Vivir en Nueva York

Vivir en China!

05.11.10
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Y finalmente llegó ese día en que me tengo que ir a China.

Sí!!! China!!!!

Me estoy yendo al aeropuerto en una hora. Como anticipé en algún que otro comentario, me voy a hacer un curso por dos semanas a Hong Kong, Foshan y Shenzhen. De más está relatar lo excitada que estoy por esta experiencia.

Por suerte me estoy llevando una cámara como se debe, que me prestó una amiga, así puedo hacer muchos fotos-relatos.

Tengo 16 horas de vuelo para:

- aprender cómo se usa la cámara

- mirar por la ventanilla el paisaje blanco (la ruta del avión es por el polo norte)

- leer

- pensar (naturalmente, no voy a tener internet, teléfono ni nada que me conecte a otra realidad que no sea la de los cientos de pasajeros arriba de ese Jumbo)

- preguntarme una y otra vez cómo hace la gente que mide más de un metro sesenta para soportar esos asientos

- sonreír

Les escribo desde Asia!!

Saludos a todos y buen fin de semana,

Juli +



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Quién no tuvo alguna vez ese profesor desafiante cuyas clases resultan fascinantes?

Hace unas semanas, en la materia Política y Comercio Internacional, el profesor entró y nos preguntó a los 20 alumnos allí presentes qué sabíamos de la vida de Brad Pitt y Angelina Jolie. De inmediato los americanos se mostraron expertos del asunto y contaron hasta el último detalle de la relación. Los extranjeros no aportábamos demasiada información, pero al menos asentíamos con la cabeza y algunas sonrisas. A su pregunta específica “cómo se llaman los hijos?”, muchas voces saltaron y nombraron cada uno de los seis nombres de los pequeños.

Acto seguido, el profesor nos pidió que sacáramos una hoja y escribiésemos la capital de Brasil.

 Sólo 4 de los 20 pusimos la respuesta correcta.

Y su advertencia fue simple: “cómo carajo saben de memoria los nombres de los hijos de Brad Pitt y no conocen la capital de un país que está en su mismo continente, cuando están haciendo un master que se llama Managament Global de Moda?”

Con esto no quiero de ninguna manera hechar más leña al fuego – ya es demasiado conocida la generalización de que la geografía e historia mundial no son el fuerte de los americanos -, pero no podía dejar de compartir semejante anécdota.

Varias veces mis compañeros me preguntaron cómo era posible que supiera tanto acerca de otros países. Y ya me cansé de explicarles que a) no sé tanto y b) que quizás se debe a que no nací en el centro del mundo.   

El centro ahoga! Qué bueno que podamos mirar al mundo con ojos hambrientos y deseos de mejorar.

Uno tiene sin duda de todo que aprender de esta ciudad, de sus habitantes y paisajes. Pero también tiene mucho que aportar. Ser conciente de ello y elegir compartirlo es capitalizar nuestra identidad.




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Quiero agregar al post “Paren el mundo” un comentario que no podía pasar por alto: en mi última clase de tecnologías aprendí que en Dubai, las personas normales - sí, los seres humanos- tienen un código RFID incrustado por debajo de la piel que les permite salir a la vía pública libres de todo (literalmente sin billetera, documentos, plata…), porque son automáticamente escaneados en cualquier taxi, restaurant, boliche, museo, etc. De esta manera cada comercio o institución codifica toda la información que le es necesaria como por ejemplo identidad y número de tarjeta de crédito.

Basta!!!!!!!!

Buena semana para todo el mundo!

Juli +



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Bueno finalmente después de pelearme con mi computadora por unos cuantos días, logré que todo vuelva a su lugar: los programas, las contraseñas etc… (algunos ya sabrán que no me llevo tan bien con los seres no vivos), y sobre todo: mi rutina. Gracias a algún Dios ahora puedo despertarme y chequear las noticias del mundo, mandar mails y hacer trabajos para la facultad en una computadora a tan sólo dos metros de mi cama. 

Y durante estos días sin tipear (porque por suerte volví a la vieja práctica de escribir en papel), tuve más pensamientos que nunca. A veces desordenados, irresueltos…otros perfectamente encadenados.

Lo que esta vez me mantuvo intrigada fue el origen del apodo “La Gran Manzana”.

