FRANK, el hombre de la máscara de cartón (y nuestra música favorita del 2014)

Hoy en Cinescalas escribe: Soledad Lamacchia

“No escojas sólo una parte…tómame como me doy…entero y tal como soy…no vayas a equivocarte…”. Inevitablemente estas palabras cantadas por Serrat se me vienen a la mente cada vez que pienso en Frank. Seguramente el mencionar a Serrat y a Frank en la misma frase resulte raro y realmente lo es, tan bizarro y extraño como esta película dirigida por Lenny Abrahamson. En Frank, Jon (Domhnall Gleeson) tiene una vida simple, un trabajo de oficina rutinario y vive con sus padres. Toca los teclados y espera convertirse en un compositor reconocido. Una tarde, mientras camina cerca de la costa buscando algo que lo inspire a componer, conoce a Don. Ambos observan cómo un hombre, el tecladista de la banda de la cual Don es manager, es trasladado en ambulancia luego de intentar suicidarse. Jon ve la oportunidad y, como un acto reflejo, responde a este encuentro casual y tragicómico asegurando que él es tecladista. Así, sin planearlo, Jon se unirá a Don y los suyos para grabar un disco bajo el liderazgo de Frank (Michael Fassbender), el enigmático cantante y compositor de la banda, quien oculta su rostro bajo una gran cabeza de papel maché.

Viviendo situaciones que pivotean entre el drama, el absurdo y el humor negro, Jon no podrá evitar sentirse atraído por el magnetismo que Frank ejerce sobre todos aquellos que se cruzan en su camino. Admira – y también envidia – su capacidad para encontrar inspiración en todo tipo de sonidos naturales y artificiales y en las extrañas formas musicales que utiliza para conseguir sus creaciones. Ramas que se quiebran y agua cayendo dentro de un balde de lata junto a una combinación de oraciones sueltas y onomatopeyas conforman los sonidos que dan identidad a los Soronprfbs, la banda que posee un nombre tan peculiar como los músicos que la integran. Y es que junto a Don con su fijación por los maniquíes y Frank con su gran cabeza falsa nos encontramos con Nana y Baraque que se comunican con sus compañeros sin hablar una palabra de inglés y con la neurótica Clara (Maggie Gyllenhaal) quien toca el theremín, instrumento cuya particularidad es la de ser ejecutado sin entrar en contacto físico con él.

Jon: “How to describe Frank? Well, there’s the head, of course. He never takes it off. Now what goes on inside the head inside that head? His music”

Exceptuando a Don y a Frank, todos muestran un claro rechazo hacia Jon, quien a pesar de sus intentos por encajar nunca dejará de sentirse un extraño, un observador al que se le concedió el privilegio de compartir un momento que en realidad no le pertenece. Posiblemente sea esta falta de sentido de pertenencia e integración lo que lo vuelve incapaz de reconocer el sutil equilibrio en el que se mueven y conviven estas personas. No comprende la conformidad que sienten haciendo lo que hacen sin que nadie les exija nada, sin que nadie espere de ellos algo diferente a lo que pueden dar. Jon sólo puede ver en lo que hacen lo que él necesita: una oportunidad para salir del anonimato y transformarse en alguien dentro del mundo de la música. Con este objetivo en mente, comienza a grabar el día a día del proceso creativo en el que Frank los sumerge para dar a conocer a la banda y a sus propias impresiones sobre lo que está viviendo a través de las redes sociales.

Pero las personalidades simples de los integrantes del grupo empezarán a chocar con la visión que Jon tiene sobre su futuro. La creciente influencia que éste empieza a tener sobre Frank, a quien alienta para que cree sonidos más comerciales junto con la presión que ejerce sobre él para que salga de su ostracismo, lo conducen a un abierto enfrentamiento con Clara. Su violento sentido protector se activa con las promesas de fama y popularidad con las que Jon tienta a Frank y utilizará todos los recursos que estén a su alcance para mantenerlo alejado. Pero todo será en vano y Clara no podrá evitar que Jon, valiéndose de la pequeña repercusión que sus videos tienen en las redes, acabe por convencer a Frank de presentarse en un festival de música independiente. Así es como Jon, cuya simplicidad e inocencia van mutando a medida que se siente más cerca de su sueño, avanza sin ver que los Soronprfbs no pueden (o no quieren) seguirlo. Exige cada vez más pero, contrariamente a lo que esperaba, sólo consigue que el frágil equilibrio en el que vive Frank empiece a derrumbarse junto con su ingenio. Estas actitudes nos hacen ver por qué Jon nunca será realmente parte de esta banda: a diferencia de ellos, él escoge ver solamente una parte de Frank, su genialidad creativa, su originalidad y su gran cabeza de cartón, sin reparar en la persona completa y la débil mente a la que esa cabeza protege.

