La gran trotadora: carrera indoor, el último que se cae gana

Creativos publicitarios implementaron una nueva “modalidad de carrera” en el marco de una campaña publicitaria de la marca Oxford Fitness.
Con la dirección de Pato del Sante y Carlos Müller, la agencia 10:10 presenta su nuevo trabajo en el que invita a los corredores a participar en una nueva modalidad de carreras donde el último competidor que se cae, gana la competencia. 
Este fin de semana se realizarán 4 maratones en “una gran trotadora Oxford”, una replica exacta del modelo más vendido de la marca, la trotadora BE6532, con una sola diferencia, su tamaño. “Tiene una escala 4 veces mayor a la real, midiendo más de 3 metros de ancho, 6 metros de largo y más de 4,5 metros de altura. Un motor eléctrico de 12 hp le da la fuerza para mover más de 2 toneladas, y alcanzar una velocidad máxima de 16 km por hora. La gran trotadora tiene una capacidad para que corran 10 personas a la vez y, a medida que el tiempo avanza, la velocidad sube y es cada vez más difícil mantener el equilibrio”.

“Correr en trotadora siempre ha sido un viaje privado, un autodesafío, una superación personal, donde te encuentras contigo mismo frente a frente, solo tú y la máquina”

Desde la agencia explicaron que quisieron darle un nuevo aire al deporte, rediseñar el trote en máquinas y transformar ese deporte personal y solitario en una competencia colectiva, mezclando la actividad física y el entretenimiento parar darles así una oportunidad a todos los corredores de interior, que lo vienen entrenando desde hace años y aún no han podido competir

La campaña posee un sitio web donde todos se pueden inscribir en las 4 carreras que se realizarán el 22 y 23 de noviembre en la trotadora. De cada una de ella, participarán 10 corredores. Los ganadores se llevarán una réplica de la trotadora gigante, pero a escala real.

Fuente Adlatina

 

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¿Identificación runner? Mirá este video…

Cinco corredores, cinco estilos para correr y disfrutar este deporte. Un guiño más dentro de las distintas formas y personalidades que tenemos de correr. Sobre todo quienes no somos de elite. Es decir, la mayoría de quienes todos los días salimos a sumar km y km.

Este es un buen muestreo, algo exagerado, de las técnicas con las que nos cruzamos más de una vez.

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Suplementos deportivos, parte 2

Hoy en Runner Blog escribe: Karen Cámera (*)

Licenciada en Nutrición (UBA)

La semana pasada posteamos la primera parte sobre suplementos deportivos, donde se destacó que los deportistas son grandes consumidores de los mismos que, en su mayoría, no han sido probados acarreando con ello posibles problemas ante los controles antidopaje.

En el año 2000, el Instituto Australiano del Deporte (AIS) implementó  un programa sobre suplementos para los deportistas con los siguientes objetivos:

  • Permitir a los deportistas concentrarse en el uso racional de los suplementos y alimentos especiales como parte de sus planes nutricionales.
  • Asegurar que los suplementos y alimentos deportivos se utilicen correcta y apropiadamente para brindar los máximos beneficios para el sistema inmunológico, la recuperación y el rendimiento.
  • Dar a los deportistas la confianza que reciben asesoramiento de vanguardia y alcanzan prácticas nutricionales actualizadas.
  • Reducir al mínimo el riesgo de que el uso de suplementos lleve al dóping involuntario.

 Una parte clave del programa del AIS es establecer un sistema de clasificación para los suplementos y alimentos para deportistas basado en un análisis de la relación entre riesgo y beneficio de cada uno por parte de un panel de expertos. Este sistema tiene cuatro categorías y se realizan evaluaciones periódicas de los suplementos y alimentos para asegurarse que permanecen en el grupo que mejor se adecúa a las evidencias científicas disponibles.  El objetivo de este programa es priorizar los recursos que el AIS invierte en suplementos y alimentos para sus deportistas, además de brindar programas de educación e investigación en el área, para dedicar la mayor atención a los productos que puedan generar los mejores resultados. De todas maneras, aclaran que aunque algunos productos poseen evidencia de su efectividad, deben primero pasar por la aprobación del AIS para eliminar el existente riesgo de contaminación y así evitar un supuesto dóping.

Grupo A: suplementos aprobados
Proporcionan una fuente útil y oportuna de energía y nutrientes. Se ha demostrado en pruebas científicas un beneficio en el rendimiento, cuando se utiliza de acuerdo con un protocolo específico en una situación específica en el deporte.  * Bicarbonato  * Cafeína * Suplementos de calcio y de hierro, multivitamínicos-minerales * Creatina * Reemplazo de electrolitos   * Comidas líquidas * Whey protein * Probióticos (usados para protección intestinal)  * Barras, geles, gomitas y bebidas deportivas * Vitamina D
Grupo B: suplementos bajo consideración
Han recibido alguna atención de los científicos, a veces en poblaciones distintas a los atletas, o tienen datos preliminares que sugieren posibles beneficios a la realización y son de particular interés para los atletas y entrenadores.  * B-alanina  * Antioxidantes C y E * Jugo de remolacha (oxido nítrico) * Carnitina * HMB * Aceite de pescado * Quercetina * Probióticos (usados para protección inmune)
Grupo C: suplementos con limitadas pruebas de efectos beneficiosos
A pesar de tener una gran popularidad y son de uso generalizado, no han demostrado producir mejoras.  Si bien no se puede decir categóricamente que “no funcionan”, la probabilidad de producir beneficios es muy pequeña o que los beneficios que se producen son demasiado pequeños para ser útiles.  * Lactaway  * Coenzima Q * Ginseng * Glucosamina * Picolinato de cromo * Agua oxigenada * TCM * ZMA * Inosina * Piruvato * BCAA

 * Los que no aparecen en otro grupo, seguramente estén acá

Grupo D: suplementos que no deben ser utilizados por deportistas
Estos suplementos están prohibidos o están en alto riesgo de estar contaminados con sustancias que podrían provocar un dóping positivo.  * Efedrina  * Sibutramina * Metilhexanamina * Otros estimulantes herbales * DHEA * Androstenediona * 19-norandrostenediona * Otras prohormonas * Tribulus terrestris * Otros estimulantes de la testosterona * Glicerol

Antes de tomar una decisión del consumo de determinado suplemento, se debe buscar el consejo de los especialistas.  También es importante obtener información imparcial y científica sobre cualquier beneficio documentado científicamente del uso del suplemento, así como del riesgo potencial de efectos a corto y largo plazo, para que el deportista pueda tomar una decisión.  Otro punto a tener en cuenta es conocer las formas específicas en que el suplemento o alimento puede utilizarse para lograr los objetivos buscados.  Es por ello que nosotros debemos actuar como educadores y ser el nexo entre los investigadores y entrenadores-deportistas. 

