Seguramente muchos de ustedes ya lo veían venir. Para el resto, ésta es una despedida, esperemos que temporaria nomás. Un año, 87 posts, 435 comentarios y miles de spams después, Señal de ajuste se retira del éter cibernético. La razón es evidente: falta de tiempo para hacer las cosas como deben hacerse aquí.
Me encantó hablar de TV con ustedes y lo seguiré haciendo a través de twitter (@doloresgrana), el mail y claro, las páginas del diario. Les agradezco los comentarios y las opiniones inteligentes y apasionadas sobre lo que más les gusta y sobre lo que detestan y ojalá que las sigan manteniendo y refinando en lanacion.com.
Para quienes pensaban que el cable no mantiene sus promesas: estaban equivocados. Este fin de semana, como todos los años desde tiempo inmemorial (más o menos dos décadas), la siempre atractiva señal
Keith Carradine y Timothy Oliphant en Deadwood
TCM emitirá lo mejor del cine bíblico, con Quo Vadis? (mañana sábado, a las 16) y Rey de reyes (domingo, a las 16)
Pero para quienes no están para desventuras de gente en toga, este fin de semana largo puede ser el mejor momento para descubrir Deadwood, el duro pero brillante western de HBO sobre los inicios del pequeño pueblo del título, que vive y muere al compás de la fiebre del oro.
Las tres temporadas de la serie de Walter Hill, una de las más originales y arriesgadas de la década que pasó, se ven todos los días en TCM, hasta el 7 de mayo, a las 0.30.
Y si los Evangelios y el western fallan, ¿qué tal los siempre optimistas Hart, detectives de crímenes inofensivos? Verlo por estos días –de lunes a viernes, a las 10– es descubrir la enorme deuda de encantadoras series como Castle tienen con ella y Remington Steele. ¿Para cuando Scarecrow and Mrs. King, TCM?
¿Qué otra serie añeja que hace tiempo no está pantalla les gustaría ver?
No es muy complicado seguir las tendencias en la TV. Bastante más difícil es poder analizarlas, porque muchas de ellas son tentadoramente cercanas al efecto contagio de una gripe común: a un productor se le ocurre una idea, la vende muy bien, consigue buenos actores y otro productor dice “Epa, esto suena bueno, ¿qué tenemos parecido?” y hace otro tanto y aquí estamos.
Ahora, “la” tendencia en la TV norteamericana, aunque parezca ridículo, es la Edad Media. Y hablamos de un Medioevo de la pantalla, así que sus coordenadas temporales son más bien confusas, por no decir ridículas. El fenómeno sí tiene una arista interesante, casi política digamos, centrada cuál es el distanciamiento necesario (en siglos) para poder interpelar a lo que tranquilamente la TV califica de sociedad decadente de nuestros días.
No hay espacio para idealismos ni para colectivos abnegados ni para pensamientos del bien común en dos de las mayores apuestas (en términos de producción y alcance de su historia) del cable norteamericano, Los Borgia (ya comprada por I.Sat) y Camelot. Sólo la posibilidad del poder absoluto y su consiguiente corrupción completa. Lo demás, son sólo decorados, y sus vidas, meros extras.
Por supuesto que ambas series tienen diferencias, y muchas, aunque detrás de ambas se encuentra la mano y la pluma de Michael Hirst, creador de Los Tudor y visionario a la hora de pensar cómo el género humano y sus pasiones permanecen incólumes a lo largo de los siglos (en una entrevista reciente, me confirmó que había abandonado ambos proyectos por las diferencias.
En Los Borgia, quizá la más redonda de las dos, todas las virtudes se llaman Jeremy Irons, que ataca el papel de Rodrigo Borgia (el papa Alejandro VI), con un entusiasmo y un respeto que hacen brillar el desbordante relato que creó Neil Jordan para la pantalla chica. Y toda la ampulosidad visual y meticulosa reconstrucción –incluyendo unos bien feos efectos visuales– del Vaticano del siglo XV, donde esta familia de extranjeros españoles logra llegar a la cima del poder temporal y religioso por cualquier medio disponible (y créanme que son muchos), palidece frente al cambiante retrato de Irons de un hombre fascinante, repulsivo y digno de lástima, atrapado por sus debilidades y amo de las de los demás, que finalmente descubre tener una conciencia cuando menos la necesita.
