La peluca de Sarmiento

La nada disimulable calvicie de Sarmiento fue motivo de cientos de caricaturas. Cuesta imaginarlo con pelo. Sin embargo, un retrato nos lo muestra de una manera distinta. La historia de aquella pintura es la siguiente:

En 1845, Sarmiento tenía 34 años y vivía en Chile. Ese año nació Dominguito, hijo de Benita Martínez Pastoriza y Domingo Castro. Es necesario aclarar que, luego de enviudar, Benita se casaría con Sarmiento (en 1848) y Dominguito se convertiría en hijo adoptivo del sanjuanino. Sin embargo, parece que fue más que eso. Porque la tradición familiar sostiene que el hijo de Benita era un calco de Sarmiento cuando era chico.

De regreso a 1845, Domingo Faustino concurrió al atelier de su amigo, el joven pintor Benjamín Franklin Rawson. Sarmiento quería ser retratado para la posteridad. La fotografía, más precisamente el daguerrotipo, recién desembarcaba en el Río de la Plata. En 1845, la forma de perpetuarse en imágenes, en Santiago de Chile, era a través del retrato (como el que vemos, que pertenece a la colección del Museo Sarmiento, ubicado en el barrio de Belgrano).

Pero hubo un problema. En esos días, Sarmiento había padecido una fiebre que lo tuvo a maltraer, al punto de que deliraba. Y perdió el pelo. La calvicie no se contaba entre los atributos que deseaba exhibir. Por lo tanto, se puso una peluca. Y el resultado está a la vista.

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Una buena noticia

Hace una semana contábamos la nada agradable sorpresa de la desaparición del busto del general Manuel Belgrano en la Barrancas del barrio que lleva su nombre. Se trata de una obra emblemática, ya que es el monumento más antiguo de los que honran la memoria del prócer en el barrio (se inauguró en 1899; de paso aclaramos que la figura ecuestre de Plaza de Mayo es del año 1873).

Gracias a la colaboración de vecinos y comentarios que nos han llegado a través del blog, pudimos constatar que el busto se encuentra en los talleres de MOA (Departamento de Monumentos y Obras de Arte de la Ciudad de Buenos Aires), en el Parque 3 de Febrero. Había sido retirado para su restauración y la gente encargada de los trabajos comunicó que en pocos días lo llevarán de vuelta a su sitio.

Es una buena noticia que se preserven las obras de arte de la ciudad. También es bueno saber que no fue robada, como ocurrió con el reloj que perteneció al prócer, con la placa de bronce que ornamentaba el monumento a Rawson en Pueyrredon y Las Heras, con partes del histórico Pabellón Argentino; y con tantas reliquias del patrimonio de la ciudad que han desaparecido.

Hace una semana decíamos que cabía la posibilidad de que hubiera sido retirada “sin que se comunicara como corresponde”. Esto fue lo que ocurrió.

Teniendo en cuenta lo susceptibles que estamos muchos vecinos, luego de que en una mesa chica se haya decidido retirar de su sitio original el monumento a Colón (que fue costeado por miles de inmigrantes italianos agradecidos que llegaron al país entre 1870 y 1910) con la excusa de que debía ser restaurado; las autoridades deberían considerar la posibilidad de colar, entre toda la publicidad ciudadana, el anuncio de que un tesoro del patrimonio ha sido removido temporalmente. Y si eso es demasiado, tal vez un cartel junto al espacio del monumento aclararía dudas y evitaría preocupaciones.

 

Otra injuria a Manuel Belgrano

El 28 de mayo de 1899 se inauguró la columna de homenaje a Manuel Belgrano, en 11 de septiembre y Echeverría, junto a las Barrancas de Belgrano. Fue donación de la familia Santa María, propietarios de la casa que se ve detrás de la columna. La imagen pertenece a la Fototeca del Archivo General de la Nación y la he publicado en Buenos Aires en la mira, un libro con imágenes antiguas de la ciudad. Cuando en abril salió el libro, aún estaba el monumento. Ya no está más.

Aquí podemos ver otras fotos del archivo del diario La Nación. Desde ya, era un símbolo del barrio que evoca la figura del gran prócer argentino.

