Gerardo Bonnhoff, adiós a un grande de la velocidad

Por Gustavo Montes (*)

Gerardo Bonnhoff, alemán de nacimiento (Berlín, 24 de junio de 1926 – Buenos Aires, 26 de diciembre de 2013). Arribó al país a los 10 años junto a su familia.

Se destacó en el campo de la velocidad, tanto en los 100mt como en los 200mt llanos. Tanto es así que en 1945 y en el marco del Campeonato Nacional de mayores, disputado en GEBA, Gerardo establece el récord nacional, sudamericano y récord mundial junior en 100mt. Quedando apenas a una décima de segundo del mejor registro mundial de mayores en poder de un norteamericano: un tal Jesse Owens

En la última entrevista que brindó (tuve el gusto de entrevistarlo) , me contó cómo había sido su inicio en el Atletismo, como entrenaba y cómo vivió aquel glorioso 1 de diciembre de 1945, donde corto la lana de llegada en 10.3 (aunque dos de los tres jueces tomaron 10.2…).

Pero don Gerardo no sólo tuvo su momento de gloria en la pista de GEBA, sino que también brillo en Juegos Olímpicos (Londres 1948, Helsinki 1952). Cabe destacar su presencia en la final olímpica de 200mt en Helsinki, luego de sortear series eliminatorias donde había 70 velocistas inscriptos, Gerardo ganó dos series, quedó tercero en la semifinal y accedió a la final donde ocupó el 6° lugar con un registro de 21.59.

Gerardo también fue dueño del récord nacional de 200mt. Integro el equipo nacional que participo de sudamericanos y panamericanos, donde también obtuvo medallas y podios. Además se dio el lujo de participar de los primeros Juegos Iberoamericanos de Santiago de Chile 1960.

Bonnhoff fue uno de los fundadores del Club Argentino de Atletismo (CADA). Escribió para Clarín, El Gráfico y La Prensa y también fundó la revista de atletismo: “A sus marcas”.

Todo el atletismo argentino está de luto por esta gran perdida. Pero para que su recuerdo no quede solamente en eso, acá les dejamos el audio de la entrevista realizada en noviembre de 2012.

Escuchá el audio completo de la última entrevista…

(*) Gustavo Montes es atleta federado y conductor de Factor Running (lunes a viernes de 12 a 13 por AM 990 Radio Splendid).

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Natalia Castillo Salazar, la empleada doméstica que ganó el Salomon K42

“En febrero de 2002 fue mi primera carrera. Y en 2003 empecé a entrenar. Había carreras y yo competía. Ni sabía que se entrenaba hasta que un día dije `si ellos entrenan, yo también`. Y así arranqué”, cuenta Natalia Castillo Salazar, la chilena que luego de 4h36m21s se impuso en el duro y emblemático K42 de Villa La Angostura. Y agrega: ”Llevaba ocho meses compitiendo y fui al maratón de Santiago y quedé cuarta entre los chilenos y seguí”.

A simple vista parece una corredora común. En definitiva, lo es. Vive en Temuco. Corre con zapatillas para calle y con ropa básica. Lejos, muy lejos, de las luminarias de Miguel Heras, el mejor entre los hombres en la carrera, Castillo Salazar se desvive por el atletismo. Con 47 años tiene dos hijas, trabaja de mucama y cuando puede entrena. Se nota que talento y ganas le sobran.

“No tengo sponsor. Me banco los viajes. Es como es Chile. Tengo dos hijas, mis más grandes tesoros”, dice.

Mientras Heras recorre el mundo dotado de ropa y confort, ella escribe su historia a puro sacrificio. No es que Heras no se haya esforzado para ser uno de los mejores, sino que marca a las claras la desigualdad y las incontables historias que regalan los deportistas.

“Entreno cuando me queda tiempo. Primero mis hijas, después el trabajo y luego el entrenamiento”, finaliza.

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Florencia Borelli y un sueño que apunta a Río 2016

Florencia Borelli ganó la media maratón de San Francisco y, con 20 años, ya prepara el terreno para ser olímpica en 2016

El viaje se hace largo. Por momentos, parece eterno. De San Francisco a Miami, con una escala de tres horas, para luego volver a embarcarse rumbo a Buenos Aires. Más de 17 horas de vuelo que no la sacan de la serenidad y el aplomo que la distinguen. Con 20 años, el próximo miércoles ya será mayor de edad. Florencia Borelli escucha música o mira alguna de las películas. “Son muy aburridas”, dice, con un dejo de vergüenza. No falta a la verdad. Las opciones no son ninguno de los films taquilleros que permiten olvidar el estrecho espacio en el que convive la clase turista.

