#MajorsRun: de Nueva York a Tokyo, del sueño a la realidad

Y al fin, lo que era un proyecto fue realidad: “100 días, dos maratones, un sueño”, está cumplido. Después de Nueva York, el 2 noviembre de 2014, Tokyo llegó puntual, como no podía ser de otro modo, el 22 de febrero 2015. Y así, #majorsrun completó su miniciclo, que puede sumar a Berlín 2013. Ahora, “sólo” quedan Chicago, Londres y Boston, tal vez en ese orden.

Ya habrá tiempo de profundizar, pero ahora es momento de dejar que decanten las sensaciones, siempre distintas, de otra carrera, siempre distinta. Tokyo se corrió bajo un cielo plomizo, con un frío más aparente que real y una lluvia que amenazó con ser, pero nunca fue. Arranca desde el edificio municipal de gobierno de la ciudad, con perfil de Ciudad Gótica, y justamente al lado mío partió… Batman. Dicen que esta es la carrera con más pre inscriptos del mundo (de 304.000 quedamos 33.500), pero lo cierto, sin necesidad de dato estadístico alguno, es que se trata de la carrera con más disfraces por competidor del mundo: tras dejar atrás a Batman, pasé a Morticia Adams muy fácil, porque iba con tapado, y hasta a un vaso de Starbucks Coffee, con la tapita en la mano; en el medio, todos los personajes del Cómic japonés, que son muchos, y Michael Jackson, con zapatos.
Suena a chiste, pero es verdad, como también lo es que desde la largada hasta el kilómetro 10 invita al apuro, porque es una pendiente muy pronunciada. Luego, entra en una planicie que no se va alterar hasta el kilómetro 36, donde empiezan a atravesarse una serie de puentes criminales. En el primero, alguien del público, con gran sentido de la solidaridad, puso a sonar un continuado de la canción de Rocky. El último está en el kilómetro… 41. ¿Hay necesidad?
Los 42 kilómetros, absolutamente todos, hasta los puentes, están rodeados de aficionados que gritan alaridos cortos, y hacen sonar todo tipo de objetos, sobre todo globos alargados, al estilo NBA. Cada tanto, muy cada tanto, hay bandas de música: la primera, militar; unas cuantas, de un extraño pop japonés, que mezcla música americana y vestuario y movimientos locales; y un par, sólo un par, de los tradicionales tambores asiáticos.

El lugar más Tokyo de la carrera es la curva de Ginza: cuando se pasa por allí, da la sensación de que debería correrse de noche y en verano, al imaginarla totalmente iluminada. El resto es gris y ocre, el no color de los edificios de la ciudad, sobre todo opacadas por el cielo nublado.

Lejos, muy lejos de Batman, espero, llegaron los ganadores. Endeshaw Negesse (Ethiopia, 2:06:00), Stephen Kiprotich (Uganda, 2:06:33) y Dickson Chumba (Kenya, 2:06:34) entre los hombres. Birhane Dibaba (Ethiopia, 2:23:15), Helah Kiprop (Kenya, 2:24:03) y Tiki Gelana (Ethiopia, 2:24:26), entre las mujeres.
Lejos, muy lejos de ellos (y de Batman, espero), llegué yo, con mis 3h45m08, mejores que las 3h46m58s de Nueva York y peores que las 3h43m17s de Dubai. Las 4h17m00 de Berlín tuvieron el valor del primer paso.

Gracias a todos los que me respondieron #justdoit cuando propuse #majorsrun.
Y al Migueles Team, siempre presente. Y gracias a Marti Arcucci, que se bancó mi pésimo humor del sábado, cuando lo que no pudieron dos maratones lo pudo una escalera mecánica: lesionarme. Ella sabía que una rodilla hinchada no iba a frenarme y me lo dijo. Pero no le creí. Tampoco a Malena Arcucci, que trataba de convencerme desde Londres.
Esto son sólo las primeras sensaciones. Ya vendrá la crónica en serio. Sin Batman. O con él.

#majorsrun #justdoit

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Re correr Tokyo

Por Daniel Arcucci

No es la primera vez que viajo a Tokyo, pero sí la primera vez que voy a correrlo. Y, se sabe, cuando uno corre los lugares, los recorre. Los reconoce aunque ya los conozca. La primera vez fue en diciembre de 1990, en una época de oro de la revista El Gráfico. Tanto, que me tocó ser el enviado especial para cubrir la final de lo que entonces era la Copa Intercontinental, o Europeo-Sudamericana, o Toyota, entre Olimpia, de Paraguay y Milan, de Italia. Una semana en Asunción, para producir una edición especial del campeón de América, y después el viaje al otro lado del mundo, casi como una más de la delegación de un equipo en el que brillaba Raúl Vicente Amarilla, asomaba un talentoso Luis Alberto Monzón, se perpetuaba en el arco Ever Almeida y tenía en la dirección técnica al mítico Luis Cubilla.

Poco pudieron hacer, en el Estadio Nacional de Tokyo, ante uno de los mejores equipos de la historia, tan admirado entonces como el Barcelona de tiempos cercanos: el Milan de Arrigo Sacchi y los tulipanes holanedeses –Rijkaard, Van Basten y Gullit- los aplastó con un contundente 3 a 0. Todo fue deslumbrante entonces. Desde el fútbol del Milan –“Así se juega al fútbol”, tituló El Gráfico- hasta la posibilidad de entrevistar mano a mano a Arrigo Sacchi, por entonces ideólogo de una revolución futbolística, hasta la idiosincrasia japonesa, respetuosa al extremo, en una serenidad que sólo parecía quebrarse cuando hacían sonar aquella bocinas insoportables durante los 90 minutos de un partido.

