Un día Olímpico

 

Mi sueño era ser como Nadia Comaneci. En esa época, algo tan original como soñar con ser Messi. Preparaba mentalmente coreografías de suelo y de barras asimétricas antes de dormir, practicaba horas en el gimnasio. Iba a todos los horarios de gimnasia artística que había en Corpus, el único lugar donde se practicaba esta disciplina, en Paraná. Quería ser como Nadia pero sobre todo quería ver al profesor, Gerardo, un calco de Rob Lowe.

El calco de Rob Lowe me decía que si en Paraná existiera la gimnasia artística competitiva, seguro participaría. Yo no era muy buena, pero estaba empeñada en serlo, y en verlo, al Rob Lowe. Así que le creía. Tenía 13 años, yo; él, no sé, ¿28, 35?. No era muy buena pero era kamikaze, la primera en lanzarme a hacer cualquier ejercicio, total cualquier cosa Rob me agarraba. Era bajita, tenía la espalda ancha como las gimnastas y el abdomen como una tabla de lavar. Ay qué saudade. Un día al Rob Lowe paranaense lo trasladaron a otra ciudad, además de profesor de gimnasia era militar. Después de eso, el grupo femenino de Corpus se redujo a la mitad.

Siempre miré las competencias olímpicas de gimnasia por la tele, hasta que dejé de ver tele y hasta que los Juegos Olímpicos llegaron a la ciudad en la que vivo.

La venta de entradas para estos juegos estaba difícil, en el sitio Rio2016 solo quedaban las entradas más caras, a partir de doscientos y algo de reales, y las filas para comprar en las boleterías de Copacabana eran enormes. Pero, como siempre, apareció el jeitinho. El jeitinho es una forma de hacer las cosas que tiene más que ver con las relaciones humanas, no siempre es ilegal, pero puede serlo; nunca es oficial, el jeitinho es la suma de simpatía, empatía, malandragem y ganas de ayudar. El jeitinho es que el oficial de tránsito te habilite a doblar con la moto por la Pinheiro Machado, con luz roja, porque el semáforo es eterno; pero también es que acepte una coima para no confiscarte la moto por andar sin casco. A veces el jeitinho implica dinero. Pero la mayoría de las veces, para pequeños jeitinhos basta ser gentil, sonreír e intentar. Si no fuera por el famoso jeitinho brasileiro, todavía estaría perdida en la Estación Alvorada del BRT, en Barra da Tijuca, a las once y media de la noche, sin la menor idea de cómo se hace la conexión para tomar el otro BRT que va hasta Jardim Oceânico, donde está la nueva línea 4 del Metrô, que conecta por fin la Zona Sul con Barra. Un antes y un después en la historia de Barra da Tijuca, donde hasta hace veinte años, había yacarés.

El jeitinho no es solo brasileiro, es latino. Carlos Gianni es argentino y tiene un stand de venta de entradas en el hall del hotel Everest, Ipanema, abierto todos los días de 9 a 5. Allí consiguió mi amiga y productora Flora (Charner) las entradas para ir a ver gimnasia artística el domingo, con 30% de descuento, por queima de stock, como se le dice acá al saldo.

Quedamos en encontrarnos a las 12 en la estación General Osório, la última de las líneas 1 y 2 del Metrô. Acá se hace la conexión con la línea 4, que va hasta Barra. Por ahora sólo pueden usar esta línea los que compran la RioCard Olímpica, que cuesta R$25 por un día, R$70 por tres y R$160 por una semana. Y los periodistas inscriptos en el Rio Media Center. Ya dice el dicho, periodista: vida de rey, salario de mendigo.

La nueva línea del Metrô está reluciente, brillante, impecable, repleta de gente vestida con camisetas de fútbol, sombreros de arlequín, la cara pintada. Parece un carnaval deportivo de gente que tiene dinero o uniforme. Y los periodistas, claro. Después de tantos años de obra, de promesas de apertura, de tedio, de tránsito caótico, el Metrô a Barra es como un portal dorado que se abre paso entre la roca y hace emitir ooohhhh, wowwwww, ahhhhhh y cosas por el estilo cuando el tren sale de la oscuridad y emerge en un puente rodeado de mar y montañas en Jardim Oceánico. Sin que se caiga.

