Otra edición del nuevo formato de Crónicas Policiales

Los invito a ver el especial sobre Robledo Puch en el nuevo formato de Crónicas Policiales


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Robledo Puch, el preso más antiguo, vuelve a pedir la libertad

Es el preso más antiguo del país.  Fue condenado a reclusión perpetua, más la pena accesoria de reclusión por tiempo indeterminado, por haber cometido 10 homicidios calificados, un homicidio simple, una tentativa de homicidio, 17 robos, una violación, una tentativa de violación, un abuso deshonesto, dos hurtos y dos raptos.

Carlos Robledo Puch lleva ya 41 años detenido. Está alojado en Sierra Chica, una de las cárceles más temidas de la provincia de Buenos Aires, famosa por el sangriento motín ocurrido en 1996.

El “Ángel Negro”, como se lo conoce, conoce más la cárcel que la calle. Una vez más, pidió salir en libertad, porque considera cumplida su sentencia. En anteriores oportunidades, Puch solicitó salir de la cárcel. Todas las veces, la solicitud le fue denegada.

Los argumentos son varios, pero fundamentalmente el problema es que este famoso asesino no tiene familia ni hogar fuera de la prisión. Y en varias oportunidades ha demostrado inestabilidad psicológica.

Aquí les comparto una nota que hice hace un tiempo que cuenta la historia de este personaje. Y si quieren saber un poco más sobre él, les recomiendo el libro El Ángel Negro, de Rodolfo Palacios.

La nota:

“Algún día voy a salir y los voy a matar a todos”

un enviado de Dios cuya misión es predicar el Evangelio. Y después de casi 38 años en prisión, insiste en su inocencia. “Nunca amenacé ni mate a nadie”, aseguró Carlos Eduardo Robledo Puch en una entrevista que concedió a LA NACION el año pasado.

Sin embargo, en el Tribunal que lo sentenció a cadena perpetua en 1980 aún recuerdan sus palabras: “Esto fue un circo romano. Algún día voy a salir y los voy a matar a todos”. Robledo Puch hoy tiene 57, lleva 37 años y siete meses preso, y no manifiesta el más mínimo arrepentimiento. Solicitó su libertad en varias oportunidades, pedido que fue rechazado cada vez.

Según la Justicia, Robledo Puch siempre actuó con cómplices, junto a quienes, en menos de dos años, llegó a cometer numerosas atrocidades.

Terror en Olivos. Su historia delictiva comenzó con Jorge Ibáñez, en 1970, con el asalto a la joyería de Rachmil Israel Isaac Klinger, en Olivos. De allí se habrían llevado 100.000 pesos. También se los acusó de robar en un taller de caños de escape, a pocas cuadras de la joyería.

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Los abogados del diablo

Cada vez que ocurre un crimen despreciable y el autor es identificado, surge en su defensa un abogado, ya sea por designación o por libre elección. Así lo establece la ley y las convenciones internacionales: hasta el más imperdonable de los criminales tiene derecho a un abogado.

Tal como relata un artículo de la revista Muy Interesante, estos letrados suelen ser socialmente condenados por los personajes a los que defienden.

“Ni que decir tiene que existe una cierta predisposición al vedettismo en algunos letrados que aparecen como ingrediente de todas las salsas, no siempre con las mejores intenciones”, sostiene el artículo. “Acaso la publicidad que supone representar a terroristas internacionales o a dictadores sanguinarios permita sacar réditos, por ejemplo, de los beneficios por los derechos de autor de las memorias de los delincuentes”.

Pero la autora del artículo hace una concesión: cabe la posibilidad de que el abogado crea no sólo en el derecho a un juicio justo, sino en la verdadera inocencia o impunidad de su patrocinado.

