Wild: El poema se hace con palabras

Fuente: gifthescreen.tumblr.com

“¿Posibilidades de vivir? Sí, hay una. Es una hoja en blanco, es despeñarme sobre el papel, es salir fuera de mí misma y viajar…”Carta de Alejandra Pizarnik a León Ostrov

Cuando revisitaba las distintas concepciones que se pueden extraer de la palabra viaje, o la pluralidad de significados concentrados en lo que implica estar en tránsito, me imaginaba al viaje ligado siempre a otro concepto: el de salvación. Pienso que uno siempre está buscando salvarse. Salvarse de. Salvarse de uno mismo y los demonios internos, salvarse de una situación que parece ineludible, salvarse de una amenaza circunstancial que atenta contra la estabilidad. Y ese deseo de salvación, a su vez, nunca deja de cesar. Somos tan complejos (y somos con otros) que ninguna semana – o hasta incluso ningún día – puede prolongarse en una pulcra y perfecta línea recta. Entonces, supongo, cada jornada es un viaje a la salvación. Me salvo con un libro porque un libro puede extrapolarme de un momento doloroso y dejarme inmersa en otro escenario o me salvo con un libro porque ese libro está describiendo ese momento con alarmante familiaridad, generando esa empatía, esa reconfortante sensación de hermandad, ese mágico segundo en el que me encuentro en otro. También me salvo con una canción y acá es donde la salvación se contrae y expande una y otra vez, porque el alma de la música parece estar continuamente escindida en tres. En primer lugar, está lo que la canción genera desde un nivel más primario y sensorial, ya sea una melodía pegadiza o bien un instrumento que produce una reacción física. En segundo lugar, está lo que esa canción dice y cómo cada individuo incorpora sus frases según su necesidad de establecer un paralelismo con su propia vida (porque nadie se resiste a dedicar canciones). En tercer lugar, y a diferencia de un libro (aunque un libro también posea esta cualidad), la canción tiene la capacidad de forjar un recuerdo y, en consecuencia, de transportarte a éste cuando súbitamente, meses o años después, alguien vuelve a hacerla sonar. Se produce una comunión tan fuerte entre un hecho y la canción que fortuitamente logró atravesarlo que la reproducción de esa melodía jamás podrá emanciparse de esa situación. Y así llegamos a otra forma de salvación: el factor sorpresa. Pensaba en Glastonbury, por ejemplo. En la primera vez que acampé en mi vida. No sabía armar una carpa. No sabía cómo sería eso de no bañarse por cinco días y sentir cómo el calor podía expulsarme del confinamiento para hacerme tirar al pasto, deseosa de agua. No sabía cómo sería eso de sentir el campo abierto, con su frío nocturno obligándome a meterme de nuevo en esa carpa que me despediría a la mañana siguiente cuando el sol se volvía insoportable. No sabía como sería eso de compartir la música con tantas personas al mismo tiempo y (también al mismo tiempo) estar inexorablemente sola. Mejor dicho: estar en soledad en una etapa de mi vida en la que no pensaba que fuera posible. Antes de pisar el lugar y literalmente plantar bandera (de lo contrario, como aprendería luego, reencontrarme con mi carpa sería fútil), mi cabeza solo le daba cabida a un mismo pensamiento. Qué pasa si me empiezo a sentir mal y sus derivados tales como no conozco a nadie, quién me va ayudar. Afortunadamente nunca me enteré de la respuesta porque en esos cinco días (anclados en el mes más oscuro de mi enfermedad) no necesité ponerle una cara a la salvación. La salvación llegó con la música y el factor sorpresa, todo en uno. Y por sorpresa me refiero tanto a lo más mundano (escuchar los gritos de la multitud que iban formando un coro a la noche, antes del reingreso a las carpas, lo más cercano a la calma que podía pedir), a lo más inconmensurable (el atardecer, siempre el atardecer) como a lo más concreto (Radiohead y su recital improvisado). Por lo tanto, cada vez que escucho “Weird Fishes/Arpeggi” todo mi cuerpo se va a esos días, a esa carpa, a Thom en su piano interpretando esa canción que habla sobre tocar fondo y escapar. I hit the bottom and escape. Escape.

