La nueva colección de zapatos Hermès

Durante cada semana de la moda, además de los desfiles, las maisons aprovechan para mostrar sus nuevas colecciones. El caso de Hermès, que presentó su colección de zapatos primavera/verano 2015 del francés Pierre Hardy, que colabora con la casa desde los 90 (desde entonces creó también su propia marca). Fue en una parte del museo Nissim de Camondo, un lugar construido a principios del 1900, inspirado en el Petit Trianon de Versailles, y que hoy alberga una colección de muebles y objetos de arte del siglo 18. Un lugar muy francés y bastante fascinante para recorrer, con un jardín con castaños de Indias. Si además hay sol, el paseo vale la pena. En estas presentaciones nada es dejado al azar. La escenografía muy conceptualizada estuvo a cargo de Mathias Kiss, que recreó un teatro con un delante y detrás de la escena y con un principio de jardín interno que hace de continuación del de afuera. Todo ello para sólo cuatro horas en las cuales la prensa del mundo entero, que se da cita en París durante la fashion week, desfila también por aquí. Van algunas fotos. El estilo de los zapatos es bastante atemporal, demostrando una vez más que Hermès hace de la tradición su fuerza sin preocuparse por las imposiciones de la moda. Unica concesión: los modelos un poco más sport, en armonía con las tendencias actuales, aunque a la manera Hermès.

 

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El nuevo museo Picasso, por dentro

Estuvo más de cinco años cerrado al público. Los trabajos de remodelación, destinados a poner en regla el edificio para que cumpliera con las normas de seguridad francesas, se atrasaron más de lo previsto. Las obras de Picasso viajaron por los museos del mundo y se organizaron exposiciones itinerantes que permitieron financiar gran parte de toda esta renovación, cuyo costo total se elevó a 52 millones de euros. Los retrasos y los costos generaron una gran polémica en París. A tal punto que, cuando iba a abrir, en junio, la directora Anne Baldassari fue removida de su cargo. Designaron a un nuevo director, Laurent Le Bon, hasta ese entonces a cargo del Pompidou-Metz. La reapertura está prevista para el 25 de octubre. Los periodistas pudieron visitar el petit hotel la semana pasada, antes de que se colgaran los cuadros, para contemplar cómo quedó este refugio en el corazón del Marais después de las remodelaciones. Había sólo cinco obras expuestas. Serán 350 cuando todas estén instaladas. E irán cambiando cada dos años, para renovar la exposición permanente y hacer rotar las obras que están en reserva, igual que en el Pompidou. También se organizarán exposiciones temporales, en especial para atraer la mayor cantidad de visitantes posibles. La idea es que el museo genere ganancias. Acá van algunas fotos por dentro, a la espera de que finalmente abra en un mes.

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El septiembre francés es el marzo argentino (con fotos)

Desde el fin de semana pasado, 16 de los decoradores más importantes de París exhiben sus propuestas en el museo de las Artes Decorativas, sobre la rue de Rivoli, al lado del Louvre. Elegidos por la curaduría del museo y por la revista AD, se les pidió que imaginaran espacios vivibles que tuvieran como punto de partida un objeto seleccionado entre las reservas del museo. Presentados en forma de cajas en las cuales se entra desde un pasillo central, y con materiales como marmorino, cedro, estuco, marquetería de paja y vidrio teñido, cada uno de los proyectos permite imaginar cómo viven los parisinos y descubrir el savoir faire de la decoración francesa: el salón de baño, de Charles Zana; el bar-biblioteca, de Isabelle Stanislas; el cabinet de una elegante, de Caroline Sarkozy y Laurent Bourgois; el salón de lectura, de Bismut & Bismut, o la antecámara de un latin lover, del argentino Luis Laplace, entre otros. El silencio del público ayuda a la magia de la visita.

