Todas las películas son en 3D

Ilustración: http://www.jameswilsonillustration.com/

Hoy en Cinescalas escribe: Verónica Stewart

La primera y única vez que vi Inside Llewyn Davis fue un día lluvioso. Empezar una nota refiriéndome al estado climático del día en cuestión va en contra de todas mis normas estilísticas, pero no le puedo escapar, en este caso, a la relevancia de esa lluvia. La vi en el Village Recoleta en una de las primeras funciones privadas a las que fui, enviada por la revista para la que en ese entonces colaboraba con frecuencia. Empezaba a entender lo lindo que podía ser ir al cine sola de vez en cuando. La película me encantó, recuerdo que hacía mucho no veía algo que hubiera sentido tan honesto y limpio, tan simple y hermoso. La música me conmovió sobremanera, a tal punto que me fui pensando si estaba sobredimensionando lo buena que había sido toda la película solo por su música; luego, al escribir la nota, comprobé que no. Pensé en lo bien retratada que estaba esa odisea hacia casa mientras volvía a la mía en un 92 casi vacío que vino milagrosamente rápido. Escuché Bob Dylan. Pensé en cómo Buenos Aires cuando llueve es un cliché que no me cansa. No fue un día particularmente especial; recorrería la ciudad con lluvia muchas veces desde entonces y vería muchas funciones privadas en ese y en otros cines. Pero recuerdo ese día con mucho cariño porque reinaba en mí un estado de paz. Inside Llewyn Davis se convirtió en una de esas películas que olvido.

Ilustración: R. Kikuo Johnson

Como ya dije, me gustó muchísimo, pero no la vi nunca más, y cuando mis amigos me piden que les recomiende películas, nunca la recuerdo. Un año y medio después, en el ciclo Open Folk de los martes por la noche en El Universal, escucho al organizador tocar “Hang me, oh hang me”, tema emblemático de la película y la recuerdo de nuevo. Y entonces pienso en estar acurrucada en las butacas que tanto me gustan del Village, en saber que me esperaba la lluvia afuera, en Bob Dylan sonando en mis auriculares en el 92. Pronto me olvido de la película en sí: la canción no me trae solo el recuerdo de Llewyn, sino de toda la escena y las emociones que sucedían cuando lo conocí. El tema evoca la película y la película, obra de ficción, evoca algo tanto más tangible y poderoso: un día en mi realidad.Mi experiencia con el cine bien podría definirse con este relato, porque es precisamente de eso de lo que hablo: de una experiencia. No recuerdo, por ejemplo, la primera vez que vi Toy Story, pero sí sé que mi muñeco de Woody dice Vero en la suela de la bota derecha. Sí recuerdo cómo mi tía y mi mamá me llevaron a comer a Pizza Planet en nuestra segunda visita a Disney, y cómo yo sentía que estaba comiendo con Buzz en el espacio. Recuerdo que fui a ver Match Point a mis doce años con mi mamá y Luli, mi amiga de toda la vida, luego de nuestra clase de los sábados de tenis. Mi mamá, una ferviente fanática de Woody Allen, me dijo mientras compraba las entradas que “a Woody se lo ama o se lo odia”, y yo veía el leve temor en su rostro de que a mí no me gustara. Pedimos nachos con queso. Años después, nos reiríamos del mismo chiste de Manhattan con mi amiga Cari una y otra vez. Vicky Cristina Barcelona es hoy una de mis películas preferidas y cada vez que veo Midnight in Paris lloro, así que ya sabemos de qué lado terminé. Cada vez que agarro Walk the Line en cable también me acuerdo de Luli. La primera vez que la vimos fue en el cine y, con el fanatismo de la pre-adolescencia y el poco conocimiento de descargas ilegales que teníamos en ese entonces, le preguntamos a mi mamá cómo llegar a Adrogué porque allí estaba el único cine que la seguía dando semanas después de su estreno. Cada vez que venía a casa la veíamos. Nos sabemos diálogos enteros de memoria, con entonación y todo. Cada vez que la veo, la llamo.

