Himno chileno, música argentina

El patriótico cruce de los Andes, realizado en 1817 fue la oportunidad para que muchos chilenos –exiliados en Mendoza luego de la derrota de Rancagua en 1814– volvieran a su tierra. Entre los repatriados se hallaba Bernardo de Vera y Pintado, primo de la mujer de Bernardino Rivadavia y secretario de José de San Martín. Vera y Pintado (a quien vemos en el retrato) retornaba a su residencia en Chile, pero en realidad era santafesino.

Después de Cancha Rayada, cuando se pensó que toda la campaña libertadora estaba a punto de fracasar, O’Higgins ordenó que lo deportaran a Mendoza. Sospechaba que tramaba algo en contra del gobierno patrio. “Vera no debe volver a Chile de ningún modo –le escribió O’Higgins a San Martín el 27 de mayo de 1818–; porque, sobre tener la peor opinión de mala conducta, es el enemigo más decidido de usted, de mí, y de todo lo que no sea anarquía”.

Sin embargo, algo le habrá hecho cambiar de opinión, ya que Vera no sólo regresó, sino que en julio de 1819 el propio O’Higgins le encargó al santafesino que escribiera un himno para su nación. Hasta ese momento, en Chile el que se cantaba era el argentino e incluso se tiene registro de una fiesta en la cual lo interpretó San Martín a capela, con su voz de barítono.

Vera y Pintado creó un himno para los chilenos que contenía algunas frases ríspidas, como por ejemplo:

“El cadalso o la antigua cadena
os presenta el soberbio español:
arrancad el puñal al tirano,
quebrantad ese cuello feroz.

Ciudadanos, mirad en el campo
el cadáver del vil invasor;
que perezca ese cruel que el sepulcro
tan lejano a su cuna buscó”.

El himno chileno se entonó por primera vez el 18 de septiembre de 1819, día de su fiesta nacional. No tenía música, pero eso no fue un escollo. Para cantarlo se empleó la que compuso el catalán Blas Parera para el Himno Nacional Argentino. Durante casi un año, hasta que Manuel Robles le dio una melodía original, el himno chileno tuvo la misma música que el argentino. La letra se mantuvo hasta 1844, cuando fue cambiada por completo.

El abrazo de San Martín y O’Higgins

O’Higgins murió en 1842. San Martín, en 1850. Sin embargo, Pedro Subercaseaux Errázuriz, nacido en 1880, sentía que los había conocido personalmente. Fue lo que aseguró en 1908 cuando pintaba este cuadro denominado El abrazo de Maipú. El mismo recrea la tarde del 5 de abril de 1818, en el instante en que O’Higgins, con un cabrestillo en su brazo derecho por la herida sufrida en Cancha Rayada, acudió al campo de batalla para saludar a San Martín, una vez que la victoria estaba definida.

¿Qué ocurrió aquella tarde? El libertador chileno abrazó al argentino mientras le decía: “¡Glorias al salvador de Chile!”. San Martín le respondió: “General: Chile no olvidará jamás el nombre del ilustre inválido que el día de hoy se presentó herido en el campo de batalla”. Esa fue la escena que coronó la jornada de la liberación definitiva de la nación trasandina.

Por gestión del embajador chileno en la Argentina, El abrazo de Maipú fue expuesto en la sede del Jockey Club porteño, en noviembre de 1908. de inmediato lo adquirió el gobierno argentino, junto con La batalla de Chacabuco y La batalla de Maipú (un óleo que había realizado en 1904). Para completar la venta, Subercasseaux viajó a Buenos Aires y, durante su estadía, Adolfo P. Carranza, el director del Museo Nacional (el mismo que gestionó en 1897 el regreso del sable corvo de San Martín) lo contrató para que realizara otras pinturas, aprovechando la generosa ola evocativa del Centenario.

Con fondos disponibles para celebrar la fecha emblemática de la historia argentina, le encargó tres cuadros: el Cabildo Abierto del 22 de Mayo, la Reunión en casa de Mariquita Sánchez de Thompson cuando se cantó por primera vez el Himno Nacional y también un retrato de Mariano Moreno. Se sabe que por el del Cabildo Abierto se pagaron quince mil pesos, un monto similar por el de la casa de Mariquita y tres mil pesos por el de Moreno.

Todos esos cuadros, incluidos La batalla de Maipú, La batalla de Chacabuco y El abrazo de Maipú, forman parte del patrimonio del Museo Histórica Nacional, ubicado en Parque Lezama.