Como podemos testimoniar en la próxima imagen que fue tomada el 28 de agosto, Belgrano ya no está en Belgrano. Lo robaron. O tal vez fue retirado, sin que se comunicara como corresponde.

Belgrano, el héroe que pudo llevar una vida sin apremios dedicándose a la economía; que ofrendó sus últimos 10 años de vida a la causa de la libertad; que no tenía dinero para pagarle al médico que lo atendió y, asimismo, su familia tuvo que tomar el mármol de una cómoda para hacerle una lápida; que fue centro de un escándalo cuando exhumaron su cadáver porque dos ministros tomaron sus dientes; que fue noticia policial hace algunos años porque se robaron del Museo Histórico el reloj con que había pagado al médico. Belgrano vuelve a ser víctima de una afrenta. Con los valores por el piso y con las instituciones menospreciadas, no podía esperarse nada mejor.

 

Huelga por redondeo hacia abajo (1904)

De manera sorpresiva, el 4 de mayo de 1904, las calles céntricas de Buenos Aires se vieron colmadas de estudiantes secundarios. ¿El motivo? Habían declarado una huelga y movilización. En realidad, hace 110 años no se decía “movilización”. Pero lo cierto es que los chicos de los colegios nacionales actuaron en forma coordinada y resolvieron abandonar los cursos y partir a reunirse con los demás en la Plaza Lorea, a dos cuadras del Congreso.

Por más que algunos policías intentaron disolverlos, llegaron al punto de encuentro y, una vez que estuvieron todos, se dirigieron a la Casa de Gobierno donde funcionaba el ministerio de Educación. En la foto vemos a los estudiantes marchando por Avenida de Mayo, rumbo a la Casa Rosada para entrevistarse con el ministro de Justicia e Instrucción Pública de Roca, Juan Ramón Fernández. El doctor Fernández -era médico- no los recibió (doce días después, durante el acto de colocación de la piedra fundamental del Palacio de Tribunales, sufriría un ataque de apoplejía y abandonaría el cargo).

Fueron atendidos por el director de Instrucción Pública, Manuel Derqui, quien luego de una extensa charla, los convenció de que volvieran a sus colegios, retomaran las clases e hicieran los reclamos por escrito. Fue el final de la huelga.

¿Cuál era el motivo de la queja? En los nuevos planes de estudio se había establecido que no habría notas fraccionadas y que todas iban a “redondearse” hacia abajo. Se consideraba, por ejemplo, que el alumno que había sacado un 7,50 no había alcanzado el 8, por lo tanto su nota era 7.

Poco tiempo después, se eliminó el redondeo en las notas.

 

¡Ganó el zaino!

En 1961, Carlos Villafuerte recopiló en Voces y costumbres de Catamarca infinidad de datos característicos de la zona. De aquel libro de rico contenido tomamos algunos fragmentos relativos a la carrera de cuadreras. El autor explicaba que era “una de las fiestas criollas que más apasiona al paisano” y que “se las llama así porque se corrían por cuadras”. Aclaró también que “se realizan en algunos lugares apartados de los departamentos en los domingos o días de fiestas”.

LOS PREPARATIVOS

Acerca de la preparación del caballo, brindaba algunos secretos:

-Galopar por la noche en caminos solitarios.

-Darle de beber agua de corriente, por ser curativa.

-Untarle grasa de guanaco en las patas para que sea más ligero.

-Habituarlo al olor de la grasa del puma (esto se hacía porque a veces el contrincante, para asustar al caballo que enfrentaría) colocaba grasa para que sintiera el olor y se asustara.

-Darle masajes con sebo en las orejas y en el nacimiento de la crin para endurecerlas.

-Friccionarle los garrones con grasa de suri (o alpaca), cuatro días antes de la carrera, para que no tenga las venas encogidas y pueda correr cómodamente.

BRUJERÍAS

Dos o tres días antes de la carrera, para preservar el caballo del daño y brujerías de quienes le apostaban en contra, se tomaban “medidas de precaución”, tales como: hacerle cruces con cera bendita o ponerle ruda o pedazos de ajos en las orejas.