Es un personaje memorable y el sólido elenco que lo acompaña (Joanne Whalley como la astuta pero muy humana madre de sus hijos, Derek Jacobi como un cardenal rival) no hace más que poner de relieve la humanidad de un personaje hace mucho relegado a una caricatura de la historia.
Dado el ya confirmado retorno de Fringe para el año próximo (con una temporada completa de 22 episodios, nada menos) se vuelve aún más apremiante la campaña mediática para conseguir más espectadores para la –me la juego, sí, fanáticos de Mad Men– mejor serie en pantalla hoy en día.
Y qué mejor forma de ingresar al doble universo de la ficción que con ”Sujeto 13″, un episodio singularmente triste de Fringe, que sirve como compañero y espejo tanto de “Peter” como the “Tulipán blanco” de la temporada anterior. Aquí, lo que se narra es la desesperada infancia de Olivia Dunham y su primer encuentro con el doctor Bishop (John Noble, el único integrante del elenco que aparece en este capítulo) en la base militar de Jacksonville donde es sujeto de los experimentos del científico junto a otro grupo de niños, que con el correr de los años hemos visto morir y matar en la serie gracias a sus efectos colaterales y evidentes traumas.
Pero, además de respuestas acerca de lo que diferencia a Olivia de la otra Olivia, se descubrirán otros encuentros inesperados que cambian lo que creemos sobre el presente –nada es permanente en el mundo de la serie, ni siquiera el pasado que vivimos– y, por supuesto, unas cuantas dudas nuevas, que espero poder comentar con ustedes cuando termine el episodio, sobre todo en cómo astutamente Fringe prescinde de tomar partido en la eterna dicotomía de si quiénes somos (hasta a nivel molecular) está determinado por nuestra naturaleza o nuestro entorno, por ambos o por ninguno
Pocas series son capaces de ofrecer tantas preguntas, y en tantos registros, que nos interpelan sobre el mundo que vivimos (estudiantes allá afuera, ¡aprovechen! Fringe es el nuevo X Files a la hora de las tesis!)
Me quedé pensando en algunos conceptos vertidos por el siempre inquieto Sebastián Borensztein en la muy buena entrevista que le hizo Claudio Minghetti en el suplemento Espectáculos a propósito del estreno de su película Un cuento chino (acá), donde el creador de Tiempo final argumentaba que no había manera de realizar aquí ficción de alto nivel. ”La TV que miro es la de los documentales y los noticieros –explicaba–. Pero si quiero ver una serie, la verdad es que hay que buscar lo que se hace en serio, estilo Mad Men o 24 . Hay una regionalización de la ficción que quedó en manos de Estados Unidos. Ahora la TV local se volvió más local y lo local es más los chimentos”.
Me parece que Borensztein tiene un punto cuando habla de una regionalización de la ficción, en el sentido que las descargas P2P y el cable hacen que las series norteamericanas estén al alcance de la mano para cualquiera, y que si pueden ver fácilmente el original (más allá de que sea legal o no), ¿quién querrá ver The Office versión argentina, o peor, un ciclo que lo copia sin confesarlo? La gente ahora puede armar “lo mejor de los dos mundos”, y bajarse Mad Men y ver en directo a Jorge Rial emprendiéndola contra Mirtha Legrand, sin contradicción alguna. Pero no me parece que local sea únicamente sinónimo de chimento (lo que equivaldría a local en su acepción más pueblerina).
Más allá de las millones de ofertas pedestres y mal realizadas de la TV argentina, especialmente en el caso de la ficción, que deben ser criticadas como lo que son, y no ofrecerles una vara más flexible por el hecho de “ser nuestras”, me parece que hay algunas posibilidades interesantes que comienzan a asomar por aquí, como fueron Lalola y Los Pells (Un año para recordar aún no me convenció) así como un regreso a los unitarios propiamente dichos, como Lo que el tiempo nos dejó (lo que hace Pol-Ka cuando hace Para vestir santos es claramente una serie).
