Argo, ¿La película del año?

 

Cuando salí de ver Argo, recordé lo que escribió Julio Miranda respecto a la función de un crítico de cine. Miranda decía, palabras más, palabras menos, que su labor consiste en defender (o no) aquello que ve “antes, durante y después de su protesta”, poniendo en evidencia “todo lo que piensa de la película, sea favorable o desfavorable” porque “el primer compromiso del crítico es consigo mismo, y sólo en esa búsqueda y articulación de su personal sentido puede encontrar el hilo de los otros”. En síntesis, Miranda estaba a favor de una postura vehemente y apasionada a la hora de escribir sobre aquello que suscitó (para bien o para mal) un cierto nivel de interés. Porque en primera medida, claro, tiene que haber algo que despierte interés, un interés que el crítico inevitablemente va a querer compartir, aunque su visión contraste con las de quienes lo estén leyendo. Después de finalizada Argo, y como en su momento me sucedió con Red social, dejé la sala pensando que había visto una película del carajo, – “just a great fucking movie”, diría Sasha Stone en su sitio -, una obra que nos recuerda (si es que a veces lo olvidamos) por qué amamos tanto el cine. Después, claro, sucedió lo evidente: me dieron ganas de escribir sobre ella, de buscar esa articulación de sentidos, de hilvanar impresiones. Hay algo primordial que se destaca en la tercera película de Ben Affleck (quien se va superando gracias a su notable perfeccionismo) y es que borra los preconceptos sobre qué es el cine, sobre qué deberíamos esperar de un film, sobre qué parámetros se emplean para determinar su calidad, su perdurabilidad. Affleck es un tipo que sabe cómo contar una historia (acá respaldado por el guión de Chris Terrio) y es uno de los pocos realizadores contemporáneos en aplicar otros dos conocimientos claves para que sus largometrajes triunfen.

John Goodman recibe directivas de Ben Affleck

Se suele hablar de cine como un medio para un fin, como un vehículo para transmitir un pensamiento. Todo eso es cierto. Pero también se lo aborda como un arte que debe, indefectiblemente, dejarnos un mensaje. Afortunadamente, Affleck no comulga con esta visión. Para que una película sea buena, no debe existir una condición sine qua non de rematarla con moraleja. ¿Por qué debería haberla? ¿Acaso lo atractivo muchas veces no se desprende, justamente, de la ausencia de mensaje? La subestimación del espectador, el no dejarle encontrar por sí solo el significado, a veces es moneda corriente o, peor aún, es lo que se cree correcto a los fines de dar por concluida una historia “sólida”. Y si hablamos de historias, con Argo Affleck se mete con una descomunal y por mucho tiempo “tapada”: los pormenores de una operación real de la CIA para rescatar, en 1979, a seis diplomáticos estadounidenses de Irán. La operación se propulsa gracias a la idea de Tony Mendez (el propio Affleck) de camuflarlos como equipo de filmación de una película. Si bien es notoria la necesidad del realizador por cuidar la puesta en escena al extremo, por obtener una veracidad para situarnos en tiempo y espacio, del mismo modo evita cualquier tipo de mensaje moralista. Sí, está el ineludible registro del retorno del héroe, con la bandera de Estados Unidos flameando en la puerta de su casa y toda su connotación. Pero eso es otra cosa. Ese es otro guiño a un cine clásico al que efectivamente Affleck quiere homenajear (en sí, Argo es un homenaje al cine, pero ya volveremos sobre este punto). Estamos hablando de un director que no elude las posibles comparaciones con Clint Eastwood (más bien las incentiva, como en el último plano de The Town) y que ambiciona (saliéndose con la suya) con narrar a gran escala, tomándose las licencias poéticas que le vengan en gana sin que su film se resienta en el proceso.

