Entrenamiento: ¿Cómo volver a correr tras un largo receso?

Por Guillermo Balmas (*)

Cada cuerpo es distinto. Cada cuerpo es un mundo aparte. Las diferencias entre un corredor y otro son innumerables. Sin embargo, hay ciertas pautas adecuadas para que la vuelta al ruedo se realice de forma óptima.

Muchas veces y por distintos motivos, los corredores se toman descansos de la actividad. En algunos casos sucede tras haber alcanzado una meta importante que implicó mucho esfuerzo y generó desgaste mental. En otras oportunidades son las obligaciones cotidianas o el frío o calor excesivo los factores por los cuales los runners se alejan por un tiempo de la actividad.

Sin embargo, hay un momento donde deciden volver. Y es allí donde es necesario seguir las pautas al pie de la letra para que la ansiedad no avasalle al cuerpo y éste recupere lentamente su estado habitual. La necesidad de tener un plan guía para el regreso es directamente proporcional al tiempo que el corredor haya estado sin correr.

Podrían diferenciarse tres tipos de descansos: menor a dos semanas, entre dos y cuatro semanas y más de un mes. Según el tipo de descanso del que se trate, la “vuelta a las pistas” será distinta.

Descanso menor a dos semanas: si bien puede sentirse una sensación de “volver a empezar”, el cuerpo recupera la forma rápidamente y, pasados unos días de adaptación, es posible regresar a entrenar con el plan habitual de entrenamiento.

Descanso de entre dos semanas y cuatro semanas: en este caso, la adaptación es un tanto más larga ya que se trata de un período de descanso también mayor. Sin embargo, en un perído de 5 a 6 semanas, si no hay dolores, molestias o cansancio excesivo, se puede continuar entrenando con normalidad, con el plan que se utilice. Pasados los dos meses, el acondicionamiento se vuelve óptimo.

Descanso de un mes o más: los descansos de un mes o más implican una vuelta un tanto más tranquila. Es preciso seguir cada uno de los pasos del plan de entrenamiento que cada uno prefiera, sobre todo durante las primeras semanas. Una vez pasadas las tres semanas, si no se presenta ningún inconveniente, se puede ir aumentando el ritmo y saltear alguna semana de ese plan de acondicionamiento. Si después de dos meses no aparece ningún dolor o molestia, el cuerpo debería recuperar nuevamente los niveles habituales.

(*) Guillermo Balmas es Head Coach Bal+ Team. Entrenamiento Integral  | Triatleta Ironman.

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La vuelta de El Origen, la vuelta de Natacha Diz

Por Natacha Diz (*) 

Tres días son suficientes para ver la vida desde otra óptica. Tan sólo tres. Creo haberles contado cómo llegué a El Origen, cómo me preparé física y mentalmente. Ahora es momento de contarles qué me pasó, qué sentí durante estos tres días maravillosos.

Empiezo con la acreditación, donde las caras conocidas a través de las redes sociales, por ejemplo, se hacen visibles. Los runners tuiteros se vuelven de carne y hueso y los reencuentros con amigos están cargados de emoción. La charla técnica nos inyecta adrenalina. ¡Sí, más aún! Y la ansiedad se hace casi insoportable. Para bajarla hablamos con Pao, mi compañera de equipo, un rato antes de conciliar el sueño para armonizar deseos. En realidad, para unir nuestros sueños que empezarían a visibilizarse con el correr de los km. ¡Todo está listo!

El primer día comencé rezando por mi tobillo, por mi bendito tobillo. Un ascenso por el bosque y una trepada que parece no terminar jamás nos anticipan que, lo que vendría, iba a ser duro, pero con paisajes de ensueño. Trepamos, caminamos,  corrimos, nos reímos como chicas disfrutando eso para lo que tanto nos habíamos preparado. La montaña, como dice la genial Emma Roca, te enseña, te educa y te pone en tu justo lugar. Ese día lo entendí como nunca antes. El recorrido fue impresionante. Incluso, muy lejos de lo que había imaginado. Los kilómetros finales de un coastering, el primero, lleno de piedras dificultaron la corrida. En ese instante, sólo quería llegar entera. ¡Cruzar la meta se torna tan movilizante! Gustavo Montes y sus palabras siempre reconfortantes hacen que me sienta como en casa. Más allá, el rostro cara de nuestros esposos, sonrientes sabiendo que todo marchaba bien. Porque sin ellos, tampoco sería posible este sueño. Muchas veces, los acompañantes ni aparecen y quienes corremos, quienes amamos correr, sabemos que las familias detrás, sin correr, también corren.

