Nace la Nueve de Julio

El 12 de octubre de 1937 por la mañana, el presidente Agustín P. Justo y el intendente Mariano de Vedia y Mitre inauguraron el primer tramo de la avenida 9 de Julio, un viejo proyecto que buscaba que la ciudad tuviera un corredor Norte-Sur. Más allá de los aspectos oficiales, nos interesa resaltar que el obelisco ya contaba un año y medio de existencia y que el primer tramo inaugurado abarcaba de Tucumán a Bartolomé Mitre.

Multitud de vecinos se acercaron para estar presentes. Jamás se había visto una avenida de esas dimensiones. Hubo bandas musicales, discursos, ventas de recuerdos y muchos fotógrafos dedicados a retratar el primer día de la 9 de Julio, incluso trepados a los techos de las casas que se demolerían en las próximas semanas para continuar el trazado.

Por la noche, se convirtió en pista de baile y ese fue el día en que el tango y el obelisco se unieron para siempre. Fue el 12 de octubre de 1937, al ritmo del dos por cuatro.

 

La Loba Romana

Loba Romana o Loba Capitolina es una obra que regaló el rey de Italia Víctor Manuel a la Nación Argentina el 25 de mayo de 1910 y que mandó entregar al presidente electo, Roque Sáenz Peña (Rocco le decían los italianos), que asumiría el 12 de octubre de 1910 sucediendo a Figueroa Alcorta.

Sáenz Peña recibió en nombre de la Nación la escultura, que era una copia de una loba hecha por los etruscos, expertos en el tratamiento del bronce, a la cual dos hermanos escultores romanos del siglo XV le agregaron los gemelos Rómulo y Remo.

Roque, Rómulo, Remo y la loba arribaron en septiembre cuando Sáenz Peña regresó para asumir la presidencia. El lugar elegido para emplazar el regalo del rey de Italia fue la esquina de Florida y Bartolomé Mitre, en un alto pedestal de mármol (curiosamente, ahora está allí el monumento a Sáenz Peña). Allí permaneció la loba de bronce durante algún tiempo y después la pasaron al Jardín Botánico de Palermo. Luego se realizó una copia, es decir, la copia argentina de la copia italiana del original etrusco. La copia argentina fue a parar al Botánico (la vemos en la foto), en trueque por la auténtica que se mantuvo unos años en el hall del Palacio Municipal hasta que fue trasladada al Parque Lezama.

Quienes recorren el país saben que ahora hay muchas más lobas romanas. Resistencia y San Rafael (Mendoza), son dos ejemplos. Pero hay que aclarar que esa lobomanía arrancó con la que trajo a estas tierras el presidente electo de 1910.

En septiembre de 2007 se robaron a Rómulo y Remo originales de Parque Lezama. Fueron reemplazados y hoy, según las noticias, robaron los reemplazos. En el Botánico todavía están las copias.

El Día de la Policía

La imagen corresponde al desfile del 8 de octubre de 1927, en la celebración anual del Día de la Policía Federal. La celebración se había instaurado el año anterior. Vemos en el palco oficial al presidente de la Nación, Marcelo Torcuato de Alvear, con el sombrero en la mano. Como todos están descubiertos, incluso el chico, y los policías hacen la venia, es posible que esté ejecutándose el Himno Nacional Argentino. A la derecha del presidente, con abrigo claro, puede verse a la Primera Dama, Regina Pacini.

Además, en el palco lo acompañan ministros. De hecho, dos integrantes del Gabinete, presentes en la celebración, serían presidentes. En la primera foto se encuentra (lamentablemente tapado) el Ministro de Guerra, Agustín Pedro Justo, quien está haciendo la venia. En la segunda foto, tocándose la cabeza, vemos a Roberto Marcelino Ortiz.

Para terminar, un par de datos acerca del Día de la Policía. No era una fecha fija, sino un sábado de octubre. Estos desfiles se hacían en el Parque Centenario del barrio de Caballito. Y se entregaban premios y condecoraciones a los que habían realizado actos de valor o que fueran un ejemplo para el resto de sus compañeros.