Michael Fassbender es pura expresión corporal. Cada fibra de su ser se mueve de la manera adecuada para transmitir junto con una voz repleta de matices lo que le es imposible expresar con su cara hasta conseguir que, una vez superada la sorpresa inicial, esa inmensa máscara con ojos de dibujo animado deje de llamarnos la atención para convertirse en un rostro tan humano como el del resto de los protagonistas. La variedad de personajes y situaciones que transitan el mundo de Frank nos posibilitarán reflexionar sobre lo que cada uno de ellos es y transmite.

Con Frank veremos la borrosa línea que separa la cordura del precipicio de la locura y de lo poco que se necesita para traspasarla. Es que en el fondo, Frank, no es más que un hombre escondiéndose detrás de una careta, un ser inseguro que sólo se siente a salvo bajo la misma, viviendo al borde de esa línea, únicamente rodeado por la seguridad que le dan su música y su gente, y nos daremos cuenta que sólo bastará un leve empujón para que se despierte su necesidad de sentirse aceptado, y para cruzar esa línea y caer. Jon, por su parte, nos hará cuestionar nuestra facilidad para perder de vista el límite entre lo que vemos y lo que elegimos ver, entre lo que es real y lo que esperamos. Nos hará preguntarnos hasta dónde aceptamos a las personas tal y como son, con sus taras y sus limitaciones sin cargarlas con el peso de nuestras expectativas y hasta qué punto somos conscientes de lo que estas expectativas pueden generar sobre ellas por el simple hecho de verlas como una proyección de nuestras necesidades. Porque nos guste o no, en algún momento estaremos enfrentados a nuestra propia realidad, no podremos escapar de ella, porque se impone a la fuerza a pesar de nuestra perseverancia y nos obliga a afrontarla ya que, como también canta Serrat, ”nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

Por Soledad Lamacchia

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[VIDEO DE REGALO] Michael Fassbender y compañía cantan “I Love You All” en el programa de Stephen Colbert:

Michael Fassbender cantando I Love You All en The Colbert Report 6 Agosto 2014 from Michael Fassbender Fan on Vimeo.

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*TOP FIVE MUSICAL DEL 2014:

► 1. MI DISCO DEL AÑO: ULTRAVIOLENCE (Lana Del Rey)

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► 2. MI CANCIÓN DEL AÑO: “Hero” (Family of the Year)

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► 3. MI MOMENTO MUSICAL (dentro de una película) DEL AÑO: Ailín Salas y Santiago Pedrero cantan “De Malvin a La Paz” en La vida de alguien de Ezequiel Acuña

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► 4. RECITAL DEL AÑO: ARCTIC MONKEYS EN EL PERSONAL FEST

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► 5. SOUNDTRACK DEL AÑO: INSIDE LLEWYN DAVIS

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► [LISTA DE REPRODUCCIÓN / AWESOME MIX VOL. 2014] 100 canciones que marcaron el cine de este año + las canciones que los acompañaron a ustedes durante el mismo:

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¡BUEN LUNES PARA TODOS! Para este comienzo de semana tenemos dos consignas: 1. Quienes hayan visto Frank, ahora gracias a Sole pueden explayarse sobre la película 2. Asimismo, este post funciona como balance musical del 2014 y la idea es que mencionen sus discos, canciones, soundtracks, escenas musicales (yo sumo esta otra), recitales favoritos de este año (¿a quiénes vieron en vivo?); como no podía ser de otra manera, con sus aportes les dejaré una playlist, la última del 2014; gracias por estar del otro lado, muchachada, nos vemos mañana para recordar las mejores secuencias que dio el cine durante todo este año; ¡buen comienzo de semana para todos!

