Lo que me falta es la falta de fe

“I have no heart, I’m cold inside I have no real intent… Save me, save me, save me I can’t face this life alone Save me, save me, oh… I’m naked and I’m far from home”

Luego de una breve conversación con su terapeuta en una iglesia, Cole camina hacia la salida. Segundos antes de exponerse al afuera, roba una pequeña estatua de un santo para su colección personal y se retira, ante la mirada extrañada de Malcolm. Luego de más de una década de no rever The Sixth Sense me reencontré con la película de M. Night Shyamalan y con ese pequeño momento en particular, y me reencontré pensando en cómo su perdurabilidad es totalmente independiente del giro del final. Por lo tanto, aunque en una primera medida quise verla para resignificar las secuencias en relación a su famosa vuelta de tuerca, terminé atestiguando cómo Shyamalan supo construir con una desolación absoluta la historia de ese niño (un Haley Joel Osment brillante) que está siendo bruscamente empujado a un mundo de hostilidad y de constantes susurros tortuosos. Así, The Sixth Sense no es tanto una obra sobre la redención de ese hombre que “falló” una vez y padeció las consecuencias (Malcolm, quien no pudo escuchar, no supo ayudar y se perdió a sí mismo en el proceso), sino más bien una que sondea el interrogante de la fe y los tres estadíos de Cole en su vínculo con ella: la búsqueda de fe (el niño tomando los santos en sus manos), el vacío ante las murallas que impiden su contacto con ella (su dolor por la incomunicación con su madre) y el encuentro con la misma (la respuesta que llega cuando llega la oportunidad de combatir la negación ajena mediante una charla). The Sixth Sense habla sobre lo complejo que puede resultar el reconocer que frente a nosotros siempre hay un otro proclive a querer compartir e incluso escéptico a la ayuda de terceros, alguien vivo que no logró darle un cierre al duelo (Lynn con su madre) o alguien muerto que no quiere aceptar ese fallecimiento (“Yo no quiero morir en este lugar, señor, salvame”). Cuando Cole se encierra en su universo para estar a salvo – una carpa hecha de mantas rojas y broches, decorada con esos santos protegiendo el fuerte -, Shyamalan pone en primer plano ese suspiro helado, ese pánico ante la inminente aparición de alguien que sufre, padece y lastima, difuminando así las líneas entre un mundo y el otro, como queriéndonos decir que todos buscan ser gobernados por la fe (donde sea que radique el concepto de la misma) pero que muchos no pueden evitar ser azotados por su carencia.

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► [ESCENA] La famosa confesión de Cole Sear en la película:

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► [DE YAPA]: Un trailer de The Sixth Sense editado como si fuera una comedia:

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¡BUEN MARTES PARA TODA LA MUCHACHADA! La consigna para el post de hoy es que mencionemos todas esas películas que se mantuvieron sólidas (o incluso que se superaron) con el paso del tiempo; ¿con qué films se reencontraron y sintieron que habían mejorado, pudiéndole encontrar siempre nuevas aristas?; como siempre, los leo; ¡Espero sus comentarios y nos reencontramos mañana! ¡Que tengan todos un excelente día!

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Sobre lo angustiosamente temporal

“Now that you’ve found it, it’s gone; now that you feel it, you don’t” – “Nude (Big Ideas)” – Radiohead