Pechos de miel

En el número 333 de la revista Primera Plana, publicada el 13 de mayo de 1969, la sección Music Hall daba cuenta del éxito que tuvieron los recitales Beat Baires. Eran organizados por el sello discográfico Mandioca (pionero en la difusión de rock nacional) y se desarrollaron durante cinco domingos consecutivos, a partir de las once de la mañana, en el Teatro Coliseo, ubicado en Marcelo T. de Alvear (ex Charcas), entre Cerrito y Libertad.

La publicación se ocupó de dos jóvenes bandas, Manal y Almendra y del solita Moris. Veamos qué opiniones dejó Primera Plana:

Moris

Para Mauricio Birabén, 27, todo empezó hace 15 años. “Escuché Hotel de corazones destrozados en la versión de Elvis Presley, y comencé a imitarlo. Cantaba por la calle, en el tren, en los bares. Todavía lo hago, a veces. Después aprendí a acompañarme con una guitarra española, leí Los vagabundos del Dharma, de Jack Kerouac, me enloquecí. Comencé a decir mis propias cosas no pienso parar”.

Provocando, como nadie, la agresión de un público lumpen, que ha cambiado el lengue y el cuchillo por la melena y los collares, pero que sigue esperando estrofas tautológicas y entonación segura, Moris soportó en la función del domingo 29, sin demasiado estoicismo, toda clase de injurias. Sin embargo, cuando un espectador indignado invitó a los ofensores a dirimir la causa en la calle, el juglar le espetó: “Para, flaco, que aquí somos todos pacifistas”. Él lo es, por lo menos, y también el solista más interesante del movimiento. Aunque todavía sus letras amontonen todos los temas que le desvelan, “aunque todavía desafino cuando me emociono demasiado”, el suyo es, sin duda, un estilo auténticamente apasionante, al que sólo le falta un público de su nivel.

Manal

Son tres: Javier Martínez, 23 (batería y canto), Claudio Gabis, 20 (guitarra), y Alejandro Medina, 19 (bajo), y, a pesar de un común desprecio por la enseñanza y aprendizaje convencionales, abruman con un léxico plagado de tecnicismos. Frecuentadores de escuelas comerciales e industriales, los tres dedican ahora todo su tiempo al conjunto, preocupados por extender y profundizar “el espectro de su dominio musical”.

Sin embarcarse en definiciones, coinciden en la ambición de expresarse y ser captados a distintos niveles. Entretanto, toda la filosofía del conjunto goza de una saludable variedad: “Evidentemente lo que hacemos tiende de alguna manera a provocar una determinada apertura mental”, pontifica Gabis. Javier Martínez (autor casi exclusivo del repertorio) prefiere informar sobre sus inclinaciones: las formas musicales que contienen improvisación, el flamenco, los antecedentes orientales, toda la música del norte de África, el candombe (su heredero rioplatense), el jazz auténtico y el blues, hacIa el que nos inclinamos, aunque sin la insistencia que pretenden achacarnos.

Detrás de los anteojos, la cara flaca y obsesiva se anima solamente al impacientarse con los límites del lenguaje hablado. Es entonces cuando Martínez recurre al tamborileo, al silbido y, por fin, al canto para explicarse. Indudablemente él y Gabis (un personaje rubio que solía dictar conferencias sobre música en el Nacional Buenos Aires) son los ideólogos del terceto. Y reconocen sin vacilar, que “una cierta solvencia que provoca el desborde instrumental es, probablemente, la que genera nuestra imagen de solistas”. Esa falta de imagen de grupo que se retroalimenta y la vaciedad de algunas letras son los obstáculos que Manal debe sortear.

Almendra

Son cuatro. Rodolfo García, 23 (batería), Edelmiro Molinari, 21 (guitarra), Emilio del Guercio, 19 (bajo y flauta), y Luis Alberto Spinetta, 19, quien, según su propia definición, hace “lo que puede, sobre todo cantar”. Según los más fervorosos seguidores del movimiento, conforman el equipo más solvente entre los grupos beat de Buenos Aires.

Ellos, entretanto, prefieren limitar las presentaciones en beneficio de una mayor cuota de ensayo. A diferencia de Manal, los cuatro almendras han estudiado música pero no están seguros de cómo o cuánto les ha servido. Ahora, mientras dos de ellos esperan, intranquilos, que el servicio militar los aleje del conjunto, reconocen que hacer música renegar de la violencia son las dos únicas constantes de su ideología.