Nuestra primera aviadora

Por los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo, en 1910 llegaron los primeros aviadores al país. Eran franceses e italianos. Si bien los vuelos eran a baja altura (alrededor de 30 metros), muchos entusiastas se anotaron en el curso para obtener la licencia de piloto. Los primeros argentinos en recibirse fueron Florencio Parravicini, Juan Alberto Roth y Jorge Newbery.

Entre las mujeres, la pionera fue Amalia Figueredo, una rosarina que no aspiraba a pasar desapercibida. Estudió obstetricia en la Facultad de Medicina de Buenos Aires y también música en el célebre Conservatorio Fontova. Sin embargo, las demostraciones de los pilotos aéreos la llevaron, primero a realizar algunos vuelos con los especialistas, y luego a inscribirse en la Escuela de Aviación, en mayo de 1914, cuando ya había cumplido los 19 años.

Luego de las prácticas en el aeródromo de Villa Lugano (como la vemos en la nota que dio a Caras y caretas), Amalia se recibió de aviadora en en julio. El segundo domingo de octubre, realizó vuelos en el barrio de Belgrano, ante una numerosa concurrencia que quería ver su destreza. Recordemos que para esa fecha, las mujeres ya tramitaban su licencia de conducir, pero era extraño ver a alguna de ellas manejando por la calle.

En marzo de 1915 decidió salir a volar por el país. Su primer destino fue Rosario, su ciudad natal. Su carrera como aviadora llegó a su fin cuando se casó en 1916 con Alejandro Pietra. Enviudó en 1928, pero no volvió a volar: se dedicó a la crianza de sus hijos. Sí obtuvo premios y distinciones en todo el mundo hasta sus últimos días, en octubre de 1985.

Amalia Figueredo fue la primera aviadora argentina. ¿La segunda? Enriqueta Fruchard.

 

 

Manuel Belgrano en Vilcapugio

Un gran experto en remar contra la corriente fue Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano. No la tuvo fácil cuando recibió lo que quedaba del desmoralizado Ejército del Norte que había sido vencido en Huaqui, en el Alto Perú. Sin embargo, a fuerza de voluntad y del importante núcleo de resueltos patriotas del norte que lo apoyaron, el exitoso abogado y economista porteño logró remontar las fatalidades y el Ejército del Norte renació en las batallas de Tucumán (en septiembre de 1812) y Salta (en febrero de 1813). ¿Próximo destino? Alto Perú.

La pampa de Vilcapugio se presentó como una escala más a vencer. Las fuerzas patriotas, compuestas por 3600 hombres, tenían confianza. Aunque no estaban bien equipados, el viento a favor de las victorias previas se hacía sentir. La bandera creada por Belgrano marcaba presencia en el territorio.

El choque fue desigual en la mañana del 1 de octubre de 1813. El hostigamiento de la artillería patriota y la decidida carga de dos batallones del Regimiento de Pardos y Morenos desarmó el centro enemigo. Comenzó el desbande y no hubo realista que no pegara la vuelta dispuesto a salvar el pellejo.

Los nuestros se lanzaron en una carrera alocada, primero para empujarlos fuera del campo y luego para atrapar enemigos, pertenencias de enemigos, armamentos, animales y todo aquello que pudiera servir como trofeo. Sin embargo, surgió un sonido inesperado: una trompa sonó tocando retirada.

Sin posibilidades de comprender qué estaba ocurriendo, los patriotas pegaron la vuelta de inmediato y pasaron de perseguidores a perseguidos. El caos se apoderó de la escena. Belgrano, sorprendidísimo, actuó sin demora. Tomó la bandera, trepó a un morro y ordenó a un corneta que dejara los pulmones llamando a reunión. La imagen era imponente. Belgrano, desde la cima de un morro, con la bandera en alto, desafiando una vez más todas las calamidades.

¿Cuántos acudieron? Trescientos. Unos montaban, otros estaban a pie; algunos, más enteros, cargaban heridos. Otros se arrastraban. Allí estaban Diego Balcarce, Eustoquio Díaz Vélez, Gregorio Perdriel y también Lorenzo Lugones, quien años más tarde evocó aquella complicada tarde, la del 1 de octubre de 1813:

“El sol se había inclinado demasiadamente al ocaso y el ejército de la patria en aquella desgraciada hora reducido a miserables restos, se apiña en torno de su general: este, después de haber pasado por mil lances fatigosos, parecía que se hubiese extasiado en la contemplación de aquellos fatales momentos, con la calma que suele sobrevenir después de grandes y extraordinarias agitaciones; parado como un poste en la cima del morro y los ojos fijos, sobre un campo cubierto de cadáveres y ensangrentados despojos”.

