Un trote gentil con un atleta de elite

 

Por Daniel Arcucci

“Vos marcá el ritmo, yo te sigo”, me dice Luis Molina y no hay en su voz ni una pizca de  condescendencia del atleta de elite sino toda la humildad de un chico de pueblo, cuando él es ambas cosas al mismo tiempo.

Estamos en el extremo de uno de los circuitos urbanos de Nike, el de Vicente López, y la idea es compartir un trote y una charla gentiles.

El viene de hacer un fondo de 18K, está preparándose para 10.000 metros en serio, que se correrán en el Cenard a finales de marzo, y a mí me quedan horas para tomarme el avión a Tokyo, para correr mi segunda maratón en poco más de tres meses, después de la de Nueva York.

Mientras la brisa del río atenúa un poco el color, la charla va y viene del fútbol al atletismo, dos deportes que lo apasionan de manera diferente. Si fuera por hablar, Luis hablaría todo el tiempo de la pelota. Si fuera por hacer, Luis haría todo el tiempo lo que hace, que es entrenarse con un entusiasmo que contagia.

De palabra, y de idolatrías, le resulta más sencillo referirse a Riquelme o a Maradona que a Kipsang o a Mutai. Es capaz de describir con detalle de archivista el partido de su Boca querido que más lo emocionó –“El del gol con la nuca de Guerra, lo vi desde la tribuna, era muy chiquito-, pero no ponerle nombre al récordman del mundo de maratón, aunque sí es capaz de recitar de memoria su tiempo y hasta sus parciales, como hace con los propios.

“Yo soy feliz corriendo”, dice, cuando logro colar una pregunta después de varias suyas sobre las posibilidades de Boca en el torneo próximo a comenzar y de confesar su fanatismo por “90 Minutos de Fútbol”, el programa de Fox Sports. “Salir a entrenar por Lobos, mi pueblo, es todo. Hago lo que me gusta y lo hago para crecer, para superarme”, cuenta.

Los objetivos están ahí, delante suyo. Bajar tres segundos en los 10.000 que se avecinan, de su 29m48s a 29m45s, para ir al Sudamericano de Lima y al Panamericano de Toronto, y más allá la Maratón de Berlín, en busca de la marca A que lo lleve después a su gran sueño, los Juegos Olímpicos de Río.

Mientras tanto, disfruta como un chico y así lo transmite por correr esas carreras que le llegan al corazón: “El domingo voy a Lincoln. Y te recomiendo una, incomparable: la carrera de Reyes, en Trenque Lauquen. La gente sale a la calle y te va dejando el paso angostito, así, te aplauden, es una fiesta…”. Este año la ganó, por supuesto. Y la sumó a su currículum, que alimenta con esmero de artesano y que va desde aquel título nacional en 3000 metros, de menores, al título nacional de Media Maratón, una de sus distancias predilectas.

En 2014 vivió una gran alegría y una gran tristeza, que de las dos está hecha la historia de un atleta de elite: en junio, ganó la Media Maratón de Nike, en 1h04m, y en octubre se le hizo cuesta arriba la Maratón de Buenos Aires, para la que había llegado con la mejor preparación, y que terminó ganando su amigo, Mariano Mastromarino. De las dos experiencias sacó conclusiones, todas positivas. Seguir, mejorar, crecer.

Al día siguiente, ya estaba planificando su entrenamiento, que en promedio ronda los 180 kilómetros semanales. “Corro mucho”, dice. “Tengo una base grande, lo que después me permite ajustar de acuerdo al compromiso que tenga por delante… Ahora, por ejemplo, estoy en los 200 kilómetros semanales”.

Vamos pegando la vuelta y a mi empapadura en sudor se opone su frescura, como si todavía no hubiéramos arrancado. “¿Para vos quién es mejor, Messi o Maradona?”, arranca de nuevo con su tema favorito. Y después de darle forma de respuesta a uno de los temas más debatidos del mundo (del fútbol), vuelvo sobre uno de los temas más habituales del mundo (del atletismo): ¿cómo es el entrenamiento habitual de un atleta de elite?

“Me entreno todos los días, la mayoría en doble turno. En mi caso, cinco o seis. No me cuesta. Lo disfruto. La mayor parte de los días, en Lobos. Si no, en el Cenard, cuando vengo a Buenos Aires y me quedo en la casa de un amigo… Pero reconozco que me gusta más el campo que la ciudad. No tengo secretos. Bueno, sí, uno. Antes de empezar, en el calentamiento, me pongo Pegada al corazón, de Jáuregui. Bien futbolero. Y también suelo escuchar a los Reyes del Barrio”.

Mientras cuenta todo eso con naturalidad, advierte mi decepción porque el reloj no está tomando el GPS y, por lo tanto, no tengo ni idea del ritmo al que vamos, aunque se que le vamos a agregar un kilómetro a los 5 que tiene el circuito. Me dice entonces, con el mismo tono del comienzo, sin condescendencia y con humildad: “Debemos andar en 5’10”. Dos minutos después, el reloj se conecta y el paso al que vamos es… 5’10. Miro sus muñecas; sólo lleva una pulsera. El tiempo está en su cabeza. Cabeza de corredor.

#majorsrun #justdoit

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  • lucas prado

    Saludos Luis, un grande.