Sarmiento y el espejo asesino

Hubo tres Isidoros en la vida de Leonor Suárez. El primero, su padre: Isidoro Suárez (el célebre coronel Suárez). El segundo, su marido: Isidoro Acevedo Laprida. Y el tercero, su nieto: Jorge Francisco Isidoro Luis Borges (el aún más célebre escritor). Pero nosotros vamos a ocuparnos del menos conocido, Acevedo Laprida.

Había nacido en San Nicolás (provincia de Buenos Aires) en 1828 y si bien no tuvo formación militar, fue soldado en los conflictos internos, como en Cepeda y Pavón. Por ser considerado un vecino respetable, fue ungido como comisario en el importante Mercado de Frutos de la Plaza Once.

Más adelante, en 1880, cuando se creó la Capital Federal, surgió la nueva Policía, y Acevedo fue nombrado a cargo de la Comisaría 3ra., una de las más importantes de la ciudad de Buenos Aires. Había sido alsinista, pero también había estado cerca de Sarmiento. Y le salvó la vida.

En sus diarios, Adolfo Bioy Casares escribió que Borges le contó la siguiente anécdota:

“En una reunión, un negro quiso voltear un espejo sobre Sarmiento para matarlo. Acevedo se interpuso y evitó el hecho. Años después, cuando en una reunión Sarmiento refería estas cosas, Acevedo le confesó: “Yo fui el que lo salvó”. “Entonces usted es un jodido -respondió Sarmiento con su provinciana voz de boca abierta-. ¿Por qué no me lo dijo?“.

Así fue como Isidro Acevedo le salvó la vida a Sarmiento y se ligó un reto del temperamental sanjuanino.

Dos lanzas quebradas

Dos bandos antagónicos chocaron en el Río de la Plata durante la década de 1840: los blancos, acaudillados por Manuel Oribe, aliados de los federales rosistas; se enfrentaron a los colorados de Fructuoso Rivera junto con los unitarios exiliados en Montevideo.

Entre los conflictos que se generaron, el Sitio de Montevideo ocupa un lugar relevante. Durante nueve años, entre 1843 y 1851, Oribe sitió la ciudad.

En noviembre de 1848, Francisco Tajes (colorado) marchó con ochenta infantes y 20 montados a emboscar a cien enemigos. Se escondieron para dar la sorpresa y una equivocación en las señas hizo que se lanzaran sobre apenas siete jinetes del ejército blanco que pasaban por el camino.

El dato curioso figura en el parte de acción que Tajes entregó a sus superiores:

“Se han tomado al enemigo tres caballos ensillados pertencientes a los muertos, y un número de armas y ponchos igualmente que no puedo en este momento precisar, pero en cuanto a las armas, son más que las que corresponden a los muertos; uno de estos es oficial, como lo prueban su gorra y su arma”.

“Nuestra pérdida consiste en un soldado muerto, dos heridos, dos caballos y dos lanzas que los enemigos han llevado quebradas dentro del cuerpo“.

Sin comentarios

Santa Fe y Talcahuano en 1936

En este corto video con audio, repasamos aspectos de la ciudad de Buenos Aires a partir de una foto tomada hace 80 años.

Sin comentarios

Cementerio de mármol y bronce

El vandalismo, las palomas y el tiempo son los principales enemigos de los monumentos. Poco podemos agregar acerca de la acción dañina de las palomas, ya que para ellas el mundo entero es un baño.

Curioso resulta asumir que el mármol y el bronce (elegidos para rendir homenajes por ser materiales de muy larga duración), terminan perdiendo la batalla del tiempo.

Y eso no es todo. Lo más triste es admitir que muchos vecinos de Buenos Aires roban, dañan y estropean nuestro patrimonio escultórico.

¿Y ahora quién podrá ayudarlos? En el Parque 3 de Febrero se encuentra el departamento de Monumentos y Obras de Arte de la Ciudad de Buenos Aires. Ocupa un espacio vecino al Jardín Japonés, donde Juan Manuel de Rosas tuvo las caballerizas durante los últimos catorce años de su mandato.

Los restauradores se encargan de reconstruir placas, limpiar obras del patrimonio de la ciudad (mediante hidrolavado y otras técnicas), repararlas y, en algunos casos, de crear  con otros materiales réplicas que terminan reemplazando a las originales.

Un ejemplo de reparación es el Monumento a España que estuvo emplazado en Costanera Sur desde 1936. fue uno de los peor maltratados, sobre todo, por las personas. Ha sido llevado al hospital de los monumentos y un equipo de especialistas trabaja para que vuelva a su esplendor.

En la imagen, vemos una de las tantas figuras del conjunto. Se tata de Cristóbal Colón, quien ocupa el centro de la escena, inclinado ante la reina Isabel de Castilla. Están reconstruyéndole el pie derecho, que le fue quitado.

