro de la playa por el camino de San Isidro, para quedar allí hasta que se me presentara la oportunidad de un buque mercante que los condujera a mi mujer y familia en Inglaterra, a fin de que participara conmigo una parte de lo que con tanto trabajo he ganado”.

¿Era delito sepultar dinero? No. Hasta era habitual hacerlo: la gente no guardaba sus valores en el colchón, sino que los enterraba. Pero se presumía que quién lo hacía en la costa quedaba a la espera de una noche propicia para embarcarlo. Cuando las condiciones del tiempo lo permitieran (baja visibilidad y aguas calmas) era desenterrado y cargado a un bote que lo transportara hasta un buque, salteando los controles de la Aduana.

Cabe preguntarse por qué no guardaba uno el dinero en su casa y lo transportaba al bote en la noche ideal. Eran varios los motivos. Uno de ellos, la seguridad. Brown había terminado un negocio nada fuera de lo común (llevaba mercadería a Chile en un barco que se averió y terminó cruzando los Andes con mulas cargadas). A Buenos Aires regresó con buena cantidad de dinero. Él no vivía en una casa propia, sino en la Fonda de los Tres Reyes. Estaba muy expuesto a que le robaran la recaudación. Debe notarse qué, según declaró, él no llevaba el dinero, sino que lo había pasado al criado y al negro para que lo transportaran. Era una manera de proteger sus ahorros, porque si lo asaltaban en el camino, sólo a él lo revisarían.

Ese tipo de depósito era común y se denominaba entierro o tapado.

El capitán Green logró convencer a las autoridades de que el irlandés había actuado con desconocimiento de las normas aduaneras y que en todo caso su idea era pagar el viaje a su familia para que se radicaran en Buenos Aires. Fue liberado bajo promesa de que no volvería a hacerlo.