Como Manal, afirman desconocer a su público: “Sí, casi siempre son jóvenes, más que nosotros, incluso. Y deben ser más o menos los mismos. Pero son pocos, eso es seguro. Autores de un colosal éxito de Leonardo Favio, Para saber cómo es la soledad [aclaramos a los lectores del blog que el título original fue Tema de Pototo], reconocen sin amargura que, por el momento, “no vendemos nada, por muchos motivos, pero esperamos que eso cambie”. Aunque todavía no saben muy bien si el cambio debe ser gestado por ellos o por el reticente público.

La revista Primera Plana dio cuenta de aquellos recitales en los que ocurrió un hecho que marcaría a la música nacional: la mañana del 22 de junio, Almendra estrenó Muchacha (Ojos de papel), dedicada a Cristina Bustamante, hija del encargado del edificio donde vivía Emilio del Guercio y de novia con el flaco Spinetta. O más o menos. Porque el día que cantaron Muchacha en público, Luis Alberto y Cristina estaban peleados. En medio de la interpretación, la joven de los ojos de papel se levantó de la  butaca y se retiró. Spinetta la veía salir y no pudo evitar llorar mientras continuaba cantando.

Un dato más: gracias a un reportaje que le hizo Sergio Datilo en Ámbito Financiero a Cristina Bustamante, se supo que la letra original de la canción hablaba de “senos de miel”, pero ella lo convenció de que pusiera “pechos” porque “senos” le sonaba a publicidad de corpiños.

Las dos Justicias

En julio de 1902 se sancionó la ley que estableció la construcción del Palacio de Justicia. La obra demandó décadas, pero fue habilitándose -inauguraciones mediante- por sectores.

Al comienzo, se determinó que una figura escultórica que representara a la Justicia debía colocarse en el principal ingreso del edificio. Se encargó la misma al artista Rogelio Yrurtia, quien en 1905 diseñó una figura femenina novedosa: sin la cláisca balanza en sus manos ni los ojos vendados. En cambio, estiraba los brazos hacia adelante en forma paralela y colocaba las palmas hacia abajo, dando la sensación de protección y misericordia.

Algo falló. Porque la obra quedó en boceto. Tal vez porque no gustó la innovación, tal vez porque no se destinaron los fondos para que el escultor continuara el proyecto. Tal vez, por ambas cosas. Lo cierto es que la dama de los brazos extendidos quedó varada en el taller de Yrurtia, mientras que un busto de San Martín pasó a ocupar el espacio central del edificio público.

Pasaron tres décadas. En 1938, La Justicia formó parte de la Exposición Nacional de Bellas Artes, en el Palais de Glace, y el doctor Carlos Delcasse (gran amigo del escultor y dueño de la célebre Casa del Ángel, en la calle Cuba del barrio de Belgrano), decidió aprovecharse de la desidia oficial: la compró y le pidió que la la colocara en su bóveda, en el cementerio de Olivos.

Así se hizo. Bajo la supervisión de Yrturtia y del mismísimo Delcasse, se montó la obra en la necrópolis. El propietario murió tres años después y fue a ocupar su lugar predeterminado. Por sucesiones y donaciones hoy es administrada por el Colegio de Escribanos de la Ciudad de Buenos Aires.

En 1959, con la autorización de los herederos del escultor, una copia de La Justicia fue emplazada en la entrada del Palacio, en Tribunales.

La copia terminó ocupando el lugar que cincuenta años atrás había sido destinado para la obra original.

 

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Liniers, Cambiaso y Trotz

El virrey Santiago de Liniers y Ana Perichón de O’Gorman fueron amantes, primero, y parientes políticos, luego: en 1809 una hija de Santiago –María del Carmen– contrajo matrimonio con un hermano de Ana, Juan Bautista. La hija de esta pareja, Rosario Perichon se casó con José Manuel de Estrada.

Son varios los descendientes de Estrada que han adoptado el apellido Liniers como nombre de pila. El más conocido es Ricardo Liniers Siri, autor de la historieta Macanudo que publica el diario La Nación. Su seudónimo es, a la vez, su segundo nombre: Liniers.

