El septiembre francés es el marzo argentino (con fotos)

Desde el fin de semana pasado, 16 de los decoradores más importantes de París exhiben sus propuestas en el museo de las Artes Decorativas, sobre la rue de Rivoli, al lado del Louvre. Elegidos por la curaduría del museo y por la revista AD, se les pidió que imaginaran espacios vivibles que tuvieran como punto de partida un objeto seleccionado entre las reservas del museo. Presentados en forma de cajas en las cuales se entra desde un pasillo central, y con materiales como marmorino, cedro, estuco, marquetería de paja y vidrio teñido, cada uno de los proyectos permite imaginar cómo viven los parisinos y descubrir el savoir faire de la decoración francesa: el salón de baño, de Charles Zana; el bar-biblioteca, de Isabelle Stanislas; el cabinet de una elegante, de Caroline Sarkozy y Laurent Bourgois; el salón de lectura, de Bismut & Bismut, o la antecámara de un latin lover, del argentino Luis Laplace, entre otros. El silencio del público ayuda a la magia de la visita.

Organizada en el marco de la semana del diseño, la exhibición es sólo uno de los tantos rendez-vous en la agenda de los parisinos. Septiembre aquí es como el marzo argentino. La llaman la rentrée, que en español significa vuelta o reanudación, y para los parisinos es un concepto en sí mismo. Les gusta hablar de eso. Es el período en el que retoman las actividades. Las escuelas, las universidades y los trabajos se reinician, los franceses se ponen nuevas metas (empezar yoga, natación, alemán), el transporte público abandona el horario de verano y retoma su frecuencia habitual, y la ciudad se llena nuevamente de gente que vuelve dorada de las vacaciones.

Es un momento de ebullición en la ciudad. Los teatros y la ópera reabren sus puertas y presentan la nueva temporada, y los museos renuevan sus exposiciones. A la semana del diseño se le agregan la Bienal de Anticuarios, que inauguró el miércoles y que reúne coleccionistas y casas de joyas; la semana de la moda, que comienza a finales de este mes; la reapertura del Museo Picasso, en el Marais, después de cinco años de remodelaciones, y la inauguración de exposiciones, como las de Niki de Saint Phalle y del japonés Hokusai en el Grand Palais. Este año se suma además la inauguración de la fundación LVMH, un edificio en forma de velero, con doce velas de vidrio, construido por el arquitecto Frank Gehry (el del Guggenheim de Bilbao) en medio de los bosques de Boulogne, al oeste de París. Albergará un museo de arte contemporáneo y un espacio cultural. Una iniciativa del presidente del grupo, Bernard Arnault, primera fortuna de Francia con 35.000 millones de dólares y gran coleccionista.

En septiembre, París vuelve con todo. La ciudad entera parece renovarse, y se convierte en una máquina de producción incesante de alternativas culturales y sociales. Hay opciones del mejor nivel. Uno de los ejemplos más ilustrativos son las editoriales. Éste es el mes de las publicaciones: este año, 607 títulos nuevos invaden las librerías, de los cuales 404 fueron escritos por autores franceses. A un lector medio le tomaría 40 años leer todos. Una cifra reveladora de cuán seria es aquí la vuelta a la actividad.


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Las sugerencias del corresponsal de Vogue

Desfile Hermès, colección Hombre (verano 2015)

Corresponsal de Vogue Latinoamérica en Europa, Abraham de Amezaga está instalado en París desde hace algunos años (@deamezaga). Siguiendo el formato 1-1-1 (un resto, un bar y un buen plan), le pedí que compartiera su París. Porque cada uno tiene la suya. Acá van sus datitos. Gracias Abraham.