El segundo día me enseñó más de mí que cualquier otra experiencia que haya tenido antes. Largué casi reptando. Cada vez que veo el video de mi trote no paro de reírme de mí misma y, a la vez, de asombrarme de haber podido correr después. Cuando logré entrar en calor, todo se hizo más fácil pero ni bien terminamos los 7,5km de coastering (¡otra vez esa palabrita odiosa!) empecé con molestias estomacales y Paola me propuso abandonar. En mi diccionario mental esa palabra, abandonar, no figuraba. Abrí el botiquín, tomé una pastilla antidiarréica y me dije “de acá no me saca nadie”. Hermoso, increíble, cuánta belleza. Nada se compara a subir corriendo y bajar volando por el cerro Dormilón. Los pies iban a pasar factura a tanta ceniza volcánica (similar a la piedra pómex) que se metía en las zapatillas pese a las polainas. Ampollas, uñas rotas y demás yerbas hacen que uno solo corra por la simple inercia de hacerlo. Porque si te sentás y razonás, lo más lógico es parar. Pero, a veces, el corazón no entiende de razones y nos impulsa siempre un poquito más. Los últimos metros fuimos seguidas de cerca por un bote. En él estaban Juan, mi marido, y Ale, un amigo, dándonos ánimo. No me avergüenza admitir que llegué llorando. El almuerzo en la playa del camping El Rincón, a unos km del paso fronterizo Cardenal Samoré, la charla con amigos que quedarán para siempre en mí.

Natacha y Paola, ganadoras de los 100k en equipo femenino

El último día, la largada la hice, lógicamente, con lágrimas en los ojos. El recorrido, una vez más, insuperable. En la picada final, en el extremo de la península de Quetrihué, me permito un trago de cerveza como premio a tanto esfuerzo y salimos con la mirada puesta en la meta y el corazón en la boca golpeando fuerte, tan fuerte que sentía que se salía de su cauce. Todo, mientras corremos por el maravilloso bosque de Arrayanes entre gritos a los que vienen. El “dale que falta poco”, acompaña el ir y venir de los 300 corredores. Los últimos kilómetros los hice con la cabeza  llena de imágenes. Una película sin fin con los entrenamientos de todo el año, la mirada atenta de mi entrenador Julio Gómez que supo calmar mi ansiedad con su tranquilidad y su pregunta de siempre: ¿por qué corres en la montaña si vivís en el llano? Y mi respuesta ahora, con más consistencia, es: por qué no hacerlo, si me da vida, si conozco gente a la cual me considero y me considera “atada” para siempre por ese hilo mágico que nos une a los que corremos trail ; porque en la montaña me encuentro más fácil con ese Yo que tan escondido tengo, ese Yo natural, libre de prejuicios, de preconceptos, un Yo auténtico. Ahora, un Yo más fuerte que quiere seguir adelante.

Dejo para el final contarles que esta carrera es única no sólo por sus paisajes, sino por la organización que, sin temor a equivocarme, es excelente. Siempre hubo alguien de TMX Team dando fuerza, escuchando, solucionando. Sentí que en El Origen no somos un número más, somos individuos únicos e irrepetibles y así nos hicieron sentir.

El resultado esta vez fue podio, pero lo comento casi al pasar porque confieso haberme sentido un poco ajena a ese sitio cuando me paré en el escalón más alto de la general damas en equipo de la distancia larga. En realidad, nuestro mejor premio fue toda esa gente maravillosa que en algún momento se preocupó por nosotras, nos alentó y nos felicitó. Gracias a Germania, mi pueblo. Gracias Paola por el aguante. Gracias a mi marido por su infinita paciencia.

Nos vemos en la próxima carrera, siempre un poquito más fuerte y más viva que la vez anterior.

(*) Natacha Diz es chef profesional y corredora amateur.

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#MajorsRun: de Nueva York a Tokyo, del sueño a la realidad

Y al fin, lo que era un proyecto fue realidad: “100 días, dos maratones, un sueño”, está cumplido. Después de Nueva York, el 2 noviembre de 2014, Tokyo llegó puntual, como no podía ser de otro modo, el 22 de febrero 2015. Y así, #majorsrun completó su miniciclo, que puede sumar a Berlín 2013. Ahora, “sólo” quedan Chicago, Londres y Boston, tal vez en ese orden.

Ya habrá tiempo de profundizar, pero ahora es momento de dejar que decanten las sensaciones, siempre distintas, de otra carrera, siempre distinta. Tokyo se corrió bajo un cielo plomizo, con un frío más aparente que real y una lluvia que amenazó con ser, pero nunca fue. Arranca desde el edificio municipal de gobierno de la ciudad, con perfil de Ciudad Gótica, y justamente al lado mío partió… Batman. Dicen que esta es la carrera con más pre inscriptos del mundo (de 304.000 quedamos 33.500), pero lo cierto, sin necesidad de dato estadístico alguno, es que se trata de la carrera con más disfraces por competidor del mundo: tras dejar atrás a Batman, pasé a Morticia Adams muy fácil, porque iba con tapado, y hasta a un vaso de Starbucks Coffee, con la tapita en la mano; en el medio, todos los personajes del Cómic japonés, que son muchos, y Michael Jackson, con zapatos.
Suena a chiste, pero es verdad, como también lo es que desde la largada hasta el kilómetro 10 invita al apuro, porque es una pendiente muy pronunciada. Luego, entra en una planicie que no se va alterar hasta el kilómetro 36, donde empiezan a atravesarse una serie de puentes criminales. En el primero, alguien del público, con gran sentido de la solidaridad, puso a sonar un continuado de la canción de Rocky. El último está en el kilómetro… 41. ¿Hay necesidad?
Los 42 kilómetros, absolutamente todos, hasta los puentes, están rodeados de aficionados que gritan alaridos cortos, y hacen sonar todo tipo de objetos, sobre todo globos alargados, al estilo NBA. Cada tanto, muy cada tanto, hay bandas de música: la primera, militar; unas cuantas, de un extraño pop japonés, que mezcla música americana y vestuario y movimientos locales; y un par, sólo un par, de los tradicionales tambores asiáticos.

