Tema de sábado: Thickets

Lo canta: Patrick Wolf (con narraciones de Tilda Swinton)

Del disco: The Bachelor

Del año: 2009

La letra es esta: “Just a little further up the hill, boy, you’ll be home soon enough.” / All along the river pedaling fast as I could / Watch as the wasteland flowers, old cars and rubbish flourish with blackberries and red berries / Sweet blackberries, take your red berries, berries / Went looking for my tower off all the rails and the roads / In need of resurrection as my desires and powers grow in thickets tall all round me, tall all around me. all around me… / Have I been traveling so long that I forgot how to stop? Why are my brakes all broken? Wheels spinning out of control / And in the mirror pale and deathly have become / Look… what have I become? Become? Become? Become now? / As all my wastelands flower and all my thickets grow, and all my wastelands flower, and all my thickets grow taller and taller still, taller and taller still / Pale and deathly as all your wastelands flower and all your thickets grow as all your wastelands flower and all your thickets grow /

No matter what happens now…

“Había que irse (en todo caso yo tenía que irme), confiando en poder volver alguna vez” – J.C.

Ya saben cómo es eso del fanatismo. Uno espera por meses, por ejemplo, la edición de un disco para escuchar cómo quedaron en el estudio esas versiones menos pulidas de ciertos temas, esas versiones que alguien grabó en un recital y las subió donde sea para que el resto especule sobre cómo será el resultado final. Pocas cosas recuerdo con tanta claridad como el día en que salió In Rainbows, el día en que a los fanáticos de Radiohead se nos dio un código personal para poder descargar el disco. Pero si el recuerdo es tan nítido, no es únicamente porque es uno de los discos de mi vida sino por las circunstancias en las que tuve que escucharlo, encerrada en el baño de una oficina, simplemente porque la ansiedad me había ganado. Empecé por el final, ya que el primer tema que puse fue “Videotape”. ¿Por qué? Porque tiene una de las mejores letras de Thom y porque, para quienes somos nostálgicos por excelencia, nos deja perplejos. Estos días pensé mucho en cómo titular este post y, en un sueño, empezó a sonar la canción con ese “No matter what happens now…I won’t be afraid because I know today has been the most perfect day I’ve ever seen” y entendí todo. Este año, como todos los años, es en sí una pequeña cinta de video en la que se encuentran grabadas todas las situaciones que busqué y todas las situaciones que vinieron solas. Al reproducirla, me voy a encontrar con desayunos inesperados, con experiencias compartidas únicas y desenfrenadas, con el crecimiento de algo que empezó tímidamente y trajo consigo toda clase de interconexiones, con palabras (muchas palabras), con un proyecto que surgió sentada en el piso de un departamento hablando por teléfono (“sí, yo me voy”), con la concreción de un deseo a priori imposible, con instantes de nerviosismo en un aeropuerto, con acumulación de encuentros (y reencuentros y desencuentros) que me transformaron en todo sentido. Sí, claro, esa cinta de video también tiene decepciones, pérdidas, momentos de debilidad, tristeza. Pero, como diría Moretti, “los recuerdos que hacen mal quieren de mí lo que yo ya no puedo”. Este año pasé gran parte de mis días en distintos lugares (una casa en el campo, un departamento propio, un departamento ajeno, estaciones de tren, estaciones de ómnibus, aeropuertos); pasé gran parte de mis días con bolsos a cuestas; pasé gran parte de mis días conociendo gente nueva que me abrió los ojos (a un lugar, a un sentimiento, a una verdad); pasé gran parte de mis días en movimiento, yendo siempre hacia donde quise. Así, mi canción del año tuvo que ver con eso y mi película del año tuvo que ver con lo mismo: es difícil prever el rumbo y es aún más difícil querer mantener un nivel de intensidad sin que eso derive en incapacidad para disfrutar de situaciones cotidianas. Ahora, sentada acá, en una ciudad que siempre me pareció más utópica que real, puedo decir que mientras pueda seguir escribiendo y creyendo en la magia (hubo situaciones en este 2011 que no puedo atribuírselas más que a ella), cualquier imprevisto me va a importar poco y nada. Porque mi 2011 lo empecé como si fuera un rompecabezas a medio armar, con una carencia, pero lo voy a terminar rodeada de gente en un estadio, completa y con música (siempre con música). Entonces, no: los imprevistos no son malos. Hay cosas que uno no elige, y acaso esas cosas terminan siendo las mejores, aquellas que nos toman desprevenidos para volvernos más conscientes del presente, de cómo todo se nos puede ir en un parpadeo. Digamos que le hice caso a Thom porque yo sigo teniendo todo aquí, lo bueno y lo malo, grabado en mi cabeza, siempre “en rojo, azul y verde”. Y todo eso, todo eso que se acumuló en mi cinta de video, se superpone, se confunde y forma un gran e inolvidable recuerdo que me llevaré a esas “pearly gates”. Citando nuevamente “Videotape”, concluyo diciendo que este post es mi manera de saludarlos a todos con el mismo sentimiento con el que escribí el primero, en el que ¿casualmente? sonó la misma canción. Sean felices. En movimiento. Hacia adelante. Sin miedo por lo que pueda llegar a pasar hoy por el recuerdo de todo lo que vivieron ayer. Gracias, perdonen las cursilerías y nos vemos el año que viene.

