La vuelta de El Origen, la vuelta de Natacha Diz

Por Natacha Diz (*) 

Tres días son suficientes para ver la vida desde otra óptica. Tan sólo tres. Creo haberles contado cómo llegué a El Origen, cómo me preparé física y mentalmente. Ahora es momento de contarles qué me pasó, qué sentí durante estos tres días maravillosos.

Empiezo con la acreditación, donde las caras conocidas a través de las redes sociales, por ejemplo, se hacen visibles. Los runners tuiteros se vuelven de carne y hueso y los reencuentros con amigos están cargados de emoción. La charla técnica nos inyecta adrenalina. ¡Sí, más aún! Y la ansiedad se hace casi insoportable. Para bajarla hablamos con Pao, mi compañera de equipo, un rato antes de conciliar el sueño para armonizar deseos. En realidad, para unir nuestros sueños que empezarían a visibilizarse con el correr de los km. ¡Todo está listo!

El primer día comencé rezando por mi tobillo, por mi bendito tobillo. Un ascenso por el bosque y una trepada que parece no terminar jamás nos anticipan que, lo que vendría, iba a ser duro, pero con paisajes de ensueño. Trepamos, caminamos,  corrimos, nos reímos como chicas disfrutando eso para lo que tanto nos habíamos preparado. La montaña, como dice la genial Emma Roca, te enseña, te educa y te pone en tu justo lugar. Ese día lo entendí como nunca antes. El recorrido fue impresionante. Incluso, muy lejos de lo que había imaginado. Los kilómetros finales de un coastering, el primero, lleno de piedras dificultaron la corrida. En ese instante, sólo quería llegar entera. ¡Cruzar la meta se torna tan movilizante! Gustavo Montes y sus palabras siempre reconfortantes hacen que me sienta como en casa. Más allá, el rostro cara de nuestros esposos, sonrientes sabiendo que todo marchaba bien. Porque sin ellos, tampoco sería posible este sueño. Muchas veces, los acompañantes ni aparecen y quienes corremos, quienes amamos correr, sabemos que las familias detrás, sin correr, también corren.

El segundo día me enseñó más de mí que cualquier otra experiencia que haya tenido antes. Largué casi reptando. Cada vez que veo el video de mi trote no paro de reírme de mí misma y, a la vez, de asombrarme de haber podido correr después. Cuando logré entrar en calor, todo se hizo más fácil pero ni bien terminamos los 7,5km de coastering (¡otra vez esa palabrita odiosa!) empecé con molestias estomacales y Paola me propuso abandonar. En mi diccionario mental esa palabra, abandonar, no figuraba. Abrí el botiquín, tomé una pastilla antidiarréica y me dije “de acá no me saca nadie”. Hermoso, increíble, cuánta belleza. Nada se compara a subir corriendo y bajar volando por el cerro Dormilón. Los pies iban a pasar factura a tanta ceniza volcánica (similar a la piedra pómex) que se metía en las zapatillas pese a las polainas. Ampollas, uñas rotas y demás yerbas hacen que uno solo corra por la simple inercia de hacerlo. Porque si te sentás y razonás, lo más lógico es parar. Pero, a veces, el corazón no entiende de razones y nos impulsa siempre un poquito más. Los últimos metros fuimos seguidas de cerca por un bote. En él estaban Juan, mi marido, y Ale, un amigo, dándonos ánimo. No me avergüenza admitir que llegué llorando. El almuerzo en la playa del camping El Rincón, a unos km del paso fronterizo Cardenal Samoré, la charla con amigos que quedarán para siempre en mí.

Natacha y Paola, ganadoras de los 100k en equipo femenino

El último día, la largada la hice, lógicamente, con lágrimas en los ojos. El recorrido, una vez más, insuperable. En la picada final, en el extremo de la península de Quetrihué, me permito un trago de cerveza como premio a tanto esfuerzo y salimos con la mirada puesta en la meta y el corazón en la boca golpeando fuerte, tan fuerte que sentía que se salía de su cauce. Todo, mientras corremos por el maravilloso bosque de Arrayanes entre gritos a los que vienen. El “dale que falta poco”, acompaña el ir y venir de los 300 corredores. Los últimos kilómetros los hice con la cabeza  llena de imágenes. Una película sin fin con los entrenamientos de todo el año, la mirada atenta de mi entrenador Julio Gómez que supo calmar mi ansiedad con su tranquilidad y su pregunta de siempre: ¿por qué corres en la montaña si vivís en el llano? Y mi respuesta ahora, con más consistencia, es: por qué no hacerlo, si me da vida, si conozco gente a la cual me considero y me considera “atada” para siempre por ese hilo mágico que nos une a los que corremos trail ; porque en la montaña me encuentro más fácil con ese Yo que tan escondido tengo, ese Yo natural, libre de prejuicios, de preconceptos, un Yo auténtico. Ahora, un Yo más fuerte que quiere seguir adelante.

Dejo para el final contarles que esta carrera es única no sólo por sus paisajes, sino por la organización que, sin temor a equivocarme, es excelente. Siempre hubo alguien de TMX Team dando fuerza, escuchando, solucionando. Sentí que en El Origen no somos un número más, somos individuos únicos e irrepetibles y así nos hicieron sentir.

El resultado esta vez fue podio, pero lo comento casi al pasar porque confieso haberme sentido un poco ajena a ese sitio cuando me paré en el escalón más alto de la general damas en equipo de la distancia larga. En realidad, nuestro mejor premio fue toda esa gente maravillosa que en algún momento se preocupó por nosotras, nos alentó y nos felicitó. Gracias a Germania, mi pueblo. Gracias Paola por el aguante. Gracias a mi marido por su infinita paciencia.

Nos vemos en la próxima carrera, siempre un poquito más fuerte y más viva que la vez anterior.

(*) Natacha Diz es chef profesional y corredora amateur.

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#MajorsRun: de Nueva York a Tokyo, del sueño a la realidad

Y al fin, lo que era un proyecto fue realidad: “100 días, dos maratones, un sueño”, está cumplido. Después de Nueva York, el 2 noviembre de 2014, Tokyo llegó puntual, como no podía ser de otro modo, el 22 de febrero 2015. Y así, #majorsrun completó su miniciclo, que puede sumar a Berlín 2013. Ahora, “sólo” quedan Chicago, Londres y Boston, tal vez en ese orden.

Ya habrá tiempo de profundizar, pero ahora es momento de dejar que decanten las sensaciones, siempre distintas, de otra carrera, siempre distinta. Tokyo se corrió bajo un cielo plomizo, con un frío más aparente que real y una lluvia que amenazó con ser, pero nunca fue. Arranca desde el edificio municipal de gobierno de la ciudad, con perfil de Ciudad Gótica, y justamente al lado mío partió… Batman. Dicen que esta es la carrera con más pre inscriptos del mundo (de 304.000 quedamos 33.500), pero lo cierto, sin necesidad de dato estadístico alguno, es que se trata de la carrera con más disfraces por competidor del mundo: tras dejar atrás a Batman, pasé a Morticia Adams muy fácil, porque iba con tapado, y hasta a un vaso de Starbucks Coffee, con la tapita en la mano; en el medio, todos los personajes del Cómic japonés, que son muchos, y Michael Jackson, con zapatos.
Suena a chiste, pero es verdad, como también lo es que desde la largada hasta el kilómetro 10 invita al apuro, porque es una pendiente muy pronunciada. Luego, entra en una planicie que no se va alterar hasta el kilómetro 36, donde empiezan a atravesarse una serie de puentes criminales. En el primero, alguien del público, con gran sentido de la solidaridad, puso a sonar un continuado de la canción de Rocky. El último está en el kilómetro… 41. ¿Hay necesidad?
Los 42 kilómetros, absolutamente todos, hasta los puentes, están rodeados de aficionados que gritan alaridos cortos, y hacen sonar todo tipo de objetos, sobre todo globos alargados, al estilo NBA. Cada tanto, muy cada tanto, hay bandas de música: la primera, militar; unas cuantas, de un extraño pop japonés, que mezcla música americana y vestuario y movimientos locales; y un par, sólo un par, de los tradicionales tambores asiáticos.