“Lo cierto es que en los sistemas jurídicos desarrollados incluso el peor despojo de la sociedad tiene derecho a un abogado, hasta el punto de que en algunos de ellos una defensa deficiente puede suponer un motivo de anulación del proceso si se aprecia desidia, negligencia inexcusable o manifiesta mala praxis del jurista”,  aclara la autora.

En la Argentina, el derecho a la defensa en juicio está establecido en el Art. 18 de la Constitunción:

Art. 18.- Ningún habitante de la Nación puede ser penado sin juicio previo fundado en ley anterior al hecho del proceso, ni juzgado por comisiones especiales, o sacado de los jueces designados por la ley antes del hecho de la causa. Nadie puede ser obligado a declarar contra sí mismo; ni arrestado sino en virtud de orden escrita de autoridad competente. Es inviolable la defensa en juicio de la persona y de los derechos.

El artículo de la revista Muy Interesante recomienda la lectura del libro Estrategia judicial, de Jacques Vèrges, un abogado que se hizo conocido por haber defenido, entre otros, al terrorista venezolano Carlos El Chacal y del criminal nazi Klaus Barbie.

Sobre este letrado se realizó un documental, llamado El abogado del terror. Aquí, un fragmento de esa producción:

 

 

 

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Lectura recomendada: Honrarás a tu padre, de Gay Talese

Siguiendo la línea de lo publicado esta semana en el blog, les recomiendo este gran libro de Gay Talese: Honrarás a tu padre. El siguiente texto es un fragmento de una nota sobre este libro publicada por la revista Anfibia. Para leer la nota completa, pueden hacerlo en el sitio de Anfibia.

HONRARÁS A TALESE

Cuando fue publicado por primera vez en 1971 “Honrarás a tu padre” reveló los secretos de la mafia italiana en Estados Unidos: la vida de sus jefes, las peleas, los negocios, los vínculos con otros poderes, el inicio de la decadencia. Cuarenta años después, reeditado en español por Alfaguara, el libro de Gay Talese se transformó en otra cosa: la biografía de Bill Bonnano, un desconocido que se sobrepuso al destino.

Por: Margarita Isaza Velásquez

El escritor va sembrando agujeros en cada párrafo que avanzas. Quieres que se llenen ya con el detalle que falta, pero sabes que debes tener paciencia. La calma de tu lectura se convertirá en asombro, pequeño sobresalto en tu cama, cuando el sombrero del mago aparezca. No sabes cómo sucederá, o en qué página se resolverá esa duda. Tal vez la olvidarás. Puede ser el color de un auto, el lugar de un tiroteo, la decepción de una esposa, el paradero de un jefe de la mafia…
En Honrarás a tu padre, los agujeros ocupan las 602 páginas pero tienen doble faz: callan y dicen, esconden y entregan. Su efecto es el de pequeñas epifanías que al sucederse van aumentando en importancia: lo que acabas de conocer, parece decirte Gay Talese, es más importante que aquella duda, ahora nimia.

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Los valientes sastres de la mafia

El siguiente texto, escrito por Gay Talese, fue publicado en El Malpensante y replicado en el blog Crónicas Periodísticas.

Los valientes sastres de la mafia

Existe un leve desorden mental, endémico en el negocio de la sastrería, que comenzó a tender sus hilos en la psique de mi padre durante sus días de aprendiz en Italia. Por entonces él trabajaba en el taller de un artesano llamado Francesco Cristiani, cuyos antepasados varones habían sido sastres durante cuatro generaciones sucesivas y, sin excepción, habían exhibido síntomas de esta enfermedad ocupacional. Aunque nunca ha atraído la curiosidad científica —y por lo tanto no puede clasificarse con un nombre oficial—, mi padre describió una vez esta enfermedad como una suerte de prolongada melancolía que a veces estalla en arrebatos de mal humor.