Ilustración: XinXue Wang

Vi The Wall a mis trece años en la clase de música del colegio. Recuerdo que tuvimos que verla en el laboratorio de química por algún motivo, y que la única escena que entendí fue la de los alumnos cayendo en la picadora de carne al ritmo de “Another Brick in the Wall, (Part II) parece que, aun siendo alumna diez, algo sobre el sistema educativo ya me hacía ruido. Años después pagaría mucho dinero para ver a Roger Waters tocar ese disco en vivo con mi amiga Inés, la que ama Pink Floyd desde las profundidades de su ser. Hoy afirmo que pagaría eso mil y un veces. Fui a ver Coraline un día después del colegio. Me pasó a buscar mi mejor amiga y llegamos justo con el tiempo: todos los empleados del cine nos atendieron con una lentitud que parecía a propósito. Nos reímos por sentirnos en una sitcom, y vimos la película mientras deglutíamos los bombones de fruta que nos dieron en la barra porque no tenían cambio para el vuelto. Vi Her con dos amistades que estaban cultivándose por ese entonces, y con luces de navidad celestes prendidas en mi habitación, nos maravillamos ante la belleza de cada plano. Las de animación son fáciles: todas me remiten a mi tía, que se ríe más con la ardilla de La era de hielo que todos los otros jóvenes espectadores de la sala. Boyhood la vi con mi novio en el cine. Hacía meses que esperábamos su estreno, y cuando terminó me pidió que esperara para levantarnos porque no salía de su emoción. Mientras él lloraba, a mí se me hacía un lugar no sé dónde para amarlo un poquito más. El día que lo conocí, en un evento de poesía, dijo sobre Her que era la película que más le había gustado desde Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. Yo recordé la escena en la que llueve dentro del departamento mientras el pequeño Joel se imagina andando en bicicleta y suena de fondo “row row row your boat, gently down the stream”. Sonreí para mis adentros y le pregunté a Agustín si quería venir a tomar algo con mis amigos y conmigo.

Ilustración: Dice Tsutsumi

Entonces, escuchando el disco de Inside Llewyn Davis por la calle, camino a lo de mi novio, pienso en todo esto. Pienso en cómo, por más de que los grandes complejos de cine quieran vendernos distintos tipos de tecnología, toda película es en 3D. Al mejor estilo de La rosa púrpura del Cairo, toda película salta de la pantalla para quedarse un poco en nosotros, para teñir la cotidianidad de nuestra vida con un color un poco más especial. Toda película que verdaderamente nos haya conmovido se aferra al recuerdo de esa primera proyección; antes de que nos demos cuenta hace la mejor de las metástasis y de golpe fortalece vínculos, define encuentros, pinta escenas. Pronto, una película no solo remite a distintos momentos, sino que se convierte en ellos, es esos recuerdos. Ver una película es una experiencia no solo sensorial sino también emocional, una donde dejamos que nuestra realidad se vea atravesada por un par de horas de ficción. Mi vida no es una película, y tampoco me gustan las películas que quieren parecerse a la vida; una película es eso, una película, y me gusta las que son honestas porque se saben tales. Pero eso no quiere decir que la ficción no pueda salirse de su encuadre, de vez en cuando, como quién no quiere la cosa, para acoplarse a nuestra realidad.

Por Verónica Stewart

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¡BUEN LUNES PARA TODOS! Quisiera felicitar a Vero por su hermosa nota, que me sacó algunas lágrimas; por otro lado, los invito a responder la ineludible consigna de qué películas les hacen acordar a determinadas personas; como siempre, gracias por la confianza y esperamos leer con Vero lindas historias; nosotros nos reencontramos mañana con el post sobre Bailes del Cine que propuso Cristian Rueda; ¡hasta entonces! ¡buen lunes!

