La otra mitad

 

“Only fools rush in…”

Jacob (Anton Yelchin) le pide a Anna (Felicity Jones) que le lea eso que escribió, y eso que escribió puede parecerse a lo que muchos de nosotros o bien dejamos morir en el pensamiento o bien expulsamos, porque ya no podemos ahogarlo más, como dice un texto por ahí: “¿De qué murió?” – “Se asfixió con las palabras que nunca dijo”. Las palabras de Anna, las primeras en leerle a ese chico que luego le construye una silla de madera para que escriba más cómoda, es el preludio que elige el director Drake Doremus para Like Crazy, su película semi-autobiográfica. Toda la historia de amor entre estos adolescentes está completamente teñida de ese análisis que con tanta naturalidad y precisión verbaliza Felicity Jones. “Pensé que podía entenderlo, de que podía aprehenderlo, pero realmente no. Solo la parte borrosa, la ansiedad semi-preciosa, toda contenida. Nunca pensé que la idea de estar completos es una idea lujosa. Yo no sé…no sé nada de los momentos intermedios, del costado sangriento tuyo y del costado sangriento mío”.

“It’s the halves that halve you in half”

Like Crazy es una película que, filmada con candidez, con cierta presura en remarcar ingenuidad y, sobre todo, con flashes que van y vienen, se confunden y yuxtaponen (“watching the flashbacks intertwine”), habla sobre las mitades que se encuentran para completarse. Por eso, la primera media hora de espíritu adolescente, de caminatas sobre la arena, de abrazos y roces en la cama, refuerzan esa idea de que cuando alguien es atraído por una persona, es atraído por esa necesidad de sentirse completo gracias al modo en el que el otro puede colocar la pieza faltante. Sin embargo, como bien describe Anna, pensarse a uno mismo como íntegro gracias a la irrupción de un tercero es un lujo, es un ideal, un sueño. Simplemente no sucede. Simplemente el amor llega no para completarnos sino para potenciarnos. De lo contrario, al irse esa mitad, quedaríamos vacíos de identidad, ya no seríamos nosotros mismos. No seríamos uno.

Por eso, Like Crazy toma ese sueño y lo quiebra, lo que comienza como un idilio adolescente, como otra obra indie más sobre el primer amor, se va poniendo cada vez más oscura y dolorosa. Para ello, Doremus no se aferra a artilugios, no da vueltas de tuerca, sino que muestra con escasez de recursos cómo el paso del tiempo, las decisiones que tomamos y las experiencias que acumulamos van alterando ese camino que creíamos trazado. Así, la relación entre Jacob y Anna se configura como paradójica: es pura, envalentonada y sincera, pero también es compleja porque las vicisitudes contrarrestan la simpleza del sentimiento. Y el tiempo pasa, y no hay nada que podamos hacer. Lo que era un viaje en subte compartido, pasa a ser un viaje solitario; lo que era una noche debajo de las sábanas con el amor de tu vida pasa a ser una mañana de desayuno con alguien distinto, que jamás podría ocupar ese lugar único. Y así la vida va modificando el amor, lo va desidealizando, lo va ubicando en ese estante que está más al alcance, o en ese cajón que se abre y se abre, para recordarnos que las cosas no siempre salen como queremos sino como la suma de decisiones se encarga de hacerlas suceder. Lo trae con fuerza al plano real. Y eso no siempre es agradable. No es agradable considerar un final, o enfrentarse a cómo los sentimientos se modifican forzándonos a empezar de cero, manoteando como un ahogado esos instantes lejanos de felicidad.

Así, Like Crazy concluye de la única manera posible, con un final abierto, un disparo a la utopía, un “test para saber si sos un romántico o un cínico”, concluye con esos dos jóvenes del comienzo que se enfrentan a ese amor puro pero ya más adultos y ahora con miedo, incertidumbre e incomodidad. El significado de la última mirada de Anton Yelchin es equivalente al del poema que lee Felicity Jones. Cuando la otra mitad se aleja, conteniendo en el rostro una catarata de pensamientos y sensaciones encontradas, nosotros solo podemos comprender una parte de la historia, no podemos contarla completa porque para eso, necesariamente, habría que tener un manual para los sentimientos, un oráculo sobre lo que es el amor y cómo el otro procesa y canaliza el sentimiento, sobre el que no tenemos control alguno. Si hay algo que hace Like Crazy es evidenciar con realismo cómo los sentimientos son alterables y cómo el recomponer un vínculo requiere del mismo ímpetu que se tiene cuando la fábula recién comienza a ser contada, ese momento en el que el sueño en común parece tan conquistable como indestructible.

Si vieron Like Crazy, los invito a discutir sobre ella; si no, los invito a que sumen esas películas que los deprimieron/sensibilizaron, ¿llegaron al punto de no poder volver a verlas?; ¡Dejen sus comentarios!

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