-1 hotelito: L’Hôtel (13, rue des Beaux-Arts, París 6). Tanto el argentino Borges como el irlandés Wilde fueron dos de sus ilustres huéspedes. El segundo no tenía plata para pagar y era el director del hotel (entonces llamando D’Alsace) quien corría con los gastos. Falleció allá.
-1 rincón flashero: Baba (34, rue Jean Mermoz, París 8). Lo descubrí gracias a Fabienne Rossi, que organizó en este curioso lugar la presentación del perfume Speakeasy, de P. Frapin & Cie. Confidencial, es donde a uno le dejan su calzado más brillante que en ningún otro lugar. Lo llaman “el amigo de nuestros zapatos”.
-1 resto: Le Petit Pergolèse (38, rue Pergolèse, París 16). Restaurante-galería de arte, con obras que van rotando. Propuestas gastronómicas variadas y como curiosidad el aceite de oliva del cantante Charles Aznavour, quien se deja ver por aquí de cuando en cuando.
-1 museo: Musée des Arts Décoratifs (107, rue de Rivoli, París 1). Si te apasiona la moda y un creador como el belga Dries Van Noten, no puedes dejar de visitar su muestra (hasta el 2 de noviembre).
-1 barcito: Le Fumoir (6, rue de l’Amiral de Coligny, París 1). La terraza, frente a una de las alas del Louvre, es una de las más frecuentadas de la capital del Sena. Ambiente entre 30 y 40 años, un tanto bobo chic. Pocos turistas.
-1 buen plan: Pasear un domingo por los quais (muelles) de la rive gauche (orilla izquierda). A ser posible de la mano de una linda mujer (u hombre, depende de los gustos de cada cual).

Salida del desfile Hermès (colección hombre verano 2015)

Una “macaronade” (macaron hecho en forma de torta) a 34 euros

 

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Vivir la final del Mundial en París

La home del diario francés Le Monde: “La Argentina espera su Messías

No hubo un mismo lugar de encuentro. Hubo muchos. Contra Bosnia fue en un bar con buena onda y dos pantallas cerca de Strasbourg-St Denis. Arrastrando los pies porque acá lo pasaban a las 10 de la noche (terminó pasada la medianoche) y al día siguiente era lunes, pero cantando al unísono con el resto de argentinos y amantes de la Argentina reunidos. La vuelta a casa en bici fue silenciosa: París ya dormía. Contra Irán fue en un bar del Marais, después de buscar bastante porque en esa instancia todavía no lo pasaban en todos los bares. En París, la fiebre mundialista es individualista y no se siente en todos los círculos sociales. A los del bar hubo que insistirles para que subieran el volumen: pretendían que el partido se mire escuchando Daft Punk. Contra Nigeria fue en la redacción rodeada de franceses que hinchaban por la Argentina. Desde el principio tenían muchas expectativas con la albiceleste. Los hombres se rien cuando ven mujeres gritando “vamos vamoooos, Argentinaaa..” Contra Suiza fue por radio. Una cita de trabajo cancelada a último minuto hizo cambiar los planes y, oh sorpresa, no lo pasaban en los canales de aire. Las imágenes por internet llegaban tarde, así que de repente Mariano Closs estaba a todo volumen. “Nunca lo vi jugar tan mal a De María señores. Pese al gol, su peor partido”, decía. Escuchar el relato de un argentino es emocionante. Contra Bélgica fue en Italia, en medio de un viaje, una pausa para verlo. Sufrimiento, dolor de panza posterior, y la sensación de festejarlo menos de lo que se querría. Si uno no está rodeado de una banda de argentinos, el festejo es la alegría que pasa por dentro, antes de volver a la vida normal del resto. Contra Holanda fue en el mismo bar que el primer partido. Gritando, arengando con bandera, saltando y cantando, y no muy lejos de holandeses que lo miraban en una pantalla de al lado. Una banda de argentinos que allá nunca va a la cancha pero que acá salta por patriotismo. A 12.000 kms nace esa necesidad. Uno es argentino, hincha, y también representante. Esta noche será en ese mismo bar. Otros irán al restaurant argentino Volver (donde Quilmes filmó un spot publicitario), al bar Le Progrès, a la embajada argentina, o lo verán con amigos en sus casas. Todos lugares que desde el principio estuvieron llenos de argentinos. Si ganamos, ni idea dónde festejaremos. Trocadero? Las calles de París? Allí estaremos.

La nota en el diario Libération, antes del partido contra Países Bajos

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Más datitos: un resto, un bar y un buen plan (2)

Las orquídeas de Monsieur Margueritte

Siguiendo con el formato 1-1-1, acá van nuevas sugerencias

-1 hotelito: Hotel Amour, rue de Navarin (barrio 9)
-1 rincón flashero: la boutique que sólo vende orquídeas en el mercado de las flores, quai de la Corse (frente al Sena)
-1 resto: Au Passage, 1 bis passage Saint-Sébastien. Hay que reservar
-1 museo: musée de la Chasse et la Nature, rue des Archives
-1 barcito: Mary Celeste, rue Commines en el Marais, para un aperitivo y algo para picar
-1 buen plan: ir una mañana de fin de semana a uno de los mercados de París (Raspail, Aligre, Batignolles o Président Wilson)

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Un resto, un bar y un buen plan

