Yaboty: la aventura de Carolina Rossi

 

HOY EN RUNNER BLOG ESCRIBE: CAROLINA ROSSI (*)

CAPITANA DEL TEAM FILA ROSEDAL

Nunca pensé que algún día podría ganar una carrera. Nunca trabajé para eso porque lo imaginaba prácticamente imposible. Mi única ambición se limitó siempre en superarme, en correr cada vez un poco más rápido.  Y sólo entrenaba para eso. Por eso me cuesta aún creer que salí primera en los 21 k de Yaboty, el 11 de agosto pasado. Ni sé si lo merezco. No tengo velocidad, me cuesta hacer 100 metros en menos de 20 segundos, tengo casi un 20 por ciento de grasa corporal cuando los corredores de verdad poseen menos de 10  y no puedo correr más de lo que corro: entre 60 y 85 kilómetrospor semana. Menos de la mitad que los atletas de alto nivel.

Pero amo correr. Trato de entrenar todo lo que puedo y lo más responsablemente posible. Soy entrenadora y mi trabajo es también mi hobbie. Eso a veces está bueno, y otras no. Pero no me quejo. Al contrario, lo disfruto.

Desde el año pasado me empecé a tomar el tema de mi entrenamiento más en serio y por consejo de un amigo busqué un buen entrenador. Me decía que si a veces me iba mal era porque me autoentrenaba y eso no es lo más recomendable. Le hice caso y busqué a uno. Quería que fuese alguien con experiencia en el triatlón para preparar el olímpico de Mar del Plata de diciembre pasado y busqué al mejor: César Roces. Hace casi un año que estoy con él y la diferencia en mi desempeño fue abismal. César me ayudó no sólo a mejorar como corredora sino también como entrenadora. Porque siento que todavía tengo mucho por crecer, por mejorar y por aprender. Me considero una entrenadora y una runner en evolución.

Los amateurs que no corremos desde los 12 años tenemos una gran ventaja frente a los corredores de elite: nuestro potencial de evolución es mucho mayor que el de ellos. Aunque estamos muy lejos de ellos, claro. Pero podemos seguir mejorando considerablemente pasados los 30 o 40 años o más, cuando ellos empiezan a declinar en su performance.

Empecé a correr de grande. No es que de chica no hiciera deportes. Lo hago desde los siete años, pero empecé dedicándome a la gimnasia en todas sus formas (artística, rítmica, acrobática y aeróbica, a nadar y a ir al gimnasio religiosamente). Hasta que a los 18 empecé a correr casi de casualidad. Diría que recreativamente y sin saber que esta pasión por correr me atraparía por completo. Cuando corrí mi primera carrera, a los 27, el link con el running se hizo definitivo y permanente.

El año pasado Federico Lausi, director de Salvaje Eventos y organizador de la ultramaratón Yaboty me invitó a su carrera. No pude ir y me quedé con  muchas ganas. Sentí que me estaba perdiendo una gran experiencia. Y este año no me la quería perder.

Viajé con mi gran amigo y colega Cristian Cardozo, Santi Carregal, alumno del team y amigo también, mi hermana Kari y mi sobrina Juli que no corrían pero nos hicieron, como tantas otras veces, el aguante. Algo tan necesario para quienes corremos porque nos alientan, nos acompañan.

Los seis días que pasamos fueron inolvidables y muy intensos, porque no viajamos sólo a correr. Ya que íbamos, queríamos aprovecharlos bien. A la ida conocimos los Saltos de Moconá. Al dí siguiente de la carrera fuimos a Iguazú con su cita obligada con las Cataratas y el lunes emprendimos el regreso con una hermosa escala en la biosfera de Salto Encantado. Misiones es hermosa, y su gente encantadora.

En San Pedro, el pueblo desde donde comienza la carrera, paramos en el agroturismo Selva Madre en una casa que parecía sacada de un cuento de hadas. Allí, Marcelo y Rossana, los dueños, nos trataban como si fuéramos de la familia.

Llegamos a San pedro el viernes y la carrera era el sábado. Estaba cansada del viaje en auto y de manejar (aunque mi hermana muy considerada manejó mucho más que yo) y recurrí a las medias de descanso de compresión para estimular la irrigación sanguínea y ayudar un poco a oxigenar los músculos y articulaciones entumecidos de tantas horas que había pasado sentada.