Pero a nadie se le ocurriría comparar el El elegido con The Good Wife o a Tratame bien con House. Más allá de chauvinismos artísticos, están a años luz de distancia, tanto en condiciones de producción como en resultados artísticos, dos variables íntimamente relacionadas. Dejando aparte nuestras páginas más gloriosas del pasado televisivo, hay mucho que aprender y mejorar (sobre todo, que una tira diaria no es el reducto de las grandes ideas), y un camino posible es observar con mayor detenimiento la cercanía entre la industria televisiva y cinematográfica de los Estados Unidos, donde el flujo de ideas, artistas y artesanos es cada vez más fluido.
¿Cuánto podrían aportar quienes revistaron y revistan en el otrora llamado Nuevo Cine argentino a la pantalla chica, muy necesitada de nuevas y mejores ideas, y cuánto podría beneficiar la picadora de carne catódica para dotar de rigurosidad narrativa y claridad expositiva a quienes tienen que contar una historia y crear personajes en la pantalla grande?
Chuck Lorre y su vanity card navideña (completa con muñeca inflable), 2010
Escribí ayer para el diario una columna sobre una crisis previa de Charlie Sheen, que por estos días ocupa centímetros y centímetros de la prensa en su país y en el nuestro (ver la nota de Marcelo Stiletano acá) por su despido de Two and A Half Men y su probable caída en desgracia.
Para quienes aún no se cansaron de sus desvaríos –lo último de su Sheen’s Korner, acá– un nombre comienza a hacerse conocido entre tanto escándalo ¿Quién es Chuck Lorre, el creador de la serie, ex jefe y ahora némesis de Sheen, quien le hizo juicio por 100 millones de dólares?
Para empezar, digamos que si Sheen es el hombre mejor pago de la TV de su país, Lorre tiene el mismo privilegio, pero sin aparecer ante cámaras. Suerte de equivalente de Dick Wolf en el terreno de la comedia, el guionista y productor también tiene tres ciclos al aire simultáneamente: además de 2 1/2 Men es responsable de The Big Bang Theory y Mike & Molly (los tres se ven en Warner aquí).
Ninguna de ellas le llega a los talones a su Dharma & Greg (1997-2002), una de las pocas series dedicadas a la contracultura que se han visto en la pantalla norteamericana desde que su sujeto de estudio desapareció de las noticias. Tampoco sus dos estrellas han encontrado otro vehículo para sus nada despreciables talentos: Jenna Elfman sufrió en la mortecina Accidentally on Purpose y qué decir de Thomas Gibson, frunciendo el ceño hace un lustro en la chatísima Criminal Minds.
También deberían saber que Lorre, hábil polemista y provocador a la Beto Casella, está más que preparado para manejar el torbellino Sheen (lo ha hecho durante las siete temporadas anteriores del programa, por cierto). Sus primeras armas como productor ejecutivo las hizo al frente de los ciclos de Roseanne Barr y Cybill Shepard, cuyos nombres propios servían de título de las ficciones pero también de diagnóstico a la miríada de problemas que los aquejaban tras bastidores.
Lorre es famoso además por sus vitriólicas vanity cards, aquellos cartones –como se decía antes en la TV, cuando eran cartones de verdad– que se ven durante un segundo exacto en pantalla tras los títulos, privilegio que en la industria norteamericana se les da a los productores ejecutivos dueños de un programa. La mayoría lo usa para mostrar allí el logo animado de su productora, como el Bad Robot de J. J. Abrams.
