La descuartizadora de Viena, condenada a prisión perpetua

Conocemos a Jack el destripador y a tantos otros asesinos que convirtieron a sus víctimas en restos, por placer o para ocultar sus crímenes. En este caso, quien protagonizó semejantes hechos es una mujer.

FOTO: REUTERS

Su nombre es Estibaliz Carranza, es una ciudadana hispano-mexicana y la semana pasada fue condenada a prisión perpetua en Viena. La Justicia la encontró culpable de matar y descuartizar a dos de sus ex parejas.

Los crímenes fueron descubiertos cuando unos obreros se disponían a instalar unas tuberías en una vivienda. En el subsuelo se encontraron con un panorama de terror: restos de diferentes cuerpos habían sido ocultados en el lugar. Incluso lograron distinguir una pierna y una cabeza.

Carranza era dueña de una heladería ubicada en el mismo edificio. Los cuerpos de su ex marido y su novio fueron encontrados en heladeras y cubos con cemento. Cuando la policía señaló a la mujer como posible autora de los homicidios, la prensa la bautizó “La heladera asesina” y el “ángel de hielo”.

Según cuenta el diario El Mundo, Carranza es hija de un psicólogo, periodista y escritor esóterico mexicano y de una alavesa, residente en Barcelona. Nació en 1978 en México D. F. y tenía la doble nacionalidad. Cuando se casó con Holger, una de las víctimas, se trasladó a Viena donde en 2006 abrió la heladería ‘Schleckeria’ con ayuda de los 100.000 euros que le dio por entonces su todavía marido.

Tras el divorcio, Carranza mató a su ex marido con un fusil. Luego lo descuartizó con una sierra eléctrica e inventó una historia sobre su desaparición. Al tiempo, se puso de novia con un vienés. También lo asesinó y descuartizó.

Cuando los crímenes salieron a la luz, ella se limitó a decir que “tuvo que matarlos” por supuestos malos tratos.

Un jurado en la Audiencia Provincial de Viena la condenó la semana pasada a prisión perpetua por los homicidios.

 

 

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Menores en conflicto con la ley, una deuda del Estado

Hace cuatro años, cuando ocurrió el asesinato de Ricardo Barrenechea y varios menores fueron acusados por el crimen, hice esta nota, titulada Menores en conflicto con la ley, una deuda del Estado. Hoy esos menores fueron condenados a penas de hasta 13 años de prisión.

¿Cuánto cambió la situación de los menores en conflicto con la ley en estos últimos tiempos?

Les comparto la nota que hice aquella vez:

Menores en conflicto con la ley, una deuda del Estado

Si no fuera por un dejo de juventud en algunos de sus gestos, Daniel no se asemejaría en nada a un chico de su edad. Todo, desde sus ojos, su forma de caminar, hasta su cara arrugada, indicaría que tiene mucho más de 16 años.

Foto: http://www.elporvenir.com.mx

Sin embargo, Daniel es uno de los cientos de menores de edad que, habiendo nacido en sectores de la sociedad en donde el delito es un estilo de vida, pasa su adolescencia de institución en institución.

Daniel está acusado de homicidio. En el centro de detención, el paro de trabajadores del Estado se hace notar: por falta de personal, los chicos no pueden realizar su salida diaria al patio de tres por tres, cubierto de cemento y rejas por todos lados, donde, una vez al día, se les permite salir a tomar aire en situaciones normales.

No es la primera vez que el joven está en una institución. Probablemente no será la última.

La discusión. 

Desde mediados de año pasado, más precisamente, desde el crimen del ingeniero Ricardo Barrenechea en su vivienda en Acasusso, partido de San Isidro, se reavivó el debate sobre el crimen juvenil y la edad desde la cual una persona puede ser responsabilizada por sus actos.

La baja de la edad de imputabilidad es el pedido inmediato, tanto desde sectores del Gobierno como desde la propia sociedad, cada vez que un crimen involucra a un menor.