Entre los descendientes de los Estrada Liniers mencionamos al marido de Victoria Ocampo (Monaco Estrada), al político Santiago de Estrada, y a los polistas Ernesto Trotz y Adolfo Cambiaso (h). Sin embargo, una investigación llevada a cabo por genealogistas demuestra, con pruebas difíciles de rebatir, que muchos de los descendientes de Estrada nunca tuvieron ni una pizca de sangre de Liniers. Se refieren a la rama de Ángel de Estrada, supuesto hijo mayor de Rosario Perichon Liniers y José Manuel de Estrada.

Diego J. Herrera Vegas y Carlos Jáuregui Rueda cotejaron diversos archivos y arribaron a la conclusión de que sólo seis de los siete hijos del matrimonio fueron auténticos. Hasta hace poco tiempo se pensó que los Estrada Perichon habían sido siete: Ángel, Santiago, José Manuel, Narciso, Juan Bautista, Enrique y Eduardo. Hoy, la legitimidad de Ángel está casi descartada, ya que era hijo del padre, pero no de la madre. Las pruebas que ofrecieron los genealogistas Herrera Vegas y Jáuregui Rueda son:

- En el censo de 1855 realizado en la casa de la familia Estrada Perichon, vivían papá José Manuel (viudo, ya que Rosario había muerto en 1851), la abuela María del Carmen Liniers, los seis varones Estrada –de Santiago a Eduardo–, más un joven mayor que los demás, llamado Ángel pero de apellido Castro.

- En el formulario de la partida de matrimonio de Ángel de Estrada (del año 1867) no está completo el casillero en que debía indicar si era hijo natural o legítimo. Donde debía colocarse el nombre del padre, escribió: José Manuel de Estrada. Donde debía constar el nombre de la madre, dejó el espacio en blanco.

- En la sucesión de bienes de los Sarratea –Rosario Perichon era nieta de Santiago de Liniers y de Martina de Sarratea– del año 1864, José Manuel Estrada figura representando a seis de sus hijos Estrada. Ángel no figura.

- En una escritura de 1866 referida a una operación comercial con Justo José de Urquiza, el padre firma como representante de sus seis hijos. No se menciona a Ángel.

Ángel de Estrada fue director del Banco de la Nación Argentina y fundó la editorial que llevó su propio nombre. La reciente investigación les ha quitado la sangre Liniers a un nutrido grupo de argentinos. Por otra parte, los bisnietos, tataranietos y choznos de los seis hijos restantes, seguirán ostentando el título de descendientes del virrey, sin ningún problema. Entre los polistas, Ernesto Trotz continúa perteneciendo a la estirpe. En cambio, Adolfito Cambiaso mantiene la herencia genética de los Estrada, pero la de Liniers, ya no.

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Castigos a los estudiantes

La educación de nuestros próceres tuvo un condimento brutal: el castigo corporal. Es necesario aclarar que solía tomarse como algo natural. Sin embargo, para el tiempo de la Revolución de Mayo comenzaron a levantarse voces aisladas que manifestaban su rechazo a la violencia física en los casos en que el alumno cometía actos de indisciplina, respondía mal una pregunta o se evidenciaba que no había estudiado.

Se conoce el caso de Guadalupe Cuenca, viuda de Mariano moreno, quien cambió a su hijo de colegio (iba al San Carlos, donde había estudiado su padre) porque un profesor le pegó al niño. Sin duda, los integrantes la Asamblea General de 1813 conocieron las penurias del castigo en su época de estudiantes. Ellos establecieron, el 9 de octubre, la abolición de los azotes en las escuelas. Alegaron que era “absurdo e impropio que los niños que se educan para ser ciudadanos libres sean en sus primeros años abatidos, vejados y oprimidos por imposición de una pena corporal tan odiosa y humillante”.

Determinaron que tanto el Cabildo como la policía debían controlar que no se cometieron excesos. La norma tuvo corta vida. El estatuto provisional de 1815 derogó el decreto de la Asamblea. Los castigos volvieron a ser práctica habitual en las instituciones educativas y también en circunstancias más personales: el profesor particular podía pegarle a su alumno sin que nadie se horrorizase.