Es el resultado, sugería mi padre, de excesivas horas de una lenta, laboriosa y microscópica labor que puntada a puntada —centímetro a centímetro— va abstrayendo al sastre en la luz que se refleja sobre la aguja que destella dentro y fuera de la tela. El ojo de un sastre debe seguir la costura con precisión, pero su pensamiento está libre para desviarse en diferentes direcciones: examinar su vida, reflexionar sobre su pasado, lamentar sus oportunidades perdidas, crear dramas, imaginar banalidades, cavilar, exagerar. En términos simples, el hombre, al coser, tiene demasiado tiempo para pensar.

Mi padre servía como aprendiz todos los días, antes y después de sus clases en el pueblo de Maida, en el sur italiano. Él sabía que algunos sastres podían quedarse sentados durante horas, acunando una prenda entre sus cabezas gachas y sus rodillas cruzadas, cosiendo sin esforzarse ni moverse excesivamente, sin un soplo de oxígeno fresco con qué aclarar sus mentes. Y luego, con inexplicable inmediatez, podían ponerse en pie de un salto y estallar en furia ante cualquier comentario casual de un colega, así fuese sólo una frase trivial sin intención de ofender a nadie. Cuando esto ocurría, mi padre solía refugiarse en una esquina mientras los carretes y los dedales de acero volaban por la habitación. En el caso de que el airado sastre fuera acicateado por sus insensibles colegas, hasta podía buscar el instrumento más terrorífico dentro del taller: las tijeras, largas como un par de espadas.

También había ocasionales disputas entre los clientes y el propietario, el ufano y diminuto Cristiani, quien se enorgullecía enormemente de su ocupación y creía de sí mismo y de los sastres bajo su supervisión que eran incapaces de cometer un error. Y si así fuese, él no estaba dispuesto a aceptarlo. Una vez un cliente entró a probarse un traje nuevo, pero no pudo ponerse el saco porque las mangas eran muy angostas. Francesco Cristiani no sólo descartó disculparse con él. Peor aún, se comportó como insultado por la ignorancia del cliente sobre el exclusivo estilo de la casa Cristiani en moda masculina.

—¡No se supone que deba pasar sus brazos por las mangas del saco! —le dijo en tono autoritario—. Este saco está diseñado para ser usado sobre los hombros.

En otra ocasión Cristiani se detuvo en la plaza de Maida después del almuerzo, dispuesto a escuchar una banda durante su concierto de mediodía. De pronto se percató de que el nuevo uniforme entregado por él al tercer trompetero mostraba un pliegue detrás del cuello cada vez que el músico se llevaba el instrumento a los labios. Preocupado porque alguien pudiera darse cuenta y fuese a criticar su calidad como sastre, Cristiani ordenó a mi padre —por entonces un flacucho muchachito de ocho años— deslizarse detrás del estrado y, con furtiva fineza, jalar el borde inferior de la chaqueta cada vez que el bulto apareciera. Una vez terminado el concierto, Cristiani ideó un medio sutil por el que al fin pudo recuperar y reparar la chaqueta.

***

Por aquel entonces, primavera de 1911, ocurrió una catástrofe en la tienda para la que parecía no haber solución. El problema era tan serio que la primera idea que se cruzó por la cabeza de Cristiani fue dejar el pueblo por un tiempo en vez de quedarse en Maida y enfrentar las consecuencias. El incidente que provocó tal pánico había sucedido en el taller de Cristiani el sábado anterior a la Pascua, y se resumía en el daño accidental pero irreparable causado por un aprendiz a un traje nuevo confeccionado para uno de los más exigentes clientes de Cristiani. Era alguien que estaba entre los más renombrados uomini rispettati de la región. Hombres popularmente conocidos como la Mafia.