Ron Maughan, un reconocido experto internacional en en fisiología, bioquímica y nutrición del ejercicio de rendimiento, dice: “Si los suplementos funcionan probablemente estén prohibidos, y si no están prohibidos seguramente no funcionen, aunque hay algunas excepciones”.

Los suplementos no son sustitutos de una buena alimentación, se puede pensar en ellos recién cuando esté asegurada una buena nutrición, hidratación, entrenamiento y descanso.

 

¿Qué sabés sobre dóping? Aquí un cuestionario interesante…

¿Querés saber más sobre la contaminación de suplementos? Leelo acá…

Algunos consejos de la International Rugby Board (IRB) para tener en cuenta a cerca de los suplementos dietarios…

FuentesBurke L. Practical Sports Nutrition, Human Kinetics 2007 y Web del Australian Institute of Sport.

(*) Karen Cámera es licenciada en nutrición (UBA), docente de la materia “Nutrición Deportiva” en la Licenciatura en Nutrición de Universidad de Buenos Aires y Universidad Abierta Interamericana. Además, es docente asociada en los cursos de Nutrición Deportiva, a cargo de Francis Holway (Club Atlético Atlético River Plate). Más info en www.nutriciondeportiva-gnd.blogspot.com

 

¿Usás suplementos? ¿Qué precauciones tomás?

 

Suplementos deportivos, parte 1…

 

Hoy en Runner Blog escribe: Karen Cámera (*)

Licenciada en Nutrición (UBA)

Según las estadísticas, los deportistas son grandes consumidores de suplementos y constituyen un objetivo importante para la multimillonaria industria que los produce.  Estos productos dicen prolongar la resistencia, acelerar la recuperación, reducir la grasa corporal, entre otras afirmaciones.  Esto es sumamente atractivo tanto para deportistas como para entrenadores.  Muchos se sienten obligados a consumirlos aún en ausencia de evidencias científicas.

Aunque algunos deportistas y entrenadores creen que los científicos del deporte tienen la mente cerrada y descartan el uso de suplementos por ser innecesarios, la realidad es que la mayoría de ellos se interesa en los alimentos y suplementos como parte de su búsqueda de nuevas estrategias para mejorar el entrenamiento, la recuperación y el rendimiento durante la competencia.  Las investigaciones implican un gran esfuerzo, lo que hace que sea imposible mantenerse a la par de todos los productos nuevos que aparecen en el mercado.  Por lo tanto la mayoría de los productos que utilizan los deportistas no han sido probados, o no han cubierto las expectativas en los estudios preliminares a los que se han sometido.  En la mayoría de los países, la legislación sobre los suplementos es mínima o no se cumple.  Los deportistas y entrenadores a menudo no conocen estas fallas.  Generalmente, los códigos de estandarización de los alimentos se basan en una industria de fabricación y comercialización de alimentos muy autorregulada, por lo tanto es muy posible que los productos contengan sustancias no permitidas y que la información de sus rótulos sea incompleta o muy poco precisa.

Los deportistas deben tener un conocimiento global de la regulación sobre suplementos dietarios, porque los viajes habituales y las compras por Internet brindan un acceso fácil a productos que están fuera del control del sistema de sus propios países.

En 1994, en Estados Unidos, una ley (Dietary Supplement Health an Education Act) redujo la regulación de suplementos dietarios y tiene como puntos principales:

  • Los suplementos no necesitan demostrar su efectividad ni seguridad para venderse
  • Los fabricantes de suplementos pueden colocar afirmaciones sobre salud en etiquetas (es probable que los deportistas crean que las propiedades de los suplementos están comprobadas científicamente, simplemente porque creen que una publicidad engañosa no estaría permitida.
  • Los suplementos no tienen que fabricarse según un estándar

Existen muchos ejemplos de falta de cumplimiento con las leyes de rotulado y con el control de calidad de componentes.  Alrededor de un 20% de los suplementos están contaminados (intencionalmente o no).  La presencia de contaminantes y de sustancias no declaradas puede causar muchos problemas, incluyendo dóping no advertido.

 ¿Qué beneficios pueden provocar los suplementos?

- Uso del producto para cubrir necesidades nutricionales específicas

- Mejora del rendimiento (efectos ergogénicos)

- Efecto placebo

Algunos de los efectos ergogénicos son fácilmente demostrables, a veces los beneficios reales son muy pequeños pero igualmente son valiosos en el mundo competitivo del deporte.  Es por eso que la educación sobre situaciones específicas y estrategias para el uso de suplementos y alimentos es tan importante como la formulación del producto.

El efecto placebo describe el resultado positivo que surge simplemente de la creencia del individuo que ha recibido un tratamiento beneficioso.  A pesar de nuestra creencia de que el efecto placebo es real y potencialmente valioso, sólo unos pocos estudios han tratado de investigar su aplicación en el deporte.

¿Qué problemas traen el uso de suplementos?

Un problema obvio del uso de suplementos es el costo, ya que los suplementos y alimentos para deportistas en general brindan nutrientes o componentes alimentarios a un mayor precio que el de los alimentos comunes.  Esto es lógico ya que es el resultado de componentes especiales, la investigación, el desarrollo, el packaging, entre otras cosas.  De todas maneras, los precios se fijan con un margen de ganancias exagerado para aprovecharse del dinero de los deportistas que están dispuestos a pagar para alcanzar su sueño de triunfar.

A veces se lo puede considerar un dinero bien gastado, especialmente cuando el suplemento o alimento brinda la forma más práctica de alcanzar un objetivo nutricional o cuando los beneficios ergogénicos han sido bien documentados.  También debe considerarse la posibilidad de efectos adversos o de reacciones negativas por el uso de suplementos o alimentos por deportistas.