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—> La última vez escribieron Lucas Alvarez y Pablo Policarpo sobre… LOUIE

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La película de mi semana: In Search of a Midnight Kiss

“I don’t care about the past, none of it was made to last; it’s not what who you’ve known, but who you’re knowing”

Mi percepción del amor ha cambiado. Creo que por mucho tiempo pelee para que no sucediera, para que mis ideales respecto a los vínculos permanecieran inamovibles a las circunstancias. Más que a las circunstancias: al crecimiento. No estoy hablando de madurez sino más bien de cómo, a medida que uno se va completando con las experiencias, sencillamente no puede creerse inmune a ellas. Sería ingenuo de mi parte pedirle a la Milagros de hoy que reaccione ante los impulsos de la misma manera que a los veinte o veinticinco años. Imposible. Tengo treinta. Muchas cosas se vieron alteradas en esa transición definitoria. ¿Sigo siendo Adèle o pasé a ser Emma? Esa pregunta me la vengo haciendo bastante seguido. O al menos desde que vi Blue is the Warmest Color. La reformulación sería: ¿sigo siendo la persona intempestiva que sentimentalmente hablando se daba la cabeza contra la pared sin importar el efecto o resigné ese costado en vistas de la búsqueda de algo más estable, menos absorbente, más real? La respuesta va cambiando con los días. Por un lado, mis reacciones a esos impulsos no varían demasiado de los de Adèle, pero ahora advierto que esas reacciones son las primarias, aquellas que se suscitan casi como un acto reflejo. Leyendo el cómic de Julie Maroh me encontré con esta frase:  “Love catches fire, it traspasses, it breaks, we break, it comes back to life…we come back to life. Love may not be eternal but it can make us eternal”. Es cierto, el amor nos autoinduce a percibirnos eternos, fuego, pasión, desborde, torbellino, inmortales, aunque todo cumpla un ciclo. O aunque el ciclo se renueve. La conducta de Adèle es sintomática de esa manera de sentir el amor como algo que nos traspasa. De algo que nos hace olvidar de las formas y que nos lleva lentamente – o de súbito – a lo desmedido. No es casual que al amor se lo ligue a las frases hechas. Que el amor sea sinónimo de entrega no es más que una verdad irrefutable, por más trillada que parezca su enunciación. Porque entregarse al otro se da solo cuando ese otro provoca en nosotros algo que nos hace despojarnos de cualquier clase de corrección. Uno se entrega con el cuerpo y se pierde (otra frase hecha) en el cuerpo del otro. Pierde noción de su lugar en el mundo, cruza las barreras. En contraposición, y llegado el momento de vacío, Adèle tiene que expulsar el sentimiento de pérdida. Lo hace llorando, en cada lugar al que va, a cada minuto, sola o rodeada de gente. Como sea, su reacción es indisimulable. Y ése es el punto. Adèle representa una forma de padecer el amor que no conoce resguardo. Es algo verdadero. Genuino. Transparente. Sentirlo así es lo ideal, sí, pero sentirlo así también tiene un costo.

Entonces, si me respuesta a los estímulos es similar a la de Adèle, ¿por qué en este presente también puedo comprender a Emma? No digo que mi objetivo sea el de formar una familia constituida para poder decir “lo logré” como hace ella, a la par de su lucha contra un sentimiento mucho más visceral y menos calculado. Sin embargo, hay algo que me frena en proceder como lo hacía antes. No puedo ser Adèle las veinticuatro horas del día. No puedo aunque quiera. Algo me conduce a una asimilación del sentimiento que se emparenta más con la cautela que con el descuido. Por ende, arribo a una respuesta sensata para mi presente. Soy Adèle en lo inherente, en lo espontáneo, en lo inevitable (un llamado, un mensaje, un beso). Soy Emma en lo práctico, en lo que decido hacer con eso que es inevitable. Y tengo grabada esa frase de Maroh. El amor nos hace eternos. Pero no es eterno. Así, tengo un pie en un lado, y el otro…en otro bastante diferente. A pesar de esto, lo que rebota en ambas veredas de mi cabeza es el pensamiento de que nunca se puede comprometer lo verdadero. Quizás me lleve años llegar a mi ideal de relación romántica (aunque uno nunca realmente “llega”, uno está empezando todo el tiempo), pero prefiero, como decía Cortázar, no ordenar mi vida como el cajón de la cómoda sino más bien suscribir a otra clase de búsqueda. “El mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero” o si uno persiste en hacer “lo que otros hacen” o “viendo lo que otros ven”. In Search of a Midnight Kiss es una película sobre esa clase de búsqueda. Una búsqueda paradójica. El amor circunscripto dentro de un breve lapso de tiempo y el amor como un sentimiento que excede ese tiempo. Wilson y Vivian se encuentran en un momento de soledad, con la incredulidad de quienes padecieron más de un desengaño. Pero son conscientes de ello. No niegan el peso que puede tener el pasado, sino que ven en esa catarata de confesiones una posibilidad de responder en voz alta determinados interrogantes.

