London Day: Patrick Wolf


“Just singing to be free”

“Los fans de la primera hora se quejan y se preguntan por qué no estoy tan joven y torturado como en los primeros discos. Mi respuesta es que quizás no sientan felicidad ahora, pero algún día van a entender por qué escribí estas canciones”. Patrick Wolf alude a la reacción generada por su último disco, Lupercalia, una celebración del romance plagada de frases que uno jamás hubiese pensado que el chico errante del sur de Londres hubiese podido escribir años atrás. Evidentemente no. Porque Wolf presentó cada uno de sus discos como capítulos de un viaje, y su viaje comenzó a los 16 años, cuando se fue de su casa porque quería otra cosa. El contacto con la naturaleza, con otras realidades. La permanente migración. La libertad como principal objetivo. Así fue como, después de la brutalidad de Lyncathropy, llegaría Wind in the Wires, reflejo de un período de autoconocimiento (“I am lost, but I am rescuing”), de rebeldía (“I can’t and I won’t bow down anymore”) y, sobre todo, un período que comienza a configurar la manera en la que Wolf se vincula con la música: estando en sintonía con el marco que lo rodea. De ahí que empiecen a aparecer continuamente las imágenes de pájaros, de ciudades, de indefinición. Como consecuencia lógica, al poco tiempo todo eso se encuadraría dentro de una fantasía ulterior, vinculada al escape a otros mundos, al perderse en su propia imaginación, siempre apelando a la estética para proyectar esas fluctuaciones.

Cuando apareció para la entrevista en la O2 Academy de Oxford, descalzo, con pantalón corto, el buzo del unicornio que forma parte de su merchandising (no deja de shockear ver a un público más adolescente embanderado en remeras y derivados), y una vincha de lentejuelas, Patrick parecía ser el mismo chico de Wind in The Wires y no el hombre que le canta al amor de Lupercalia. Claro que en el medio pasaron muchas cosas. En 2005 editó The Magic Position, con la canción ídem como responsable de la explosión, pero también con una vuelta a las fuentes con letras poéticas basadas en historias tortuosas (“Augustine”) y con un común denominador que explotaría en su disco posterior: la pelea. En “Accident & Emergency” pide caos para poner a prueba su valentía y en “Bluebells” retoma eso de poner la brújula a girar, de saludar a las puertas de un jardín para irse rápido a ningún lado. “Siempre me sentí cómodo en mi planeta, cuando todos los adolescentes querían un auto, yo quería usar mi pasaporte. Quería comenzar un largo viaje, emprender una aventura musical, saliendo de la domesticidad”, fue una de las primeras cosas que me dijo, la que más se relaciona con mi presente y una de las razones por las cuales es el artista al que más escucho desde hace largo tiempo ya, por la cantidad de facetas que deja al descubierto y por cómo te lleva de una emoción a la otra, con infinidad de referencias, anécdotas subyacentes y cierta tragedia…

Mirá la entrevista con Patrick Wolf (sin subtítulos):

…porque después de The Magic Position llegaría The Bachelor, el disco editado gracias a la contribución de los fanáticos y, sin lugar a dudas, el disco más oscuro, épico, inolvidable. De repente, el chico que jugaba a ser Peter Pan y que invitaba a alguien (hasta ese momento, alguien sin rostro) a bailar hasta que los pies quedaran rojos en “Get Lost”, ahora afirmaba que no iba a casarse ni en el otoño ni en la primavera, que nadie iba a usar su alianza plateada. La pelea de Patrick era otra y era múltiple: el sistema (“Hard Times”, “Vulture”), el miedo a quedar solo (“Who Will?”) y el miedo a estar sujeto a deseos intrascendentes (“Blackdown”). Pero The Bachelor también tiene a “Damaris”, una de las canciones donde su violín lastima y cobra una fuerza diferente a la de, por ejemplo, “The Magic Position”, y donde se vuelve ineludible el vínculo de Patrick con la literatura, con la forma poética de narrar, con el uso de leyendas e historias escuchadas aquí y allá. Lo profético es que su cuarto disco cierra con “The Messenger” y con una frase que bien podría haber escrito para Lycanthropy, excepto que a los 19 años poco se sabe sobre las derrotas. “When all else fails, remember always the open road”. La puerta queda abierta y está en nosotros convertir la realidad que tenemos en la realidad que queremos.