El dóping inadvertido ha aparecido como tema de preocupación entre los deportistas.  Algunos suplementos y alimentos contienen ingredientes que aparecen en las listas de sustancias por la WADA (World Anti-Doping Agency) con lo cual un deportista puede ser sancionado por haber consumido sin intención una sustancia prohibida en estos productos.  Algunos deportistas no leen detenidamente el rotulado e ignoran el contenido.  Existe cada vez más evidencia que muchos de estos productos contienen sustancias prohibidas en forma de ingredientes no declarados o como contaminantes.  Por eso muchas instituciones les informan a los deportistas que tengan extrema cautela en el consumo de suplementos y además deben responsabilizarse por completo en el caso de un dóping positivo.

Finalmente, una consecuencia más sutil de la dependencia de los suplementos, es la pérdida de las verdaderas prioridades del deportista.  El desempeño exitoso en el deporte es producto de un gran número de factores, incluyendo una genética superior, el entrenamiento a largo plazo, la nutrición óptima, el equipamiento de última generación, y una actitud de compromiso: los suplementos son la punta del iceberg.

Los estudios deben estar bien diseñados para demostrar que un suplemento funciona realmente: se deben probar los efectos del suplemento en un entorno lo más parecido posible a la situación del deporte en la vida real.  Pero la visión de los deportistas y entrenadores, es extremadamente diferente de las hipótesis que se manejan en la mayoría de los estudios actuales.

Aunque a menudo se sugiere que la presencia de componentes no declarados refleja malos procesos de fabricación y contaminación de un producto a otro, también es razonable pensar que al menos algunos productores agreguen componentes para mejorar el efecto e incrementar las ventas.  Por ejemplo, la presencia de estimulantes en un suplemento puede asociarse con un sentimiento de bienestar o energía o la presencia de niveles altos de un esteroide controlado indica además la contaminación deliberada para producir un efecto en la ganancia de masa muscular y fuerza.  En resumen, los deportistas que compiten bajo códigos del antidoping deben reconocer que el uso de suplementos los expone a un riesgo real de obtener resultados positivos y es muy difícil encontrar una solución a este problema generalizado.

 (*) Karen Cámera es licenciada en nutrición (UBA), docente de la materia “Nutrición Deportiva” en la Licenciatura en Nutrición de Universidad de Buenos Aires y Universidad Abierta Interamericana. Además, es docente asociada en los cursos de Nutrición Deportiva, a cargo de Francis Holway (Club Atlético Atlético River Plate). Más info en www.nutriciondeportiva-gnd.blogspot.com

El próximo lunes, la segunda parte…

¿Usás suplementos deportivos?

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Maratonista moderno: identificación runner en una foto

Cada día aparecen nuevas tecnologías aplicadas al running. Desde zapatillas cada vez más confortables y ropa técnica hasta relojes con GPS. Ni que hablar de los alimentos para antes, durante y después de correr.

Todos y cada uno de estos implementos nos dan la chance de correr un poquito mejor. Igualmente, todo está supeditado a un factor determinante: el entrenamiento. Sin él, nada sirve al momento de encarar una carrera.

¿Qué parte de este runner tenés incorporado?

Un portfolio bien de Acero

Los elegidos      

Por Brenda Coral Spasiuk (*)

“En tiempos remotos, un maestro paseaba por un pueblo dando cátedra de los mandamientos necesarios para convertirse en un buen cristiano. En el proceso atravesó varias vicisitudes, sufrió desilusiones y caídas pero nunca se rindió. Siguió firme en su paso hasta llegar a la meta que estaba trazada en el monte Calvario. En el interín eligió entre la muchedumbre a 12 hombres. Ellos fueron llamados los 12 apóstoles de Jesús”.

Algo de aquello siento ahora. Regresé hace una semana de las tierras míticas de Kona  y digo que el dios Sol  del Ironman de Hawaii me puso entre sus 12 elegidas en la categoría 18/24 años de las damas.

No olvidaré los golpes que me despertaron en la parte de natación cuando hacía un tiempito estaba flotando y con la cabeza torcida mirando de una manera insistente y desesperada al hombre del megáfono encargado de dar inicio al Ironman de los amatuers. Creí que saldría desfigurada del agua, pero salí bien, con el tiempo que quería hacer.

Nunca olvidaré el viento furioso que pinceló mi rostro en los últimos 45km de la etapa de ciclismo. Tampoco el sol contento de abrasar cuántas espaldas pasaran por la ruta hacia Hawi.

Jamás olvidaré esa maratón hermosa que cada cinco kilómetros me hacía recordar que estaba corriendo adentro del evento más antiguo, más prestigioso y más duro del triatlón de larga distancia.

Todas las pequeñas crisis mentales, los desalientos causados por la fatiga y el dolor fueron disipándose para mi en un lapso de 11 horas 56minutos 46 segundos. Y la culminación de tantos días, semanas y meses de entrenamiento fue el momento iluminado que estuve debajo del arco gigante que tiene en el tope un reloj grande y esa marca mundialmente reconocida. “¿Soy una WorldChampionship Ironman Finisher?”. Una Brenda cansada e incrédula supo preguntárselo en ese instante. ¡Si señorita! Lo sos, me contestó la Brenda con la sonrisa exorbitante.

Siempre quedará en mi mente y en mi corazón el recuerdo dolorosamente alegre de haber logrado dejar en el lugar donde se inició este deporte tan duro pero divertido, mi sangre misionera. Porque me convertí en la primera misionera en haber soñado desde chiquita con estar en Hawaii, lograr el pasaje clasificatorio y colgarse la medalla de finisher.

Hacer un Ironman significó para mi vida un mundo emotivo con sensibilidad en la superficie. Hay que tener temple de Hierro para conseguir el objetivo pero hay que ser humano sensible para emocionarse y disfrutar del logro alcanzado.

En este portfolio, con el gatillo de Pablo Pérez, quiero mostrar esa felicidad que me inunda todavía por haber formado parte del mega evento del Ironman. Un momento de plenitud única que lo vivo intensa y espontáneamente. Espero resulte un producto agradable y que las críticas no sean tan duras, aclaro que no soy una modelo profesional. Y me saco el sombrero ante las mujeres que lo son. No es tarea sencilla.

Agradezco profundamente a Misiones, a mi familia (no solo la de sangre) y la Yerba mate Rosamonte por acompañarme en esta loca aventura del Ironman.

Para cerrar, quiero dejar un pensamiento. No hay dudas que entre los elegidos uno siempre prefiere o aspira a ganar el primer lugar. Ese lugar del aplauso, del reconocimiento y de la gloria. Yo quedé alejada (bastante) de ese lugar pero estoy feliz que en el camino para llegar a la largada de Kona, entrené diariamente para ganarme el primer lugar en la pasión, el amor, la entrega, el sacrificio, el esfuerzo y la perseverancia.