Fuente: moreworlds.tumblr.com

“Un par de veces al año me grabo una cinta para ponerla en el coche, una cinta con todas las canciones nuevas que más me han gustado en los últimos meses, y cada vez que termino una no puedo creer que vaya a haber otra. Y sin embargo, siempre la hay, y estoy impaciente por escuchar la siguiente; sólo necesitás unos cuantos cientos de cosas más como esta y ya tienes una vida que merece la pena vivir”. En 31 Songs, Nick Hornby escribió una serie de ensayos sobre esos temas que persistieron en su vida por las razones más contrapuestas, desde el amor más desgarrador hasta el pop como una forma de mantener encendida la esperanza de seguir amando la música. Justamente en ese apartado, aquel en el que escribe sobre “I’m Like A Bird”, el mayor hit de Nelly Furtado, es en donde Hornby habla (casi sin hablar) de salvarse a través de las canciones. En esa cita superior Hornby hace magia con la escritura al conseguir lo más difícil: decir lo que ahora es una obviedad como si él hubiese sido la primera persona en el mundo en detenerse en ella (algo que lo emparenta con la filosofía Rob Gordon, su propia creación). Es decir, todos sabemos que la música no morirá nunca, que este año saldrán nuevos discos y que “nuestra canción del 2015” la conoceremos en unos meses. Sin embargo, Hornby no se refiere a lo contemporáneo así como tampoco se refiere solo a la música desde el presente más irrevocable. Hornby está hablando de una suerte de tercera dimensión donde yacen todas esas canciones ocultas, aquellas que nos están aguardando hasta que las encontremos (por recomendación de alguien o porque sonó en una película, lo cual es a su modo otra forma de recomendación), aquellas que nos hacen querer seguir avanzando, mirando hacia adelante. De hecho, no de mis discos nacionales favoritos se llama Un futuro brillante de la banda Mi pequeña muerte. Me gusta esa forma en que se une todo lo que vendrá (el porvenir) con ese adjetivo fulgurante. Me configuro la imagen de ese grupo de canciones titilando en un lugar, intensas, expectantes, listas para ser aprehendidas por mí. Es decir, la música me sitúa en el aquí y ahora mientras la escucho, pero también me está dando el combustible para el después. Y ahí está la respuesta al por qué quiero salvarme, al por qué yo esos días acampé por primera vez con miles desconocidos cuando en realidad le tenía miedo a todo. Porque uno vive por la impredictibilidad. Uno sucede sin pensarlo. Cuando en Wild – adaptación que hizo Hornby de la brutal y emotiva novela autobiográfica de Cheryl Strayed – la protagonista termina de recorrer el Pacific Crest Trail, sus pies, su mirada, todo el peso de su cuerpo se detienen en su idea de Santo Grial: The Bridge of the Gods. Aludo al final del film antes que al comienzo precisamente porque Wild es una película temporalmente convulsionada, fiel a Strayed, fiel a su indetenible manera de recordar las cosas, de reinventarse a sí misma, de volver a lo que su madre esperaba de ella. Y también aludo al final del film porque en esa imagen de una mujer llegando a un puente vemos la representación que ella misma hace de ese escenario. Para mí, por ejemplo, no es otra cosa más que un puente desconocido. Para ella, el puente es un símbolo sagrado, el aire que respira tiene una carga poética que nadie por fuera de ella podrá sentir de igual modo. El rostro de Reese Witherspoon (perfecto e imperfecto, sucio e inmaculado en simultáneo) es el rostro de la salvación. En este sentido, Wild le pertenece más a Strayed y a Hornby que a su director Jean-Marc Vallée, porque ambos, en sus respectivos libros, se autodefinen como ateos pero encuentran en distintos ámbitos lo más cercano a Dios en la Tierra. “I was a terrible believer in things,but I was also a terrible nonbeliever in things. I was as searching as I was skeptical. I didn’t know where to put my faith,or if there was such a place,or even what the word faith meant, in all of it’s complexity. Everything seemed to be possibly potent and possibly fake” escribió Strayed en su novela. Esa cita la representa como lo que era antes de ese viaje antojadizo que – como todo en la vida y su cantera de sorpresas – ejecuta por el dolor ante la repentina muerte de su madre: una mujer que está desesperadamente buscando algo sin saber qué es. “The wanting was a wilderness and I had to find my own way out of the woods. It took me four years, seven months, and three days to do it. I didn’t know where I was going until I got there”. Es decir, Strayed deja que las cosas simplemente ocurran. En eso radica el poder de su prosa (y de la adaptación de Hornby de la misma), en que no hay un intento de autoconvertirse en mito o de trazar esa línea recta sobre la que me referí al comienzo de este texto. Strayed no elige caminar más de mil kilómetros sabiendo el resultado o forzando la revelación final. Por lo tanto, Wild es una película que de algún modo está conmemorando las imperfecciones e incertezas de Cheryl. El abuso de heroína, la promiscuidad, el aborto, las cenizas de su madre en la boca, la devoción por esa madre, el matrimonio, el divorcio, su pasión por los libros y las citas, su tatuaje, su tobillo dañado por las jeringas, todo eso se entrecruza, se confunde, se hermana y se separa (mediante una conjunción abrumadora de flashbacks, flashforwards y flashbacks dentro de flashbacks) para decirnos que ella, como muchos, somos más que una sola cosa, somos la línea serpenteante, lo inacabado, lo mal hecho, “lo que torpemente intenta un pequeño vuelo y cae sin gracia al suelo”.