Antes de percatarse del accidente, Cristiani disfrutaba de una próspera mañana en su tienda recibiendo el pago de varios clientes satisfechos que habían ido llegando para la prueba final de sus trajes. Eran los trajes que vestirían al día siguiente en la passeggiata de la Pascua: el evento de exhibición más esperado del año por los hombres del sur de Italia. Mientras las modestas mujeres del pueblo pasarían el día después de misa colgadas de sus balcones —a excepción de las más atrevidas mujeres de inmigrantes norteamericanos—, los hombres pasearían por la plaza, conversando tomados del brazo, fumando y examinando meticulosamente el corte de los demás trajes. A pesar de la pobreza del sur de Italia, o quizás a causa de ella, había un excesivo énfasis en la apariencia —parte del síndrome fare bella figura de la región—, y muchos de los hombres que se congregaban en la plaza de Maida, como en docenas de lugares similares por todo el sur de Italia, eran insólitamente versados en el arte de la sastrería fina.

Todos podían evaluar la hechura de un traje ajeno en segundos, apreciar cada diestra puntada o elogiar el dominio de la tarea más difícil para un sastre: el hombro, del que más de veinte partes del traje debían colgar en armonía y permitir fluidez de movimiento. Casi todo hombre de respeto, al entrar en un taller para elegir la tela de su nuevo traje, sabía de antemano las doce medidas principales de su cuerpo, empezando con la distancia entre el cuello y la cintura de la chaqueta, y terminando con el ancho exacto de las perneras, por encima de los zapatos. Entre estos hombres había muchos clientes que habían tratado con la empresa familiar de los Cristiani durante toda la vida, como antes lo habían hecho sus padres y abuelos. En efecto, los Cristiani habían estado haciendo ropa para hombres desde 1806, cuando la región estaba bajo el control de Napoleón Bonaparte. El día en que el cuñado de Napoleón, Joaquín Murat, instalado en el trono de Nápoles, fue asesinado en 1815 por un escuadrón de tiradores españoles borbones en la villa de Pizzo —unas millas al sur de Maida—, el guardarropa que Murat dejó tras de sí incluía un traje hecho por el abuelo de Francesco Cristiani.

Pero ese Sábado Santo de 1911, Francesco Cristiani afrontaba una situación en la que de nada valía esa larga tradición familiar en el negocio. En sus manos sostenía un pantalón nuevo, con un corte de dos centímetros y medio en la rodilla izquierda. Era un corte hecho por un aprendiz que había estado manipulando descuidadamente unas tijeras sobre la mesa en la que habían colocado el pantalón para la inspección final de Cristiani. Aunque a los aprendices se les recordaba repetidamente que no debían manipular las pesadas tijeras —su principal misión era pegar botones y coser bastas—, algunos jóvenes violaban inconscientemente la regla en su afán por adquirir experiencia como sastres. Pero lo que magnificaba el delito del joven en esta ocasión era que el pantalón dañado había sido hecho para alguien a quien todos llamaban el mafioso, cuyo nombre era Vincenzo Castiglia.

Castiglia era un cliente primerizo proveniente de la cercana Cosenza. Y era tan desfachatado sobre su profesión criminal que mientras le tomaban las medidas para el traje, un mes atrás, le había pedido a Cristiani un espacio amplio dentro del saco para llevar la pistola en su sobaquera. Aquella vez el señor Castiglia había hecho también otros requerimientos que ante los ojos del sastre lo elevaron a la categoría de un hombre con un alto sentido de la moda: alguien que sabía exactamente lo que podría favorecer su corpulenta figura. Castiglia había pedido que las hombreras del traje fueran extra anchas para dar a sus caderas una apariencia más estrecha. Además había procurado distraer la atención de su protuberante barriga ordenando un chaleco plisado con anchas solapas en punta, y un agujero en el centro para que él pudiera pasar una cadena de oro unida a su reloj de bolsillo adornado con diamantes.