EL DÍA DE LAS CARRERAS

Cuenta Villafuerte que esa tarde “acude gente de todos los pueblos cercanos, algunos a caballo, otros en jardineras o chatas, vestidos con las mejores prendas. Las mujeres preparan empanadas y rosquetes para venderlos; hay también aquellas que ceban mate por dinero. Muchas horas antes de la hora señalada para la carrera van llegando los espectadores y mientras unos se divierten bebiendo y cantando en el boliche cercano, otros juegan a los naipes y a la taba. A las tres o cuatro de la tarde todos se colocan a ambos lados de la cancha para no perder pormenor y realizar las apuestas (…) No sólo se juega dinero, sino también mulas, vacas, yeguas, ovejas, trigo, etc.”.

“Después de las partidas convenidas, un encargado llamado gritador o gritón da la señal de salida. En el otro extremo están los rayeros, uno por cada bando, quienes deben sentenciar sobre el caballo que ganó; nómbrase también un tercero por si la carrera fuera muy reñida y haya divergencia de opiniones entre los rayeros. La sentencia del tercero es inapelable (…) Llegados los caballos a la meta, el rayero grita: ‘ganó el zaino o el tordillo’, siempre nombrando al animal por el pelaje”.

DEPUÉS DE LAS CARRERAS

Continúa Villafuerte: “Una vez vencida la hora —la entrada del sol— casi todos se dirigen a la pulpería; unos a celebrar el triunfo, otros a buscar el desquite en otros juegos: taba, baraja, etc.; pero el resultado final para todos es que dejan las ganancias al bolichero y también el jornal alcanzado durante la semana.”

SUPERSTICIONES

Sin duda, una de las partes más entretenidas del libro de Villafuerte es la relación de las supersticiones y creencias vinculadas con la competencia. Veamos algunas:

-En Cordobita, Departamento de Tinogasta, cuando un jinete hace correr su caballo ata un poco de altamisa en el bocado del freno para que el animal no se pasme.

-Los habitantes de Los Quebrachales, cuando quieren saber qué animal es el que va a ganar, encienden dos fósforos al mismo tiempo, los cuales representan a los caballos; el fósforo que se apague último es el caballo que perderá.

-Cuando uno de los caballos bosteza y levanta la cola es indicio seguro de que ganará.

-Si en el momento en que están por correr rebuzna un animal mular, ganará el caballo que se encuentre de ese lado.

- Los jugadores de carrera no permiten que una señora preñada del primer hijo, por ninguna causa, suba al caballo preferido porque perderá la carrera.

-En San Antonio de La Paz, el día antes de la carrera, el dueño del caballo debe ir a la cancha con un cuchillo y con pedacitos de ajos y colocarlos de trecho en trecho, por donde correrá su caballo; además el jinete a la madrugada del día de la carrera, debe concurrir también allí, desnudarse y revolcarse en cruz de distancia en distancia, por donde correrá el caballo contrario diciendo al mismo tiempo: “ha perdido el caballo de tal color”. Haciendo esto creen que no perderá el caballo favorito.

-Y la más común de todas y que se conoce también en otras partes es aquella de enterrar un sapo maneado a la orilla de la cancha, para el lado del caballo contrario, pues así perderá éste.

Sin comentarios

La terapia de la risa

Entre los espíritus más inquietos de hace cien años figuraba el de José Ingenieros. Médico, psicólogo, psiquiatra, sociólogo, filósofo, docente y escritor serían algunos de los casilleros tildados en la ficha personal de este gran hombre nacido en Palermo, Italia (se llamaba Giuseppe Ingegneri), que se entusiasmó con una terapia clave para la salud: la de la risa. Estudió con detenimiento esta expresión facial y clasificó, desde una casi imperceptible sonrisa -como la de la Mona Lisa-, hasta la carcajada de larga duración

En 1915 convocó a algunos amigos más unos pocos alumnos de confianza y creó una logia particular. Una especie de Academia de la Risa a la que llamó “Omnia”. El grupo fue creciendo porque los integrantes podían presentar nuevos socios. La admisión se establecía una vez que el presentado respondía ante una mesa examinadora un cuestionario redactado con buen humor. Los escritores Oliverio Girondo, Vicente Martínez Cuitiño, Evar Méndez (director de la revista Martín Fierro) y Horacio Ramos Mejía (hijo del padre de la psiquiatría en la Argentina) fueron algunos de los “hermanos” de esta divertida logia.