La segunda vez fue en mayo de 1993, para la inauguración de la JPL, la primera liga profesional de fútbol japonés. No sólo fue Tokyo, entonces, sino cada una de las diez ciudades que tenían equipo representativo. Y no sólo fue contar el cotejo inaugural en sí mismo, con show más propio de Hollywood que de la cultura oriental, sino que el gran protagonista de la noche fue un argentino. Ramón Angel Díaz. Contratado como la gran estrella del Yokohama Marinos –así como Zico lo era del Kashima Antlers y Pierre Littbarsky del Jeff United-, marcó el gol del triunfo sobre el Yomiuri Verdy, el más poderoso de los equipos, y su inconfundible tonada se escuchó en el estadio colmado por 60.000 almas, en una entrevista pública: “Quiero dedicarle el triunfo a mi familia, que está aquí, y a toda la gente del Yokohama Marinos”, dijo. El título de El Gráfico de entonces podría generar una polémica ahora: “¡Gol de Lamón!”. Con él viajamos en subte y en metro, desde el centro de Tokyo hasta Yokohama, en las afueras, donde vivía.

La tercera vez fue en junio de 2002 y no es necesario recordar mucho. El famoso Mundial al que la selección argentina de Marcelo Bielsa llegó como máxima favorita, junto con Francia, y terminó yéndose en primera ronda, junto con Francia. En La Nación, habíamos comenzado con los suplementos especiales desde 95 días antes y la competencia de Argentina duró 10. El triunfo contra Nigeria en Ibaraki, la derrota contra Inglaterra en Sapporo y el empate contra Suecia en Miyagi. El ambicioso plan de cobertura del diario, cuando apenas se había salido de la triste crisis de 2001, fue producir dos ediciones diarias, una matutina, con el ejemplar de La Nación, y otra vespertina, regalada en diferentes lugares. Y la decisión fue cumplir con lo prometido, aun sin el seleccionado en carrera.

Semejante gesto nos permitió recorrer Japón detrás de otros seleccionado, hasta ver la mítica coronación de Ronaldo, O Fenómeno, que un par de meses antes no sólo no sabía si iba a seguir jugando al fútbol sino que se dudaba que pudiera caminar normalmente.
Vivíamos en Iwaki, un pequeño pueblo a poco más de una hora de Tokyo en tren bala, porque el cuartel general que había elegido el seleccionado quedaba cerca de allí, en Naraha Hirono. Muchos años después, aquel fabuloso predio, fue utilizado como refugio por los ingenieros que trabajaron en la recuperación de la planta nuclear de Fukushima, arrasada por el tsunami. Fue, entonces, un verdadero “Búnker de los héroes”.

Vuelvo ahora, por cuarta vez. No me moviliza el fútbol, sino otra pasión, más personal. Correr. La maratón de Tokyo, tercer major que afrontaré después de Berlin 2013 y Nueva York 2014, está al alcance de mis pies. Por esas cosas del destino, se da cuando en la Argentina comienza el torneo más extraño de su historia. “Un torneo japonés”, diría el hablar popular, aunque difícilmente a algún japonés se le hubiera ocurrido organizar algo tan extraño.

Nunca antes en mi carrera profesional de 32 años había optado por vacaciones en el momento en que comenzaba la actividad, pero así se dio. Tal vez porque es tiempo de hacer cosas que nunca había hecho, como correr dos maratones en apenas 112 días.
Tres veces antes había pisado esa tierra milenaria y maravillosa, pero nunca la había corrido. Ahora sí puedo decir que voy a re correr Japón.

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Un trote gentil con un atleta de elite

Por Daniel Arcucci

“Vos marcá el ritmo, yo te sigo”, me dice Luis Molina y no hay en su voz ni una pizca de  condescendencia del atleta de elite sino toda la humildad de un chico de pueblo, cuando él es ambas cosas al mismo tiempo.

Estamos en el extremo de uno de los circuitos urbanos de Nike, el de Vicente López, y la idea es compartir un trote y una charla gentiles.

El viene de hacer un fondo de 18K, está preparándose para 10.000 metros en serio, que se correrán en el Cenard a finales de marzo, y a mí me quedan horas para tomarme el avión a Tokyo, para correr mi segunda maratón en poco más de tres meses, después de la de Nueva York.

Mientras la brisa del río atenúa un poco el color, la charla va y viene del fútbol al atletismo, dos deportes que lo apasionan de manera diferente. Si fuera por hablar, Luis hablaría todo el tiempo de la pelota. Si fuera por hacer, Luis haría todo el tiempo lo que hace, que es entrenarse con un entusiasmo que contagia.

De palabra, y de idolatrías, le resulta más sencillo referirse a Riquelme o a Maradona que a Kipsang o a Mutai. Es capaz de describir con detalle de archivista el partido de su Boca querido que más lo emocionó –“El del gol con la nuca de Guerra, lo vi desde la tribuna, era muy chiquito-, pero no ponerle nombre al récordman del mundo de maratón, aunque sí es capaz de recitar de memoria su tiempo y hasta sus parciales, como hace con los propios.

“Yo soy feliz corriendo”, dice, cuando logro colar una pregunta después de varias suyas sobre las posibilidades de Boca en el torneo próximo a comenzar y de confesar su fanatismo por “90 Minutos de Fútbol”, el programa de Fox Sports. “Salir a entrenar por Lobos, mi pueblo, es todo. Hago lo que me gusta y lo hago para crecer, para superarme”, cuenta.

Los objetivos están ahí, delante suyo. Bajar tres segundos en los 10.000 que se avecinan, de su 29m48s a 29m45s, para ir al Sudamericano de Lima y al Panamericano de Toronto, y más allá la Maratón de Berlín, en busca de la marca A que lo lleve después a su gran sueño, los Juegos Olímpicos de Río.

Mientras tanto, disfruta como un chico y así lo transmite por correr esas carreras que le llegan al corazón: “El domingo voy a Lincoln. Y te recomiendo una, incomparable: la carrera de Reyes, en Trenque Lauquen. La gente sale a la calle y te va dejando el paso angostito, así, te aplauden, es una fiesta…”. Este año la ganó, por supuesto. Y la sumó a su currículum, que alimenta con esmero de artesano y que va desde aquel título nacional en 3000 metros, de menores, al título nacional de Media Maratón, una de sus distancias predilectas.