Fuente: moreworlds.tumblr.com

Wild película abre con un plano que le responde a Wild novela. “The trees were tall but I was taller”. Así empieza el libro de Strayed. El film de Vallée comienza, por su parte, con un grito de Cheryl al ver caer una de sus botas por un acantilado. La carga simbólica de los objetos (las botas y sobre todo “Monster”, la mochila que se va alivianando figura y no figurativamente), el peso físico como metáfora del peso emocional, no se le escapa a Hornby a la hora de escribir. Así como él mismo confesó no intentar creer en Dios para luego asegurar que “en la música pasan cosas que me dejan de piedra y me hacen pensarlo dos veces”, en Wild Strayed camina mucho tiempo en soledad y recuerda de manera caprichosa. Las imágenes más poderosas del film son, justamente, aquellas que duran lo que dura un recuerdo (a veces, poco menos de un minuto), las que son efímeras, las que se circunscriben a lo específico de las cosas (la sonrisa de su mamá, un trago, la espalda de un hombre encima suyo, el caballo de su infancia, la mirada de una amiga) y, especialmente, las que encuentran en algo del presente (ese viaje) un disparador de un hecho del pasado (lo que impulsó ese viaje). De este modo, y aunque pareciera que a la película le cuesta respirar precisamente porque hay pocas escenas prolongadas en un mismo espacio, se la concibió pensando que un tránsito individual no puede ser mostrado con prolijidad sino en permanente estado de ebullición. Wild es un film de bienvenida ambición al querer convertirse en una experiencia hipersensorial como la que vivió en carne propia Strayed y, en consecuencia, toma un puñado de canciones como elementos vitales para saltar de un recuerdo al otro y como elementos vitales para la búsqueda de salvación. En el primer caso, un tema que un conductor reproduce en su camioneta termina siendo el mismo que cantaba Bobbi, la mamá de Cheryl (una perfecta Laura Dern), lo que se constituye en el primer momento en el que la hija recuerda a su madre en una situación puntual (en la cocina, bailando, feliz, luminosa). En el segundo caso, Cheryl sacia la falta de agua tarareando al infinito, repitiéndose como mantra la hermosa letra de la no menos hermosa “Suzanne” de Leonard Cohen: “Jesus was a sailor when he walked upon the water, and he spent a long time watching from his lonely wooden tower, and when he knew for certain only drowning men could see him, he said ‘all men will be sailors then until the sea shall free them’, but he himself was broken, long before the sky would open, forsaken, almost human, he sank beneath your wisdom like a stone”. En el medio también yace “Glory Box” de Portishead, con el sexo a flor de piel que nos traslada a una Cheryl desprejuiciada que tapa el dolor con penetraciones. Sin embargo, si hay una canción que se convierte en la columna vertebral del film (como hay canciones que se convierten en la columna vertebral de nuestras vidas), ésa es “El cóndor pasa” de Simon & Garfunkel. Las palabras resurgen intermitentes y fugaces, rasantes como el mismo ave del título. “Yes I would, If I only could, I surely would”. Las palabras se repiten, en distintos estadíos, como recordatorios de la razón de todo. El viaje a la salvación no le pertenece a nadie más que a uno. Esa salvación puede ser superar una pérdida, superar una enfermedad o buscarle un sentido al presente, pero nadie puede hacerlo por uno. “The father’s job is to teach his children how to be warriors, to give them the confidence to get on the horse and ride into battle when it’s necessary to do so. If you don’t get that from your father, you have to teach yourself” escribió Strayed, reafirmando que la soledad, por más atemorizante que sea, por más desoladora que resulte (no hay nada peor que saber que solo/sólo uno tiene la solución al problema y no hay nada mejor que esa misma certeza), es casi un espacio físico donde habito. Esa soledad es mía y de nadie más.