Pero pronto reaccionó y dijo a sus hombres: “Soldados, ¿conque al fin hemos perdido después de haber peleado tanto? La victoria nos ha engañado para pasar a otras manos, pero en las nuestras aún flamea la bandera de la patria”.

El general sabía que la única oportunidad, si había alguna, era salir de ahí esa misma noche. Pero no lo haría de manera miserable ni desorganizada. No era un sálvese quien pueda, sino un salvemos a los trescientos.

“Tan luego como acabó de anochecer –escribió Lugones–, el general arregló personalmente nuestra retirada, mandó desmontar toda la poca caballería que se había reunido con don Diego Balcarce y colocó en el centro a todos los heridos que se acomodaron de a dos y de a tres en cada caballo, sin exceptuar ni el del general. Y luego encargando a un jefe, don Gregorio Perdriel, el cuidado de la columna en marcha, lo colocó a la cabeza entregándole la bandera para que la condujese”.

¿Dónde marchó Belgrano? Eso también lo respondió Lugones: “Cargando al hombro el fusil y cartuchera de un herido, se colocó a la retaguardia de todos y dio la orden de desfilar”.

Lograron evadir la vigilancia enemiga. Esa noche salieron de la boca del lobo en silencio, sacando a todos los heridos. Por delante de la columna, la bandera. Cuidando las espaldas de los trescientos, con el fusil al hombro, su comandante, el general Manuel Belgrano.

Extraído de “Estrellas del pasado”, libro de mi autoría,
publicado por Editorial Sudamericana.

Los padres de los patriotas

De los nueve integrantes de la Primera Junta surgida en 1810, dos habían nacido en  España: Juan Larrea y Domingo Matheu. Los restantes eran americanos, nacidos en Buenos Aires, salvo Saavedra, oriundo de Potosí, en el Alto Perú (hoy Bolivia). Pero, ¿qué ocurría con sus madres y sus padres? Veamos:

SaavedraEntre los hombres, sólo era porteño Santiago Felipe de Saavedra, padre del presidente de la Junta (cuyo escudo vemos a la izquierda). En cambio, los otros ocho eran europeos:  Domingo del Passo (gallego), Manuel Moreno (santanderino), Antonio Alberti (piamontés), Vicente de Azcuénaga (vizcaíno), Domingo Belgrano (genovés), Ángel Castelli (veneciano; el escudo de la familia se ve abajo a la derecha), más los catalanes Pablo Matheu y Martín Ramón de LarreaSNC00280

En cuanto a las madres de los integrantes del primer gobierno patrio, ocho de las nueve nacieron en la misma ciudad que su hijo. Teresa Rodríguez Giraldez de Saavedra, era potosina como Cornelio. Ana María Valle de Moreno, María Manuela Fernández de Escandón y Astudillo de Passo, María Josefa Villarino y González de Castelli, María Josefa González Casero de Belgrano, Juana Agustina Marín de Alberti y Rosa Benedicta de Basavilbaso de Azcuénaga, todas porteñas.

Antonia Xicola de Matheu era oriunda de Mataró y la excepción fue Tomasa Espeso de Larrea, nacida en Palencia. Su familia se trasladó a Barcelona y allí conoció a Martín Larrea.