En cierta medida, los protagonistas del film de Alex Holdridge se preguntan continuamente si son Adèle o Emma, oscilan entre el deseo de hallar a una persona compatible y la necesidad de seguir en soledad hasta que el desorden interno se acomode. Se ponen la nomenclatura de misántropos, cuando no podrían estar más lejos de eso. “I would always deal with what I thought were my people – those broken-hearted souls that hate the whole pageantry of the night, the ones who wanted to quietly and privately wallow in self-pity, getting drunk on the fictional romance and heartbreak of others. That was me – the lonely, hunkered-down type, waiting for the night to blow over. But sometimes you’re so low, you can no longer follow that routine anymore” dice Wilson, definiendo el estado cuasi-limbo no solo de los solteros treintañeros que pendulan entre regodearse en la soledad y anhelar la llegada de alguien que acabe con esa autocompasión, sino también definiendo esa dicotomía de sentir sin reparos, pero a la vez actuando con ellos. ¿Cómo se hace? Las charlas entre ambos – con claras alusiones a Before Sunrise/Sunset – cobran un peso mayor que las acciones. Uno intuye que la conexión es efímera, no porque no haya nada real en ese espacio intermedio, sino porque no se puede actuar sobre algo para lo que no se está preparado (¿acaso no les pasó de sentirse atraídos por algo para lo que no estaban listos? Como un querer y no querer). “Estamos acá para no poder ser”. Otra frase de Rayuela que recordé gracias a esta película, sumada a una más. “Nos mirábamos y sentíamos que eso era el tiempo”. A veces, creo, no se trata de definirme. No se trata de determinar si sigo siendo Adèle o si pasé a convertirme en Emma. No se trata de tenerle miedo a dejar a Adèle atrás para que Emma haga su ingreso. En realidad, creo que soy la suma de ambas y que el tiempo romántico es relativo. Puede durar lo que dura una mirada en la cama una noche o puede durar lo que duran unas conversaciones de meses y meses. Como sea, no tengo que llegar a ningún lado. Pero si llego, si vislumbro lo perdurable, mi película debería empezar ahí. Nunca a la inversa. 

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 ► [TRAILER] Algunos momentos de In Search of a Midnight Kiss:

In Search of a Midnight Kiss Trailer from Joe Saccone on Vimeo.

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¡Buen viernes para todos! En el día de hoy, dos consignas: 1. Independientemente de si festejan o no San Valentín/Día de los enamorados (yo soy bastante incrédula), me gustaría que mencionen (y si es posible, dejen link) la escena romántica del cine que les gustaría experimentar en sus realidades cotidianas; ¿qué voy a hacer con los aportes? un video compilatorio para festejar en unas semanas nada menos que los 900 posts del blog; así que si quieren ver sus secuencias románticas favoritas en el video, no se olviden de mencionarlas hoy; 2. Por otro lado, y en relación a In Search of a Midnight Kiss, les pregunto: ¿quién es la persona con la que mantienen las mejores conversaciones? Porque el “you and me and five bucks” no sólo se aplica al amor de una pareja sino también al de un amigo o familiar; 3. Por último, ¿cuál fue la película de su semana?,  como siempre, los leo y nos reencontramos el lunes; ¡que tengan un excelente fin de semana!