Gentileza mundo running.

(*) Triatleta, periodista y escritora. Recientemente presentó su primer libro, una novela de ciencia ficción titulada “Hierro Líquido”. En diciembre publicará su próxima novela.

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Las personalidades del corredor…

Cuando decidimos pasar a una vida distinta e incluimos en ese cambio la práctica del atletismo, pasamos por una transformación muy curiosa. Desde aquella figura sedentaria hasta la figura atlética y predispuesta a recorrer kilómetros sin ningún complejo, se perfilan una serie de transformaciones, las cuales pueden darnos una visión bastante bien distinta de nosotros mismos, ante el espejo y ante los demás. Sin embargo, no todos los practicantes de atletismo han realizado una metamorfosis completa, algunos, han partido de un punto intermedio, otros, desde el principio. No obstante daremos vía libre al sentido del humor y que cada uno se identifique con cualquiera de estas personalidades.

EL PRINCIPIANTE: Es la fase mas difícil ya que, no sóo debemos adaptar nuestro cuerpo a la nueva rutina, sino que además el estilo de vida cambia gradualmente. Es posible que a nuestro principiante sus amigos y familiares no le apoyen mucho, ya que, o bien el atletismo no entra en sus vidas o ven su nueva actividad como un capricho temporal. Nuestro corredor es poco constante, si hace mal tiempo, no correrá, o buscará cualquier excusa para no hacerlo. Cualquier tentación será fácilmente aceptada por su voluntad: una invitación al cine en su hora habitual de entrenamiento, deslices en la dieta que acaba de imponerse. ¿Lo mas difícil para él? Entrar en un concepto de disciplina y autocontrol.

EL AFICIONADO: Empieza a disfrutar corriendo, puede incluso haberse creado un grupo de compañeros de fatigas y ninguno de ellos tiene aún grandes pretensiones, la salud y el divertimento son sus objetivos. Los planes de entrenamiento no entran en su rutina. Esta es una etapa donde nuestro protagonista intenta imitar ciertos aspectos y gestos que ve en corredores mas experimentados y donde el ansía por progresar en su nuevo “hobby” le llevará a pedir consejo a compañeros con más tablas y dedicación. Las lesiones son un factor determinante en su moral. Pueden desanimarlo por completo o generar un estado de angustia y ansiedad que le provoquen un empeoramiento de su estado. Correr le divierte y no va a dejarlo por una pequeña molestia aquí o allá.

EL “CARRERAS”: Nuestro personaje empieza a conocer el mundillo atlético y a documentarse de manera indiscriminada. Corre cualquier carrera que se le ponga por delante sin fijarse en distancia, calendario o intensidad. No entrena con un objetivo, pero entrena. ¿Para qué? Ganar a su grupo de amigos y vivir el ambiente de las carreras. Suele sobreentrenarse y sufre lesiones con frecuencia. Sin embargo, vive el atletismo intensamente y eso, a veces, le provoca cierto exceso que le lleva a estados periódicos de irritabilidad.

 

EL CORREDOR: Con mas experiencia, nuestro amigo sabe establecer períodos de entrenamiento y de descanso. Utiliza las competiciones como preparación para otras más importantes y es consciente de sus propias limitaciones. Empieza a plantearse ser dirigido por algún monitor o entrenador e incluso forma parte de algún club de atletismo. Comienza a profesionalizarse en su rutina runner. Correr, pero no cualquier carrera, lo convierte en un corredor más avezado, en un mejor corredor que va por nuevos objetivos.

 

EL ATLETA: Punto y final, ha conseguido la transformación completa, sabe establecer los períodos de recuperación dirigido por una persona especializada. Lo que fue una rutina de ocio se ha convertido prácticamente en una “profesión”. Conoce su cuerpo y sabe interpretar sus avisos y preveer cuando debe bajar intensidad y de que forma hacerlo. Es disciplinado y se plantea  determinados objetivos y para ello utiliza una planificación anual que le lleven a conseguirlo. La falta de apoyo familiar y de su círculo de amigos se ha convertido en admiración, ya no es un vicio pasajero, es un atleta y como tal es tratado con respeto, incluso por aquellos que no veían la práctica atlética como algo posible en su persona.

Vos, ¿qué clase de corredor sos? ¿Con cuál te identificás?

Yelena Isinbayeva, en fotos

Yelena Isinbayeva. O simplemente Yelena. Con eso alcanza. Su nombre es referencia del salto con garrocha. La plusmarquista rusa (5,05 metros en 2008) está inmersa en una profunda crisis de fe atlética y motivacional. Sin embargo, su mal paso, en agosto pasado, en el mundial de Daegu, donde no pudo superar la brecha de los 4,65 metros, no impiden apreciar su belleza y carisma. Por eso, nos tomamos una pequeña licencia veraniega.

Yelena, en acción…

Preparando sus manos.

 Garrocha y concentración.

Inicio de la carrera.

A toda velocidad.

Comienza el salto.

Elevación. Hacia el cielo.

Dos postales del salto de la rusa nacida en Volgogrado.

Bonus track. Seducción pura.

Fotos: EFE y Reuters.

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Correr, un cuento de Ana María Shua

 

Para este post elegimos un cuento de la brillante escritora Ana María Shua titulado “Correr”, de su libro “Que tengas una vida interesante”. Preparate un café, un té o unos mates y leelo. No tiene desperdicio. Para quienes amamos correr, sobre todo los amatuers, identificación pura… a pesar de algunas cosillas que, tal vez, resulten perturbadoras.