Organizada en el marco de la semana del diseño, la exhibición es sólo uno de los tantos rendez-vous en la agenda de los parisinos. Septiembre aquí es como el marzo argentino. La llaman la rentrée, que en español significa vuelta o reanudación, y para los parisinos es un concepto en sí mismo. Les gusta hablar de eso. Es el período en el que retoman las actividades. Las escuelas, las universidades y los trabajos se reinician, los franceses se ponen nuevas metas (empezar yoga, natación, alemán), el transporte público abandona el horario de verano y retoma su frecuencia habitual, y la ciudad se llena nuevamente de gente que vuelve dorada de las vacaciones.

Es un momento de ebullición en la ciudad. Los teatros y la ópera reabren sus puertas y presentan la nueva temporada, y los museos renuevan sus exposiciones. A la semana del diseño se le agregan la Bienal de Anticuarios, que inauguró el miércoles y que reúne coleccionistas y casas de joyas; la semana de la moda, que comienza a finales de este mes; la reapertura del Museo Picasso, en el Marais, después de cinco años de remodelaciones, y la inauguración de exposiciones, como las de Niki de Saint Phalle y del japonés Hokusai en el Grand Palais. Este año se suma además la inauguración de la fundación LVMH, un edificio en forma de velero, con doce velas de vidrio, construido por el arquitecto Frank Gehry (el del Guggenheim de Bilbao) en medio de los bosques de Boulogne, al oeste de París. Albergará un museo de arte contemporáneo y un espacio cultural. Una iniciativa del presidente del grupo, Bernard Arnault, primera fortuna de Francia con 35.000 millones de dólares y gran coleccionista.

En septiembre, París vuelve con todo. La ciudad entera parece renovarse, y se convierte en una máquina de producción incesante de alternativas culturales y sociales. Hay opciones del mejor nivel. Uno de los ejemplos más ilustrativos son las editoriales. Éste es el mes de las publicaciones: este año, 607 títulos nuevos invaden las librerías, de los cuales 404 fueron escritos por autores franceses. A un lector medio le tomaría 40 años leer todos. Una cifra reveladora de cuán seria es aquí la vuelta a la actividad.


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Las sugerencias del corresponsal de Vogue

Desfile Hermès, colección Hombre (verano 2015)

Corresponsal de Vogue Latinoamérica en Europa, Abraham de Amezaga está instalado en París desde hace algunos años (@deamezaga). Siguiendo el formato 1-1-1 (un resto, un bar y un buen plan), le pedí que compartiera su París. Porque cada uno tiene la suya. Acá van sus datitos. Gracias Abraham.

-1 hotelito: L’Hôtel (13, rue des Beaux-Arts, París 6). Tanto el argentino Borges como el irlandés Wilde fueron dos de sus ilustres huéspedes. El segundo no tenía plata para pagar y era el director del hotel (entonces llamando D’Alsace) quien corría con los gastos. Falleció allá.
-1 rincón flashero: Baba (34, rue Jean Mermoz, París 8). Lo descubrí gracias a Fabienne Rossi, que organizó en este curioso lugar la presentación del perfume Speakeasy, de P. Frapin & Cie. Confidencial, es donde a uno le dejan su calzado más brillante que en ningún otro lugar. Lo llaman “el amigo de nuestros zapatos”.
-1 resto: Le Petit Pergolèse (38, rue Pergolèse, París 16). Restaurante-galería de arte, con obras que van rotando. Propuestas gastronómicas variadas y como curiosidad el aceite de oliva del cantante Charles Aznavour, quien se deja ver por aquí de cuando en cuando.
-1 museo: Musée des Arts Décoratifs (107, rue de Rivoli, París 1). Si te apasiona la moda y un creador como el belga Dries Van Noten, no puedes dejar de visitar su muestra (hasta el 2 de noviembre).
-1 barcito: Le Fumoir (6, rue de l’Amiral de Coligny, París 1). La terraza, frente a una de las alas del Louvre, es una de las más frecuentadas de la capital del Sena. Ambiente entre 30 y 40 años, un tanto bobo chic. Pocos turistas.
-1 buen plan: Pasear un domingo por los quais (muelles) de la rive gauche (orilla izquierda). A ser posible de la mano de una linda mujer (u hombre, depende de los gustos de cada cual).