El señor Castiglia también especificó que las bastas de su pantalón fueran volteadas hacia arriba, de acuerdo con la última moda del continente. Y al asomarse al taller de Cristiani, había expresado su satisfacción al observar que todos los sastres estaban cosiendo a mano y no empleando la ya por entonces difundida máquina de coser que, a pesar de su velocidad, carecía de la capacidad para moldear las costuras y los ángulos de la tela. Según Castiglia, esto sólo era posible en las manos de un sastre talentoso. Inclinándose con respeto, Cristiani le aseguró que su casa de moda jamás sucumbiría a la desgraciada invención mecánica, aunque las máquinas de coser ya fueran ampliamente usadas en Europa y América. A la mención de América, Castiglia sonrió y dijo que había visitado una vez el Nuevo Mundo y que tenía varios parientes establecidos allí (entre ellos estaba un primo, Francesco Castiglia, que años después, al empezar la era de la prohibición, lograría gran notoriedad y riqueza bajo el nombre de Frank Costello).

En las semanas siguientes, Cristiani dedicó casi toda su atención a satisfacer las especificaciones del mafioso, y dijo que se sentía muy orgulloso de los resultados. Hasta el Sábado de Gloria, cuando descubrió el corte de dos centímetros y medio que atravesaba la rodilla izquierda del nuevo pantalón del señor Castiglia. Vociferando angustiosa y furiosamente, Cristiani muy pronto obtuvo la confesión del aprendiz, que admitió haber estado cortando retazos de tela en el borde del molde donde se encontraba el pantalón de Castiglia. Cristiani se detuvo en silencio, aturdido durante varios minutos, rodeado por sus igualmente preocupados y mudos asociados. Él podía, por supuesto, huir y esconderse en las colinas. Tal vez ésa fuese su primera reacción. Pero también podía devolverle el dinero al mafioso, explicarle lo sucedido y ofrecerle al culpable aprendiz en sacrificio para que sus hombres diesen cuenta de él.

En este caso, sin embargo, existían circunstancias especialmente disuasivas. El culpable aprendiz era el sobrino de María Talese, la esposa de Francesco Cristiani. Ella era la única hermana del mejor amigo de Cristiani, Gaetano Talese, quien por entonces trabajaba en América. Y el hijo de Gaetano, ese aprendiz de ocho años llamado José Talese —quien habría de convertirse en mi padre—, estaba llorando convulsivamente. Mientras Cristiani trataba de consolar a su arrepentido sobrino, su mente seguía buscando una solución. No había manera.

En las cuatro horas que quedaban antes de la visita de Castiglia era imposible hacer un segundo pantalón aunque tuvieran todo el material del mundo para hacerlo. Tampoco había modo de disimular el corte en la tela, aun con una maravillosa labor de zurcido. Sus compañeros insistían en que lo más sabio era cerrar la tienda y dejar una nota para el señor Castiglia alegando enfermedad o alguna otra excusa que demorase la confrontación. Cristiani les recordó que nada ni nadie podría absolverlo si dejaba de entregar el traje del mafioso a tiempo para la Pascua. Estaban obligados a encontrar una solución al instante, o al menos en las cuatro horas que quedaban antes de que Castiglia arribase.

Mientras el campanazo del mediodía tañía desde la iglesia en la plaza principal, Cristiani anunció con su voz más lúgubre: Seguir leyendo

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Lectura recomendada: El largo adiós, de Raymond Chandler

¿Te gustan los libros de detectives? Entonces te va a gustar este libro que recomendamos hoy: El largo adiós, de Raymond Chandler. A mí me lo recomendó Leonardo Faccio. El libro es fascinante.

Para que conozcas algo sobre el autor y el libro, podés leer esta nota publicada en El País:

El largo adiós

Junto con Dashiell Hammett es el escritor de novelas negras de mayor prestigio y, probablemente, popularidad. Los dos, aunque primero Hammett, dignificaron un género que hasta entonces era, básicamente, pasto de los lectores de las revistas y las ediciones baratas de usar y tirar. Chandler tenía una formación más rigurosa y académica de lo habitual, pues pese a nacer en Chicago se educó en Londres y completó su formación académica en Francia y Alemania. Regresó a Estados Unidos y trabajó en diversos oficios hasta que en 1932, con 44 años de edad, y tras ser expulsado de la empresa petrolera en la que era ejecutivo, decidió dedicarse exclusivamente a la literatura. Seguir leyendo

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Tomás Santillán: la sentencia

Hoy se dará a conocer la sentencia por el crimen de Tomás Dameno Santillán, el menor de 9 años que fue asesinado en Lincoln en noviembre del año pasado.