El lugar más Tokyo de la carrera es la curva de Ginza: cuando se pasa por allí, da la sensación de que debería correrse de noche y en verano, al imaginarla totalmente iluminada. El resto es gris y ocre, el no color de los edificios de la ciudad, sobre todo opacadas por el cielo nublado.

Lejos, muy lejos de Batman, espero, llegaron los ganadores. Endeshaw Negesse (Ethiopia, 2:06:00), Stephen Kiprotich (Uganda, 2:06:33) y Dickson Chumba (Kenya, 2:06:34) entre los hombres. Birhane Dibaba (Ethiopia, 2:23:15), Helah Kiprop (Kenya, 2:24:03) y Tiki Gelana (Ethiopia, 2:24:26), entre las mujeres.
Lejos, muy lejos de ellos (y de Batman, espero), llegué yo, con mis 3h45m08, mejores que las 3h46m58s de Nueva York y peores que las 3h43m17s de Dubai. Las 4h17m00 de Berlín tuvieron el valor del primer paso.

Gracias a todos los que me respondieron #justdoit cuando propuse #majorsrun.
Y al Migueles Team, siempre presente. Y gracias a Marti Arcucci, que se bancó mi pésimo humor del sábado, cuando lo que no pudieron dos maratones lo pudo una escalera mecánica: lesionarme. Ella sabía que una rodilla hinchada no iba a frenarme y me lo dijo. Pero no le creí. Tampoco a Malena Arcucci, que trataba de convencerme desde Londres.
Esto son sólo las primeras sensaciones. Ya vendrá la crónica en serio. Sin Batman. O con él.

#majorsrun #justdoit

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Re correr Tokyo

Por Daniel Arcucci

No es la primera vez que viajo a Tokyo, pero sí la primera vez que voy a correrlo. Y, se sabe, cuando uno corre los lugares, los recorre. Los reconoce aunque ya los conozca. La primera vez fue en diciembre de 1990, en una época de oro de la revista El Gráfico. Tanto, que me tocó ser el enviado especial para cubrir la final de lo que entonces era la Copa Intercontinental, o Europeo-Sudamericana, o Toyota, entre Olimpia, de Paraguay y Milan, de Italia. Una semana en Asunción, para producir una edición especial del campeón de América, y después el viaje al otro lado del mundo, casi como una más de la delegación de un equipo en el que brillaba Raúl Vicente Amarilla, asomaba un talentoso Luis Alberto Monzón, se perpetuaba en el arco Ever Almeida y tenía en la dirección técnica al mítico Luis Cubilla.

Poco pudieron hacer, en el Estadio Nacional de Tokyo, ante uno de los mejores equipos de la historia, tan admirado entonces como el Barcelona de tiempos cercanos: el Milan de Arrigo Sacchi y los tulipanes holanedeses –Rijkaard, Van Basten y Gullit- los aplastó con un contundente 3 a 0. Todo fue deslumbrante entonces. Desde el fútbol del Milan –“Así se juega al fútbol”, tituló El Gráfico- hasta la posibilidad de entrevistar mano a mano a Arrigo Sacchi, por entonces ideólogo de una revolución futbolística, hasta la idiosincrasia japonesa, respetuosa al extremo, en una serenidad que sólo parecía quebrarse cuando hacían sonar aquella bocinas insoportables durante los 90 minutos de un partido.

La segunda vez fue en mayo de 1993, para la inauguración de la JPL, la primera liga profesional de fútbol japonés. No sólo fue Tokyo, entonces, sino cada una de las diez ciudades que tenían equipo representativo. Y no sólo fue contar el cotejo inaugural en sí mismo, con show más propio de Hollywood que de la cultura oriental, sino que el gran protagonista de la noche fue un argentino. Ramón Angel Díaz. Contratado como la gran estrella del Yokohama Marinos –así como Zico lo era del Kashima Antlers y Pierre Littbarsky del Jeff United-, marcó el gol del triunfo sobre el Yomiuri Verdy, el más poderoso de los equipos, y su inconfundible tonada se escuchó en el estadio colmado por 60.000 almas, en una entrevista pública: “Quiero dedicarle el triunfo a mi familia, que está aquí, y a toda la gente del Yokohama Marinos”, dijo. El título de El Gráfico de entonces podría generar una polémica ahora: “¡Gol de Lamón!”. Con él viajamos en subte y en metro, desde el centro de Tokyo hasta Yokohama, en las afueras, donde vivía.

La tercera vez fue en junio de 2002 y no es necesario recordar mucho. El famoso Mundial al que la selección argentina de Marcelo Bielsa llegó como máxima favorita, junto con Francia, y terminó yéndose en primera ronda, junto con Francia. En La Nación, habíamos comenzado con los suplementos especiales desde 95 días antes y la competencia de Argentina duró 10. El triunfo contra Nigeria en Ibaraki, la derrota contra Inglaterra en Sapporo y el empate contra Suecia en Miyagi. El ambicioso plan de cobertura del diario, cuando apenas se había salido de la triste crisis de 2001, fue producir dos ediciones diarias, una matutina, con el ejemplar de La Nación, y otra vespertina, regalada en diferentes lugares. Y la decisión fue cumplir con lo prometido, aun sin el seleccionado en carrera.

Semejante gesto nos permitió recorrer Japón detrás de otros seleccionado, hasta ver la mítica coronación de Ronaldo, O Fenómeno, que un par de meses antes no sólo no sabía si iba a seguir jugando al fútbol sino que se dudaba que pudiera caminar normalmente.
Vivíamos en Iwaki, un pequeño pueblo a poco más de una hora de Tokyo en tren bala, porque el cuartel general que había elegido el seleccionado quedaba cerca de allí, en Naraha Hirono. Muchos años después, aquel fabuloso predio, fue utilizado como refugio por los ingenieros que trabajaron en la recuperación de la planta nuclear de Fukushima, arrasada por el tsunami. Fue, entonces, un verdadero “Búnker de los héroes”.

Vuelvo ahora, por cuarta vez. No me moviliza el fútbol, sino otra pasión, más personal. Correr. La maratón de Tokyo, tercer major que afrontaré después de Berlin 2013 y Nueva York 2014, está al alcance de mis pies. Por esas cosas del destino, se da cuando en la Argentina comienza el torneo más extraño de su historia. “Un torneo japonés”, diría el hablar popular, aunque difícilmente a algún japonés se le hubiera ocurrido organizar algo tan extraño.

