Había una vez en Dublín

 

ONCE

Once es un cuento. Ni él ni ella tienen nombre. Y poco importa. Lo esencial en la película de John Carney es el impacto que, en cuestión de segundos, causa una persona en la vida de otra, transformándola para siempre.

Ella es una chica que vende flores en las calles de Dublín. Él es un trovador que, con un desamor a cuestas, se desgarra cantando con la guitarra en esas mismas calles. Nunca sabemos si primero ella lo oye o si lo ve, si la música es lo más importante en esa primera impresión. Lo cierto es que el personaje de Markéta Irglová detecta en el de Glen Hansard una sensibilidad para componer y una soledad afín por la cual busca hacerle compañía.

Lo hermoso de Once es que nunca es necesario que sepamos exactamente qué clase de vínculo une a ambas personas porque lo radical reside en esa conexión musical que los lleva a grabar juntos y en esa conexión emocional que los lleva a compartir sus historias de amor pasadas, con las letras de las canciones como vehículo y con un abrazo al lado de un piano que no necesita traducción.

El film oscila entre esos detalles sutiles y ese vómito sentimental de temas como “If You Want Me” – atentos a un plano secuencia frágil y memorable – y “Lies”. Sin contar el final, solo voy a decir que, como su título lo anticipa, Once es la historia de un momento en el que todo cambia, de un momento que atraviesa a dos personas para siempre. Por alguna razón, me hace acordar a la canción “11 y 6” de Fito. Quizás sea justamente por eso, porque ambas hablan de un encuentro casual que lo resignifica todo: “Miren todos, ellos solos, pueden más que el amor y son más fuerte que el Olimpo…”

Dato: el tema principal, “Falling Slowly”, ganó el Oscar. Pueden escucharlo en el blog No te pongas azul.