—–>El saludo de fin de año de todos ustedes (hacer click en las imágenes para ampliarlas):

* BONUS TRACK: Las películas del 2011 en 6′:

* BONUS BONUS TRACK: Mis temas del 2011:

Mis temas del 2011 by Milagros Amondaray on Grooveshark

Rápido, sin repetir y sin soplar (?): sus listas de mejores películas, actuaciones, discos y experiencias del 2011; espero sus comentarios y, por supuesto, ¡FELIZ AÑO NUEVO PARA TODOS!


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London Day: Patrick Wolf


“Just singing to be free”

“Los fans de la primera hora se quejan y se preguntan por qué no estoy tan joven y torturado como en los primeros discos. Mi respuesta es que quizás no sientan felicidad ahora, pero algún día van a entender por qué escribí estas canciones”. Patrick Wolf alude a la reacción generada por su último disco, Lupercalia, una celebración del romance plagada de frases que uno jamás hubiese pensado que el chico errante del sur de Londres hubiese podido escribir años atrás. Evidentemente no. Porque Wolf presentó cada uno de sus discos como capítulos de un viaje, y su viaje comenzó a los 16 años, cuando se fue de su casa porque quería otra cosa. El contacto con la naturaleza, con otras realidades. La permanente migración. La libertad como principal objetivo. Así fue como, después de la brutalidad de Lyncathropy, llegaría Wind in the Wires, reflejo de un período de autoconocimiento (“I am lost, but I am rescuing”), de rebeldía (“I can’t and I won’t bow down anymore”) y, sobre todo, un período que comienza a configurar la manera en la que Wolf se vincula con la música: estando en sintonía con el marco que lo rodea. De ahí que empiecen a aparecer continuamente las imágenes de pájaros, de ciudades, de indefinición. Como consecuencia lógica, al poco tiempo todo eso se encuadraría dentro de una fantasía ulterior, vinculada al escape a otros mundos, al perderse en su propia imaginación, siempre apelando a la estética para proyectar esas fluctuaciones.

