Las “perlitas” del Salón del Libro de París

El hijo de Atahualpa Yupanqui, Roberto Chavero, guitarreando minutos antes de la inauguración

Terminó el Salón del Libro de París. Fin después de cuatro días intensos. Los editores franceses y argentinos se encontraron para cerrar acuerdos, los escritores invitados fueron entrevistados por medios franceses, dedicaron libros y participaron en conferencias, los funcionarios inauguraron exposiciones y actividades. Acá van fotos y ciertas “perlitas” (a veces, simplemente piedritas) que quedaron fuera de la cobertura.

-Los horarios. No importa que sea la gran cita literaria de París ni que sólo dure cuatro días. Los parisienses seguirán reivindicando sus derechos adquiridos: el comedor que instalaron no funcionaba en servicio continuado, como uno imaginaría en una feria en donde la actividad es tan intensa que se come cuando se puede, y no en el horario normal de las 12h-15h. Lo mismo en la sala de prensa, que además de no tener suficientes sillas y mesas cercanas a las tomas de corrientes (para cargar compus y todo tipo de material digital), tenía un encargado que anunciaba a las 19h40 que la sala cerraría en cinco minutos. “¡Pero si cierran a las 20h!”, gritábamos todos. “A esa hora ya tiene que estar todo apagado señores”, respondía el encargado. Declaración de guerra para los periodistas argentinos, que en pleno envío de notas se desesperan.

-Las charlas. Los franceses las organizan muy bien. Designan a un moderador que se encarga de moderar, como lo indica su función. Coordina la charla, la lleva por donde él quiere, pregunta y repregunta, confronta. A veces, si hay tiempo, le da también la palabra al público hacia el final para más preguntas. Eso no siempre sucedió en el stand argentino. Salvo las excepciones literarias, como la charla sobre literatura emergente, la de las novelas que son llevadas a la pantalla grande, o el homenaje a Cortázar, las más políticas o institucionales se convertían en exposiciones individuales que dependían de cómo cada participante había interpretado el título del debate.

-El stand argentino. Hubo consenso: a todos les parecía lindo. Como dice el director de la editorial Siglo XXI, Carlos Díaz, “el mejor que haya hecho la Argentina en el último tiempo. Era funcional, bonito, llamativo y tenía todo lo que tenía que tener: lugar para vender libros, otro para exhibir y para reuniones profesionales, espacio para mesas redondas, con el mural de Rep sobre la vida de Cortázar como el punto más alto”.

-Los excluidos. Algunos escritores criticaron “el centralismo francés”: salvo en el pabellón argentino, el resto de las charlas argentinas organizadas en los stands del Centro Nacional del Libro y del Instituto Francés, a metros del pabellón, era en francés. Y los participantes, muchas veces, eran aquellos que hablaban el idioma. Si bien había traductores, algunos se sintieron excluidos. El escritor Miguel Vitagliano, que participó de una charla muy interesante sobre literatura emergente, propuso que la próxima vez se manejen también con subtítulos como en el teatro.

-Los patriotas. Muchos argentinos que viven en París desde hace años se acercaron a mirar qué pasaba en el Salón y a escuchar algunas de las mesas redondas, sobre todo aquellas relacionadas con la política organizadas en el pabellón argentino.

-El cóctel. Un día antes de la inauguración del Salón, todos fueron invitados a la exposición “Tierra de luz, cultura y solidaridad franco-argentina” organizada por la Argentina en el ministerio de Cultura francés. Los archivos prestados por el Instituto Nacional Audiovisual francés (INA) mostraban a Astor Piazzola tocando en el metro Saint-Michel o a Copi entrevistado en 1965. Entre los invitados, algunas escenas: 1)la directora de Asuntos Culturales de la Cancillería, Magdalena Faillace, entusiasmada por haberse encontrado con Ernesto Laclau; 2)el embajador francés en la Argentina discutiendo sobre la cobertura mediática de “las listas polémicas” con el escritor Damián Tabarovsky; 3)Julio Le Parc saludando a Estela de Carlotto con un “estás muy bien” y mandándola a ver su obra expuesta, y 4)el Secretario de Cultura de La Nación, Jorge Coscia, preguntándole a Miguel Angel Estrella “¿la conocés a la ministra?”, en referencia a su par francesa, Aurélie Filippetti.