Acá hay que hacer un transbordo para el BRT que llega hasta la puerta del Parque Olímpico. Probamos pasar con nuestra tarjeta de Metrô del Rio Media Center, pero no funciona. El BRT no está incluido y nadie te avisa. Probamos el jeitinho. Vamos a hablar con una mujer de uniforme, que nos señala a otra mujer de uniforme, que le hace señas a un señor de uniforme para que nos deje pasar. El jeitinho también es un portal dorado y secreto sin explicación. El BRT se desliza a través de esta ciudad que es Río pero no es Río; construida sobre un pantano, con olor a pantano y edificios que remiten a Estados Unidos. Cincuenta minutos después de las 12, llegamos. Tenemos tiempo, la competencia empieza a las dos y media.

Si Barra da Tijuca parece otra ciudad, el Parque Olímpico parece otro planeta. Después de tantos años de espera, de obras, de miedos, está listo. Aunque hayan tirado toneladas de cemento granulado para forrar el piso y lo hayan pintado de verde para que parezca césped, porque no había tiempo para otra cosa, está listo todo este espacio dedicado al deporte. Río llegó. Brasil demostró, una vez más, que el suspenso es solo para reforzar el efecto de la fiesta, la fiesta que la mayoría mira por la tele en todo el planeta, o en la pantalla del Boulevard Olímpico, en el puerto. Porque dormir en Río ahora es caro, llegar a Barra es caro y entrar al Parque es caro. 

Todo es inmenso, los estadios, las arenas, las filas. La primera fila es para entrar al complejo y pasar por un sistema de seguridad como el de los aeropuertos. Filas serpenteantes entre miles y miles de rejas que organizan ese mar de gente. El fabricante de las rejas metálicas se forró con este evento. Avanzamos lento pero firme. Hay tiempo. Hay tiempo para las fotos, las selfies, para comprar un vaso de cerveza que cuesta R$13, pero te llevás el vaso de plástico con dibujitos olímpicos de regalo. El pochoclo sale R$12 y la fila es absurda como el precio del paquetito.

Hay una fila que se destaca entre todas por el tamaño. -¿Para qué es esta fila? -Para gimnasia artística. Y sí. Empezamos a buscar el final, cien, doscientos, ochocientos metros y el final no aparece, el final de la fila está a dos kilómetros. ¡Es el récord Olímpico de fila! Faltan cuarenta minutos para que empiece la competencia y otra vez Brasil y el suspenso de que no se llegará a tiempo.

Por fin la fila avanza rápido, casi al trote. Otro stop para controlar la entrada, luego rejas que organizan el mar de gente, las escalinatas del Río Olympic Arena, el más grande de los estadios del Parque, los anillos en la entrada para las selfies y después del hall inmenso, rampas gigantes hasta el tercer piso. Todo es Mega. Tamaño XLGG. Ya debemos haber caminado unos cinco kilómetros. En cada piso, filas para el baño, para el pochoclo, para la cerveza. El acceso directo a cualquier cosa es casi imposible en lo Mega.

Nos sentamos en las gradas cinco minutos antes de que empiece. Las gimnastas, que son chiquitas, desde arriba, bastante arriba, se ven diminutas. Y todo sucede rápido y al mismo tiempo. Las británicas hacen piso, las alemanas, barras asimétricas, las brasileñas viga y el grupo mixto -de varios países- salto. No sé qué mirar, pero sé lo que mira la mayor parte del público, a las meninas de su país, que son muy pero muy buenas, sobre todo la pequeña Flávia Saraiva, de 16 años y 1,33 de altura.