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*EL RECORDATORIO DE CADA LUNES:

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 La última vez escribió Javier Salas Bulacio sobre… Los hermanos Dardenne

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La película de mi semana: Eternal Sunshine of the Spotless Mind

“Love is so painful, how could you ever wish it on anybody? And love is so essential, how could you ever stand in its way?”David Levithan (Two Boys Kissing)

Me dijiste que yo era la cruz que te tenías sacar de encima para poder seguir. Y así, con solo una frase, me enrolaste en una suerte de curso acelerado de despertar a la vida. No porque me haya gustado lo que me dijiste sino porque lo que dijiste hizo algo que creía imposible: generó otra dimensión. Porque desde ese momento que vivo pensando así, en dos dimensiones. Esta, en la que no te veo, de la que hace años que no formás parte, la que me dio la posibilidad de experimentar otros amores, desamores, esos disturbios sexuales tan poco sensuales. Y la otra. ¿Cómo describo la otra? La otra es el lugar al que siempre vuelvo. Volver a volver. “Hace tanto frío que no puedo más que arder” escribió Gabo Ferro. Una vez te quejaste de que yo siempre te llamaba para hablar de cosas importantes los días domingo. Quizás porque los días domingo me sentía sola. Eso te molestaba. Te creías prescindible. Una figurita intercambiable. Una voz cualquiera del otro lado del tubo. Yo ahora voy hacia la idea de vos (o vuelvo a volver) únicamente cuando tengo frío. Por “frío” me refiero a cuando se quiebra la ilusión de otra relación que parecía destinada a perdurar y por “frío” también me refiero a cuando, a mis treinta, pienso que ya todo es efímero. Ese curso acelerado de despertar a la vida que me obligaste a tomar se convirtió, paralelamente, en un curso acelerado de cinismo. Ese que me hace decir frases como “no, esto no va a durar”, “no, lo que yo sentí, el amor que yo sentí, no se va a volver a repetir”. Esa otra dimensión es hacia donde voy cuando, al hacer tanto frío, necesito poder arder. Pero no me engaño, porque nunca deja de ser una dimensión paralela. Somos esas realidades equidistantes que se prolongan pero jamás se encuentran. Es como ir viviendo las cosas sabiendo que estás haciendo un camino pero que otro, ese que nunca te animaste a emprender, jamás quedó atrás. Me pisás los talones. La lucecita sigue siempre encendida. Esa luz vendría a ser la felicidad más simple. Sí, porque creo que hay dos clases de felicidad. Aquella que viene sin esfuerzo, aquella que no se necesita buscar, que se da sola, tan naturalmente. La otra…la otra supongo que es aquella que se complejiza a medida que uno crece. Por ejemplo, hubo un momento en el que vos me pedías algo que yo te podía dar. Te podía dar la mano y te podía acompañar. Te podía hacer reír. Te podía llamar los domingos. Y vos hacías lo mismo. Vos estabas siempre en el centro de las cosas, aunque te hacías la idea contraria. ¿Cómo podía ser de otra manera? Nadie que te conociera te podría haber ubicado en otro lugar que no fuera el centro. Pero esa facilidad que teníamos para hacernos reír, para dar y recibir, para la complicidad más desinteresada se empezó a contaminar. Es raro. Cuando uno se enamora las cosas deberían ser más simples, todo debería ser eterno, toda la realidad debería estar digitada por lo perdurable. No habría que dar vueltas. No habría que pensar. Lo que nadie parece decirnos – o lo que nadie me avisó a los veinticinco años – es que el amor efectivamente está en el centro, pero jamás se podrá emancipar de los sentimientos satelitales. Miedo. Inseguridad. Fobia. Inmadurez. Todo eso que no deberíamos dejar entrar y que, sin embargo, a veces penetra inconscientemente. Entonces, yo tuve miedo. Y ese miedo arruinó todo. Me arruinó. “I get lost in ifs”. Leí esa frase hace poco y ya sé, ya sé que los “ifs” no deberían jugar conmigo. Como yo juego conmigo cuando me refugio en esa otra dimensión. Sí, quizás vuelvo ahí porque todo terminó antes de comenzar y la idea de lo inacabado es siempre atractiva, romántica, engañosa. Quizás vos ya no sos el de mis veinticinco, quizás la voz de los domingos tiene otro sonido, y quizás ya no iluminás más las habitaciones. Cómo saberlo. De todos modos, sé algo ahora que no supe esa noche del apagón: sé qué quisiste decir con el término “cruz”. Sé lo que es tener un peso. El peso es algo que te colma, que te hace tambalear. Puede agitarte pero también puede abrazarte. Puede ser negativo, puede ser positivo. Pero el peso…el peso siempre se siente.