Por un instante se levanta de su asiento e intenta elongar a un costado para no molestar el paso de los pasajeros que van y vienen como hormigas. Con gestos de dolor, revela: “Quedé muy cansada. Sobre todo en los cuádriceps. Realmente fui más rápido de lo que habíamos planificado con Leo [Malgor, su entrenador]. La idea era terminar en 1h20m. Corrí 1m30s más rápido en un circuito con muchas lomadas”. Claro, Florencia cumplió con la promesa que se trazó antes de viajar a Estados Unidos: ganar la Media Maratón de San Francisco ante más de 30.000 participantes. Una carrera que se realiza desde 2004 y hasta hace dos años era exclusiva para mujeres. Una misión secreta que comenzó en Cachi, a más de 2300 metros sobre el nivel del mar.

Para ella, la localidad salteña es el paraíso perfecto para los fondistas argentinos. Pero ir a Cachi no es garantía de resultado; todo debe estar acompañado con un trabajo a conciencia. “Suelo estar en Cachi entre dos y tres veces al año. Es un espacio único donde me siento muy cómoda y me permite enfocarme en el entrenamiento”, describe la atleta marplatense, que una semana antes de su debut en la distancia rompió el récord nacional femenino Sub 23 de 5000 metros con 16m33s. Pequeños grandes detalles que convencieron a su entrenador para que en abril de 2014 intente clasificarse para los Juegos Olímpicos de Río 2016 en los 42,195 kilómetros de Rotterdam.

“Ése es mi objetivo. Ése es mi sueño. Representar al país en la maratón”, indica con los ojos cargados de ilusión.

Aún resuenan en Florencia las palabras de un allegado: “Usá la bronca que sentís como combustible y ganá la carrera ”. Las escuchó minutos antes de la carrera, cuando la fondista aún no contaba con la pulsera para largar con la elite. Cuando recibió en el hotel Clift su kit de corredora, Borelli se encontró con una noticia inesperada: debía partir junto con los corredores comunes. “Fue como un balde de agua helada. No es que no pueda o no deba correr con los demás participantes, sino que viajé con la idea de estar en el podio. Estudiamos con mi entrenador los tiempos de los años anteriores y, según nuestras estimaciones, podíamos estar ahí”, precisa.

Todas las lágrimas y la tensión del desayuno se esfumaron en el instante en que la encargada de comunicación de Nike regresó con importantes novedades. “Diana [Schenone] estaba muy relajada y yo era puro nervio. Sentía que se me escapaba una gran oportunidad”, cuenta. Y agrega: “Cuando me puse la pulsera de elite me relajé y pude concentrarme en mi objetivo”.

Contra todos los pronósticos, algo muy frecuente en el atletismo argentino, Borelli impuso un ritmo demoledor. De principio a fin. A pura convicción, sin temblarle el pulso, lideró la carrera y llevó a la norteamericana Victoria Mitchell, representante olímpica por Australia en los 3000 metros con obstáculos de Pekín 2008, a un esfuerzo extremo en su intento de darle alcance. “Soy fuerte en las subidas. Es uno de mis puntos altos. Ahí le sacaba mucha ventaja, ya que notaba que hacía un esfuerzo muy grande para no perderme el paso. Me daba cuenta de que respiraba fuerte, y eso era que estaba yendo al máximo. En las bajadas intentaba recuperar la distancia. Pero desde el kilómetro 10 hasta el 17 fue todo hacia arriba, con algunos pocos descensos o llanos, y pude cortarme”, apunta. La imagen del final grafica lo apuntado por Borelli. Tras cortar la cinta de ganadora, mientras Florencia alzaba sus manos, saludaba y se dirigía a los brazos de su entrenador, Mitchell, con la cabeza gacha, intentaba recuperar el aire y el alma.

Pasa un momento y Borelli vuelve a elongar con asombrosa elasticidad. “Al menos para relajarme un poco. Es largo el viaje”, explica, mientras ofrece el trofeo de vidrio tallado por Swarovsky. Un premio que significa lo mismo que cualquiera de las copas que decoran su habitación. Porque ella se aferra a otras cosas. Como dice el tatuaje de su brazo derecho: “Tú eres el camino, la verdad y la vida… Jesús”.

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[Factor Running] Martín Fiz: “Mi reto 2014 será el Cruce de los Andes”

“Campeón Europa – Mundo Maratón. Diploma Olímpico en Atlanta 4 y Sidney 6. Premio Principe de Asturias y un enamorado del running”, puede leerse en la cuenta de twitter de Martín Fiz. El gran fondista español estará presente el año próximo en el Cruce de los Andes.