El duelo fallido

El peruano Zacarías Reyna había tenido una actuación destacada en la batalla de Ayacucho (que vemos en la imagen) donde recibió el ascenso a Capitán de Caballería. En 1825 regresó a Lima donde fue recibido como héroe. Allí lo esperaba su novia, una adolescente muy atractiva oriunda de Guayaquil quien había llegado a la ciudad en compañía del padre de Reyna.
Zacarías vivía en el cuartel mientras que su padre y su novia se hospedaban en lo de una tía del soldado. Pero había un problema: en la casa también vivía un primo de la misma edad de Reyna que no tardó en comenzar a cortejar a la hermosa joven.
Aunque la joven lo rechazaba una y otra vez, el primo no abandonaba sus intenciones. Reyna, enterado de la situación, fue a recriminarle su actitud. Como respuesta recibió un cachetazo de su primo, es decir, un reto a duelo.
Convinieron el lugar y las armas (espadas) y el horario del encuentro. Pero ocurrió lo inesperado. El valiente capitán Reyna no acudió a la cita y hasta lo vieron a la hora del duelo caminando en compañía de su padre y su tía.
Cuando la novedad llegó al regimiento, el coronel ordenó que se lo degradara por cobarde. Se formó al soldado frente al batallón, se hizo replicar el tambor y el jefe le arrancó las charreteras, le quito la espada, la rompió y lo expulsó del cuartel.
Reyna se emborrachó y quedó tendido en la calle, donde un cura franciscano lo recogió para llevarlo a su convento. Humillado partió a Salta y se convirtió en arriero. En 1830, se estableció en un campo de Buenos Aires y formó familia con una paisana del pago.
Así culmina la historia del hombre que pudo tener una carrera militar brillante destacado por su coraje hasta que su vida tuvo un giro inesperado por un acto de cobardía. ¿Por qué rehusó aquel duelo? Porque esa mañana en que debía batirse, su padre y su tía le revelaron que su primo era en realidad hijo de ellos dos, es decir, su hermano.

Breve historia de la Semana de Mayo

Mayo de 1810. En casa de los Rodríguez Peña se iniciaron las reuniones en las que se planteó la necesidad de un cambio. El virrey dependía del rey de España, que ya no gobernaba. Pasó a depender de la Junta de Cádiz, que se había disuelto. Era tiempo de debatir el futuro del virreinato. Con el apoyo del Regimiento de Patricios, comandado por Cornelio Saavedra (a quien secundaba Juan José Viamonte) reclamaron al virrey Cisneros la convocatoria de una Asamblea General o Cabildo Abierto, es decir, con la participación de los principales vecinos. El virrey, sin el apoyo de las armas, se vio obligado a aprobarla.

El lunes 21 de mayo se imprimieron las invitaciones. Cincuenta celadores las repartieron y pegaron los bandos en las esquinas, un trabajo que hacían con gran destreza sin desmontar. Además, se contrataron carretas para transportar bancos de la Catedral y de las iglesias de Santo Domingo, San Francisco y la Merced. De esta manera resolvían el problema de la cantidad de vecinos que acudirían al día siguiente. Para reunir los escaños se hicieron doce viajes a las cuatro iglesias.

Por la cantidad de gente fue necesario acondicionar el balcón mediante lonas y tapices que cerraran el lugar para disimular el frío de mayo, y darle privacidad de la reunión. Tampoco descuidaron la iluminación. Por lo general, el Cabildo sesionaba a la luz del día y en todo caso, con un par de velas se resolvía el problema. Pero esta vez serían varias horas de debate. Se envío por una provisión importante de velas e hilo.

Mientras tanto, ese lunes, en la casa de Nicolás y Casilda Rodríguez Peña, situada en las actuales Suipacha y Bartolomé Mitre, los patriotas Castelli, Vieytes, Belgrano, Saavedra y varios más debatían una estrategia a seguir en la Asamblea del martes 22. La reunión terminó después de la medianoche. Amparados por la oscuridad, partieron cada uno rumbo a su casa.

A partir de las ocho de la mañana del martes 22 de mayo comenzaron a llegar los invitados al Cabildo. Asistieron 251 vecinos de los 450 que habían sido convocados. La imagen de una reunión muy formal y organizada se contrapone al contenido de las cartas y relaciones que fueron escritas en los días posteriores. Hubo empujones, gritos y hasta insultos para algún orador poco convincente. La ovación de la jornada la tuvo un español, el general Pascual Ruiz Huidobro. Solicitó que el virrey Cisneros renunciara de inmediato. Fue ovacionado. El Cabildo Abierto terminó a la medianoche, una vez que el último vecino votara.

El miércoles 23, los funcionarios del Cabildo encargados del escrutinio de votos llevaron adelante una maniobra para mantener al virrey en el poder. Anunciaron que Cisneros sería depuesto, pero lo reincorporaron en un Junta, acompañado de cuatro vecinos: los criollos Saavedra, Castelli y el sacerdote Juan Nepomuceno Solá, más el comerciante español José Santos Inchaurregui.