Nunca antes en mi carrera profesional de 32 años había optado por vacaciones en el momento en que comenzaba la actividad, pero así se dio. Tal vez porque es tiempo de hacer cosas que nunca había hecho, como correr dos maratones en apenas 112 días.
Tres veces antes había pisado esa tierra milenaria y maravillosa, pero nunca la había corrido. Ahora sí puedo decir que voy a re correr Japón.

#majorsrun #justdoit

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Un trote gentil con un atleta de elite

Por Daniel Arcucci

“Vos marcá el ritmo, yo te sigo”, me dice Luis Molina y no hay en su voz ni una pizca de  condescendencia del atleta de elite sino toda la humildad de un chico de pueblo, cuando él es ambas cosas al mismo tiempo.

Estamos en el extremo de uno de los circuitos urbanos de Nike, el de Vicente López, y la idea es compartir un trote y una charla gentiles.

El viene de hacer un fondo de 18K, está preparándose para 10.000 metros en serio, que se correrán en el Cenard a finales de marzo, y a mí me quedan horas para tomarme el avión a Tokyo, para correr mi segunda maratón en poco más de tres meses, después de la de Nueva York.

Mientras la brisa del río atenúa un poco el color, la charla va y viene del fútbol al atletismo, dos deportes que lo apasionan de manera diferente. Si fuera por hablar, Luis hablaría todo el tiempo de la pelota. Si fuera por hacer, Luis haría todo el tiempo lo que hace, que es entrenarse con un entusiasmo que contagia.

De palabra, y de idolatrías, le resulta más sencillo referirse a Riquelme o a Maradona que a Kipsang o a Mutai. Es capaz de describir con detalle de archivista el partido de su Boca querido que más lo emocionó –“El del gol con la nuca de Guerra, lo vi desde la tribuna, era muy chiquito-, pero no ponerle nombre al récordman del mundo de maratón, aunque sí es capaz de recitar de memoria su tiempo y hasta sus parciales, como hace con los propios.

“Yo soy feliz corriendo”, dice, cuando logro colar una pregunta después de varias suyas sobre las posibilidades de Boca en el torneo próximo a comenzar y de confesar su fanatismo por “90 Minutos de Fútbol”, el programa de Fox Sports. “Salir a entrenar por Lobos, mi pueblo, es todo. Hago lo que me gusta y lo hago para crecer, para superarme”, cuenta.

Los objetivos están ahí, delante suyo. Bajar tres segundos en los 10.000 que se avecinan, de su 29m48s a 29m45s, para ir al Sudamericano de Lima y al Panamericano de Toronto, y más allá la Maratón de Berlín, en busca de la marca A que lo lleve después a su gran sueño, los Juegos Olímpicos de Río.

Mientras tanto, disfruta como un chico y así lo transmite por correr esas carreras que le llegan al corazón: “El domingo voy a Lincoln. Y te recomiendo una, incomparable: la carrera de Reyes, en Trenque Lauquen. La gente sale a la calle y te va dejando el paso angostito, así, te aplauden, es una fiesta…”. Este año la ganó, por supuesto. Y la sumó a su currículum, que alimenta con esmero de artesano y que va desde aquel título nacional en 3000 metros, de menores, al título nacional de Media Maratón, una de sus distancias predilectas.

En 2014 vivió una gran alegría y una gran tristeza, que de las dos está hecha la historia de un atleta de elite: en junio, ganó la Media Maratón de Nike, en 1h04m, y en octubre se le hizo cuesta arriba la Maratón de Buenos Aires, para la que había llegado con la mejor preparación, y que terminó ganando su amigo, Mariano Mastromarino. De las dos experiencias sacó conclusiones, todas positivas. Seguir, mejorar, crecer.

Al día siguiente, ya estaba planificando su entrenamiento, que en promedio ronda los 180 kilómetros semanales. “Corro mucho”, dice. “Tengo una base grande, lo que después me permite ajustar de acuerdo al compromiso que tenga por delante… Ahora, por ejemplo, estoy en los 200 kilómetros semanales”.

Vamos pegando la vuelta y a mi empapadura en sudor se opone su frescura, como si todavía no hubiéramos arrancado. “¿Para vos quién es mejor, Messi o Maradona?”, arranca de nuevo con su tema favorito. Y después de darle forma de respuesta a uno de los temas más debatidos del mundo (del fútbol), vuelvo sobre uno de los temas más habituales del mundo (del atletismo): ¿cómo es el entrenamiento habitual de un atleta de elite?

“Me entreno todos los días, la mayoría en doble turno. En mi caso, cinco o seis. No me cuesta. Lo disfruto. La mayor parte de los días, en Lobos. Si no, en el Cenard, cuando vengo a Buenos Aires y me quedo en la casa de un amigo… Pero reconozco que me gusta más el campo que la ciudad. No tengo secretos. Bueno, sí, uno. Antes de empezar, en el calentamiento, me pongo Pegada al corazón, de Jáuregui. Bien futbolero. Y también suelo escuchar a los Reyes del Barrio”.

Mientras cuenta todo eso con naturalidad, advierte mi decepción porque el reloj no está tomando el GPS y, por lo tanto, no tengo ni idea del ritmo al que vamos, aunque se que le vamos a agregar un kilómetro a los 5 que tiene el circuito. Me dice entonces, con el mismo tono del comienzo, sin condescendencia y con humildad: “Debemos andar en 5’10”. Dos minutos después, el reloj se conecta y el paso al que vamos es… 5’10. Miro sus muñecas; sólo lleva una pulsera. El tiempo está en su cabeza. Cabeza de corredor.

#majorsrun #justdoit

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Natacha Diz, rumbo a El Origen 2015

Muchos me preguntan por qué corro. Otros, para qué corro. Y otros, simplemente, creen que estoy loca. Verdaderamente loca. A todos, absolutamente a todos les respondo lo mismo: corro para seguir viva. Esas ganas de vivir que antes no sentía me las devolvió un simple par de zapatillas. Lejos de cualquier fundamentalismo, así lo siento. Así lo escribo. Así lo digo.

Desde ese primer día hasta hoy pasaron más de 8 años y muchas carreras, pero descubrí mi pasión por el trail running en la prueba en la Argentina: El Cruce Columbia. Mi poca experiencia en el terreno llevó a que cometa errores que me dejaron un sinsabor en la boca y muchas ganas de revancha, pero también grandes amigos, como por ejemplo Florencia Pollola. Ellos me pusieron en el camino correcto. Ellos supieron bajarme la ansiedad. Ellos supieron escucharme.

La idea de correr los 100km de El Origen 2015 empezó a gestarse en  nuestras charlas de campamento en El Cruce 2014.

Natacha y Paola, van por los 100km de El Origen

En mayo me inscribí para correrla en equipo con Paola Corsico, una amiga de mi pueblo, Germania, en la provincia de Buenos Aires. Fue pasando el año, carreras de por medio, con la mirada fija en Villa La Angostura y en el mes febrero. Como todos los años, la familia partió de vacaciones rumbo a Bombinhas, Brasil, y hacia allá salí con mis pesas rusas, mi core y mi colchoneta. Acompañada del plan impreso y un fibrón para tachar los días. Sabía que tenía morros para entrenar y superar una cuenta pendiente que en el llano no podía: las benditas e imprescindibles cuestas.