Así lo confirmó al programa radial Factor Running (lunes de 18 a 20 por AM 830 Radio del Pueblo): “Mi objetivo 2014 será el Cruce Columbia Volcanes en Patagonia y para eso entrenaré en la altura -Segovia- como cuando me consagré Campeón del Mundo en Göteborg”.

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Osvaldo Suárez: “La Libertadora me arruinó la carrera”

Osvaldo Suárez, símbolo viviente del atletismo argentino, cuenta sus logros y los detalles de la suspensión que le impusieron los golpistas del ´55

“¡Usted, el año pasado, viajó acomodado al Panamericano de México [1955] y luego de eso se fue a Estados Unidos de donde se trajo autos importados. Por eso, está suspendido y no puede salir del país!”. Esas palabras aún repiquetean, una y otra vez, en su cabeza y no puede, ni quiere, olvidarlas. Faltaban apenas cinco días para viajar a Melbourne, Australia, donde poco después participaría en los Juegos Olímpicos de 1956. Hasta allí volaría con su sueño a cuestas, a donde accedía como el gran candidato a la medalla dorada en el maratón. Sus marcas así lo señalaban. En los últimos meses, las pruebas indicaban que estaba en condiciones de correr los 42.195 metros, como mínimo, en 2h23m. Es decir, dos minutos menos que el récord de ese entonces en manos del checo Emil Zatopek, la emblemática y temida locomotora humana. Esa frustración todavía lo lastima, le carcome el corazón. Todavía sus ojos se empañan y Osvaldo Suárez no se esfuerza en disimularlo. No lo avergüenza. “¡Me tildaron de peronista y por eso me proscribieron!”, exclama con indignación. La Comisión Investigadora de Irregularidades Deportivas N° 49 de la autoproclamada Revolución Libertadora lo suspendió por más de catorce meses. A esa altura de su incipiente carrera, con tan sólo 22 años, quebrar récords (en total hizo más de veinte) era su rutina favorita. Su ferocidad para competir y su voraz hambre por ganar lo motorizaban en cada entrenamiento, en cada competencia. Su obsesión por obtener una medalla olímpica lo desvelaba. Para los especialistas se trataba del atleta argentino del momento, pero para el interventor de la Confederación Argentina de Deportes y el Comité Olímpico Argentino, el general Fernando Huergo, no bastaban sus lauros deportivos. La supuesta simpatía de Suárez por el régimen depuesto merecía castigo con el máximo rigor posible, sin medir las consecuencias. La obsecuencia hacia los golpistas de turno valía la pena.

Shockeado y desconsolado, Suárez regresó como pudo a su casa. Vagó por cuadras mascullando semejante injusticia. Tardó más de la cuenta en llegar a su domicilio donde al arribar se fundió con su novia Ema, con quien se casaría en 1960. A su lado, también lo esperaban los brazos reparadores de Teresa, su madre, quien en vano intentó consolarlo. “Los militares de la Libertadora me arruinaron la carrera. Me consideraban su enemigo porque me destaqué en la época de Perón. Me tomaron una declaración y, prácticamente, me bajaron del avión”, cuenta el tres veces ganador, en forma consecutiva, de la tradicional prueba pedreste de San Silvestre, en Brasil. El atropello que sufrió el fondista también afectó a su colega Walter Lemos, a los campeones mundiales de básquet de 1950 y al campeón sudamericano de bochas Roque Juárez, entre otros. El escarnio social ya estaba en marcha. Hasta la cárcel estaba prevista en la ley 4161 para quien atinara a mencionar a Juan Domingo Perón o de su esposa. Cualquier atisbo de vínculo con el presidente destituido era motivo de exclusión y privación. Cualquier sospecha debía ser investigada y penada.

“Fueron catorce meses muy duros. Hasta pesadillas sufría”, recuerda Suárez sentado en el living de su departamento en Avellaneda, donde nació el 17 de marzo de 1934. Un living cargado de condecoraciones, medallas y obsequios que transitan su vasta trayectoria atlética. Aunque muchos ya no están. En un robo, “en 1985 si mal no recuerdo -dice-”, se llevaron gran parte de sus premios y trofeos. De todos los que aún conserva, se destacan dos. El Olimpia de Oro que recibió en 1958 y el Olimpia del Bicentenario que le entregaron el año pasado. “Estos son mis preferidos”, señala y los presta sólo por un instante.