El 24 de mayo a las tres de la tarde, los integrantes de aquella primera Primera Junta se arrodillaron frente al crucifijo, en el piso superior del Cabildo, y juraron fidelidad al rey. Cisneros dijo palabras de rigor y, una vez concluida la ceremonia, el quinteto cruzó la Plaza hacia el fuerte (donde ahora está la Casa Rosada). Los capitulares se abrazaron: aún frente al avasallador resultado electoral del Cabildo Abierto, el virrey seguía a la cabeza.

Los promotores de la Revolución no celebraron. Por la noche, los patriotas increparon a Saavedra y Castelli en la casa de Rodríguez Peña. Haber aceptado integrar la Junta con el virrey había sido los mismo que fracasar. Dos decisiones fundamentales se tomaron esa madrugada: los vocales renunciarían al amanecer y se presionaría al Cabildo para que aceptara creación de una nueva Junta, integrada por un presidente, dos secretarios y seis vocales. Cisneros no podía figurar.

El amanecer del 25, frío y lluvioso, no invitaba a salir a la calle. Como cada vez que llovía, Buenos Aires era un barrial. Sin embargo, los capitulares acudieron al edificio bien temprano y se encerraron en la planta alta, enterados de que la Junta que había asumido se había disuelto. Hombres dirigidos por French se asomaron por la Plaza. Saavedra y Beruti ingresaron a entrevistarse con los cabildantes y le entregaron la lista con los nueve nombres que debían conformar la nueva Junta. Lezica les agradeció el listado y dijo que sería tratado por el cuerpo capitular. La puerta se cerró. Era tiempo de esperar. Muchos de los postulados se reunieron en la casona de Azcuénaga, en la esquina de las actuales Rivadavia y Reconquista. French acudió al Cabildo y le alcanzó a los funcionarios varias hojas con firmas de vecinos que reclamaban la instalación de la Junta. Les advirtió, además, que el tiempo de las decisiones se agotaba.

La única salida posible era aceptar los términos. A las tres de la tarde, Saavedra, Passo, Moreno, Alberti, Azcuénaga, Belgrano, Castelli, Larrea y Matheu se hincaron frente al crucifijo y juraron “desempeñar legalmente el cargo”. Fue el acta de defunción del virreinato, el gobierno patrio había nacido.

El Palacio del Correo

Aquí, un video con audio que cuenta una breve historia de la construcción del edificio que funcionó hasta septiembre de 2002.

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Incidentes en el fútbol (1916)

Para los festejos por el Centenario de la Independencia argentina, en 1916 se jugó un Torneo Sudamericano donde participaron Chile, Uruguay, Brasil y la Argentina (país anfitrión). A la final llegaron la Argentina y Uruguay. Pero lo que ocurrió en la tarde del domingo 16 de julio de 1916 llenó más espacios en los periódicos de lo que hubiera ocupado la crónica del partido.

El clásico del Río de la Plata se jugaría en el estadio de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (GEBA) de Palermo, considerado el mejor de Sudamérica. Es el que vemos en la foto, cuando compitieron chilenos y uruguayos.

El partido comenzaba a las 14:30, pero una gran cantidad de espectadores comenzó a acercarse a Palermo antes del mediodía. La compra de entradas se efectuaba en las boleterías del club y según la crónica periodística, “la gente se apretujó en torno de ellas a partir de las 12:30 en una lucha a codazo limpio para llegar hasta las ventanillas”. Las colas eran inmensas y la concurrencia superaba la capacidad de las tribunas que era de 20.000 espectadores. El público era controlado por once efectivos policiales designados.

“A la 1:10 hubo varios millares que optaron por renunciar a la lucha frente a las boleterías y arremetieron, en cambio, contra los guardianes de las puertas de acceso”, escribió un cronista. Se llevaron puesto a un policía y su caballo, los dos primeros heridos de la jornada. “Una multitud se desparramó por la tribuna oficial, trepando en tropel a las gradas y ocupando los sitios disponibles en los palcos, que a esa hora estaban en su casi totalidad ocupados por familias. Estas pasaron, por cierto, un instante poco agradable”.

Como la cantidad de publico superaba por mucho la capacidad de las tribunas, la propia cancha quedó colmada de gente. Cuando salieron los equipos a disputar el partido y vieron lo que ocurría, regresaron a los vestuarios. Ya se habían cambiado cuando se resolvió que se jugaría el partido, pero no sería el definitorio del torneo, sino un amistoso. Volvieron a cambiarse, salieron a la cancha y ayudaron a la policía en la tarea de sacar a la gente. Los intrusos se ubicaron en un costado, a medio metro de las líneas laterales.