“Mauricio Stock se levantó antes de que sonara el despertador. Ya nunca se despertaba tarde, no po­día. Caminó hacia el baño sintiendo las articulacio­nes de las caderas. No llegaba a ser dolor, pero esta­ban allí, presentes. Los tendones moviéndose en sus correderas, las superficies óseas, esas zonas internas de su cuerpo que antes no habían existido, porque un cuerpo joven es un cuerpo desconocido, una má­quina perfecta, misteriosa, que nunca ha sido nece­sario desarmar para estudiar su mecanismo.
Se frotó la cabeza con Minoxidil estudiando en el espejo los matorrales ralos que se obstinaban en crecer en ese páramo. Pero cuando todos sus folículos pilosos estaban vivos, sanos y productivos ¿hubiera podido levantarse una mañana de domingo cualquie­ra y hacer un fondito de dieciocho kilómetros? No hubiera podido. Se puso los lentes de contacto antes del desayuno. Prefería no dejarlo para último mo­mento por si aparecía alguna molestia imprevista.
Mientras hervía la pava prendió la tostadora. Esperó a que estuviera bien caliente antes de meter el pan. Se preparó un con dos cucharadas de miel y masticó despacio tres tostadas chicas con mermela­da de ciruela. Antes salía en ayunas. Ahora había aprendido la importancia de cargar carbohidratos, aunque se moderaba en la cantidad para no sentirse pesado. A la vuelta se comería un pote de cereales con leche y una banana para reponer el potasio, aun­que su médico le hubiera dicho que no era necesario preocuparse por eso, que el potasio está en todas par­tes y no se pierde con el sudor.
Muchos hábitos habían cambiado desde que empezó. Al principio había creído que lo ideal era usar ropa de algodón, porque absorbe la transpira­ción. Treinta años atrás, cuando jugaba al básquet, ésa era la regla de oro en el mundo del deporte. Pero el Máster le hizo notar que el algodón, en efecto, ab­sorbe la transpiración: y por lo tanto se empapa. Des­pués de los cinco kilómetros, ese peso se empieza a notar hasta convertirse en un lastre. Ahora se usaban materiales sintéticos que dejaban evaporar el sudor, el mismo tipo de fibra que mantenía seca la cola de los bebés en los pañales descartables. El señor Stock, sin embargo, seguía usando algodón cuando no le preocupaban demasiado los tiempos a cumplir.
Desde hacía unos meses recibía por correo elec­trónico los mensajes de la Sociedad de Corredores Muertos, un foro de discusión en el que participaba sobre todo gente de su edad. No había calculado que además de la actividad en sí iban a llegar a fascinarlo las palabras que la nombran. ¡Como cualquier adicción! Todos los días leía con interés los comenta­rios y experiencias de otros corredores en todas par­tes del mundo. Muchos se referían a las ventajas de la nueva fibra cool-fresh para la ropa deportiva. Uno de los participantes, un hombre de más de sesenta años, se quejaba de las angustias y retrasos a los que puede inducir una próstata rebelde. Gracias a este nuevo tejido sintético, escribió, había podido hacer­se pis encima en la última maratón, sin necesidad de detenerse para orinar, sin mojarse las medias y lle­gando a la meta perfectamente seco. Por suerte Mauricio todavía no estaba en condiciones de apre­ciar esos beneficios.
Antes de salir se puso las llaves en el bolsillo, no era tan maniático como para tratar de librarse tam­bién de ese peso, sobre todo cuando iba a hacer un trabajo individual. Siempre llevaba también algo de dinero y un documento. Puso a enfriar una botella de Gatorade con gusto a mango y sacó del freezer un envase gotero de solución salina (que usaba habitualmente para los ojos), lleno de agua congelada. En el bolsillo el hielo se derretía rápidamente: así podía lle­var encima unos traguitos de agua bien fría para to­mar en cualquier momento, con efecto probablemente más psicológico que físico sobre la sed, pero no por eso desdeñable.
Ponerse las zapatillas era lo último que hacía antes de salir y una parte del ritual que le producía especial satisfacción. Mientras se ataba los cordones, la expectativa le produjo una sensación de hormi­gueo en las piernas: el perro de Pavlov salivando delante de la figura geométrica que anticipaba la co­mida. Dio vuelta las medias y se las calzó al revés; estaba orgulloso de ese pequeño truco, tan simple, para evitar las ampollas y lastimaduras que provo­caban las costuras en los dedos de los pies. Las zapa­tillas eran casi nuevas. Hasta ahora había corrido siempre con Saucony y se preguntó si no había sido una forma de snobismo insistir en esa marca menos conocida en el país. Estaba cómodo con las adidas, que eran un poco más anchas adelante y le daban una sensación de mayor equilibrio. Una mala caída podía llegar a mantenerlo fuera de carrera por sema­nas y hasta meses enteros. (Su mente se resistía a con­siderar la posibilidad demasiado dolorosa de no vol­ver a correr.) Las nuevas zapatillas eran las más duras que hubiera usado nunca. Una gruesa nervadura de acrílico atravesaba la suela evitando torsiones hacia los costados.
En la muñeca izquierda llevaba el cronómetro. En la derecha se puso el reloj monitor, el Polar, y se calzó sobre el pecho la banda para controlar los la­tidos. No quería pasar de las 180 pulsaciones. Ha­bía empezado a correr cerca de los cincuenta años y, por mucho que progresara, su ritmo cardíaco sería siempre más alto que el de los corredores que prac­ticaban desde muy jóvenes. En cambio tenía sobre ellos una ventaja extraordinaria: su rendimiento to­davía mejoraba en lugar de retroceder. En ese mo­mento sonó el teléfono. Debía ser equivocado por­que se cortó antes de que alcanzara a responder. Pero en el reloj monitor pudo constatar cómo el brusco timbrazo había llevado sus pulsaciones de setenta a ochenta y cuatro por minuto. Ahora bajaban de a poco otra vez.
La calle estaba hermosa, vacía, ni siquiera se veía todavía a los porteros de los edificios manguereando las veredas. Unos dieciocho grados de temperatura y el sol de otoño. Caminó a paso rápido desde Cór­doba hasta Santa Fe, eligió Austria para bajar dere­cho hasta Figueroa Alcorta y empezó a correr con un trotecito suave, liviano, de precalentamiento, a unos seis minutos por kilómetro, sin mirar el reloj moni­tor, que no era necesario hasta después de los cinco minutos. Ya no necesitaba ningún instrumento para calcular exactamente su velocidad. Vio venir hacia él a un hombre de su edad paseando al perro. Camina­ban lentamente. El animal, increíblemente viejo, avan­zaba moviendo las patas de adelante, con las patas de atrás sostenidas por un carrito. Pavlov y su perro, pensó, riéndose con la alegría de quien se siente po­derosamente dueño de su cuerpo.
A esa hora, ninguno de los semáforos de Aus­tria era digno de consideración. Hasta Las Heras. Vio a un grupo de adolescentes que parecían haber sali­do de la discoteca, las chicas tenían la pintura corri­da debajo de los ojos y las pupilas dilatadas, pare­cían vampiros agonizantes, heridos por el sol de la mañana. El semáforo de Las Heras le detuvo el avan­ce pero no la carrera, dobló a la izquierda hasta mi­tad de cuadra y después volvió a la esquina a tiempo para cruzar en verde. Con el semáforo de Libertador tuvo más suerte, no fue necesario modificar el ritmo para llegar justo a tiempo. Sólo que el domingo nun­ca se podía estar seguro de que los autos respetaran las luces: cuando llegaba al otro lado de Libertador se sentía siempre como resucitado.
Corrió por la vereda de Figueroa Alcorta hasta Sarmiento y allí se pasó al pasto. Dios no hizo el cemento, decía el Máster y lo cierto es que los médi­cos recomendaban reducir el impacto corriendo so­bre superficies acolchadas. No le importó disminuir un poco la velocidad en bien de sus vértebras y sus rodillas. Entre Sarmiento y Dorrego tenía exactamente mil metros de pasto. Decidió hacer una estirada a fondo en los últimos doscientos metros y descansar los dos minutos del semáforo de Dorrego, un cruce para respetar.