Todas las mañanas sonaba el despertador a los 6. Un café, un trozo de pan y dulce y a la playa a correr por senderos maravillosos, trilhas en los morros marcadas por Giliard Pinheiro (quíntuple campeón de Bombinhas Indomit, entre otros logros), que en sus charlas diarias me iba enseñando, con total humildad y toda mi atención.

Faltando 4 días para volver, trotando por las piedras pisé una floja y se dobló totalmente el tobillo izquierdo. El crac fue desalentador. Me senté a llorar. A llorar de verdad. Con bronca. Con rabia. Con mucha tristeza. Bajarme de la carrera no era una posibilidad. Volví trotando despacio y al llegar a la playa me encontré con Giliard, quien me tranquilizó y me llevó a su fisioterapeuta. El diagnóstico no era grave. Entonces, inmediatamente, comencé la rehabilitación.

Hoy ya estoy en casa. A punto de partir a la Patagonia. No puedo decir que al 100%, pero con las mismas ganas de siempre de dejarlo todo en la montaña. Porque después de todo, los resultados importantes de una carrera no son los que se miden en minutos o kilóetros, sino en personas y en esa calidez que se encuentra en el running. Sin importar si sos  de elite o una simple ama de casa como yo. Porque al final de cuentas, lo importante y más lindo es correr. Correr, más allá de todo.

Nos vemos en El Origen. Con más ganas de vivir que nunca. ¡Por supuesto!

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Entre Nueva York y Tokyo

Por Daniel Arcucci

MUCHO, NADA, TODO

Pasaron 100 días de aquel domingo 2 de noviembre en el que el corazón del Central Park fue el escenario ideal para la meta de una carrera soñada. Fueron necesarias 3 horas y 46 minutos para completar los 42 kilómetros de la Maratón de Nueva York, tan compleja como apasionante. Definitivamente inolvidable.

Como suele suceder con las grandes carreras, a medida que pasa el tiempo se la recuerda mejor. Y las ganas de volver a correr, que nacen apenas se cruza la línea de llegada, aún con las piernas entumecidas, se va acrecentando a medida que pasan las horas. La Maratón de Tokyo, ahora, está al alcance de la mano. No falta nada para cumplir, o intentar hacerlo, con el desafío propuesto: “3 meses, 2 maratones, 1 sueño”.

Y tal como fue planteado el desafío, no se trata de una provocación ni se trata de hacer lo que no se debe. Se trata, sí, de hacer lo que se quiere y de demostrar que se puede. Todo eso enmarcado en una vida relativamente normal, que no es la de un atleta de élite, sino la de un aficionado con aspiraciones.

Ambas cosas, combinadas, provocaron que el recorrido por estos 100 días, que seguramente debieron tener la fluidez de una plana carrera de calle, se hayan parecido más a una escarpada carrera de montaña, pero nada ha sido capaz de frenar el deseo de cumplir con el sueño. Al fin y al cabo, el gran motor.

No pasaron más de diez días, después de la hermosa experiencia de Nueva York, para volver al entrenamiento con el Migueles Team. Las cuestas que no cuestan, entre Olivos y San Isidro, fueron el mejor reencuentro posible para empezar a subir hacia la anhelada experiencia de Tokyo. Enseguida, una seguidilla de carreras de 10K.

Podrán cuestionarlos, pero seguirán siendo una atracción irresistible: los 10K siempre serán los 10K. Alguna vez objetivo que parecía inalcanzable y por eso aspiracional; con el tiempo, hermanos menores de la media maratón, la prueba de la superación; y, para siempre, la distancia iniciática de la explosión masiva del running. Todo eso han sido y son las carreras urbanas de 10 kilómetros.

Con razón, suelen criticarlas los entrenadores de atletas de elite, por pensar que los distrae en entrenamientos para metas más trascendentes y también suelen ponerle reparos preparadores de corredores aficionados pero con pretensiones, por considerar que incluso a ellos les altera sus planes más ambiciosos.

Pero algo tienen, evidentemente, que hace que se vuelva a ellas como quien vuelve a los orígenes, entre la emoción y el agradecimiento.

Después de la Maratón de Nueva York y antes de la Maratón de Tokyo apareció, oportuna, la posibilidad de disfrutar de tres carreras de 10 kilómetros en tres fines de semana consecutivas. Iguales en kilómetros, pero bien distintas en escenarios y en condiciones, como para que no faltaran matices.

El domingo 23 de noviembre fue a la vera del Río de la Plata, en las costas de Vicente López, bajo un sol abrasador y abrazador. Los 10K Chevrolet llegaron, puntuales, un día después de un entrenamiento de 18 kilómetros con cuestas, en el Bajo de San Isidro: lo que podría haber sido una imprudencia fue un placentero trote veloz, en 45m27s a 4m33s por kilómetro, más edificante que regenerativo.

El domingo 30 de noviembre fue en los bosques de Palermo, bajo una lluvia bendita. Los 10K de Lan no se suspenden por nada, todo lo contrario, y resultó un placer compartirlos con Marcelo Zlotowiagzda, cruzando charchos como chicos para recorrerlos en saludables 46m37s, a 4m37s por kilómetro.

El sábado 6 de diciembre fue sobre la pista y los alrededores del Hipodromo de San Isidro, bajo una lúna mágica que le discutía la iluminación a los 10K de Energizer. Si se completaron en 47m14s, a 4m43s por kilómetro, tal vez fue porque resultaba difícil no mirarla desde cada rincón del recorrido.

Después, sí, a seguir a rajatabla los consejos de Luis Migueles, con la vuelta a los fondos necesarios, sólo interrumpidos por alguna inoportuna operación de muelas, un tobillo torcido en el peor momento o, simplemente, la inmanejable actualidad argentina, que convirtió al mes de enero en un mes de trabajo demasiado fuera de lo común para cualquier periodista: entrar a la redacción de La Nación poco después del mediodía y retirarse más allá de la medianoche, se volvió una rutina durante casi 20 días. Tal vez por eso, el fondo de 30 kilómetros del miércoles 28 de enero, cuando faltaban exactamente 25 días para la Maratón de Tokyo, fue mucho más que un  simple entrenamiento. Fue una catarsis, que en su momento, apenas llegado y cuando todavía ni me había secado, describí así.

Fueron 30K en los que la expresión “mal tiempo” sólo podría aplicarse, y de manera discutible, a las 2 horas y 50 minutos que me llevó recorrerlos, en un ritmo de 5’41 que está lejos de lo hecho y lejos de lo que se busca hacer, pero de ninguna manera al clima.

Algo tendrá la lluvia, que hace que el correr empapándose se vuelva algo tan gratificante. Todavía más de lo que habitualmente eso. Será que empuja. Será que alimenta. Será que limpia.

Fue a las 6.30. Desde el Bajo de San Isidro hasta Vicente López, vuelta hasta San Fernando y fin en San Isidro, cruzando charcos que rápido dejaron de ser un problema para convertirse en una diversión y cruzando autos con conductores que, tal vez, adaptaban al paso la letra de Balada para un loco. Y si bien no me crucé con otros corredores por aquí, estoy seguro que hubo varios, al mismo tiempo, en otros lugares. Somos muchos los que estamos piantaos, piantaos…

Tan “piantao”, que me voy cuando todos vienen. Que por primera vez en más de 30 años de trabajo, las vacaciones, o algo así, comenzarán cuando la mayor actividad empieza. Todo sea por cumplir un sueño.