El lugar más Tokyo de la carrera es la curva de Ginza: cuando se pasa por allí, da la sensación de que debería correrse de noche y en verano, al imaginarla totalmente iluminada. El resto es gris y ocre, el no color de los edificios de la ciudad, sobre todo opacadas por el cielo nublado.

Lejos, muy lejos de Batman, espero, llegaron los ganadores. Endeshaw Negesse (Ethiopia, 2:06:00), Stephen Kiprotich (Uganda, 2:06:33) y Dickson Chumba (Kenya, 2:06:34) entre los hombres. Birhane Dibaba (Ethiopia, 2:23:15), Helah Kiprop (Kenya, 2:24:03) y Tiki Gelana (Ethiopia, 2:24:26), entre las mujeres.
Lejos, muy lejos de ellos (y de Batman, espero), llegué yo, con mis 3h45m08, mejores que las 3h46m58s de Nueva York y peores que las 3h43m17s de Dubai. Las 4h17m00 de Berlín tuvieron el valor del primer paso.

Gracias a todos los que me respondieron #justdoit cuando propuse #majorsrun.
Y al Migueles Team, siempre presente. Y gracias a Marti Arcucci, que se bancó mi pésimo humor del sábado, cuando lo que no pudieron dos maratones lo pudo una escalera mecánica: lesionarme. Ella sabía que una rodilla hinchada no iba a frenarme y me lo dijo. Pero no le creí. Tampoco a Malena Arcucci, que trataba de convencerme desde Londres.
Esto son sólo las primeras sensaciones. Ya vendrá la crónica en serio. Sin Batman. O con él.

#majorsrun #justdoit

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Re correr Tokyo

Por Daniel Arcucci

No es la primera vez que viajo a Tokyo, pero sí la primera vez que voy a correrlo. Y, se sabe, cuando uno corre los lugares, los recorre. Los reconoce aunque ya los conozca. La primera vez fue en diciembre de 1990, en una época de oro de la revista El Gráfico. Tanto, que me tocó ser el enviado especial para cubrir la final de lo que entonces era la Copa Intercontinental, o Europeo-Sudamericana, o Toyota, entre Olimpia, de Paraguay y Milan, de Italia. Una semana en Asunción, para producir una edición especial del campeón de América, y después el viaje al otro lado del mundo, casi como una más de la delegación de un equipo en el que brillaba Raúl Vicente Amarilla, asomaba un talentoso Luis Alberto Monzón, se perpetuaba en el arco Ever Almeida y tenía en la dirección técnica al mítico Luis Cubilla.

Poco pudieron hacer, en el Estadio Nacional de Tokyo, ante uno de los mejores equipos de la historia, tan admirado entonces como el Barcelona de tiempos cercanos: el Milan de Arrigo Sacchi y los tulipanes holanedeses –Rijkaard, Van Basten y Gullit- los aplastó con un contundente 3 a 0. Todo fue deslumbrante entonces. Desde el fútbol del Milan –“Así se juega al fútbol”, tituló El Gráfico- hasta la posibilidad de entrevistar mano a mano a Arrigo Sacchi, por entonces ideólogo de una revolución futbolística, hasta la idiosincrasia japonesa, respetuosa al extremo, en una serenidad que sólo parecía quebrarse cuando hacían sonar aquella bocinas insoportables durante los 90 minutos de un partido.

La segunda vez fue en mayo de 1993, para la inauguración de la JPL, la primera liga profesional de fútbol japonés. No sólo fue Tokyo, entonces, sino cada una de las diez ciudades que tenían equipo representativo. Y no sólo fue contar el cotejo inaugural en sí mismo, con show más propio de Hollywood que de la cultura oriental, sino que el gran protagonista de la noche fue un argentino. Ramón Angel Díaz. Contratado como la gran estrella del Yokohama Marinos –así como Zico lo era del Kashima Antlers y Pierre Littbarsky del Jeff United-, marcó el gol del triunfo sobre el Yomiuri Verdy, el más poderoso de los equipos, y su inconfundible tonada se escuchó en el estadio colmado por 60.000 almas, en una entrevista pública: “Quiero dedicarle el triunfo a mi familia, que está aquí, y a toda la gente del Yokohama Marinos”, dijo. El título de El Gráfico de entonces podría generar una polémica ahora: “¡Gol de Lamón!”. Con él viajamos en subte y en metro, desde el centro de Tokyo hasta Yokohama, en las afueras, donde vivía.

