Pocas cosas más divertidas para quien mira TV de forma compulsiva que ver reconocido por los especialistas a su ciclo preferido. Claro que casi nada de eso ocurre en los Globo de Oro, un poco porque de lo de “especialistas” no es muy exacto y, otro poco, porque sus gustos y lo de los televidentes argentinos suelen tener escasos puntos de contacto. Pero bueno, peor es no tenerlos (y despotricar contra los Emmy, algo que guardaremos para otra ocasión.)
A continuación, para que preparen sus boletas, las categorías televisivas y sus posibles candidatos (y ganadores morales según nuestra modesta opinión).
MEJOR DRAMA
BOARDWALK EMPIRE (HBO)
DEXTER (MOVIE CITY)
THE GOOD WIFE (UNIVERSAL)
MAD MEN (HBO)
THE WALKING DEAD (FOX)
La Asociación de Prensa Extranjera, como bien dice mi compañera Natalia Trzenko, suele preferir para cerrar sus categorías una combinación de ciclos pop y de éxitos de crítica, logrando con ambos la mejor mezcla de estrellas posible para su ceremonia de premiación. Y algo así ocurre aquí: a ficciones ampliamente merecedoras del lauro mayor (sí, The Good Wife, ganadora moral aunque seguramente perderá), le suma otros dos con mucho peso de la crítica (aunque sobrevalorados, como es el caso de Dexter y Mad Men, ésta última la casi segura ganadora) y cierra con los dos más sólidos estrenos del año, Boardwalk Empire y el ultrapop The Walking Dead. Estos dos últimos, además, tienen garantizada su segunda temporada desde su debut, con lo que la HFPA asegura no premiar a ciclos que para la ceremonia del 16 ya no estén en el aire (no molesta en el caso de la primera el kilaje hollywoodense de sus astros, lo que la hace susceptible de dar el proverbial batacazo).
Para quienes se preguntaban qué era todo ese twitteo sobre Game of Thrones, la serie que HBO pondrá al aire en abril próximo, aquí va un corto de 10 minutos que explica no sólo de qué va la historia y quiénes son sus personajes (y los actores que los interpretan) sino también se plantean algunos de los problemas que tuvieron y tendrán sus productores para llevar las hasta ahora cuatro kilométricas e imperdibles novelas fantásticas de George R. R. Martin a la pantalla chica, conocidas colectivamente como A Song of Fire and Ice (hasta donde sé, los tres primeros libros están editados en castellano; el primero, Juego de tronos, es la base de la primera temporada de la serie).
Para quienes puedan seguirlo en inglés, aquí va el video:
Para quienes no –o para quienes el preview les despertó la curiosidad–, aquí va una somera sinopsis de la historia de Westeros, donde transcurre buena parte de la historia de Game of Thrones, epicentro de la lucha intestina por el poder que está en el centro de la novela y la serie (no por nada solían definir al proyecto como “Los Soprano medievales”).
Rodrigo de la Serna en Contra las cuerdas, la novela suburbana que Canal 7 estrena el martes (On TV)
Los televidentes no son los únicos que tachan fervorosamente los días del calendario que restan para concluir 2010. Los programadores saben que en los próximas semanas tendrán que terminar de ubicar en el tablero las fichas con las que jugarán la partida del verano, lidia de la que, si salen victoriosos, definirá buena parte del otoño también.
Así que estas últimas semanas serán las últimas de frenéticos anuncios televisivos para caer en la placidez del enlatado. La primera parada será el martes, con el comienzo de Contra las cuerdas, la novela antes conocida como Conurbano –que ahora protagonizan Rodrigo de la Serna, Maxi Ghione y Soledad Fandiño morocha– que se verá tres días por semana en Canal 7 (el Espía en el set de la serie, por Victoria Pérez Zabala, aquí). Hay bastantes esperanzas por conocer el resultado final tras tantas idas y venidas estéticas, autorales y políticas –provocadas por la quiebra de Rosstoc y la subsiguiente aparición de On TV como realizadora– y, por supuesto, descubrir si esta será la verdadera “novela de la provincia” realista que enfrentará al costumbrismo pop de Pol-ka.
Federico Amador, Marcela Kloosterboer y Luciano Castro, en Herederos de una venganza (El Trece)
Para enfrentarla, El Trece apostará por los tramos finales de Malparida –donde cada vez es más improbable pensar en un final feliz para la pareja, dado que ella acumula tres docenas de asesinatos que deberá pagar, al menos con una amnesia total– y lanzará Herederos de una venganza, novelón al estilo Valientes ambientado en la industria vitivinícola, con Luciano Castro y Marcela Kloosterboer y Los únicos, la comedia de acción protagonizada por Griselda Siciliani y el dúo Nicolás Cabré-Mariano Martínez, que retomará la línea estilística de absurdo kitsch que tanto resultado le dio a Sin código.
