Inside Llewyn Davis: Algún día me van a crecer alas

 

“Like in Unforgiven where the young kid has just shot a man and he’s feeling incredibly guilty and Clint Eastwood says: ‘we all got it coming, kid’. It’s a great line. Dave never got his due, but Dylan slept on his couch. Like Llewyn, sleeping on couches. And like Llewyn, he never got his due. But he had it coming” T-Bone Burnett sobre Dave Van Ronk

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Llewyn Davis empieza a cantar, solo con su guitarra, una canción llamada “The Death of Queen Jane” frente a Bud Grossman, un hombre importante de la música, y posiblemente quien le otorgue su primera gran oportunidad. La interpretación pasa de estar acompañada por el sonido de esa guitarra a quedar desnuda, con la voz de Llewyn como único sostén. Cuando concluye, hay un breve momento de silencio. ¿Qué está pensando Bud Grossman? ¿Lo mismo que nosotros? ¿Está pensando en cuanto corazón hubo ahí, en esos cuatro minutos? La devolución es contundente: “I don’t see a lot of money here”. El corte al rostro de Llewyn, que refleja una suerte de mezcla de decepción y resignación, es una de las secuencias más apasionadas de todo el cine de los hermanos Coen. No importa que transcurra en pleno invierno, y a media luz. No importa que parezca estar digitada por el pesimismo y la tristeza. La clave de esa escena es cómo el recorrido previo de Llewyn a lo que parecía ser la tierra prometida no tiene el final esperado. Sin embargo, su negación rotunda a la contraoferta (oficiar de backup singer) es lo que termina de darle a esa escena el optimismo que no deja ni que Llewyn claudique ni que la historia pueda ser estereotipada como la de un mero perdedor. Por primera vez en muchos años, los Coen no se ponen por encima de su personaje principal sino a la par (un poco a la manera de Alexander Payne con Nebraska) y hay una cierta candidez en el retrato de ese artista cachorro. Inside Llewyn Davis está ligeramente inspirada en la vida de Dave Van Ronk, el cantante folk sobre el que alude el gran T-Bone Burnett en la cita superior. Van Ronk, como Llewyn, era parte del circuito pero a la vez permanecía con un pie afuera. Saltaba de colchón en colchón, era amigo de Bob Dylan y Joni Mitchell, frecuentaba la escena musical de comienzos de los sesenta pero nunca trascendió. No es casual que su nombre no haya resonado como el de otros. Van Ronk nunca consiguió estar en el momento adecuado para dejar una impronta, para ser una influencia. Los Coen toman esta figura y rebaten esos datos históricos cambiando la mirada. Es cierto, Van Ronk no fue un músico que haya influenciado en el sentido estricto del término (se habla de Dylan, no se habla de él) o que haya trascendido indeleblemente. Pero… ¿Qué es ser influyente? ¿Qué es trascender? ¿Qué implica afectar, llegar, conmover? La cadena no será extensa como la de Dylan, no hay que rastrear una gran cantidad de pasos, etapas, estadios para terminar de dilucidar a Van Ronk. Las aristas no son múltiples. Sin embargo, la cadena puede resumirse en que sus canciones llegaron a los oídos de Burnett, de ellos a los de los hermanos Coen y de los Coen a la gloriosa voz de Oscar Isaac. La cadena, como vemos, es corta. Incuestionablemente corta. Pero hay una influencia ahí. Hay un personaje llamado Llewyn Davis creado gracias a él y una obra maestra que lo contiene de la que quizás, y siéndole fiel a Van Ronk, no se hable tanto como lo merece.