Llegó hasta la mitad del cruce con buena máqui­na y se paró en el descanso. Hasta ahora no había levantado más de ciento sesenta pulsaciones. Mien­tras estaba parado respirando cómodo y en profun­didad, veía cambiar los números en la pantalla del Polar, el ritmo de los latidos bajaba rápidamente, se­ñal de que su corazón estaba tan bien entrenado como los músculos de sus piernas. Por Dorrego, costeando el paredón del Hipódromo, venía corriendo una gordita. Tuvo tiempo de verla mientras se acercaba len­tamente, a una velocidad absurda. Caminando a marcha forzada hubiera avanzado mucho más rápi­do que corriendo así. Era una mujer mayor, de pelo largo y demasiado negro, que a cada rato tenía que sacarse de los ojos. Tendría unos veinte kilos de sobrepeso, las piernas cortas, y corría con las rodillas juntas, las puntas de los pies un poco hacia adentro: una gordita supinadora, pensó Mauricio. En otra oportunidad no le hubiese prestado atención, pero en ese momento eran los únicos dos seres vivos en leguas a la redonda. Con una mezcla de compasión y desprecio, le calculó unos ocho minutos por kilómetro, ¡o diez! El paso era poco elástico, inarmónico y para colmo sacudía la cabeza.
Abrió el semáforo y Mauricio se largó otra vez por el pasto. Tranquilo, manteniendo una velocidad crucero. En ese momento escuchó los pasos desacompasados, inconfundibles, de la gordita, que había doblado por Figueroa Alcorta y venía ubicán­dose en la bicisenda que iba de sur a norte hacia la cancha de River. La mujer lo estaba corriendo. ¡Lo estaba corriendo! ¡A él! Con una enorme carcajada interior, decidió divertirse un poco y bajó delibera­damente la velocidad hasta que la sintió a unos cua­renta metros de distancia. El viento del sur le hacía llegar la respiración ruidosa, jadeante, de la pobre mujer, que parecía estar haciendo un esfuerzo supre­mo. De golpe el señor Stock metió la quinta y salió picando para adelante.
Era agradable sentirse corriendo así, sin esfuer­zo, a una linda velocidad como para mantener en un trecho de largo aliento. No era agradable darse cuenta de que no había perdido a la gordita, cuyos pasos seguían escuchándose más o menos a la misma dis­tancia, unos treinta o cuarenta metros, algo más acompasados. Mauricio estaba sorprendido. En un trecho corto se puede improvisar cierta velocidad, pero ya habían recorrido los ochocientos metros des­de Dorrego hasta la sede del Club Gimnasia y Esgri­ma y la gordita empezaba a acortar la distancia. Eso ya no era improvisación, sobre todo porque los rui­dosos jadeos con que había empezado la persecución se habían ido apaciguando hasta convertirse en un sonido casi inaudible, apenas sibilante en la expira­ción. La gordita estaba entrenada. Bien entrenada.
Preocupado, empezó a apurarse. Sentía un de­seo intenso de darse vuelta para ver a su perseguido­ra pero sabía que eso jamás se debe hacer. NUNCA, le decía el Máster, y se lo decía así, con mayúscula, NUNCA hay que darse vuelta para mirar al rival. Por razones prácticas, porque corta el ritmo, complica la visión y hace perder tiempo. Pero sobre todo por ra­zones psicológicas: el que se da vuelta está demos­trando miedo, preocupación, está demostrando que considera la posibilidad de la derrota.
Ahora la persecución había dejado de ser un jue­go y Mauricio bajó del pasto, odiándose a sí mismo por romper la rutina que se había propuesto. Había salido a hacer un trabajo tranquilo, personal, de in­tensidad mediana, con la idea de aumentar la exi­gencia al día siguiente. Y ahora se había enganchado (otra vez) en una competencia sin sentido. ¿Por qué mierda tenía que ganar o morir? Además, esta vez, su rival era a tal punto ridícula que la historia no ser­vía ni siquiera para jactarse. ¿Ganarle a quién? La alarma del monitor empezó a sonar para indicarle que había llegado a las ciento ochenta pulsaciones.
Pero el mecanismo que se había puesto en mar­cha en su cuerpo y en su mente estaba por completo fuera de su control. El señor Stock desactivó la alar­ma, dejó el pasto, que le complicaba la velocidad, y corrió también él por el cemento. Se mandó una le­vantada puteando contra los hijos de mala madre que habían hecho esa bosta de bicisenda y sintió que conseguía alejarse un poco de los pasos de la gordi­ta, ahora raramente armoniosos y separados unos de los otros, como si de golpe le hubieran crecido las piernas.
El caminito para bicicletas no tenía buen contrapiso, el cemento estaba ondulado. A esa velo­cidad el piso desparejo lo obligaba a mirar hacia aba­jo para no tropezar, en lugar de fijar la vista en el cénit para acompañar el esfuerzo de las piernas con la armonía de la postura y el espíritu, como insistía el Máster. Había subido a cuatro minutos por kilóme­tro, calculó, y corría como si las piernas no existie­ran. Miró el monitor y vio que estaba llegando a las doscientas pulsaciones por minuto. Ése es el máxi­mo, le había dicho el cardiólogo, pero ni una más. Si justamente para eso él usaba el monitor Polar, para no pasarse de las ciento ochenta.
Estaban llegando a Pampa, la persecución había durado ya dos kilómetros y, aunque la escuchaba un poco más lejos, supo que la gordita estaba apurando el paso. Trató de recordarla como la había visto cuan­do corría junto al paredón del Hipódromo, esa ima­gen ridícula tenía que ayudarlo, no era posible dejar­se vencer por una mujer obesa, con ropa inadecuada, con el pelo en la cara, que corría con las puntas de los pies hacia adentro. Pero ahora se iba acercando, muy rápido, ahora estaba realmente cerca, ahora le sentía el aliento en la nuca y aunque fuera absurdo le pare­ció que olía mal, que una larga vaharada de olor a podrido acompañaba el ruido de la respiración de la gordita y crecía hasta envolverlo.
La bicisenda se había terminado. Quedaban mil metros hasta Monroe y en esos mil metros tenía que hacerle morder el polvo, iba a poner la turbina, se arrancó de la muñeca el reloj monitor, al carajo las pulsaciones, el corazón le reventaba en el pecho cuan­do se largó a fondo en una levantada que ni él sabía que era capaz de hacer, mil metros a tres minutos quince, a tres minutos cinco segundos el kilómetro, si hasta ahora había corrido por su honor, ahora co­rría por su vida, volaba por la calle cuando llegando casi a Monroe escuchó una voz masculina que le de­cía ¿qué haces, hermano?, una voz conocida, tran­quilizadora, y se le puso al lado un hombre flaco, moreno, de paso elegante. Lindo trote, le dijo, a ver si todavía me hacés correr, y era la voz de la Liebre, era nada menos que Danilo Mantegazza, el campeón sudamericano, el mejor maratonista del país, que le hablaba con respeto, con una gran sonrisa admirada, a ese hombre quince años mayor que lo había obliga­do a esforzarse ferozmente para alcanzarlo.
Estoy haciendo un fondo de treinta kilómetros, tengo encima los Panamericanos, dijo la Liebre y el simple hecho de que le dirigiera la palabra ya era un privilegio para Mauricio, suerte hermano, yo me voy para adelante y le metió otra vez. Feliz, con el cora­zón salvaje, tratando de recuperar el aliento y el rit­mo de los latidos con un trotecito tranquilo, Mauricio Stock lo vio alejarse. Y entendió o creyó entender que la gordita se había desviado al principio de todo, nunca había llegado a perseguirlo, debía haber se­guido por el paredón del Hipódromo hasta la esquina, debía haber cruzado Alcorta y seguramente se había mandado por Dorrego siempre con su paso desparejo, lento y absurdo, mientras él se enredaba en un desafío enloquecido con un corredor de élite. ¡Con el más grande, con la Liebre Mantegazza! Pero su respiración no recobraba la normalidad y el cora­zón, exigido, no terminaba de calmarse, hipertrofiado de entrenamiento y orgullo dentro del pecho.
Entonces lo alcanzó su perseguidor, el otro, ese viejo clásico, el infarto de miocardio, y se le puso al lado y después se le puso adentro y Mauricio Stock sintió que le cortaban las piernas. Cayó con la sonri­sa feliz de un hombre que acaba de darle guerra a la Liebre Mantegazza: y así decía el Máster que había que llegar a la meta, siempre sonriendo, Mauricio, aunque estés reventado, aunque te duela como si te estuvieras rompiendo por dentro, aunque te estés mu­riendo, vos sonreí, que nadie se dé cuenta, que los otros no te noten el esfuerzo en la cara, vos sonreí, llegaste, hermano, llegaste a la meta, y ahora la cruzás y sos el más grande, vos sonreí, estás ahí, ganaste”.