En 2014 vivió una gran alegría y una gran tristeza, que de las dos está hecha la historia de un atleta de elite: en junio, ganó la Media Maratón de Nike, en 1h04m, y en octubre se le hizo cuesta arriba la Maratón de Buenos Aires, para la que había llegado con la mejor preparación, y que terminó ganando su amigo, Mariano Mastromarino. De las dos experiencias sacó conclusiones, todas positivas. Seguir, mejorar, crecer.

Al día siguiente, ya estaba planificando su entrenamiento, que en promedio ronda los 180 kilómetros semanales. “Corro mucho”, dice. “Tengo una base grande, lo que después me permite ajustar de acuerdo al compromiso que tenga por delante… Ahora, por ejemplo, estoy en los 200 kilómetros semanales”.

Vamos pegando la vuelta y a mi empapadura en sudor se opone su frescura, como si todavía no hubiéramos arrancado. “¿Para vos quién es mejor, Messi o Maradona?”, arranca de nuevo con su tema favorito. Y después de darle forma de respuesta a uno de los temas más debatidos del mundo (del fútbol), vuelvo sobre uno de los temas más habituales del mundo (del atletismo): ¿cómo es el entrenamiento habitual de un atleta de elite?

“Me entreno todos los días, la mayoría en doble turno. En mi caso, cinco o seis. No me cuesta. Lo disfruto. La mayor parte de los días, en Lobos. Si no, en el Cenard, cuando vengo a Buenos Aires y me quedo en la casa de un amigo… Pero reconozco que me gusta más el campo que la ciudad. No tengo secretos. Bueno, sí, uno. Antes de empezar, en el calentamiento, me pongo Pegada al corazón, de Jáuregui. Bien futbolero. Y también suelo escuchar a los Reyes del Barrio”.

Mientras cuenta todo eso con naturalidad, advierte mi decepción porque el reloj no está tomando el GPS y, por lo tanto, no tengo ni idea del ritmo al que vamos, aunque se que le vamos a agregar un kilómetro a los 5 que tiene el circuito. Me dice entonces, con el mismo tono del comienzo, sin condescendencia y con humildad: “Debemos andar en 5’10”. Dos minutos después, el reloj se conecta y el paso al que vamos es… 5’10. Miro sus muñecas; sólo lleva una pulsera. El tiempo está en su cabeza. Cabeza de corredor.

#majorsrun #justdoit

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Entre Nueva York y Tokyo

Por Daniel Arcucci

MUCHO, NADA, TODO

Pasaron 100 días de aquel domingo 2 de noviembre en el que el corazón del Central Park fue el escenario ideal para la meta de una carrera soñada. Fueron necesarias 3 horas y 46 minutos para completar los 42 kilómetros de la Maratón de Nueva York, tan compleja como apasionante. Definitivamente inolvidable.

Como suele suceder con las grandes carreras, a medida que pasa el tiempo se la recuerda mejor. Y las ganas de volver a correr, que nacen apenas se cruza la línea de llegada, aún con las piernas entumecidas, se va acrecentando a medida que pasan las horas. La Maratón de Tokyo, ahora, está al alcance de la mano. No falta nada para cumplir, o intentar hacerlo, con el desafío propuesto: “3 meses, 2 maratones, 1 sueño”.

Y tal como fue planteado el desafío, no se trata de una provocación ni se trata de hacer lo que no se debe. Se trata, sí, de hacer lo que se quiere y de demostrar que se puede. Todo eso enmarcado en una vida relativamente normal, que no es la de un atleta de élite, sino la de un aficionado con aspiraciones.

Ambas cosas, combinadas, provocaron que el recorrido por estos 100 días, que seguramente debieron tener la fluidez de una plana carrera de calle, se hayan parecido más a una escarpada carrera de montaña, pero nada ha sido capaz de frenar el deseo de cumplir con el sueño. Al fin y al cabo, el gran motor.

No pasaron más de diez días, después de la hermosa experiencia de Nueva York, para volver al entrenamiento con el Migueles Team. Las cuestas que no cuestan, entre Olivos y San Isidro, fueron el mejor reencuentro posible para empezar a subir hacia la anhelada experiencia de Tokyo. Enseguida, una seguidilla de carreras de 10K.

Podrán cuestionarlos, pero seguirán siendo una atracción irresistible: los 10K siempre serán los 10K. Alguna vez objetivo que parecía inalcanzable y por eso aspiracional; con el tiempo, hermanos menores de la media maratón, la prueba de la superación; y, para siempre, la distancia iniciática de la explosión masiva del running. Todo eso han sido y son las carreras urbanas de 10 kilómetros.

Con razón, suelen criticarlas los entrenadores de atletas de elite, por pensar que los distrae en entrenamientos para metas más trascendentes y también suelen ponerle reparos preparadores de corredores aficionados pero con pretensiones, por considerar que incluso a ellos les altera sus planes más ambiciosos.

Pero algo tienen, evidentemente, que hace que se vuelva a ellas como quien vuelve a los orígenes, entre la emoción y el agradecimiento.

Después de la Maratón de Nueva York y antes de la Maratón de Tokyo apareció, oportuna, la posibilidad de disfrutar de tres carreras de 10 kilómetros en tres fines de semana consecutivas. Iguales en kilómetros, pero bien distintas en escenarios y en condiciones, como para que no faltaran matices.

El domingo 23 de noviembre fue a la vera del Río de la Plata, en las costas de Vicente López, bajo un sol abrasador y abrazador. Los 10K Chevrolet llegaron, puntuales, un día después de un entrenamiento de 18 kilómetros con cuestas, en el Bajo de San Isidro: lo que podría haber sido una imprudencia fue un placentero trote veloz, en 45m27s a 4m33s por kilómetro, más edificante que regenerativo.

El domingo 30 de noviembre fue en los bosques de Palermo, bajo una lluvia bendita. Los 10K de Lan no se suspenden por nada, todo lo contrario, y resultó un placer compartirlos con Marcelo Zlotowiagzda, cruzando charchos como chicos para recorrerlos en saludables 46m37s, a 4m37s por kilómetro.

