
El eterno desafío de querer cambiar el mundo se renueva cada día cuando abrimos nuestros ojos. Desde que nos despertamos hasta que nos acostamos, se nos presentan un millón de oportunidades para que esto de HACER UNA DIFERENCIA pase de ser una UTOPIA a una REALIDAD consciente, elegida, sostenida y compartida.
Por momentos, se presentan ocasiones trágicas o excepcionales en las cuáles podemos sacar a relucir nuestra máxima expresión de la empatía. Con las INUNDACIONES, millones de argentinos se “solidarizaron” con la situación de los damnificados y se movilizaron para sacarlos de una situación de emergencia.
Pero para CAMBIAR EL MUNDO se necesita mucho más que un espasmo solidario, se necesita un compromiso a largo plazo, un cambio de actitud frente a la vida, frente a las necesidades del otro, se trata de vivir de manera responsable en cada cosa que hagamos.
Acá les dejo dos reflexiones sobre la actitud de los argentinos frente a las inundaciones que valen la pena leer.
La otra solidaridad por Sergio Sinay
Con el agua llegó también la solidaridad. No es una frase original. En estos días trágicos se han agotado, por otra parte, los títulos y modos de señalar la oleada solidaria hacia las víctimas de las lluvias e inundaciones. En un país que periódicamente es herido por desdichas casi siempre previsibles y muchas veces evitables, la solidaridad, como las mareas, vuelve una y otra vez a las costas. No sólo se manifiesta como fenómeno social, sino también como hecho mediático de alto rating (durante el cual el periodismo, sobre todo el audiovisual, vuelve a mostrar su actual devaluación, su desconcierto, su confusión entre espectáculo e información, entre obviedad y profundidad). En las aguas revueltas se confunde la solidaridad permanente, silenciosa, organizada y esforzada de muchos con la solidaridad espasmódica, exhibicionista y hasta utilitaria de muchísimos otros. En esta confusión se genera la ilusión de que “somos una sociedad solidaria”. Este tipo de declaración, repetida y amplificada miles de veces, calma la conciencia de muchísimos, mientras otros (dejados de la mano de autoridades irresponsables, corruptas e inmorales, usados para el proselitismo vil de militantes oportunistas) ven ahogados a sus amigos, a sus seres queridos, a su presente y a su futuro.
Un país en el que un funcionario (Daniel Coroli, Autoridad del Agua de la provincia de Buenos Aires) puede pronunciar impunemente una frase tan canalla como “Es mejor pagar indemnizaciones que hacer obras costosas” (ver Clarín del 18 de mayo de 2008), y en el que otro funcionario pudo decir que el accidente del tren de Once hubiera dejado menos víctimas si hubiese ocurrido en un día feriado, es un país condenado a nuevas tragedias que se parecen mucho a asesinatos colectivos. Esos funcionarios no hablan por sí mismos, reflejan una ideología, un paradigma. El de quienes gobiernan con desprecio absoluto por la vida humana. Un desprecio imperdonable en cualquiera, pero mucho más imperdonable en quienes ante la sociedad sólo tienen responsabilidades y deberes, y nada más que responsabilidades y deberes. Quien elige gobernar o formar parte de un gobierno (nacional, provincial o municipal) haría bien, y contribuiría a ahorrar daños y vidas, si recordara eso: que sólo tiene responsabilidades y deberes. A la luz de lo que se ve en estos días todos ellos lo han olvidado. Todos. Sin distinción de jerarquías y jurisdicciones. Imperdonablemente.
No es la primera vez. Terrible, amarga y tristemente, tampoco será la última. Que alguna vez lo sea, no dependerá de que estos personajes tomen conciencia. Como el escorpión, jamás traicionarán a su naturaleza. No lo harán. Que alguna vez sea la última dependerá de una sociedad que tras sus raptos solidarios suele regresar (con excepciones honrosas y numerosas, pero no suficientes todavía) al interés personal, al egoísmo, a votar por la propia comodidad a desentenderse de lo común y colectivo, al patriotismo fácil. Si se practicara la solidaridad cotidiana de respetar normas, leyes y reglas, de respetar al otro en la vida y los actos de todos los días, de honrarnos mutuamente en cada conducta laboral, ciudadana, personal, barrial, familiar, pública o privada, íntima o social, quizás otros gallos cantarían, no llegarían a los gobiernos quienes hacen cálculos miserables, las lluvias nos encontrarían mejor guarecidos y los trenes frenarían donde deben. Harían falta también menos festivales solidarios. ¿Es necesario un festival para ser solidario, no se puede serlo en silencio, a cambio de nada y no a cambio de un show musical? ¿No hay un secreto parentesco entre esas conductas y las de gobernantes y funcionarios que muestran su “solidaridad” en fotos y filmaciones?