Telefé, por su parte, apuesta todo a una dupla ficcional que sólo podría convivir en ese canal: El elegido y Un año para recordar.
Hoy escribí en el diario un adelanto de lo que se puede esperar esta noche de La ley y el orden: Los Angeles, la más reciente encarnación del universo L&O y su interesantísima puerta giratoria actoral (una suerte de compañía de repertorio televisiva, donde los personajes y sus actores aparecen aquí y allá en las historias, uniendo cabos sueltos, interesando al público en cada uno de sus desprendimientos, y haciendo que los fanáticos se desesperen por saber algo sobre quiénes son los personajes realmente…y fracasando en el intento).
A diferencia de muchos de los ciclos que nos ocupan por estos días, LOLA no se distingue por su originalidad, sino precisamente por lo contrario. Como su “nave nodriza”, como le saben decir en los Estados Unidos, cada encarnación de La ley y el orden entrega lo que promete, semana a semana. Nada más, es cierto –que no se pida circunspección política o desarrollo de sus personajes, diálogos agudos o sutileza–, pero tampoco nada menos, algo que por tratatrse una premisa con más de veinte años de aire y varios centenares de episodios combinados en total, no es poco decir.
Redondo, contundente y unitario, continúa entregando satisfacciones a quienes –y son muchos– no tienen tiempo ni ganas de seguir una historia a lo largo de largas temporadas y prefieren acomodarse en el sillón, prender la tele, descubrir que la estrella invitada del día de hoy no puede sino tener algo que ver con el crimen, y 42 minutos después, irse a dormir con el cerebro efectivamente purgado de todas sus preocupaciones diurnas.
Es, nada más y nada menos, que el policial como exorcismo mental.
Para quienes aún velan a La ley y el orden –que tuvo el mal tino de terminar justo cuando concluyeron Lost y 24– una sentida despedida de su multitudinario elenco.
Yo, personalmente, prefiero Criminal Intent y el festival de tics de su obsesivo detective Goren (que regresará para el final de la historia, junto con su mini me, la detective Eames) ¿y ustedes?
Escribí en el diario (aquí) un análisis de algunas de las razones del éxito de Glee, que regresa esta noche, a las 22 a la pantalla de Fox (precedido de un episodio de Los Simpson que tiene a tres de sus protagonistas como invitados, que se verá con sus voces originales).
El primer capítulo de su segunda temporada trae de regreso a los personajes con una simpática recapitulación que permitirá que cualquiera pueda seguir la historia desde aquí. De hecho, no hay mucha trama que seguir en este comienzo –los cambios más importantes en el coro New Directions son “analizados” por Jacob Ben Israel, el blogger que toma la voz de los fanáticos, o Gleeks– más que la siempre divertida aparición de una rival para Rachel (Cerise) y el cover de “Telephone”, de Lady Gaga.
Los ojos de los seguidores están más atentos al segundo episodio, aquel de Britney, aunque los mejores momentos pueden encontrarse, para quienes lo siguen en versión dos punto cero, en el capítulo “Duets” y, créase o no, en el estupendo “The Substitute”, en el que Gwyneth Paltrow se reconcilia con el mundo (ver “Forget You”, de Cee-Lo, que nos tiene cantando en la redacción desde hace una semana: ¡los desafío a que no se les pegue!).
Me encantaría saber por qué creen que la serie funciona tan bien. Una de las razones para iniciar la conversación: es una de las pocas ficciones que padres e hijos pueden compartir y disfrutar por igual.
Los norteamericanos se toman el humor muy en serio.
Tanto, que hasta tienen un premio nacional, el Mark Twain, dedicado a quienes hacer reír mejor y más seguido a sus compatriotas. Tina Fey (nuestra Tina Fey, si se nos permite la familiaridad), con 40 años, es la ganadora más joven del premio.
Lejos de la caricatura: Fey en el escenario del Kennedy Center
Nos quedaremos con ganas de ver el especial que la cadena pública PBS emitirá este fin de semana (o no, ustedes dirán) que mostrará la ceremonia de entrega del premio, del que participaron ganadores anteriores como Steve Martin y colegas de Fey de la época de SNL como Amy Poehler y Jimmy Fallon.
En una entrevista previa, una muy seria Fey explicaba que no creía que su radiográfica imitación de Sarah Palin fuera su aporte definitivo a la comedia norteamericana salvo que la ex gobernadora de Alaska llegara de algún modo a la Casa Blanca. Y que, si así fuera, las cosas irían tan mal que Tina Fey y sus aportes a la cultura popular pasarían a quinto plano.
Desde aquí tampoco creemos que sus incursiones en el humor político sean definitorios para la historia de la televisión de los Estados Unidos (aunque elegiríamos la rutina feminista “Bitch gets the job done” entre su Palin y la Hillary Clinton de Poehler como un mejor ejemplo).