Inside Llewyn Davis, como su protagonista, parece ser una película condenada al olvido y a la indiferencia, a pesar de estar hablando tanto de la libertad como una cualidad condenatoria (ahí la paradoja), como de la libertad como herramienta que a veces nos somete a movernos en círculos, a no desplegar las alas del todo. Inside Llewyn Davis es, además, tanto una película como un disco. Es esencialmente circular. Empieza como termina. Se la puede escuchar como un disco. Se la puede procesar como un disco. Cada una de las canciones están completas (uno de los aciertos más brillantes de la dupla Coen-Burnett) y su protagonista gira y gira como un vinilo en una vitrola. Sin embargo, y como un disco también, hay una trampa en esa circularidad. La trampa no solo tiene relación con cómo el final carece de lógica (los Coen dejan cabos sueltos adrede, ya que estipular la cronología es intrascendente a los fines mayores: la historia de Llewyn puede reproducirse con variaciones, pero será siempre la misma) sino también con algo indiscutible. Solo podemos escuchar un disco por primera vez en una sola oportunidad. Sí, se trata de una verdad de Perogrullo y los Coen lo saben. La pregunta sería: ¿qué sucede en todas las otras oportunidades en las que ponemos ese mismo disco? ¿Qué cambia? ¿Qué tiene de diferente la experiencia? ¿Puede ese disco, de por sí inalterable, cambiar a medida que cambia el estado anímico de quien lo escucha? ¿Puede el receptor tener impacto sobre el creador? Si escuchamos Inside Llewyn Davis – es decir, si la pensamos como disco y no como un largometraje musical – la respuesta es afirmativa. T-Bone Burnett decide que Oscar Isaac abra el film cantando sobre la muerte (toda la historia está sobrevolada por la ausencia de Mike, ex compañero de Llewys en su odisea musical), sobre un hombre que ruega su ejecución: “hang me, oh hang me, I’ll be dead and gone (…) poor boy, I’ve been all around this world”. La canción que le sucede no es menos reveladora. Llewyn pone un vinilo (If we had wings) que grabó junto a Mike y las voces de ambos se superponen con la imagen de este artista ahora solitario, con zapatos rotos y sin un saco apropiado para el invierno (“not a shirt on my back, not a penny to my name”), que deja escapar a un gato al que persigue hasta subirse al tren. La fotografía de Bruno Delbonnel es extraordinaria y capta la imagen del animal mirando su propio reflejo en la ventanilla, algo que Llewyn está incapacitado de hacer consigo mismo. Así, la frase de “Fare Thee Well” que dice “If I had wings like Nora’s Dove, I’d fly the river to the one I love” define tanto al personaje de Llewyn – quien parece nunca despegar con fuerza – como al trágico destino de Mike, quien usó su libertad, sus alas, para suicidarse arrojándose de un puente. Sobre el final, los Coen lo vuelven a mostrar a Llewyn en ese mismo lugar (el Gaslight) ya no cantando ese “hang me, oh hang me” sino una versión diferente de “Fare Thee Well”, la versión sin la voz de Mike. De este modo, lo que parecía una historia/película/disco circular lo sigue siendo, pero con esas ligeras modificaciones. El melómano acá no es solo el espectador sino el propio Llewyn, quien también absorbe su vida como un disco y lo altera según la fase de duelo en la que se encuentre. Por lo tanto, cuando lo escuchamos cantar “sure as a bird, flying high above” y a pesar de lo que viene luego (la golpiza literal y la golpiza metafórica de que Dylan sea el acto que suceda al suyo), es evidente que si Llewyn no logró su objetivo (vivir de la música) no es porque sus alas no hayan querido llevarlo más lejos sino porque el contexto – aquel que empujó a Mike a su oscuro destino – no estaba preparado para esa clase de soñadores. Llewyn es una figura sintomática de ese momento intermedio de la escena folk que prefigura la decadencia de un modelo y la falta de apertura hacia uno nuevo. Por eso el letal rechazo de Grossman. No porque no haya corazón ahí. Sino porque tenía que aparecer un corazón que palpitara a otro ritmo (léase: el de Dylan) para que la percepción y el oído se acostumbren.