La actividad de los académicos de la risa consistía en hacer bromas. Las víctimas se buscaban entre los propios integrantes de la cofradía o entre incautos ajenos al proyecto. Las había simples y complejas. Entre las muchas que hacían, hubo una que quedó en la historia. Los “hermanos” quisieron engañar al mismísimo Ingenieros, presentándole a una de las personalidades políticas de Brasil, Ruy Barbosa. Pero el fundador de Omnia se dio cuenta. Se trataba de un empleado de la Aduana. De inmediato, Ingenieros organizó una conferencia del Ruy Barbosa trucho. Acudieron periodistas, legisladores, sacerdotes, docentes, abogados. La sala -fue en una biblioteca céntrica- estaba colmada. Ingresó la eminencia y recibió la primera ovación de la noche. Uno de los confabulados dio un discurso de bienvenida. Luego el homenajeado se largó a hablar en un portuñol bastante convincente. Tan entusiasmada se mostraba la audiencia, que la presentación se extendió hasta la madrugada. Las preguntas del público fueron rigurosamente respondidas por el falso Ruy Barbosa. Hay que tener en cuenta que entre el público había muchos integrantes de Omnia participando activamente para darle credibilidad al acto.

Recién al día siguiente, mediante llamados telefónicos, los inocentes supieron que habían aplaudido el discurso de un empleado de Aduana que se sumó, por esa noche, a la corriente de la Academia de la Risa, de José Ingenieros.

Los restos de San Martín

Pocas semanas después de la muerte de José de San Martín en la casa de Boulogne sur Mer que vemos en la imagen (agosto de 1850), las autoridades de la Confederación Argentina dieron instrucciones para que se llevara a cabo la repatriación de sus restos. Esa fue la voluntad póstuma del militar que en su testamento había expresado que quería que su corazón descansara en el de Buenos Aires. Sin embargo, todo fue demorándose. Durante once años, el cuerpo embalsamado del Libertador de América descansó en una de las capillas de Notre-Dame de Boulogne (Nuestra Señora de Boloña).

El primer traslado fue a Brunoy, en las afueras de París. Tuvo lugar en 1861, luego de que la familia Balcarce San Martín se mudara a dicha ciudad y resolviera llevar el cuerpo para que fuera ubicado en la bóveda de la familia, junto a su nieta María Mercedes que había muerto en 1860.

En la Argentina, el tema se reavivó en 1864 –durante la presidencia de Mitre– cuando los diputados nacionales Martín Ruiz Moreno y Adolfo Alsina presentaron un proyecto de Ley para autorizar al Poder Ejecutivo a llevar adelante la repatriación.

Manuel Guerrico gestionó la cesión de un terreno en el cementerio de la Recoleta en 1870, pero seis años después la comisión encargada del traslado se entrevistó con el arzobispo Federico Aneiros con el fin de solicitar un espacio en alguna de las capillas de la Catedral para que se colocara allí un mausoleo. Detrás de toda la empresa se encontraba el presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda.

¿Se estaba cumpliendo la voluntad del Libertador al llevarlo a la Catedral? Cuando San Martín dijo: “Desearía que mi corazón fuese depositado en el de Buenos Aires”, ¿se refería a que deseaba ser llevado al cementerio, a la Catedral? Aquí cada uno puede tener su propia interpretación. Considero que si nuestro prócer hubiera querido referirse al cementerio de la Recoleta, habría mencionado la tumba de su “esposa y amiga”, Remedios de Escalada. Además, el corazón de Buenos Aires bien puede referirse al centro de la ciudad.