Fernando de Aragón, Solís, Magallanes, Pedro de Mendoza, Garay, Cabeza de Vaca, Gaboto y Elcano también están representados, junto a otras figuras de la historia hispanoamericana. Todos serán sometidos a una renovación. Incluso, podría llegara a cambiarse el lugar del emplazamiento, una vez que se complete la restauración.

El busto de Belgrano, que coronaba una columna en las Barrancas del barrio homónimo, no ha sobrevivido al embate del tiempo. Por ese motivo, se hizo una réplica, que es la que, en la foto, vemos montada en la columna.

Mientras tanto, el Belgrano original (acostado en un carro) aguarda su redención, junto con otras valiosas piezas. Circula la idea de crear un museo de las obras originales, aquellas que, como Belgrano, han cedido su espacio (no se asuste: no es el espacio cedido blablablá de las campañas electorales) a las réplicas que se hacen en la ex caballeriza de Rosas.

Por lo tanto, llegará el día en que las “ruinas de Buenos Aires” formarán parte de la actividad turística de la ciudad.

Destino Barolo

Ya hace tiempo que un grupo de hermanos vienen organizando interesantes visitas guiadas a uno de los edificios emblemáticos de Buenos Aires, el Palacio Barolo, situado en Avenida de Mayo 1370. Habrá que agradecerle por siempre al empresario agropecuario piamontés Luis Barolo el hecho de haber convocado al arquitecto milanés Mario Palanti (coincidieron en Buenos Aires, en 1910) para llevar adelante el proyecto de un edificio que rindiera homenaje a Dante Alighieri y su consagrada Divina Comedia.

El Barolo, de veinticuatro plantas (contando los dos subsuelos) en cien metros de altura, fue el edificio más alto de Buenos Aires durante doce años (1923-1935). Sin embargo, su mentor, no pudo disfrutarlo. El empresario piamontés murió en 1922, el año previo a que se inaugurara. La idea original, que había sido conversada con el arquitecto, era trasladar los restos de Dante Alighieri desde Italia para preservarlos en la Argentina, más precisamente al centro del Palacio.

Las referencias a la Divina Comedia son numerosas (a medida que transcurre la visita, da la impresión de que aún quedan varias por descubrir), como así también la simbología masónica y la numerología. Si bien los recorridos diurnos aportan una serie de condimentos interesantes, la noche posee el atractivo del faro encendido en su cúpula (en algún momento, con “bati-señal” incluida). Allí, la ausencia de edificaciones vecinas altas, nos permite percibir que todos los escenarios se subordinan a la majestuosidad del Barolo.

Los jóvenes hermanos Thärigen, con Miqueas a la cabeza, se muestran tan entusiasmados en sus explicaciones, que da la sensación de que habitan el edificio desde los años 20. Esto logra entenderse, cuando durante la visita a una oficina típica de los primeros años, exhiben orgullosos el diploma de su bisabuelo que sí ocupó un escritorio en el singular edificio.

Es muy probable que al recorrer los pisos, surja un violinista interpretando un minué de Bach; o, tal vez, un dúo violoncellos, dándole un marco musical a la vista. Incluso, es posible toparse con el Dante, imperturbable, leyendo párrafos de su obra.

Una medida muy efectiva para preservar los edificios emblemáticos y monumentos es conocer sus orígenes, sus historias. En ese sentido, el Barolo está logrando inmunizarse y se encamina, plagado de misterios y curiosidades, hacia su centenario.

El primer intendente

Procedente de Chile, Gabriel Miguel José Antonio Benedicto Ignacio Raimundo de Avilés y Fierro, marqués de Avilés (su imagen a la derecha), asumió como virrey del Río de la Plata en 1799, a los 64 años de edad. No lo acompañó a Buenos Aires su mujer, Mercedes del Risco y Ciudad, quien pasó a Lima, ya que mucho no le entusiasmaba este inmenso baldío con pretensiones de ciudad.

Una de las grandes preocupaciones del virrey era el pésimo estado de las pocas calles (en la zona hoy llamada centro), verdaderos pantanos donde el tránsito era imposible en días de lluvia y en los que a veces se ahogaban los peatones. Dispuesto a encontrar una solución definitiva, resolvió completar las precarias obras de empedrado que se habían hecho hasta entonces.

Avilés convocó a un marino español que llevaba varios años en el Río de la Plata y que había demostrado capacidad para llevar adelante grandes proyectos complicados. Nos referimos a Martín Boneo y Villalonga, cuyo retrato al óleo acompaña este párrafo. Para evitar problemas, el virrey informó al Cabildo (cuerpo colegiado que cumplía funciones legislativas y judiciales) que nombraría a Boneopara que se ocupara del asunto. Sin embargo, el Cabildo tenía otros planes. El alcalde de primer voto, Francisco Antonio de Escalada (tío de Remedios), respondió que no le parecía nada buena la idea que un marino se ocupara del empedrado de la ciudad. Escalada y el Cabildo estaban convencidos de que un ingeniero o de vecinos con algo de experiencia en el área de la construcción podrían llevar adelante la tarea con mejores resultados.