Pasaron 100 días de la Maratón de Nueva York. Faltan 12 días para la Maratón de Tokyo. Mucho, nada. Todo.

Fotos: archivo personal, Iloverunn y FotoRun. Infografías: Pía Azcuénaga.

#majorsrun #justdoit

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The North Face Ultra Challenge 2014: los 80k, en primera persona

Por Nelsa Valenzuela (*)

Corro para superarme a mí misma; porque corriendo es donde encuentro eso que me completa y me conecta con mis emociones. Todos los días agradezco tener salud y fuerzas para entrenar y poder disfrutar de algo tan simple pero que a la vez significa tanto para mí.
Esto que empezó como un pasatiempo, paso a paso me llevó a buscar un poco más y hoy con mi medalla en mano, puedo decir que lo logré, mi primer ultra trail de 80k : The North Face Ultra Challenge, una distancia que jamás pensé que sería capaz de afrontar y una carrera inimaginable y que superó en todo sentido lo que esperaba.

Correr un ultra trail de 80k, miedo a lo desconocido.

Correr 80k es algo que quería experimentar hacía tiempo pero fueron sucediendo cosas que me alejaron de cumplir con este deseo. Recién después de mitad de año pude empezar a entrenar mejor. Me inscribí en los 50k, pero mi corazón quería ir más allá, necesitaba un desafío para terminar este año, y muy adentro mío quería vivir esa experiencia. Pensé que si seguía entrenando bien, y no aparecía el fantasma de la lesión que me había dejado sin los 50k en la carrera el año pasado y me había obligado a hacer otro parate después del Raid de los Andes, podría pasarme a los 80k… Claro que antes de correr esta distancia, experimenté varios maratones de calle y de montaña, un Cruce de Los Andes, un Raid de Los Andes y carreras más cortas de trail, también 50k y 63k como distancia máxima. Pero animarme a dar ese paso era todo un desafío, no me conocía más allá y no sabia cómo podía reaccionar mi cuerpo en tantas horas de esfuerzo. La seducción de superarme y explorar hasta dónde llegar fue más fuerte y a mediados de octubre decidí que iba a ir por esos ansiados 80k.
El trabajo previo fue duro, detrás de una carrera siempre hay cientos de kilómetros de entrenamiento y sacrificios que los que corremos asumimos y sabemos que van a ser claves a la hora de afrontar nuestro desafío. No hice grandes volúmenes de entrenamiento, traté de priorizar calidad y hacer más entrenamientos específicos, los entrenamiento de pasadas, fondos de no más de 3 horas y media, y algo de cuestas, lo que puedo encontrar en Capital, que sabemos que no es mucho y es todo cemento.
Gracias a la paciencia de mi entrenador Daniel Simbrón, con esa capacidad innata para moderarme en mis locuras y calmar mi ansiedad llegué, en buenas condiciones físicas, sin dolores, sin lesiones y con ganas de correr.

Esperando el día ….

La previa en Villa Catedral fue de lo mejor, nos organizamos muy bien y el tiempo nos acompañó. El viernes después de un trotecito corto vino el retiro del kit, luego descanso y cena grupal: carne asada más carbohidratos (papas/batatas/zapallo/cebolla). Sábado fue día de Teleférico, almuerzo en el Refugio Lynch, lugar paradisíaco con una vista privilegiada, donde disfruté con mis compañeros de grupo de un almuerzo, muchas fotos y llené mi vista de paisajes hermosos. El tiempo nos acompañó siempre. En la tarde del sábado, la ansiedad ya se apoderaba de nosotros, estábamos inquietos, haciéndonos miles de preguntas, sacando y poniendo cosas en la mochila y preparándonos para el gran día. Todo estaba listo, y el corazón latía con más fuerza, y sentía que por mis venas corría un” mundo de sensaciones”.

A las 19:30 hs la charla técnica que terminó de aclarar un poco el panorama, los 80k seguían su recorrido original, extremadamente duro y con mucho desnivel. Uno de los organizadores dijo: “Querían una carrera dura, bueno, estos 3 puntos para Mont Blanc, no se los van a llevar de arriba”. Nos recomendaron ropa técnica y abrigo porque el clima no iba a ser el ideal y en los filos y cumbres íbamos a estar muy expuestos al viento y al frio. Estaban anunciadas lluvias, frío, viento y nieve. Había que prepararse. Ajusté mi mochila: sumé una remera primera piel de recambio y un par de guantes: geles, barras deportiva de carbohidratos, 750 cc de bebida deportiva y 300 cc de agua, linterna frontal, campera gore-tex. Ajusté mi chip a la zapatilla , después me daría cuenta de que no lo había hecho muy bien. En fin, todo estaba listo, sólo había que tratar de conciliar el sueño. Empezó a llover fuerte y con ese sonido de fondo logré dormir unas horitas.


A las 4m sonó el despertador, como resorte salí de la cama, preparé mi desayuno, mientras protegía mis uñas con cinta y me hice un estribo en el tobillo izquierdo, que me había esguinzado en una carrera en mayo. Me vestí, desayuné, seguía lloviendo. Se despertaron mis compañeras de cabaña, Sol y Sabrina, y me acompañaron en los últimos preparativos. Me puse la campera impermeable y salí de la cabaña rumbo a la largada, 6 am era el horario para los 80k.

Llegué, me encontré con conocidos, saludé, percibí la ansiedad de todos, que era la mía también, llegaron Matías y Nicolás, mis compañeros de equipo que corrían 80k. De repente entró alguien de la organización anunciando que en cuatro minutos largábamos. Me puse la campera, ajusté la mochila y me dispuse en la largada, bastante atrás. Mi gran miedo era “quemarme” y que eso me impidiera llegar, no quería arriesgarme, no me conocía en esta distancia y debía regular mucho porque si salía a un ritmo muy rápido no iba a aguantar tantos kilómetros.

La largada …

Antes de salir, nos recomendaron no pisar troncos porque estaba todo muy resbaloso y peligroso para caídas, y sí, había llovido casi toda la noche previa. Largué desde atrás, a ritmo muy tranquilo, Matías me iba marcando el ritmo, y como era su tercera carrera de 80k y conoce más que yo, traté de seguir sus consejos y me controlé.

Los primeros kilómetros transcurrieron sin dificultad, entramos por un sendero, comenzamos pequeños ascensos y descensos. En un momento cerca del km 7 escuché la voz de un corredor que venía unos metros detrás mío gritando: “Encontré un chip, ¿alguien lo perdió?”.Automáticamente bajé mi vista, miré mis zapatillas y ¡mi chip no estaba!. Pegué un grito: “Síiii, yo lo perdí” y corrí hacia atrás en su búsqueda. El corredor me lo dio en la mano, lo apreté y lo guardé en el bolsillo con cierre de la calza. Me volvió el alma al cuerpo, dí las gracias y seguí corriendo mientras reflexionaba y agradecía haber tenido la suerte de recuperarlo.

Me concentré de nuevo, en cada pisada, mirando las cintas rojas, para no equivocarme de camino, poco a poco vamos empezando a subir. El primer ascenso fue el Cerro Bella Vista. Ya empezaba a sentir el esfuerzo en mis piernas, cada vez más empinado, seguía subiendo….parecía interminable, hasta que después de un buen rato de ascenso, alguien anunció: “Cumbre del Co. Bella Vista”. En ese momento levanté mi vista y quedé deslumbrada. Me olvidé de todo por un instante, y pensé que el cerro tenía muy bien puesto su nombre. No puedo describir la belleza de esa vista de 360 grados, el Nahuel Huapi, increíble y única.