La tercera vez fue en junio de 2002 y no es necesario recordar mucho. El famoso Mundial al que la selección argentina de Marcelo Bielsa llegó como máxima favorita, junto con Francia, y terminó yéndose en primera ronda, junto con Francia. En La Nación, habíamos comenzado con los suplementos especiales desde 95 días antes y la competencia de Argentina duró 10. El triunfo contra Nigeria en Ibaraki, la derrota contra Inglaterra en Sapporo y el empate contra Suecia en Miyagi. El ambicioso plan de cobertura del diario, cuando apenas se había salido de la triste crisis de 2001, fue producir dos ediciones diarias, una matutina, con el ejemplar de La Nación, y otra vespertina, regalada en diferentes lugares. Y la decisión fue cumplir con lo prometido, aun sin el seleccionado en carrera.

Semejante gesto nos permitió recorrer Japón detrás de otros seleccionado, hasta ver la mítica coronación de Ronaldo, O Fenómeno, que un par de meses antes no sólo no sabía si iba a seguir jugando al fútbol sino que se dudaba que pudiera caminar normalmente.
Vivíamos en Iwaki, un pequeño pueblo a poco más de una hora de Tokyo en tren bala, porque el cuartel general que había elegido el seleccionado quedaba cerca de allí, en Naraha Hirono. Muchos años después, aquel fabuloso predio, fue utilizado como refugio por los ingenieros que trabajaron en la recuperación de la planta nuclear de Fukushima, arrasada por el tsunami. Fue, entonces, un verdadero “Búnker de los héroes”.

Vuelvo ahora, por cuarta vez. No me moviliza el fútbol, sino otra pasión, más personal. Correr. La maratón de Tokyo, tercer major que afrontaré después de Berlin 2013 y Nueva York 2014, está al alcance de mis pies. Por esas cosas del destino, se da cuando en la Argentina comienza el torneo más extraño de su historia. “Un torneo japonés”, diría el hablar popular, aunque difícilmente a algún japonés se le hubiera ocurrido organizar algo tan extraño.

Nunca antes en mi carrera profesional de 32 años había optado por vacaciones en el momento en que comenzaba la actividad, pero así se dio. Tal vez porque es tiempo de hacer cosas que nunca había hecho, como correr dos maratones en apenas 112 días.
Tres veces antes había pisado esa tierra milenaria y maravillosa, pero nunca la había corrido. Ahora sí puedo decir que voy a re correr Japón.

#majorsrun #justdoit

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¿Qué y cuánto comer antes de salir a correr?

Por Nelsa Valenzuela (*)

Un snack o colación adecuada antes de salir a entrenar es importante para abastecer a los músculos de hidratos de carbono, ayudar a prevenir y retrasar la aparición de fatiga muscular y a optimizar nuestro rendimiento.

- Cuanto más cerca estemos del horario de nuestro entrenamiento, la cantidad de comida debe ser menor y se deben elegir alimentos más simples de digerir. Si hacemos una comida excesiva o con alimentos ricos en grasas como facturas o amasados de pastelería, galletitas dulces, el estómago necesitará más tiempo para la digestión y habrá menos disponibilidad de sangre en el músculo.

- Cuanto más alejados del horario de correr, mayor cantidad de alimentos con hidratos de carbono se podrán consumir, siempre evitando alimentos hipergrasos.

Lo más recomendado es comer entre una a cuatro horas antes, respetando el periodo mínimo de una hora para favorecer la digestión

Recomendaciones generales:

EVITAR: alimentos grasos, bebidas con gas. grandes  volúmenes de comida, alimentos altos en fibra, preparaciones muy elaboradas con condimentos fuertes, todo alimento/bebida que no hemos probado.

¿Qué cantidad de alimentos?

La cantidad de carbohidratos (CHO) que deberá tener la comida previa principalmente del tiempo que nos separe del entrenamiento y del peso corporal

1 a 2 horas antes: 1 a 2 g de CHO x kg de peso actual

Ejemplo 1:

Peso actual= 70 kg /Horario de entrenamiento: 8:30 am

Desayuno 7:30 hs (70 g de CHO)

- 1 vaso de yogur descremado bebible (200cc) + ¾ taza de cereal de desayuno

- 1 rebanada de pan blanco envasado + 1 cucharada de miel

Ejemplo 2:

Peso actual = 55 kg /Horario de entrenamiento: 16:00 am

Almuerzo 14:00 hs (110 g de CHO)

- Arroz con atún y vegetales ( 1 taza de arroz cocido, 1 lata chica  de atún al natural + zanahoria rallada, 3 cdas soperas de choclo, 1 tomate chico)

- 1 rebanada de pan

- 1 fruta fresca

Muchas veces, la actividad laboral o de estudio complican la teoría. En el caso en que la última comida previa sea el desayuno o merienda, incorporar al menos carbohidratos en forma líquida/semisólida antes y durante la actividad: bebidas deportivas, gomitas energéticas.