Inside Llewyn Davis es la película más simbólica de los hermanos Coen. Ulysses (¿acaso podía haber tenido otro nombre?), ese gato que acompaña al protagonista, es claramente su propio reflejo (“Tell him Llewyn has the cat” – “Llewyn is the cat?”), esa figura a la que tiene que dejar ir para convertirse en otra cosa, en otra versión de su persona. Si Llewyn no ve su imagen quebrada por el frío, por la desilusión, por la sucesión de infortunios, es porque la película no necesita que la epifanía llegue de ese modo. La epifanía llega cuando Ulysses es abandonado en el asiento trasero de un auto (tampoco podía ser el delantero), o cuando deja de importar si ese gato es siempre el mismo o es reemplazado por otro. En el momento en que Llewyn lo deja ir (como deja ir a Mike, como deja pasar la entrada al pueblo donde está su hijo, como encajona sus discos: todo se vincula con lo que perdemos de manera consciente e inconsciente), emprende ese otro pequeño viaje a lo que cree que es la salvación: tocar ante Grossman. “Play me something from Inside Llewyn Davis” le pide, señalando ese album con una tapa que parece igual a tantas otras tapas. No le está pidiendo que toque algo del disco, sino algo que provenga de sí mismo, algo que lo defina, que lo distinga de todos aquellos que fueron a Gate of Horn a audicionar de la misma manera. Pero Llewyn es el que no se distingue, el que parece estar acorralado por el karma (si buscamos otro simbolismo en función de esto, lo encontramos en Roland Turner, el personaje de John Goodman), el que, como dice su ex novia Jean, es el hermano idiota del Rey Midas porque “everything you touch turns to shit”. Sin embargo, si los Coen eluden el pesimismo, es gracias a cómo Oscar Isaac tiene el alma suficiente como para que Llewyn no se convierta en ese individuo que se pierde en la muchedumbre sino en aquel quien pone de manifiesto en qué consiste el arte. El arte, para él, es sinónimo de vivir. No de existir. La diferencia la marca en una charla con su hermana. Si él no canta, solo existe. Es decir, no está viviendo sino matando el tiempo. La misma aseveración la espeta en la mesa de los Gorfein – una de sus tantas paradas nocturnas -, donde es obligado (cual animal que hace trucos) a tocar la guitarra. “This is bullshit. I do this for a living, you know? I’m a musician” grita antes de subirse a un auto donde va a decidir en qué momento sí es imperativo tocar una canción. “Durante un tiempo aguardó en la escalera, aunque ya no había amor que esperar. Entonces, salió del edificio al vasto espacio, bajo las grúas inclinadas y la escalera. La luz de la única lámpara mortecina, en su círculo herrumbroso, caía sobre las pilas de ladrillos, de madera rota, de polvo; sobre todo lo que en un tiempo habían sido casas donde la modesta y casi desconocida, pero inolvidable gente de pueblo había vivido y amado, y muerto, y perdido siempre” escribió Dylan Thomas en Retrato de un artista cachorro. Inside Llewyn Davis, con esa fotografía tenue, con lo que parece una falta de luz, con las pérdidas como motor para concebir alas y no para cortarlas, es ese disco que cuando termina es necesario volver a reproducir. Concluye con un saludo (“Au Revoir!”), pero como invitándonos a escucharlo nuevamente, como si en esa reproducción cíclica residiera el secreto de la trascendencia. Trascendencia que no está en el afuera, en lo masivo, en lo popular. Está dentro de un hombre (inside Llewyn Davis), dentro de un nombre, dentro de quienes, aún cansados, saben que la oportunidad no está signada por un contrato discográfico millonario sino, justamente, por la aceptación de que puede haber otras oportunidades. Algún día. Aunque la cadena sea corta y a Llewyn lo escuchen cinco personas. Es indistinto. El despegue, por más breve que sea, por más que esté circunscripto a un hijo que le canta “Shoals of Herring” a su conmovido padre en un hospital, sigue teniendo fuerza, ímpetu, corazón. Sigue siendo, ni más ni menos, que el preludio a un vuelo. 

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► [ESCENA] Oscar Isaac canta “Shoals of Herring” en uno de mis momentos favoritos de la película:

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► [PLAYLIST] Como no podía ser de otra manera, les dejo la banda sonora del film para que la escuchen en loop:

Inside Llewyn Davis Soundtrack by cinescalas on Grooveshark

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 ► [LISTA DE REPRODUCCIÓN] Un homenaje a los subvalorados:

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¡Buen miércoles muchachada! Dos consignas para hoy: 1. ¿Vieron Inside Llewyn Davis? ¿Qué les pareció la nueva película de los hermanos Coen? 2. Sale otra playlist hoy y, en relación al subvalorado Llewyn, quisiera que en este post rescatemos a músicos que no son lo suficientemente apreciados; pueden dejar todos los temas que quieran de ellos así los hacemos sonar en una extensa lista de reproducción; como siempre, gracias por los comentarios, la música, las observaciones; en síntesis: por estar siempre ahí; ¡nos vemos mañana!

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