Sin embargo, a pesar de esos cambios, Patrick en un punto sigue siendo siempre el mismo, el mismo que habla de ciudades, el mismo que tira referencias literarias (Butler Yeats, Dylan Thomas, Thomas Hardy) sin caer en la pedantería , el mismo que sigue dedicando canciones a gente que no está (“The Sun is Often Out” para Stephen Victory; “The Falcons” para Derek Jarman) y el mismo que habla de la libertad de hacer lo que nos apasiona. En los shows de Oxford y Londres estaba claro que las palabras vertidas en Lupercalia eran tomadas por adolescentes para hacerlas suyas, especialmente en casos como “Bermondsey Street” (“Love knows no boundaries, sees beyond sexuality”) y “Time of my Life” (“Happy without you!”). La felicidad de Patrick se contagia pero en sus shows también logra plasmar el up and down, la oscilación entre la seguridad (gesticulando con el puño hacia arriba y una corbata usada como vincha guerrera) y la vulnerabilidad (con los ojos cerrados cantando sobre la espera). Por eso es que puede estar hablando del futuro (“We got our own paradise”) y a los segundos tomando un reflector del escenario para iluminarse e iluminarnos, desprenderse el saco, mientras las luces se vuelven intermitentes y comienza a cantar “Alone, again, in Paris”. No es que el optimismo no le siente bien a Patrick, es que cuando nos hace configurar la imagen de un hombre en London Bridge con la lluvia o en una terraza en Berlín confesando su estado de soledad con voz grave, todo cambia y penetra con mayor intensidad.

La gira de Lupercalia, aún con esa alegría rebosante y ese romanticismo donde la voz de Wolf se luce más que nunca en esa suerte de díptico “The Days” / “Slow Motion”, tampoco esquivó la mirada hacia atrás (la sorpresa de “Godrevy Point” nos recordó a todos dónde está el origen de la admiración por este niño genio) y los setlists se fueron ejecutando con distintos instrumentos que funcionan como símbolos de cada uno de los episodios de la vida de Patrick. Es complejo describir lo que uno siente al ver a un músico de tu misma edad enfrente tuyo agarrando el violín con naturalidad, dejarlo en el piso para ir a tocar el piano, para después pedir el arpa, para finalmente siempre regresar a su insignia: el ukelele. “Me siento bien así”, dijo Wolf sentado en un banco con el arpa en sus manos. “Quizás me esté poniendo viejo”. A los segundos, presenta a su padre, lo hace tocar el saxo en “The City” (“because saxophones are fucking hardcore!”) y concluye su gira brit en el Roundhouse de Camden con una frase que, más allá de los cambios, más allá del crecimiento, es Patrick al cien por cien: “Not about the debts you made, the car we never had, the house we never owned (…) it’s about the keys, the keys, the keys to my heart you hold!”.

Alguien que viajó tanto como él, que hizo videos de bajo presupuesto y videos glam, que fue morocho, rubio y pelirrojo, que se cayó y se levantó, que hizo un disco de tapa negra y otro de tapa blanca pero siempre con pájaros a su alrededor, puede indudablemente relativizarlo todo. Puede restarle importancia a la ciudad y los logros materiales y dársela a Bermondsey Street, la calle donde tuvo su primer beso con un hombre. Puede hacer cualquier cosa sin anularse. Eso es lo que se desprende de verlo en vivo y de estar a su lado. No hay forma de que no quieras tomar a los pájaros por las alas y salir hacia un destino incierto, como incierto es el próximo destino del chico que con ese “fire to travel” solía colgar un mapa de Cornwall en su habitación y que hoy, “from all the ashes of the crashes”, ve la vida en colores.

