Uruguaiana style

 

El cliché de querer volver el tiempo atrás. Ni pido mucho, casi nada. Simplemente haber sacado el celular del bolsillo del jean antes de bajarme el pantalón. Podría haber sido peor. Siempre puede ser peor. Podría haber sido en un baño público, o después en vez de antes de hacer nada.

Lo saco lo más rápido que puedo, lo seco y voy directo al Google. Lo bueno del Google es que uno cree que está sólo en la desgracia hasta que escribe el problema en el buscador y la frase se completa sola, porque son millones los desgraciados que ya dejaron caer el celular al agua.

Tanta cosa almacenada en ese aparatito y tan poca destreza para usar el I-Cloud. Por suerte la entrevista que hice para una nota sobre Portugal me la mandé por mail. Y había bajado casi todas las fotos. Y me lo podrían haber robado.

El celular viejo que tenía se lo presté a un amigo al que le robaron el suyo. Igual no tenía Internet. Me prestaron uno que tampoco funciona, error de tarjeta sim, dice. Así que ando por la vida desconectada, como se andaba antes, pero sintiendo que me estoy perdiendo de algo. Un mundo al que no tengo más acceso. Personas a las que no tengo más acceso. Muchas. Demasiadas. Mis conexiones virtuales quintuplican las reales. Miro las mujeres con el celular guardado en el bolsillo trasero del jean. Cuántas de ellas también se olvidarán de sacarlo antes de hacer pis.

Lo pongo en arroz como aconsejan todos en Internet. Lo único que le funciona es la linterna, que no se apaga con nada. Queda ahí por muchas horas. Recomendaban treinta y seis pero a las veinte ya no aguanto. Intento prenderlo pero nada. Ni la linterna anda. Lo entierro de nuevo en el arroz.

Testimonios de amigos: 1- A mi suegro se le inundó el camarote del crucero y dejó el teléfono diez días en arroz y revivió. 2- A Carlos se le cayó al mar en la playa y a los pocos días volvió a funcionar. 3- Los I-phones no mueren con el agua, arroz hasta que se seque. Al cuarto día de arroz lo enchufo y vibra. No hace nada más pero ese temblor me llena de esperanza.

No me resigno a comprar uno nuevo. Sigo investigando y veo que una casa de arreglos en el centro de Río dice que soluciona el 90% de los casos de teléfonos caídos al agua. El viernes anoto la dirección y tomo el metro hasta Uruguaiana. Salgo en la puerta del Mercado Popular y en vez de caminar hasta la Rua Buenos Aires, como tenía previsto, doblo hacia el interior del mercado y paro en el tercer puestito. Diogo Celular. Le cuento a Diogo lo que pasó y me dice que el baño químico para revivirlo cuesta sesenta reales. Que sólo pago si funciona. Me parece bien. Había leído sobre esos baños químicos y lo que me dice el hombre, aunque su puesto mida uno por uno y sea lo opuesto a un centro mac autorizado, suena razonable. Lo dejo. Me da una tarjeta con el número de serie de mi teléfono y dice que llame el lunes.

Anoche soñé que llamaba a Diogo y me decía que el celular andaba bien, que tenía una línea en la pantalla pero que funcionaba perfecto. Y que hubo una modificación en el precio, eran cuatrocientos reales. Pero cómo. Por qué. Que si quería volver a ver mi celular eran cuatrocientos. O nada.

Dejo pasar la mañana por miedo de corroborar la pesadilla. Llamo al mediodía pero atiende el contestador. A la una, contestador, a las dos, contestador. A las tres me tomo el metro hasta Uruguaiana, doblo delante del parlante a todo volumen que pasa música de cd’s truchos y llego a lo de Diogo. Opa ¿tudo bem?. Me muestra el celular, andando. Alivio. Sabía que iba a funcionar. Lo sabía.

- Sólo que hubo una pequeña modificación en el precio, dice.

Se me cierra el estómago.

- En vez de sesenta te va a costar cien, porque tuve que cambiarle una pieza.

- Sí, sí, está bien, le digo pensando que me había ahorrado trescientos. De tan contenta le compro un protector de pantalla.

-Obrigado por la confianza. Dice Diogo extendiendo la mano. A la vuelta me pongo a responder todas las conversaciones de whatsapp.

Reconozco que me gusta ser un poco border. Lo no oficial. La alternativa. El camino paralelo. Bajar por las escaleras de Santa Teresa de noche. Aceptar una invitación a un recital de jazz de un desconocido que me cruzo en una calle de París, porque me da buen pálpito. Comer camarón de palito en la playa de Arpoador. Todas esas veces nunca pasó nada. Salvo pasarla bien.

Voy a comer un açaí para festejar. Apago el celular porque Diogo dijo que nunca tengo que dejar que la batería se descargue completamente, que hay riesgo de que no vuelva a funcionar, y está al diez por ciento. En cambio, yo me siento completa. Los dos mundos vuelven a integrarse.

Al llegar a casa lo enchufo pero no carga. Después carga pero la pantalla no responde. Y descubro que el sonido no funciona. Lo apago y al encenderlo una línea horizontal atraviesa el teléfono. Queda medio apagado medio prendido, falta que haga ese pitido de las pantallas de hospital cuando ya no hay vida, pero el celular agoniza mudo porque no le anda el sonido.

Llamo a Diogo. Nadie responde. Tomo el metro, bajo en Uruguaiana, doblo a la derecha en la salida de la Rua da Alfândega -que quiere decir Aduana-, paso por delante del hombre de los cd’s truchos, que baila al ritmo de un sertanejo que parece estar friéndose y llego a la Quadra D 493.  Diogo no está. El socio dice que llame mañana. Con el I-phone todos los caminos alternativos conducen al precipicio.

  • Susana

    No pude parar de reír hasta el final. Divertidísimo relato de una experiencia tan femenina!!!!