Si Tina Fey pasa a la historia de la pantalla chica, lo hará por Liz Lemon, un personaje capaz de encarnar lo más patético y sublime de aquello de la “experiencia femenina”. Fey, tanto como guionista como como intérprete, carece de miedo al ridículo y, como consecuencia, su comedia es casi vanguardista en su anárquico ritmo y su repertorio cultural (el tamiz que hace que falle tan poco es el finísimo sentido común de su responsable para asesinar cualquier intento de preciosismo o vanidad ).
Como Mary Tyler Moore, como Murphy Brown después, como Ally McBeal, Lemon es no es una versión idealizada de lo que aspiramos a ser por estos días, sino de lo que estos días nos han terminado por convertir (sin la rutina repetitiva).
Sólo por eso –por humillantes confesiones públicas como “a veces hago pis en la ducha, pero sólo cuando estoy demasiado cansada” y por los pequeños triunfos en privado– Tina Fey ya nos ha ayudado a ganar la partida.
Zombies. Mundos paralelos. Apocalipsis. Lavado de cerebro. Niños muertos. ¿Quién se hubiera imaginado que estas cosas iban a ser cosa común en la TV norteamericana? Pero, como insistimos una y otra vez, el éxito es cuestión de talento y no de familiaridad.
Por eso, temáticas, géneros y personajes como los que conforman la columna vertebral de Fringe (que volvió el martes a Warner con una temporada que amenaza quedar en el recuerdo; más sobre ella en un ratito) antes eran patrimonio exclusivo de nerds, geeks y fanáticos de la ciencia ficción más dura, y ahora son cómodos habitantes del horario central televisivo, donde le dan pelea a los dramas más complejos y tradicionales por una audiencia ávida de grandes historias y personajes apasionantes, no importa en qué registro.
Este corrimiento de los bordes del mainstream de la pantalla chica –que, en realidad, habla de una desaparición de géneros en el sentido estricto– es el que ha hecho posible el arribo de un programa como The Walking Dead (que estrenó el lunes en Fox). Si bien llegaba al cable anunciado como “la serie de zombies”, el ciclo de Frank Darabont terminó confirmándose como un drama apocalíptico-familiar más cercano en tono a la película La carretera –aquella con Viggo Mortensen sobre la novela de Cormac McCarthy– que al terror los muertos vivos de George Romero. Pero que hay zombies, los hay: son muchos, bastante bobos y mueren de las formas más asquerosas, una y otra vez (para los/las impresionables, es una serie cinco reliveranes).
Contra los pronósticos de propios y ajenos, Hugh Laurie y Lisa Edelstein (los doctores House y Cuddy) lograron eludir no sólo el cliché edulcorado de la consumación del amor sino también lograr que en ese mismo sinceramiento, lejos de destruir toda intriga sobre su destino, deja caer un nuevo manto de incertidumbre sobre el derrotero de ambos personajes. El jueves (SPOILER ALERT), tras un momento de delirio amoroso, él fue el primero en sincerarse en que no esperaba que lo suyo durara, precisamente porque es como es y ella también. Pero en una escena fantástica, ella lo convencía de que precisamente porque era como era, es que ella estaba con él. Pero cuando se cerraba la puerta, la notable Lisa Edelstein dejaba en claro, con un sólo músculo de la cara, que las cosas no serían sencillas para nadie.
Fue un regreso glorioso para House, pero habrá más aún, ya que la serie mostrará cómo “blanquean” la relación ante Wilson y la hija de Cuddy (sus respectivas familias), sus compañeros de trabajo y, finalmente, ante sí mismos, en una seguidilla fenomenal de capítulos que no hacen sino mostrar que todavía tienen mucha tela para cortar sobre sus personajes de siempre (es bueno ver a Lisa Edelstein demostrar que puede enfrentar a Hugh Laurie con sus mismas armas, ver video con sus mejores “intercambios”).
El altísimo nivel que demuestran serie ya veteranas como ésta, como la comedia 30 Rock (la mejor por lejos en este momento en el aire, que ya está en su quinta temporada, una enormidad para un género tan efímero) demuestran la mediocridad de la mayoría de los estrenos de este año, en el que algunos elementos interesantes o tono amable pasan como un hallazgo en un mar de productos genéricos.
Cómo comparar, después de todo, las novedades de este año con lo que logran ficciones como Fringe (que pasado mañana, martes, regresará a Warner con su imperdible tercera temporada, sobre la que hablaremos largo y tendido) y The Good Wife que en su segundo año –estrena el miércoles 10, por Universal– en el aire ostenta mayor madurez en sus tramas y complejidad en sus personajes que lo que soñaría el resto de los ofrecimientos catódicos. Para quienes los esperan con denuedo, un avance de ambos. Y del resto, muy poco, Grey’s Anatomy y Desperate Housewives, en vena melodramática; Community en la cómica; Glee, en la juvenil-musical, y ustedes me dirán cuáles más. Pero son más bien pocas.