Carlos Fanta, el árbitro chileno, dio comienzo al partido a las 3:30. Antes de los dos minutos se realizó el primer lateral. Con la gente encima, el jugador uruguayo intentó hacer el saque, pero otra vez el campo de juego se vio desbordado y los futbolistas, resignados, se retiraron al vestuario.

Era imposible intentar llevar adelante el partido. Y se desató la furia. Un testigo de los hechos escribió: “Algunos de los manifestantes más audaces se dirigieron a los dos arcos y los arrancaron”. La redes también fueron quitadas. Uno de los arcos fue llevado, como trofeo, delante del palco oficial en donde los directivos de los equipos sudamericanos y el resto de los invitados se mantenían petrificados por el miedo. Incendiaron una de las redes. También, la tribuna popular de madera que daba al río y se prendió fuego.

Los bomberos recién lograron apagar los incendios a las diez de la noche. De las tres tribunas populares no quedó nada. El palco oficial se salvó. Hubo cuatro detenidos. El lunes 17 se jugó el partido final en la cancha de Racing de Avellaneda. Empataron sin goles y Uruguay retuvo el título. Esa vez se vendieron una cantidad específica de entradas y no bien pareció que las tribunas ya estaban bastante llenas, se suspendió la venta.

Cabe preguntarse qué clase de milagro obró para que hubiera apenas contusos en medio de un incendio que tenía 30.000 potenciales víctimas. Sin dudas, la Mano de Dios –mucho menos espectacular, pero a la vez, mucho más admirable– existió setenta años antes del gol a los ingleses.

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Los muebles de Brown

En 1815, el coronel Brown (luego almirante) partió hacia el Pacífico en calidad de corsario. Su misión era capturar barcos enemigos y mercaderías para que luego fueran subastadas y de esta manera multiplicar la inversión inicial que ofrecían el gobierno y particulares.

Pero Brown, que ya había recibido 4000 pesos, partió antes de que concluyeran los aprestos y de que se cumplieran las formalidades con el Directorio. Por ese motivo, al regresar, su casa quinta (en la zona de la Boca) y sus bienes fueron embargados con el fin de recuperar el monto que se le había entregado. A La custodia de los objetos quedó en manos de Mariano de Gainza (padre de Martín de Gainza), que se desempeñaba como guarda almacén de Hacienda.

La lista de objetos nos permite conocer qué podía encontrarse en la quinta de un vecino que vivía con las comodidades de lo que hoy llamaríamos clase media alta:

Muebles:
1 sofá de caoba tapizado en lona
1 sofá de mimbre estampado
2 docenas de sillas estampadas (en estos casos, “estampados” significa con una  moldura o friso que adorna el rústico mueble).
2 mesas
1 cama
1 silla
1 mesa de costura
1 mesita rinconera
1 tocador con espejo
1 tocador roto con cajoncitos
2 colchones grandes
2 cajas: una grande de caoba y una chica de cedro
1 calentador de bronce
2 banquitos forrados de lana
2 barriles vacíos
2 cómodas de caoba
1 aparador de caoba
1 mesa grande de comedor de caoba
1 mesa ordinaria de caoba

Utensilios:
Unos cuchillos y unos tenedores de fierro
10 copas chicas de cristal
2 vasos de cristal
1 salero de cristal
2 frascos de cristal
13 platos de loza blancos desiguales
24 platitos de café. Alguno roto.
1 tetera rota
1 taza con tapa
3 fuentes (1 rota)
1 velón de lata
3 candeleros de bronce (mientras que el velón era circular y contenía varias velas, el candelero soportaba solo una)

Elementos de higiene:
1 tina de madera de tres pies (si bien las bañaderas solían estar en el cierto de baño, algunas como esta se usaban en distintos dormitorios)
1 tina de baño
3 orinales (a falta de inodoros, que aún no se usaban)
1 lavatorio
1 batea rota

Varios:
1 carro para paseo
1 carro de basura
1 bomba de pasadizo (así llamaban a las estufas)
Los hierros de la estufa
1 alfombra grande
57 botellas de vino Oporto
2 pistolas de bolsillo
Unos trapos de lana usados
1 tarro de clavos viejos

Además, embargaron un negro de 24 años que cuidaba la casa.

Las pertenencias de Brown fueron restituidas en 1821, luego de un año de reclamos por parte de su apoderado, Juan Manuel de Álzaga.