En estos días, un proyecto de traslado de los restos a Yapeyú, a cargo del diputado Adán Gaya, sostiene que, al mencionar Buenos Aires, se refería a la Patria y “sin lugar a dudas”, a Yapeyú. Regresemos a la historia:

El 25 de febrero de 1878, centenario del nacimiento del prócer, se realizó un tedeum en la Catedral que concluyó con la colocación de la piedra fundamental del mausoleo. Avellaneda, Mitre, Quintana y Aneiros, entre otros, participaron en el acto simbólico colocando mezcla en la obra con una cuchara de plata.

El escultor francés Auguste Carrier Belleuse fue el encargado de moldear el mausoleo que envió en partes desde Europa. En Inglaterra había concluido la construcción del buque de guerra Villarino, que había sido encargado por el gobierno argentino. Fue enviado al puerto de El Havre, donde cargaría el féretro. Este fue su derrotero:

-El 21 de abril de 1880, el ataúd fue transportado de Brunoy a París (35 kilómetros), donde se lo cargó en un tren especial rumbo a El Havre. Una vez en la ciudad portuaria, se lo depositó en su Catedral. Luego del acto religioso que incluyo la bendición del féretro, se lo embarcó en el Villarino. El buque soltó amarras el 22 de abril.

-Arribó a Montevideo el 20 de mayo, donde fue recibido con una salva de 21 cañonazos. La recepción fue imponente. Siete barcos argentinos acudieron a recibir al Villarino. Una carroza tirada por seis elegantes caballos llevó el féretro (cubierto por las banderas de Uruguay, Chile, Perú y la Argentina) a la Catedral. Una multitud acompañó los restos, lanzando flores desde la acera y los balcones. La bienvenida de los hermanos uruguayos –asistieron el presidente Francisco Antonio Vidal Silva y todos sus ministros– ha sido considerada uno de los actos más emocionantes que se hayan hecho al Libertador. Cuando partió por la tarde, la banda militar uruguaya ejecutó el Himno Nacional Argentino. Por su parte, desde el barco, la banda argentina interpretó la canción patria de Uruguay.

-Durante una semana, el Villarino se mantuvo en la costa de Catalinas (en esa época, la playa llegaba hasta lo que es hoy la plaza Fuera Aérea, vecina de la estación Retiro), escoltado por decenas de buques de la Armada.

El 28 de mayo tuvo lugar la ceremonia principal. Los integrantes de la Comisión de Repatriación colocaron la bandera del Ejército de los Andes sobre el ataúd, más dos coronas: una con palmas de Yapeyú (ciudad natal del prócer) y otra con gajos de pino de San Lorenzo (bautismo de fuego de los Granaderos a Caballo). El cajón fue depositado en un bote fúnebre que fue remolcado por el Talita, la lancha presidencial.

Se lo desembarcó en las costas de Retiro (durante años se llamó a ese sector vecino a la Plaza San Martín, Playa San Martín). Fue colocado junto al palco oficial, donde el ex presidente Sarmiento dio un discurso de recepción.

Cargado de flores que le lanzaban los argentinos a su Padre de la Patria, el féretro fue escoltado hasta el monumento del Libertador, en la plaza. Un emocionante discurso del presidente Avellaneda complementó las palabras de Sarmiento. El cajón fue colocado en una carroza fúnebre (réplica de la que transportó el cuerpo de Wellington a la Catedral de Londres en 1852). El cortejo marchó por la calle Florida hasta la Plaza de Mayo.

El ataúd fue depositado en la nave central de la Catedral Metropolitana. Durante veinticuatro horas desfiló el pueblo para rendirle tributo. Al día siguiente, a las dos de la tarde, se lo ubicó en el mausoleo. Suele decirse que los restos de San Martín yacen fuera del perímetro de la Catedral, en una capilla construida afuera de la nave central, porque era masón; dando a entender que la Iglesia no aceptaba que descansara bajo su custodia. Raro comentario, si se tiene en cuenta que los despojos del Libertador estuvieron en Notre-Dame de Boulogne, la iglesia parroquial de Brunoy y las catedrales de El Havre, Montevideo y Buenos Aires. Sí, en cambio, resulta curioso la forma en que ha quedado dispuesto el ataúd.