Como algunos sabrán de memoria y otros quizás aprendan al leer estas líneas, Nueva York fue apodada “La Gran Manzana” a principios de siglo 20 por dos motivos que todavía son cuestionables: algunos dicen que fue por la cantidad de manzanos que había en el estado de Nueva York y otros dicen que fue por la cantidad de carreras de caballos que tenían lugar en la época tanto en la ciudad como en sus alrededores, cuyos premios eran conocidos como “manzanas”. De cualquier manera, el apodo pasó a ser oficial en la década del 70, cuando las autoridades decidieron implementarlo como slogan publicitario para promocionar a la ciudad a nivel mundial.

Lejos estoy de querer desmitificar tan lindas teorías…pero quiero, humildemente, conferirle un nuevo significado a la expresión.

En el imaginario colectivo, gracias a las interpretaciones bíblicas sobre Adán y Eva y también, por qué no, a Blancanieves, la manzana está asociada a la tentación y al pecado. Para esta escritora, Nueva York es entonces una manzana – y la más grande de todas - simplemente porque es la tentación en el sentido más literal de la palabra.

Nueva York se yergue frente a quienes la vivimos, visitamos o pensamos como una prueba constante a nuestra voluntad. Es tanto lo que tiene para ofrecernos, que uno tropieza, una y otra vez, frente a la tentación más envolvente. Y lo peligroso del caso es que esa tentación se traduce a todo nivel de la vida cotidiana:

Hace pocos días entré en una farmacia y vi un estante lleno de mini cepillos de dientes descartables con pasta de dientes incluida.Y me pareció un gran invento. GRAN invento!

La aplicaciones para celulares inteligentes son tan delladas que logran hacer realmente más fácil la vida de la gente: contienen todo tipo de  información como fotos minuto a minuto del tránsito en las calles, farmacias, restaurants por tipo de comida o librerías más cercanos a su ubicación actual, fotos de delincuentes buscados, bolsas de trabajo o calendarios de actividades gratis. 

Los comercios se comunican con nosotros, los consumidores, a base diaria sea por las vías tradicionales como email o correo pero ahora también por mensajes de texto y hasta llamadas de teléfono. Las 24 horas nos recuerdan por qué deberíamos adquirir sus productos y nos facilitan todo tipo de alternativas para consumar la compra. Descontando que las liquidaciones y promociones, ya un clásico de la ciudad, son tan llamativas que uno, aunque trate, jamás logra hacer la vista gorda. No sólo los enormes letreros en las vidrieras de los locales “80% SALE” desvían considerablemente nuestra mirada, si no que páginas web enteras dedicadas exclusivamente a descuentos se convirtieron en las nuevas prácticas del consumismo del 2000: Gilt, Ruelala, Bluefly etc…

Los servicios funcionan a la perfección las 24 horas los 365 días del año (sin ir más lejos la semana pasada chatée con un asesor de Hewlett Packard a las 2 de la mañana que logró reconfigurar mi impresora desde su puesto de trabajo – fue medio impresionante cómo él operaba mi computadora desde la suya!-). Ni falta hizo que hablara con nadie por teléfono. La solución fue inmediata.  

Yoga to the People” es una cadena de institutos de yoga en donde se dictan clases que son simplemente: ad honorem! Fascinante. Y real.

Estos son sólo algunos poquitos ejemplos que sirven de respuesta a la siguiente pregunta: cómo no tentarse si uno se siente constantemente estimulado? Las opciones están todas ahí, al alcance de nuestras manos. Son muchas (demasiadas?) y van desde la más básica accesibilidad hasta la más remota exclusividad. Hay todo para todos.

Nueva York nos crea necesidades, de eso estoy convencida. No es inherentemente malo o bueno. Pero es innegable que no está tan claro dónde empieza la oferta y dónde la demanda. Y sobre todo: dónde terminan!



Paren el mundo!

01.10.10
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Después de unos días intensos con la visita de los roedores, la visita de Néstor Kirchner – a cuya charla acudí y les grabé un video completo de todo lo que dijo, pero no lo pude subir a youtube por alguna extraña razón!!-, retomé el ritmo de una estudiante cualquiera.