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Homo sapiens, ¿el primer maratonista?

 Bucenado un poco por la web nos encontramos con un interesante texto del colega Martín Cagliani, en Suple Futuro de Página 12. Allí, planeta una nueva teoría a cerca de por qué el ser humano está capacitado para correr largas distancias hasta por encima de los animales. En el comienzo, menciona al gran Haile Gebrselassie, pero bien podría referirse a los keniatas Geoffrey Mutai o Patrick Makau. Por caso, los mejores maratonistas de 2011.

“La capacidad del etíope Haile Gebrselassie para cubrir 42 kilómetros en tan sólo dos horas no sólo es posible por el entrenamiento de este atleta medalla de oro, sino gracias a 2 millones de años de evolución humana. Hoy en día salir a correr por el parque, o participar en un maratón, suele ser algo recreativo o un ejercicio, pero las raíces de la carrera de fondo podrían ser tan antiguas como las del género humano.

La forma de nuestro cuerpo es difícil de explicar evolutivamente y, hasta la fecha, la razón más factible de por qué tenemos este físico es que hemos evolucionado para ser una máquina de correr. Tenemos diversas características que son demasiado buenas para caminar, y que no se sabe para qué servirían sino para correr. Desde el tendón de Aquiles, abundantes glándulas sudoríparas, músculos y tendones especiales para mantener el equilibrio, grandes articulaciones y pies especiales para soportar el impacto del trote: todo apunta al mismo lugar.

Así lo pensó David Carrier, que en los años ’80 era maratonista y estudiante en el laboratorio del biólogo evolutivo Dennis Bramble. Este último venía estudiando el aparato físico de diversos animales mientras corrían, nosotros incluidos. Pero fue Carrier quien sugirió la idea de que las carreras de fondo podrían haber tenido algo que ver en la evolución humana al ver lo bien preparados que estábamos para ello.

Bramble al principio no prestó mucha atención a esto, pero fue convenciéndose al ir descubriendo cada característica que tenemos para ser unos perfectos maratonistas. Lo primero que notó fue lo bien que podemos manejar nuestra temperatura corporal.

La mayoría de los animales que corren mucho, como los perros salvajes, jadean para bajar la temperatura corporal, y traspiran por la boca. Nosotros tenemos miles y miles de glándulas sudoríparas por todo el cuerpo, lo que junto a la falta de pelo corporal nos permite regular la temperatura mejor. Un sobrecalentamiento, para cualquier ser vivo, significa la muerte.

 

Nacidos para correr

Varios años después Carrier se había movido hacia otros campos, pero Bramble seguía investigando y descubrió que la mayoría de los buenos corredores, como los caballos, perros y conejos, mantenían su cabeza sorprendentemente estable mientras corrían. Esto era gracias a un trozo oscuro de anatomía llamado el ligamento nucal: una especie de tendón que une la cabeza con la espina dorsal, que también tenemos los humanos.