El tamaño del cajón no era el adecuado. Mejor dicho, el del mausoleo. Por ese motivo, el féretro que contiene el cuerpo embalsamado del prócer fue colocado en forma inclinada (la cruz en la lámina publicada por el Instituto Nacional Sanmartiniano marca el lugar exacto). Así permanece desde el 29 de mayo de 1880.

Puerto Madero a todo lujo

La visita del presidente de Brasil, Manuel Campos Salles, fue el acontecimiento del año 1900. Arribó el 24 de octubre con una comitiva de cien personas. El mal tiempo –una lluvia insoportable– obligó a retrasar un día el desembarco. Por fin lo hizo el día 25 a la altura del dique 4 de Puerto Madero. Fue recibido por el presidente Julio A. Roca, acompañado por el ex presidente Bartolomé Mitre, el ministro de Interior Felipe Yofre y el intendente porteño Adolfo Bullrich.

Si bien hay mucho para contar acerca de primera visita protocolar de un mandatario brasileño y la magnífica recepción, deseamos reflejar dos imágenes, de la colección del Archivo General de la Nación, que muestran un Puerto Madero acondicionado para la ocasión. Fue la vez en que las damas acudieron a los depósitos del puerto, terreno exclusivo de los estibadores, para recibir al mandatario (el 25/10) y despedirlo (el 1/11).

Las fotos corresponden al día de la partida del visitante, a bordo del vapor Riachuelo. Como podemos ver, los balcones estaban adornados con banderas argentinas y los paraguas funcionaban como sombrillas.

Durante dos jornadas, las instalaciones del puerto fueron paquetas. Luego volvió a su trajín cotidiano, lejos de modelos exclusivos, las señoritas encantadoras y los elegantes caballeros. Puerto Madero retomó su papel recio y fundamental para el desarrollo de un país que crecía a un ritmo alentador.

Cómo recuperar un amigo (1912)

El Secretario Privado, publicado hace cien años, ofrecía modelos de cartas para todo tipo de necesidades. En este caso, veremos cómo recuperar una relación abandonada y cómo reaccionar ante la posibilidad de un duelo.

Carta a una persona a quien no se ha escrito en mucho tiempo:

Muy Señor mío:
Indudablemente, hay mucho de bueno en la costumbre de las cartas de primeros de año, pues este hábito de cortesía social me permite ahora reparar una falta que me intranquiliza. Mucho tiempo hace que no escribo a usted, y aunque mi negligencia me atormentaba, no encontraba pretexto alguno para romper mi silencio. Me apresuro, pues, a utilizar esta ocasión para asegurar a usted que, no obstante mi culpable pereza, nunca he dejado de sentir por usted la más profunda estimación y desearle todo género de felicidades. Me atrΩevo a esperar que usted no haya dado al olvido mi amistad y siga honrándome con la suya como en otro tiempo. En cuanto a mí, siempre tendré a gran honra el llamarme su amigo y su servidor. Firma

Contestación a la anterior:

Muy Señor mío y estimado amigo:
Grata satisfacción me ha causado su carta, porque ella me devuelve un amigo a quien creía perdido para mí, sin poder atinar la causa de su desvío. Éste es el mejor obsequio que podía recibir y lo miro como un excelente augurio para el resto del año. En cuanto a mi afecto, nunca le ha faltado a usted y a su disposición lo tiene; poco supone, mas yo deseo y espero que use usted de él más que hasta ahora, seguro del sincero aprecio que le profesa su amigo y su servidor. Firma

Hasta aquí, la reconciliación. En cuanto al duelo, si bien no estaba bien visto rechazarlo, se buscaba la forma de calmar los ánimos, por intermedio de los padrinos designados o mediante una carta. Veamos los ejemplos que ofrecía Secretario Privado.

Cómo evitar un duelo:

Señor:
Los dos nos hemos faltado de palabra y antes de ello nos habíamos perjudicado de pensamiento e intención: yo creo ser el más injustamente perseguido por su enemistad, y usted, por su parte, quizá piense que es el más ofendido. No quiero discutir este punto, porque semejante discusión a nada conduciría, pues nadie puede ser buen juez en causa propia.