Coco recibe el mail de un amigo de Buenos Aires: su primo visitará París en unos días y le vendrían bien algunos datitos. Mails como ese, Coco recibe todo el tiempo, sobre todo con la llegada de la primavera-verano. Todos los que vienen quieren saber qué se puso canchero, dónde comer unos buenos quesos, cuáles son los paseos menos turísticos. Sugerencias que Coco se cansa de dar cuando se las piden todo el tiempo. Pero, a diferencia del resto, el mail/pedido del amigo es preciso: se lo manda a tres que viven en París y les pide que cada uno le recomiende un bar, un restaurante, un museo. Un formato que da ganas de responder porque es conciso. Me inspiro de ese mail y retomo la idea para ir sugiriéndoles regularmente datos de París. A ustedes de elegir qué les gusta más. Gracias Manu.

-1 hotelito: Jules & Jim, sobre la rue de Gravilliers, en el Marais
-1 rincón flashero: el Comptoir Géneral, frente al canal Saint-Martin, para un brunch de domingo tipo doce/una
-1 resto: le Perchoir, con un bar-terraza arriba desde donde se ven los techos de París. Hay que reservar 
-1 museo: la expo de Bill Viola en el Grand Palais, hasta el 21 de julio
-1 barcito: Rosa Bonheur, en el parque Buttes Chaumont o el nuevo que instalaron para el verano sobre el Sena a la altura de Invalides. Para la tardecita. Evitar el fin de semana, se llena
- 1 buen plan: ir a ver el nuevo espacio de la galería Thaddeus Ropac en Pantin, casi en las afueras de París hacia el norte, y volver en bici bordeando el canal

El nuevo espacio de la galería Thaddeus Ropac en Pantin

Expo temporaria en la escuela de Bellas Artes

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La costumbre de ir al mercado (con fotos)

Acá va la columna publicada el sábado en el diario (de difícil acceso online). Agrego fotos!

Abdé traspasa las frutillas de un cajón grande de madera a cestitas individuales de plástico. Cada porción que prepara pesa unos 300 gramos y se vende a un euro. “Directo de la huerta de mi abuela”, asegura. Sus manos tomaron el color de la fruta, señal de que su tarea requiere algunas horas. Y su rapidez, además de agilidad, revela que no hay tiempo para perder. Es sábado a la mañana y el marché d´Aligre, a algunas cuadras de la Bastilla, está en ebullición, como de costumbre.

En este mercado, el más antiguo después del marché des Enfants Rouges –situado en el barrio Le Marais y creado en 1618-, los parisienses en busca de sus compras típicas confluyen con los turistas en busca de París. Los unos seleccionan las frutas, verduras y quesos para esos invitados que agasajaran por la noche, o para sus comidas del resto de la semana, mientras los otros observan curiosos y capturan en imágenes la diversidad de productos: las bananas de las Antillas, las uvas de Chile, los higos, o la histórica graineterie (tienda de semillas) que data de 1895 y en donde se encuentra harina de castañas, anís de Flavigny, flores aromáticas, pruneaux d´Agen (ciruelas pasas), alubias negras y todo tipo de frutos secos y mermeladas, además de los panes d´épices y la flor de sal de Guérande.

Al igual que el centenar de mercados que cuenta esta ciudad, el de Aligre es un lugar de encuentro. Un viaje en el tiempo. Clientes y comerciantes se saludan, se llaman por el nombre y bromean mientras hacen sus transacciones. El parisiense aprecia la calidad y la paga con lealtad. Francia será el segundo consumidor mundial de pizzas congeladas (el primero es Estados Unidos) pero, por suerte, París es una burbuja de detalles gastronómicos. El parisiense es un amante de las pequeñas costumbres, al punto de irritarse rápidamente frente a los imprevistos. Ir al mercado forma parte de su pequeña rutina del sábado. En la semana no siempre hay tiempo. No necesariamente porque se trabaje más que en otros lados, sino porque en esta ciudad la mayoría de los comercios atendidos por sus dueños cierra a partir de las 19 horas. Los comerciantes priorizan el ocio por sobre algunos minutos más de trabajo, aunque ello les haga perder ventas. Prefieren disfrutar de lo que tienen. Muy respetable, pero obliga a estar a las corridas y a tener una pequeña lista de tareas para hacer el sábado. Aquí, la escapada al campo, country o club propio o de amigos se reemplaza por una actividad frenética y muy urbana que incluye también exposiciones, paseos en bicicleta, festivales de música o de cine, consumo y gastronomía.