En silencio y con precisión quirúrgica los vuelve a colocar en el mismo lugar y agrega: “Pensaba abandonar porque no quería entrenar más pero después de unos meses volví a hacerlo por cuenta propia porque quería revancha”. Al tiempo, se presentó en la Federación Metropolitana de Atletismo para pedir explicaciones. Con un as en la manga fue directo al grano: “Quiero correr las dos millas porque voy a romper el récord”, rememora haberles dicho a las autoridades con su habitual seguridad. Absortos, sus interlocutores no sabían el motivo de la proscripción. A los cuatro días, en la pista de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, en la calle Del Libertador, Suárez pulverizaba la mejor marca sudamericana en 8 segundos. La explosión mediática produjo un aluvión de notas que hacían referencia a su regreso. La repercusión intimidó a los dictadores que no lo molestaron más. “Total, la tropelía ya estaba hecha y yo ya no era el mismo”, dice masticando bronca.

 

En 1960 llegó a los JJ.OO. de Roma pero el desplome deportivo que provocó la Libertadora surtiría su efecto. Los atletas argentinos ya no contaban con la preparación de antaño y un corredor negro conmovería al mundo. El etíope Abebe Bikila ganaba corriendo descalzo. Suárez sufrió deshidratación y terminó noveno, tras ir hasta el km 35 en el segundo puesto, cerca, muy cerca del africano. “Acá no se sabía aún de la importancia de ingerir agua. Iba por el km 35 con un calor terrible y sin tomar una gota de agua. ¡Hoy eso sería una locura! No aguanté y tomé como dos litros de agua. No pude controlarme. Me agarró un dolor estomacal terrible y no pude correr por casi 3 km. Trotaba y caminaba hasta que un ciclista, que iba en el recorrido, me dijo que estaba en el puesto 25. Tomé fuerzas y terminé noveno. Pasé a 16”, cuenta resignado por semejante torpeza el múltiple campeón de 5000, 10.000, medio maratón y maratón.

Años más tarde, otro golpe militar volvería a derrotarlo en una pelea desigual. Otra vez, fuera de la pista. Otra vez, sin poder correr. El 8 de enero de 1978, su discípulo, el atleta y poeta tucumano Miguel Sánchez era secuestrado y asesinado, tras arribar al país luego de participar en la corrida de San Silvestre.

Nota publicada en la revista Caras y Caretas (Nº 2258 – Mayo 2011).

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[Documental]: Nacidos para correr

Un documental que muestra los dotes innatos de los indios Tarahumaras, de México. Verdaderos corredores de largas distancias.

Es un documental dirigido por David Wright, inspirado en el libro de Christopher McDougall, “Born to Run: A Hidden Tribe, Superathletes, and the Greatest Race the World Has Never Seen” (Nacidos para correr: superatletas, una tribu oculta y la carrera más grande que el mundo nunca ha visto), en el cual se relata cómo unos Tarahumaras (Rarámuris) van a competir al ultramaratón Leadville 100.

Este trabajo es un contraste entre los corredores “genéticamente adaptados” y los “tecnocorredores”; entre la hidratación con base en agua con pinole y tesgüino, y bebidas isotónicas; entre el uso de huaraches con suela de llanta, y calzado de alta tecnología; entre un completo desconocimiento del concepto de entrenamiento, y un entrenamiento diario; entre dos formas culturales de percibir una misma actividad: correr para sí mismos, o correr para nuestro pueblo…

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¿En qué pensamos cuando corremos?

Por Mei Brea

Comunicadora Social y Maratonista

Los fanáticos del running no sólo disfrutamos de correr sino  también de ese momento  que nos hacemos para una actividad única. La sensación de bienestar que te provoca liberar endorfinas y sentir que transpirás eso que te pesaba del día no tiene comparación alguna.

Muchos te preguntan si no te aburrís o incluso en qué pensás mientras practicás dicho deporte, sobretodo en distancias tan largas como son los 42 k… La respuesta es simple: “Disfruto cada instante, disfruto del cansancio, disfruto pensar en todo o en nada”. Disfruto correr. Me apasiona correr.

La cabeza es un ítem fundamental a la hora de entrenar. Puede que estés diez puntos a nivel físico pero si la mente no te acompaña es capaz de boicotearte. Lo importante es confiar en uno. Estar segura de que vos podés porque te  rompiste el lomo entrenando.  En las primeras experiencias en carreras quizá tengas miedo de no poder completar el recorrido. Ahí es clave tener en cuenta que pasaste varios meses por un entrenamiento riguroso y que esto es un reto que vos podés sortear. El pensamiento positivo es todo. “Soñaste con ser héroe por un día y ese día llegó”, frase motivadora que siempre tengo presente.

Un dato no menor en las maratones es el llamado MURO. En el kilómetro 30 te enfrentás contra el cansancio físico y mental. Se genera un punto de inflexión entre seguir o abandonar. En ese momento es clave hacer un último esfuerzo, si es necesario bajar el ritmo, inyectarte un vuelto de confianza y seguir adelante. Una vez superado ya estás.