Ben Affleck, Tate Donovan, Rory Cochrane, Clea DuVall, Scoot McNairy, Christopher Denham y Kerry Bishé en ARGO

Cuando André Bazin escribió sobre los ragos del western, uno de los primeros aspectos en los que se centró fue en su veracidad histórica (o la falta de). Porque no hay tal cosa en los westerns. Y si la hay, es en la minoría. Al western no le interesa la precisión, le interesa “la ingenua invención”, la estética, los planos abiertos, lo descomunal. En esencia: lo épico. Esto nos conduce al tramo final de Argo, donde además de aplicarse esta regla, nos terminamos convirtiendo en testigos de su mutación en un thriller que suda (y hace sudar). Sí, seguramente haya manipulaciones para que la sala quede enmudecida, aún conociendo de antemano el desenlace. Seguramente el hacernos sufrir sea una herramienta para mantener nuestra atención. Pero eso es precisamente lo que Affleck persigue: la contundencia que se logra sacrificando, en el camino, a la fidelidad histórica. Aquí es donde entra en juego el segundo conocimiento absorbido por el realizador para que todo funcione como relojito. Argo es una película inteligente. Así como Affleck sabe que el mensaje no importa, que el cine puede producir un conocimiento por su innata naturaleza lingüística de transmitir ideas, también sabe discernir y comprende que sí importa revelar una agudeza, defendiendo su obra con una visión que se mantenga a lo largo de sus 120 minutos. Porque veamos: ¿Argo es una película vanguardista? No. No está adelantada a su época. ¿Es lo último un requisito para que sea innovadora? En lo más mínimo. Su inteligencia reside, entre otras cosas, en su compromiso con lo que se cuenta y el modo elegido para contarlo. Es eso lo que la distingue y aleja de la mediocridad.

Los seis rescatados, junto al entonces presidente Carter

Volviendo a su homenaje al cine, en Argo hay una película dentro de una película, pero también hay una celebración del séptimo arte como industria, a través de los personajes del maquillador John Chambers (interpretado por un extraordinario John Goodman) y del productor Lester Sieger (el no menos extraordinario Alan Arkin), y a través de la función que cumplen como dupla cohesiva: vendernos una historia y que nosotros la compremos. Crear un mundo para sacarnos de otro. El curioso plan de Tony Mendez le cae como anillo al dedo a Affleck para accionar una doble intención: hacer una simbiosis entre western y espionaje con el carácter heroico del cine clásico (visto más que nada en el regreso al hogar ya mencionado) y reivindicar el poder que tiene un film dentro del mundanal ruido; de cómo, si hay un buen desarrollo, un buen desempeño, una buena idea, el cine puede someternos. Eso sucedió entonces en el aeropuerto con ese plan ejecutado hasta el más mínimo detalle, y eso sucede ahora con Argo como película que narra el hecho. Su metaficción es irremisible, es vital, y es lo que le permite a Affleck narrar yuxtaponiendo contextos (la vida cautiva de los seis contrastando con la promoción de la película, por ejemplo), integrados con un breve pero eficaz uso de comedia, y concluyendo con un tramo intenso, casi intolerable. Argo es una de esas películas en las que se evidencia lo bien que la pasó el director filmándola y lo mucho que buscó contagiar su entusiasmo.

Volviendo a lo que escribió Miranda, su texto cierra con otro punto (quizás el excluyente) sobre la función del crítico: “Cumple su rol y luego dice adiós. Como probablemente todos”. Es decir, mira, absorbe, escribe y se retira, esperando que eso que escribió tenga sentido para alguien. Lo mismo se puede aplicar a un realizador. Excepto que, en este caso, Affleck va más allá y su tarea es correrse de la media. Porque Argo, una vez concluida, no parece irse del todo. Por algo estoy acá hoy tipeando esto, semanas después de haberla visto. Para conseguir la permanencia, no se necesita ni moralejas ni extrema veracidad. Argo apunta a ser inolvidable jugando con otras armas. Como toda historia (super)heroica. Como todo cine épico.

* Les dejo un especial sobre ARGO:

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¿Vieron ARGO? ¿Qué les pareció? Pueden volver a hablar sobre Ben Affleck como ya hicimos en este post de Flor; ¡Espero sus comentarios!

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