Scoutismo para muchachos

 

“Si hay relámpagos, seré tu escudo y te protegeré; si por el bosque nos persigue un oso, lucharé contra él”

“La eternidad es nuestra”. Con esa frase Jean-Luc Godard concluye la historia de amor entre Ferdinand/Pierrot (Jean-Paul Belmondo) y Marianne (Anna Karina) en la hermosa Pierrot le Fou. Pero antes de llegar a esa idea de eternidad, la pareja emprende un viaje, donde lo que predomina es la necesidad de aislarse, donde la reinterpretación de la realidad es lo que los motiva a seguir en movimiento y a comunicarse mediante libros, música, miradas, bailes, sabiéndose distintos al resto y hastiados de la percepción/presión ajena. Moonrise Kingdom, la nueva película de Wes Anderson, no es solo una obra. Son tres en una (quizás más). En primer lugar, es un homenaje explícito a la mencionada película de Godard. En segundo lugar, es una pieza autoral que implica una vuelta a las fuentes del realizador (y por “vuelta a las fuentes” me refiero a su obra maestra, Los excéntricos Tenenbaums). En tercer lugar, es una historia de amor entre Suzy Bishop (Kara Hayward) y Sam Shakusky (Jared Gilman), quienes, como Pierrot y Marianne, también huyen de sus realidades (por problemas familiares, incomprensión del entorno, el hecho de sentirse parias, etc.) y, sin quererlo, las reinterpretan. Ése es el principal rasgo característico del cine de Anderson: la construcción de un mundo con códigos respetados hasta último momento, un mundo esencialmente irreal, infantil, ingenuo, que contrasta con temáticas más oscuras (el abandono, cierta aproximación a la locura, a la agresividad), siempre abordadas con una plasticidad que bordea ese surrealismo heredado de Godard. En Moonrise Kingdom, como en Pierrot, hay una mujer/joven que lastima con tijeras, y en ambos casos la sangre brilla (“en mi navaja brilla el rojo de tu amor”), provocando distanciamiento, humor y un estupor del que  podemos avanzar fácilmente. Anderson sabe que el cine es, desde el vamos, una forma diferente de ver la realidad y que hay tantas realidades como miradas. Por eso, partiendo de ese axioma, pone el acento en la intención de Sam y Suzy de darle un nombre a su existencia renovada (“hoy te regalo una voz especial para nombrar las cosas que ya no están, y las comparto con vos, este día es el mejor porque todo murió, solo quedamos vos y yo, lo nuevo somos vos y yo”). Y esa existencia está representada por un territorio virgen al que buscan conquistar y rebautizar (de ahí, creo yo, el título de la película), territorio testigo de bailes, primeros roces, primeros besos. En síntesis: primer conocimiento.

Sam y Suzy se conocen como Pierrot y Marianne: solo en el momento en el que logran comunicarse de igual a igual, pero siendo simultáneamente diferentes. Ese “I love you, but you don’t know what you’re talking about” de Sam es análogo al “You speak to me in words, and I look at you with feelings” de Marianne. Es decir, la unión se produce cuando las realidades se acoplan. Como en la mayoría de las películas de Anderson, la coherencia interna de todo lo nuevo, de esos mundos recreados, está lejos del minimalismo. Anderson puebla esos espacios de detalles que o bien representan las fascinaciones de los personajes, o bien aluden a una época, a un momento, a una rebosante nostalgia. Moonrise Kingdom transcurre en 1965, mismo año en el que Godard estrena Pierrot; Sam y Suzy bailan al ritmo de Francois Hardy; Suzy lleva consigo a un gato, Marianne tiene a su lado a un loro; Pierrot lee continuamente en todos partes, Suzy roba libros de la biblioteca porque quiere perderse en historias de mundos de fantasía; Marianne y Suzy maquillan sus párpados de azul; en las vidas de ambas hay tocadiscos en primer plano. Asimismo, Anderson narra la génesis del vínculo entre Sam y Suzy en un maravilloso prólogo epistolar, donde la superposición de voces es, otra vez, un homenaje a la superposición de voces de Marianne y Pierrot. Uno dice “¿cuándo?”, el otro dice “¿dónde?”, los niños planean el escape no sin antes compartir sus realidades, con un detalle extraordinario: Anderson no deja que ninguno concluya los pensamientos, uno se yuxtapone al otro no solo como recurso que le da fluidez a ese inicio, sino también para mostrar cómo Sam y Suzy van a estar fundidos desde que se ven por primera vez hasta ese inocente último beso. Pero más allá de cualquier homenaje, de revisitar a un exponente de la Nouvelle Vague, de guiños y similitudes, Anderson amplía el espectro y vemos a la familia (o ausencia de) con los roles invertidos, con adultos comportándose como niños (una constante en su cine), y percibimos un componente fundamental: el concepto de hermandad, reflejado a partir de ese campamento de Boy Scouts que inicialmente parece un caballito de batalla indie y que sobre el final se convierte en algo mucho más humano y menos artificioso. Esos muchachos terminan siendo una familia alternativa para Suzy y Sam, quienes de algún modo les abren las puertas a su mundo para aunar fuerzas con el objetivo de mantener esa estabilidad dentro del desorden, desorden representado por un clima tormentoso mostrado con corte documental, uno de los puntos en los que Anderson sí cede ante el artificio (“nada es real”, parece decirnos, “esto es cine”).

Les dejo una escena de Moonrise Kingdom:

Pero si hablamos de cine, Samuel Fuller así lo definió en un inolvidable cameo en la cinta de Godard: “Es un campo de batalla. El cine tiene amor, odio, acción, violencia y muerte. En una palabra: emociones”. Y Anderson logra eso mismo: que cierto manierismo no se ponga por encima de la emoción, de la belleza, de la humanidad de la historia, una historia amparada en una banda sonora abrumadora (a cargo de Alexandre Desplat), de travellings precisos, de una bella escena en ralenti, de episodios irrisorios donde lo que parece enorme termina siendo pequeño. Para Marianne y Pierrot, todo giraba en torno a “irse rápido, irse rápido”, a emparejar el amor con la locura. Con menos violencia, y más ternura y cierta tendencia pictórica (cada plano parece un cuadro), Anderson hace lo propio con Sam y Suzie, esos niños que se encuentran para rescatarse. Como escribió una vez Jack Kerouac, otro conocedor de la existencia errante: “Las únicas personas que me agradan son las que están locas: locas por vivir, locas por hablar, locas por ser salvadas”.

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¿Vieron Moonrise Kingdom? ¿Les gustó? ¿Qué opinan del cine de Wes Anderson? Los que quieran (Jessi, teléfono) armen un ranking de las que son, a su criterio, sus mejores películas; ¡Espero sus comentarios! 

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DE YAPA: Algunas imágenes de Pierrot le fou:


Created with flickr slideshow.

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