Pero usted quiere que nos batamos y esto hace ya cambiar de aspecto la cuestión. Yo, señor, me tengo por muy valiente y creo dar a usted una prueba de ello al decirle, como lo hago, que rehúso la bárbara e inútil lucha a que me provoca. Si, temiendo al que dirán, aceptase su provocación y le mataste o hiriese, mi conciencia quedaría turbada y todas las preocupaciones sociales no impedirían que yo mismo me tuviese por un homicida o malhechor; sí, por el contrario, fuese yo la víctima, quedaría mi existencia truncada miserablemente por mi propia voluntad o, en el caso menos desfavorable, perdería la salud y arrastraría una vida mísera e inútil. Ninguna de estas soluciones me agrada, y en cuanto a un desafío de pura fórmula, lo miro como una puerilidad indigna de hombres que se estimen. Por otra parte, yo creo tener la razón y usted pensará también que la tiene, y una prueba de destreza física nada tiene que ver en el asunto; tanto valdría que de común acuerdo aporreásemos uno tras otro un dinamómetro, o nos ensayásemos a tirar al blanco para averiguar quién era el más honrado de los dos.

Rechazo, pues, el duelo y así lo he manifestado a los dos caballeros que usted comisionó para provocarme en su nombre. Les dije también que no podía consentir en dar a usted las satisfacciones que de mí exigía, porque las consideraba injustas, y en ello me afirmo. Si usted quiere que sometamos nuestras diferencias a la apreciación de algunos amigos o no amigos que asuman el carácter de árbitros, admitiré desde luego el fallo que dicten, aunque me sea desfavorable, y lo suscribiré con mi firma. Esto es todo lo que estoy dispuesto a hacer en el particular; pues si nuestra discordia fuese de aquellas en que pueden entender los tribunales de justicia, a ellos acudiría desde luego.

Le saluda. Firma

Cómo responder a quien rechaza el duelo:

Señor:
Su carta me demuestra lo que ya suponía: usted es de esos hombres que saben ofender, pero que se convierten en mujercillas cuando se trata de responder de sus actos en el terreno de los caballeros. Veo que pierdo mi tiempo dirigiéndome a un cobarde que no tiene noción alguna del honor y a quien sería inútil tratar como a una persona digna. A los hombres se les combate; a los insectos se les aplasta, y no deberá usted quejarse a nadie más que a sí mismo si me veo obligado a colocar a usted en esta categoría y a imponerle el tratamiento que le corresponde.

Todo lo que usted dice, pretendiendo razonar sobre materias de honor, que le son desconocidas, no es más que metafísica del miedo; pero yo le enseñaré que éste no siempre es la mejor garantía de la piel, y espero que la corrección que pienso imponerle le haga ser otra vez más cuerdo y no meterse con hombres.

Hasta pronto. Firma

Respuesta del que ha rechazado el duelo:

Señor:
El refrán dice que “cuando uno no quiere, dos no regañan”, pero usted se obstina en que ha de ser lo contrario y tal maña puede darse que al fin se salga con la suya.

Los insultos que me dirige en su carta tranquilizan algo mi espíritu, porque prueban lo que yo sospechaba, esto es, que la razón está de mi parte. Me habría complacido ver en usted más ingenio; pero todo lo que me dice está terriblemente gastado, y aunque he tratado de incomodarme por eso, no me ha sido posible conseguirlo, y lo siento, porque tal vez atribuya usted esa indiferencia mía a falta de consideración, cuando la verdad es que me inspira usted más lástima que menosprecio.

Si no me engaño, me conmina usted con algo terrorífico para muy pronto. He pensado qué será ello, y cómo un hombre puede ser grosero y agresivo sin llegar al crimen, me inclino a creer que todo quedará reducido a una escena de pugilato o a un bastonazo que otro. Yo preferiría que no hubiese nada de esto, y por mi parte me abstendré de tomar la iniciativa; pero si usted lleva la discusión a ese terreno, trataré de mostrarme tan buen polemista como me sea posible y usted habrá de dispensarme si replico a sus argumentos con alguna vivacidad. En todo caso, su carta me servirá, si no de absoluto resguardo, al menos de atenuante para las molestas ulterioridades con la policía.