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Lo mejor del 2012: Los actores

Hace poco, cuando aludíamos a la diversidad en el cine de Steven Soderbergh, nos centrábamos en cómo esa sucesión de películas tan diferentes entre sí no era precisamente algo positivo. Es decir, Soderbergh quiso siempre que su obra general funcione por contrastes, pero dentro de esa obra se desprenden muy pocos trabajos perdurables. Como la otra cara de la moneda lo tenemos a Richard Linklater, quien realizó, entre otras cosas, Rebeldes y confundidos, Despertando a la vida, Tape, Escuela de rock, Fast Food Nation y, claro, el díptico Antes del amanecer-Antes del atardecer. Sus films podrán gustar más o menos, pero el talento nunca está en discusión. Bernie, su última producción, quizás no resalte dentro de su filmografía pero es, paradójicamente, una de sus mejores películas. Se trata de una comedia negra modesta, corta y contundente propulsada por dos grandes descubrimientos. El primero, el origen de la misma. Linklater leyó un artículo del Texas Monthly escrito por Skip Hollandsworth e invitó al periodista a co-escribir el guión/adaptación de ese fascinante hecho real descrito en su columna. Bernie Tiede, director de una funeraria en Carthage, Texas, un hombre adorado por una comunidad para la cual no cesaba de colaborar, se gana el afecto de Marjorie Nugent, una anciana despreciada por esa misma comunidad, y quien acoge a Bernie con sorpresiva candidez inicial. Sin embargo, Marjorie era una mujer de carácter posesivo que ve en ese hombre a un compañero para manipular y manejar a su antojo. La asfixia que le genera a Bernie es tal que lo conduce a asesinarla en un rapto de bronca incontrolable. Pero eso no es lo más llamativo. A pesar de su confesión, a pesar de que no hay dudas respecto a su culpabilidad, el pueblo no solo no lo condena sino que además lo justifica. Tal el cariño que le tenían y tal el odio que sentían por la fallecida Marjorie. La protección de la comunidad fue tan notoria, que el abogado del caso, “Buck” Davidson, tuvo que cambiar de lugar para llevar a cabo el juicio, temiendo que el jurado se obnubile ante el carisma de Bernie y no pueda emitir una condena justa.

Shirley MacLaine y Jack Black en Bernie

Cuando mencionaba la contundencia de Bernie, me refería a que es su tono lo que la define. Linklater bordea siempre la sátira y combina un cierto aire de simpatía provisto por los testimonios de los ciudadanos de Carthage – a quienes  convocó para actuar en la película, siendo esto un gran acierto – con una cierta melancolía suscitada tanto por el propio estupor de Bernie ante el acto cometido como por nuestra propia percepción de la situación. Bernie película nunca justifica a Bernie personaje, cede la palabra a quienes simplemente no pudieron apiadarse de Marjorie por su mal comportamiento para con ellos. Pero si Bernie funciona como comedia/mockumental de a momentos y una historia triste por otros, es gracias al segundo gran descubrimiento que hace Linklater: Jack Black. No como actor de género – ya habíamos visto lo bien que se acoplaron en Escuela de rock – sino como actor con dominio de las sutilezas. Todo el peso de ese tono que se va modificando recae sobre él. Es Black quien vuelve a Bernie humano, monstruoso, querible, repudiable. Su expresividad va desde lo más histriónico (su manera de cantar, por ejemplo) hasta lo más contenido (su reacción ante la humillación de esa mujer). Y aunque tanto Shirley MacLaine como Matthew McCounaghey – en los papeles de Marjorie y Buck, respectivamente – también logran una transformación asombrosa, Black lleva adelante toda la película volviendo encantador a un hombre al que deberíamos temer. En esa dualidad nos hace mover cuando esboza una sonrisa a medias, cuando se conmueve en un estrado al evocar su atrocidad o cuando canta, firme y a viva voz, en todo funeral al que asiste.