¿Entonces en qué pensamos cuando corremos? Ufff… En tantas cosas, el abanico es infinito. Hago un repaso de las cosas pendientes del día, me traslado a momentos que me generaron felicidad, simplemente disfruto del paisaje, observo a mi alrededor, escucho mi cuerpo. No nos dejemos traicionar por el bocho porque este no es un impedimento para practicar ese deporte que tanto te gusta. Sólo hay que mantener la mente en CALMA y avanzar.

Mañana más historias e info en primera persona…    Unite a Runner Blog.

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Media Maratón de Nueva York, un sueño cumplido

Por Daniel Arcucci (*)

Arrancamos con nieve en Central Park y terminamos con sol en Wall Street. Cuando repaso los 21 kilómetros de Nueva York –o la #nychalf13, que corrí el pasado domingo 17 de marzo- esa imagen me vuelve a la mente, y al cuerpo, todo el tiempo. Es la mejor síntesis de una experiencia en la que las calles de esa incomparable ciudad parecieron moverse bajo mis píes, para impulsarlos, liberándolos de todo cansancio, al mismo tiempo que los pulmones se llenaba de un aire fresco, renovador.
Correr esta carrera fue cumplir un sueño, pero más que sensación de línea de llegada, me ha dejado impulso de línea de partida.
Un mail con una oferta de descuento en pasajes para viajar a maratones en algún lugar del mundo, había reactivado la idea de un viaje con mis hijas, Malena y Martina. Poco antes del Año Nuevo, y con el calendario runner en la mano, puse la fecha. No podía siquiera imaginar, por entonces, que la semana que había elegido para alejarme del mundo (paradójicamente, yendo hacia uno de los centros urbanos del planeta) se iba a transformar en un tiempo históricamente inolvidable. Pasó de todo. Entre otras cosas, Messi dio otro paso hacia la inmortalidad futbolística al protagonizar la famosa remontada del Barcelona ante el Milan y un argentino ¡fue elegido Papa!
No fue fácil para mí asimilar el hecho de no estar en la trinchera periodística. Pero, ya sin margen de maniobra, nada fue más importante para mí que perderme caminando por las calles de Nueva York con mis hijas, durante un par de días, usando los raids de paseo y de shopping como si entrenamientos fueran, y nada fue más emocionante que encontrarme corriendo por esas mismas calles, solo aunque acompañado por miles, por poco menos de dos horas.
Desde el muy neoyorquino departamento que fue nuestra casa durante una semana –ubicado en el 225 de la 10 Av., en la esquina con 25 St., 4°F, sin ascensor- partí hacia el Central Park, en taxi, exactamente a las 6 de la mañana del domingo indicado. Un día antes había hecho el simulacro, para comprobar en cuerpo y alma que el frío era perfectamente soportable con una remera térmica de mangas largas, un buzo liviano, la camiseta oficial de la carrera (of course), calzas, gorro y guantes. Poco más de quince minutos demoré en llegar hasta la 5 Av. East y la 69 St., por donde debía acceder al gran pulmón verde de la ciudad. Apenas bajé del taxi típicamente amarillo, comprobé que los 0° de la puerta de mi departamento, en Chelsea, eran -3° medio centenar de cuadras más arriba. También vi los jardines del parque brillando de blanco nieve a la luz de la luna, todavía dominante. Caminé por los caminos serpenteantes rumbo a mi corral, el verde, reservado a los inscriptos entre los números 6000 y 6999, con un ritmo aproximado y estimado de carrera de 5 minutos por kilómetro. Comprobé que era uno de los pocos que lucía la camiseta gris de la carrera, ya con el N° 6707 bien abrochado con los tradicionales alfileres. Conmigo, como hormigas, caminaban corredores de las más variadas nacionalidades y vestidos de las más variadas maneras. Los había muy abrigados, de esos que escucharon el consejo “llevate mucha ropa usada, que después se deja para la beneficiencia, antes de la largada”, y los había, sí, en musculosa y pantaloncitos cortos. Estos últimos tiritaban, pero se la bancaban.
Cuando llegué al lado Oeste del parque, todavía no había amanecido y, mirando hacia el Sur, se distinguía el inconfundible perfil neoyorquino. Faltaba una hora para el comienzo de la carrera, previsto a las 7.30 de la mañana.
La largada fue puntualísima. Pero sólo a las 6 minutos de la salida pasé por debajo del arco. A esa altura, el keniata Wilson Kipsang, medallista de bronce en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, y la keniata Caroline Rotich, ya volaban hacia la victoria, que consumarían en 1h1m2s y 1h9m9s, respectivamente y por la que cobrarían US$ 20.000 cada uno.
Lejos estaba de alcanzarlos y de pensar en ellos, fascinado con el blanco que me rodeaba, al encarar el Central Park hacia el norte, por las colinas que me exigían y por el tapatap-tapatap-tapatap de las zapatillas contra el piso, que sonaban como jazz. Ya era de día y el frío chocaba contra el calor que el cuerpo empezaba a emanar.
Las subidas, lejos de convertirse en un obstáculo, me impulsaba a afrontarlas con zancadas que no sentía. Sí, sentía el aliento desconocido y ese “¡Woowoowoouuu!” tan americano, que suele ser irritante y sonaba, en cambio, gratificante.