Cuando apareció para la entrevista en la O2 Academy de Oxford, descalzo, con pantalón corto, el buzo del unicornio que forma parte de su merchandising (no deja de shockear ver a un público más adolescente embanderado en remeras y derivados), y una vincha de lentejuelas, Patrick parecía ser el mismo chico de Wind in The Wires y no el hombre que le canta al amor de Lupercalia. Claro que en el medio pasaron muchas cosas. En 2005 editó The Magic Position, con la canción ídem como responsable de la explosión, pero también con una vuelta a las fuentes con letras poéticas basadas en historias tortuosas (“Augustine”) y con un común denominador que explotaría en su disco posterior: la pelea. En “Accident & Emergency” pide caos para poner a prueba su valentía y en “Bluebells” retoma eso de poner la brújula a girar, de saludar a las puertas de un jardín para irse rápido a ningún lado. “Siempre me sentí cómodo en mi planeta, cuando todos los adolescentes querían un auto, yo quería usar mi pasaporte. Quería comenzar un largo viaje, emprender una aventura musical, saliendo de la domesticidad”, fue una de las primeras cosas que me dijo, la que más se relaciona con mi presente y una de las razones por las cuales es el artista al que más escucho desde hace largo tiempo ya, por la cantidad de facetas que deja al descubierto y por cómo te lleva de una emoción a la otra, con infinidad de referencias, anécdotas subyacentes y cierta tragedia…

Mirá la entrevista con Patrick Wolf (sin subtítulos):

…porque después de The Magic Position llegaría The Bachelor, el disco editado gracias a la contribución de los fanáticos y, sin lugar a dudas, el disco más oscuro, épico, inolvidable. De repente, el chico que jugaba a ser Peter Pan y que invitaba a alguien (hasta ese momento, alguien sin rostro) a bailar hasta que los pies quedaran rojos en “Get Lost”, ahora afirmaba que no iba a casarse ni en el otoño ni en la primavera, que nadie iba a usar su alianza plateada. La pelea de Patrick era otra y era múltiple: el sistema (“Hard Times”, “Vulture”), el miedo a quedar solo (“Who Will?”) y el miedo a estar sujeto a deseos intrascendentes (“Blackdown”). Pero The Bachelor también tiene a “Damaris”, una de las canciones donde su violín lastima y cobra una fuerza diferente a la de, por ejemplo, “The Magic Position”, y donde se vuelve ineludible el vínculo de Patrick con la literatura, con la forma poética de narrar, con el uso de leyendas e historias escuchadas aquí y allá. Lo profético es que su cuarto disco cierra con “The Messenger” y con una frase que bien podría haber escrito para Lycanthropy, excepto que a los 19 años poco se sabe sobre las derrotas. “When all else fails, remember always the open road”. La puerta queda abierta y está en nosotros convertir la realidad que tenemos en la realidad que queremos.

Sin embargo, a pesar de esos cambios, Patrick en un punto sigue siendo siempre el mismo, el mismo que habla de ciudades, el mismo que tira referencias literarias (Butler Yeats, Dylan Thomas, Thomas Hardy) sin caer en la pedantería , el mismo que sigue dedicando canciones a gente que no está (“The Sun is Often Out” para Stephen Victory; “The Falcons” para Derek Jarman) y el mismo que habla de la libertad de hacer lo que nos apasiona. En los shows de Oxford y Londres estaba claro que las palabras vertidas en Lupercalia eran tomadas por adolescentes para hacerlas suyas, especialmente en casos como “Bermondsey Street” (“Love knows no boundaries, sees beyond sexuality”) y “Time of my Life” (“Happy without you!”). La felicidad de Patrick se contagia pero en sus shows también logra plasmar el up and down, la oscilación entre la seguridad (gesticulando con el puño hacia arriba y una corbata usada como vincha guerrera) y la vulnerabilidad (con los ojos cerrados cantando sobre la espera). Por eso es que puede estar hablando del futuro (“We got our own paradise”) y a los segundos tomando un reflector del escenario para iluminarse e iluminarnos, desprenderse el saco, mientras las luces se vuelven intermitentes y comienza a cantar “Alone, again, in Paris”. No es que el optimismo no le siente bien a Patrick, es que cuando nos hace configurar la imagen de un hombre en London Bridge con la lluvia o en una terraza en Berlín confesando su estado de soledad con voz grave, todo cambia y penetra con mayor intensidad.