Pero no el amigo Chuck. El tuvo una idea mejor para aprovechar su segundo personal. Desde la época de Grace Under Fire (1993-98), ocupa su momento en pantalla con una vanity card que es, en esencia, un blog desde antes de que existiera la Web. Por contrato, el tiene el mismo control editorial de ese cartón, texto apretadísimo sobre fondo blanco y cuerpo pequeñísimo y estilo tipo fluir de la conciencia, que del programa de TV que lo precede. Esto no quiere decir que no ya ha sido censurado varias veces (ha escrito vanity cards sobre esas censuras), pero es poco lo que hacen, o lo que puedan hacer, para frenar al autor de la música de las Tortugas Ninja. Y, en su pequeña quintita en pantalla –para leerla, tienen que grabar el programa y congelar el cuadro, o tener un dvr que les permita hacerlo en vivo– Lorre dice cosas como ésta:
CHUCK LORRE PRODUCTIONS, #329
Hago ejercicio regularmente. Consumo cantidades moderadas de comida saludable. Me aseguro de descansar suficiente. Veo a mi doctor todos los años y a mi dentista cada seis meses. Uso hilo dental. Me hice radiografías de tórax, electrocardiogramas, colonoscopías. Hago terapia y tengo varios hobbies para reducir el estrés. No bebo. No fumo. No consumo drogas. No tengo sexo desbocado y sin protección con extraños.
Si Charlie Sheen me sobrevive, me voy a enojar mucho.
Esta es la última entrada que figura en su página, donde está alojado el archivo de vanity cards, ordenado por programa y temporada, lectura altamente recomendada para quien desee conocer a Hollywood por dentro.
Alec Baldwin, que conoce de polémicas y regresos con gloria, acaba de sugerirle a Sheen de que se de un baño, coma algo y pida perdón de rodillas, porque no puede ganarle a Lorre. Nos inclinamos a creerle.
Hola, era nada más para contarles que unas largas vacaciones y algún misterioso problema en la programación de los post hicieron que Señal de ajuste quedara frizado en el tiempo por un mes. Disculpas. Ya de vuelta, pensé que para compensarlos –y mientras me pongo al día con los vericuetos de la inefable pantalla, entre despidos, arribos y demás– sería positivo inaugurar una humilde nueva sección, La cajita feliz, dedicada a comentar las ediciones de DVD de series editadas localmente. Un mercado que crece en ofertas y en fanáticos que prefieren esperar un tiempo y ver los capítulos de una o varias sentadas.
En esta primera entrega hablaremos de una serie que llega y una que se despide, ambas unidas por una visión más bien nihilista de la justicia.
La edición de la primera temporada de Justified es más bien ascética, algo que –por suerte para sus editores– combina bastante bien con esta llamativa serie, que aquí se vio únicamente en castellano por Space (en una de esas decisiones que por estos pagos nadie entiende). Los 13 episodios que compusieron su primer año en pantalla –el segundo está en el aire desde febrero en los Estados Unidos– están incluidos en tres discos, en el formato widescreen que es de rigor en la pantalla norteamericana. Entre los pocos extras, el más interesante es un featurette (suerte de breve documental con entrevistas) centrado en el paso del personaje central, el alguacil Raylan Givens (Timothy Oliphant, volviendo al género que lo consagró en Deadwood), de su origen en un cuento de Elmore Leonard hasta su encarnación actual en un justiciero cuya inflexible visión acerca de su trabajo termina granjeándole innumerables enemigos, sobre todo en el pueblo en el que creció y al que debe regresar tras liquidar sin demasiado prolegómeno a un matón de un cartel del narcotráfico. Una sólida serie de género –Leonard ya había estado detrás de la recordada Karen Sisco– que merece tener más reconocimiento en el país y francamente, tiene más posibilidades de lograrlo a través de este DVD que de sus deslucidas emisiones en castellano neutro.