“A fractal is generally a rough or fragmented geometric shape that can be broken into parts, each of which is (at least approximately) a reduced-size copy of the whole”

El guión – la escena final – de Eternal Sunshine of the Spotless Mind, escrito por Charlie Kaufman

Muchas veces me autoimpuse no recordar tantas cosas, creyendo que yo podía tener control sobre la memoria (esa “azarosa naturaleza de la memoria”, como escribió Jarvis Cocker), o sobre los recuerdos. Y no, si no tengo control sobre el pasado, mucho menos lo puedo tener sobre lo que se desprende de él. El problema quizás llega cuando, en lugar de aceptarte como parte irremisible de mi dimensión principal, vos mismo te volvés un problema. Que las relaciones son complejas lo sabe todo el mundo. Pienso que mucho se debe a que no sólo no podemos terminar de conocer del todo a alguien sino que además no podemos hacer algo con el conocimiento que tenemos de nosotros mismos. Recientemente me encontré en el libro de David Levithan Every You, Every Me con la siguiente frase: “I have always been aware of how I break. I know what kind of situations will break me. I know what kind of people will do it. I know how much it will hurt”. ¿Listo, no? ¿El conocerme lo resuelve todo? ¿Entonces parece que sí es posible adelantarse al dolor? No sé ustedes, pero yo nunca pude. Al menos no desde la posición en la que decido (aunque, ¿hasta qué punto se trata de decidir?) vivir las cosas. Siempre sé cuándo una circunstancia es riesgosa y, sin embargo, me involucro igual. ¿Por qué? Porque no me interesa vivir en la alternativa. Así sé, al menos, que si yo me quiebro como dice Levithan, o si lo que me une a alguien se quiebra, los pedazos nunca van a ir a la basura. La pieza, en teoría, va a faltar. Pero siempre está como a un paso de distancia, nunca nos va a resultar desechable. La bendita/maldita pieza faltante. El aniversario de Eternal Sunshine of the Spotless Mind me hizo pensar en cómo Joel es para Clementine y Clementine para Joel esa energía intangible que los circunda cuando Lacuna Inc. los borra, cuando ya no están (nuevamente en teoría) en la vida del otro. Sin embargo, cuando ella va al mismo lugar a repetir un recuerdo con otra persona, se siente molesta. Como él se siente molesto cuando el pantallazo de la cabellera roja de Clem debajo de las sábanas le hace ver que no, que no tiene sentido borrar nada, que no hay nada más atemorizante que una mente en blanco. ¿Cuántas veces pensamos que alguien nos arruinó la vida? La ruptura ya nos está hablando, desde su etimología, de algo que está en pedazos. Uno está en pedazos y, curiosamente, los buenos recuerdos se alteran por el latigazo del golpe final. Se alteran, pero no deberían. Esos instantes tendrían que ser inmaculados. No habría ni que romper una foto. Aunque uno no recuerda al otro detenido, lo recuerda antes o después de que esa foto fuera tomada. Acomodándose para entrar en el cuadro o riendo después de que la fotografía se tomó. No se puede evocar estáticamente. Uno siempre evoca en movimiento (“I remember awakening one morning and finding everything smared with the color of forgotten love” escribió Charles Bukowski). Por lo tanto, sobre el final, cuando Joel y Clementine deciden intentarlo de nuevo, todo se reduce a un “okay”. Puede decir tanto un “sí”; Elliott Smith ya había cantado sobre eso (“say yes”). Porque es paradójico como un monosílabo concentra tanto el miedo a no poder sobreponerse al miedo como la valentía de arrojarse al vacío porque nos aterra la otra posibilidad: la de sentir que no lo dimos todo. Joel y Clementine se reencuentran, también, porque nunca se despidieron (“come back and make up a goodbye at least, let’s pretend we had one”) y porque aceptar al otro no implica únicamente amar sus cambios en el color de pelo sino convivir con todo lo que esos cambios dicen sobre la persona. Es ver la belleza en lo mundano. Es cenar en Kang’s y no tomarlo como un síntoma de hastío. Es tomarlo como “te conozco tanto que sé que vamos a volver a comer en Kang’s”. Qué hermoso. Qué hermoso conocer tanto algo como para poder amar su predictibilidad. “There’s no way to release yourself from a memory. It ends when it wants to end, whether it’s in a flash or long after you’ve begged it to stop” yace, también, en Every You, Every Me. La mente impoluta no cumple ningún propósito. Hay que ensuciarse las manos. De lo contrario, ¿cómo podemos saber si eso que tenemos delante es amor?