Avilés cortó por lo sano. Creó el cargo de Intendente de Policía (que, a pesar de su nombre, realizaba más tareas vinculadas con la intendencia que con las del campo policial) y puso al frente a Martín Boneo, quien estuvo a la altura de las circunstancias y logró resolver el eterno problema de las calles anegadas.

Hace pocas semanas, se publicó el libro: “El Intendente olvidado de Buenos Aires” (Editorial Letemendía), cuyos autores, Martín Francisco Boneo y Juan Cruz Jaime, recorren la vida y obra (pública) de este funcionario y nos permiten saber que Buenos Aires tuvo su primer intendente porque en 1799 el tránsito era un serio problema, porque el estado de las calles era lamentable y también porque el virrey se llevaba mal con el Cabildo.

Casa Histórica de Tucumán en 10 pasos

1) ¿Por qué en 1816 no se utilizó el edificio del Cabildo tucumano que, por lógica, debía ser el escenario más apropiado para las reuniones de los representantes de las provincias? El motivo es que en esa época estaban refaccionándolo.

2) Hacía bastante tiempo que el gobierno tucumano había alquilado parte de la casa donde se celebraron las reuniones. Pagaba 25 pesos mensuales y allí funcionaba una oficina de la aduana, hasta que fue cedida a los congresales a partir del 24 de marzo de 1816.

3) Esa propiedad integraba la dote que recibió Miguel Laguna cuando se casó con Francisca Bazán. Para 1816, Francisca era una mujer mayor y viuda. Sus hijos se encargaban de la renta de sus propiedades.

4) Los cuartos que daban al frente de la casona, instalada en un terreno de 2.100 metros cuadrados, se empleaban para venta de mercadería. En aquel tiempo era habitual que se alquilaran los ambientes del frente de las propiedades para ser destinados al comercio.

5) Al salón de sesiones se llegaba atravesando un patio interno. Esto significa que las clásicas imágenes de vecinos eufóricos junto a las ventanas de la calle no se corresponden con la realidad.

6) Fue necesario acondicionar el salón donde deliberarían nuestros patriotas: se tiró una pared abajo con el fin de obtener un ambiente de 75 metros cuadrados.

7) En 1869, la casa histórica era una propiedad privada en ruinas que estaba a punto de ser demolida. El diputado tucumano Tiburcio Padilla propuso comprarla y allí se instaló una sucursal del correo.

8) Casualmente, ese mismo año arribó a Tucumán el primer fotógrafo, Ángel Paganelli, quien realizó la única toma que se ha hecho de la casa original (que es la que vemos más arriba).

9) De todas maneras, el frente no se salvó de la piqueta: se tiró abajo en 1903. Se preservó la sala histórica y se construyó un templete que la cubriera. Se veía como en la siguiente imagen:

10) En 1942 se resolvió recrear la propiedad. Con los planos y las fotos de Paganelli, la Casa de Tucumán resurgió de sus escombros, con puertas, ventanas y parte de la herrería originales.

Himno chileno, música argentina

El patriótico cruce de los Andes, realizado en 1817 fue la oportunidad para que muchos chilenos –exiliados en Mendoza luego de la derrota de Rancagua en 1814– volvieran a su tierra. Entre los repatriados se hallaba Bernardo de Vera y Pintado, primo de la mujer de Bernardino Rivadavia y secretario de José de San Martín. Vera y Pintado (a quien vemos en el retrato) retornaba a su residencia en Chile, pero en realidad era santafesino.

Después de Cancha Rayada, cuando se pensó que toda la campaña libertadora estaba a punto de fracasar, O’Higgins ordenó que lo deportaran a Mendoza. Sospechaba que tramaba algo en contra del gobierno patrio. “Vera no debe volver a Chile de ningún modo –le escribió O’Higgins a San Martín el 27 de mayo de 1818–; porque, sobre tener la peor opinión de mala conducta, es el enemigo más decidido de usted, de mí, y de todo lo que no sea anarquía”.

Sin embargo, algo le habrá hecho cambiar de opinión, ya que Vera no sólo regresó, sino que en julio de 1819 el propio O’Higgins le encargó al santafesino que escribiera un himno para su nación. Hasta ese momento, en Chile el que se cantaba era el argentino e incluso se tiene registro de una fiesta en la cual lo interpretó San Martín a capela, con su voz de barítono.

Vera y Pintado creó un himno para los chilenos que contenía algunas frases ríspidas, como por ejemplo:

“El cadalso o la antigua cadena
os presenta el soberbio español:
arrancad el puñal al tirano,
quebrantad ese cuello feroz.