La preparación del Salón, minutos antes de la inauguración

La presidenta haciendo caritas, rodeada por la ministra de Cultura y el jefe de gobierno franceses

Amélie Nothomb, conocida x sus sombreros, dedicando libros, una tradición de este Salón

Mucha convocatoria en las charlas relacionadas con la Argentina. En esta, Martín Kohan

Luego del homenaje a Quino, todos querían una foto

Quino, adorado por los franceses que lo aplaudieron de pie. Emotivo

Mafalda, en el stand argentino. Sus historietas fue una de las mejores ventas de este pabellón

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El París de Ricardo Darín

Desde el balcón del hotel, frente al jardin des Tuileries

En el lobby del hotel de la rue de Castiglione, los huéspedes se acercan a la conserjería para pedir reservas en conocidos restaurantes de dos o tres estrellas Michelin. Salvo una, que pregunta en inglés cómo llegar a una expo de la escultora Camille Claudel (musa y amante de Rodin) y si se puede ir caminando. “Florencia es investigadora, exploradora. Está al tanto de todo, se interioriza con los lugares donde vamos, es de avanzada. Yo soy más vago, y lo menos turista del planeta”, confiesa minutos más tarde el actor argentino hablando de su mujer.

Ricardo Darín concentra todo lo que uno extraña de la Argentina cuando vive en París: es gracioso, espontáneo, relajado, transgresor. Recibe con una gran sonrisa en el cuarto donde lo instalaron para promocionar la película “Tesis sobre un homicidio”, de Hernán Goldfrid, que se estrenó recién esta semana en Francia, un año más tarde que en la Argentina, y con el título “Hipótesis”. Bromea con un efusivo “no sabés cuánto me alegro, gracias”, fuerte apretón de manos mediante, cuando se entera de que durante la siguiente hora la charla será en español, sin necesidad de traducción. Se instala sobre un sillón, todo le viene bien, parece contento de estar en París y ni bien tiene un minuto camina hacia uno de los ventanales con vista a un glacial Jardins des Tuileries, lo abre en dos y se prende un cigarrillo. Es un cuarto en el que no se puede fumar, pero Darín lo hace tan naturalmente que a nadie parece importarle. Aunque él no parece querer asumirlo, y menos aún transmitirlo, es una estrella. Y a una estrella se le permiten más cosas.

Darín es ese tipo buena onda del que uno no se quiere despegar. Y menos para volver a rodearse de parisienses. Lejos de sus declaraciones políticas, reflexiona sobre la existencia de “un humor argentino” y analiza la proyección del cine argentino -y latinoamericano en general- en el mundo (pueden ver todas sus respuestas en este video). “Hay una renovación de cineastas, de guionistas, de realizadores que han logrado desprenderse de la gran responsabilidad que significaba tener que hablar necesaria y consecutivamente de lo que fue la posdictadura, y pueden hablar de lo que se les cante. Al no contar con superproducciones detrás nuestro, maravillosamente hemos sido obligados a hablar de historias de vida pequeñas. Y eso nos está haciendo destacar, nos permite viajar lejos: las historias sencillas son apreciadas en cualquier parte del mundo”. La prueba es “Un cuento chino”. Cuando vino a presentarla, hace dos años, fueron ovacionados tanto él como la película. Estaba con poco tiempo, los organizadores lo apuraban a la salida para llevarlo a otro lugar, pero él, muy fiel a su estilo, encontraba la manera de dedicarle al menos unos cuantos segundos a cada cual que se le acercaba.