Más allá de esta discusión, lo cierto es que el sistema actual, según coinciden los especialistas, no da abasto para prestar correcto tratamiento a los jóvenes que delinquen.

Durante una visita a una institución de menores, lanacion.com comprobó que el lugar no está preparado para llevar adelante un programa de reinserción social de estos jóvenes. El centro de detención recorrido es un lugar improvisado para alojar menores que, en el marco de un sistema colapsado, no pueden ser recibidos en otras instituciones.

Los jóvenes, que deberían estar allí de paso, suelen pasar hasta más de un año detenidos en el lugar, que tiene todo el aspecto de una cárcel común.

Algunos menores que pasaron por el lugar, acusados de crímenes de distinta gravedad, contaron que hay días en que no tienen permitido salir de sus celdas durante las 24 horas.

Los programas de recreación, de motivación y educación son escasos y rara vez los menores tienen un seguimiento psicológico adecuado, según ellos mismos relataron.

Denuncias.

 “Los jueces consideran la internación como el primer recurso y es un error. Por eso hay hacinamiento, sobre todo en los centros de recepción”, sostiene Alicia Romero, abogada del Comité contra la Tortura, dependiente de la Comisión Provincial por la Memoria.

A fines de año pasado, el Comité dio a conocer un duro informe que motivó la intervención del instituto Almafuerte. En el escrito también se denunciaron irregularidades en las cárceles de menores La Matanza, cerrada luego de que se hallara sin vida a dos internos, y en el centro de recepción La Plata.

“Hay que unificar el régimen de vida en todos los institutos. En algunos, queda al criterio de la guardia que está ese día”, agrega, y ejemplifica: “Recreación es sentarse en un comedor a ver tele, los talleres no se dictan con regularidad y pueden pasar hasta un mes encerrados, como sucede en el centro de Lomas de Zamora, donde las sanciones son acumulativas”.

En el caso del Almafuerte, la inspección surgió tras una denuncia hecha por la madre de un detenido que había protagonizado un entredicho con un asistente. “No veía algo así desde Sierra Chica”, recuerda Romero. “Los chicos estaban golpeados, semidesnudos y habían dormido dos noches sin colchón”.

Extractos del informe

Centro Cerrado Almafuerte (intervenido hasta la fecha):

“Los jóvenes han sido víctima de golpes y malos tratos, que los han llevado a situaciones de autoagresión poniendo en riesgo su integridad psicofísica”.

“Hay sectores con gran cantidad de humedad. Las instalaciones de agua, los sanitarios de las celdas, la calefacción, entre otras cuestiones básicas están defectuosas o inutilizables.”

“El derecho a la educación está vulnerado (…). Es sumamente necesario que se revea el sistema de enseñanza, ya que no puede aceptarse que las clases sean de una hora y media por día”.

“Es sumamente preocupante la excesiva carencia de propuestas en el Instituto. Sumado a esto se encuentra la poca cantidad de jóvenes que acceden a las mismas. De un total de 30 jóvenes entrevistados en ocasión de la inspección pudimos constatar que entre un diez y un quince por ciento de los mismos accedían a algún tipo de actividad por fuera del clásico TV y DVD en el hall enrejado que funciona como espacio de recreación”. Seguir leyendo

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Caso Dalmasso: del alivio al desánimo, a seis años del crimen

Facundo Macarrón se sintió aliviado cuando la Justicia estableció lo que él y su familia siempre sostuvieron: que no tuvo nada que ver con el homicidio de Nora Dalmasso, su madre.

El joven abogado, que está en París, fue sobreseído luego de años de falsas acusaciones y humillaciones sumadas al dolor de perder a su madre en un crimen del cual no se sabe nada concreto luego de seis años de investigación.

Fuentes allegadas a la familia contaron a LA NACION que el sobreseimiento fue una gran noticia, pero fue inmediatamente seguida de una terrible desilusión: todavía no se sabe nada sobre el verdadero asesino, y comienzan a perder las esperanzas de que el crimen pueda resolverse.