La Declaración de Independencia trajo varios cambios, entre ellos, la prohibición de “presidio, azotes y destierro”, sin la autorización de un tribunal superior. Esta medida se hizo extensiva a las escuelas. De todas maneras, la norma no se cumplía, aunque si se atenuó mediante las amonestaciones, que entonces se denominaban “notas de policía”. En Recuerdos de provincia, Domingo Faustino Sarmiento (señalemos que nació en 1811, lo que nos permite determinar su época de estudiante) contó que por su mala conducta, recibió varias “notas de policía”.

Recién en 1884, la ley 1420 de Educación impulsada por Julio A. Roca, retomó el asunto y estableció la prohibición a los directores, subdirectores y ayudante de las escuelas públicas –entre otras medidas–, de “imponer a los alumnos castigos corporales o afrentosos”.

La fiel criada de los Bioy

En las más antiguas sepulturas del cementerio de la Recoleta es común hallar, junto con la familia, a los criados de mayor confianza; aquellos que acompañaron a sus amos toda la vida. El caso más divulgado se encuentra en la bóveda de la familia de Bernabé Sáenz Valiente, ya que una placa lo confirma: “Catalina Dogan, en su humilde clase de sirvienta, fue un ejemplo de fidelidad y honradez”. Nosotros nos ocuparemos de una mujer que descansa en otra bóveda histórica. Nos referimos a Victorina Romarí, criada de los Bioy.

Su padre, el negro Timoteo, fue cochero de la familia (compuesta por Juan Bautista Bioy, Luisa Domecq e hijos) desde 1840, aproximadamente. Su mujer –cuyo nombre desconocemos–, también sirvió en la casa. Lo mismo ocurrió con los hijos, a medida que fueron naciendo: Salustiano, Bernardo, Daniel, Isidro, Sixta y nuestra mencionada Victorina, entre otros. Hacia mediados de la década de 1880, Timoteo ya se había ganado el cariño de los chicos de la casa, que lo llamaban Tata, pero llegó el tiempo de retirarse de la actividad. Su pelo se volvió cano y solía mencionar que se había convertido en tordillo (en relación al pelaje del caballo, mezcla de negro y blanco), para luego estallar en una carcajada. Su retiro no presentó muchas variantes. Solía sentarse al aire libre para fumar cigarrillos armados y contar cuentos, además de reírse mucho. Solo se ponía serio ante la presencia de su hijo Daniel, quien había tomado la posta para convertirse en el cochero de la casa. Timoteo sentía gran admiración y respeto por su hijo.

Entre los niños Bioy –Javier, María Luisa, Virginia, Pedro Antonio, Juan Bautista (h), Adolfo, futuro padre del escritor, Enrique y Augusto–, las preferidas fueron sus niñeras, la morenas Sixta y Victorina. La primera murió jovencita, víctima de la tuberculosis. Victorina, en cambio, acompañó a la familia durante décadas. Cuando tenía cerca de 30 años, Luisa Domecq de Bioy, quien solía decir que Victorina era su ministra de Relaciones Exteriores, le anunció que le pagaría. La negra no quiso saber nada. El recuerdo familiar es que la criada pidió que por favor no le hicieran eso y se puso a llorar. Los Bioy se las ingeniaron para disfrazar la paga en forma de regalos, incluso en algunos casos, de dinero. Lo que nos lleva a preguntarnos si no será que Victorina –quien, como todos sus hermanos, no alcanzaba a familiarizarse con el idioma–, tal vez entendió que le había dicho que le iban a pegar.

Lo cierto es que a través de los años la criada acumuló una pequeña fortuna, ya que nunca había tenido la necesidad de gastar en nada. Es más: cuando los Bioy hicieron su testamento, legaron a la fiel Victorina cincuenta productivas hectáreas en Olavarría. Ella, en cambio, no tenía descendencia. Sí, gente muy querida: en su testamento ordenó que el campo pasase a manos del menor de los Bioy, Augusto, a quien había criado desde chiquito. El dinero ahorrado lo repartió entre los numerosos nietos de la familia. Cada uno recibió quinientos pesos al morir Victorina. Entre ellos, Adolfo Bioy Casares. Tanto el escritor como la fiel criada descansan el sueño eterno en la Recoleta. Victorina en la bóveda de los Bioy. Adolfo en la bóveda Casares.