Salida del desfile Hermès (colección hombre verano 2015)

Una “macaronade” (macaron hecho en forma de torta) a 34 euros

 

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Vivir la final del Mundial en París

La home del diario francés Le Monde: “La Argentina espera su Messías

No hubo un mismo lugar de encuentro. Hubo muchos. Contra Bosnia fue en un bar con buena onda y dos pantallas cerca de Strasbourg-St Denis. Arrastrando los pies porque acá lo pasaban a las 10 de la noche (terminó pasada la medianoche) y al día siguiente era lunes, pero cantando al unísono con el resto de argentinos y amantes de la Argentina reunidos. La vuelta a casa en bici fue silenciosa: París ya dormía. Contra Irán fue en un bar del Marais, después de buscar bastante porque en esa instancia todavía no lo pasaban en todos los bares. En París, la fiebre mundialista es individualista y no se siente en todos los círculos sociales. A los del bar hubo que insistirles para que subieran el volumen: pretendían que el partido se mire escuchando Daft Punk. Contra Nigeria fue en la redacción rodeada de franceses que hinchaban por la Argentina. Desde el principio tenían muchas expectativas con la albiceleste. Los hombres se rien cuando ven mujeres gritando “vamos vamoooos, Argentinaaa..” Contra Suiza fue por radio. Una cita de trabajo cancelada a último minuto hizo cambiar los planes y, oh sorpresa, no lo pasaban en los canales de aire. Las imágenes por internet llegaban tarde, así que de repente Mariano Closs estaba a todo volumen. “Nunca lo vi jugar tan mal a De María señores. Pese al gol, su peor partido”, decía. Escuchar el relato de un argentino es emocionante. Contra Bélgica fue en Italia, en medio de un viaje, una pausa para verlo. Sufrimiento, dolor de panza posterior, y la sensación de festejarlo menos de lo que se querría. Si uno no está rodeado de una banda de argentinos, el festejo es la alegría que pasa por dentro, antes de volver a la vida normal del resto. Contra Holanda fue en el mismo bar que el primer partido. Gritando, arengando con bandera, saltando y cantando, y no muy lejos de holandeses que lo miraban en una pantalla de al lado. Una banda de argentinos que allá nunca va a la cancha pero que acá salta por patriotismo. A 12.000 kms nace esa necesidad. Uno es argentino, hincha, y también representante. Esta noche será en ese mismo bar. Otros irán al restaurant argentino Volver (donde Quilmes filmó un spot publicitario), al bar Le Progrès, a la embajada argentina, o lo verán con amigos en sus casas. Todos lugares que desde el principio estuvieron llenos de argentinos. Si ganamos, ni idea dónde festejaremos. Trocadero? Las calles de París? Allí estaremos.

La nota en el diario Libération, antes del partido contra Países Bajos

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Más datitos: un resto, un bar y un buen plan (2)

Las orquídeas de Monsieur Margueritte

Siguiendo con el formato 1-1-1, acá van nuevas sugerencias

-1 hotelito: Hotel Amour, rue de Navarin (barrio 9)
-1 rincón flashero: la boutique que sólo vende orquídeas en el mercado de las flores, quai de la Corse (frente al Sena)
-1 resto: Au Passage, 1 bis passage Saint-Sébastien. Hay que reservar
-1 museo: musée de la Chasse et la Nature, rue des Archives
-1 barcito: Mary Celeste, rue Commines en el Marais, para un aperitivo y algo para picar
-1 buen plan: ir una mañana de fin de semana a uno de los mercados de París (Raspail, Aligre, Batignolles o Président Wilson)

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Un resto, un bar y un buen plan

Coco recibe el mail de un amigo de Buenos Aires: su primo visitará París en unos días y le vendrían bien algunos datitos. Mails como ese, Coco recibe todo el tiempo, sobre todo con la llegada de la primavera-verano. Todos los que vienen quieren saber qué se puso canchero, dónde comer unos buenos quesos, cuáles son los paseos menos turísticos. Sugerencias que Coco se cansa de dar cuando se las piden todo el tiempo. Pero, a diferencia del resto, el mail/pedido del amigo es preciso: se lo manda a tres que viven en París y les pide que cada uno le recomiende un bar, un restaurante, un museo. Un formato que da ganas de responder porque es conciso. Me inspiro de ese mail y retomo la idea para ir sugiriéndoles regularmente datos de París. A ustedes de elegir qué les gusta más. Gracias Manu.