En París no lo conocen necesariamente por el nombre, pero el público mainstream enseguida sabe de quien se está hablando cuando se evocan algunas de sus películas, en particular “El secreto de sus ojos”. Es claramente uno de los actores argentinos más conocidos en esta ciudad, lo que no le impide pasear por París, y mucho más libremente que en cualquier ciudad española. “De París me gusta todo. Las primeras veces había cierta hostilidad por la barrera idiomática y por el mito del “francés desagradable que no se esfuerza por entender”. Ahora hablan inglés, español, y yo también me abrí y me atrevo a hablar en francés. Siento que hay una pequeña apertura de cabeza. Sigue habiendo algunos malhumorados, pero los entiendo: los turistas, el tránsito..”

Dice que en París les gusta (con su mujer) “callejear y bicicletear, igual que en Amsterdam o en San Sebastián”. Vuelven a esos lugares en donde ya la pasaron bien otras veces, en donde los trataron bien, como un restaurant italiano en el barrio de Montorgueil o uno que se especializa en el pot au feu (“nuestro puchero”). E intentan ir a muestras y a museos no tradicionales. Se le sugiere el museo de la Chasse et la Nature, especializado en taxidermia. “Ya fui taxidermista (en “El aura”). La experiencia fue más que suficiente”.

Con la tour Eiffel y la rueda de la fortuna de la place Concorde de fondo

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Los taxistas enojados

En el parque del Marais

La relación de Julien con los taxistas se degradó por completo hace poco más de seis meses, cuando volvía de sus vacaciones. Después de esperar 15 minutos en el aeropuerto Charles De Gaulle antes de conseguir un taxi disponible, le tocó un taxista que no le dijo “Bonjour” (ese saludo es muy importante para los franceses), que se negó a ayudarlo a poner las valijas en el baúl aduciendo un dolor de espalda, que puso el aire acondicionado al máximo y que, sólo al llegar a destino, le avisó que no podría cobrarle los 90 euros con tarjeta de crédito porque no tenía el aparato. “En ese momento decidí no llamar nunca más a un taxista tradicional. En París la vida es estresante, como en muchas ciudades, y no tengo ganas de, además, subir a un taxi y que me traten mal. Además tenía feo olor”, sentencia Julien.

Desde entonces, cuando quiere pedir un taxi, lo hace a través de una aplicación (Uber, creada en San Francisco en 2008) que instaló en su teléfono. El sistema lo geolocaliza y le avisa en instantes los vehículos que están cerca. Julien puede incluso elegir qué tipo de auto prefiere (en general de muy alta gama tipo Mercedes Benz, BMW o hasta Jaguar) y recibe los datos del chofer. A los pocos minutos el auto llega, previo aviso por mensaje de texto. A Julien lo recibe un chofer en traje. Le abre la puerta con una gran sonrisa, le conversa o le pone música sólo si el cliente lo desea, le ofrece botellitas de agua (a veces hasta bombones), le propone un cargador para el celular si justo se está quedando sin batería, y le pregunta si tiene una preferencia para el itinerario. Cuando llega a destino, no hay intercambio de dinero: la aplicación ya lo tiene registrado como usuario, por lo que el monto le será debitado de su tarjeta de crédito. A los pocos minutos recibirá una factura por mail. El trayecto mínimo es de 15 euros. Los viajes en horas pico (viernes y sábados a la noche) y los trayectos al aeropuerto cuestan algo más que un taxi normal, pero para Julien vale la pena pagarlo: se asegura un paseo agradable, de gran confort y, sobre todo, evita cruzarse con el tan frecuente taxista parisiense gruñón.

Esta es una ciudad en la que, salvo excepciones de lo más placenteras, un viaje en taxi puede convertirse rápidamente en una pesadilla, y no por el tráfico. Los taxistas son muchas veces mala onda, hostiles y, si esbozan una mínima sonrisa, es recién cuando llegan a destino y uno se baja, como si se contentaran de que por fin terminó. Lo peor no es cuando se enojan por la falta de cambio (pagar con 20 euros un trayecto de 13) o por la sugerencia de un trayecto específico. Lo peor de lo peor es ese silencio absoluto que parece contener alguna bronca que estallará con el mínimo detalle. Y además del malhumor, muchos de los 18.000 taxis que hay en esta ciudad prefieren no trabajar viernes y sábados por la noche (dicen que es para evitar los momentos de descontrol de todo tipo), por lo que la espera puede ser interminable.

