Drinking Buddies: Juntos, riendo, despeinados

 

“We both know that the nights were mainly made for saying  things that you can’t say tomorrow day”

“…eras la que no se iba
porque una misma almohada
y una misma tibieza
iba a llamarnos otra vez
a despertar al nuevo día,
juntos, riendo, despeinados” – Julio Cortázar

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Suelo escribir sobre la sabiduría del tiempo con bastante frecuencia. Ya lo saben. A esta altura resulta casi una debilidad escudriñar en eso. Pero es que el tiempo hace cosas raras. Tomemos por caso el tema de los recuerdos. Hace poco me vinieron a la mente dos escenas de mi vida de hace unos cinco años aproximadamente, que tenían a la misma persona como protagonista. En una, yo estaba revisando una caja de aros mientras por celular él confesaba una catarata de sentimientos a los que yo a) por ser más chica b) por encontrarme en otra situación c) por inexperiencia d) por tomarme muy en serio lo de la invencibilidad de la juventud no respondí más que con una frase evasiva. La otra escena, y rebobinando aún más, lo encontraba a él poniendo una película mientras estábamos tirados en un puff y a mí me daba sueño. En un segundo en el que decido entreabrir los ojos, veo que me está mirando y yo, imposibilitada de reaccionar pero pensando en lo mucho que dice el acto de que te vean dormir, cerré los ojos rápidamente y nunca más hablé del tema, nunca me hice eco de las cosas imperceptibles (ni de las perceptibles tampoco). Jamás se lo dije (y aquí es donde entra en juego el factor tiempo), pero si yo no me manifestaba por entonces, si pasaron años sin una reacción de mi parte ante sus acciones concretas, era por miedo y también por algo que no hubiese podido modificar aunque quisiese: no era el momento para mí. El tiempo lo que hizo fue mostrarme cómo quien se llevaba mi interés en esa época ahora tiene solo un valor anecdótico, un nombre al que no vuelvo nunca. En cambio él, mi mejor amigo y la persona que más me conocía, se reafirmó como precisamente eso: nunca nadie supo con tanta precisión por qué yo me comportaba cómo lo hacía. Nunca nadie me leyó tan bien. Y para que te lean tan bien te ves forzado a derribar esa suerte de estructura misantrópica que erigiste con tanto empeño. Lo bueno de esa detonación es que abre las puertas a otras cosas, a esos mínimos actos que a su vez construyen algo y ese “algo” siempre queda. Yo ya no tengo esa amistad conmigo (es decir, no tengo a esa otra persona para retroalimentarla porque la vida nos llevó por distintos lugares y por “vida” me refiero a las decisiones que tomamos), pero no necesito tenerla para realmente tenerla. Lo que persiste es la seguridad de que una vez hubo alguien para quien no me maquillaba, con quien caminaba en zapatillas, con quien hablaba por teléfono todas las noches después de las doce, quien se enojaba cuando al pelearnos yo lo molestaba únicamente los domingos porque estaba aburrida y con quien me tiraba a ver películas sin importarme si estaba despeinada o no. Cuando te olvidás un poco de aparentar, cuando sos realmente genuino, cuando le robás un trozo de su torta de chocolate, cuando te quedás descalzo, cuando todo eso sucede, es que hubo un tiempo que fue hermoso. Aunque ese “hubo” no siga siendo. Qué importa.

 “You and me could have been a team, each had a half of a king and queen seat”

Todas esas particularidades de una relación de amistad con atracción latente son el foco de Drinking Buddies, la reciente película de Joe Swanberg, realizador pilar del movimiento Mumblecore. Es importante conocer la impronta del director y cómo se mueve dentro de esa corriente. Sus largometrajes (especialmente Hannah Takes the Stairs) abordan las relaciones humanas con la valentía de quien hace uso de la libertad con la cámara en el sentido más estricto del término. Swanberg permite la improvisación de los actores, los deja ser porque entiende que no hay otra manera para que ellos comuniquen lo que sucede con los personajes. Eso nos lleva a los sucesos en sí mismos y a cómo Drinking Buddies hace una feroz crítica al deber ser del narrador. ¿Qué es lo importante en una historia? O particularicemos: ¿qué es lo importante en una historia de dos amigos que se sienten tan cómodos juntos pero que nunca terminan estando juntos realmente? Lo que conté más arriba sirve de ejemplo, porque lo que prevalece es el hecho de volver particular lo universal. No creerse el cuento de que porque algo es más frecuente es por eso menos relevante. La mayoría de nosotros, a fin de cuentas y en mayor o menor medida, nos movemos en una rotonda de experiencias similares. Dejamos a alguien. Nos dejaron. Se enamoraron de nosotros y no correspondimos. Nos enamoramos y no fuimos correspondidos. Etcétera. Aunque pareciera que Drinking Buddies es un muestreo de diversas clases de vínculos (sobre todo por su estructura con cuatro figuras que se entrecruzan), en realidad se trata de una película que nunca pierde el eje de un solo conflicto puntual: Kate (Olivia Wilde) y Luke (Jake Johnson) son dos amigos y compañeros de trabajo que alcanzaron una familiaridad tal que les permite robarse la comida, salir a tomar cerveza casi caprichosamente, no bañarse y dormir juntos igual, sucios y desprolijos, tirarse en el piso a hacerse chistes, ayudarse con una mudanza, jugar a las cartas…compartir todo y compartir sin velos. Sin embargo, tanto ella como él se encuentran en otras relaciones que (especialmente en el caso de Luke) funcionan igual, que no representan “lo equivocado”. Para Swanberg no hay dobles significados. Que Kate y Luke duerman implica únicamente eso: que duerman. No hay besos en la boca. No hay sexo. No hay declaraciones fervientes de romanticismo. Drinking Buddies se mueve en lo implícito pero no se priva de, en esos instantes mundanos, adentrarse en los detalles que marcan la diferencia entre el mundo privado de los protagonistas y el mundo que esos protagonistas construyen con terceros. A ese mundo privado al que nadie accede porque es consecuencia de un conocimiento en el plano de lo cotidiano – y también consecuencia de eso que no se explica ni se racionaliza como lo es la química con el otro -, Swanberg lo describe con contrastes. La relación de Kate y Luke no tiene horarios. Con sus parejas ellos duermen a una hora determinada pero, cuando están solos, pierden noción del tiempo. Entre ellos son más brutales, más directos, menos cuidadosos. Con sus parejas pueden fingir que les interesa un libro que les regalaron, aunque en soledad saltean las páginas. Cuando están juntos se ríen. Cuando están con sus parejas la familiaridad y el hecho de compartir se observa desde otro lugar: compartir también puede ser que te curen cuando te cortás la mano, no solo salir a tomar una cerveza. Lo que hace de Drinking Buddies una anomalía es que profundiza en el estado de una relación que nunca se define (de este aspecto también podría desprenderse una lectura generacional). ¿Y por qué habría de hacerlo? ¿Cuántas películas realmente se animan a seguir un vínculo que puede mantenerse eternamente en esa indefinición? ¿Cuántas veces uno tampoco logra definir las cosas?