Marcelo Brito, abogado de la familia, señaló que la causa está “virtualmente paralizada”, aunque afirmó también que hay “elementos para investigar” que no fueron profundizados y que la próxima semana solicitará nuevas pruebas.

Nota Dalmasso fue encontrada muerta el 26 de noviembre de 2006 en su casa del barrio Villa Golf de la ciudad de Río Cuarto. Estaba desnuda en la habitación de su hija, con golpes en el rostro y otras partes del cuerpo, y signos de haber sido ahorcada.

 

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Modus operandi: la literatura policial en manos de un forense

Para la lectura recomendada de esta semana, entrevistamos a Gastón Intelisano, un forense que decidió incursionar en el mundo de la literatura policial. En este post, hablamos de MODUS OPERANDI, su primera novela y de cómo fue su paso del mundo de las ciencias forenses al de la escritura. Además, te ofrecemos el primer capítulo de la novela y te contamos dónde podés conseguirla.

¿Cuándo decidiste que querías ser forense?

En mi etapa pre-universitaria. Siempre quise dedicarme a algo relacionado con la ciencia. Me apasionaban las clases de biología que teníamos en el laboratorio de la escuela primaria. Al llegar a la adolescencia, me marcaron a fuego series como “Los expedientes X”, “Millennium” y todo lo relacionado con el FBI. A los trece o catorce años, cuando mis amigos soñaban con ser futbolistas o estrellas de rock, yo quería ser un “agente federal”. Con el tiempo, y la ayuda de un tío policía, descubrí que lo que realmente me interesaba era el trabajo que realizaban en la escena del crimen: En ese momento, descubrí lo que era la Criminalística y las Ciencias Forenses.

¿Cómo fue el paso hacia la escritura?

El paso hacia la escritura llega mientras cursaba segundo año en la universidad. Fue un momento de mi vida en el que estaba casi las 24 horas del día dedicado a mi carrera. Por las mañanas teníamos clases de Toxicología en los laboratorios de la Morgue Judicial de Capital Federal, a media tarde, clases de Balística, Huellas y Rastros y Documentología  en la División de Policía Científica de Gendarmería Nacional y por la tarde-noche, clases de derecho, Química y Análisis matemático en la facultad. Fue una etapa en la que también empecé mis prácticas en la Superintendencia de Policía Científica de la Policía Federal. Acompañaba a la U.M.F.I.C.(la Unidad Medico Forense de Investigación Criminalística) todos los sábados, y cuando surgía un caso, me dirigía junto con todo el equipo que investiga la escena del crimen y tomaba notas para los médicos legistas, mientras examinaban a los cuerpos que intervenían en el caso. Leí muchas novelas policiales durante esos años, lo que me motivó a escribir en un primer momento. Lo pensé durante varios días, tras esa primera idea inicial. Después de haber estado acompañando a la unidad en muchos casos, tenía material para empezar. También había conocido a profesionales muy interesantes que podrían dar vida a los personajes. Me senté frente al teclado con una imagen que disparó la historia. Y entonces, los personajes comenzaron a hablarme…
¿Hay algo de tu experiencia laboral en alguna de las escenas de Modus Operandi?

Mucho, te diría con seguridad. Conocer el día a día de una unidad forense o de la morgue judicial creo que le dio mayor realismo y verosimilitud a la historia. También me ayudo a crear a los personajes, a darles un carácter y una forma de encarar cada caso.

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Triple crimen: comienzan los alegatos

Hoy comienzan los alegatos en el juicio por el triple crimen de General Rodríguez. Hay cuatro acusados en el banquillo. Un quinto´, Esteban Ibar Pérez Corradi, está prófugo. Para el fiscal, se trata del coautor de la privación de libertad y el homicidio de Damián Ferrón, Sebastián Forza y Leopoldo Bina.

Aquí, una cronología de lo que siguió a la aparición de los tres cadáveres en un zanjón de General Rodríguez.