-1 hotelito: Jules & Jim, sobre la rue de Gravilliers, en el Marais
-1 rincón flashero: el Comptoir Géneral, frente al canal Saint-Martin, para un brunch de domingo tipo doce/una
-1 resto: le Perchoir, con un bar-terraza arriba desde donde se ven los techos de París. Hay que reservar 
-1 museo: la expo de Bill Viola en el Grand Palais, hasta el 21 de julio
-1 barcito: Rosa Bonheur, en el parque Buttes Chaumont o el nuevo que instalaron para el verano sobre el Sena a la altura de Invalides. Para la tardecita. Evitar el fin de semana, se llena
- 1 buen plan: ir a ver el nuevo espacio de la galería Thaddeus Ropac en Pantin, casi en las afueras de París hacia el norte, y volver en bici bordeando el canal

El nuevo espacio de la galería Thaddeus Ropac en Pantin

Expo temporaria en la escuela de Bellas Artes

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La costumbre de ir al mercado (con fotos)

Acá va la columna publicada el sábado en el diario (de difícil acceso online). Agrego fotos!

Abdé traspasa las frutillas de un cajón grande de madera a cestitas individuales de plástico. Cada porción que prepara pesa unos 300 gramos y se vende a un euro. “Directo de la huerta de mi abuela”, asegura. Sus manos tomaron el color de la fruta, señal de que su tarea requiere algunas horas. Y su rapidez, además de agilidad, revela que no hay tiempo para perder. Es sábado a la mañana y el marché d´Aligre, a algunas cuadras de la Bastilla, está en ebullición, como de costumbre.

En este mercado, el más antiguo después del marché des Enfants Rouges –situado en el barrio Le Marais y creado en 1618-, los parisienses en busca de sus compras típicas confluyen con los turistas en busca de París. Los unos seleccionan las frutas, verduras y quesos para esos invitados que agasajaran por la noche, o para sus comidas del resto de la semana, mientras los otros observan curiosos y capturan en imágenes la diversidad de productos: las bananas de las Antillas, las uvas de Chile, los higos, o la histórica graineterie (tienda de semillas) que data de 1895 y en donde se encuentra harina de castañas, anís de Flavigny, flores aromáticas, pruneaux d´Agen (ciruelas pasas), alubias negras y todo tipo de frutos secos y mermeladas, además de los panes d´épices y la flor de sal de Guérande.

Al igual que el centenar de mercados que cuenta esta ciudad, el de Aligre es un lugar de encuentro. Un viaje en el tiempo. Clientes y comerciantes se saludan, se llaman por el nombre y bromean mientras hacen sus transacciones. El parisiense aprecia la calidad y la paga con lealtad. Francia será el segundo consumidor mundial de pizzas congeladas (el primero es Estados Unidos) pero, por suerte, París es una burbuja de detalles gastronómicos. El parisiense es un amante de las pequeñas costumbres, al punto de irritarse rápidamente frente a los imprevistos. Ir al mercado forma parte de su pequeña rutina del sábado. En la semana no siempre hay tiempo. No necesariamente porque se trabaje más que en otros lados, sino porque en esta ciudad la mayoría de los comercios atendidos por sus dueños cierra a partir de las 19 horas. Los comerciantes priorizan el ocio por sobre algunos minutos más de trabajo, aunque ello les haga perder ventas. Prefieren disfrutar de lo que tienen. Muy respetable, pero obliga a estar a las corridas y a tener una pequeña lista de tareas para hacer el sábado. Aquí, la escapada al campo, country o club propio o de amigos se reemplaza por una actividad frenética y muy urbana que incluye también exposiciones, paseos en bicicleta, festivales de música o de cine, consumo y gastronomía.