El sábado 6 de diciembre fue sobre la pista y los alrededores del Hipodromo de San Isidro, bajo una lúna mágica que le discutía la iluminación a los 10K de Energizer. Si se completaron en 47m14s, a 4m43s por kilómetro, tal vez fue porque resultaba difícil no mirarla desde cada rincón del recorrido.

Después, sí, a seguir a rajatabla los consejos de Luis Migueles, con la vuelta a los fondos necesarios, sólo interrumpidos por alguna inoportuna operación de muelas, un tobillo torcido en el peor momento o, simplemente, la inmanejable actualidad argentina, que convirtió al mes de enero en un mes de trabajo demasiado fuera de lo común para cualquier periodista: entrar a la redacción de La Nación poco después del mediodía y retirarse más allá de la medianoche, se volvió una rutina durante casi 20 días. Tal vez por eso, el fondo de 30 kilómetros del miércoles 28 de enero, cuando faltaban exactamente 25 días para la Maratón de Tokyo, fue mucho más que un  simple entrenamiento. Fue una catarsis, que en su momento, apenas llegado y cuando todavía ni me había secado, describí así.

Fueron 30K en los que la expresión “mal tiempo” sólo podría aplicarse, y de manera discutible, a las 2 horas y 50 minutos que me llevó recorrerlos, en un ritmo de 5’41 que está lejos de lo hecho y lejos de lo que se busca hacer, pero de ninguna manera al clima.

Algo tendrá la lluvia, que hace que el correr empapándose se vuelva algo tan gratificante. Todavía más de lo que habitualmente eso. Será que empuja. Será que alimenta. Será que limpia.

Fue a las 6.30. Desde el Bajo de San Isidro hasta Vicente López, vuelta hasta San Fernando y fin en San Isidro, cruzando charcos que rápido dejaron de ser un problema para convertirse en una diversión y cruzando autos con conductores que, tal vez, adaptaban al paso la letra de Balada para un loco. Y si bien no me crucé con otros corredores por aquí, estoy seguro que hubo varios, al mismo tiempo, en otros lugares. Somos muchos los que estamos piantaos, piantaos…

Tan “piantao”, que me voy cuando todos vienen. Que por primera vez en más de 30 años de trabajo, las vacaciones, o algo así, comenzarán cuando la mayor actividad empieza. Todo sea por cumplir un sueño.

Pasaron 100 días de la Maratón de Nueva York. Faltan 12 días para la Maratón de Tokyo. Mucho, nada. Todo.

Fotos: archivo personal, Iloverunn y FotoRun. Infografías: Pía Azcuénaga.

#majorsrun #justdoit

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Cada runner con su tema

Por Daniel Arcucci

No suelo correr con música. Me gusta más el “tapatap-tapatap-tapatap” de las zapatillas contra el asfalto en las carreras urbanas, las charlas con más o menos aire del running team hecho enjambre, las bandas al paso de las grandes medias maratones, el aliento babélico de las grandes maratones del mundo o, simplemente, los sonidos de las mañanas en algún trote a la vera del río.

No suelo correr con música, pero no quita eso que la música me impulse a correr. Escuchar un tema y que el piso se empiece a mover bajo los pies. Escuchar un tema y que, además del ritmo, la letra acompañe la sensación. Desde un trotecito gentil hasta un fondo largo, pasando por una pasada, valga la redundancia, que todos tengan una razón de ser.

Tener la placentera obligación de elegir cada lunes un Tema Run para “No somos Nadie”, el programa del amigo Juan Pablo Varsky, le puso el marco a una búsqueda que se volvió obsesiva y terminó por ponerle música al #majorsrun, ese lindo desafío autoimpuesto de “100 días, 2 maratones, 1 sueño”. Al título habría que agregarle, ahora, “y unas cuantas canciones”, que empezaron 55 días antes de la Maratón de Nueva York y seguirán, sumándose, hasta la Maratón de Tokyo.

Son estas. Ninguna porque sí. Todas con algo.

Haciendo click con el botón derecho del mouse y elegiendo la opción “Guardar como”, podés descargar los temas.

“Dicen que estoy atrapado en un sueño”. Wake me up (Avicii)

“Está todo en mi cabeza”.  Mr. Brightside (The Killers)

“Sé que estaremos sanos y salvos”. Safe and Sound (Capital Cities)

“El barco me está llevando muy lejos, lejos de las memorias”. Starlight (Muse)

“Yo estoy listo, ahora”. Use somebody (Kings of Lyon)

“Es el lugar donde esconder mis demonios”. Demonds (Imagine dragons)

“Si esto es lo que tenemos, entonces lo que tenemos es oro”. Stay the night (James Blunt)

“1,2,3, agarrate y vení conmigo”. Are you gonna be my girl? (Jet)

”Mi cuerpo vuelve a la vida y todos nosotros corremos”. Runaways (The Killers)

“Estos son los días que estabas esperando, estos son los días de los que no te arrepentirás”. The Days (Avicii)

“Incluso cuando pierdo estoy ganando”. All of me (John Legend-Tiesto)

“Corre, corre torbellino. Cada vez más lejos”. Girls like you (The naked and Famous)

“Si tan sólo no me doblo y no me quiebro, te encontraré del otro lado”. Bend and Breake (Keane)

Faltan 78 días para la Maratón de Tokyo. Queda mucho por correr, queda mucho por escuchar.

#majorsrun “justodoit”

(*)Daniel Arcucci es periodista y maratonista. Secretario de redacción en el diario La Nación, Panelista en 90 Minutos de fútbol (Fox Sports). Colaborador en No Somos Nadie (FM Metro 95.1).

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Me han hablado mucho de la maratón de Nueva York

Por Daniel Arcucci

Faltan quince minutos para las siete de la mañana del domingo 2 de noviembre y Nueva York recién amanece, frío, gris y ventoso. No es necesario bajarse del bus, que estaciona como un eslabón más de la cadena interminable de otros iguales, para advertirlo. La sensación térmica traspasa las mismas ventanillas que, sólo unos segundos antes de llegar a ese punto multitudinario de encuentro, en Staten Island, enmarcaron el lomo amenazante, cual gigantesco dragón encorvado, del Puente Verrazzano.