Ahora debíamos correr por el filo, un viento muy fuerte y frío empezaban a sacudirse con furia. Traté de seguir por el filo, esquivando piedras, tratando de no caerme en la nieve y pisar firme. Vino un descenso, llegué a Colonia Suiza (km19), donde encontré el primer puesto de abastecimiento. Allí me dijeron que era la segunda mujer. Eso me dio un estímulo para seguir. Llené con bebida mi bolsa de hidratación y seguimos corriendo por un camino amplio levemente ondulado, aclerando un poco más. Por un sendero empezamos a bordear el lago Moreno. En el km32 aproximadamente encontré el tercer puesto de abastecimiento, antes de emprender lo que se convertiría en la parte más extrema y dura de la carrera. Venía bien, entera, con ganas de seguir. Un ascenso muy fuerte me esperaba y arriba de todo,el Refugio Lynch.

Empecé a subir, de repente apareció una pared casi vertical con mucho barro, seguía lloviznando y subí como podía, haciendo mucho esfuerzo, en cuatro patas, sin mirar hacia atrás por el vértigo. No avanzaba nada, miré mi reloj y me desanimé 25m/km, traté de no pensar en eso y concentrarme en dar pasos firmes y seguir. El frío se hacía notar, seguí trepando, empezaron a caer gotas de agua nieve. Primero, despacio, luego con más fuerza y frecuencia. Llegué a un descanso y me dijeron que en pocos metros salíamos del reparo y había viento y frío. Tenía las manos muy hinchadas, casi sin movilidad y le pedí a alguien que me ayudara a ponerme la campera. Seguí camino, filo, piedras sueltas mucho viento, frio, de repente las gotas de agua nieve comenzaron a caer con mucha intensidad y empezó a nevar de verdad; en pocos minutos, el paisaje se tiñó de blanco, tenía mucho, mucho frío, hasta los huesos. Traté de seguir como podía, mis manos hinchadas ahora estaban violetas y ya no tenía movilidad en los dedos. Las piernas rojas, en carne viva, como si me hubiera quemado, viento helado, frio, nieve, siento la mitad del rostro inmóvil. No era momento de caer, no podía parar ahora, tenía que seguir caminando, como podía, pero seguir, detenerme no era una opción. De repente encontré a una persona que anunciaba que a 800m estaba el Refugio Lynch. Eso me tranquilizó- Traté de seguir, me encontré con un corredor y tratamos de emprender juntos esos 800mts, los más duros, sufridos e interminables que jamás corrí. Me resbalé en la nieveee, mis ojos lloraban del frio, no podía mover las manos, esaba helada y sentía la rigidez en mis músculos. Seguí tratando de concentrarme en cada paso. Perdí la noción del tiempo, kilómetros, nada de nada me importaba, sólo llegar a un reparo, tomar algo caliente y recuperarme.


El trayecto se hizo muy difícil, con la nevada, se me enterraban las piernas hasta las rodillas y no podía avanzar. Levanté la vista y ví el refugio, lo reconocí, el mismo en el que habia estado el día anterior, ese paraíso donde almorcé y me saqué fotos. Entré, y lo que vi me dejó más helada aún. Parecía un campo de batalla, corredores tirados por todos lados, envueltos en frazadas, mantas, temblando con contracciones involuntarias en sus rostros, una postal desoladora. Traté de no mimetizarme y que mi cabeza no se afectara con todo eso. Entré, busqué algo calentito, sólo bananas, te y gatorade me dicen. Tomé un té, comí una banana y un pedazo de barra que aún conservaba en mi mochila. Mientras tanto, saqué mi primera piel de la mochila, saqué la ropa mojada y me cambié. Me recuperé un poco, pero me empezaron a doler los músculos.

Miré mi reloj e iba en mitad de carrera, 40k. Tenía que seguir, me decía a mí misma, era el momento. Salí y el viento y el frío me azotaban, la cruda realidad. Nos dijeron que teníamos dos opciones: empezar a bajar o abandonar e ir por el teleférico. Cortaron el ascenso a la parte alta del Catedral. Decidí continuar y cuando quise comenzar a trotarm me dolían muchísimo las rodillas. Bajé a gatas, con mucha dificultad ya que es un descenso muy empinado. Abajo de la organización nos preguntaron, nos anotaron en una planilla y seguimos camino. A cada paso el dolor de rodillas se acentuaba, traté de olvidarme, pero me limitaba mucho. A partir de ese momento, empecé a disminuir mucho el ritmo, sólo quería llegar.

“Sigan las cintas amarillas”, nos dijeron, me concentré y continué. Recorrimos unos kilómetros y tomamos la senda Refugio Frey, seguían subidas y bajadas, no tan pronunciadas, pero mis rodillas sufrían los descensos. Traté de no parar, trotar muy despacio pero seguir. Empezamos a bordear el Lago Gutiérrez y ya iban casi 60k de carrera. El próximo puesto es Baqueanos. En este camino veía a los corredores que volvían de los 50 y 80k. Me crucé a todos mis compañeros de team, cada uno me dio una palabra de aliento, y traté de seguir. El camino hasta llegar al Camping Los Baqueanos se hacía eterno. Cuando llegué, pasé por la alfombra de control, estaba aturdida. Entré, comí pan con membrillo, me hidraté y recargué con bebida. No me quise enfriar mucho y emprendí el regreso, muy despacio.

Me quedaban alrededor de 15k, pero ya rezongaba con todo, y decía “no quiero correr más” pero seguí por inercia, quería llegar. Como podía, trotaba en los planos y hacía las subidas sin dificultad, pero las bajadas seguían siendo un gran problema. Empezó a llover, ya me faltaba poco. Fuera del dolor de rodillas, estaba bastante bien. En el km73 encontré una subida terrible, la miré, por mis adentros renegaba contra todos. “La última”, me dije, y la subí. Seguí corriendo como podía, acelerando en los llanos, mi corazón se aceleraba. Ya estaba, faltaban 2k, me decían. Me emocioné, salí a la ruta, hice unos metros y ví a un compañero del team que me estaba esperando bajo la lluvia y el frío para acompañarme en los últimos 500mts. Verlo me emocionó y me dio una inyección de energía y aliento, aceleré todo lo que pude, vi el arco de llegada y detrás vi a otros compañeros que me esperaba para darme un abrazo, No saben qué importante para mí verlos ahí. No me pude emocionar, no pude llorar. Estaba shockeada, anestesiada, no lo pude creer, lo logré, lo superé, tenía un torbellino de sensaciones.

Me encontré con los demás. Me contaron que Sol había ganado los 50k y me puse muy feliz. Estaban todos bien, cada uno con sus vivencias.

El lunes por la mañana, salí a caminar para aflojar y me enteré que fui la segunda mujer de 80k. No me importó tanto. Creo que en esta carrera, el podio es algo más.

Lo único que me hace realmente feliz es haber podido lograrlo, superarme, conocerme y reconocer mi fortaleza y vivir esta experiencia que no olvidaré jamás. Y si, aunque dije que no, me encantó esta distancia, y mi corazón quiere más.