Por eso me gusta tanto la ironía que viene por añadidura con el título del film de Michel Gondry y la concepción del amor de Charlie Kaufman. La mente nunca atraviesa un eterno resplandor. La mente fluctúa y muchas veces se halla en el ocaso. Porque el recuerdo no asalta solo en la forma de una imagen en movimiento, asalta cada vez que damos un paso sabiendo que allá, vaya a saber uno dónde, hay alguien, alguien que nos quiso borrar, que nos borró y a quien borramos. Que nos dijo que nos fuéramos with such a disdain, you know. Pero que igual está. Que se rehúsa a que lo silencien o pixelen, a ser un mero rostro congelado en una fotografía. Sí, una vez me dijeron que era una cruz, una nube negra que le impedía seguir adelante. Que chau, que dejáme, que te lo digo así, con este desdén. Yo era algo que necesitaba ser sacudido. Pero hay que ser ingenuo para negar el pasado. A medida que los ideales o las búsquedas se modifican (maduran), el pasado pesa colmando y no agobiando. Incluso en el presente uno no puede estar seguro de nada. Apostar por algo, como hacen Joel y Clementine, implica justamente eso: poner las fichas en un lugar y aguardar el milagro. Para que esa zona intermedia entre el decir “yo quiero esto” y el resultado (¿hay uno? ¿hay muchos?) no asuste tanto. ¿Cómo puedo definir esa zona intermedia? Como un campo minado, quizás. Sí, si la tengo que definir mediante una imagen, diría que es eso. Un campo invadido de amenazas. Amenaza. Suena negativo. No sé si lo es. Una amenaza podría ser nuestra capacidad/incapacidad para adaptarnos al otro. Entonces, yo puedo activarla o desactivarla. Porque si es amor, va a sobrevivir. Si es amor, comeremos en la misma mesa. Y si tengo miedo, si a ese amor le tengo miedo como para intentarlo de nuevo, entonces…entonces seguiré así, fragmentada, en mis dos dimensiones, siempre recordando. Recordando feliz. Feliz con un secreto.

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 ► [DE YAPA] Un increíble video que muestra cómo quedaría Eternal Sunshine si se reprodujeran en simultáneo la película tal como la conocemos y la película de atrás hacia adelante:

Eternal Sunshine of the Spotless Mind: The Shining Mirror Cut. from Eff You Valentine's Day on Vimeo.

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 ► [PLAYLIST NÚMERO 1, CORTESÍA DEL TURNO NOCHE] 50 canciones que les hacen acordar a alguien:

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 ► [PLAYLIST NÚMERO 2, CORTESÍA DEL TURNO MAÑANA] Otras 50 canciones que les hacen acordar a alguien:

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¡BUEN VIERNES PARA TODOS! En este día, tres consignas: 1. Los invito a dejar su opinión sobre Eternal Sunshine of the Spotless Mind 2. Nos ponemos personales y les pregunto cuáles son las personas a las que nunca han podido olvidar (pueden contar hasta dónde quieran, como siempre) 3. Para armar la playlist de viernes, les propongo que a esas personas les dediquen canciones y quisiera arrancar yo dedicándole a alguien “Cómo eran las cosas” de Babasonicos; ¡gracias a todos, buen finde y nos vemos el lunes!

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