El único en el banquillo es su padrastro, Adalberto Cuello. Durante los alegatos de la semana pasada, el fiscal del juicio, Javier Ochoaizpuro, solicitó que el acusado sea condenado a “reclusión perpetua más accesorias legales” -la máxima pena prevista en el Código Penal- por el delito de “homicidio agravado por ensañamiento y alevosía”.

Para recordar un poco el caso, les comparto algunas notas que hice sobre el caso en el momento en que se conoció el hecho.

La familia del padrastro de Tomás, según sus vecinos

Aunque la Justicia tiene a Adalberto Cuello en la mira como el principal sospechoso del crimen, en Lincoln mucha gente lamenta lo que les toca vivir a los padres del hombre detenido; el recuerdo del niño asesinado

LINCOLN.- Como cualquier tarde de primavera, la gente aprovechó la caída del sol para sacar sus sillas a la calle o dejar que los chicos salgan a jugar en la vereda. Pero al paisaje de casas bajas, árboles frondosos y gente que pasa en bicicleta se le sumó un ruido desconocido para los vecinos: el sonido de las vallas de la policía al chocar entre sí mientras varios efectivos las acomodaban. El objetivo era cercar los dos extremos de la calle ante la posibilidad de que una posible marcha para reclamar justicia por la muerte de Tomás Dameno Santillán llegara hasta el lugar.

Es que en esa cuadra, en Alsina al 200, en la localidad de Lincoln, viven los padres de Adalberto Cuello, el padrastro del niño asesinado que está detenido y es considerado por la Justicia el principal sospechoso del crimen.

“Estamos conmocionados. Es una excelente familia. Gente trabajadora y muy educada”, dice Julia Caballero, una señora que vive apenas a media cuadra del lugar, mientras observa atónita como la policía despliega el operativo justo en la esquina de su casa.

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¿Cuál es la diferencia entre cadena, reclusión y prisión perpetua?

Muchas veces leemos fallos que hablan de sentencias a perpetua acompañadas de tres palabras diferentes: cadena, reclusión, prisión. ¿Existe una diferencia real entre esas condenas?

Tal como explica Ignacio Tedesco, abogado y docente de la UBA, la “cadena” perpetua no es un concepto jurídico, sino más bien popular. “Hace referencia a un esquema de pena de prisión perpetua, en general, sustitutiva de la pena de muerte. Tipo de penas perpetuas que en muchos países también están consideradas inconstitucionales”.

En la Argentina, el Código Penal prevé la “prisión” perpetua, aunque en realidad no es en sí una perpetuidad, ya que el condenado puede salir en libertad condicional si cumple con los requisitos del Artículo 13 del CP:

Art. 13.- El condenado a reclusión o prisión perpetua que hubiere cumplido veinte años de condena, el condenado a reclusión temporal o a prisión por más de tres años que hubiere cumplido los dos tercios de su condena y el condenado a reclusión o prisión, por tres años o menos, que por lo menos hubiese cumplido un año de reclusión u ocho meses de prisión, observando con regularidad los reglamentos carcelarios, podrán obtener la libertad por resolución judicial previo informe de la dirección del establecimiento bajo las siguientes condiciones:

1º residir en el lugar que determine el auto de soltura;

2º observar las reglas de inspección que fije el mismo auto, especialmente la obligación de abstenerse de bebidas alcohólicas;

3º adoptar en el plazo que el auto determine, oficio, arte, industria o profesión, si no tuviere medios propios de subsistencia;

4º no cometer nuevos delitos;

5º someterse al cuidado de un patronato, indicado por la autoridades competentes.