Lejos del Café de Flore y de la rue Saint Honoré, del otro lado del Sena, el de Aligre es el París de la clase media con poder adquisitivo respetable y de buen paladar. Ese inmortalizado por el fotógrafo Robert Doisneau y que alimenta su propia caricatura: calles cuyo trazado remonta al medioevo, pasajes con nombres que no cambiaron desde entonces, suciedad tolerada, un vendedor de lácteos que cada cinco segundos grita “Vengan, acá está el mejor precio”, y, por si no quedaba claro donde se está paseando, una chica que en la otra punta de la rue Aligre, a unos 200 metros, boina en la cabeza, toca un organillo y canta Edith Piaf.

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Un festival canchero pero sin pogo, en fotos

Este fin de semana fue la tercera edición de welovegreen, un festival de música creado en total armonía con el medio ambiente: toda la escenografía (carteles y mobiliario) es renovable, un generador solar alimenta de energía a todos los espacios y escenarios, hay fuentes de agua para que todos rellenen sus vasos y botellas, stands de comida bio, y cestos de basura que se dividen según el contenido. Hasta unos chicos con bandejas colgadas en forma de cigarreras reparten mini ceniceros para que no se tiren los cigarrillos sobre el pasto. Lo increíble es que el público cumple. Es en el parque de Bagatelle, al oeste de París, en un terreno que en el siglo XVIII se usaba para recepciones.

Es un festival muy parisiense: todos muy cancheros pero se salta menos. Muy civilizados y sin nadie que empuje o que pise un pie, como sedados por el sol que salió después de casi un mes entero de lluvia. Todos contentos. La programación de este año reunió a Cat Power, Little Dragon, London Grammar, Asgeir y Lorde, entre otros. Acá van algunas fotos.

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París-BuenosAires-París

Habrá Facetime, Skype y Viber, pero un viaje transatlántico sigue siendo todopoderoso. Siempre hay amigos que quieren mandar cosas a BA, amigos que quieren que les traigan cosas desde París, el “¿te puedo dar algo mini para llevar?” y las corridas de los últimos días. Los “regalitos” ya son cosa del pasado: todos lo esperan a uno pero uno no puede llevar para todos. Lástima porque es muy agradable ver el entusiasmo porteño ante cualquier cosa francesa. Incluso un paquete de chicles. Ni hablar de una mostaza.

Cada viaje a BA cambia según el estado de ánimo que se arrastra desde París, en particular en relación con la ciudad y los parisienses. Y las comparaciones, para bien o para mal, son inevitables. Acá van algunas sensaciones vividas durante poco más de dos semanas en Buenos Aires. Vivir en Paris es viajar de visita a Buenos Aires, y redescubrirla.

Buenos Aires es los abrazos de los amigos, los autos modelo 80 que siguen circulando, el cielo grande y muy abierto, las plazas gigantes, las porciones super gigantes, la misma cantidad de helado en los tamaños “chico” y “mediano”, la opinión antes del análisis y la reflexión, la búsqueda de polémicas, la buena onda por todos lados, los días más largos, las obras de teatro a las 23h, los restaurantes llenos pasada la medianoche, la síntesis de un año de vida parisiense en diez minutos, la sobremesa de una hora, los precios incomprensibles, los árboles a modo “el increíble Hulk”, el no respeto de las reglas, la multiplicación de las excepciones, las relaciones espontáneas, el lugar donde uno siempre se siente bien, las promociones y los descuentos, la humedad y su consecuente “frizz”, la preferencia del pago en efectivo y no con tarjeta, la moda de hablar en pretérito perfecto (y en plural cuando es una sola persona), los 25 grados en otoño (y decir “qué frío” con 16°), las charlas con griterío, la mejor fugazzeta del mundo, los amigos políticamente polarizados, las ideas creativas, el lugar en donde los micro-emprendimientos se vuelven realidad, las mesas de cuatro en donde se sientan dos, el espacio por todos lados, los cafés llenos a la hora del té, esperar que pasen los autos para cruzar la calle, el subte ruidoso, los colectivos enormes que increíblemente nunca fueron renovados, las lágrimas de la partida, la lucha emocional por no sentirse de paso, el lugar al que siempre se quiere volver.