El lunes y martes, los taxistas se movilizaron en las calles parisienses en contra del creciente aumento de los que aquí denominan Vehículos de Turismo con Chofer (VTC) como los que toma Julien. Bloquearon los caminos que llevan a los dos aeropuertos. Piden que ese servicio sea encuadrado legalmente, alegando que los VTC representan una competencia desleal: si bien sólo funcionan a pedido, no se someten a tarifas reglamentadas y no tienen que tener un permiso especial por el que los taxistas pagan 230.000 euros. En una nota publicada el 11, el diario italiano Corriere della Sera asegura que esta manifestación puede llegar a convertirse en un reclamo internacional: los colegas milaneses, que también se sienten víctimas de esta nueva modalidad de aplicaciones móviles “que transforman las reglas del tránsito urbano”, subieron en Twitter fotos de la movilización de los parisienses. El periodista cuenta que en Milán la situación se agravó durante los desfiles de la Fashion Week de febrero del año pasado, cuando los choferes se asociaron con algunas marcas y les sacaron trabajo a los 5.000 taxistas milaneses.

Pero acá en París no dan ganas de solidarizarse con los taxis. Hace unas semanas, para intentar suavizar una situación desagradable generada por un malentendido (el taxista detuvo el taxímetro antes de tiempo pensando que era el fin del trayecto), Pía sacó de su cartera un alfajor Havana que le habían traído de Buenos Aires y se lo ofreció al taxista. El señor le respondió que sus tradiciones no le permitían ingerir nada que tuviera grasa animal. Siguió manejando sin hablar ni sonreír hasta llegar a destino.

El parque de la rue du Parc Royal, en invierno

Una florería en el 7ème, cerca de la rue de l´Université

 

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Will Smith y Lily Allen en el desfile de Louis Vuitton (fotos)

Empezaron las liquidaciones, hace un poco de frío, y nuevamente es la época de desfiles en París. Esta semana son los shows de Haute Couture y la semana pasada fueron los de moda masculina para el próximo otoño/invierno europeo (las tendencias que los hombres DEBERAN seguir en un año..). Los desfiles de hombres son bastante más chicos en tamaño que los de mujer, pero de a poco se imponen en el universo de la moda. En París, los diarios les dedican al menos una página diaria en el cuerpo principal del periódico (y no como suplemento), los estilistas y los fotógrafos viajan de todos lados del mundo para asistir a los desfiles, y los presupuestos invertidos en estos shows son cada vez más importantes.

El de Louis Vuitton es un ejemplo de ello. Sentaditos en la primera fila estaban Will Smith (LA celebridad hollywoodense de la semana), Lily Allen (que estaba en otra y ni miró el desfile) y el actor belga Matthias Schoenaerts (ese que se enamora de Marion Cotillard, una entrenadora de orcas en un parque acuático que queda paralítica, en la película “De rouille et d´os” -De óxido y hueso en español-). El diseñador británico Kim Jones se inspiró en Chile y en Perú para su nueva colección: rayas finitas y de colores que evocan los tejidos peruanos, rayas gruesas en los sweaters, y géneros abrigados y típicos de la región como la alpaca, chinchilla o vicuña. El podium estaba pintado a mano y representaba el desierto de Atacama…visto desde el cielo. Acá van algunas fotos.

Afuera del desfile, un rato antes

Empiezan a entrar

Fue en el Parc Citroën. Lejos pero valió la pena

Unos cancheros en la puerta

Los fotógrafos gritan a lo loco justo antes de que empiece el desfile para que los de la primera fila guarden sus pies

La escenografía en esta especie de caja vidriada era bastante increíble

De cerca

Nadie se sienta hasta último minuto

Algunos trabajan

De izq a der: Will Smith, un x que mira, Matthias, Delphine y Antoine Arnault (hijos de Bernard Arnault, dueño de LVMH y segunda fortuna de Francia), Lily Allen (que ni miró el desfile)