—–> Fotos en Londres: Germán Nieva / Fotos y video en Oxford: Fausto Torelli

—–> Para acceder a la transcripción de la entrevista completa en inglés, hacer click acá

* BONUS TRACK: Playlist de Patrick Wolf:


¿Cuáles son los artistas, no necesariamente músicos, que más los han inspirado en sus vidas y por qué? ¡Dejen sus comentarios!

* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES DE CINESCALAS POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ. Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” ¡GRACIAS!

Con los ojos cerrados

“I see a small house built on the see, I could live there alone with a horse and a ukulele”

En el disco Wind in the Wires, Patrick Wolf se autodescribe mediante una serie de dicotomías. Es la tragedia, pero es el héroe. Está perdido, pero está rescatando…y así sigue antes de dar el grito “Mi nombre es Tristan ¡y estoy vivo!”. Todo eso es él, una suma de contradicciones, un ser humano en la perseverante búsqueda, búsqueda que, en su caso, no es solo la del amor sino la de un ideal de felicidad (“working for joy on overtime”) que no parece estar en ningún otro lado más que en su interior. Por eso, cada uno de sus discos están signados por recorridos geográficos, pero también por recorridos internos. “Dentro de un sueño pongo la brújula a girar”, canta en “Bluebells” y de eso se trata todo. De lanzar el dado. Este año, el poetainglés-niñogenio-damaris-libertino que es Wolf editó Lupercalia y John Lindquist dirigió un corto para presentarlo. Eso me condujo a pensar, reviendo los videos del cantante, en cómo lo dirigiría yo en una gira o cómo lo mostraría si alguien me diera una cámara y lo tuviera enfrente…

A mis ojos y a mis oídos Wolf llega, antes que nada, como un ser que se define por su indefinición y que, en consecuencia, es tanto el soltero oscuro de The Bachelor (escuchen “Damaris”, donde la oscuridad acompañada por los violines puede herir, la música sí que puede herir) como el Peter Pan de The Magic Position (sí, él usa el sombrero de Peter Pan en “Accident & Emergency”). Su permanente necesidad de tomar un bolso e irse explicitada en “The Gypsy King” es, sobre todo, inspiradora. Su música y sus letras ponen el ojo en la naturaleza – un poco a la manera de Radiohead con The King of Limbs – y en la orfandad que deja de ser tal cuando esa naturaleza nos adopta. No por nada Wolf escribe que la felicidad puede pasar por vivir en una casa en el mar con un caballo y un ukulele. Solo. Sin más.

Les dejo un fragmento del video “The Magic Position”:

De todos modos, su discografía es una discografía de transiciones. Y así, llegando a Lupercalia, el Patrick rebelde y nómade de Lyncantrophy se convierte en el hombre que, nunca dejando de ser “forever young”, en su último disco deja atrás a ese bachelor, se compromete y encuentra su lugar en el mundo, menos metafórico (adiós a las referencias mitológicas). En “House”, una de las mejores canciones de Lupercalia, comienza diciendo “oh, amo esta casa, amo esta casa”, luego salta a decirle a su pareja que ve a Dylan Thomas en su rostro y concluye con algo significativo: “el amor es lo que hace que esta casa sea un hogar”. Ahora bien…¿Por qué este post? Porque la música inspira y, por ende, también nos hace sacar fotos mentales, con los ojos cerrados, como está Patrick en la foto y el gif de hoy; la música, por breves instantes, nos hace directores. ¿Quién no cerró los ojos con determinada canción y filmó su propia película? Patrick Wolf saca ese costado mío a la luz y, disco a disco, me va trazando un recorrido. De un “constante deseo de un amor supremo y de un conocimiento supremo…” canta en “Teignmouth” y yo pienso si no es precisamente ese doble deseo (inagotable y, a la larga, imposible de satisfacer del todo) lo que nos hace sentir vivos.

¿Sobre qué músico o banda que les gusta harían una película/documental? ¿Cómo la filmarían? ¿Qué canciones los hacen realizar films con los ojos cerrados? ¡Comenten, vamos!

* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES DE CINESCALAS POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ. Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” ¡GRACIAS!

Sin comentarios