El toqueteo tiene su protocolo

 

Suelo tocar bastante a las personas, bueno, a ciertas personas. A veces conversando con alguien agradable me veo tentada de pasarle la mano por el hombro o tomarlo del brazo, distraída. Digo error pues no se me había ocurrido que ese gesto inofensivo a muchos individuos les puede caer mal. Y si lo pienso, es razonable. El toqueteo es un gesto confuso. Por ejemplo, puede confundirse con deseo. Me ha pasado con una prima homosexual a que la aprecio mucho y hacia tiempo no veía. Cuando nos reencontramos años atrás sentí una enorme alegría y tal vez me pasé de amorosa, pero nada más. Tengo un conocido que me franelea apenas puede y sin ninguna intención, lo hace de cariñoso y confianzudo, como yo.

Pero esto que es una manifestación natural de ciertas personalidades ha sido objeto de estudio en la Universidad de Oxford, tan luego. Un grupo de investigadores de esta prestigiosa casa de estudios, en colaboración con la Universidad Aalto de Finlandia, consultó a unos 1300 hombres y mujeres de cinco continentes a fin de elaborar un mapa de los tocamientos que producen placer y los que incomodan, digamos, una cartografía que nos revela donde y qué tipo de roces son pertinentes en cada quién, según sea el tipo de vinculo social. Un protocolo de caricias (para ahorrarnos cachetazos).

….todo tuyo, menos el alisado permanente sunshine

Los consultados tuvieron que indicar con distintos colores las zonas del cuerpo suceptibles de ser rozadas sea por parientes, ignotos y parejas, y cuales eran las consideradas tabú. Las conclusiones no fueron sorprendentes. Por ejemplo, a las mujeres no les gusta que un hombre desconocido las toque, los ingleses son los más ariscos, incluso con sus parejas; los italianos tampoco se sienten cómodos si los manosean sin pedirles permiso, mientras que los finlandeses en general son los mejor dispuestos a las demostraciones físicas.

Digamos que aunque queremos que nos den cariño, nada será sin respeto. Por eso mismo, y ya que estamos, agregaría algunas sugerencias a este delicado manual, pues no hay nada más elocuente y peligroso que el tacto. En lo personal creo que nadie tiene derecho a tocarte el pelo ni acomodarte el peinado, ni tu mamá ni tu novio y menos que menos alguien a quien nunca antes viste en tu vida. La melena es sagrada, más con lo que cuesta la peluquería en estos tiempos. Eso se extiende a la cabeza en general y sobre todo al cuello, pues nunca faltan esos masajistas furtivos que en una reunión social asaltan cervicales desprevenidas para amasarlas, romperlas y de paso echar una mano. Para eso están los kinesiólogos.

Tampoco está bueno que en una primera cita el desconocido empiece a sobarte la pierna mientras conversan, o que te lleve por la calle tomada de la cintura, básicamente porque se trata de áreas erógenas. Y en verano yo suelo huir de los abrazos a lo oso, porque… ¿a quién le gusta que le apoyen el sobaco transpirado?…

Son detalles, no sé.