Un cara de malo, Will y las chicas

Will y Matthias

 

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Desear “Feliz año” durante un mes

El soufflé de espinaca en el restaurant Le Soufflé, recomendación de París by Martin

Coco vuelve al trabajo después de unos días off. Es el 6 de enero. Llega a la redacción y saluda con un “feliz año” general. Pero las horas pasan y, a medida que se cruza con colegas que todavía no había visto, nota que le desean una “bonne année” (feliz año en francés) y que esperan lo mismo de su parte. Misma situación al día siguiente. Todo aquel a quien todavía no vio desde año nuevo empieza su frase con un sonriente “bonne année!” y espera lo mismo a cambio. Coco se siente en la película El día de la marmota, la de Bill Murray (Groundhog Day). Entre el 1 y el 6 de enero hubo mil programas, proyectos, salidas, emociones, pensamientos, días de vida. No importa. Hay que retrotraerse al inicio del nuevo año. Al darse rápidamente cuenta de que la mejor actitud es imitar -para así no ser catalogada, por el resto del año, como “aquella que no deseó feliz año”-, retruca con la misma fórmula.

Si los formalismos parisienses todavía no habían quedado claros, acá va un nuevo ejemplo. Los franceses tienen la costumbre de desear feliz año desde unos días antes del 1 de enero hasta…fin de enero. Dicen que la regla social (?) lo permite. Las situaciones ridículas comienzan cuando el clásico antipático o malhumorado que existe en todo ámbito laboral se esfuerza en sonreír y desea un feliz año a quien lo cruza para luego volver a su cara de ojete habitual, esa que durará y que todos tendrán que aguantar los 364 días restantes. Aunque después venga una agresión, o una mala onda, su frase empezará con un “bonne année!”, lo más pancho. El formalismo ante todo. Ni hablar de aquel al cual uno se le acerca para una charla puntual de trabajo y que corta a su interlocutor con un tajante “bonne année”, como si el otro estuviera en falta, como si el otro estuviera obligado a desearle un buen año a todo el mundo, incluso a aquel a quien no se lo desea particularmente. Pasados dos o tres días de estar cruzando personas en el trabajo sin haberles dicho esto, se genera como una especie de hostilidad. Como si no fuera posible entablar ninguna conversación en el 2014 con esas personas hasta tanto no se les desee un feliz año.

Así que: bonne année para todos. Más vale que lo diga y listo. Si hay algún francés leyendo esto, lo apreciará, y evitaré ser considerada una maleducada. 

El de marrons (castañas). Es cerca de place Vendôme. Está bueno para comer al mediodía

Son perfectos. Gracias ParísbyMartin x llevarme!

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Los mercados navideños, en fotos

En el puesto de Samaran de uno de los mercados de Toulouse

A los franceses les encanta comer, y bien. Las fiestas son una época en la que, además de consumir como locos en regalos olvidando la crisis por unos días, invierten en buenos productos. Arman la mesa con dedicación. Van al mercado y a sus boutiques de quesos favoritas para elegir con precisión lo que quieren llevar. El frío del invierno combina con los arbolitos de navidad y con una buena panzada. El menú es una tradición: ostras y todo tipo de mariscos, foie gras, capón (el pollo castrado) con castañas, puré de castañas, quesos, bûche de noël (una especie de pionono en forma de tronco), champagne y vinos. Lo festejan el 24 a la noche y el 25 al mediodía, en familia. Acá van algunas fotos, para que paseen por los mercados y elijan lo que comprarían, cuando vengan. Feliz navidad para todos.

Probando un rico foie gras del sudoeste antes de comprarlo

El mercado de la plaza del Capitole, en Toulouse

La variedad de quesos chez Xavier, elegido “mejor obrero de Francia”

Decenas de variedades de roquefort

Mariscos de todo tipo

Capones y todo tipo de aves, plato estrella de la Navidad

El foie gras, hígado de pato o de ganso cocinado

Feliz navidad

 

 

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Las vidrieras navideñas, en fotos

Poco para decir, mejor mirar. Photomaton para que descubran cómo se decora París en época de fiestas. Un paseo por el faubourg Saint-Honoré, la rue Saint-Honoré, el Bon Marché (del otro lado, más cerca de Saint Germain), Madeleine y los alrededores de la ópera Garnier. Joyeux Noël.