(*) Nelsa M. Valenzuela es Lic. en Nutrición U.N.C. (MN 5737), especialista en Nutrición Deportiva, Antropometrista I.S.A.K., Asesora Nutricional en Área de Nutrición Deportiva, sobrepeso y obesidad. Corredora amateur con participación activa en carreras de calle y aventura, maratón y ultramaratón de montaña. Contacto: 11-15-3488-0002/4831-4242. Página web: http://nutrinel.com.ar - Mail: lic.nel.valenzuela@hotmail.com - Twitter: @Nel_run

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Cada runner con su tema

Por Daniel Arcucci

No suelo correr con música. Me gusta más el “tapatap-tapatap-tapatap” de las zapatillas contra el asfalto en las carreras urbanas, las charlas con más o menos aire del running team hecho enjambre, las bandas al paso de las grandes medias maratones, el aliento babélico de las grandes maratones del mundo o, simplemente, los sonidos de las mañanas en algún trote a la vera del río.

No suelo correr con música, pero no quita eso que la música me impulse a correr. Escuchar un tema y que el piso se empiece a mover bajo los pies. Escuchar un tema y que, además del ritmo, la letra acompañe la sensación. Desde un trotecito gentil hasta un fondo largo, pasando por una pasada, valga la redundancia, que todos tengan una razón de ser.

Tener la placentera obligación de elegir cada lunes un Tema Run para “No somos Nadie”, el programa del amigo Juan Pablo Varsky, le puso el marco a una búsqueda que se volvió obsesiva y terminó por ponerle música al #majorsrun, ese lindo desafío autoimpuesto de “100 días, 2 maratones, 1 sueño”. Al título habría que agregarle, ahora, “y unas cuantas canciones”, que empezaron 55 días antes de la Maratón de Nueva York y seguirán, sumándose, hasta la Maratón de Tokyo.

Son estas. Ninguna porque sí. Todas con algo.

Haciendo click con el botón derecho del mouse y elegiendo la opción “Guardar como”, podés descargar los temas.

“Dicen que estoy atrapado en un sueño”. Wake me up (Avicii)

“Está todo en mi cabeza”.  Mr. Brightside (The Killers)

“Sé que estaremos sanos y salvos”. Safe and Sound (Capital Cities)

“El barco me está llevando muy lejos, lejos de las memorias”. Starlight (Muse)

“Yo estoy listo, ahora”. Use somebody (Kings of Lyon)

“Es el lugar donde esconder mis demonios”. Demonds (Imagine dragons)

“Si esto es lo que tenemos, entonces lo que tenemos es oro”. Stay the night (James Blunt)

“1,2,3, agarrate y vení conmigo”. Are you gonna be my girl? (Jet)

”Mi cuerpo vuelve a la vida y todos nosotros corremos”. Runaways (The Killers)

“Estos son los días que estabas esperando, estos son los días de los que no te arrepentirás”. The Days (Avicii)

“Incluso cuando pierdo estoy ganando”. All of me (John Legend-Tiesto)

“Corre, corre torbellino. Cada vez más lejos”. Girls like you (The naked and Famous)

“Si tan sólo no me doblo y no me quiebro, te encontraré del otro lado”. Bend and Breake (Keane)

Faltan 78 días para la Maratón de Tokyo. Queda mucho por correr, queda mucho por escuchar.

#majorsrun “justodoit”

(*)Daniel Arcucci es periodista y maratonista. Secretario de redacción en el diario La Nación, Panelista en 90 Minutos de fútbol (Fox Sports). Colaborador en No Somos Nadie (FM Metro 95.1).

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Estambul: un maratón, dos continentes, una enseñanza


Por Fernado Vilardebó

Introducción

Fondos -de todo menos- gratis. Los fondos comenzaron un día de granizo y terminaron durante un tórrido mediodía de domingo. Mientras tanto, durante estos meses de fondos sucesivos e incrementales, requisito indispensable para la maratón, tuve como siempre cierto malhumor del sábado por la noche cuando sabía que al día siguiente debería correr una distancia mayor que la del domingo anterior, me cansaría por demás y el próximo domingo el esfuerzo debería ser aún mayor. That’s it! Pero al día siguiente, al terminarlo, ni rastros de malhumor y el alma pletórica.

Entre un fondo y otro conseguimos una preciosa cosecha de tulipanes, rojos y naranjas, que maravillaron nuestra vida durante su floración. Otro día, correspondiente al fin de semana de descarga, donde sólo debía salir a correr una horita (para los legos aclaro que descarga es descanso y una horita son 60 minutos corriendo de una persona que cree, sabe, confía que puede correr más, mucho más) me anoté en la media maratón de Buenos Aires, donde con enorme esfuerzo y gran concentración reduje en cuatro segundos mi mejor tiempo de este año para esa distancia; cosa que me puso feliz,
inmensamente feliz.
Listo!

Maratón de Estambul, próxima parada.
Estambul, Estambul, Estambul, correr se convierte en una obsesión, lo saben.
Estambul es el nexo, la ciudad donde coinciden oriente y occidente, donde la integración siempre fue posible.
Estambul no siempre fue Estambul, primero fue Bizancio, mil años después fue Constantinopla y recién hace un siglo es Estambul.
Estambul suena amigable, lejana, mágica, dulce y sabrosa. Otras culturas, atardeceres ocres sobre un perfil arquitectónico misterioso.
Historia, cine y literatura me llevaron allí antes de ahora.

Llegó el momento; correré la maratón de Estambul y no soy un debutante en la distancia, no. No obstante lo cual estoy (como siempre) ansioso, dubitativo (¿a qué ritmo salgo?), algo nervioso y confiado, con enormes ganas de estar ya, allí, aprontado en la línea de largada frente al puente sobre el Mar Bósforo que divide Asia de Europa y el Mar Negro del Mar de Mármara.

Es la única maratón que integra dos continentes y varias culturas. (También está la fantástica maratón Binacional, Salto-Concordia, pero esa es otra historia).
Este año hice todos los fondos necesarios en forma muy prolija, no me enfermé ni me lesioné durante estos tres largos meses. Los comencé una mañana de granizo sobre la ciudad de Buenos Aires y los terminé corriendo por Dique Luján en un tórrido domingo peor que en el verano más cruento.
Reviso la temperatura pronosticada para la carrera y dicen que estará entre 13 y 18 grados. Ideal.
Será una carrera familiar. Salimos el próximo miércoles, con mi mujer e hija, ellas correrán los 10k, cruzando el puente y terminando cerca de mi línea de llegada (siempre fue Cris mi línea de llegada). 

Y mis hermanos de montaña -compañeros de los más altos destinos- Jaime Barros y José Luis Carrera vendrán desde Madrid para compartir el fin de semana y correr juntos los últimos kilómetros.