Al bajar, la brisa helada pega sin piedad en la única parte del cuerpo descubierta, la cara, pero el efecto se corta rápido, al encolumnarse en la marcha pacífica y solidaria de más de cincuenta mil corredores que caminan, tras haber llegado allí en buses o en ferry, en busca de su corral de largada. En el mejor de los casos, para ellos, para nosotros, faltan poco más de dos horas. En el peor, más de cuatro.

***

Me habían hablado mucho de ese campamento previo a la largada. Pero distinto es verlo. Un verdadero campo de refugiados multinacional, distribuidos por color, pero no de piel sino de tiempo. Los corrales azules, primero. Los verdes, también. Y finalmente los naranja. Cada uno va para el suyo, hasta que se abran las puertas, y alrededor de todos encontrará lo mismo: café caliente, unos bagels y la solidaridad de quien tiene un cartón, un plástico o una frazada en el piso, además del calor humano que se agradece. Hay 264 argentinos entre centenares de nacionalidades. Todos parecemos entendernos.

El cielo sigue encapotado y el viento está filoso, pero no llueve, afortunadamente.

A la hora señalada, se abren los corrales. Por olas, y eso son, efectivamente. Olas de corredores, de los más rápidos a los más lentos, de la elite con Kipsang y Mutai a la cabeza, pero todos por el mismo camino, que comienza con una fila de los clásicos ómnibus turísticos descapotados a ambos lados y un simple escenario, desde donde se cantan dos himnos, antes del disparo de largada: el de Estados Unidos y “New York, New York”, que se escucha y que impulsa mientras ya se corre por la cola, o por la trompa, del dragón Verrazzano.

Me habían hablado mucho de ese puente y de los otros cuatro. Pero distinto es cruzarlos de a pie. El viento chifla cruzado entre los cables de acero y la sensación de volarse, o volar, es inevitable: sea por la pesadilla vertiginosa de que lo va a revolear a uno a las aguas turbulentas, centenares de metros abajo, o sea por el sueño mágico de que hay una fuerza que empuja a uno a correr mucho más rápido de lo que puede y debe. El ritmo de esos primeros cuatro kilómetros es una falacia: en la foto emblemática, la del poster de la carrera, todos somos Kipsang.

El envión llega hasta el segundo puente, el Pulanski, y ya se está hablando de otro distrito neoyorquino, Brooklyn, y de la mitad de la carrera. A diferencia de Berlin 2013, cuando a esa altura se me ocurrió pensar qué estaría haciendo el mismo Kipsang en ese momento y, a mis 2h05 de entonces, él hacía dos minutos que había llegado con un nuevo récord del mundo, esta vez, con mi 1h51, a él todavía le faltaban casi 20 minutos para cruzar la meta final, para ganar, en 2h10m, la edición más complicada de esta carrera en las últimas décadas. No podía imaginar, por más que me lo habían advertido, que él ya había experimentado lo que para la mayoría estaba por delante: lo más difícil.

Pero justo en la Media Maratón, en la parte ascendente del Pulanski, dejé atrás con demasiada facilidad al pacer de 3h45, confiado en que la multitud que esperaba me llevaría a mejorar esa marca, me empujaría más que el viento en contra y disimularía las cuestas que había que afrontar. Tenía el objetivo secreto de mejorar las 3h43 de Dubai 2014 y eso era más fuerte que los consejos públicos, y sensatos, de no dejarse engañar por el entusiasmo. “Lo que se gasta de más al principio, se paga al final”, me había dicho Luis Migueles. “Hay que dejar de lado la emoción en el comienzo y guardarla para el cierre, porque se va a necesitar”, me había advertido el Indio Cortínez.

Pero lo que estaba por delante, primero, era el tercer puente. El Queensboro.

Me habían hablado mucho de ese armatoste de hierro que une, o separa, a Brooklyn de Queens. Pero distinto es internarse en él. Los acordes de una alegre banda que despide de Brooklyn a los corredores se cortan abruptamente, como si alguien desenchufara el equipo de música, apenas se gira a la izquierda y se interna uno en el túnel oxidado. Por encima pasan los trenes, a los costados se divisa la postal lejana de Manhattan y por debajo brama el Hudson. Pero nada de eso impresiona tanto como el tapatap-tapatatap-ta—pa—tap——ta——pa——tap———- ralentado de las zapatillas sobre un asfalto que parece comérselas. Es un silencio gélido, de energía muerta. En ese lugar inhóspito y agresivo, muchos corredores dejan de correr. Se cruza el kilómetro 25 y la parte descendente, cual tobogán, impulsa de nuevo. Sobre todo porque al pie, como si de un parque infantil se tratara, esperan miles de padres del esfuerzo, dispuestos a felicitar por lo hecho y a alentar el porvenir. Duro porvenir.

Me habían hablado mucho de ese contraste entre el silencio del Queensboro y el griterío infernal en la esquina de la 1st Av. Pero distinto es sentirlo. La vista se clava primero a la derecha, hacia la veredas cubiertas de público enfervorizado, pero luego se voltea inmediatamente, porque el giro es cerrado hacia la izquierda. Y lo que se ve es fascinante y aterrador: un rio de cabezas contracorriente, porque la naciente de ese caudal está casi 8 kilómetros más arriba. Y hacia allá hay que subir, en línea rectísima, con orillas multitudinarias. Aún así, con esa especie de pared humana sosteniendo el cauce, el cruce del kilómetro 30 no lo avisa un cartel, sino una ráfaga de viento en contra que lo duplica en velocidad y obliga a remar con los brazos, con las piernas y, sobre todo, con la cabeza. Hay que llegar al Bronx, el cuarto distrito en el orden geográfico de la carrera, y para hacerlo, es necesario cruzar el puente Willis.