Acaso, si la alteración de su espíritu y la indudable hiperestesia de su sistema nervioso le permiten razonar, dirá usted que es extraño que yo rechace un duelo en forma para venir a parar en una riña de lacayos o changadores. Pero yo no propongo nada de esto, me limito a manifestar a usted que me defenderé si soy atacado, y añadiré que así y todo sentiré mucho que se me vaya la mano y tras ella el bastón más allá de la justa medida, y en esta hipótesis ruego a usted de antemano que me disculpe si al retribuirle me muestro demasiado espléndido, pues en ello intervendrá muy poco mi voluntad. Soy de aquellos hombres que siguen la máxima: “No engendres el dolor”, y aunque el mío pueda servirme de excusa, lamentaré sinceramente el que usted padezca.

Y aquí pongo punto final, halagado por el dulce presentimiento –yo fío mucho en mis corazonadas- de que usted hará lo propio. Firma

Teodoro Fels, el héroe castigado

El entusiasmo por la aviación en el Río de la Plata comenzó en 1910 cuando un grupo de pilotos franceses e italianos realizaron demostraciones de vuelo en Villa Lugano y El Palomar. En el caso de Teodoro Fels, venía soñando con los aviones desde el día que los conoció durante un viaje a Europa. A nuestro héroe le tocó hacer la colimba en el Regimiento 1ro. de Ingenieros, cuyo comandante era el general Enrique Mosconi, también simpatizante de la aviación.

Pocos días después de cumplir los 21 años, en mayo de 1912, el conscripto Fels rindió el examen de piloto civil. Para aprobarlo, debía despegar, hacer cinco “ochos” en el aire, aterrizar, volver a despegar, otra vez cinco “ochos” y aterrizar. Nuestro héroe fue aprobado con la mejor calificación. Le correspondió el registro número 11 y se convirtió en el más joven de los aviadores recibidos.

Era el tiempo de las hazañas aéreas y Fels quería cumplir una: volar desde Buenos Aires hasta Montevideo, unir las dos capitales, sin escalas. La idea lo obsesionaba hasta que un día se conoció una noticia que lo inquietó. Jorge Newbery había volado de Buenos Aires a Colonia. Fue el 23 de noviembre, siempre de 1912. El pionero había partido de El Palomar y, luego de 37 minutos de vuelo, había aterrizado en la Barra de San Juan, cerca de Colonia.

Fels comprendió que su instructor -Newbery le había tomado la prueba de los “ochos”- estaba a un paso de arrebatarle la gloria: si había cruzado el Río de la Plata hasta Colonia, era evidente que el próximo desafío sería unir las capitales. Por ese motivo, el joven aviador resolvió hacerlo antes, aun sin permiso.

El 1 de diciembre a las cinco de la mañana llegó a El Palomar con dos amigos, Carlos Borcosque y Juan F. Zuanich. Entre los tres se ingeniaron para llevar el avión desde el hangar a la pista. Fels tomó vuelo, avanzó hacia Dock Sud, cruzó el Plata y arribó a Montevideo luego de 2′ 20 horas. Aterrizó en Carrasco, donde hoy se encuentra el aeropuerto internacional.

La audacia de Fels se celebró en ambas orillas. Voló de regreso al día siguiente, bajó en Ensenada y tomó el tren en La Plata. Al arribar a Constitución, fue ovacionado por un multitud. Pasó por el diario La Prensa y luego fue a La Nación, donde lo aguardaban su madre y sus hermanas. En la redacción brindaron con champagne. Era un héroe. Pero Mosconi, apegado a las normas, lo castigó “por ausentarse del país sin pedir permiso”. Debía cumplir un arresto. Sin embargo, el presidente Sáenz Peña lo indultó y lo ascendió. En pocas horas, el conscripto Fels se convirtió en cabo. Menos mal. Porque lo mejor que puede pasarle a un piloto es que lo asciendan.