La rue Saint Honoré decorada con arbolitos

La boutique de Bottega Veneta

Lanvin

Paul Smith

Escada

Las balerinas Repetto

El restaurant Le Grand Colbert, sobre la rue Vivienne

El tiempo de un instante, en una de las vidrieras del Bon Marché

La boutique de La Durée, a metros de la iglesia de la Madeleine

De nuevo Repetto, pero este es su local original, a metros de la Opera Garnier

En los magasins Printemps, las vidrieras cuentan una historia para chicos.. y grandes

Fueron decoradas en asociación con la marca Prada

El árbol de las galerías Lafayette, de 22 metros de altura. Feliz navidad para todos 

 

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Una obra argentina ovacionada en un teatro francés

La vidriera de invierno de Paul Smith en rue St Honoré

No es fácil saber cuando a los parisienses les gusta algo. No sonríen ni se ríen con facilidad, son muy medidos con los halagos y, sobre todo, son bastante inexpresivos. Pero cuando la première de la obra El pasado es un animal grotesco, del argentino Mariano Pensotti (1973), llegó a su fin, el miércoles, el público aplaudió sin parar. Eran más de 700 en la sala más grande del teatro de la Colline (es uno de los cinco teatros nacionales que hay en Francia) y todos aplaudían con ganas. A los cuatro actores (Santiago Gobernori, Javier Lorenzo, Laura Paredes y María Inés Sancerni), al director que subió feliz a saludar al escenario, y a todo el equipo.

Por primera vez dos obras de este director se presentan en Francia (la semana que viene será el turno de Cineastas). Viajaron por España, Bélgica, Alemania y Holanda, pero nunca habían estado aquí. Los parisienses quedaron encantados. Un éxito, sobre todo ante un público exigente que puede elegir entre 300 obras por semana.

Terminada la obra, un espectador se acercó al director y lo felicitó. “Me conmovió. Bravo”. Mariano Pensotti confesó que estaba “muerto de miedo” antes del estreno en París, y que ahora está súper contento.

Las seis funciones de El pasado.. y las seis de Cineastas la semana que viene están prácticamente agotadas. El público parisiense es curioso, y además aprecia el teatro argentino. El de los ya conocidos, como Alfredo Arias -instalado en París desde los años setenta-, y también el más nuevo. “Los franceses descubrieron a una nueva generación de directores argentinos (Pensotti, Claudio Tolcachir, Daniel Veronese, Romina Paula) y son conscientes de que es un teatro de calidad”, explica Judith Martin, quien desde hace siete años se ocupa de traer obras y directores argentinos independientes a la escena europea.

Siempre es lindo cuando algo de nuestro país gusta a los parisienses. Sobre todo cuando sobrepasa las caricaturas tango-carne-gaucho y el aplauso se concentra en una propuesta sólida.. y argentina.

El restaurant Le Grand Colbert, sobre rue Vivienne

Place Vendôme, un día cualquiera

Un minuto antes la policía paró el tránsito para que pasarán cinco autos escoltando al de Hollande

 

 

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La escuela de las desigualdades

Francia quedó en el puesto n°25 entre los 65 países que aceptaron participar de PISA, el programa de la OCDE que evalúa el nivel de los alumnos de 15 años en lengua, matemática y ciencia. Así y todo, aquí no están contentos. Mientras que en la Argentina hablan del estancamiento de la educación, de la ausencia del tema en la última campaña política y de la década perdida en calidad educativa por haber quedado en el puesto 59, acá los medios se enfocan en analizar las desigualdades de la escuela francesa: “una escuela en donde se profundiza la distancia entre buenos y malos alumnos, una escuela que sabe incentivar a los hijos de los ejecutivos y de los académicos pero no a los de la clase media y obrera”, escribe el diario Le Monde. Estos resultados, al final, revelan los temas que actualmente inquietan en cada sociedad. Y en la francesa muy rápidamente la preocupación recae sobre la integración y los “hijos de inmigrantes”.