Los gauchos judíos y el girasol

“Carlos Casares es la cuna del cultivo de girasol en nuestro país. Los colonos llegados de Rusia trajeron la semilla y le implantaron en Colonia Mauricio para su consumo personal y de las aves de corral. El procedimiento para la siembra y la cosecha consistía en cortar la cabeza del girasol a cuchillo y déjalo secar. Luego se recogía y desengranaba en catres de alambre para pasarlo al pisadero; la ventilación la mano. La mecanización se aplicó desde 1920, cuando se sembraron unas 3800 hectáreas. En 1934, de las 83685 hectáreas sembradas con girasol en todo el país, 21000 correspondieron a Carlos Casares. Poco después nació la industria aceitera”.

De esta manera, el periodista Silvio Huberman se refirió a la llegada del girasol a la Argentina, en un delicioso libro que aborda numerosos detalles de un aspecto clave de la historia de nuestra tierra: la instalación de colonias de inmigrantes en el país.

Precisamente, “Los pasajeros del Weser” trata sobre el arribo del primer contingente organizado de familias judías al país, provenientes de Rusia, en 1889, a bordo del vapor alemán Weser.

Es necesario aclarar que para ese tiempo, alrededor de mil a mil quinientos judíos ya se encontraban en Buenos Aires, procedentes de Alemania, Inglaterra y Francia. Pero este contingente de 824 inmigrantes conformó el primer movimiento migratorio planificado de la colectividad. A decir verdad, la planificación estuvo lejos de cumplirse. Huberman ofrece detalles cinematográficos de las vicisitudes que pasaron antes de establecerse, principalmente en Santa Fe y Entre Ríos.

Agricultores expertos, se diseminaron por el país y así fue como en Carlos Casares, en la Colonia Mauricio, encontraron el mejor suelo para el cultivo y posterior desarrollo del girasol. Pero hubo otra cosecha fundamental: la de las familias judías en las colonias agrícolas. De allí surgieron los Huberman, los Pekerman, los Blejer, los Braslavsky, los Werthein, los Garfunkel y los Grobocopatel, entre muchísimos otros.

Sapo violento (1918)

El vespertino La Unión fue periódico que circuló en Buenos Aires entre 1914 y 1919. Las fechas marcan claramente su finalidad: fue un diario promovido durante la Primera Guerra Mundial por integrantes de la colectividad alemana con el objeto de ofrecer una mirada germana sobre los asuntos bélicos. Su redacción estaba en Avenida de Mayo 1064, cuadra que fue demolida cuando se creó la avenida 9 de julio veinte años después.

En esta oportunidad no nos ocuparemos de la contienda mundial ni de la actualidad alemana, sino de una simple noticia policial que refleja que incluso el juego de sapo, por las apuestas que generaba, era una actividad de riesgo. El 12 de julio de 1918, bajo el título “Consecuencias de una partida de sapo”, La Unión publicó:

En la esquina de la calle Gelly y Cavia se desarrolló esta madrugada un hecho de sangre cuyas causas procura establecer debidamente el personal de la comisaría 41. Encontrándose en el comercio de almacén situado en la esquina citada, de propiedad de Cornelio Basilio, los sujetos Domingo Contreras, Eduardo Crespo, Federico Díaz, Víctor Orozco y Aurelio Diéguez, se suscitó un cambio de palabras entre los dos primeros por diferencias en una partida al sapo. Los nombrados, después de proporcionarse una serie de golpes de puño, salieron a la calle, donde Crespo extrajo de sus ropas un puñal infiriendo a su rival una tremenda acuchillada en el cuello.

Acto continuo, el criminal huyó, presentándose poco después a la comisaría y constituyéndose en prisión. La víctima fue llevada en grave estado al hospital Juan A. Fernández, donde quedó en asistencia. 

Contreras es argentino, de 30 años, y pertenece al personal de tropa de la Guardia de Seguridad de Caballería.

Es importante aclarar que a corta distancia del almacén de Basilio se encontraba el cuartel de esta tropa, actual asiento del Cuerpo de Policía Montada, en Figueroa Alcorta y Cavia.