¿A cuántos de ustedes les aconsejan disfrutar más de las cosas y preocuparse menos? Yo escucho ese consejo con mucha frecuencia y no es que no concuerde con el mismo (¿quién podría levantarse y decir voluntariamente “decido no disfrutar de lo que me sucede”?), sólo que el disfrute implica una tarea más compleja: la de tener plena conciencia del momento. Y de ese espiral sí que no puedo salir. Mejor dicho, no puedo adquirir noción del instante. Mientras leo un libro, estoy pensando en qué citas me podrían ser útiles para un texto propio. Mientras intento dormir, estoy pensando en qué tengo que hacer al día siguiente. Mientras escucho una canción, la relaciono con el pasado (el lejano y el inmediato). Mientras veo una película, pienso en otras que se le asemejan. No siempre se repite el mecanismo, pero sí con mayor periodicidad de la que me gustaría. Entonces, cuando se me aconseja disfrutar, pienso que parte de mi naturaleza obsesiva y ansiosa no sólo me lo impide sino que también refuta esa observación. Porque quizás yo disfruto así, a mi manera, mezclando todo todo el tiempo. Hace poco, leyendo los diarios de Alejandra Pizarnik, me encontré con su propia percepción de lo mundano y de cómo esos minutos que se nos escurren mientras estamos pensando en otras cosas (el maldito “mientras tanto”, tan contraproducente) se nos escurren, justamente, porque no les estamos otorgando la cualidad de irreemplazables. “Aparentemente cada cosa tiene su sustituto. Sustitución que se sucede infinitamente. Yo creo que nada se reemplaza. En este momento, estoy escribiendo sobre la mesita de un café. A intervalos imprecisos suspendo la pérdida del líquido tinta para compensarla mediante el líquido té. Sé que es una sustitución irrazonable. No cuerda. Pero no es esto lo que yo quiero expresar. Intento fijar este momento in-sus-ti-tu-ible. Mañana podré estar acá de nuevo haciendo y pensando LOMISMO. Pero nada se igualará a esta inefable presencia angustiosamente temporal”. En un primer nivel, Pizarnik está hablando de la escritura como herramienta para hacer concreto lo abstracto, para prefijar el aquí y ahora mediante la palabra. Eso es lo que hace todo escritor, independientemente del género del que se apropie. Un escritor lleva un diario, un testimonio, una suerte de manuscrito que, cuente o no con personajes de ficción, lo está representando a él, empíricamente, y lo está revelando en ese singular etapa. En un segundo nivel, lo de Pizarnik es bastante crepuscular. ¿Cómo se hace para meditar con frecuencia sobre el carácter irreemplazable de la acción sin que nuestra cabeza sufra las consecuencias de su estallido? Como ella misma lo define con su elección adverbial, el sondar en lo temporal es angustiante. Por un lado, porque inevitablemente nos conecta con la muerte (o con las pequeñas muertes, es decir, con cada día que pasa, en el que se nace y se muere en su centro). Por el otro, porque si bien nos libera, también nos aprisiona. Si yo pienso que no va a haber un instante idéntico a este en el que estoy sentada, tomando como ella un té y escribiendo esto para que ustedes lo lean, es imposible no angustiarme. Por lo tanto, quizás la respuesta a la plenitud esté en ese consejo después de todo. Disfrutar de lo irreemplazable justamente por su condición de. No considerar a lo irreemplazable como una amenaza ante.

“I have the feeling now of the feeling I had then, even though I don’t have it anymore” – Why We Broke Up (Daniel Handler) 

The Story of Us es una película que, aunque no parezca, es profundamente oscura y alude también a la condición angustiosamente temporal de la cotidianeidad. Ben (Bruce Willis) y Katie (Michelle Pfeiffer) conforman un matrimonio de quince años que decide divorciarse. Rob Reiner toma algunas decisiones de puesta en escena reminiscentes a When Harry Met Sally – tanto Ben como Katie narran los pormenores de su vínculo a cámara -, y otras que se asemejan más al núcleo de la historia: la sucesión de secuencias/momentos compartidos, hilvanados con fluidez por denominadores comunes. Así, un vehemente “fuck you” puede sucederle a un ardiente “fuck me”. Así, un “I hate you” puede precederle a un “I love you”. Aunque constantemente se nos imparta otro consejo (“no pensés en blancos y negros”), cuando se trata de un vínculo amoroso, no parece haber otro modo de procesar, porque su génesis misma está anclada en los absolutos. Cuando uno se enamora, lo siente. No hay grises. La raíz del idilio está toda allí, en ese segundo en el que se tiene la seguridad (“you either have the feeling or you don’t” se dice en Why We Broke Up, la novela de Daniel Handler que, a pesar de su corte Young Adult, es madura en su concepción del sentimiento), segundo que es siempre análogo a un imprevisto. Eso de que alguien nos toma por sorpresa poco tiene que ver con las características de su aparición (puede ser un encuentro orquestado o un encuentro casual) y mucho con la intempestiva manera en la que podemos precisar todo lo que esa persona nos genera (“the thing with your heart’s desire is that your heart doesn’t even know what it desires until it turns up”). The Story of Us no se mueve nunca de ese conflicto interno inherente a toda relación, sino que encuentra su fuerza en la oscilación entre las polaridades. Sobre el final, cuando Katie enumera las razones por las que sabe que no tiene que separarse de Ben, lo hace mencionando esos particulares detalles que ninguna otra persona ajena a ellos comprenderá con exactitud. “There’s a history here, and histories don’t happen overnight”. Y esa historia está precisamente cimentada en esas circunstancias irreemplazables sobre las que discurre Pizarnik. En esa seguridad de que uno todavía siente lo que creyó haber dejado de sentir (“in the belly, where the butterflies live”), cuando los consejos son ingrávidos (“no creo en nada de lo que me enseñaron, no me importa nada” asegura Pizarnik en esos diarios), cuando hay un microsegundo de estremecimiento; es entonces, en ese momento, cuando lo temporal deja de ser angustiante y se convierte en algo mucho más poderoso, en algo disfrutable, en una certeza excepcional.