Según el estudio, el nivel socio-económico influencia la performance de los alumnos, sobre todo en Francia. Aquí, los que “provienen de la inmigración” (la expresión engloba  incluso a los franceses hijos de inmigrantes) son al menos dos veces más susceptibles -en comparación con los otros países- de formar parte del grupo de alumnos en dificultad. “Francia es salvada por sus buenos alumnos. Una elite escolar que se distingue por la correlación entre el nivel socio-económico y el resultado”, escribe Le Figaro.

Citados en los medios, los especialistas dicen que los colegios tienen una dimensión particularmente segregacionista: los establecimientos muchas veces se dividen entre los que concentran malos alumnos y de origen popular y aquellos con buenos alumnos y de origen más acomodado, cuando lo mejor sería mezclarse para estimular esperanzas escolares y profesionales en los más débiles sin reducir aquellas de los más fuertes.

Es raro. Visto de afuera, el nivel de las escuelas francesas parece muy bueno y, sobre todo, más igualitario que lo que uno conoce. En Francia hay tres tipos de escuela: pública (es el sistema que predomina, reúne alrededor de 12 de los 15 millones de alumnos, cada quien va a la que le corresponde según el barrio y por ello las desigualdades) y privada, que se divide entre aquellas instituciones subvencionadas por el Estado (asisten unos dos millones de alumnos, cuestan alrededor de 3000 euros al año) y las llamadas “hors-contrat”, sin subvención del Estado y por ello más caras (concentran unos 45.000 alumnos y pueden costar entre 800 y 1000 euros por mes). A los colegios privados asisten en general quienes tienen problemas en la enseñanza y necesitan atención especializada o quienes buscan una escuela que no sea laica.

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Los éclairs están de moda

De caramel, caramel salé, vainilla y grosella, praliné avellana

Los éclairs existen desde 1850 y forman parte de los grandes clásicos de la pâtisserie francesa. Es una pâte à choux (pasta choux) rellena con una crema (tipo la crema pastelera) en general de chocolate o de café, o a veces de pistacho o de castañas, y cubierta por una capa glaseada del mismo sabor que en el interior. En la pâtisserie française de la calle Malabia (en Buenos Aires) los hacían pero solamente rellenos de chocolate o de café, e incluso los de café los habían interrumpido porque los porteños no se entusiasmaban con ese sabor.  

Durante un tiempo dejados de lado en materia de creatividad y elaboración (“la gastronomía es como la moda, todo vuelve cada veinte años” dice el chocolatero de lujo Jacques Génin), volvieron a estar de moda en París. En parte gracias al pastelero Christophe Adam, durante diez años jefe de pastelería de la cadena de lujo Fauchon, que decidió especializarse en los éclairs y los relanzó a partir de 2002. Antes de llegar a Fauchon, Adam pasó por la cocina de Le Gavroche (fue el primer restaurante de Londres en obtener tres estrellas Michelin) y por el hotel Crillon.

Desde que abrió su propia boutique, L´éclair de génie, en diciembre del año pasado, creó más de 80 variedades. Es un éxito: vende entre 6000 y 8000 éclairs por semana. En el local hay siempre al menos una docena de sabores distintos para probar: caramel beurre salé (el más vendido), chocococo, limón, maracuyá-frambuesa, entre otros. Cuestan entre 5 y 7 euros cada uno. Los turistas y los franceses no paran de entrar. Se llevan uno para comer en el camino o varios en una cajita. Acá van algunas fotos. Puede ser un buen dato para quien esté pensando venir y quiera darse una buena french panzada.

Rouge baisé, caramel beurre salé y vainilla

Éclai caramélia, praliné-avellana, maracuyá-frambuesa

Chocolat grand cru, café

La cajita

También hace bombones. Siempre, todo muy pop

La boutique desde afuera, sobre rue Pavée en el Marais. Siempre llena

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