La vuelta de El Origen, la vuelta de Natacha Diz

 

Por Natacha Diz (*) 

Tres días son suficientes para ver la vida desde otra óptica. Tan sólo tres. Creo haberles contado cómo llegué a El Origen, cómo me preparé física y mentalmente. Ahora es momento de contarles qué me pasó, qué sentí durante estos tres días maravillosos.

Empiezo con la acreditación, donde las caras conocidas a través de las redes sociales, por ejemplo, se hacen visibles. Los runners tuiteros se vuelven de carne y hueso y los reencuentros con amigos están cargados de emoción. La charla técnica nos inyecta adrenalina. ¡Sí, más aún! Y la ansiedad se hace casi insoportable. Para bajarla hablamos con Pao, mi compañera de equipo, un rato antes de conciliar el sueño para armonizar deseos. En realidad, para unir nuestros sueños que empezarían a visibilizarse con el correr de los km. ¡Todo está listo!

El primer día comencé rezando por mi tobillo, por mi bendito tobillo. Un ascenso por el bosque y una trepada que parece no terminar jamás nos anticipan que, lo que vendría, iba a ser duro, pero con paisajes de ensueño. Trepamos, caminamos,  corrimos, nos reímos como chicas disfrutando eso para lo que tanto nos habíamos preparado. La montaña, como dice la genial Emma Roca, te enseña, te educa y te pone en tu justo lugar. Ese día lo entendí como nunca antes. El recorrido fue impresionante. Incluso, muy lejos de lo que había imaginado. Los kilómetros finales de un coastering, el primero, lleno de piedras dificultaron la corrida. En ese instante, sólo quería llegar entera. ¡Cruzar la meta se torna tan movilizante! Gustavo Montes y sus palabras siempre reconfortantes hacen que me sienta como en casa. Más allá, el rostro cara de nuestros esposos, sonrientes sabiendo que todo marchaba bien. Porque sin ellos, tampoco sería posible este sueño. Muchas veces, los acompañantes ni aparecen y quienes corremos, quienes amamos correr, sabemos que las familias detrás, sin correr, también corren.

El segundo día me enseñó más de mí que cualquier otra experiencia que haya tenido antes. Largué casi reptando. Cada vez que veo el video de mi trote no paro de reírme de mí misma y, a la vez, de asombrarme de haber podido correr después. Cuando logré entrar en calor, todo se hizo más fácil pero ni bien terminamos los 7,5km de coastering (¡otra vez esa palabrita odiosa!) empecé con molestias estomacales y Paola me propuso abandonar. En mi diccionario mental esa palabra, abandonar, no figuraba. Abrí el botiquín, tomé una pastilla antidiarréica y me dije “de acá no me saca nadie”. Hermoso, increíble, cuánta belleza. Nada se compara a subir corriendo y bajar volando por el cerro Dormilón. Los pies iban a pasar factura a tanta ceniza volcánica (similar a la piedra pómex) que se metía en las zapatillas pese a las polainas. Ampollas, uñas rotas y demás yerbas hacen que uno solo corra por la simple inercia de hacerlo. Porque si te sentás y razonás, lo más lógico es parar. Pero, a veces, el corazón no entiende de razones y nos impulsa siempre un poquito más. Los últimos metros fuimos seguidas de cerca por un bote. En él estaban Juan, mi marido, y Ale, un amigo, dándonos ánimo. No me avergüenza admitir que llegué llorando. El almuerzo en la playa del camping El Rincón, a unos km del paso fronterizo Cardenal Samoré, la charla con amigos que quedarán para siempre en mí.

Natacha y Paola, ganadoras de los 100k en equipo femenino

El último día, la largada la hice, lógicamente, con lágrimas en los ojos. El recorrido, una vez más, insuperable. En la picada final, en el extremo de la península de Quetrihué, me permito un trago de cerveza como premio a tanto esfuerzo y salimos con la mirada puesta en la meta y el corazón en la boca golpeando fuerte, tan fuerte que sentía que se salía de su cauce. Todo, mientras corremos por el maravilloso bosque de Arrayanes entre gritos a los que vienen. El “dale que falta poco”, acompaña el ir y venir de los 300 corredores. Los últimos kilómetros los hice con la cabeza  llena de imágenes. Una película sin fin con los entrenamientos de todo el año, la mirada atenta de mi entrenador Julio Gómez que supo calmar mi ansiedad con su tranquilidad y su pregunta de siempre: ¿por qué corres en la montaña si vivís en el llano? Y mi respuesta ahora, con más consistencia, es: por qué no hacerlo, si me da vida, si conozco gente a la cual me considero y me considera “atada” para siempre por ese hilo mágico que nos une a los que corremos trail ; porque en la montaña me encuentro más fácil con ese Yo que tan escondido tengo, ese Yo natural, libre de prejuicios, de preconceptos, un Yo auténtico. Ahora, un Yo más fuerte que quiere seguir adelante.

Dejo para el final contarles que esta carrera es única no sólo por sus paisajes, sino por la organización que, sin temor a equivocarme, es excelente. Siempre hubo alguien de TMX Team dando fuerza, escuchando, solucionando. Sentí que en El Origen no somos un número más, somos individuos únicos e irrepetibles y así nos hicieron sentir.

El resultado esta vez fue podio, pero lo comento casi al pasar porque confieso haberme sentido un poco ajena a ese sitio cuando me paré en el escalón más alto de la general damas en equipo de la distancia larga. En realidad, nuestro mejor premio fue toda esa gente maravillosa que en algún momento se preocupó por nosotras, nos alentó y nos felicitó. Gracias a Germania, mi pueblo. Gracias Paola por el aguante. Gracias a mi marido por su infinita paciencia.

Nos vemos en la próxima carrera, siempre un poquito más fuerte y más viva que la vez anterior.

(*) Natacha Diz es chef profesional y corredora amateur.

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  • juanca

    Felicitaciones Natacha y Pao…nunca dejes de soñar…nunca te rindas. Abzo. Juanca.