Estas condiciones regirán hasta el vencimiento de los términos de las penas temporales y en las perpetuas hasta cinco años más, a contar desde el día de la libertad condicional.

Es decir, puede salir a los 20 0 35 años, dependiendo en qué momento haya cometido el ilícito, ya que hubo una reforma al CP.

Prisión o reclusión

En cuanto a la diferencia entre prisión y reclusión, la segunda se refiere a una pena accesoria que se encuentra prevista en el Art. 52 del CP, tal como explica Tedesco.
“Esta accesoria, por sus características se entiende que es inconstitucional. Así, entre otros fallos, lo ha entendido también la Corte”, añade el letrado.

Y añade: “Lo que es cierto es que en la práctica penitenciaria no hay diferencias entre la prisión o la reclusión. Es una cuestión de discutir cuánto tiempo efectivamente estará [el condenado] en prisión. Hoy por hoy, siempre va a tener la posibilidad de una libertad condicional”.

Hay dos ejemplos que contradicen las reglas y tendencias: el caso de Robledo Puch, que ya lleva 40 años preso, y el caso de Claudia Sobrero, que recién logró su libertad este año, después de permanecer presa unos 30 años.

 

 

 

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Insectos que actúan de forenses

No es sólo para satisfacer la pasión de Grissom, el personaje de CSI Las Vegas, que aparecen insectos en los cadáveres. Resulta que la naturaleza es sabia y, a veces, ayuda a los especialistas a resolver un crimen.

Los insectos que aparecen en los cuerpos que comienzan a entrar en estado de putrefacción -más conocidos como fauna cadavérica- pueden ayudar a revelar detalles fundamentales a la hora de investigar un homicidio. Los peritos que se basan en estos insectos para obtener esta información, se llaman entomólogos. Para conocer más sobre estos “bichos forenses”, les comparto una breve explicación de la Licenciada Rosana Ayón, entomóloga del Gabinete de Toxicología y Biología Forense de Salta.

“La entomología es una disciplina de la biología que estudia los insectos. Entomología forense los que se desarrollan en un cadáver de descomposición. Esto ayuda a determinar, entre otras cosas, el intervalo post mortem. El entomólogo es un auxiliar de la medicina legal.

La medicina legal puede estimar la data de muerte hasta las 72 horas previas, pero analizar la presencia de fauna cadavérica ayuda a dar más precisiones. Es un indicio más.

Una metodología es utilizar el tiempo de desarrollo de larvas o gusanos en el cadáver, la especie y se correlaciona con las condiciones ambientales. Dependiendo de los distintos estados de desarrollo del insecto se puede determinar el tiempo que una persona lleva muerta.

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Si le confiesan un crimen ¿Puede un cura violar el secreto de confesión?

Supongamos que nos topamos con un asesino muy culposo. Supongamos que la culpa lo empuja a contarle su crimen a alguien. Supongamos que ese alguien que le presta el oído a su confesión es un sacerdote. ¿Puede el cura violar el secreto de confesión y acudir a la Justicia?

En líneas generales, no. El sigilo sacramental es inviolable. Si el cura no lo respetara, aunque fuese por una causa noble –como resolver un crimen- podría valerle la excomunión.

“Según el Derecho Canónico, el sigilo del confesor es inviolable y el sacerdote que revela algo que sabe por medio de la confesión incurre en pena de excomunión”, explica un artículo de la revista Muy Interesante. “Por eso muchas legislaciones, como la española, prevén una dispensa por la que no podrán ser obligados a declarar los eclesiásticos sobre hechos que les hubieran revelado en confesión, frente al deber general de decir la verdad que se exige a cualquier testigo”.

El Código de Derecho Canónico, canon 983,1 dice: “El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo”.

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