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Ay, ay, ay, detective Warrick

Si alguno de ustedes es fanático de CSI Las Vegas (sin dudas, mi preferida de todas las CSI), sabrán quién es  Warrick Brown. El personaje interpretado por Gary Dourdan, además de fachero, es, en la ficción, un gran detective y un defensor de la ley.

Al parecer, nada de esto sucede en su vida real. Dourdan está ahora en bancarrota, dice TMZ.

¿Será verdad? Se sabe que es cierto que ha tenido otros conflictos. Fue detenido por posesión de drogas al menos dos veces. Y se lo acusó de agresión hacia una de sus novias.

Hoy, el actor que hace diez años ganaba millones por su actuación en el equipo de ficción de Gil Grissom, no tiene un mango partido a la mitad. O eso dicen.

A propósito.. volvé Grissom!!!! Te extrañamos!!

 

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¿Qué tanto conocemos a nuestros vecinos?

Esa fue la pregunta que escuché varias veces en Coronel Suárez. El principal shock, más allá de lo horrendo del cautiverio de Sonia, lo que vecinos y colegas de Estefenía Heit no podían entender es cómo no pudieron darse cuenta de lo que sucedía en la casa de la calle Grand Bourg al 1800.

FOTO: Guadalupe Aizaga

Esta consternación se repite cada vez que salen a la luz hechos terribles como el secuestro y abuso que padeció Sonia.

Los vecinos de Arquímides Puccio nunca imaginaron que “el loco de la escoba”, que salía a barrer a las 3 de la mañana, era en realidad un secuestrador y asesino.

En Lincoln, quienes conocieron a Tomás Dameno Santillán, a su madre y a la pareja de su madre jamás pensaron que los problemas al interior de ese hogar tendrían como desenlace la muerte del pequeño.

Lo extraño de algunos casos es que sucedan en lugares chicos, como Lincoln y Coronel Suárez, donde todos, o casi todos se conocen. Uno podría pensar que estos crímenes son dignos de lugares más grandes, donde uno apenas tiene contacto con su vecino.

Estefanía era, según la describieron todos, una mujer jovial, amable y sociable. Hablaba con todos. Su rol de periodista la convertía en un “personaje famoso” en la pequeña ciudad. ¿Cómo podía la gente saber lo que pasaba dentro de esa casa? Sí, es cierto que todos dicen que Olivera, su marido, era algo “raro” y cerrado. O al menos es lo que dicen ahora. Pero eso no hacía pensar que el hombre mantenía secuestrada y bajo torturas a otra mujer en su propia casa, esa casa por la que todos los de la cuadra pasaban a diario, de donde salía Estefanía y cruzaba algunas palabras amables con Carlos, el de al lado, o Marina, la del almacén.

Incluso sus colegas por poco parecían sentirse culpables de no haber notado nada. Estaban devastados. Se sentían, y se deben sentir aún, defraudados. Pero ¿Cómo podían saber lo que sucedía? ¿Cómo podían descubrir bajo la sonrisa cordial de la periodista la historia de terror que se producía en su casa?

Es curioso lo poco que conocemos a veces a nuestros vecinos.

Y vos ¿ qué tanto conocés a tus vecinos?

 

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A 20 años del cuádruple crimen cometido por Barreda

-”Voy a pasar el plumero en el techo, porque está lleno de bichos que dan una mala impresión. O sino voy a cortar y atar un poco las puntas de la parra que ya andan jorobando. Voy a sacar primero las telas de araña de la entrada, que es lo que más se ve”

-”Mejor que vayas a hacer eso. Andá a limpiar, que los trabajos de conchita son los que mejor te quedan: es para lo que más servís.”

-”El conchita no va a limpiar nada la entrada. El conchita va a atar la parra.”

Conocido es ese diálogo que fue el anuncio de un final trágico para cuatro mujeres. Las cuatro mujeres que vivían con el odontólogo Ricardo Barreda: su mujer, su suegra y sus dos hijas.