La gira de Lupercalia, aún con esa alegría rebosante y ese romanticismo donde la voz de Wolf se luce más que nunca en esa suerte de díptico “The Days” / “Slow Motion”, tampoco esquivó la mirada hacia atrás (la sorpresa de “Godrevy Point” nos recordó a todos dónde está el origen de la admiración por este niño genio) y los setlists se fueron ejecutando con distintos instrumentos que funcionan como símbolos de cada uno de los episodios de la vida de Patrick. Es complejo describir lo que uno siente al ver a un músico de tu misma edad enfrente tuyo agarrando el violín con naturalidad, dejarlo en el piso para ir a tocar el piano, para después pedir el arpa, para finalmente siempre regresar a su insignia: el ukelele. “Me siento bien así”, dijo Wolf sentado en un banco con el arpa en sus manos. “Quizás me esté poniendo viejo”. A los segundos, presenta a su padre, lo hace tocar el saxo en “The City” (“because saxophones are fucking hardcore!”) y concluye su gira brit en el Roundhouse de Camden con una frase que, más allá de los cambios, más allá del crecimiento, es Patrick al cien por cien: “Not about the debts you made, the car we never had, the house we never owned (…) it’s about the keys, the keys, the keys to my heart you hold!”.

Alguien que viajó tanto como él, que hizo videos de bajo presupuesto y videos glam, que fue morocho, rubio y pelirrojo, que se cayó y se levantó, que hizo un disco de tapa negra y otro de tapa blanca pero siempre con pájaros a su alrededor, puede indudablemente relativizarlo todo. Puede restarle importancia a la ciudad y los logros materiales y dársela a Bermondsey Street, la calle donde tuvo su primer beso con un hombre. Puede hacer cualquier cosa sin anularse. Eso es lo que se desprende de verlo en vivo y de estar a su lado. No hay forma de que no quieras tomar a los pájaros por las alas y salir hacia un destino incierto, como incierto es el próximo destino del chico que con ese “fire to travel” solía colgar un mapa de Cornwall en su habitación y que hoy, “from all the ashes of the crashes”, ve la vida en colores.

—–> Fotos en Londres: Germán Nieva / Fotos y video en Oxford: Fausto Torelli

—–> Para acceder a la transcripción de la entrevista completa en inglés, hacer click acá

* BONUS TRACK: Playlist de Patrick Wolf:


¿Cuáles son los artistas, no necesariamente músicos, que más los han inspirado en sus vidas y por qué? ¡Dejen sus comentarios!

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Como pez en el agua

“This house is home”

No hubo momento en el que haya adquirido mayor conciencia de mi decisión de cambiar de rumbo que cuando estaba por abordar. Es el momento en el que, con esa especie de sabiduría maquiavélica inherente a los aeropuertos, literalmente dejás a todos atrás y pasás a otro sector, donde estás solo. Claro que una vez que ese momento se va, todo lo demás es nuevo: desde la trivialidad (no tan trivial) de ver películas en el avión hasta llegar a otro aeropuerto donde otro país te da la bienvenida. Pensás “¿Quién será la primera persona con la que hable?” y en mi caso fue James, el taxista que me llevó a mi nueva casa, esa que ven más arriba. Después, esa nostalgia mezclada con tristeza de las primeras horas lejos de todo lo conocido pasa a convertirse en incertidumbre, pero la mejor clase de incertidumbre, esa que te hace despertar no sabiendo qué vas a hacer al día siguiente, qué tiene ese nuevo ámbito reservado para vos. Y así, sin quererlo, empezás, como me dijo mi amigo Jorge, a hacer de tu nueva casa, de tu nuevo mundo, tu hogar. Te rodeás de elementos que te representen, y así la habitación blanca comienza lentamente a ser un reflejo tuyo. Ya no sentís que estás lejos de todo, sentís que estás cerca de lo que siempre quisiste. Demasiado cerca. A cuarenta minutos de tirarte en el pasto de Hyde Park a escuchar Lupercalia. Pensé en lo importante que es eso de transformar un determinado espacio para sentirse familiarizado, cada día un poco más. Por eso, la consigna de abajo. Por eso, les digo (aunque deben saberlo) que este blog también es mi casa y que, como dice Patrick, “to my migration, the native has returned”. Bienvenidos de vuelta. Cheers! 😉

¿Qué películas los hacen sentir como en casa? ¿A cuáles acuden cuando buscan sentirse mejor? ¡Comenten, eh! ¡Extrañaba sus comentarios!