No me habían hablado mucho de ese cuarto puente. Pero es necesario hacerlo. Antes de encontrarse con el cartel del kilómetro 35, se encuentra uno con esta obra arquitectónica pequeña, comparada con sus tres antecesoras, pero ascendente y en curva hacia la izquierda. En un thriller sería un crimen sorprendente, una muerte rápida e inesperada: el piso es de cemento, ni siquiera de asfalto, pero más parece arena. Superarlo es cruzar el muro de todos los muros. Porque el premio es una pendiente hacia el Central Park, rodeado por edificios de ladrillos rojos, de película, propios del Bronx.

El pacer de 3h45, aquel que había dejado atrás con naturalidad en el kilómetro 21, me pagó con la misma moneda en el kilómetro 37. De haberme quedado con él entonces, tal vez iríamos juntos ahora. Pero no: el palito de madera con el cartel azul y números blancos pasa y se va, con la misma naturalidad con la que se ha cruzado el último puente, el de la avenida Madison.


A esa altura, los puestos de hidratación, ubicados rigurosamente en cada milla, son un aliado fundamental, como lo han sido los cuatro geles ya consumidos. No afloja el frío y menos afloja el aliento del público, apenas ausente en los puentes y en algunos pocos kilómetros de un par de barrios. Ya en Manhattan, ya en el Central Park, es estremecedor.

Bien por el noreste, a la altura de Harlem, se ingresa en ese oasis verde que, por cierto, no es plano. Sube y baja como una suave montaña rusa en el corazón de los Estados Unidos y desemboca en su esquina más turística, allí donde su cabecera sur se topa con la Quinta Avenida. No es el final, que va. Apenas se ha pasado el kilómetro 40 y todavía queda un giro. Por supuesto, hacia arriba. Los gritos de aliento son ensordecedores: no se escuchan ni se oyen; se sienten. Se necesitan para subir la última cuesta, hasta ese arco soñado tantas veces, rodeado por dos tribunas repletas, justo al costado de Tavern on the Green, en Central Park West y 67st.

Me habían hablado mucho de esa llegada. Pero distinto es protagonizarla. Hay una alfombra azul, o eso creo, que funciona como una cinta bajo los pies, para que la cuesta no cueste. O será la gente de los costados, tal vez, que parece tomarte de los brazos y llevarte en el último tramo hasta entender, ahí sí, que 3 horas, 46 minutos y 58 segundos después, tras haber largado de Staten Island y cruzado Brooklyn, Queens, Bronx hasta llegar a Manhattan, para conformar con partes tan diferentes eso que se llama Nueva York, alguien te está diciendo “Congratulations” y te está colgando del cuello una medalla dorada que dice “New York City Marathon”. Entonces, ya no importa el frío, ya no importa el viento, ya no importan los puentes, ya no importan las cuestas. Ya no importa nada. Sólo importa que se superó todo eso. 8810° entre 50.564, 712° entre los cincuentenarios… ¿Importa? Sí, importa.

Me habían hablado mucho de la Maratón de Nueva York. Pero no son suficientes las palabras. No es la más antigua, no es la más rápida, no es la más legendaria, no es la más fácil. Es, como bien se define o autodefine, la más universal. Es la carrera del mundo. La que hay que vivir para contar.

***

Amanece soleado y amable el lunes 3 de noviembre en Nueva York y brilla en los pechos de los corredores ahora turistas la medalla dorada del finisher. A nadie le resulta raro el atuendo; todo lo contrario. Como si de un ritual se tratara, y de hecho lo es, se recibe el saludo de cada habitante de esta ciudad, orgullosa como pocas de su carrera. Cada “congrats” se convierte, entonces, en un nuevo estímulo para correr, para seguir corriendo. Faltan poco más de 100 días para Tokio. Allá vamos, a ver como es. No me han hablado mucho, todavía.

(*)Daniel Arcucci es periodista y maratonista. Secretario de redacción en el diario La Nación, Panelista en 90 Minutos de fútbol (Fox Sports). Colaborador en No Somos Nadie (FM Metro 95.1).

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Una carrera para pensar y sentir

Por Daniel Arcucci

“Pensá la carrera. Lo que se gasta al principio, se paga al final”, me dijo Luis Migueles hace un par de semanas, después de un par de fondos demasiado entusiastas y ya con la cabeza en Nueva York. Como si la suya estuviera aquí, ese es el consejo fundamental que repiten todos, a medida que se acerca la hora de la carrera más universal, tal como se la define y autodefine.

Desde Joan Benoit, la leyenda viviente que en 1984 ganó la medalla dorada olímpica, hasta el Indio Cortínez, que disfruta de la alegría y la expectativa de los atletas aficionados como si fuera uno más, todos le dan forma a ese concepto, con matices.

Benoit nos sorprendió, en persona, después de haber visto un video suyo de aquella proeza de hace 30 años, cuando bajó la escalinatas del Nike Store de Flat Iron para sentarse, mínima y gradiosa, frente al grupo de corredores del Nike Club de Nueva York. “Son lógicos los nervios”, dijo. “Yo también los sentía. Es una carrera maravillosa, diferente a cualquier otra. A mí me gustan las historias. Y se corre para contar la historia de cada uno; la mía, la de cada uno de ustedes”, agregó.

El video y sus palabras fueron un impulso más para salir a correr 3 millas por la 5ª. Avenida y sus alrededores, bajo la llovizna, con todo el grupo, y para experimentar aquel consejo: no dejarse llevar por la emoción.

Eso decía el Indio: “Hay que respetar tu (tiempo) histórico. Dejar la emoción para el final de la carrera, porque es ahí donde la vas a necesitar. Los primeros parciales son mentirosos. Los dos primeros puentes (Verrazzano y Pulaski) definen tu carrera. Si pasaste demasiado rápido la Media Maratón, fuiste…”.

Al tercero también se refirió Benoit, y todos: “Queensboro es terrible”, dice. Una corredora que cuenta con seis maratones de Nueva York bajo sus pies la interrumpe: “A mi me encanta”, le dice. “Bien por vos”, le dice Benoit. (“El maratón de Nueva York: cinco puentes a la felicidad”)

Es clave: una vez subido y bajado, como si fuera un tobogán, cuentan, se llega al punto máximo de la necesidad de euforia y apoyo para seguir en carrera. Una multitud, y una pronunciada y larga cuesta, recibe a los maratonistas, para encarar la parte final.