Ayer fui a mi clase de tecnologías (aplicadas a la industria de la moda) y salí despavorida o desorientada, quizás hasta alarmada…todavía no sé bien cuál fue la exacta sensación. Lo que sí puedo asegurar es que me quedé toda la noche pensando en lo que había aprendido. Y para no escuchar sólo mi voz resonando en mi cerebro, elegí compartirlo con ustedes:

Todos sabemos de recontra memoria que Estados Unidos, y por qué no en especial Nueva York, es el imperio del más bruto capitalismo. Y como el modelo lo predica, el bienestar del consumidor – ergo su capacidad de consumir – son pilares fundacionales de la sociedad americana. Hasta hace no muchos años atrás, le gente consumía ropa en locales, algunas veces por catálogo, o en gigantescas tiendas departamentales… Con el boom de las .com, las marcas de ropa e incluso supermercados, librerías, y cualquier tipo de negocio, se adaptaron a la hoy archi famosa “venta online”. Y aunque admito que apenas llegué a NYC me negaba a comprar con un click, hoy se me hizo una costumbre casi indeleble. Hay algo indudable: la venta online es de gran utilidad en el sentido en que le ahorra a uno tiempo.

Hasta acá estamos todos de acuerdo, no?

Ahora, diferentes usos que se le están dando actualmente a la tecnología y que serán en breve masivos – y a los cuales seguramente nos terminemos acostumbrando también-, son a mi modo de ver algo cuestionables:

En el local de Diesel de Union Square hay un espejo en los probadores llamado “The Magic Mirror” (“El espejo mágico”). No es en realidad un espejo, si no una pantalla que le devuelve a uno su imagen, como cualquier espejo común lo haría. La gran gracia de dicha máquina es la siguiente: uno se prueba un pantalón o pollera o lo que fuere, y muchas veces le queda la duda de cómo se vería de atrás. Entonces sólo basta con darse vuelta por unos segundos para que el “espejo” registre nuestra imagen desde ese ángulo. Al volver a ponerse de frente, la imagen reflejada es la de segundos anteriores, o sea, la de nuestra espalda. Ok. Hasta acá, suena a un juego bastante innovador y hasta quizás de alguna utilidad,  sobre todo si de aumentar el tráfico de clientes se trata.

En otros grandes espacios como The Home Depot (una especie de Easy, que vende todo lo relacionado al hogar), la comodidad es, sin ninguna duda, lo primero: al entrar y frente a esa enorme oferta de pisos de maderas, caños para la cortina del baño, taladros, topetinas y humanos corriendo de un lado al otro de los pasillos, lo más normal sería entrar en estado de pánico. Mas no. Uno pide un simple aparatito negro que justamente sirve para escanear todos los códigos de barra de lo que quiere comprar. Al terminar el recorrido, simplemente uno devuelve el scanner y el pedido es automáticamente entregado en su casa. Lo interesante del caso es que ayer me enteré que este sistema que acá se conoce como “self-scanning” (escanear uno mismo) ya está disponible en los celulares inteligentes, como una aplicación más! A decir verdad, todavía no lo he visto en ningún local de ropa, pero parece que en breve ni siquiera tendremos que hacer la cola para solicitar el escanner…directamente estará incorporado a nuestro celular. La vuelta de tuerca: al terminar de escanear, uno oprimirá la opción “checkout” (pagar), y nuestra tarjeta de crédito – que ya estará registrada en la aplicación – se encargará del resto. Al dejar el local, uno sólo tendrá que mostrarle el recibo o ticket virtual al señor de la puerta.

Y esto, da un poco de miedo: en unos años, las tarjetas de crédito tendrán incorporado un microchip conocido como RFID (es algo así como un código de barra pero inalámbrico – es decir, no necesita de un lector de código o escaner-, mucho más chiquito y capaz de almacenar mucha más información). A nuestra primera compra, las marcas registrarán mediante este minúsculo código datos como nuestro nombre, email, dirección, etc… y de esta manera, la próxima vez que simplemente entremos al local, automáticamente sabrán que estamos ahí adentro y es más, hasta podrán acercarse a decirnos “buen día Julieta”.

La revolución tecnológica también llegará en breve a la industria gastronómica. Adiós a ese mozo amable que nos cuenta con pasión los especiales del día! Ya existen algunos restaurants acá en NYC en los que el comensal se sienta y ordena en una mini-computadora lo que quiere comer. La orden va directo a la cocina, y en cuestión de minutos el plato está servido en la mesa.

Los grandes supermercados están considerando una tecnología llamada “Basket-at-once scanning” que trata de un escaner capaz de leer todos los productos que hay adentro de un carrito, sin necesidad de pasar uno por uno por el lector.