(*) Nelsa M. Valenzuela es Lic. en Nutrición U.N.C. (MN 5737), especialista en Nutrición Deportiva, Antropometrista I.S.A.K., Asesora Nutricional en Área de Nutrición Deportiva, sobrepeso y obesidad. Corredora amateur con participación activa en carreras de calle y aventura, maratón y ultramaratón de montaña. Contacto: 11-15-3488-0002/4831-4242. Página web: http://nutrinel.com.ar - Mail: lic.nel.valenzuela@hotmail.com - Twitter: @Nel_run

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Un trote gentil con un atleta de elite

Por Daniel Arcucci

“Vos marcá el ritmo, yo te sigo”, me dice Luis Molina y no hay en su voz ni una pizca de  condescendencia del atleta de elite sino toda la humildad de un chico de pueblo, cuando él es ambas cosas al mismo tiempo.

Estamos en el extremo de uno de los circuitos urbanos de Nike, el de Vicente López, y la idea es compartir un trote y una charla gentiles.

El viene de hacer un fondo de 18K, está preparándose para 10.000 metros en serio, que se correrán en el Cenard a finales de marzo, y a mí me quedan horas para tomarme el avión a Tokyo, para correr mi segunda maratón en poco más de tres meses, después de la de Nueva York.

Mientras la brisa del río atenúa un poco el color, la charla va y viene del fútbol al atletismo, dos deportes que lo apasionan de manera diferente. Si fuera por hablar, Luis hablaría todo el tiempo de la pelota. Si fuera por hacer, Luis haría todo el tiempo lo que hace, que es entrenarse con un entusiasmo que contagia.

De palabra, y de idolatrías, le resulta más sencillo referirse a Riquelme o a Maradona que a Kipsang o a Mutai. Es capaz de describir con detalle de archivista el partido de su Boca querido que más lo emocionó –“El del gol con la nuca de Guerra, lo vi desde la tribuna, era muy chiquito-, pero no ponerle nombre al récordman del mundo de maratón, aunque sí es capaz de recitar de memoria su tiempo y hasta sus parciales, como hace con los propios.

“Yo soy feliz corriendo”, dice, cuando logro colar una pregunta después de varias suyas sobre las posibilidades de Boca en el torneo próximo a comenzar y de confesar su fanatismo por “90 Minutos de Fútbol”, el programa de Fox Sports. “Salir a entrenar por Lobos, mi pueblo, es todo. Hago lo que me gusta y lo hago para crecer, para superarme”, cuenta.

Los objetivos están ahí, delante suyo. Bajar tres segundos en los 10.000 que se avecinan, de su 29m48s a 29m45s, para ir al Sudamericano de Lima y al Panamericano de Toronto, y más allá la Maratón de Berlín, en busca de la marca A que lo lleve después a su gran sueño, los Juegos Olímpicos de Río.

Mientras tanto, disfruta como un chico y así lo transmite por correr esas carreras que le llegan al corazón: “El domingo voy a Lincoln. Y te recomiendo una, incomparable: la carrera de Reyes, en Trenque Lauquen. La gente sale a la calle y te va dejando el paso angostito, así, te aplauden, es una fiesta…”. Este año la ganó, por supuesto. Y la sumó a su currículum, que alimenta con esmero de artesano y que va desde aquel título nacional en 3000 metros, de menores, al título nacional de Media Maratón, una de sus distancias predilectas.

En 2014 vivió una gran alegría y una gran tristeza, que de las dos está hecha la historia de un atleta de elite: en junio, ganó la Media Maratón de Nike, en 1h04m, y en octubre se le hizo cuesta arriba la Maratón de Buenos Aires, para la que había llegado con la mejor preparación, y que terminó ganando su amigo, Mariano Mastromarino. De las dos experiencias sacó conclusiones, todas positivas. Seguir, mejorar, crecer.

Al día siguiente, ya estaba planificando su entrenamiento, que en promedio ronda los 180 kilómetros semanales. “Corro mucho”, dice. “Tengo una base grande, lo que después me permite ajustar de acuerdo al compromiso que tenga por delante… Ahora, por ejemplo, estoy en los 200 kilómetros semanales”.

Vamos pegando la vuelta y a mi empapadura en sudor se opone su frescura, como si todavía no hubiéramos arrancado. “¿Para vos quién es mejor, Messi o Maradona?”, arranca de nuevo con su tema favorito. Y después de darle forma de respuesta a uno de los temas más debatidos del mundo (del fútbol), vuelvo sobre uno de los temas más habituales del mundo (del atletismo): ¿cómo es el entrenamiento habitual de un atleta de elite?

“Me entreno todos los días, la mayoría en doble turno. En mi caso, cinco o seis. No me cuesta. Lo disfruto. La mayor parte de los días, en Lobos. Si no, en el Cenard, cuando vengo a Buenos Aires y me quedo en la casa de un amigo… Pero reconozco que me gusta más el campo que la ciudad. No tengo secretos. Bueno, sí, uno. Antes de empezar, en el calentamiento, me pongo Pegada al corazón, de Jáuregui. Bien futbolero. Y también suelo escuchar a los Reyes del Barrio”.