Entonces para probar la idea de Carrier acudió a los fósiles de primates antiguos, entre ellos nuestros antepasados homínidos. Buscaba evidencias del ligamento nucal. Este deja marcas en el hueso: una delgada cresta. Bramble pudo encontrar esta cresta en un cráneo de dos millones de años de antigüedad, el de un Homo erectus, uno de nuestros antepasados humanos más antiguos.

Para esa época Bramble ya estaba trabajando con Daniel Lieberman, que había realizado investigaciones similares en años anteriores. Los dos siguieron buscando pruebas en los fósiles durante más de una década, y finalmente en 2004 publicaron sus hallazgos en Nature. Habían descubierto al menos 26 características de nuestro cuerpo que habían evolucionado especialmente para correr.

Pero quedaba la pregunta de para qué les habría servido a los primeros miembros del género humano poder correr durante kilómetros y kilómetros sin que les explotara la caldera. Uno podría pensar que para poder sobrevivir sería mejor tener la habilidad de correr a mucha velocidad, ya sea para escapar o para alcanzar una presa. Por lo que la habilidad de correr a un paso modesto durante horas y horas no parece ser una ventaja evolutiva.

Dos respuestas llegaron desde el estudio de cazadores recolectores históricos. Unos son los hadza, de Africa central, que solían carroñear, o sea que una gran parte de su dieta consistía en restos de animales cazados por otros depredadores. Una práctica común entre ellos era monitorear el cielo en busca de buitres, y escuchar los llamados de leones y hienas por la noche. Ante estas señales dejaban cualquier actividad que estuviesen realizando y empezaban a correr, a veces durante horas, buscando restos que carroñear.

Otra práctica diferente es la que realizan los bosquimanos del desierto del Kalahari, en el sur de Africa. Ellos cuando eligen una presa la persiguen durante horas. Claro, los antílopes que suelen ser sus presas escapan a gran velocidad, pero los bosquimanos siguen rastreándolos a un paso constante durante horas y horas, hasta que llega un momento en el que el antílope ya no puede más y se deja caer de cansancio. Para esto se suelen turnar entre tres cazadores, dos van adelante persiguiendo y acosando, mientras uno descansa atrás a un paso más lento, y se van turnando.

El primate corredor

Hace unos 4 millones de años, en Africa vivían varias especies de homínidos de dos géneros diferentes, unos eran los Australopitecos, y los otros, los primeros miembros del género Homo. Los Australopitecos tenían cerebro pequeño y cuerpos achaparrados, con costumbres arbóreas. Nuestro género estaba representado en aquellos tiempos por el Homo habilis, más grácil que sus contemporáneos, con un cerebro mayor y una postura más erecta.

Dos millones de años después la familia humana contaba ya con el Homo erectus, de cerebro grande, cuerpo erguido, piernas largas, y un andar más cercano al nuestro. También tenía dientes más pequeños, lo que indica que su dieta había variado a una comida más fibrosa: carne.

Tengamos en cuenta que las lanzas apenas si aparecen hace unos 300 mil años, y el arco y flecha hace unos 50 mil, por lo que si conseguían carne animal tenían que hacerlo de otro modo. Lieberman y Bramble creen que conseguían a sus presas corriéndolas hasta hacerlas morir de cansancio, lo que se conoce como cacería persistente.

Es imposible tener la seguridad de cuándo evolucionó el primate maratonista, porque no existen fósiles tan completos de Homo erectus y Homo habilis como para poder estudiar su anatomía. Pero los paleoantropólogos creen que podría haber comenzado al mismo tiempo en que nuestros ancestros empezaron a carroñear.

Entre 3 y 2 millones de años atrás, los terrenos arbóreos fueron abriéndose para dar lugar a las sabanas africanas y algunos homínidos de nuestro género Homo empezaron a comer alimentos más calóricos, como la carne, el tuétano de los huesos, seso y cerebros. Para conseguirlos tuvieron que iniciarse como corredores, ya sea para buscar carroña o cazando ellos mismos, llevando a sus presas a la hipertermia.

Esto último se logra gracias a que los cuadrúpedos no pueden galopar y jadear a la vez, y el jadeo es la única forma que tienen de refrigerar su cuerpo. Nosotros podemos correr y refrigerarnos mientras lo hacemos, incluso bajo el sol. Pero si un cuadrúpedo corre sin refrigerarse por más de 20 minutos se sobrecalienta y termina sufriendo un paro cardíaco.

Gracias a la comida

Todas estas características especiales que tenemos hoy en día para ser unos maratonistas casi perfectos evolucionaron a partir de nuestro antepasado Homo erectus, quien ya tenía piernas largas, articulaciones grandes, etcétera.

Recientemente se ha publicado un estudio del arqueólogo David Braun, en el que demuestra que los Homo erectus fueron los primeros en consumir tejidos ricos en calorías de diversas fuentes. Ya hace 2 millones de años hay evidencias fósiles de que comían tanto animales terrestres como acuáticos. ¿Esto qué tiene que ver?

Nuestro gran cerebro es un devorador de calorías y necesita de estos alimentos para poder funcionar. Como dijimos, la habilidad para correr largas distancias, así como un cerebro más grande, apareció también en Homo erectus hace, al menos, unos 2 millones de años. Las bases para que el cerebro siguiese evolucionando hacia uno de mayor tamaño como el del Homo sapiens se dieron gracias a que el Homo erectus comenzó a consumir alimentos más calóricos, y estos se conseguían porque empezó a correr.

El correr maratones nos hizo humanos, nos dio el cerebro grande necesario para las habilidades cognitivas que nos caracterizan. Fueron aquellos primeros ancestros quienes comenzaron a construir herramientas, que con el paso de los milenios se volvieron más sofisticadas, al grado de que la mayoría de los humanos ya no tuvieron que correr largas distancias para cazar a sus presas, bastaba arrojarles una lanza o dispararles de lejos con un arco.

Pero para esa época el cuerpo humano había pasado por dos millones de años de evolución. El físico que tenemos hoy en día es una máquina de correr, y a pesar de ello cada día nos movemos menos gracias a la tecnología. Esta tecnología que surgió por tener un cerebro más grande, que apareció por… Es el cuento de la buena pipa”.

 

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