El premio Nobel de literatura Orham Pamuk no ha corrido la maratón, ni falta que le hace, para hablar sobre el espíritu de la ciudad que habré de recorrer:

 ”El placer de pasear por el Bósforo se debe a que uno siente que se halla en un mar en movimiento, poderoso y profundo dentro de una ciudad enorme, histórica y descuidada… Las mañanas brumosas y cubiertas de humo, las noches de lluvia y viento, las bandadas de gaviotas instaladas en las cúpulas de las mezquitas, la contaminación del aire, las chimeneas de las estufas, que se alargan de las casas a las calles como si fueran cañones de artillería que despiden un humo sucio, los contenedores de basura oxidados, los descuidados parques que en los días de invierno se quedan vacíos, y la prisa de la gente que regresa a sus casas, las noches invernales entre el barro y la nieve, llaman a ese sentimiento interior del blanco y negro que se agita en mi alma entre la alegría y la tristeza: las fuentes antiguas rotas aquí y allá que llevan siglos sin funcionar, las tienduchas destartaladas que aparecen de repente alrededor de las viejas mezquitas de los suburbios o, sin que nadie lo perciba ya, alrededor de las grandes mezquitas aljamas, la multitud de alumnos de escuela primaria con sus babis negros y sus cuellos blancos…”.

Nudo
“Carreras son carreras”, dice mi entrenador Marcelo Perotti, y ¡vaya si ésta lo ha sido!
Esta vez programé bien el viaje, hice el mejor entrenamiento de los últimos años. Obtuve resultados parciales halagüeños que me daban para soñar…
Soñé no sólo con un lugar de un encanto y misterio superlativo, sino también con que mi propio –humilde- rendimiento iba a ser bueno también.
Nunca es triste la verdad, es una carrera.
Comenzó a las 9hs, puntualmente, desde el lado asiático de Istanbul, tras un comienzo bastante caótico.
Algunas notas de color; vendedores ambulantes entre los corredores de maratón. Acompañantes en bicicleta en la mismísima línea de largada. Familias de paseo, cada uno con su dorsal, de la mano, paseando x el circuito de la carrera. Miles y miles de corredores para las 4 distancias posibles, maratón, 15km, 10 y 8km. Atletas de toda laya y color.
Y por delante, el monumental puente sobre el Bósforo lleno de un ejército pacifista de atletas como representación de la integración de todas las culturas.
De pronto correr no sólo fue correr, una actividad atlética. Fue casi un recorrido histórico de siglos que, con paciencia y observación, pudimos recorrer en buena parte.
Como siempre la largada, el puente, el mar, Asia de un lado, Europa del otro, las llamadas a orar que provenían de las mezquitas por las que pasamos, sus imponentes edificios, palacios, castillos, universidades productos de una cultura dominante mucho antes de ahora.
La gente: los argentinos tenemos mucho de turcos, miraba a los ojos aquí a gente de mi barrio, conocida de algún lado que hablaba idioma extraño (el suyo) y no eran argentinos del norte, ni de un barrio de Buenos Aires, sino locales, idénticos a los tantos que conocemos desde siempre. Cuando hablan, viven, y organizan, para bien y para mal, son muy parecidos a nosotros. O al menos eso me pareció. 
Estambul, como Buenos Aires, gusta de circuitos costeros, con algún intento en las zonas históricas (¿cuál no lo es?)

Desenlace
La maratón para mí terminó en el km 26 cuando apareció -inmovilizante en grado extremo- una contractura como no he tenido jamás.
Inútil fue el cambio de estrategia ensayada, ralentizar el ritmo. Tenía que cuidarme pues sabía que pendía de un hilo. Distenderme (mentalmente), disfrutar y hacerme el sota para completar mi distancia favorita en un tiempo digno de tanto esfuerzo. 
“Carreras son carreras”, repetía Marcelo en mi mente, mientras evaluaba la posibilidad de lastimarme seriamente terminando una carrera que ya estaba terminada cuando la contractura del gemelo se pasó a toda la cadena muscular de la pierna derecha. 
Pasaron 210 metros tras el km 26 para abandonar, no sin antes intentar 3 veces seguir. Pasan estas cosas, por más planificación voluntarista que uno haga.
Son carreras, pienso razonablemente mientras una lágrima cae de mi ojo izquierdo.
Esta vez comprendí que pese al lugar ideal, la buena planificación, un buen entrenamiento podés fallar justo antes por una equivocación de último momento, en la que no reconozco error voluntario.

Correr no es sólo correr, obtener buenos tiempos, subir al podio (jamás lo hice ni creo que lo haga). Es resistencia vital, es deseo de seguir, de mejorar aún cuando no se puede. Es la felicidad de salir, calzarte las zapas y ¡al aire! ahora, con la pierna vendada (amortajada) estoy pendiente de cuándo he de volver a salir…

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Una carrera para pensar y sentir

Por Daniel Arcucci

“Pensá la carrera. Lo que se gasta al principio, se paga al final”, me dijo Luis Migueles hace un par de semanas, después de un par de fondos demasiado entusiastas y ya con la cabeza en Nueva York. Como si la suya estuviera aquí, ese es el consejo fundamental que repiten todos, a medida que se acerca la hora de la carrera más universal, tal como se la define y autodefine.

Desde Joan Benoit, la leyenda viviente que en 1984 ganó la medalla dorada olímpica, hasta el Indio Cortínez, que disfruta de la alegría y la expectativa de los atletas aficionados como si fuera uno más, todos le dan forma a ese concepto, con matices.

Benoit nos sorprendió, en persona, después de haber visto un video suyo de aquella proeza de hace 30 años, cuando bajó la escalinatas del Nike Store de Flat Iron para sentarse, mínima y gradiosa, frente al grupo de corredores del Nike Club de Nueva York. “Son lógicos los nervios”, dijo. “Yo también los sentía. Es una carrera maravillosa, diferente a cualquier otra. A mí me gustan las historias. Y se corre para contar la historia de cada uno; la mía, la de cada uno de ustedes”, agregó.

El video y sus palabras fueron un impulso más para salir a correr 3 millas por la 5ª. Avenida y sus alrededores, bajo la llovizna, con todo el grupo, y para experimentar aquel consejo: no dejarse llevar por la emoción.

Eso decía el Indio: “Hay que respetar tu (tiempo) histórico. Dejar la emoción para el final de la carrera, porque es ahí donde la vas a necesitar. Los primeros parciales son mentirosos. Los dos primeros puentes (Verrazzano y Pulaski) definen tu carrera. Si pasaste demasiado rápido la Media Maratón, fuiste…”.

Al tercero también se refirió Benoit, y todos: “Queensboro es terrible”, dice. Una corredora que cuenta con seis maratones de Nueva York bajo sus pies la interrumpe: “A mi me encanta”, le dice. “Bien por vos”, le dice Benoit. (“El maratón de Nueva York: cinco puentes a la felicidad”)

Es clave: una vez subido y bajado, como si fuera un tobogán, cuentan, se llega al punto máximo de la necesidad de euforia y apoyo para seguir en carrera. Una multitud, y una pronunciada y larga cuesta, recibe a los maratonistas, para encarar la parte final.

Es a partir de allí, sobre todo, donde dicen que se hace realidad el slogan: el corredor es un testigo de la fiesta que la ciudad se organiza a si misma. Es Nueva York, a partir de allí, la que empuja a ser recorrida. Habrá que verlo. Habrá que sentirlo.
Un día antes, lo que se siente es una profunda emoción. Hay que guardarla, como un tesoro, para cuando se la necesite. La Maratón de Nueva York se corre, pero sobre todo se piensa y se siente.

(*)Daniel Arcucci es periodista y maratonista. Secretario de redacción en el diario La Nación, Panelista en 90 Minutos de fútbol (Fox Sports). Colaborador en No Somos Nadie (FM Metro 95.1)

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