“I wanna hold your hair in deep devotion”

Lo que hace de Drinking Buddies una anomalía es, también, que más allá de su esencia Mumblecore, no confunde simpleza con abulia. Se banca ser un film modelo para la crítica automática, esa que responde sin permitirse procesar, esa que puede ver en una sucesión de hechos habituales un síntoma de apatía. Y digo que se banca serlo porque acá no hay un melodrama escondido esperando el momento para surgir. Kate y Luke jamás se eligen. A conciencia. Ella por una razón y él por otra. El punto de quiebre los muestra incapacitados para tomar una decisión, no por inmadurez sino por creer que posiblemente no sea la correcta. Sin embargo, Swanberg no los castiga (como tampoco lo hace con los personajes secundarios, acá no hay culpas ni la clásica manipulación del tercero para justificar las acciones de un protagonista, lo cual vuelve al film aún más noble) sino que les da aire para luego terminar de cerrar la historia de la única manera posible: sin absolutos y con la familiaridad como vehículo para el reencuentro más puro. “Las cosas más importantes son siempre las más difíciles de contar. Al formular de manera verbal algo que mentalmente nos parecía ilimitado, lo reducimos a tamaño natural. Todo aquello que consideramos más importante está siempre demasiado cerca de nuestros sentimientos y deseos más recónditos. Y a veces hacemos revelaciones de este tipo y nos encontramos con la mirada extrañada de gente que no entiende nada en absoluto de lo que hemos contado, ni por qué nos puede parecer tan importante. Creo que eso es precisamente lo peor, que el secreto lo siga siendo, no por falta de un narrador, sino por falta de un oyente comprensivo”. Esto lo escribió Stephen King en El cuerpo. Lo que sucedió con la recepción de Drinking Buddies se ajusta a esa visión cerrada de lo que debería ser fundamental para contar y lo que no. Porque eso “importante” a lo que se refiere King en la mayoría de las ocasiones están circunscripto a episodios donde la complicidad es lo que resignifica el concepto de “valioso”, de lo que es digno de ser mostrado. Y en la película de Swanberg, en esa chispeante naturalidad entre Wilde y Johnson, y en ese final donde aquello que conectó a uno con el otro es precisamente lo que los vuelve a unir, está su fuerza, su rareza, su valentía. Así como Kate y Luke armaron sin querer su propio espacio de interacción ajeno al resto, con la película que los contiene pasa lo mismo. Es distinta, leal a su desprolijidad bien entendida, y con más corazón en esos roces y risas que muchas comedias románticas que se hacen con un manual al lado. Acá hay otra mirada. Acá hay otra historia. Acá ser diferente no es una pose, es el  mejor modo de mostrar una amistad con sus más encantadoras especificidades. Hace poco Fuguet me hizo leer esta cita de Edward Said que se quedó conmigo: “With so many dissonances in my life I have learned actually to prefer being not quite right and out of place”. Porque pocas cosas tan disfrutables como sentirse fuera de lugar con otro. Ese que se queda cuando todo el mundo se va. Ese que dura más que el tiempo. 

………………………………………………………………………………………….

► [TRAILER] Algunos momentos de Drinking Buddies:

………………………………………………………………………………………….

► [ESCENA] Todo es cuestión de química:

………………………………………………………………………………………….

¡Buen miércoles, muchachada! Tres consignas para este día: 1. ¿Vieron Drinking Buddies? Los invito a dejar sus opiniones sobre ella 2.  ¿Qué otras películas sobre la amistad entre el hombre y la mujer (y sus difusos límites) podrían sumar al post de hoy? 3. Ahora nos ponemos personales y me gustaría saber si para ustedes es factible esa clase de amistad y si han tenido experiencias en las que todo se volvió confuso (cuenten, como siempre, hasta donde tengan ganas) y, de paso, si alguna vez construyeron un vínculo con alguien que logró conocerlos mejor que nadie; ¡como siempre, los leo! ¡buen miércoles para todos!

 ………………………………………………………………………………….

…………………………………………………………………………………..

* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES DE CINESCALAS POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” Y POR TWITTER, DENLE “FOLLOW” AL BLOG ACÁ; ¡GRACIAS!