Lejos del Café de Flore y de la rue Saint Honoré, del otro lado del Sena, el de Aligre es el París de la clase media con poder adquisitivo respetable y de buen paladar. Ese inmortalizado por el fotógrafo Robert Doisneau y que alimenta su propia caricatura: calles cuyo trazado remonta al medioevo, pasajes con nombres que no cambiaron desde entonces, suciedad tolerada, un vendedor de lácteos que cada cinco segundos grita “Vengan, acá está el mejor precio”, y, por si no quedaba claro donde se está paseando, una chica que en la otra punta de la rue Aligre, a unos 200 metros, boina en la cabeza, toca un organillo y canta Edith Piaf.

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Un festival canchero pero sin pogo, en fotos

Este fin de semana fue la tercera edición de welovegreen, un festival de música creado en total armonía con el medio ambiente: toda la escenografía (carteles y mobiliario) es renovable, un generador solar alimenta de energía a todos los espacios y escenarios, hay fuentes de agua para que todos rellenen sus vasos y botellas, stands de comida bio, y cestos de basura que se dividen según el contenido. Hasta unos chicos con bandejas colgadas en forma de cigarreras reparten mini ceniceros para que no se tiren los cigarrillos sobre el pasto. Lo increíble es que el público cumple. Es en el parque de Bagatelle, al oeste de París, en un terreno que en el siglo XVIII se usaba para recepciones.

Es un festival muy parisiense: todos muy cancheros pero se salta menos. Muy civilizados y sin nadie que empuje o que pise un pie, como sedados por el sol que salió después de casi un mes entero de lluvia. Todos contentos. La programación de este año reunió a Cat Power, Little Dragon, London Grammar, Asgeir y Lorde, entre otros. Acá van algunas fotos.

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París-BuenosAires-París

Habrá Facetime, Skype y Viber, pero un viaje transatlántico sigue siendo todopoderoso. Siempre hay amigos que quieren mandar cosas a BA, amigos que quieren que les traigan cosas desde París, el “¿te puedo dar algo mini para llevar?” y las corridas de los últimos días. Los “regalitos” ya son cosa del pasado: todos lo esperan a uno pero uno no puede llevar para todos. Lástima porque es muy agradable ver el entusiasmo porteño ante cualquier cosa francesa. Incluso un paquete de chicles. Ni hablar de una mostaza.

Cada viaje a BA cambia según el estado de ánimo que se arrastra desde París, en particular en relación con la ciudad y los parisienses. Y las comparaciones, para bien o para mal, son inevitables. Acá van algunas sensaciones vividas durante poco más de dos semanas en Buenos Aires. Vivir en Paris es viajar de visita a Buenos Aires, y redescubrirla.

Buenos Aires es los abrazos de los amigos, los autos modelo 80 que siguen circulando, el cielo grande y muy abierto, las plazas gigantes, las porciones super gigantes, la misma cantidad de helado en los tamaños “chico” y “mediano”, la opinión antes del análisis y la reflexión, la búsqueda de polémicas, la buena onda por todos lados, los días más largos, las obras de teatro a las 23h, los restaurantes llenos pasada la medianoche, la síntesis de un año de vida parisiense en diez minutos, la sobremesa de una hora, los precios incomprensibles, los árboles a modo “el increíble Hulk”, el no respeto de las reglas, la multiplicación de las excepciones, las relaciones espontáneas, el lugar donde uno siempre se siente bien, las promociones y los descuentos, la humedad y su consecuente “frizz”, la preferencia del pago en efectivo y no con tarjeta, la moda de hablar en pretérito perfecto (y en plural cuando es una sola persona), los 25 grados en otoño (y decir “qué frío” con 16°), las charlas con griterío, la mejor fugazzeta del mundo, los amigos políticamente polarizados, las ideas creativas, el lugar en donde los micro-emprendimientos se vuelven realidad, las mesas de cuatro en donde se sientan dos, el espacio por todos lados, los cafés llenos a la hora del té, esperar que pasen los autos para cruzar la calle, el subte ruidoso, los colectivos enormes que increíblemente nunca fueron renovados, las lágrimas de la partida, la lucha emocional por no sentirse de paso, el lugar al que siempre se quiere volver.

 

 

 

 

 

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