Re correr Tokyo

 

Por Daniel Arcucci

No es la primera vez que viajo a Tokyo, pero sí la primera vez que voy a correrlo. Y, se sabe, cuando uno corre los lugares, los recorre. Los reconoce aunque ya los conozca. La primera vez fue en diciembre de 1990, en una época de oro de la revista El Gráfico. Tanto, que me tocó ser el enviado especial para cubrir la final de lo que entonces era la Copa Intercontinental, o Europeo-Sudamericana, o Toyota, entre Olimpia, de Paraguay y Milan, de Italia. Una semana en Asunción, para producir una edición especial del campeón de América, y después el viaje al otro lado del mundo, casi como una más de la delegación de un equipo en el que brillaba Raúl Vicente Amarilla, asomaba un talentoso Luis Alberto Monzón, se perpetuaba en el arco Ever Almeida y tenía en la dirección técnica al mítico Luis Cubilla.

Poco pudieron hacer, en el Estadio Nacional de Tokyo, ante uno de los mejores equipos de la historia, tan admirado entonces como el Barcelona de tiempos cercanos: el Milan de Arrigo Sacchi y los tulipanes holanedeses –Rijkaard, Van Basten y Gullit- los aplastó con un contundente 3 a 0. Todo fue deslumbrante entonces. Desde el fútbol del Milan –“Así se juega al fútbol”, tituló El Gráfico- hasta la posibilidad de entrevistar mano a mano a Arrigo Sacchi, por entonces ideólogo de una revolución futbolística, hasta la idiosincrasia japonesa, respetuosa al extremo, en una serenidad que sólo parecía quebrarse cuando hacían sonar aquella bocinas insoportables durante los 90 minutos de un partido.

La segunda vez fue en mayo de 1993, para la inauguración de la JPL, la primera liga profesional de fútbol japonés. No sólo fue Tokyo, entonces, sino cada una de las diez ciudades que tenían equipo representativo. Y no sólo fue contar el cotejo inaugural en sí mismo, con show más propio de Hollywood que de la cultura oriental, sino que el gran protagonista de la noche fue un argentino. Ramón Angel Díaz. Contratado como la gran estrella del Yokohama Marinos –así como Zico lo era del Kashima Antlers y Pierre Littbarsky del Jeff United-, marcó el gol del triunfo sobre el Yomiuri Verdy, el más poderoso de los equipos, y su inconfundible tonada se escuchó en el estadio colmado por 60.000 almas, en una entrevista pública: “Quiero dedicarle el triunfo a mi familia, que está aquí, y a toda la gente del Yokohama Marinos”, dijo. El título de El Gráfico de entonces podría generar una polémica ahora: “¡Gol de Lamón!”. Con él viajamos en subte y en metro, desde el centro de Tokyo hasta Yokohama, en las afueras, donde vivía.

La tercera vez fue en junio de 2002 y no es necesario recordar mucho. El famoso Mundial al que la selección argentina de Marcelo Bielsa llegó como máxima favorita, junto con Francia, y terminó yéndose en primera ronda, junto con Francia. En La Nación, habíamos comenzado con los suplementos especiales desde 95 días antes y la competencia de Argentina duró 10. El triunfo contra Nigeria en Ibaraki, la derrota contra Inglaterra en Sapporo y el empate contra Suecia en Miyagi. El ambicioso plan de cobertura del diario, cuando apenas se había salido de la triste crisis de 2001, fue producir dos ediciones diarias, una matutina, con el ejemplar de La Nación, y otra vespertina, regalada en diferentes lugares. Y la decisión fue cumplir con lo prometido, aun sin el seleccionado en carrera.

Semejante gesto nos permitió recorrer Japón detrás de otros seleccionado, hasta ver la mítica coronación de Ronaldo, O Fenómeno, que un par de meses antes no sólo no sabía si iba a seguir jugando al fútbol sino que se dudaba que pudiera caminar normalmente.
Vivíamos en Iwaki, un pequeño pueblo a poco más de una hora de Tokyo en tren bala, porque el cuartel general que había elegido el seleccionado quedaba cerca de allí, en Naraha Hirono. Muchos años después, aquel fabuloso predio, fue utilizado como refugio por los ingenieros que trabajaron en la recuperación de la planta nuclear de Fukushima, arrasada por el tsunami. Fue, entonces, un verdadero “Búnker de los héroes”.

Vuelvo ahora, por cuarta vez. No me moviliza el fútbol, sino otra pasión, más personal. Correr. La maratón de Tokyo, tercer major que afrontaré después de Berlin 2013 y Nueva York 2014, está al alcance de mis pies. Por esas cosas del destino, se da cuando en la Argentina comienza el torneo más extraño de su historia. “Un torneo japonés”, diría el hablar popular, aunque difícilmente a algún japonés se le hubiera ocurrido organizar algo tan extraño.

Nunca antes en mi carrera profesional de 32 años había optado por vacaciones en el momento en que comenzaba la actividad, pero así se dio. Tal vez porque es tiempo de hacer cosas que nunca había hecho, como correr dos maratones en apenas 112 días.
Tres veces antes había pisado esa tierra milenaria y maravillosa, pero nunca la había corrido. Ahora sí puedo decir que voy a re correr Japón.

#majorsrun #justdoit

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