 

 

 

 

 

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Las “perlitas” del Salón del Libro de París

El hijo de Atahualpa Yupanqui, Roberto Chavero, guitarreando minutos antes de la inauguración

Terminó el Salón del Libro de París. Fin después de cuatro días intensos. Los editores franceses y argentinos se encontraron para cerrar acuerdos, los escritores invitados fueron entrevistados por medios franceses, dedicaron libros y participaron en conferencias, los funcionarios inauguraron exposiciones y actividades. Acá van fotos y ciertas “perlitas” (a veces, simplemente piedritas) que quedaron fuera de la cobertura.

-Los horarios. No importa que sea la gran cita literaria de París ni que sólo dure cuatro días. Los parisienses seguirán reivindicando sus derechos adquiridos: el comedor que instalaron no funcionaba en servicio continuado, como uno imaginaría en una feria en donde la actividad es tan intensa que se come cuando se puede, y no en el horario normal de las 12h-15h. Lo mismo en la sala de prensa, que además de no tener suficientes sillas y mesas cercanas a las tomas de corrientes (para cargar compus y todo tipo de material digital), tenía un encargado que anunciaba a las 19h40 que la sala cerraría en cinco minutos. “¡Pero si cierran a las 20h!”, gritábamos todos. “A esa hora ya tiene que estar todo apagado señores”, respondía el encargado. Declaración de guerra para los periodistas argentinos, que en pleno envío de notas se desesperan.

-Las charlas. Los franceses las organizan muy bien. Designan a un moderador que se encarga de moderar, como lo indica su función. Coordina la charla, la lleva por donde él quiere, pregunta y repregunta, confronta. A veces, si hay tiempo, le da también la palabra al público hacia el final para más preguntas. Eso no siempre sucedió en el stand argentino. Salvo las excepciones literarias, como la charla sobre literatura emergente, la de las novelas que son llevadas a la pantalla grande, o el homenaje a Cortázar, las más políticas o institucionales se convertían en exposiciones individuales que dependían de cómo cada participante había interpretado el título del debate.

-El stand argentino. Hubo consenso: a todos les parecía lindo. Como dice el director de la editorial Siglo XXI, Carlos Díaz, “el mejor que haya hecho la Argentina en el último tiempo. Era funcional, bonito, llamativo y tenía todo lo que tenía que tener: lugar para vender libros, otro para exhibir y para reuniones profesionales, espacio para mesas redondas, con el mural de Rep sobre la vida de Cortázar como el punto más alto”.

-Los excluidos. Algunos escritores criticaron “el centralismo francés”: salvo en el pabellón argentino, el resto de las charlas argentinas organizadas en los stands del Centro Nacional del Libro y del Instituto Francés, a metros del pabellón, era en francés. Y los participantes, muchas veces, eran aquellos que hablaban el idioma. Si bien había traductores, algunos se sintieron excluidos. El escritor Miguel Vitagliano, que participó de una charla muy interesante sobre literatura emergente, propuso que la próxima vez se manejen también con subtítulos como en el teatro.

-Los patriotas. Muchos argentinos que viven en París desde hace años se acercaron a mirar qué pasaba en el Salón y a escuchar algunas de las mesas redondas, sobre todo aquellas relacionadas con la política organizadas en el pabellón argentino.

-El cóctel. Un día antes de la inauguración del Salón, todos fueron invitados a la exposición “Tierra de luz, cultura y solidaridad franco-argentina” organizada por la Argentina en el ministerio de Cultura francés. Los archivos prestados por el Instituto Nacional Audiovisual francés (INA) mostraban a Astor Piazzola tocando en el metro Saint-Michel o a Copi entrevistado en 1965. Entre los invitados, algunas escenas: 1)la directora de Asuntos Culturales de la Cancillería, Magdalena Faillace, entusiasmada por haberse encontrado con Ernesto Laclau; 2)el embajador francés en la Argentina discutiendo sobre la cobertura mediática de “las listas polémicas” con el escritor Damián Tabarovsky; 3)Julio Le Parc saludando a Estela de Carlotto con un “estás muy bien” y mandándola a ver su obra expuesta, y 4)el Secretario de Cultura de La Nación, Jorge Coscia, preguntándole a Miguel Angel Estrella “¿la conocés a la ministra?”, en referencia a su par francesa, Aurélie Filippetti.