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► [ESCENA] Mi momento favorito de The Story of Us:

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► [DE REGALO] Les dejo la película completa:

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¡BUEN MIÉRCOLES PARA TODOS! Hoy tenemos tres consignas en el post: 1. Mencionar todas esas películas subvaloradas que probablemente muchos hemos olvidado y que estaría bueno rescatar en este post 2. En relación a los vínculos, y ahora poniéndonos más personales, me gustaría saber si consideran que el amor es algo que se siente de inmediato y si se han enamorado con esa veloz certeza (como siempre, cuenten hasta donde quieran contar) 3. Por último, ¿tienen la capacidad de disfrutar los momentos cotidianos o en la vorágine los abruman las preocupaciones? Bueno, eso es todo por hoy; ¡los leo como siempre y nos reencontramos mañana!

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Deathmatch: Personajes de Wes Anderson

Ilustración: marinaesque.tumblr.com

*Deathmatch propuesto por: Ana

Creo que muchos coincidiríamos en mencionar a la sensación de escape como una razón primordial por la cual amamos el cine. Pero pensándolo detenidamente, ¿cuántos directores realmente logran materializar esa sensación? ¿Cuántos logran la construcción de mundos imaginarios que responden, más que a ninguna otra cosa, a la imperiosa necesidad de cambiar de ámbito, o de simplemente salir del ámbito en el que se está inmerso? Muy pocos. Uno de ellos es Wes Anderson. Si bien ya escribí sobre él hace muy poco con motivo del estreno de Moonrise Kingdom, quise aprovechar la propuesta de Ana para hacer hincapié en esa configuración de microuniversos. Micro para quien los ve desde afuera, macro para quienes lo habitan. Hace poco, leyendo una novela, un personaje alude a la chica de sus sueños describiéndola de la siguiente manera: “Margo amaba los misterios. Los amaba tanto que se convirtió en uno”. Me gustó esa idea, o esa realidad casi irrefutable de que uno es, en efecto, lo que ama (“you are what you love”). Por eso, en la difícil tarea de elegir un solo personaje de un director que los describe tan bien por igual, me quedo no con uno sino con la pareja Richie-Margot. Porque si uno es lo que ama, entonces ellos son un mundo donde hay una carpa amarilla, luces de colores, un globo terráqueo y discos de Nick Drake. El perfecto mundo de ensueño al que quisiera pertenecer. 

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► El cine de Wes Anderson en poco más de dos minutos:

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► “From Above”, un gran video homenaje a Wes:

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¿Cuáles son sus personajes favoritos de toda la obra de Wes Anderson, desde Bottle Rocket hasta Moonrise Kingdom?; dejen sus aportes y, de yapa, propongan una secuencia y/o versus para el jueves próximo; ¡Nos vemos mañana, muchachada! (y con un post bastante especial, así que los espero sin falta ;))

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DEATHMATCH WINNERS: MARGOT Y RICHIE

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La última vez enfrentamos a… ELLEN RIPLEY con SARAH CONNOR

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Lo mejor del 2012: Los actores

Hace poco, cuando aludíamos a la diversidad en el cine de Steven Soderbergh, nos centrábamos en cómo esa sucesión de películas tan diferentes entre sí no era precisamente algo positivo. Es decir, Soderbergh quiso siempre que su obra general funcione por contrastes, pero dentro de esa obra se desprenden muy pocos trabajos perdurables. Como la otra cara de la moneda lo tenemos a Richard Linklater, quien realizó, entre otras cosas, Rebeldes y confundidos, Despertando a la vida, Tape, Escuela de rock, Fast Food Nation y, claro, el díptico Antes del amanecer-Antes del atardecer. Sus films podrán gustar más o menos, pero el talento nunca está en discusión. Bernie, su última producción, quizás no resalte dentro de su filmografía pero es, paradójicamente, una de sus mejores películas. Se trata de una comedia negra modesta, corta y contundente propulsada por dos grandes descubrimientos. El primero, el origen de la misma. Linklater leyó un artículo del Texas Monthly escrito por Skip Hollandsworth e invitó al periodista a co-escribir el guión/adaptación de ese fascinante hecho real descrito en su columna. Bernie Tiede, director de una funeraria en Carthage, Texas, un hombre adorado por una comunidad para la cual no cesaba de colaborar, se gana el afecto de Marjorie Nugent, una anciana despreciada por esa misma comunidad, y quien acoge a Bernie con sorpresiva candidez inicial. Sin embargo, Marjorie era una mujer de carácter posesivo que ve en ese hombre a un compañero para manipular y manejar a su antojo. La asfixia que le genera a Bernie es tal que lo conduce a asesinarla en un rapto de bronca incontrolable. Pero eso no es lo más llamativo. A pesar de su confesión, a pesar de que no hay dudas respecto a su culpabilidad, el pueblo no solo no lo condena sino que además lo justifica. Tal el cariño que le tenían y tal el odio que sentían por la fallecida Marjorie. La protección de la comunidad fue tan notoria, que el abogado del caso, “Buck” Davidson, tuvo que cambiar de lugar para llevar a cabo el juicio, temiendo que el jurado se obnubile ante el carisma de Bernie y no pueda emitir una condena justa.