Pero lo más asombroso fueron las predicciones de mi profesor acerca de lo que pasará de aquí a 10 años: uno podrá estar mirando una serie cualquiera y al gustarle la remera o el pantalón de tal o cual actor, apretará tan sólo un botón del control remoto y todos los detalles como marca, talles y colores de dicha prenda aparecerán en la pantalla. Con otro simple click, uno habrá realizado la compra (otra vez, la compañía de cable, en este caso, tendrá nuestro número de tarjeta registrado).

Está bien. A todos nos interesa maximizar nuestro tiempo, porque como comúnmente se dice, el tiempo es plata. Pero, en mi humilde opinión, los límites entre los avances tecnológicos y lo que la industria – y especialmente el consumidor- necesitan, a veces se desdibujan.

Hace una década leí un libro interesante llamado Paren las rotativas, sobre la industria gráfica. Hoy pienso que más que las rotativas hay que parar….el mundo!



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Ahora sí, este es el verdadero Nueva York:

El martes a la mañana me desperté como cualquier día común y me senté en el escritorio a estudiar.

El escenario: taza de café en mano, computadora en frente, de fondo ruidos a sirenas y algún que otro taladro en la calle.

En eso mi ojo izquierdo divisa un movimiento no reconocido a menos de dos metros, cerca de la puerta de entrada. Poco intrigada giro mi cabeza, y veo un inmundo ratón del tamaño de mi mano adentro de mi propia casa!!!! Entré en estado de desesperación y salté bruscamente arriba de la silla, pegando unos alaridos que ni yo sabía que tenía adentro. Estaba literalmente al borde de un ataque de histeria.  Lo único que se me ocurrió – y admito que no fue una resolución para nada brillante – fue agarrar un zapato que tenía al lado, de taco de madera, pesado, y se lo tiré sin siquiera pensar en las consecuencias. Para qué!!!! el muy asqueroso se metió en mi placard donde guardo las toallas y sábanas! Es en esas situaciones en donde la razón ni siquiera es un componente minoritario del accionar, que me gustaría que hubiera una cámara filmando las ridiculeces que puede llegar uno a cometer: me fui arrastrando en la silla hasta la puerta y como a veces me costaba avanzar, usaba un piecito para empujarme, al mejor estilo patineta. Logré agarrar las llaves e hice un completo abandono del hogar así como estaba.

Bajé desesperada a buscar al portero y le grito “hay un ratónnnnnnnnnnnnn en mi casa!!!”. Y su reacción? Un simple “no puede ser…”, muy desganado. Yo, entre enfurecida y temerosa, le repito en un inglés muy alterado: “hay un ratón en esa casa, yo no vuelvo más, llamen a un exterminador o hagan algo YA”. Al ver que el hombre seguía sin inmutarse, tuve que intensificar la gravedad del asunto e inventar que era alérgica a los roedores (ni siquiera creo que exista algo así!).  Finalmente apareció el super intendent (algo así como el encargado del edificio). Le comuniqué la situación con la misma intensidad, y otra vez recibí como respuesta un apaciguado comentario del estilo “ah…un ratoncito…”. Un ratoncito nada!!! Me explica que el exterminador sólo podía venir los lunes – obviamente traté de convencerlo de todas las maneras que se imaginen de que venga antes… pero no hubo chance de que diera el brazo a torcer-.

Para ese entonces ya estaba un poco – sólo un poco – más calmada y me lograron convencer de que subamos a poner trampas. Eso hicimos, esperando que al día siguiente apareciera la víctima atrapada y sin salida. Los obligué a revisar todo, pero el animal ya no estaba. Seguramente salió despavorido, más aterrado que yo, vaya a saber uno en qué dirección.

Me fui a vagar por la calle, llamé a mi santa madre, maldije a cada uno de los americanos mugrientos e incluso a esta mismísima ciudad que tanto amo. Fui a la facultad y por tercera vez consecutiva los americanos se me reían de mi comportamiento que les parecía exagerado y fuera de lo común. Asombradísimos repetían una y otra vez “pero no vas a volver a tu casa hasta el lunes???”. Casi que me trataban de loca. Pero – y por suerte siempre hay dos caras de la misma moneda-  yo pienso que loco es quien comparte techo alegremente con un intento de Mickey Mouse apestoso.