El primer cartel indicador que apareció fue el de la milla, a los 8 minutos de carrera neta. Ya fue una referencia. Antes que lo necesitara, a esa altura, apareció el primer puesto de hidratación, servicio que se repetiría una docena de veces a la largo de la carrera, y cuando me quise dar cuenta, todavía ni agitado, ya estaba girando hacia el sur, en bajada, por los caminos más al Oeste del parque, después de recorrer perpendicularmente el del Norte, con la 110 St. y el perfil de Harlem visto con el rabillo de mi ojo derecho. Bajé volando. Salí del parque como empujado por una fuerza mágica, que se multiplicó al pisar la 7ª. Avenida, justo al pasar por el kilómetro 10. Tapatap-tapatap-tapatap. “¡Woowoowoouuu!”. Miraba hacia los costados y veía desconocidos alentándome, con carteles con nombres también desconocidos. Miraba hacia arriba y los rascacielos, igual que en los paseos en ómnibus turísticos, apenas me dejaban adivinar las nubes. Miraba hacia delante y veía el infinito. Estaba corriendo por Broadway.
Cuando doblé en la 42 St., más hacia el Oeste, volví a subir la velocidad. En bajada hacia el Hudson, marqué mi mejor kilómetro, en 4m32s. A esa velocidad, distinguí delante de mí una campera que decía “Running Team – Banco de la Nación Argentina” y pasé zumbando junto a él al grito de “¡Aguante, Argentina!”. No lo volví a ver, no me volvió a ver.
Doblé hacia la derecha en el West Side Highway y rápidamente me encontré con el primer giro en U del recorrido, a la altura de la 44 St. El objetivo, ahora, era Battery Park en el objetivo. Más precisamente, el Battery Park Underpass Brooklyn-Battery Tunnel. Una curva bajo tierra que parecía tener detrás de cada uno de los corredores un impulsor de aire, tan motivante.
Emergimos en la salida de Old Split, poco después de las dos decenas de kilómetros recorridos. Cada menos de tres kilómetros, había visto un puesto de hidratación. Cada kilómetro, había visto asistencia médica. Cada tanto, había visto un grupo callejero de música, nada sofisticado. Siempre, había visto más servicio que show en la carrera.
Había pasado los 5K (extremo Norte del Central Park) en 25m 44s; los 10K (extremo Sur del Central Park), en 50m 56s; 15K (a la mitad del West Side Highway), en 1h 15m 10s; y los 20K (en la salida del Battery Tunnel) ,1h 39m 20s.
Lo que me quedaba, lo encaré como si se tratara de una carrera de 200 metros, cuando faltaba poco menos de un kilómetro. Ya sentía el bullicio de Wall Street.
Tapatap-tapatap-tapatap. “¡Woowoowoouuu!, ¡Woowoowoouuu!”.
Miré para los costados, miré para arriba, miré para adelante. Distinguí el arco, clavado en medio de esa calle tantas veces mencionada y tan multitudinariamente transitada. Miré mi reloj, finalmente: 1h44m41s para recorrer 21 kilómetros y 680 metros. Mi mejor tiempo, mi mejor experiencia.

(*) Daniel Arcucci es Secretario de Redacción del diario La Nación, donde trabaja desde 1997. Además, es columnista en “90 minutos de fútbol”, que se emite por Fox Sports.

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¿Y vos pensás que no podés? Mirá esta historia…

Encontré casi por casualidad los videos de este post y se me llenaron los ojos de lágrimas al verlos una y otra vez. Como runner, como padre, como hijo. No hay palabras que puedan describir ese sentimiento inconmensurable de un padre hacia un hijo. Por eso, estas imágenes hacen que las palabras sobren.