Y, siguiendo en la línea temática del crimen y los justicieros incomprendidos, también fue editada en cajita la séptima y última temporada de The Shield, el drama policial de Shawn Ryan que fue uno de los puntales de la TV en la década que terminó. Para quienes siguieron durante todos esos años los manejos salvajes de Vic Mackey (Anthony Chiklis, ahora buscando hacer más familiar su figura en la muy inferior No Ordinary Family), líder de una brigada de investigaciones de Los Angeles que se cree dueña de la verdad y la justicia, y suele acomodarla a su antojo cuando hay un rédito económico o político que recabar, lo más interesante era observar cómo, no importa cuán bajo cayera su personaje, siempre había algo, un gesto honesto, un reconocimiento de la humanidad de los demás, que hacían imposible reducirlo a un mero policía corrupto. En este caso, los 13 episodios (ambas son series de FX) vienen reunidos en cuatro discos, ya que incluyen escenas eliminadas –algunas de ellas muy significativas–, la posibilidad de escuchar los comentarios de Ryan, Chiklis, buena parte de los actores invitados y los directores durante cada capítulo, e interesantes documentales que celebran la influencia estética de la serie, incluyendo uno particularmente elegíaco sobre el último capítulo. Altamente recomendable para los seguidores del policial. Para los de Shawn Ryan, ya tiene en el aire en los EEUU The Chicago Code, otra serie policial ambientada en la Ciudad Ventosa (con Jennifer Beals como jefa de policía!) que comentaremos próximamente.
Ah, esto es precisamente lo que necesitábamos. La noticia que convirtió el domingo a la tarde –parangón del vacío existencial televisivo– en una grilla repleta de posibilidades: Aaron Sorkin vuelve a la TV. Y no vuelve solo: también regresa a la pantalla el tercio homónimo de Friends, en la forma de Matthew Perry y su nueva comedia, Mr. Sunshine, y al malogrado Matt Le Blanc (foto) y la suya, Episodes.
Si bien reconozco ser algo más que parcial a la viruta metafórica que suele sacarle al también metafórico piso con sus hiperactivos personajes (recordar aquellos caminodiálagos eternos por los pasillos de la Casa Blanca en The West Wing), el regreso de Aaron Sorkin es una buena noticia porque ahora –a diferencia de entonces, cuando era EL autor televisivo–, tiene más competencia que nunca. Ahora, quizá, entre Alan Balls y JJ Abrams y Matthew Weiners y demás en pantalla, muchas de sus debilidades (la pontificación, la falta de humor, el reduccionismo filosófico) que pasaban de largo entre sus muchas virtudes, serán juzgadas con una vara más exigente.
La versión española de Cuentopos, con guiones de M.E. Walsh (1974-76)
Desde ayer, que se conoció la noticia de la muerte de María Elena Walsh, pensaba en cuán influyente fue su corta presencia en la televisión argentina, y cuán poco, casi nada, ha quedado registrado de ella, tanto en los textos que se le dedicaron hoy, como en las imágenes que se vieron por la pantalla.
Canal 7, sin ir más lejos, usó secuencias de Manuelita, la película de García Ferré, para despedirla en el noticiero, lo que es paradójico dado que en esa emisora se desarrolló casi toda su carrera catódica, de la mano de otra precursora como María Herminia Avellaneda. Walsh –junto con Hugo Midón– fue desde allí, una gran renovadora del lenguaje del género, que hasta entonces siempre se había apoyado en el carisma de quienes estaban frente a cámara y no quienes pensaban desde fuera.
Me hubiese gustado ver por estos días las imágenes de programas como Buenos días Pinky; de Lydia Lamaison como Doña Disparate, ambos en Canal 7, o De todo corazón, si no me equivoco, en Canal 13, un poco porque no pude verlas a su estreno –a diferencia de lo que ocurrió con ciclos como La vuelta manzana y El imaginario, que veía religiosamente, en mi infancia en la por estos días muy recordada primavera alfonsinista– y otro poco porque me gustaría completar una imagen realista, ya no idealizada por recuerdos de la infancia, de una escritora realmente todo terreno y probablemente la más prestigiosa (en términos tradicionales) en hacerlo para la TV sin luego defenestrar el medio.
En fin, todo esto es para pedirles que, por favor, compartan con nosotros –conmigo– sus recuerdos de María Elena en la pantalla chica. Y si alguien encuentra o tiene algún video, lo subiremos inmediatamente.