Obviamente dormí en lo de una amiga. A la mañana siguiente, ocho en punto estaba en mi edificio. Subimos con el super a ver si las trampas habían funcionado. Lamentablemente el ratón que yo había visto no estaba por ningún lado. En su lugar había DOS mini ratones bebés atrapados vivos moviendo sus patitas!!!!! Ergo, con quien yo tuve contacto visual, fue con la madre de esas bestias. Una literal fiesta de ratas en mi casa!

mickey

Hice una valija en la velocidad de la luz y me mandé a mudar. Hace días que estoy boyando en lo de mis amigas, con poca ropa, pocos libros y mucho malhumor. El lunes que viene recién llega el exterminador (al cuál le pedí que trajera veneno para ballenas).

Esto es Nueva York!

Dato no menor: en la ciudad de Nueva York hay 96 millones de ratas y ratones y 9 millones de habitantes, que están totalmente acostumbrados a la convivencia. Y después me dicen loca a mí. A mí!!???



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No es novedad que en Estados Unidos, pero especialmente en Nueva York, la gastronomía ocupa un lugar privilegiado en la vida del ciudadano común. No soy fanática de lo que comúnmente se asocia con la comida  ”chatarra” americana (que por cierto, existe en demasía y es  sin duda un problema importante en la salud de los americanos), pero sí soy una gran admiradora de la variedad casi infinita de productos que se pueden encontrar en NYC. Un ejemplo que me viene rápidamente a la mente es el tetrapack de claras que venden en cualquier supermercado.

La verdad es que da tanto placer ir a ese mercado o “deli“, minúsculo, en la esquina de la casa, como al supermercado El Gauchito, en Queens, que vende productos argentinos o a Trader Joe´s, de productos orgánicos y FreshDirect, un supermercado virtual.

Algo tan aburrido como supone uno que es ir a hacer las compras, se transforma en NYC en una experiencia de felicidad.

Ahora, la nueva adquisición de la isla, ese lugar llamado Eataly, no puede pasar desapercibida. Abrió hace apenas 10 días, en la 5ta avenida y la calle 23.

Iba caminando a la facultad y vi un tumulto de gente amontonada en la puerta de un lugar que a simple vista parecía un mercado más. Casi por inercia entré a ver de qué se trataba, porque admito que me llamó la atención no escuchar de la boca de dichas personas otra cosa que “oh my god!” (Oh por Dios!).

A medida que fui avanzando, al principio con el ceño fruncido de curiosidad y luego con la boca abierta de asombro, descubrí que se trataba en realidad de un enorme espacio que se asemejaba más a un verdadero museo de la comida, que a un mercado. Recuerdo escuchar un murmullo de asombros y onomatopeyas como “mmmm” y “ohhhh”,  y observar un desorden de manos desesperadas por alcanzar cada uno de los productos que estaban tan impecablemente dispuestos en los estantes. Y el olfato!… a cada rincón, una bocanada de aire me acercaba los olores más exquisitos, algunos, que hasta no conocía.

El mercado está dividido por categorías de comida, como en cualquier lugar del mundo: dulces y heladería, pastas, panes, carnes, pescados y mariscos, salsas, aceites, sales, verduras, frutas, quesos, fiambres, etc…  Pero con la diferencia de que todo – y cuando digo “todo”, me refiero a absolutamente TODO- es de la máxima exquisitez, en el sentido más amplio de la palabra. Además de comprar lo inimaginable, uno también puede sentarse a comer en los cinco restaurants internos, o tomar un vino y pedirse una picada en las mesas comunales.

Si en los 90´ Dean and Deluca (http://www.deandeluca.com/) ocupó un lugar privilegiado en la mente de los sibaritas, Eataly, creo yo, lo ocupará en la de todos nosotros, ustedes, yo, ellos: Eataly o un punto neurálgico más de esta ciudad, una cita obligada, junto con el MOMA, Ground Zero, el puente de Brooklyn y tantos otros.



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Qué otra ciudad, si no Nueva York, para tener un boliche en el piso 20 del Standard Hotel que se llama “Le Bain” (o sea “El Baño“, en francés), que no es más que una réplica en gigante de nada más ni nada menos que un baño?

Como todo baño, tiene una gran bañadera, ubicada en el medio de la pista, para que la gente además de bailar y tomar tragos, pueda darse un chapuzón. Es insólito. Pero real.  Lo más cómico es que hay una máquina expendedora de trajes de baños y bikinis. Y por supuesto: toallas blancas para todo el mundo.