Hace 20 años, Barreda terminaba de pronunciar esas palabras y tomaba una escopeta para acabar con la vida de todas ellas. Dice que estalló. Que sufría mucho maltrato. Nunca sabremos qué hay de verdad en todo esto, porque su versión de los hechos es la única que quedó.

Pero sí podemos saber cómo vive, 20 años después, una persona que se deshizo de toda su familia. Y eso es lo que nos cuenta Rodolfo Palacios en su nuevo libro: “Conchita, el hombre que no amaba a las mujeres”.

Acá va una parte de la entrevista a Palacios que quedó afuera del artículo publicado hoy:

¿Qué es lo que te atrae en general de escribir sobre estos personajes del crimen?

Voy cerrando ciclos. Ahora estoy con un proyecto de un libro de ladrones de banco, que son mucho más atractivos, tienen esa cuestión más humorística que otra cosa. Siempre me atrajeron los textos de Roberto Arlt, Emilio Petcoff. Lo mismo de Enrique Symns.

Me interesa todo lo que tiene que ver con la oscuridad del alma. Sobre todo saber si puede haber algo de luz dentro de esa oscuridad. Y es gente de la que yo aprendí también. Por un momento digo: “Me parezco a estas personas”. Pero, por otro lado, digo “Yo nunca voy a hacer esto”. Y ese es el límite que nunca voy a cruzar. Pero me interesa esa frontera.

Hay una atracción por sus historias. Por personajes que parecen de ficción pero son reales. Que quieren ser eternizados en libros, que tienen esa cuestión de ego también. Hasta Robledo minimizaba al Petiso Orejudo porque decía que no era inteligente.  Pelean como si fueran Vedettes.

Va a llegar un momento en que el tema me va a agotar. Pero los ladrones como [Oscar Hugo] “La Garza” Sosa son tipos que ahora están de este lado, de donde estamos nosotros. Son tipos que están arrepentidos de lo que han hecho.  Y dentro de haber traspasado la ley mantienen ciertos códigos.

Quizás con Barreda, en cuanto a los asesinos, se cierre un ciclo. Aunque ya me llamó Pedraza, de los 12 apóstoles, para hacer una nota, y lo estoy evaluando. No lo puedo controlar.  Es un camino de ida escribir policiales. Difícil volver de eso.

El que escribe policiales también termina siendo otro y es difícil volver de ahí.

 

La mayoría de los personajes del crimen sobre los que escribís son hombres. ¿Qué pasa con las mujeres?

El delito es machista. Es difícil encontrar una mujer que lidere una banda. Generalmente la mujer ocupa el lugar de la compañera eterna, incondicional. Como las esposas de la Garza Sosa y el Gordo Valor. Siempre en un segundo plano pero importantes. Yo a veces le digo al Gordo Valor: “Me interesa más la vida de tu esposa que la tuya”. Nancy es una mujer encantadora, que jamás delinquió, solidaria.

Pero casualmente muchos ladrones terminan cayendo por una mujer. Como en el robo al Banco Río. Siempre se termina imponiendo la femme fatale, por suerte.

 

¿Siempre escribiste policiales? ¿Cuál fue el primero?

He escrito periodismo deportivo, espectáculos. Mi primer policial fue el caso del Loco de la ruta. Siempre me gustó el policial de ficción. Chandler, Soriano, Saccomano.

Hoy hay como un resurgimiento del policial en el periodismo y en la literatura.

 

Como periodista y escritor, ¿Pensás que la realidad supera a la ficción?

Sin dudas. De hecho es raro que un delincuente se inspire en una película. Siempre es al revés.

 

De todos los personajes sobre los que escribiste ¿Cuál es tu preferido?

Yiya Murano. Y la Garza Sosa, con quien tengo una excelente relación. Fui padre hace mes y medio y fue al hospital con un ramo de flores.

 

¿Cómo separás el mundo criminal de tu vida personal?

Es difícil. Mi mujer no quiere que haga más esto. La paso peor que un delincuente que sale a robar. Porque suena el teléfono y atiende ella y es Barreda, Vitette Sellanes y otro. Quiere que me retire.