Ciudadanos, mirad en el campo
el cadáver del vil invasor;
que perezca ese cruel que el sepulcro
tan lejano a su cuna buscó”.

El himno chileno se entonó por primera vez el 18 de septiembre de 1819, día de su fiesta nacional. No tenía música, pero eso no fue un escollo. Para cantarlo se empleó la que compuso el catalán Blas Parera para el Himno Nacional Argentino. Durante casi un año, hasta que Manuel Robles le dio una melodía original, el himno chileno tuvo la misma música que el argentino. La letra se mantuvo hasta 1844, cuando fue cambiada por completo.

El abrazo de San Martín y O’Higgins

O’Higgins murió en 1842. San Martín, en 1850. Sin embargo, Pedro Subercaseaux Errázuriz, nacido en 1880, sentía que los había conocido personalmente. Fue lo que aseguró en 1908 cuando pintaba este cuadro denominado El abrazo de Maipú. El mismo recrea la tarde del 5 de abril de 1818, en el instante en que O’Higgins, con un cabrestillo en su brazo derecho por la herida sufrida en Cancha Rayada, acudió al campo de batalla para saludar a San Martín, una vez que la victoria estaba definida.

¿Qué ocurrió aquella tarde? El libertador chileno abrazó al argentino mientras le decía: “¡Glorias al salvador de Chile!”. San Martín le respondió: “General: Chile no olvidará jamás el nombre del ilustre inválido que el día de hoy se presentó herido en el campo de batalla”. Esa fue la escena que coronó la jornada de la liberación definitiva de la nación trasandina.

Por gestión del embajador chileno en la Argentina, El abrazo de Maipú fue expuesto en la sede del Jockey Club porteño, en noviembre de 1908. de inmediato lo adquirió el gobierno argentino, junto con La batalla de Chacabuco y La batalla de Maipú (un óleo que había realizado en 1904). Para completar la venta, Subercasseaux viajó a Buenos Aires y, durante su estadía, Adolfo P. Carranza, el director del Museo Nacional (el mismo que gestionó en 1897 el regreso del sable corvo de San Martín) lo contrató para que realizara otras pinturas, aprovechando la generosa ola evocativa del Centenario.

Con fondos disponibles para celebrar la fecha emblemática de la historia argentina, le encargó tres cuadros: el Cabildo Abierto del 22 de Mayo, la Reunión en casa de Mariquita Sánchez de Thompson cuando se cantó por primera vez el Himno Nacional y también un retrato de Mariano Moreno. Se sabe que por el del Cabildo Abierto se pagaron quince mil pesos, un monto similar por el de la casa de Mariquita y tres mil pesos por el de Moreno.

Todos esos cuadros, incluidos La batalla de Maipú, La batalla de Chacabuco y El abrazo de Maipú, forman parte del patrimonio del Museo Histórica Nacional, ubicado en Parque Lezama.

Nuestra primera aviadora

Por los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo, en 1910 llegaron los primeros aviadores al país. Eran franceses e italianos. Si bien los vuelos eran a baja altura (alrededor de 30 metros), muchos entusiastas se anotaron en el curso para obtener la licencia de piloto. Los primeros argentinos en recibirse fueron Florencio Parravicini, Juan Alberto Roth y Jorge Newbery.

Entre las mujeres, la pionera fue Amalia Figueredo, una rosarina que no aspiraba a pasar desapercibida. Estudió obstetricia en la Facultad de Medicina de Buenos Aires y también música en el célebre Conservatorio Fontova. Sin embargo, las demostraciones de los pilotos aéreos la llevaron, primero a realizar algunos vuelos con los especialistas, y luego a inscribirse en la Escuela de Aviación, en mayo de 1914, cuando ya había cumplido los 19 años.

Luego de las prácticas en el aeródromo de Villa Lugano (como la vemos en la nota que dio a Caras y caretas), Amalia se recibió de aviadora en en julio. El segundo domingo de octubre, realizó vuelos en el barrio de Belgrano, ante una numerosa concurrencia que quería ver su destreza. Recordemos que para esa fecha, las mujeres ya tramitaban su licencia de conducir, pero era extraño ver a alguna de ellas manejando por la calle.

En marzo de 1915 decidió salir a volar por el país. Su primer destino fue Rosario, su ciudad natal. Su carrera como aviadora llegó a su fin cuando se casó en 1916 con Alejandro Pietra. Enviudó en 1928, pero no volvió a volar: se dedicó a la crianza de sus hijos. Sí obtuvo premios y distinciones en todo el mundo hasta sus últimos días, en octubre de 1985.

Amalia Figueredo fue la primera aviadora argentina. ¿La segunda? Enriqueta Fruchard.