Flora tiene hambre, no almorzó. En uno de los intervalos, cuando hacen la rotación de disciplina y un calentamiento de tres minutos, sale a buscar algo. Empieza la secuencia. A las británicas les toca suelo y una de las chicas cae feo después de un doble mortal hacia adelante, cae con la nuca. Se levanta, sigue, pero cuando llega a la esquina del cuadrilátero para encarar la diagonal, para. Y no se mueve más. Se agarra la nuca. Suspenso. La rodean el entrenador y el equipo médico. Hablan. No va a seguir, no puede, sale caminando con la ayuda de su equipo, la gente aplaude y su rostro está tenso.

Flora vuelve con un vaso de cerveza. Para comer sólo había pochoclo y Biscoito Globo, pero las filas eran de veinte minutos. Tampoco le dieron el vuelto porque no tenían cambio. Dijo que volvería después por los dos reales, pero después se olvidó, y la vendedora debe hacer ese truco del cambio seguido.

Se forma la ola, la clásica ola de todo estadio, hacemos la ola, disfrutamos de la competencia, de los saltos mortales y las barras asimétricas. Son nuestras primeros Juegos Olímpicos y toda la fila hecha hasta ahora valió la pena. Termina el entretenimiento. Bajamos las rampas. Filas para el baño. Queremos comer algo pero las filas para lo poco que hay: pizza, pasta o sándwich, son del tamaño de los estadios. En los pocos árboles que hay, los pajaritos cantan alborotados. ¿Adonde habrán ido a parar todos los animales que vivían en esta ex floresta? No solo son humanas las remociones.

Flora está famélica, yo menos porque almorcé. Reglas para visitar el Parque Olímpico: 1, salir con dos horas y media de anticipación. 2. Comer antes. Le propongo salir antes de que se largue a llover y porque ya me empieza a agarrar la fobia a lo Mega, al trámite que implica lo Mega, fila para el control de seguridad, para el baño, para comprar el ticket y para ir con ese ticket a pedir una comida mala. Pura harina. Después de las filas, lo peor del Parque es la plaza de alimentación, monotemática, desabrida. El Boulevard Olímpico que está en el puerto le ganó al Parque con ventaja: hay food-trucks variados por todas partes. Las filas son las mismas.

Después de ir a un restaurante a kilo pasamos por la Casa Argentina, que está delante del Hotel Hilton, a tres kilómetros del Parque, y allí nos quedamos hasta tarde, pero de esto contaré después. Ahora viene la la vuelta del primer día Olímpico.

Para poder tomar el BRT le pagamos a una señora para que nos deje pasar con su tarjeta RioCard porque no tenemos y no hay donde comprar. Jeitinho uno. Bajamos en Alvorada y nos perdemos porque no hay un solo cartel que explique nada sobre la conexión con la línea 4 del Metrô. El único BRT que va directo al Jardim Oceánico es que el pasa por la puerta del Parque, pero no lo sabíamos. Nos salva un señor uniformado que justo termina su turno de trabajo y nos lleva hasta la parada correcta, a un kilómetro de donde estamos. Si para nosotras es difícil, que hace nueve años que vivimos en Río, no quiero pensar para un gringo que no habla portugués y tomó cinco vasos olímpicos de cerveza.

Brasil es esa mezcla constante de encantamiento y desilusión, desilusión y encantamiento. Y jeitinho, porque hay que pagar otra vez el BRT y otro señor uniformado al que le hablamos con cara de perro mojado y voz finita, hace girar el molinete con su tarjeta. Un día entero de jeitinho como aliado. Llega el BRT abarrotado. Subimos. Nos apretujamos contra gente de todas las nacionalidades y olores. Con o sin Metrô volver de Barra siempre será barra pesada. No importa, el recuerdo de las gimnastas, elásticas, macizas, bajitas, graciosas, está fresco en la cabeza, y el del Rob Lowe paranaense, también.

  • susana

    qué linda crónica!! fue como estar un poco ahí… felicitaciones!!!