Es a partir de allí, sobre todo, donde dicen que se hace realidad el slogan: el corredor es un testigo de la fiesta que la ciudad se organiza a si misma. Es Nueva York, a partir de allí, la que empuja a ser recorrida. Habrá que verlo. Habrá que sentirlo.
Un día antes, lo que se siente es una profunda emoción. Hay que guardarla, como un tesoro, para cuando se la necesite. La Maratón de Nueva York se corre, pero sobre todo se piensa y se siente.

(*)Daniel Arcucci es periodista y maratonista. Secretario de redacción en el diario La Nación, Panelista en 90 Minutos de fútbol (Fox Sports). Colaborador en No Somos Nadie (FM Metro 95.1)

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Un viaje por el mundo

Por Daniel Arcucci

Wittemberg recibe a Jeptoo, ganadora de la última edición del maratón.

De todas las definiciones que he leído, me quedo con la más reciente, por certera y porque me despierta la mayor empatía: “Correr la maratón de Nueva York es como hacer un viaje por el mundo”, dijo Mary Wittenberg, que evidentemente tiene una gran capacidad de liderazgo para dirigir la carrera más universal y también una gran capacidad de síntesis para decirlo todo con sólo esas trece palabras.
Las pronunció hace apenas unos días, en España, donde la Maratón de Nueva York recibió el premio Príncipe de Asturias, justificado precisamente en la condición internacional de la competencia, valor que la hace única y distinta, un imán irresistible para todo tipo de atletas, desde la élite más exclusiva hasta los aficionados más entusiastas, desde los Estados Unidos hasta el último rincón del planeta.
En charla con el diario El País, Wittenberg profundizó el concepto, aunque no fuera necesario. “Su carácter mundial la hace diferente. Es la maratón que más corredores internacionales tiene. Y cada uno de ellos tiene su historia en Nueva York. Hemos alcanzado el millón de personas que han terminado la maratón. Eso significa un millón de historias. Una de mis preferidas es la de Edison Peña, uno de los mineros chilenos atrapados. Al salir de la mina, dijo que quería correrla. Le respondieron que era imposible. Seis semanas después, lo consiguió. Nueva York es una historia de superación. Muchos piensan que no podrán terminar la carrera, pero lo hacen y es un gran logro personal. Hay personas que después de eso son capaces de lograr otros retos en sus vidas”.
En la primera edición, en 1970, largaron sólo 127 corredores, que pagaron 1 dólar por la inscripción, y llegaron apenas 55, con no muchos más alentándolos, o mirándolos asombrados, a lo largo del recorrido, 55 vueltas alrededor de Park Drive. Ganó el local Gary Muhrcke, en 2h31m38s.
En esta edición 44 (sería la 45, de no haberse suspendido la de 2012 por el huracán Sandy) serán, seremos, más de 50.000, lo que significará para la ciudad un impacto económico de 340 millones de dólares, y habrá miles de personas siguiéndola por televisión, más otros miles de neoyorquinos alrededor del circuito, que desde 1976 recorre los cinco distritos que componen la Gran Manzana. Por eso se larga desde Staten Island y se atraviesa el puente Verrazzano Narrows, imagen poster de la carrera, para seguir por Brooklyn, Queens, Manhattan, el Bronx, Harlem y terminar en el Central Park. Delante de todos partirán, y seguramente llegarán, los keniatas Wilson Kipsang (que supo batir el récord del mundo en Berlin 2013, con el registro hoy superado de 2h03m23s) y Geoffrey Mutai (récordman de la competencia, con 2h05m16s).
Detrás, en el medio, por cualquier parte, estarán, estaremos todos aquellos que, como bien dice Wittenberg, construyen, construimos, la historia de la carrera con nuestras historias. “Quiénes corren lo hacen para ganar, pero no por ser los más rápidos. No es una cuestión de batir récords, sino de correr por Nueva York”, dice.
Y tiene razón.

Daniel Arcucci, en la previa al maratón de Nueva York.

(*)Daniel Arcucci es periodista y maratonista. Secretario de redacción en el diario La Nación, Panelista en 90 Minutos de fútbol (Fox Sports). Colaborador en No Somos Nadie (FM Metro 95.1)

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#RunningTalks: La democracia del running, según Daniel Arcucci

Doy por cierto que todos sabemos por qué estamos acá. De qué vinimos acá para hablar. De lo que habla todo el mundo en este momento, ¿no? De una moda. De un boom. No hay lugar donde no se esté hablando de esto. Vinimos acá para hablar del Mundial de fútbol, me imagino” dice Daniel Arcucci, en el inicio de su charla motivacional que, en junio de este año, cuando faltaban pocos días para el comienzo de Brasil 2014 y menos todavía para la Media Maratón WeRun Bue, Nike organizó en el ND Ateneo, bajo el nombre RunningTalks.

Si es así, si no estoy equivocado, si vamos a hablar del Mundial, entonces yo voy a empezar hablándoles de Diego Armando Maradona. Después de años y años haciéndole preguntas, él por fin me hizo una a mí: ‘¿Por qué corrés? ¿Por qué corrés tanto?, me preguntó Diego con su natural desmesura. Y a mí me salió una respuesta maradoniana, explosiva. Le contesté con el corazón, como siento que él siempre me contestó a mí: Corro porque correr me salvó la vida.

Partiendo de este concepto, Arcucci cuenta cómo el running se convirtió en un factor determinante para levantarse después de haber caído. En el momento en que sintió que todo se desmoronaba, correr lo ordenó, lo encauzó y lo hizo volver a sonreir.

Este disparador lo llevó a correr su primer maratón; a recibirse de maratonista a los 50 años en Berlín. Fue en septiembre de 2013 cuando comenzó un sueño: completar las seis majors (Berlín, Nueva York, Tokyo, Chicago, Londres y Boston).
El próximo domingo 2 de noviembre, Daniel comenzará a correr por su sueño en los 42k de Nueva York y le sumará un desafío: 112 días después, el domingo 22 de febrero de 2015, correrá el maratón de Tokyo.  