Penelope Wilton, Elizabeth McGovern, Maggie Smith, Michelle Dockery y Laura Carmichael en Downton Abbey
Antes de concentrarnos en un balance de lo que dejó el año que termina, de despotricar contra la falta de nuevas promesas y el poco tiempo que le pensamos que les queda a aquellas series que tanto nos gustan, pensemos en positivo. Todo puede mejorar en la pantalla chica. Y queremos aportar nuestro granito de arena de pensamiento mágico para que la TV argentina emita en 2011 dos de los proyectos más interesantes que dejó el 2010: Downton Abbey, Sherlock y, estimamos, la nueva versión de ese verdadero jalón de la pantalla mundial que fue Upstairs, Downstairs (que se verá a partir de este domingo. Boxing Day, en la BBC).
El llamamiento desesperado a los poderes conjuntos de Papá Noel, el Ratón Pérez y el señor Televisor es necesario porque los tres ciclos son británicos, procedencia que al menos garantiza que la mayoría de los programadores locales dude durante infinitos meses sobre si ponerlo en pantalla para finalmente inclinarse por las repeticiones de Benny Hill. En el espíritu navideño reinante, sin embargo, confiaremos con que en 2011 los espíritus catódicos los iluminen y, por eso de a Dios rogando y con el mazo dando, desgranaremos algunas razones por si no lo hacen.
Empecemos con Downton Abbey, el fenómeno del año en la TV británica, y merecidamente. Sí, en Inglaterra, una miniserie sobre los dueños y los empleados de la mansión del título en la época eduardiana fue el programa que más convocó al público en el año que termina, al punto de convertir a la privada ITV en suerte de repentino caballo del comisario en medio de las críticas que arrecian contra los mandos artísticos de la BBC (sí, como lo leen).
La historia de la serie –siete capítulos que se sienten escasísimos dado lo fascinante de los personajes– se centra en por un lado, en los Grantham, la aristocrática familia residente en la abadía del título (Highclere Castle en realidad), a quienes el hundimiento del Titanic hace zozobrar todos sus planes de continuidad dinástica. Ocurre que Grantham (un excelente Hugh Bonneville) y su acaudalada esposa norteamericana (Elizabeth McGovern) tuvieron tres hijas, por lo que título, fortuna y tierras se escaparán de la familia directa. Lo que el naufragio del barco inhundible y la desaparición de los herederos logra es precisamente lo que DA hará mejor: mostrar cómo el cambio (imparable, arrasador, silencioso) logra colarse hasta en el bastión más fortificado del status quo.
Todas las esperanzas de los Grantham –y las obligaciones de la hija mayor, Lady Mary (Michelle Dockery), ya que todos sueñan con un matrimonio que salve las injusticiaas de género– ahora están depositadas en un extraño, Matthew Crawley (Dan Stevens), un abogado con una cosmovisión escrupulosamente burguesa, transformado de golpe y porrazo en el heredero de un estilo de vida –está tan claro para su autor, el maravilloso Julian Fellowes, como para el público– que ya está dando sus últimos estertores y perecerá definitivamente con el comienzo de la Primera Guerra Mundial.
Algo que ya saben –desean fervientemente algunos, temen otros– los empleados que hacen mover los pesados y complejos engranajes de Downton Abbey, quienes crean la ilusión de que la mansión de maneja a sí misma y que, en más sentidos de los que estarían dispuestos a reconocer, comparten los rígidos estamentos de “la familia”, a cuya suerte parecen inevitablemente atados. A continuación un breve avance de lo que es uno de los grandes descubrimientos del año, con actuaciones descollantes, un guión –Fellowes es el responsable de Gosford Park, recuerden– que no teme combinar la observación más aguda con el melodrama más sentimental y, en definitiva, un mundo en el que con gusto querríamos pasar más horas de las que pudimos (tiene segunda temporada asegurada, para los usuarios 2.0). Vean si no me creen.
Nací en 1976. Estudié televisión. Trabajo como periodista desde 1994.
Mi mail es dgrana@lanacion.com.ar. Amén de la paz en el mundo, el otro gran deseo que no viviré para ver cumplido es encontrar algo para ver los fines de semana.