*Les dejo una escena de Jack Black en Bernie:

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*Menciones especiales para…

Mark Duplass (Safety Not Guaranteed, Your Sister’s Sister)

Scoot McNairy (Argo)

Bruce Willis (Looper, Moonrise Kingdom)

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Arrancamos con el balance y tenemos triple consigna: ¿Cuáles les parecieron las mejores actuaciones masculinas del 2012? ¿Cuál es el mejor papel de Jack Black? ¿De qué otros actores y/o directores quisieran ver post? ¡Comenten! ¡Buen Finde para todos!

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Argo, ¿La película del año?

Cuando salí de ver Argo, recordé lo que escribió Julio Miranda respecto a la función de un crítico de cine. Miranda decía, palabras más, palabras menos, que su labor consiste en defender (o no) aquello que ve “antes, durante y después de su protesta”, poniendo en evidencia “todo lo que piensa de la película, sea favorable o desfavorable” porque “el primer compromiso del crítico es consigo mismo, y sólo en esa búsqueda y articulación de su personal sentido puede encontrar el hilo de los otros”. En síntesis, Miranda estaba a favor de una postura vehemente y apasionada a la hora de escribir sobre aquello que suscitó (para bien o para mal) un cierto nivel de interés. Porque en primera medida, claro, tiene que haber algo que despierte interés, un interés que el crítico inevitablemente va a querer compartir, aunque su visión contraste con las de quienes lo estén leyendo. Después de finalizada Argo, y como en su momento me sucedió con Red social, dejé la sala pensando que había visto una película del carajo, – “just a great fucking movie”, diría Sasha Stone en su sitio -, una obra que nos recuerda (si es que a veces lo olvidamos) por qué amamos tanto el cine. Después, claro, sucedió lo evidente: me dieron ganas de escribir sobre ella, de buscar esa articulación de sentidos, de hilvanar impresiones. Hay algo primordial que se destaca en la tercera película de Ben Affleck (quien se va superando gracias a su notable perfeccionismo) y es que borra los preconceptos sobre qué es el cine, sobre qué deberíamos esperar de un film, sobre qué parámetros se emplean para determinar su calidad, su perdurabilidad. Affleck es un tipo que sabe cómo contar una historia (acá respaldado por el guión de Chris Terrio) y es uno de los pocos realizadores contemporáneos en aplicar otros dos conocimientos claves para que sus largometrajes triunfen.

John Goodman recibe directivas de Ben Affleck

Se suele hablar de cine como un medio para un fin, como un vehículo para transmitir un pensamiento. Todo eso es cierto. Pero también se lo aborda como un arte que debe, indefectiblemente, dejarnos un mensaje. Afortunadamente, Affleck no comulga con esta visión. Para que una película sea buena, no debe existir una condición sine qua non de rematarla con moraleja. ¿Por qué debería haberla? ¿Acaso lo atractivo muchas veces no se desprende, justamente, de la ausencia de mensaje? La subestimación del espectador, el no dejarle encontrar por sí solo el significado, a veces es moneda corriente o, peor aún, es lo que se cree correcto a los fines de dar por concluida una historia “sólida”. Y si hablamos de historias, con Argo Affleck se mete con una descomunal y por mucho tiempo “tapada”: los pormenores de una operación real de la CIA para rescatar, en 1979, a seis diplomáticos estadounidenses de Irán. La operación se propulsa gracias a la idea de Tony Mendez (el propio Affleck) de camuflarlos como equipo de filmación de una película. Si bien es notoria la necesidad del realizador por cuidar la puesta en escena al extremo, por obtener una veracidad para situarnos en tiempo y espacio, del mismo modo evita cualquier tipo de mensaje moralista. Sí, está el ineludible registro del retorno del héroe, con la bandera de Estados Unidos flameando en la puerta de su casa y toda su connotación. Pero eso es otra cosa. Ese es otro guiño a un cine clásico al que efectivamente Affleck quiere homenajear (en sí, Argo es un homenaje al cine, pero ya volveremos sobre este punto). Estamos hablando de un director que no elude las posibles comparaciones con Clint Eastwood (más bien las incentiva, como en el último plano de The Town) y que ambiciona (saliéndose con la suya) con narrar a gran escala, tomándose las licencias poéticas que le vengan en gana sin que su film se resienta en el proceso.

