Patagonia Run 2013, en primera persona

 

HOY EN RUNNER BLOG ESCRIBE: Rodrigo Lizama

Runner y estudiante de derecho

La edición 2013 de Patagonia Run va a ser algo que voy a recordar toda mi vida. Si bien cada carrera es especial por diferentes motivos; ésta no era una carrera más, no era una carrera para mejorar mis tiempos, era LA carrera. Era mi primer ultramaratón. Algo que allá por el año 2009 en mis comienzos como corredor jamás hubiese imaginado poder hacer. Esta idea de correr un ultra viene desde 2011, pero recién me animé este año después de probar con algunas carreras de 42 km como para ganar la experiencia que necesitaba para afrontar este reto.

La previa fue algo muy divertido. Muchos corredores, tal vez los más experimentados, suelen decir que la carrera es una excusa para reencontrarte con esos amigos que te deja la montaña. Compartí tres días con unos amigos de Chile y otros argentinos en el hostel. Cuando uno va a correr, las charlas, los recuerdos ganan la escena.

Con el transcurso de las horas, los nervios y la incertidumbre se hicieron presentes. Sensaciones raras. La charla técnica sirvió para despejar dudas: nieve en la cima del Cerro Quilanlahue y frío, mucho frío, en la madrugada. Con esos datos empecé a planear la carrera durante la tarde.

A la largada iba a ir acompañado por Keno, uno de los corredores chilenos y por Hernán (Peto), a quien había conocido en la edición 2012 de Patagonia Run. Mis viejos se hicieron un tiempo y viajaron a San Martín para darme el apoyo logístico y, sorbe todo, emocional. Un envión anímico importantísimo que hoy agradezco.

A la 1 de la madrugada fuimos a la largada con tiempo suficiente como para preparar las mochilas y hacer la entrada en calor. Se veían rostros de incertidumbre, miedo y otras relajadas. Éramos 170 locos que nos habíamos anImado a recorrer84 kilómetrosen la montaña. La distancia principal del evento, los 100k ya habían comenzado 2 horas antes con unos 300 participantes.

Después de la elongación y la entrada en calor, junto a Peto, cuenta regresiva, saludos de buena suerte y a correr. La aventura recién comenzaba. Tenía decidido olvidarme del tiempo y tratar de no mirar el reloj. Para ello, los guantes ayudaron bastante. Me tapaban las manos y así no tenía a la vista el tiempo. Además,  combinado con el mundo que se te reduce a los dos o tres metros que alumbra la linterna frontal… el tiempo se iba a pasar muy rápido. Corriendo de noche con la única compañía de la linterna perdés la noción del espacio y eso te ayuda a no pensar en cuánto falta para llegar a un punto x del circuito.

Metros más metros menos, con Hernán, nos mantuvimos siempre cerca. El plan era ir juntos el mayor tiempo posible para hacer más amena la ravesía…

En el segundo puesto de asistencia (PAS), llamado Colorado en el km 20, miro el reloj. Tres y el chico que estaba ahí me dice que llevaba un buen ritmo. Eran las 5 y nos quedaba hacer cumbre en el Quilanlahue y bajar al 3º puesto de asistencia. Mi meta más importante era hacer cumbre y bajar antes del amanecer porque no quería que la helada me agarre caminando a la cima.

El plan funcionó. Demoré 1h15m en ascender al cerro y 30 minutos en bajar por una pendiente bastante peligrosa. Hacerla de noche complicaba la ejecución del plan. Pronto el Cerro quedó atrás. Se iniciaba otra carrera.

Mientras me abastecía en el puesto del km30 (PAS Quilanlahue) salió el sol y como dije recién, comenzó otra carrera. Junto con Hernán corriendo a la par teníamos la extraña sensación de que la competencia, durante la noche, había pasado en otro momento y que no estábamos corriendo la misma carrera que habíamos iniciado casi seis horas antes. El amanecer y los rayos del sol trajeron los paisajes de la cordillera y, por supuesto, nuevas energías para afrontar los siguientes 10km, momento para llegar a la mitad de la carrera. Con Peto nos despegamos de un par de corredores de los 84k y nos encontramos más con dos que estaban corriendo los 100 y que debían hacer el mismo recorrido que nosotros hasta llegar a la meta, distante unos 55kms.