Respetar reglas de tránsito, no arrojar basura en las calles, cuidar los espacios públicos, no estacionar en las bajadas para cochecitos y sillas de ruedas, no manejar hablando por el celular o enviando mensajes de texto (eso pone en peligro otras vidas), respetar velocidades máximas, ceder un asiento, no adelantarse en las colas, pagar impuestos, no coimear, no explotar a quien trabaja para uno, no mentir para sacar ventajas, respetar las ideas que no concuerdan con las propias, tomarse el trabajo de leer programas, votar con conciencia, no callar ante las injusticias cotidianas y, cuando llega el caso, dar no aquello que nos sobra, sino algo de lo que nosotros mismos necesitamos (como decía Khalis Gibran). Son apenas algunas sencillas maneras de ser solidarios en el día a día, no en el espasmo de la tragedia. Seguramente hay muchas más. Las hay. Cada uno puede engrosar la lista. Y ponerla en práctica. Para que la solidaridad que viene con el agua no se vaya también con ella. Y para que no se lleve la memoria.
Un país que se mira en espejos deformantes por Fernanda Sandez | Para LA NACION
Y vamos, y corremos, y socorremos. Que agua, que pañales, que ropa. Que “Yo fui”. Que “Yo también”. Nos miramos entre nosotros, encantados. Y nos convencemos: este país tiene futuro. Tan solidarios, todos. Tan buena gente. “Somos”, pensamos. Y somos en plural y somos muchos, y buenos, y brotan las palabras que tanto nos gustan (“pueblo”, “abrazar”, “ayudar”) y por unas cuantas horas que a veces son días -pero que nunca llegan a una semana- nos sentimos reivindicados.
Y vamos, y corremos, y seguimos corriendo. Que el semáforo en rojo, que el peatón, que qué me importa. Que “Yo no fui”. Que “Yo tampoco”. Nos miramos entre nosotros, espantados. Y nos convencemos: este país no tiene futuro. Tan egoístas, todos. Tan mala gente. “Son”, pensamos. Son ellos, no yo. Yo soy otra cosa. Yo, argentino. Y brotan las palabras que tan poco nos gustan (“ellos”, “pelear”, “dividir”) y por unas cuantas horas que a veces son días -y siempre mucho más que una semana, porque crecimos escuchando eso- nos sentimos el peor país del mundo.
En el medio debe haber algo, alguna otra cosa. Ni tan optimista ni tan catastrófica. Un espejo menos bondadoso y también menos cínico. Pero ¿cómo transitar por ese medio si hace rato que no pasamos por allí? Lo nuestro es la gloria o la caída, la gesta o la abyección. Antes del gran agua, de hecho, veníamos de unos cuantos días de autofestejo: que la reina, que el Papa. Entonces llegó la lluvia a empaparnos los pies. A mostrar en qué clase de calabaza andábamos viajando.
Ya nos pasó. Y ya nos volverá a pasar todo: el baile, la fiesta, las doce de la noche y el fin del sortilegio. Quizá por eso la frase de Ricardo Darín -definió a la Argentina como “un país niño”- molestó tanto. Porque estaba en lo cierto. Porque amamos los cuentos de hadas, de héroes y salvadores. Siempre es lo mismo: un restaurador, un conductor, un amado líder, un héroe colectivo. Y, si no lo hay, nos encantamos solos con nuestro propio y distorsionado reflejo. Un país con buena gente. Que la hay, sin duda, y a montones, y que suele multiplicarse por miles cuando las circunstancias así lo demandan. Pero el impulso solidario del momento no puede -ni debe, en alguna medida- sostenerse en el tiempo ni reemplazar otras cosas. Para eso existe otra instancia. Y esa instancia se llama Estado. La red invisible que sobrevive a toda catástrofe y se ubica más allá de voluntarismos y coyunturas. Más allá de cada uno y más cerca del nosotros.
Natalia, vecina de Floresta e inundada por asalto, mira el cielo plomizo con desconfianza y se permite, después de tantas lágrimas, una ironía. “Es muy conmovedora la solidaridad, pero no nos protege de las próximas lluvias”, dice. Y está en lo cierto, porque quien sí puede hacerlo tiene un nombre mucho menos bonito y fue, por años, torpedeado discursivamente primero y desmantelado en los hechos, después. El Gobierno habla, como de un paciente gravemente enfermo, de su “recuperación”. Pero que personas como Natalia sigan tratando de leer su destino en el color de las nubes dice alguna otra cosa. Que todavía no hemos logrado recuperar realmente ese todo que es de todos, por ejemplo. Que -demasiado a menudo- seguimos sintiéndonos de visita en nuestro país y mirando, extrañados, eso de lo que alguna vez nos sentimos orgullosos. Pero, y sobre todo, que a la hora de la verdad y los remolinos, con las buenas intenciones nunca es suficiente…
¿QUE OPINAS DE LOS ARTICULOS DE SINAY Y SANDES?¿TE PARECE QUE LOS ARGENTINOS NOS QUEDAMOS EN MERAS INTENCIONES?