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Cuando Cheryl finalmente arriba al Bridge of the Gods y habla de sí misma como ser autónomo (“It was my life, like all lives, mysterious, and irrevocable and sacred, so very close, so very present, so very belonging to me”), “El cóndor pasa” vuelve a sonar y la película de Vallée no es la misma que estábamos viendo una hora antes. En el medio, esa misma canción ofició como apéndice de un gran número de recuerdos que fortalecieron la relación del espectador con esa mujer errante (o al menos la mía). “How wild it was, to let it be” dice Witherspoon como si le faltara el aire (uno de los tantos preci(o)sos detalles con los que dota su interpretación) y otra frase (“I’d rather be a sparrow than a snail”) habla de quienes (y a quienes) eligen salvarse cobrando vuelo antes que permanecer aletargados. Pero no hace falta ser un gorrión para transitar las curvas. A veces se necesita de un solo paso (“pie detrás de pie, no hay otra manera de caminar”), a veces es imperativo, como hizo la propia Strayed, mentalizarse en dejar que las cosas sucedan, dejar que la sorpresa se convierta en ese factor cardinal. Es entonces, en ese momento donde casi ni notamos que estamos cambiando, donde la vida se encarga con mayor ímpetu de transformarnos. Es en la plena inconsciencia. En el pie detrás de pie. En el poema “Lee a Góngora” de Alejandra Pizarnik y su extraordinaria celebración de lo inmediato: “descubrí que se puede hacer poemas sin tener nada pensado, sin pensar, sin sentir, sin imaginar, en cualquier instante y a cualquier hora (…) el poema se hace con palabras”.

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► [ESCENA] Un momento de la película de Jean-Marc Vallée:

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► [DE YAPA] Cheryl Strayed habla sobre el duro momento que la condujo a escribir su novela Wild:

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► [DE REGALO] Todos sus viajes, en un mismo video:

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¡BUEN MIÉRCOLES PARA TODA LA MUCHACHADA! Hoy les dejo dos consignas: 1. Explayarse sobre el film Wild de Jean-Marc Vallée (y la novela de Cheryl Strayed, quienes la hayan leído); 2. Por otro lado, me gustaría que todos compartan anécdotas de los mejores viajes que han hecho; debido a los feriados, nos reencontramos el miércoles próximo con un post musical + entrevista a Ezequiel Acuña; ¡hasta entonces, que tengan un gran miércoles! ¡los leo, como siempre!

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Lo mejor del 2014: Los personajes

“I’m bored out of my mind, too sick to even care” es lo primero que canta Eve (Emily Browning) en God Help the Girl. Que canta, no que dice. Aunque da lo mismo. Para ella cantar y hablar son la misma cosa. La música es su lenguaje. Su inconsciencia respecto a su enfermedad – padece anorexia nerviosa y está internada en un instituto psiquiátrico – la expulsa literalmente por la ventana y la lleva a trepar alambres, tomar un colectivo primero y tomar un tren después, todo con el fin de ver a una banda. “My only choice was to find the face behind the voice” concluye una vez que llega al lugar. Pero Eve no alude particularmente al grupo que está tocando enfrente suyo (los vacuos Wobbly-Legged Rat) sino a todos esos rostros de la música en los que se refugia para sentirse menos sola. Stuart Murdoch – frontman de Belle & Sebastian, cuyo proyecto paralelo God Help the Girl, inspiró su homónima ópera prima – no la hace explicitar a Eve cuáles son los referentes musicales que la salvaron pero veladamente los incluye en la historia a partir de las voces en off de un par de locutores radiales que hablan de Nick Drake y Joy Division, y a través de una remera como la de Meat is Murder de los Smiths. Asimismo, para Murdoch la palabra es importante, tanto por la admirable manera que tiene de concebir las rimas pop más perfectas que jamás hayan existido (donde la construcción sintáctica apela a frases verbales originales y raras veces escuchadas, como “musician, please take heed” en lugar de “musician, please pay attention”) como por su necesidad de captar la voz femenina como requisito clave. Desde figuras literarias más clásicas como León Tolstói (Anna Karenina) y Gustave Flaubert (Madame Bovary) hasta el recientemente mencionado John Green (The Fault in Our Stars), pensar y expulsar con éxito el pensamiento femenino implica un entendimiento cabal de esa mentalidad, implica emanciparse de los preconceptos. Murdoch hace precisamente eso con Eve, crea a esta joven pluridimensional y no siempre del todo querible, que puede mostrarse tan egoísta por momentos (persiguiendo la satisfacción del placer personal a expensas de los sentimientos de un tercero) y tan noble por otros (escribir una canción con influencias de David Bowie para que su mejor amiga/fanática del Duque Blanco pueda interpretarla y encontrar su propia voz). La complejidad de Eve, entonces, va más allá de su enfermedad y es algo que provoca una identificación inmediata: no siempre podemos dar a conocer nuestra mejor versión porque la vida atenta contra esa intención segundo a segundo. Esa fluctuación de estados atraviesa todas las maravillosas canciones de God Help the Girl, donde nuevamente la palabra (o la lírica) es el alimento vital que ingiere esa chica que justamente está aprendiendo a alimentarse. Por lo tanto, Eve compone porque busca que la conozcan (en toda esa pluridimensionalidad) y así oscila entre el deseo de recuperarse (“light that comes in from outside, If you could catch it all and pin it to your wall then you would sleep much better”) y la incapacidad para dejar atrás el desasosiego (“I was a case when I grew up, a case of hope, crashing to the ground”).

