Quién fue el primer hincha

Durante décadas, el fútbol rioplatense fue asunto de ingleses. Lo practicaban con el clásico estilo formal, que acostumbraban tener para los demás deportes importados de su tierra, como el rugby, el softbol, el hockey, el golf o el polo.

El público que asistía a los encuentros mantenía una postura demasiado formal, en silencio. Las manifestaciones no pasaban de una exclamación o el aplauso, ante un gol, sea de uno o del otro equipo. Por eso llamó la atención de todos, a comienzos del siglo XX, la actitud del utilero de Nacional de Montevideo.

Prudencio Miguel Reyes era un robusto paisano de oficio talabartero que había sido contratado por el club para actuar como utilero. Una de sus actividades principales consistía en inflar la pelota de fútbol. Esta tarea se llevaba a cabo con rudimentarios infladores que requerían cierto esfuerzo físico y que, en aquel tiempo, se llamaban hinchadores. En realidad, al utilero se le llamaba hinchador. Por lo tanto, Prudencio Miguel Reyes era para todos, el hinchador de Nacional.

Al circunspecto público que asistía a los partidos de fútbol en el 1900 le resultaba extraño que Prudencio se paseara de punta a punta, al borde de la cancha, alentando a los jugadores, lanzando gritos con su vozarrón y generando un clima festivo que, hasta entonces, no se había visto. Se hizo famoso. El hinchador de Nacional ya formaba parte del espectáculo. A partir de su entusiasta participación, el aliento en el fútbol cambió. Incluso contagió a otros deportes. Reyes, el hinchador de Nacional, generó una palabra que hoy usamos a diario. Nos referimos al hincha, y también a la hinchada.

Argentina – Uruguay: la primera Copa América

La Copa América se jugó por primera vez en Buenos Aires, en julio de 1916, como parte de los festejos por el Centenario de la Independencia argentina. Los cuatro equipos que participaron fueron Argentina, Uruguay, Chile y Brasil, que era el más débil de todos.

A la final llegaron Uruguay (le ganó a Chile y Brasil) y Argentina (venció a Chile, empató con Brasil). Para coronarse campeones, los argentinos debían ganar. La derrota o el empate, favorecería a los uruguayos. Una curiosidad: en aquel tiempo no había técnicos y la selección de jugadores la llevaba a cabo una comisión de la Asociación de Fútbol.

El encuentro entre Uruguay (en la foto) y Argentina se jugaría el domingo 16 de julio a las 2:30 pm. en el estadio de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (GEBA) de Palermo, considerado el mejor de Sudamérica. Ese mediodía, las colas para comprar entradas eran inmensas y la concurrencia superaba la capacidad en las tribunas de 20.000 espectadores. Todo el público era controlado por once efectivos policiales designados. Ocurrió lo imaginable: la marea humana terminó accediendo al estadio por la fuerza y sin entrada.

Cuando aparecieron los dos equipos, el campo de juego estaba colmado de espectadores. Los jugadores se retiraron. Ya se habían cambiado cuando se resolvió que se jugaría el partido, pero no sería el definitorio del torneo, sino un amistoso. Volvieron a cambiarse, salieron a la cancha y ayudaron a la policía en la tarea de retirar a la gente. Los intrusos se ubicaron en un costado, a medio metro de las líneas laterales.

Carlos Fanta, el árbitro chileno, dio comienzo al partido a las 3:30. Duró apenas dos minutos porque cuando Uruguay tuvo el primer lateral, la masa contenida fue empujada por su propia presión. Una vez más el campo de juego se vio desbordado y los futbolistas, resignados, se retiraron. Era imposible intentar llevar adelante el partido.

La furia por la suspensión provocó el caos. Los desaforados arrancaron uno de los arcos, prendieron fuego las redes y la tribuna popular de madera que daba al río. Los bomberos recién lograron controlar el incendio a las diez de la noche. De las tres tribunas populares no quedó nada. Sólo se salvó el palco oficial. Hubo cuatro detenidos. Fue un milagro que no hubiera muertos.

El lunes 17 se jugó el partido final en Avellaneda. Se vendieron entradas hasta advertir que las tribunas estaban bastante llenas. Empataron sin goles y Uruguay retuvo el título.

La Copa América se jugó por primera vez en Buenos Aires, en julio de 1916 compo parte de los festejos por el Centenario de la Independencia argentina. Los cuatro equipos que participaron fueron Argentina, Uruguay, Chile y Brasil, que era el más débil de todos.
A la final llegaron Uruguay (le ganó a Chile y Brasil) y Argentina (venció a Chile, empató con Brasil). Para coronarse campeón, la Argentina debía ganar. La derrota o el empate, favorecería a los uruguayos que sumaban un punto más. Una curiosidad: en aquel tiempo no había técnicos y la selección de jugadores la llevaba a cabo una comisión de la Asociación de Fútbol.
La final se jugaría el domingo 16 de julio en el estadio de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (GEBA) de Palermo, considerado el mejor de Sudamérica. Debido a que el partido se iniciaría a las 14:30, una gran cantidad de espectadores comenzó a acercarse a Palermo antes del mediodía. Las colas para comprar entradas eran inmensas y la concurrencia superaba la capacidad de las tribunas, que era de 20.000 espectadores. Todo el público era controlado por once efectivos policiales designados. Ocurrió lo imaginable: la marea humana terminó accediendo al estadio por la fuerza y sin entrada.
Cuando aparecieron los dos equipos, la cancha estaba colmada de espectadores. Los jugadores se retiraron. Ya se habían cambiado cuando se resolvió que se jugaría el partido, pero no sería el definitorio del torneo, sino un amistoso. Volvieron a cambiarse, salieron a la cancha y ayudaron a la policía en la tarea de retirar a la gente. Los intrusos se ubicaron en un costado, a medio metro de las líneas laterales.
Carlos Fanta, el árbitro chileno, dio comienzo al partido a las 3:30. Duró apenas dos minutos porque cuando Uruguay tuvo el primer lateral, la masa contenida fue empujada por su propia presión. Una vez más el campo de juego se vio desbordado y los futbolistas, resignados, se retiraron. Era imposible intentar llevar adelante el partido.
La furia por la suspensión provocó el caos. Los desaforados arrancaron uno de los arcos, prendieron fuego las redes y la tribuna popular de madera, que daba al río. LLegaron los bomberos y recién lograron controlar el incendio a las diez de la noche. De las tres tribunas populares no quedó nada. Sólo se salvó el palco oficial. Hubo cuatro detenidos.
El lunes 17 se jugó el partido final en Avellaneda. Se vendieron una cantidad específica de entradas y cuando se advirtió que las tribunas ya estaban bastante llenas, se suspendió la venta. Empataron sin goles y Uruguay retuvo el título. En aquella primera Copa América estuvo presente la Mano de Dios para que hubiera apenas contusos en medio de un incendio que tenía cerca de 30.000 potenciales víctimas.