Parada en el siguiente PAS, cambiamos ropa y otras cosas que habíamos enviado. Para recuperar la temperatura interna, un té caliente como desayuno, unas facturas y un poco de elongación mientras.

Corrimos por la orilla del lago Lacar durante unos minutos y nos volvimos a adentrar en la montaña en dirección al PAS Quilanlahue nuevamente pero ya en el km 58. Ese tramo fue interminable. Muchas subidas y bajadas constantes con ramas, raíces y hasta troncos que obligaban a gastar un poco más de energía.

De pronto se armó un trío con un corredor brasilero de los 100k y tiramos juntos todo el tramo hasta llegar al km 58. En esos 10k perdí la noción del tiempo. Por eso, aún me cuesta calcular cuánto demoramos. Estimo unas 2 horas o 2 horas y media. Supongo. Algo que en lo personal no hacía la diferencia. Después de todo, mi único objetivo era terminar la carrera, nada más.

Al arribar al PAS Quilanlahue comenzó una tercera carrera. La primera era la nocturna, la segunda la que se daba después del amanecer y esta era la mental. Jamás había corrido escuchando música pero, por momentos, creo que fue una buena elección. Saliendo del PAS me puse los auriculares y a terminar lo que había empezado a las 2.

Por momentos, o en casi todo este tramo, se me empezó a hacer muy dura. Las piernas estaban cansadas y el ritmo no era el mismo. Si bien de cabeza no me caí, el tener que bajar el ritmo no es algo que me haya alegrado. Sumando metro a metro llego al PAS Colorado 2. Dejé la mochila que me estaba matando la espalda. La cambio por el cinturón de hidratación. Veo a Peto y me dice que si sigue parado se va a enfriar, sabiendo que él estaba muchísimo más entero que yo lo despido y lo dejo seguir deseándole suerte. No podía y no quería ser una traba en su carrera.

Faltaban 16km y el nudo en la garganta se hacía sentir. En ese momento sabía que la meta estaba al alcance de la mano y que el sacrifico había valido la pena.

Los 8kms que separaban el PAS Colorado 2 del último PAS (Bayos) fueron interminables. Ahí, en algunos tramos, la cabeza se quebró. Pero ya no quedaba mucho y había que seguir despacio pero constante. Cuando llegué al Bayos paré unos minutos para hidratarme con gaseosa, comer una factura con membrillo.

Cuado encontré la bajada final tiré mis bastones que me acompañaron más de30 kmy me solté como pude para bajar sin cargar los cuadriceps. Descensos por calles de tierra muy compacta que no me favorecen. Otro poco de asfalto y el llano final que me separaba de la meta que estaba a poco más de1 km. Entrando en la ciudad me encuentro con Guille, un amigo con el que comencé a correr en 2009 cuando estaba de vacaciones. Paré para abrazarlo a él, a su padre y a su novia. Un plus de energía para correr el último tramo como si recién hubiese empezado la carrera.

Los últimos metros corrí encontrando caras conocidas de amigos que te deja el trail running. Choqué de manos, aplausos, sonrisas y gritos de aliento que me acompañaron y empujaron hasta la meta.

Creo que nunca sentí tanta felicidad al terminar una carrera. No se me cayó ni una lágrima y eso me sorprendió. No me desbordé. Creo que mi alegría por haber completado el recorrido era más grande y fuerte que la emoción. Miré el reloj: 15h10m de una pequeña batalla contra la montaña que por momentos era un gran. Finalicé 7º en mi categoría y dentro de los primeros 80 en completar el recorrido.

Ver a mis viejos en la llegada es lo mejor de cada carrera. El apoyo que me brindan ellos y mi familia es algo impagable, indescriptible. Importante, vital. Gracias a ellos y a todos los que de alguna u otra manera me apoyaron desde un principio.

Con el transcurso de los días empecé a comprender lo que había logrado. Todavía, cada tanto, se me hace un nudito en la garganta mirando fotos. Ya casi recuperado llega el momento de pensar en el próximo desafío. ¿Por qué no pensar en los 100k del año que viene? Todo puede ser.

Aquí, todos los resultados de Patagonia Run 2013.

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    Y La Misión? Si entre 100 y 160k, es lo mismo