Es una historia de superación que une a Dick Hoyt y a su hijo Rick quien nació, en 1962, en Massachusetts, con una discapacidad por la falta de oxígeno en su cerebro que le ocasionó el obturamiento en su cuello el cordón umbilical. Esa parálisis cerebral según los médicos consultados por los Hoyt era imposible de recuperar. Esa poca esperanza no acobardó a sus padres que decidieron enfrentar el desafío con una entereza increíble, admirable. Cuando tenía 8 meses, los doctores nos dijeron que deberíamos sacrificarlo, que estaría en estado vegetativo toda su vida y ese tipo de cosas. Bueno… esos doctores ya no están vivos. Me gustaría que pudieran ver a Rick ahora”, contó Dick en numerosas entrevistas.

Claro, para Dick y su esposa Judy poco importó ese diagnóstico. Lucharon para que su hijo tuviera una vida “normal”. Así, en 1975, consiguieron que Rick, a los 13 años, fuera aceptado y, lógicamente, integrado a una escuela pública. Razones tenían. Confiaban en la inteligencia de su hijo. “Como no podía hablar, pensaron que no sería capaz de entender, de comprender pero eso no era cierto”, dijo su padre. Por eso, ellos mismos le enseñaron el alfabeto. Hicieron que la integración como herramienta de superación comience en su hogar. Para ello, el vínculo próximo con sus hermanos menores fue un paso más hacia la igualdad por la que tanto bregaban sus padres.   

Unos años antes, en 1972, y tras juntar 5.000 dólares, la familia Hoyt logró que ingenieros de la universidad Tufts diseñaran una computadora interactiva que le permitió a Rick, con apenas 10 años, comunicarse haciendo ligeros movimientos con su cabeza. Según sus padres, una de las primeras palabras que Rick logró escribir fue “Come on Bruins (“Vamos los Bruins”), por el equipo de hockey de Boston del que la familia era ferviente seguidora. Así, comprendieron que Rick era fanático de los deportes.

En 1977, Rick estaba decidido a dar un paso, que luego sería definitivo, en su posterior y extensa trayectoria deportiva. En su escuela se estaba organizando una carrera  benéfica de 8 km para un compañero que era jugador de lacrosse y se había lesionado en un accidente. Su padre tenía 37 años y una vida deportiva prácticamente nula. Sin embargo, Dick aceptó participar empujando la silla de ruedas durante toda la competencia. En su página web, puede leerse que esa noche Rick le dio un mensaje aleccionador a su padre: “Papá, cuando corro no me siento discapacitado. Me siento como cualquier atleta”. A partir de allí, no pararon. Así nació el Equipo Hoyt. Al principio algunos corredores se molestaban al verlos junto a ellos. Con el tiempo, los Hoyt pasaron a formar parte del paisaje de cada carrera. Ya todos los conocían. Con ello, llegó el reconocimiento. El ejemplo que daban posibilitó, en 1989, crear la Fundación Hoyt con la misión de construir el carácter individual, la confianza en sí mismo y la autoestima de los jóvenes con discapacidad a partir de la inclusión en todas las facetas de la vida cotidiana (familiar, laboral, educativa, deportiva…).

Además, entre tantas carreras (completaron cerca de mil incluyendo maratones, duatlones, triatlones, 6 de ellos Ironman) y entrenamientos, Rick, en 1993, se graduó en la Universidad de Boston con un grado de educación especial. Desde ese momento, continúa trabajando en la escuela de Boston en un laboratorio especializado en el desarrollo de sistemas de computación destinados a ayudar en la inclusión social, una de sus grandes metas. Todo, a partir de un simple mensaje: “Sí, tu puedes”.

 

Ahora, pensalo otra vez: ¿creés que no podés? 

Escribir corriendo

Por Julieta Bilik (*)

Para contar esto tan cotidiano que hago hace un poco más de tres meses me tengo que retrotraer a una mañana de jueves en la que me levanto con el tiempo justo. Quince minutos para terminar de preparar todo y salir corriendo, caminando rápido si nos podemos literales, al consultorio psicológico.

Preparar todo es asegurarme que en la mochila estén mis relucientes nuevas zapatillas de correr. Bellas, muy bellas ellas, son violetas con destacados en amarillo. Como no tengo tarjeta fui a comprarlas con mi mamá y todavía estoy pagando las cuotas sucesivas, licuando el precio con kilómetros y kilómetros de uso. Como los autos, las zapatillas de un corredor aumentan su prestigio y valor no comercial a la par que crece su kilometraje. Y mucho más renombre adquieren si, por ejemplo, participan en carreras internacionales o sobreviven a desafíos ultramaratónicos de montaña. Las zapatillas son a la vez el identikit del corredor y su más fiel aliado. Necesarias compañeras de ruta.