La preparación del Salón, minutos antes de la inauguración

La presidenta haciendo caritas, rodeada por la ministra de Cultura y el jefe de gobierno franceses

Amélie Nothomb, conocida x sus sombreros, dedicando libros, una tradición de este Salón

Mucha convocatoria en las charlas relacionadas con la Argentina. En esta, Martín Kohan

Luego del homenaje a Quino, todos querían una foto

Quino, adorado por los franceses que lo aplaudieron de pie. Emotivo

Mafalda, en el stand argentino. Sus historietas fue una de las mejores ventas de este pabellón

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El París de Ricardo Darín

Desde el balcón del hotel, frente al jardin des Tuileries

En el lobby del hotel de la rue de Castiglione, los huéspedes se acercan a la conserjería para pedir reservas en conocidos restaurantes de dos o tres estrellas Michelin. Salvo una, que pregunta en inglés cómo llegar a una expo de la escultora Camille Claudel (musa y amante de Rodin) y si se puede ir caminando. “Florencia es investigadora, exploradora. Está al tanto de todo, se interioriza con los lugares donde vamos, es de avanzada. Yo soy más vago, y lo menos turista del planeta”, confiesa minutos más tarde el actor argentino hablando de su mujer.

Ricardo Darín concentra todo lo que uno extraña de la Argentina cuando vive en París: es gracioso, espontáneo, relajado, transgresor. Recibe con una gran sonrisa en el cuarto donde lo instalaron para promocionar la película “Tesis sobre un homicidio”, de Hernán Goldfrid, que se estrenó recién esta semana en Francia, un año más tarde que en la Argentina, y con el título “Hipótesis”. Bromea con un efusivo “no sabés cuánto me alegro, gracias”, fuerte apretón de manos mediante, cuando se entera de que durante la siguiente hora la charla será en español, sin necesidad de traducción. Se instala sobre un sillón, todo le viene bien, parece contento de estar en París y ni bien tiene un minuto camina hacia uno de los ventanales con vista a un glacial Jardins des Tuileries, lo abre en dos y se prende un cigarrillo. Es un cuarto en el que no se puede fumar, pero Darín lo hace tan naturalmente que a nadie parece importarle. Aunque él no parece querer asumirlo, y menos aún transmitirlo, es una estrella. Y a una estrella se le permiten más cosas.

Darín es ese tipo buena onda del que uno no se quiere despegar. Y menos para volver a rodearse de parisienses. Lejos de sus declaraciones políticas, reflexiona sobre la existencia de “un humor argentino” y analiza la proyección del cine argentino -y latinoamericano en general- en el mundo (pueden ver todas sus respuestas en este video). “Hay una renovación de cineastas, de guionistas, de realizadores que han logrado desprenderse de la gran responsabilidad que significaba tener que hablar necesaria y consecutivamente de lo que fue la posdictadura, y pueden hablar de lo que se les cante. Al no contar con superproducciones detrás nuestro, maravillosamente hemos sido obligados a hablar de historias de vida pequeñas. Y eso nos está haciendo destacar, nos permite viajar lejos: las historias sencillas son apreciadas en cualquier parte del mundo”. La prueba es “Un cuento chino”. Cuando vino a presentarla, hace dos años, fueron ovacionados tanto él como la película. Estaba con poco tiempo, los organizadores lo apuraban a la salida para llevarlo a otro lugar, pero él, muy fiel a su estilo, encontraba la manera de dedicarle al menos unos cuantos segundos a cada cual que se le acercaba.

En París no lo conocen necesariamente por el nombre, pero el público mainstream enseguida sabe de quien se está hablando cuando se evocan algunas de sus películas, en particular “El secreto de sus ojos”. Es claramente uno de los actores argentinos más conocidos en esta ciudad, lo que no le impide pasear por París, y mucho más libremente que en cualquier ciudad española. “De París me gusta todo. Las primeras veces había cierta hostilidad por la barrera idiomática y por el mito del “francés desagradable que no se esfuerza por entender”. Ahora hablan inglés, español, y yo también me abrí y me atrevo a hablar en francés. Siento que hay una pequeña apertura de cabeza. Sigue habiendo algunos malhumorados, pero los entiendo: los turistas, el tránsito..”

Dice que en París les gusta (con su mujer) “callejear y bicicletear, igual que en Amsterdam o en San Sebastián”. Vuelven a esos lugares en donde ya la pasaron bien otras veces, en donde los trataron bien, como un restaurant italiano en el barrio de Montorgueil o uno que se especializa en el pot au feu (“nuestro puchero”). E intentan ir a muestras y a museos no tradicionales. Se le sugiere el museo de la Chasse et la Nature, especializado en taxidermia. “Ya fui taxidermista (en “El aura”). La experiencia fue más que suficiente”.

Con la tour Eiffel y la rueda de la fortuna de la place Concorde de fondo

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