Concluye Arcucci: “Y terminé con una sonrisa, que es algo que me pasa todo el tiempo cuando corro, tengo una sensación constante de buen humor…Aparecen las respuestas a todas las preguntas, incluída la pregunta inicial de Diego: ¿Por qué corro? ¿Por qué corremos?”

En palabras de Daniel Arcucci, él corre porque:

*Corro porque me hace feliz.

*Corro porque me hace sentir joven.
*Corro porque me hace superarme y ganarme a mí mismo cada día (y, sí, es una competencia).
*Corro porque me resultaron un logro los 10, los 21, los 42 y en el futuro serán los 100.
*Corro porque me alegro cuando llego, me alegro cuando gano y me alegro por los que llegan y por los que ganan.
*Corro porque me permite conocer lugares nuevos y reconocer lugares que ya conocía, todos vistos desde una perspectiva diferente.
*Corro porque puedo hacer lo que en ningún otro deporte: competir con los mejores en el mismo lugar…
*Corro porque un día me propuse correr hasta morir, pero cuando llegué a la meta estaba más vivo que nunca.
*Corro cuando estoy mal, para estar bien; y corro cuando estoy bien para estar mejor.
*Corro, también, porque estoy un poco loco.

Todos los oradores de las Running Talks

 

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100 días, 2 maratones, 1 sueño

Hace poco más de 25 años nació Malena Arcucci, mi hija, en mi casa. No fue una emergencia; fue una elección. Junto con la mamá decidimos que el parto en casa era la mejor opción para una pareja de mujer naturista y hombre del interior, que veían los centros hospitalarios de la gran ciudad como un lugar entre riesgoso y hostil, y a la posibilidad de hacer las cosas a la antigua como algo simplemente natural.

No fue una acción temeraria, aunque lo pareciera; hubo una preparación para afrontar ese momento.

No fue una competencia por demostrar valentía, tampoco: fue una decisión de acuerdo a las convicciones propias, sin invadir las ajenas ni tratar de convencer a nadie. Lo que es ideal y saludable para uno, puede no serlo para otros.

Hay un delgado hilo que une aquello que “no se debe” con lo que “se puede” para terminar atando lo que “se quiere”.

Esta experiencia personal familiar, y la conclusión que la explica o la justifica, vuelve a la mente ahora, cuando estoy a punto de afrontar un desafío que tal vez “no se deba” pero seguramente “se pueda” y sin duda “quiero” llevar a cabo. Así como no pretendía rebatir hace un cuarto de siglo los consejos médicos, tampoco pretendo rebatir ahora los consejos de quienes más saben de running, pero con convicción y respaldo voy a encarar ahora este plan que he dado en llamar “100 días, 2 maratones, 1 sueño”.

El próximo domingo 2 de noviembre voy a correr los 42K de Nueva York y 112 días después, el domingo 22 de febrero de 2015, los 42K de Tokio.

Ni una hazaña, si lo logro, ni una provocación, para los que no recomiendan  correr dos veces la madre de todas las carreras con tan poco tiempo de descanso entre una y otra. Tampoco una temeridad: antes de decidirlo consulté a un equipo completo, para escuchar consejos y para someterme, a los 51 años recién cumplidos, a todos los controles que fueran necesarios.

“Si en una buscás marca y en la otra te cuidás, dale nomás; con responsabilidad y entrenamiento, todo es posible”, dijo mi entrenador Luis Migueles, entre resignado y entusiasmado,  apenas escuchó la intención, antes de uno de los habituales encuentros sabatinos del Migueles Team.

El doctor Oscar Mendoza, cardiólogo y runner, verificó que todo latía bien. Gustavo Güerzoni, kinesiómago amigo, aportó sus mágicas plantillas. Karen Cámera, nutricionista, ordenó la dieta. Fede Engel, en Perú Beach Fitness, guía con la base del gimnasio. Alberto Intebi, médico y también maratonista, chequeó todo. En Nike me dijeron “Just do it”.

El resto será hacer, convencido, lo que me gusta hacer. Correr.

Y creo que ya todos saben por qué corro…

*Corro porque me hace feliz.

*Corro porque me hace sentir joven.

*Corro porque me hace superarme y ganarme a mí mismo cada día (y, sí, es una competencia).

*Corro porque me resultaron un logro los 10, los 21, los 42 y en el futuro serán los 100.

*Corro porque me alegro cuando llego, me alegro cuando gano y me alegro por los que llegan y por los que ganan.

*Corro porque me permite conocer lugares nuevos y reconocer lugares que ya conocía, todos vistos desde una perspectiva diferente.

*Corro porque puedo hacer lo que en ningún otro deporte: competir con los mejores en el mismo lugar…

*Corro porque un día me propuse correr hasta morir, pero cuando llegué a la meta estaba más vivo que nunca.

*Corro cuando estoy mal, para estar bien; y corro cuando estoy bien para estar mejor.

*Corro, también, porque estoy un poco loco.

Podría tomar todos esos argumentos para explicar por qué quiero hacer lo que voy a hacer. Podría utilizar la primera y la última, pero tal vez me quede con una de las razones, la más específica.

*Corro porque me permite conocer lugares nuevos y reconocer lugares que ya conocía, todos vistos desde una perspectiva diferente.

Podría agregarle, eso sí, que esa perspectiva diferente se puede contar. Compartir. Y tal vez sirva para inspirar.

Por eso contaré y compartiré toda la experiencia aquí, en el Runner Blog, donde ya compartí mi experiencia en la Media Maratón de Nueva York 2013, así como lo había hecho en el debut en los 42K de Berlin 2013 o la fascinación de recorrer esa distancia en la Dubai de Maradona.

También en mi Facebook y en mi twitter @daniaarcucci, siempre bajo el hashtag #MajorsRun

Porque, quién sabe, después de haber corrido el major de Berlin y de encarar ahora los majors de Nueva York y Tokio, este desafío llamado “100 días, 2 maratones, 1 sueño” tal vez sea sólo… la mitad del desafío.

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