Volviendo al temita de la mochila; no puede faltar mi calza negra de lycra y esa bendita remera de fibrana. Los maratonistas podrían clasificarse de acuerdo a la cantidad de remeras que tengan en el placard. En cada carrera, parte del premio siempre es una remera. Gracias a ella, uno puede saber si tal o cual con el que se cruzó en un entrenamiento por Palermo corrió la mítica Media Maratón de Buenos Aires 2010, es acaso uno de esos corredores de aventura que viajó a Patagonia Run 2011 o un amateur que siempre empieza por las carreras de causas solidarias que organizan grandes marcas de pañales o alimentos para perros. La remeras son entonces identificatorias no sólo de la perseverancia del corredor, sino también de su perfil y sus preferencias. Colaboran con el des-prejuicio informando, dando cuenta y simbolizando quién es quién cuando hablamos de correr. Yo, que empecé a correr hace poco más de tres meses, tengo varias remeras heredadas que deben confundir a los corredores que me cruzo por Palermo. Prejuicio al desprejuicio. Pero sigamos con la descripción.

La mochila por fin está completa y el día, que es básicamente correr, a punto de comenzar. Del consultorio psicológico a la redacción de la revista. Y cuando llegan las dos de la tarde almorzar con mis compañeros y rajar para la oficina. Y otro vez lo mismo, el saludo de rutina: “Hola, hola, ¿cómo andan? ¡Hace un calor afuera! Está pesado pero llegué rápido, no había mucho tráfico. ¿Quieren tomar algo?”. Yo me quiero tomar un tranquilin, pero me siento a trabajar. Como son pocas horas laborales tengo que trabajar rápido. A correr en la oficina entonces. Correr trabajando para ganar plata y acumular electrodomésticos, experiencia laboral, kilómetros de horas frente a la PC. Básicamente eso. El sinsentido de dejarse extraer la plusvalía para comprar deudas en cuotas y no dejar de trabajar nunca más. Entregarse eternamente.

Empieza a oscurecer y por fin se acerca la corrida real: cincuenta y cinco minutos en los lagos de Palermo con los compañeros de entrenamiento. Pero caigo en la cuenta que todavía falta esa media hora de caminata intensa, que va desde la puerta de la oficina hasta el estacionamiento enfrente del golf. Con los últimos cartuchos que deja el día me decido a emprenderla. Ni un minuto más de las siete de la tarde para rajar del laburo. ¡1,2,3 YA! Ponerme la campera, apagar todas las luces, bajar las escaleras y a correr por la ciudad que oscurece.

Como toda caminata urbana incluye varios obstáculos. Cochecitos de bebé, vías de tren que con las barreras bajas consiguen demorarme, bocinazos, veredas rotas, cacas de perro, bondis, cataratas de adolescentes escolarizados y  gente, mucha gente. Mi ritmo es acelerado y continuo. Cada tanto me detengo ante algún semáforo en rojo pero alerta sigo marchando. Alguna bocina me altera los nervios destrozados porque el tiempo apremia. Son treinta minutos exactos caminando rápido o si no se me hace tarde. Siempre llego con lo justo, la ropa de trabajo, ese calorcito que emana el cuerpo en movimiento y los cachetes colorados. Mis compañeros de team todos muy relajados porque han llegado en sus coches con tiempo suficiente me reciben con cara de “¿y a vos qué te pasa? ¿quién te apura?”. Pero bueno, soy joven y como no tengo auto tengo, dos piernas afiladas de las que prefiero hacer uso antes que esperar el bondi, viajar apretada, soportar el tráfico y el tiempo estancado en el embotellamiento, la asfixia de la hora pico y mis ganas de que alguien abra la ventana para tirarme de cabeza y sentir el aire fresco. Entonces elijo caminar corriendo, depender sólo de mis piernas y llegar con el corazón levemente agitado. Total está por empezar la corrida final que es básicamente correr por correr y que no me importe nada más. Poner un pie delante de otro y sentir como el cuerpo avanza porqué sí, porque su inercia es el movimiento. Correr sin reloj, sin tiempo. Correr pero no necesitar llegar temprano a ningún lugar, ni querer esconderse de alguien o sentir miedo ante algo. Correr mientras llueve, hace frío, cuando estoy triste o me duele la panza. Entonces seguir corriendo y que eso no importe, porque total estoy corriendo, alejándome de todo.

Correr escribiendo ideas, porque parece que correr y escribir son una buena combinación. Juntas, pero no revueltas, me permiten deshacerme de la inercia del cuerpo y de la mente. Porque para seguir la zanahoria de las ideas y escribirlas, necesito el cuerpo calmo, despojado de la energía excedente. Pasión por correr, y que eso quede escrito.

(*) Julieta Bilik, 27 años

Es miembro desde julio de 2012 de Clara Serino – Pasión por Correr Running Team

Buen fin de semana para todos…