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Con los ojos cerrados

“I see a small house built on the see, I could live there alone with a horse and a ukulele”

En el disco Wind in the Wires, Patrick Wolf se autodescribe mediante una serie de dicotomías. Es la tragedia, pero es el héroe. Está perdido, pero está rescatando…y así sigue antes de dar el grito “Mi nombre es Tristan ¡y estoy vivo!”. Todo eso es él, una suma de contradicciones, un ser humano en la perseverante búsqueda, búsqueda que, en su caso, no es solo la del amor sino la de un ideal de felicidad (“working for joy on overtime”) que no parece estar en ningún otro lado más que en su interior. Por eso, cada uno de sus discos están signados por recorridos geográficos, pero también por recorridos internos. “Dentro de un sueño pongo la brújula a girar”, canta en “Bluebells” y de eso se trata todo. De lanzar el dado. Este año, el poetainglés-niñogenio-damaris-libertino que es Wolf editó Lupercalia y John Lindquist dirigió un corto para presentarlo. Eso me condujo a pensar, reviendo los videos del cantante, en cómo lo dirigiría yo en una gira o cómo lo mostraría si alguien me diera una cámara y lo tuviera enfrente…

A mis ojos y a mis oídos Wolf llega, antes que nada, como un ser que se define por su indefinición y que, en consecuencia, es tanto el soltero oscuro de The Bachelor (escuchen “Damaris”, donde la oscuridad acompañada por los violines puede herir, la música sí que puede herir) como el Peter Pan de The Magic Position (sí, él usa el sombrero de Peter Pan en “Accident & Emergency”). Su permanente necesidad de tomar un bolso e irse explicitada en “The Gypsy King” es, sobre todo, inspiradora. Su música y sus letras ponen el ojo en la naturaleza – un poco a la manera de Radiohead con The King of Limbs – y en la orfandad que deja de ser tal cuando esa naturaleza nos adopta. No por nada Wolf escribe que la felicidad puede pasar por vivir en una casa en el mar con un caballo y un ukulele. Solo. Sin más.

Les dejo un fragmento del video “The Magic Position”:

De todos modos, su discografía es una discografía de transiciones. Y así, llegando a Lupercalia, el Patrick rebelde y nómade de Lyncantrophy se convierte en el hombre que, nunca dejando de ser “forever young”, en su último disco deja atrás a ese bachelor, se compromete y encuentra su lugar en el mundo, menos metafórico (adiós a las referencias mitológicas). En “House”, una de las mejores canciones de Lupercalia, comienza diciendo “oh, amo esta casa, amo esta casa”, luego salta a decirle a su pareja que ve a Dylan Thomas en su rostro y concluye con algo significativo: “el amor es lo que hace que esta casa sea un hogar”. Ahora bien…¿Por qué este post? Porque la música inspira y, por ende, también nos hace sacar fotos mentales, con los ojos cerrados, como está Patrick en la foto y el gif de hoy; la música, por breves instantes, nos hace directores. ¿Quién no cerró los ojos con determinada canción y filmó su propia película? Patrick Wolf saca ese costado mío a la luz y, disco a disco, me va trazando un recorrido. De un “constante deseo de un amor supremo y de un conocimiento supremo…” canta en “Teignmouth” y yo pienso si no es precisamente ese doble deseo (inagotable y, a la larga, imposible de satisfacer del todo) lo que nos hace sentir vivos.

¿Sobre qué músico o banda que les gusta harían una película/documental? ¿Cómo la filmarían? ¿Qué canciones los hacen realizar films con los ojos cerrados? ¡Comenten, vamos!

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