Mientras cuenta todo eso con naturalidad, advierte mi decepción porque el reloj no está tomando el GPS y, por lo tanto, no tengo ni idea del ritmo al que vamos, aunque se que le vamos a agregar un kilómetro a los 5 que tiene el circuito. Me dice entonces, con el mismo tono del comienzo, sin condescendencia y con humildad: “Debemos andar en 5’10”. Dos minutos después, el reloj se conecta y el paso al que vamos es… 5’10. Miro sus muñecas; sólo lleva una pulsera. El tiempo está en su cabeza. Cabeza de corredor.

#majorsrun #justdoit

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Natacha Diz, rumbo a El Origen 2015

Muchos me preguntan por qué corro. Otros, para qué corro. Y otros, simplemente, creen que estoy loca. Verdaderamente loca. A todos, absolutamente a todos les respondo lo mismo: corro para seguir viva. Esas ganas de vivir que antes no sentía me las devolvió un simple par de zapatillas. Lejos de cualquier fundamentalismo, así lo siento. Así lo escribo. Así lo digo.

Desde ese primer día hasta hoy pasaron más de 8 años y muchas carreras, pero descubrí mi pasión por el trail running en la prueba en la Argentina: El Cruce Columbia. Mi poca experiencia en el terreno llevó a que cometa errores que me dejaron un sinsabor en la boca y muchas ganas de revancha, pero también grandes amigos, como por ejemplo Florencia Pollola. Ellos me pusieron en el camino correcto. Ellos supieron bajarme la ansiedad. Ellos supieron escucharme.

La idea de correr los 100km de El Origen 2015 empezó a gestarse en  nuestras charlas de campamento en El Cruce 2014.

Natacha y Paola, van por los 100km de El Origen

En mayo me inscribí para correrla en equipo con Paola Corsico, una amiga de mi pueblo, Germania, en la provincia de Buenos Aires. Fue pasando el año, carreras de por medio, con la mirada fija en Villa La Angostura y en el mes febrero. Como todos los años, la familia partió de vacaciones rumbo a Bombinhas, Brasil, y hacia allá salí con mis pesas rusas, mi core y mi colchoneta. Acompañada del plan impreso y un fibrón para tachar los días. Sabía que tenía morros para entrenar y superar una cuenta pendiente que en el llano no podía: las benditas e imprescindibles cuestas.

Todas las mañanas sonaba el despertador a los 6. Un café, un trozo de pan y dulce y a la playa a correr por senderos maravillosos, trilhas en los morros marcadas por Giliard Pinheiro (quíntuple campeón de Bombinhas Indomit, entre otros logros), que en sus charlas diarias me iba enseñando, con total humildad y toda mi atención.

Faltando 4 días para volver, trotando por las piedras pisé una floja y se dobló totalmente el tobillo izquierdo. El crac fue desalentador. Me senté a llorar. A llorar de verdad. Con bronca. Con rabia. Con mucha tristeza. Bajarme de la carrera no era una posibilidad. Volví trotando despacio y al llegar a la playa me encontré con Giliard, quien me tranquilizó y me llevó a su fisioterapeuta. El diagnóstico no era grave. Entonces, inmediatamente, comencé la rehabilitación.

Hoy ya estoy en casa. A punto de partir a la Patagonia. No puedo decir que al 100%, pero con las mismas ganas de siempre de dejarlo todo en la montaña. Porque después de todo, los resultados importantes de una carrera no son los que se miden en minutos o kilóetros, sino en personas y en esa calidez que se encuentra en el running. Sin importar si sos  de elite o una simple ama de casa como yo. Porque al final de cuentas, lo importante y más lindo es correr. Correr, más allá de todo.

Nos vemos en El Origen. Con más ganas de vivir que nunca. ¡Por supuesto!

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Entre Nueva York y Tokyo

Por Daniel Arcucci

MUCHO, NADA, TODO

Pasaron 100 días de aquel domingo 2 de noviembre en el que el corazón del Central Park fue el escenario ideal para la meta de una carrera soñada. Fueron necesarias 3 horas y 46 minutos para completar los 42 kilómetros de la Maratón de Nueva York, tan compleja como apasionante. Definitivamente inolvidable.

Como suele suceder con las grandes carreras, a medida que pasa el tiempo se la recuerda mejor. Y las ganas de volver a correr, que nacen apenas se cruza la línea de llegada, aún con las piernas entumecidas, se va acrecentando a medida que pasan las horas. La Maratón de Tokyo, ahora, está al alcance de la mano. No falta nada para cumplir, o intentar hacerlo, con el desafío propuesto: “3 meses, 2 maratones, 1 sueño”.

Y tal como fue planteado el desafío, no se trata de una provocación ni se trata de hacer lo que no se debe. Se trata, sí, de hacer lo que se quiere y de demostrar que se puede. Todo eso enmarcado en una vida relativamente normal, que no es la de un atleta de élite, sino la de un aficionado con aspiraciones.

Ambas cosas, combinadas, provocaron que el recorrido por estos 100 días, que seguramente debieron tener la fluidez de una plana carrera de calle, se hayan parecido más a una escarpada carrera de montaña, pero nada ha sido capaz de frenar el deseo de cumplir con el sueño. Al fin y al cabo, el gran motor.