A la noche me acosté muy temprano y, aunque el momento con entre amigos lo ameritaba, no probé una gota de alcohol. Comí lo de siempre antes de una carrera: fideos con aceite con un poco de queso. Lo simple, lo seguro. Lo que no puede fallar ni caerte mal. La bolognesa de los demás era tentadora. Pero me contuve.

En la carrera éramos muchísimos: casi 500. Federico, el organizador, estaba contento. No cualquiera lleva tanta gente hasta Misiones. Fue una carrera grande pero con la calidez, la atención y la sencillez de una chiquita. Desde un principio me llamó la atención que Federico publicara su teléfono personal para que cualquiera de nosotros pudiera llamarlo en caso de necesitarlo. Eso no lo hace casi nadie. Y en la Expo para retirar el kit el horario era hasta las 21 pero contaban con una guardia hasta las 24 por si algunos se demoraban en el viaje. Ese tipo de cosas me sorprendieron mucho.

Había cuatro distancias para elegir: 90 k, que era clasificatoria para la ultra trail du Mont Blanc (el ultra más importante y famoso del mundo), 10 k participativa, 21 k y 42 k. Yo decidí anotarme en 21 porque esa distancia me servía en estas instancias como parte del plan de entrenamiento para los 42 k de Buenos Aires que voy a correr en octubre. Además, porque más de tres maratones por año no quiero hacer.

Fue una carrera hermosa, que muchísimo. Los colores de los paisajes eran una fiesta para los ojos. La tierra colorada, los miles de verdes de la selva y el azul de un cielo totalmente despejado en un día de invierno que parecía verano. Un entorno único con el termómetro que acusaba treinta grados.

Empecé corriendo con molestias en las pantorrillas y los tibiales anteriores; no sabía si era por el largo viaje y si bastaría con hacer unos kilómetros para aflojarme y que se pasen, pero me preocupé un poco. Trataba de mantenerme debajo de 170 pulsaciones por minutos ya que en este tipo de terrenos el minuto por kilómetro no cuenta. Recién en el kilómetro 13 las piernas empezaron a ir cómodas, los dolorcitos se habían ido y de aire venía perfecta. Noté que estaba mucho mejor que cuando recién había empezado, y ahí fue que me di cuenta de que podía salir algo muy bueno.

Hice una carrera prudente, no me pasaba de los pulsos propuestos y si en las cuestas el corazón lo pedía, caminaba.

Sólo en el 20 aceleré de verdad. Porque sabía que faltaba poco, que estaba entera y que podía ganar un minutito extra corriendo abajo de cinco. El promedio me dio que fui a seis minutos por kilómetro, súper lento comparado al ritmo que llevo en una media maratón de calle y se debe al terreno ondulado e irregular.

Crucé la meta sin saber que había ganado los 21 k. Me enteré por un periodista que vino a hacerme una nota. ¡No lo podía creer!  Sabía que había pasado a muchas chicas, pero nunca imaginé que a todas.

Pasaron varios días de la carrera y aún me dura una sensación de alegría y plenitud en el pecho y una sonrisa constante que no me puedo sacar. Sin duda, no me voy a olvidar nunca del 11 de agosto de 2012 en Yaboty.

Cuando me preguntan sobre mis próximos objetivos y si ahora pienso en ganar alguna otra carrera respondo que no con total sinceridad, que ya estoy hecha. Y sonrío de felicidad.

Y digo también que debo y dedico mi primer “primer” puesto a mi Maestro César Roces. Y que me siento muy agradecida a la vida de poder correr.

Creditos fotos: Gentileza de Diego Winitzky para LAP y Salvaje Eventos.

 (*) Carolina Rossi es capitana del running team Fila Rosedal y entrenadora personal. Además escribe para la revista Brando, también colaboró en Lonely Planet, el diario La Nación y la revista Runnin´. Adora viajar y subir montañas: en 2010 hizo cumbre en el Aconcagua y el Kilimanjaro (Tanzania), y en marzo de este año corrió los 42 k de Malvinas donde obtuvo el 2do puesto. Ahora sueña con un ironman. Más info en www.carolinarossi.com.ar y al mailinfo@carolinarossi.com.ar

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