Ben Affleck, Tate Donovan, Rory Cochrane, Clea DuVall, Scoot McNairy, Christopher Denham y Kerry Bishé en ARGO

Cuando André Bazin escribió sobre los ragos del western, uno de los primeros aspectos en los que se centró fue en su veracidad histórica (o la falta de). Porque no hay tal cosa en los westerns. Y si la hay, es en la minoría. Al western no le interesa la precisión, le interesa “la ingenua invención”, la estética, los planos abiertos, lo descomunal. En esencia: lo épico. Esto nos conduce al tramo final de Argo, donde además de aplicarse esta regla, nos terminamos convirtiendo en testigos de su mutación en un thriller que suda (y hace sudar). Sí, seguramente haya manipulaciones para que la sala quede enmudecida, aún conociendo de antemano el desenlace. Seguramente el hacernos sufrir sea una herramienta para mantener nuestra atención. Pero eso es precisamente lo que Affleck persigue: la contundencia que se logra sacrificando, en el camino, a la fidelidad histórica. Aquí es donde entra en juego el segundo conocimiento absorbido por el realizador para que todo funcione como relojito. Argo es una película inteligente. Así como Affleck sabe que el mensaje no importa, que el cine puede producir un conocimiento por su innata naturaleza lingüística de transmitir ideas, también sabe discernir y comprende que sí importa revelar una agudeza, defendiendo su obra con una visión que se mantenga a lo largo de sus 120 minutos. Porque veamos: ¿Argo es una película vanguardista? No. No está adelantada a su época. ¿Es lo último un requisito para que sea innovadora? En lo más mínimo. Su inteligencia reside, entre otras cosas, en su compromiso con lo que se cuenta y el modo elegido para contarlo. Es eso lo que la distingue y aleja de la mediocridad.

Los seis rescatados, junto al entonces presidente Carter

Volviendo a su homenaje al cine, en Argo hay una película dentro de una película, pero también hay una celebración del séptimo arte como industria, a través de los personajes del maquillador John Chambers (interpretado por un extraordinario John Goodman) y del productor Lester Sieger (el no menos extraordinario Alan Arkin), y a través de la función que cumplen como dupla cohesiva: vendernos una historia y que nosotros la compremos. Crear un mundo para sacarnos de otro. El curioso plan de Tony Mendez le cae como anillo al dedo a Affleck para accionar una doble intención: hacer una simbiosis entre western y espionaje con el carácter heroico del cine clásico (visto más que nada en el regreso al hogar ya mencionado) y reivindicar el poder que tiene un film dentro del mundanal ruido; de cómo, si hay un buen desarrollo, un buen desempeño, una buena idea, el cine puede someternos. Eso sucedió entonces en el aeropuerto con ese plan ejecutado hasta el más mínimo detalle, y eso sucede ahora con Argo como película que narra el hecho. Su metaficción es irremisible, es vital, y es lo que le permite a Affleck narrar yuxtaponiendo contextos (la vida cautiva de los seis contrastando con la promoción de la película, por ejemplo), integrados con un breve pero eficaz uso de comedia, y concluyendo con un tramo intenso, casi intolerable. Argo es una de esas películas en las que se evidencia lo bien que la pasó el director filmándola y lo mucho que buscó contagiar su entusiasmo.

Volviendo a lo que escribió Miranda, su texto cierra con otro punto (quizás el excluyente) sobre la función del crítico: “Cumple su rol y luego dice adiós. Como probablemente todos”. Es decir, mira, absorbe, escribe y se retira, esperando que eso que escribió tenga sentido para alguien. Lo mismo se puede aplicar a un realizador. Excepto que, en este caso, Affleck va más allá y su tarea es correrse de la media. Porque Argo, una vez concluida, no parece irse del todo. Por algo estoy acá hoy tipeando esto, semanas después de haberla visto. Para conseguir la permanencia, no se necesita ni moralejas ni extrema veracidad. Argo apunta a ser inolvidable jugando con otras armas. Como toda historia (super)heroica. Como todo cine épico.

* Les dejo un especial sobre ARGO:

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¿Vieron ARGO? ¿Qué les pareció? Pueden volver a hablar sobre Ben Affleck como ya hicimos en este post de Flor; ¡Espero sus comentarios!

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