No pasaron más de diez días, después de la hermosa experiencia de Nueva York, para volver al entrenamiento con el Migueles Team. Las cuestas que no cuestan, entre Olivos y San Isidro, fueron el mejor reencuentro posible para empezar a subir hacia la anhelada experiencia de Tokyo. Enseguida, una seguidilla de carreras de 10K.

Podrán cuestionarlos, pero seguirán siendo una atracción irresistible: los 10K siempre serán los 10K. Alguna vez objetivo que parecía inalcanzable y por eso aspiracional; con el tiempo, hermanos menores de la media maratón, la prueba de la superación; y, para siempre, la distancia iniciática de la explosión masiva del running. Todo eso han sido y son las carreras urbanas de 10 kilómetros.

Con razón, suelen criticarlas los entrenadores de atletas de elite, por pensar que los distrae en entrenamientos para metas más trascendentes y también suelen ponerle reparos preparadores de corredores aficionados pero con pretensiones, por considerar que incluso a ellos les altera sus planes más ambiciosos.

Pero algo tienen, evidentemente, que hace que se vuelva a ellas como quien vuelve a los orígenes, entre la emoción y el agradecimiento.

Después de la Maratón de Nueva York y antes de la Maratón de Tokyo apareció, oportuna, la posibilidad de disfrutar de tres carreras de 10 kilómetros en tres fines de semana consecutivas. Iguales en kilómetros, pero bien distintas en escenarios y en condiciones, como para que no faltaran matices.

El domingo 23 de noviembre fue a la vera del Río de la Plata, en las costas de Vicente López, bajo un sol abrasador y abrazador. Los 10K Chevrolet llegaron, puntuales, un día después de un entrenamiento de 18 kilómetros con cuestas, en el Bajo de San Isidro: lo que podría haber sido una imprudencia fue un placentero trote veloz, en 45m27s a 4m33s por kilómetro, más edificante que regenerativo.

El domingo 30 de noviembre fue en los bosques de Palermo, bajo una lluvia bendita. Los 10K de Lan no se suspenden por nada, todo lo contrario, y resultó un placer compartirlos con Marcelo Zlotowiagzda, cruzando charchos como chicos para recorrerlos en saludables 46m37s, a 4m37s por kilómetro.

El sábado 6 de diciembre fue sobre la pista y los alrededores del Hipodromo de San Isidro, bajo una lúna mágica que le discutía la iluminación a los 10K de Energizer. Si se completaron en 47m14s, a 4m43s por kilómetro, tal vez fue porque resultaba difícil no mirarla desde cada rincón del recorrido.

Después, sí, a seguir a rajatabla los consejos de Luis Migueles, con la vuelta a los fondos necesarios, sólo interrumpidos por alguna inoportuna operación de muelas, un tobillo torcido en el peor momento o, simplemente, la inmanejable actualidad argentina, que convirtió al mes de enero en un mes de trabajo demasiado fuera de lo común para cualquier periodista: entrar a la redacción de La Nación poco después del mediodía y retirarse más allá de la medianoche, se volvió una rutina durante casi 20 días. Tal vez por eso, el fondo de 30 kilómetros del miércoles 28 de enero, cuando faltaban exactamente 25 días para la Maratón de Tokyo, fue mucho más que un  simple entrenamiento. Fue una catarsis, que en su momento, apenas llegado y cuando todavía ni me había secado, describí así.

Fueron 30K en los que la expresión “mal tiempo” sólo podría aplicarse, y de manera discutible, a las 2 horas y 50 minutos que me llevó recorrerlos, en un ritmo de 5’41 que está lejos de lo hecho y lejos de lo que se busca hacer, pero de ninguna manera al clima.

Algo tendrá la lluvia, que hace que el correr empapándose se vuelva algo tan gratificante. Todavía más de lo que habitualmente eso. Será que empuja. Será que alimenta. Será que limpia.

Fue a las 6.30. Desde el Bajo de San Isidro hasta Vicente López, vuelta hasta San Fernando y fin en San Isidro, cruzando charcos que rápido dejaron de ser un problema para convertirse en una diversión y cruzando autos con conductores que, tal vez, adaptaban al paso la letra de Balada para un loco. Y si bien no me crucé con otros corredores por aquí, estoy seguro que hubo varios, al mismo tiempo, en otros lugares. Somos muchos los que estamos piantaos, piantaos…

Tan “piantao”, que me voy cuando todos vienen. Que por primera vez en más de 30 años de trabajo, las vacaciones, o algo así, comenzarán cuando la mayor actividad empieza. Todo sea por cumplir un sueño.

Pasaron 100 días de la Maratón de Nueva York. Faltan 12 días para la Maratón de Tokyo. Mucho, nada. Todo.

Fotos: archivo personal, Iloverunn y FotoRun. Infografías: Pía Azcuénaga.