Conocí a Calamaro porque él quería conocerlo a la Garza. Él también se siente atraído por esos personajes. Pasa que él va más allá, los lleva a la casa. Yo eso no lo hago. No lo haría. Con la Garza es distinto. Está todo bien, es un tipo que ya está fuera del delito. Está devolviendo un poco a la sociedad de lo que le sacó.

Pero es difícil la división. Porque esa oscuridad que tienen los asesinos, después de entrevistarlos y escribir con ellos, te queda en el cuerpo.

Si querés leer la entrevista completa al autor, podés hacerlo en lanacion.com.

Si querés comprar el libro, podés hacerlo en Libros de Cerca.

 

 

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El recuerdo del Clan Puccio

El caso de la mujer secuestrada y abusada durante tres meses en Coronel trae a la memoria a una familia que se hizo famosa por su dedicación al secuestro y asesinato.

¿Se acuerdan de “El Clan” Puccio?

Nélida Bollini de Prado fue la única de las víctimas de esta familia que logró salir con vida de esa película de terror. Cuando la encontraron, la noche del 23 de agosto de 1985, llevaba más de un mes en cautiverio. Estaba atada al piso del temible sótano de los Puccio, en la vivienda ubicada en Martín y Omar al 500, en San Isidro.

Otras tres víctimas no tuvieron la misma suerte: fueron asesinadas. El líder de esta familia, Arquímides Puccio, pasó a la historia como uno de los más famosos criminales de la Argentina.

Hace un tiempo hice esta nota sobre los Puccio, que les comparto acá:

Clan Puccio: el secuestro como “negocio” de familia

Eran conocidos en el barrio. Tenían un local de artículos de deportes náuticos en la planta baja de su vivienda, y un bar en el edificio de al lado. Al jefe de familia, cuentan los vecinos, se lo veía permanentemente barriendo la vereda, a cualquier hora. La suya y la del frente, conducta que sorprendía pero no develaba lo que había literalmente debajo de todo esto: tres muertes y una historia de terror.

Es que el negocio de Arquímedes Puccio que ningún vecino conocía era el que mantenía en el sótano de la vivienda ubicada en Martín y Omar al 500, en San Isidro. Era el negocio del secuestro extorsivo, en el que se vio involucrado al menos uno de sus hijos y otras personas allegadas. La prensa los denominó el Clan Puccio, teniendo en cuenta que Arquímedes, un contador público que llegó a ser vicecónsul, era el líder.

Tres muertes. Corría la década del 80. Alejandro Puccio, uno de los 5 hijos del matrimonio de Arquímedes con Epifanía Angeles Calvo, era un renombrado jugador del Club Atlético San Isidro (CASI). Repentinamente, un conocido suyo, Ricardo Manoukian, de 23 años, desaparece el 22 de julio de 1982. Poco después su familia recibe un pedido de rescate de US$ 250.000, que paga con la esperanza de recuperar al joven con vida.

Pero eso no iba a suceder. El 30 de julio de ese mismo año, tres disparos en la cabeza acabaron con la vida de Ricardo Manoukian.

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¿Cuánto cuesta matar a un hombre en Medellín?

(La siguiente crónica fue publicada en la revista Etiqueta Negra. El autor es José Alejandro Castaño)  Más publicaciones en Crónicas Periodísticas

El disparo le entró por la espalda, atravesó el pulmón derecho y le salió por el pecho, por un resquicio entre la cuarta y la quinta vértebra. El hombre se derrumbó sobre la acera, con los brazos abiertos y la boca inundada de sangre. Narices, jefe de la banda «Los Pinochos», recuerda que se acercó y disparó dos veces más. Las balas golpearon la nuca y la oreja izquierda. Por esa puntería cobró un millón de pesos, unos trescientos cincuenta dólares. El encargo lo había recibido días antes de un vecino acorralado por una deuda que no pensaba pagar. Fue un asesinato fácil. La víctima andaba sola, desarmada y con una rutina calcada. Lo sorprendió en un callejón, saliendo de la casa de una mujer a la que frecuentaba. Eran las diez de la noche y no había gente en la calle, sólo un perro sin cola que no atinó a ladrar.