Shirley MacLaine y Jack Black en Bernie

Cuando mencionaba la contundencia de Bernie, me refería a que es su tono lo que la define. Linklater bordea siempre la sátira y combina un cierto aire de simpatía provisto por los testimonios de los ciudadanos de Carthage – a quienes  convocó para actuar en la película, siendo esto un gran acierto – con una cierta melancolía suscitada tanto por el propio estupor de Bernie ante el acto cometido como por nuestra propia percepción de la situación. Bernie película nunca justifica a Bernie personaje, cede la palabra a quienes simplemente no pudieron apiadarse de Marjorie por su mal comportamiento para con ellos. Pero si Bernie funciona como comedia/mockumental de a momentos y una historia triste por otros, es gracias al segundo gran descubrimiento que hace Linklater: Jack Black. No como actor de género – ya habíamos visto lo bien que se acoplaron en Escuela de rock – sino como actor con dominio de las sutilezas. Todo el peso de ese tono que se va modificando recae sobre él. Es Black quien vuelve a Bernie humano, monstruoso, querible, repudiable. Su expresividad va desde lo más histriónico (su manera de cantar, por ejemplo) hasta lo más contenido (su reacción ante la humillación de esa mujer). Y aunque tanto Shirley MacLaine como Matthew McCounaghey – en los papeles de Marjorie y Buck, respectivamente – también logran una transformación asombrosa, Black lleva adelante toda la película volviendo encantador a un hombre al que deberíamos temer. En esa dualidad nos hace mover cuando esboza una sonrisa a medias, cuando se conmueve en un estrado al evocar su atrocidad o cuando canta, firme y a viva voz, en todo funeral al que asiste.

*Les dejo una escena de Jack Black en Bernie:

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*Menciones especiales para…

Mark Duplass (Safety Not Guaranteed, Your Sister’s Sister)

Scoot McNairy (Argo)

Bruce Willis (Looper, Moonrise Kingdom)

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Arrancamos con el balance y tenemos triple consigna: ¿Cuáles les parecieron las mejores actuaciones masculinas del 2012? ¿Cuál es el mejor papel de Jack Black? ¿De qué otros actores y/o directores quisieran ver post? ¡Comenten! ¡Buen Finde para todos!

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Deathmatch: John McClane vs. Martin Riggs

Foto: Joblo

Como ha sucedido en el emblemático (e inaugural) Deathmatch de Bond / Bourne, es muy probable que en este post el famoso “leo y aprendo” se aplique a mi caso (y nuevamente gracias a Sole, quien propuso este versus), ya que el género de acción no es precisamente uno de mis favoritos. Así que hoy, además de cumplir con los pedidos como siempre intento hacerlo, seguramente termine divirtiéndome con sus férreas defensas de una opción por sobre otra. Como siempre, también, lo interesante son los argumentos, que pueden ir desde el caprichoso “porque sí” hasta fundamentos que denoten un profundo conocimiento de causa. Hecha la salvedad de que este versus no me va a mostrar tan envalentonada como habitualmente suelo ponerme, debo decir que sí he visto ambas sagas y que sí puedo inclinarme fácilmente por John McClane, como ya he expresado en esta nota. ¿La razón? Lo encuentro a Bruce Willis lo suficientemente carismático como para conjugar dos géneros en uno (acción, comedia), mientras que a Mel lo asocio a otra clase de dominio (que va más por el lado de su meticulosidad como realizador), y, sin dudas, a mi amor infinito por su bella ópera prima. 

*1. John McClane en Duro de matar:

*2. Martin Riggs en Arma mortal:

 ¿John McClane o Martin Riggs? ¿Con cuál de los dos se quedan?; comenten y, de yapa, propongan una secuencia y/o versus para el jueves próximo; ¡Gracias a todos! ¡Buen jueves!

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