En ese proceso, la joven conoce a James (Olly Alexander) y a Cassie (Hannah Murray), dos adolescentes que también reniegan de los estereotipos y quienes no tenían canales para expresarse hasta la repentina aparición de Eve. Esa colisión de mundos da como resultado dos hechos inevitables: se forja una amistad y se forma una banda. En este aspecto, God Help the Girl evoca a The Perks of Being a Wallflower en cómo no existen los finales tristes o las despedidas (“I want a story with a happy ending”) cuando lo importante es el hecho de haberse encontrado. “I was crying because I was suddenly very aware of the fact that it was me standing up in that tunnel with the wind over my face; not caring if it was downtown; not even thinking about it; because I was standing in the tunnel; and I was really there; and that was enough to make me feel infinite” escribe Charlie en la novela de Stephen Chbosky. A una conclusión similar llega James en la película de Murdoch, cuando asevera que “just for a moment we were all in the right place and the possibilities were infinite”, mientras Eve se aleja en un tren con el sabor agridulce de quien debe encontrar estructura y orden para sentirse mejor, aunque eso implique el distanciamiento físico de sus amigos. God Help the Girl es, en cierto modo, la fábula de una mujer que descubre su independencia (su último plano es equivalente al de Begin Again de John Carney) gracias a la familia paralela que eligió para su pequeña gran travesía. Tanto ella como James y Cassie se eligen mutuamente, tal como canta Eve en “A Down and Dusky Blonde”. “When I needed someone I chose you because the fledgling soul awakes, and on the balcony she quakes, and she is waiting for the sign, and when the brother does not come, and when the sister’s much to young, she chooses you” vocifera ya no parada frente a un músico sino siendo ella misma la protagonista de la noche, como si “ese rostro detrás de la voz” que anhelaba encontrar al comienzo de la historia fuera su propia esencia. Murdoch aborda el momento de quiebre de una joven enferma con un bienvenido tono afable, sabiendo que la oscuridad puede empañarlo todo pero nunca destruirlo. “I’ll kick this mood off with a change of scene” dice Eve en una de esas viñetas de desesperación – sin dudas, la mejor escena de la película -, donde God Help the Girl parece iluminar, a través de su protagonista, una hermosa verdad oculta: que está en nuestras manos elegir la composición perfecta para enfrentar el presente (“I pick the soundtrack with immaculate care”), ya que esa composición es un símbolo de otra cosa. Eve considera que su vida “depende de una canción” porque hablar de música es hablar de ella misma y hablar de ella misma es asegurar que quien tiene la compulsión de tomar cuidadosamente un vinilo para hacerlo sonar puede hacer lo propio con el control de su destino. 

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►[ESPECIAL] Un informe sobre la música de God Help the Girl:

GOD HELP THE GIRL - "La música" / Making of parte 3 from AVALON on Vimeo.