Narices, además de puntería, tiene olfato: en enero, recuerda, por una suma siete veces mayor, desechó un encargo porque le olió raro, a misión sin regreso. Debía matar a un comerciante dentro de su casa sin disparar un solo tiro, ésa era la condición. A los diecinueve años Narices había asfixiado a un hombre y, a los veinte años, apuñalado a dos más. Al primero, dice, lo mató sin darse cuenta, en una riña de calle, después de quitarle una pistola. Lo sujetó por el cuello con los nudillos y se le echó encima, esperando que se calmara. Eran amigos y ya no recuerda por qué se fueron a las manos. Estaban ebrios. Los otros dos sujetos apuñalados fueron drogadictos del barrio, sentenciados después de violar a una niña sordomuda. La banda de la zona decidió congraciarse con los vecinos y matarlos a pedradas. Narices dice que antes los acuchilló para ahorrarles sufrimiento.

Pese a sus antecedentes, el jefe de «Los Pinochos» dice que se negó a asesinar al comerciante sin la ayuda de un arma de fuego. La casa quedaba en un lujoso condominio de El Poblado, el barrio más exclusivo de Medellín. Debía hacerse pasar por un funcionario de Cable Unión, una empresa de televisión por cable. Le dieron, incluso, una tarjeta de presentación para entregar al vigilante de la portería, del que le habían advertido que iba a revisarle la caja de herramientas y los bolsillos. La empleada del servicio autorizaría su ingreso y, una vez en la casa, Narices debía asesinar al hombre, que era mayor y andaba en muletas según le dijeron. Pero fue otro muchacho de «Los Pinochos» quien aceptó el encargo. Luego Narices se enteró por la radio: un reconocido comerciante había disparado contra un supuesto técnico de televisión por cable cuando éste había intentado apuñalarlo por la espalda con un destornillador. Según la versión periodística, el caso era una prueba del nivel de inseguridad al que había llegado esa zona de Medellín y de la confianza excesiva de algunos ciudadanos que contrataban personal sin confirmar sus antecedentes. Narices sabía que la idea de matarlo era de la esposa y de su amante, un contador que administraba los negocios de la pareja. No fue la primera vez que se salvó por decirle no a un negocio lucrativo.

«Los Pinochos» no recuerdan a cuánta gente han matado. No se acuerdan y prefieren no esforzarse por precisarlo. Sienten, quién lo creería, un pudor por ciertos crímenes cometidos, como ése de una joven y su hermana a las que terminaron matando porque con la impresión del asalto no habían sido capaces de recordar las claves de sus tarjetas bancarias. Pero también hay muertes de las que hablan con desenfreno: aquélla de un conductor al que acribillaron lanzándole una granada por la ventana de su casa porque le estaba pasando información a la policía. Narices ha asesinado a un comerciante por encargo de uno de sus socios. A un taxista, a solicitud de un familiar. A un abogado, a pedido de un cliente al que éste había embargado su casa y el sueldo. A un brujo, por encargo de la mamá de una de las mujeres que había violado mientras les hacía supuestas regresiones con narcóticos. Hubo un caso que, de puro miedo a que les cayera una maldición, rechazaron Narices y los suyos: el de un joven homosexual que quería vengarse de un sacerdote porque, según les dijo, éste se había quedado con un dinero de ambos. Un conocido de Narices les llevó la petición del joven al que nunca llegaron a ver en persona. El muchacho les ofreció como paga los cinco millones de pesos, unos mil seiscientos dólares que el sacerdote tenía guardados en una caja fuerte de la casa cural. Narices dice que matar a un cura, así sea marica, es pecado. Lo demás, casi todo, se puede pagar con arrepentimiento.

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