Los pisos de venecitas negras (esos mini mozaicos típicos de baño de vestuario) son el marco perfecto – entre informal y elegante- para la extravangancia de los personajes allí dentro.

bañadera sin gente

Maquina expendedora de trajes de baño

Ahora, lo que más llamó mi atención fue el baño del baño: mini compartimentos de piso, bacha e inodoro negros, con las paredes completamente de vidrio y una vista alucinante: Manhattan toda iluminada.

Me la pasé un rato sacándole fotos (claramente, no es apto para quienes sufren de vértigo…era imposible concentrarse!):

baño de vidrio

Unas escaleras psicodélicas conducían a un piso más arriba…

pasillos

Y ahí, en un piso 21, con pasto muy verde y almohadones de agua, la gente disfrutaba de una ciudad que a la hora de sorprender, no se queda corta.

terraza

Los restaurants, bares y boliches temáticos gustan mucho en Nueva York. Voy a ir haciendo crónicas de lugares, por así decirlo, “bizarros”, o al menos fuera de lo común. Como “Le Bain” hay muchos otros por venir…



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Como muchos habrán leído, hace apenas unas semanas tuvo lugar al noroeste de Pakistán una inundación masiva cuyo número de víctimas se eleva día a día de a cientos y que ya compromete la salud de 3.5 millones de niños. Como ya lo he comentado en algún post anterior, es llamativo como acá en NYC, ni bien ocurre un desastre (sobre todo natural), inmediatamente se pone en marcha un aparato solidario por demás contundente. Un sinnúmero de fundaciones y empresas privadas ya comenzaron a recaudar fondos para asistir a los damnificados. Desde canales de noticia, pasando por museos y hasta marcas de ropa. Es como si la solidaridad o beneficencia, como quieran llamarlo, tocara insistentemente a nuestras puertas con el claro fin de no pasar desapercibida.

Hace exactamente unos cinco minutos, recibí un email de una compañera Pakistaní de la facultad en el que explicaba la situación actual de las inundaciones y detallaba las diferentes maneras de ayudar. El mensaje fue enviado a todos los estudiantes de la clase y a las autoridades del máster. Literalmente en menos de 30 segundos la directora respondió con una iniciativa para recolectar cheques con donaciones. Esa respuesta veloz y sólida es un ejemplo más de cómo los americanos, aunque a veces considerados autómatas, tienen ese envidiable poder de ejecución eficaz.

En nombre de la comunidad Pakistaní (muy significativa en Nueva York, ) y sobre todo en nombre de mis amigos personales que me lo han pedido expresamente, utilizo este espacio para concientizar sobre algunas vías posibles para ayudar:

http://www.doctorswithoutborders.org/

https://my.care.org/site/Donation2?idb=2753176&df_id=7780&7780.donation=form1


Sé que la realidad Pakistaní es bastante remota y hasta ajena en nuestro país, pues no convivimos casi con personas de esas tierras y es poco el contacto que tenemos a diario con Asia. Y también entiendo que tenemos nuestras propias desgracias y miserias. Pero con que este post llegue a tan sólo una persona, y que esa persona done aunque sea unos pocos centavos, estaremos ayudando al planeta.

A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota“,

Madre Teresa de Calcuta

inundaciones



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El fin de semana conocí a una persona que está por empezar un MBA en la Universidad de Wharton en Philadelphia. Intercambiando opiniones acerca de nuestros programas, me enteré de un dato bello: en dicha institución – quizás de las más reconocidas en materia de economía- existe oficialmente la figura del “Dean of Student Life” (que vendría a ser el “Decano de la vida del estudiante”), pero que extra-oficialmente se lo conoce como “Dean of happiness”, o en español: “Decano de la felicidad“.

Instantáneamente traté de encontrarle algún significado a dicho título, pero parecía que me estaba perdiendo de algo… al ver mi evidente frustración (fruncido de ceño mediante), esta persona me explicó que el Décano de la felicidad no tiene otra tarea más que hacer felices a los estudiantes.

Si hubieran podido presenciar mi conversación con ella, se reirían. Yo no salía del asombro y repetía una y otra vez lo mismo: “pero qué, hace feliz a la gente, y punto?”. Y ella me respondía con toda naturalidad: “claro, el tipo tiene una sonrisa clavada desde que entra a la facultad hasta que se va. Siempre tira buena onda a los estudiantes…nos hace felices, se preocupa por que nos divirtamos, por que la pasamos bien”.

Soy yo o ustedes tampoco habían escuchado un Decano como tal?

Admito que la idea me parece brillante. Las sonrisas son contagiosas. La felicidad, regenerativa.