¿Qué tiene de malo la ley de medios? (III)

 

Un largo par de párrafos bastante obvios sobre los puntos de la ley de Medios que nos faltaban analizar, después de las entregas de anteayer y ayer.

5. Clarín en Bolsa. Como señalamos hace un tiempo –y nos gustaría creer que Pagni nos leyó— la acción del Grupo Clarín en la Bolsa de Comercio empezó un fabuloso rally a partir de la exclusión de las telefónicas del negocio del cable. Increíblemente, el artículo que permitía la entrada de las telefónicas a la distribución de TV fue dejado de lado para atraer el voto de la izquierda. ¡Ah, nuestras izquierdas! Sus opciones políticas son predecibles: tienen un ranking de villanos, y siempre eligen aquello que dañe al villano mayor. No importa demasiado qué ocurra con el bienestar del pueblo; o, mejor dicho, se presupone que cuanto más malvado el villano castigado, mejor acabará siendo para el pueblo. Telecom es un villano mayor que el Grupo Clarín, como Clarín era un villano mayor que Grondona. Las telefónicas entran en la categoría de Villano Máximo porque son (i) “grandes multinacionales” (aunque ya no tanto), (ii) están en el sector más villano de la economía (los servicios, que no son “productivos”) y (iii) son “privatizadas”. Casi insuperable. ¡Fuera las telefónicas! El cable –un negocio mucho mayor que la tele de aire o los diarios– queda para Clarín y para quien el gobierno decida que pueda ser su competencia.

Se genera aquí una situación inverosímil, que no dudo debería terminar en la justicia. A la pregunta: “¿Puede una misma empresa prestar simultáneamente servicios de telefonía, TV cable y banda ancha?” la respuesta es: “Depende de qué tan ancho sea el cable: si es finito, no; si es un poco más gordito, sí”. Telecentro puede proveer el “triple play”; Clarín también aunque tiene obstáculos. Las telefónicas, no. Es bastante curioso: lo único con un carácter al menos remotamente monopólico en la comunicación audiovisual (porque requiere una gran inversión inicial de tendido de cables) es el mercado de “TV no satelital por suscrpción”, como lo llama la ley. El remedio para los monopolios es regularlo y/o generarle competencia. Además de otras empresas de cable, el principal candidato a presentar competencia es el proveedor de servicios de telefonía. Pero la ley ahora lo impide.

VEREDICTO: Ridículo. Si se quería evitar un “nuevo monopolio” (no me imagino cómo se generaría ese nuevo “monopolio” salvo con una baja de precios tan descomunal que generara una migración masiva de usuarios), había alternativas. Por ejemplo: permitir a las telefónicas transportar señal de cable pero no generarla. Pero en fin, así estamos. Seguramente esto dure poco. Habrá en el futuro cercano, ya votada la ley, bastante presión para unificar el negocio cable/TV/telefonía. Esperemos que Clarín no tenga suficiente poder como para evitarlo.

6. Autoridad de aplicación. Esta es fácil. Dado el poder que tiene este organismo –nada menos que repartir licencias que, recordemos, son intransferibles– cuanto menor chance de dominio de una mayoría, oficialista u opositora, mejor.

VEREDICTO: Idealmente, la autoridad tendría que tener mucho menos poder, y en ese caso no me molestaría tanto el dominio del Ejecutivo. Siendo lo poderosa que es, preferiría una confirmación mucho más inmune a la tiranía de la mayoría. Una posibilidad sería que cada una de las X principales fuerzas políticas parlamentarias, con X=6, 7 u 8, eligiera a un miembro de la A.A., y no hubiera ningún representante directo del Poder Ejecutivo. Soñar es gratis.

Quedaron varios temas en el tintero. Por ejemplo, el ahora discutido artículo 161 que da solamente un año para la “adecuación” de aquellos licenciatarios que al votarse la ley estuvieran en infracción. Algún vivillo, quizás el mismo que bautizó a la ley “Ley de Medios K”, logró que ahora la jerga se refiriera a este artículo como el que determina “el plazo de la desinversión”. Geni@.

Como opinión general, diría que es una ley bastante voluntarista, muchas de cuyas disposiciones no tendrán ningún efecto práctico, sea porque hay maneras de evitarlas o simplemente por la falta de capacidad reguladora que caracteriza a nuestro Estado. En la lista de disposiciones realmente preocupantes sólo anoto la combinación de “concurso e intransferibilidad” para las licencias, mucho más siendo la autoridad de aplicación lo oficialista que saldrá. En la lista de disposiciones malas, que redundarán en un servicio peor para los usuarios, pongo los obstáculos para la competencia en el mercado de TV cable y el carácter extremadamente aparatoso de las limitaciones a la multiplicidad de licencias. Del resto de la ley (esa imagen de cada uno diciendo todo lo bueno que tiene para decir; de universidades, pueblos originarios, ONGs, iglesias y foros regionales maravillando a un público ávido por escucharlos) diría que está basada, como casi todas las utopías, en una simpática candidez.