#majorsrun #justdoit

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Fanny Elsje Koen, la ama de casa voladora

La Segunda Guerra Mundial partió al medio la vida deportiva de Francina Elsje Koen. La atleta holandesa nació en Baar, en el centro de los Países Bajos, en abril de 1918. Su padre, granjero por herencia, le inculcó el deporte como una de las mejores posibilidades de expresión. Pasó por varias disciplinas hasta que su profesor de natación le sugirió que se dedicara al atletismo porque podría procurarle mejores oportunidades. Y no se equivocó. Así conoció al periodista Jan Blankers, con quien se casó en 1940 para pasar a ser conocida como Fanny Blankers-Koen.

Si bien participó en los Juegos de Berlín 1936, con sólo 18 años, los resultados debieron aguadar hasta 1948. El olimpismo moderno, producto del absurdo conflicto bélico, debió reacomodarse tras la pomposa cita en la capital alemana bajo el influjo nazi. Tokio había sido elegida para los Juegos de 1940, pero renunció en 1937 por la guerra chino-japonesa. En reemplazo, el barón Pierre de Coubertin, dos meses previos a su muerte, designó a Helsinki, en Finlandia. Tampoco pudo ser. En 1939, apenas tres meses antes de estallar la guerra, el Comité Olímpico Internacional (COI) eligió a Londres para la siguiente edición de 1944. Pero ninguna de las dos pudieron celebrarse. En ese entonces, mientras Holanda se encontraba invadida por el ejército del Tercer Reich, Blankers-Koen era la mujer más veloz del mundo, aunque le faltaba la homologación que podían ofrecerle los Juegos Olímpicos.

Recién en Londres 1948, la holandesa pudo desplegar todo su talento para obtener 4 medallas doradas sobre las 9 disputadas en el atletismo. Con 30 años y dos hijos, Blankers-Koen logró los 4 oros en 100, 200, 4 x 100 metros y 80 metros vallas. Un lauro que solamente los atletas masculinos Alvin Kraenzlein (1900), Jesse Owens (1936) y Carl Lewis (1984) pudieron igualar. Podría haber ganado más, pero cuatro era el máximo de pruebas en que le permitían participar las rígidas reglas de entonces. Tenía los récords del mundo en seis disciplinas. Además de los tres individuales en las que ganó, también en salto de altura, longitud y pentatlón. Se retiró en 1953 y, desde 1981, se disputan en su honor los Fanny Blankers-Koen Games, en la ciudad holandesa de Hengelo.

Sus últimos años fueron difíciles. Aquejada por el Alzheimer y con graves problemas cardíacos, murió en 2004, a los 85 años. En 1999 había sido elegida por la Federación Internacional de Atletismo (IAF) como la mejor atleta femenina del siglo XX.

Esta publicación corresponde a la columna de La Nación Revista del domingo 1 de febrero de 2015.

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Edison Peña, el minero chileno que no tiene temor de correr

Edison Peña, uno de los 33 mineros chilenos que en 2010 fue rescatado tras permanecer 69 días atrapado bajo tierra en una mina de San José, ubicada a 30km de Copiapó, está listo para salir a disfrutar de El Cruce Columbia 2015. Su presencia, una de las grandes atracciones de la 14° edición, trasciende las fronteras con un claro mensaje de superación. “Si le demuestras a Dios que estás dispuesto a luchar, te escucha mejor que si te rindes porque a Dios no le gusta que nos demos por vencidos”, contó el minero que para superar las largas horas a la espera del rescate recortó las botas de trabajo con punta de acero hasta convertirlas casi en zapatillas deportivas para ponerse a correr en las galerías de la mina.

Peña, fanático de la música del legendario Elvis Presley, fue el decimosegundo hombre rescatado luego de sobrevivir más de dos meses bajo tierra a más de 700 metros de la superficie. “Corro desde siempre. Soy un corredor amateur desde el colegio, tiempo en el que también andaba en bicicleta”, contó el chileno de 38 años al que sus compañeros en la mina le decían “el atleta”.

En 2010, con el dorsal N° 127 en su pecho, a un mes de ser rescatado, Peña fue una de las presencias estelares en la maratón de Nueva York. De hecho, su historia fue tan fuerte que se impregnó como una de las principales celebridades de la maratón más emblemática del mundo. Tras el milagroso rescate, que fue seguido en directo por la televisión en todo el mundo, los organizadores del maratón neoyorquino lo invitaron a ver la carrera, pero el minero fue mucho más allá y aceptó el desafío de correrla. Oportunidad en la que confesó que para él fue “cumplir un sueño y que correr en una carrera como ésta te hace libre”. Y agregó: “Lo hago para motivar a los que lo quieran hacer en el futuro. No soy un gran atleta, pero no tengo temor de correr”, señaló.

“Es una emoción saber que voy a correr El Cruce. Cuando participo de estas pruebas me ayuda el pensar que puedo superar cada uno de los obstáculos que se presentan”, deslizó el hombre que prefiere correr en montaña antes que en la calle porque “allí, la naturaleza, -afirmó- te demuestra tu real lugar en el mundo y lo pequeño que sos”. El atleta amateur chileno, a pesar de no estar en su mejor condición física, en los últimos dos meses intentó recueperarse con fondos largos para llegar lo mejor posible a una competencia que nada se asemeja a lo que vivió por más de dos meses en las profundidades del suelo trasandino.

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