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*[TOP FIVE] GRANDES PERSONAJES DE ESTE AÑO:

► 1. ADÈLE en La vida de Adèle

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► 2. RAYON en Dallas Buyers Club

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► 3. LLEWYN DAVIS en Inside Llewyn Davis

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► 4. MASON en Boyhood

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 ► 5. ROCKET en Guardians of the Galaxy

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 ► *DE YAPA: FRANK en Frank

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 ► [GALERÍA] 50 GRANDES PERSONAJES DEL 2014 mencionados en el post de hoy:

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¡BUEN MIÉRCOLES PARA TODOS! Hoy continuamos con el balance del año con la siguiente consigna: ¿Cuáles son los mejores personajes que dio el cine en este 2014? Dejen sus aportes así armo una galería compilándolos; ¡nos reencontramos el lunes con un balance televisivo! ¡que tengan un excelente miércoles! ¡los leo! PD. El mejor personaje del 2013, según sus votos, había sido Tiffany MaxwellJennifer Lawrence en Silver Linings Playbook

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Beautiful Angel

“God, when I meet you, I’m gonna be pretty, If it’s the last thing I do. I’ll be a beautiful angel”

“Ya se iba la luz. Ella parecía desvanecerse con la claridad, mezclarse con el cielo y las nubes, retroceder y ocultarse detrás. Yo quería alcanzar la voz por encima de los gritos de las gaviotas y preguntarle: ‘¿por qué todo tuvo que salir así? ¿por qué es una mierda esta vida?’ Yo diría…diría que eres una hermosa niña”

“Una hermosa niña” – Truman Capote

Me gusta que se me diga casi todo sobre un personaje desde la primera escena. Que sea esa primera escena la que me lo revele, la que deje entrever detalles funcionales a su personalidad, a cómo va a lidiar con las cosas, a cómo va a relacionarse con los demás. La primera vez que vemos a Rayon lo hacemos a través de una cortina. Ella asoma la cabeza, mirando de reojo a Ron, y luego se presenta sentándose en su cama. Son cinco minutos definitorios. En primera medida, por cómo verbaliza ese “I’m Rayon”, como si no sólo se estuviera dando a conocer ante quien sería su amigo sino también ante el espectador, quien desde esa presentación en adelante difícilmente no construya un vínculo indisoluble con ella. En segunda medida, porque el encanto del personaje reside, justamente, en su modo de titilar. No hay otro verbo. Rayon no es ni la figura central de Dallas Buyers Club ni tampoco ese antihéroe que interpreta Matthew McCounaghey. No está en todas las escenas ni tiene grandes monólogos. Desde la puesta en escena, incluso, se lo percibe en la periferia. Sin embargo, Rayon está. Atraviesa toda la película casi sin buscarlo, haciendo una pregunta (“do you like this dress?”), pintando una pared de rojo (“it’s cranberry mocha”) o dando un consejo amoroso (“you got her flowers?”). Asimismo, su crecimiento es gradual, y va a contramano de su deterioro físico. Pasamos de oírlo hablar ocasionalmente a atestiguar su pánico a morir en un breve lapso de tiempo. Entonces, ¿qué hizo Rayon para que, una vez concluida la película, su ausencia se convierta en la más resonante de todas, en la más dolorosa? Estar como si no estuviera, provocar empatía gracias a sus tics (desde cómo se toca las uñas hasta cómo se acomoda las sandalias), yacer siempre en alguna parte con las medias rotas, dar un abrazo en el momento justo. Leto logra que Rayon no sea un estereotipo sino esa figura que viaja por la historia a la velocidad (y con el brillo) de la luz. Como esas personas que, aunque no estén, dejan un eco. Como rehusándose a deshabitar los espacios. Como alguien que limpia el miedo con fuerza para, como diría Benedetti, dejarlo brillante como un espejo. 

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► [ESCENA] Jared Leto como Rayon en The Dallas Buyers Club:

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► [LISTA DE REPRODUCCIÓN] 100 canciones que escuchamos cuando nos ponemos masoquistas:

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¡Buen miércoles para todos! Tres consignas para este día: 1. ¿Vieron Dallas Buyers Club? ¿Les gustó? 2. Como pidieron en otro post, hoy quiero que mencionen cuáles son las escenas de película con las que más han llorado en sus vidas 3. Por último, para sumarle una playlist al día, los invito a dejar un Top Five de canciones que hacen sonar cuando están masoquitas; ¡nos reencontramos mañana!

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