Comentamos el final de la primera temporada de la serie protagonizada por Julianna Margulies, aquí, para quienes necesitan ponerse al día.
Pasarán bastantes días hasta que pueda aportarse algo más por escrito a la ráfaga de imágenes (televisivas, personales, emotivas) que marcaron la semana que terminó, sobre lo que escribieron extensamente y a medida que se lo veía en pantalla Pablo Sirvén –aquí– y Marcelo Stiletano –aquí –.
Baste con decir entonces que la muerte de Néstor Kirchner ratificó aquellas impresiones que dejó la sobria transmisión trasandina del rescate de los mineros chilenos hace pocos días. Más allá de las diferencias y particularidades en las coberturas de cada uno de los canales y las señales de noticias a la hora de reflejar el anuncio de su muerte en El Calafate, el velatorio en la Casa Rosada, la caravana hacia Aeroparque y el posterior entierro del ex presidente en Santa Cruz, la TV demostró, ahora con un ejemplo infinitamente más próximo y triste que el primero, que como medio masivo de comunicación no tiene reemplazo. Por todo el énfasis en la inmediatez de la Web y la participación de las redes sociales —que ciertamente han crecido como herramienta informativa hasta transformarse en ineludibles– a la hora de narrar dramas nacionales (en el sentido de situaciones límite en desarrollo en la pantalla que tienden a involucrar emocionalmente a gran parte del público de un país), la pantalla chica domina el inconciente colectivo.
La capacidad del medio de relatar en primera y tercera persona a la vez fue puesta en práctica con todos sus bemoles en las largas horas que, en cadena, todos los canales transmitieron una única señal, aquella de Presidencia de la Nación que mostraba el interminable desfile de gente común, políticos y famosos ante el féretro presidido por la Presidenta y sus hijos.
A pesar de que, técnicamente, las cámaras oficiales podrían haber estado mejor ubicadas (sólo se pudo dar una idea de la disposición del espacio gracias a las fotos, ya que no había cámaras en altura y las que había tenían planos idénticos), la mayoría de nosotros pasó largas horas contemplando esas imágenes de dolor y de esperanza, de política y de filosofía, de conocidos y extraños, que revelaban más del calidoscopio de respuestas humanas ante de la muerte que toda la grilla televisiva de un año completo. Por eso, es muy probable que dentro de varios años, cuando alguien nos pregunte dónde estuvimos cuando murió Kirchner, seguramente, más allá de nuestros recuerdos personales, responderemos que estábamos mirando televisión.
Me encantaría saber qué imágenes les han quedado grabadas de la transmisión de las exequias.
Nucky Thompson, el político corrupto que interpreta Steve Buscemi en la flamante Boardwalk Empire, es una muy bienvenida adición al elenco estable de la TV paga. Pero lo que realmente aplaudimos en el piloto de la serie, que anoche estrenó HBO, es la mano maestra de Martin Scorsese, quizá el más esperado debut en la pantalla chica en muchos años.
Y la buena noticia, para quienes no la vieron (cuidado con los spoilers, en ese caso), es que Scorsese dirigió el primer capítulo del programa que también produce, exactamente como una película (las cortinillas del cierre fueron las mismas que usó en La edad de la inocencia, ¿se acuerdan?)
No es por desmerecer el resto de la ficción: a pesar de carecer el punch emocional y estilístico de Los Soprano (quizá porque mucho de lo bueno aquí es precisamente lo bueno de esa serie, un deja vu que se acentúa con el correr de los episodios, a la vez que el ciclo comienza a levantar vuelo propio), Boardwalk tiene una historia interesante, personajes torturados y conflictos claramente delimitados, así como una ambientación que quita el aliento (ver videos).
Pero al menos a quien esto escribe le extrañó la falta de sorpresas, de un punto de vista original, de elecciones viscerales y polarizantes. Todo estuvo bien. Y ya. Aunque claro, las inevitables comparaciones con el ciclo que la precedió no juegan a su favor: si fuera parecida, porque es parecida; si es distinta, porque no es Los Soprano. Seguramente su gran desafío es hacernos olvidar por completo de su existencia a la hora de mirarlo. Algo que, a la altura del tercer capítulo, ya comienza a vislumbrarse. Pero volvamos al principio.
Nací en 1976. Estudié televisión. Trabajo como periodista desde 1994.
Mi mail es dgrana@lanacion.com.ar. Amén de la paz en el mundo, el otro gran deseo que no viviré para ver cumplido es encontrar algo para ver los fines de semana.