Los perros

 

Cuando recién me estaba instalando en Río, el Mundial y las Olimpiadas eran eventos lejanos que podían ocurrir en cualquier país y el bondinho de Santa Teresa subía y bajaba las laderas del barrio. Hoy los hoteles ya están llenos para el 2014, el bondinho es historia y los perros que ladran son otros.

I.

Los matan. Fue lo primero que pensé. Seguro que vienen unas camionetas negras a la velocidad que arremete la policía militar y los pescan con bolsas, también negras, y ahí mismo le hacen un nudo para que mueran por asfixia. Por eso no los encontraba en Río de Janeiro, donde los vagabundos, cualquiera sea su tipo, abundan. Eso pensé hasta que me mudé a Santa Teresa, donde están todos, absolutamente todos los perros.

Bien en frente de mi casa viven tres, duermen en mantas rotas y cajas, bajo el techo de la Estación Curvelo, una de las estaciones donde para el último tranvía carioca (paraba, hoy el bondinho es historia, con el lamentable y especulado final de un accidente corrupto y vergonozoso que mató seis personas y fue la excusa perfecta para que el ícono de Santa Teresa tenga nuevo dueño, una empresa portuguesa. Perdón por el tono y el largo de este paréntesis, estoy indignada con lo que pasó. Sigo con los perros). La encargada de mi edificio tipo casa los detesta, a ellos y a la vieja que los alimenta. Varias veces ya vi al más clarito acostarse en el escalón de entrada al predio. Ocupa todo el largo del escalón, y cuando uno abre la puerta espera que el cachorro se levante por el susto, o por respeto, o para adoptar la posición de alerta y mostrar sus dientes ante la incomodidad producida por la presencia humana de cualquiera que no sea la responsable de su dieta. Pero no, el perro no se inmuta, hay que pasarlo por encima, sin más.

A la noche ladran, a veces se dividen por sectores, los de la estación solos, los de la estación con algún perro que pasea. Ladran llamando a la jauría vecina, que se adhiere gustosa por tiempo indeterminado. Ladran fuerte los perros de Santa Teresa, ladran a lo brasileño.

En la parte de atrás de mi casa, que da a un valle pronunciado, con un todavía equilibrado conjunto de casas, edificios, basura y vegetación tropical, los perros son más, muchos más. La proporción, según mis cálculos, debe ser de un perro cada cinco personas, un cálculo basado en lo que escucho.

Mi habitación provisoria -un cuarto chico con piso de madera, una ventana antigua, alta, de dos hojas y un armario de un cuerpo incrustado en la pared- da al frente, al tránsito pesado de los colectivos que vienen subiendo la cuesta de la calle Joaquin Murtinho, cada vez más destartalados por el efecto de la inclinación, los adoquines y las vías del tranvía; y al propio bondinho, que deja la estela de un sonido metálico, eléctrico pero sin homocinética. Mi habitación definitiva, un cuarto amplio, pisos cerámicos y un ventanal de dos metros y medio que da a la ladera del morro, da a los perros. Entre transporte y perros, elijo perros. Sobre todo porque contra el transporte no hay nada que yo pueda hacer, pero contra los perros sí.

Hace una semana me mudé al cuarto de atrás, al grande y definitivo. Me mudé cuando me compré la cama matrimonial. En el otro cuarto no tenía cama de ningún tipo, dormí un mes en un colchón prestado de albergue juvenil, de esos que cuando uno se acuesta no queda nada, desaparece la espuma, se funde con el piso. Me la compré el día que desperté y sentí que había perdido la dignidad.

Hace también una semana vengo desarrollando una intolerancia progresiva hacia los perros. Ya localicé un grupo grande, viven todos juntos en una casa con techo de chapa, al pie del cerro. A veces salen a pasear entre la basura, ya los vi copulando y husmeando entre trastos viejos. Generalmente ladran fuerte, pero a veces se confabulan y empiezan a aullar, todos a la vez, como en una invocación perruna para que descienda no sé qué deidad, dura por lo menos diez minutos el ritual, y tardan sólo otros cinco en empezar a ladrar de nuevo. No duermen, los perros, o tienen el sueño entrecortado. Me levantan a eso de las dos, seis, cuatro, con ladridos, aullidos de ritual o aullidos de pelea, que difieren en intensidad y en tono. Me pregunto cómo nadie hizo nada hasta ahora, porque yo, que vivo hace poco más de un mes en este barrio, estoy dispuesta a matarlos, sin piedad y sin culpa. Estoy resolviendo si envenenarlos o darles con un aire comprimido. La primera opción es más fácil, conseguir carne, un veneno de rata, chumbinho, como le dicen acá, y tirar varios pedazos en el terreno baldío por el que pasean, o llegar hasta la puerta de la casa, en algún horario de poca circulación, y arrojar la carne directo al balcón donde ya los vi pararse a ladrar. El aire comprimido tiene más que ver con unas ganas intrínsecas de cagarlos a tiros.

El anonimato está garantizado. Mi plan lo conocen sólo tres personas, que nada dirán. Y para cuando ustedes lean esto, ni los perros ni yo vamos a estar acá.

II.

Reconozco que no tengo coraje. Ni para iniciar una larga expedición por el camino de la legalidad, acudiendo a fundaciones de protección de animales, a secretarías de sanidad e higiene, al centro vecinal o algún ente que pueda encargarse de sacar estos perros de mi ventana. Menos coraje tengo para envenenarlos. Son demasiados, sería un genocidio.

Un día me propuse investigar un poco el terreno, como tenía que bajar al centro decidí hacerlo por unas escaleras que nunca había usado. Atraviesan un caserío que va declinando en belleza a medida que se va llegando al nivel del mar y desembocan en el barrio de Fátima, de cara al supermercado Mundial, el más barato de Río de Janeiro, en la Rua Riachuelo. Es por esas escaleras que se llega a la casa de los perros, y por la calle empedrada que se ve desde mi casa, donde hay dos fuscas -escarabajos- estacionados y ningún otro auto, y a veces hay, también, algunos chicos jugando.

La casa de los perros es la última. Me fui acercando despacio, disimulando cualquier intención, y al llegar a la puerta me encuentro con una chica de mi misma edad que me preguntó a quién buscaba. A la señora que vive acá. –Mi mamá, contestó. No está. ¿Por qué asunto? Y toda mi pretensión de mentir, de armar una historia para no desenmascarar mi plan alternativo se fue al diablo. Abiertamente le confesé que los perros eran insoportables, le mostré la ventana de mi casa, le pregunté qué pensaban hacer al respecto. –Sí, sí, estamos queriendo vender la casa y llevar los perros a otro lado ¿vos no te querés llevar uno? –no, yo los quiero matar a todos, pensé y respondí que no con un movimiento de cabeza. Me dio su teléfono, yo le di el mío y me fui. Vencida, conmovida y sin máscara que me proteja de ningún plan siniestro.

Desde abajo, los ladridos se escuchan menos.

Más adelante, durante una cena, mi compañero de casa manifestaba lo maquiavélico que era mi plan de mezclar chumbinho -infalible veneno mata rata, de venta prohibida, que igualmente se comercializa en algunos puntos de la ciudad- con la mejor carne del vecindario. Un banquete inolvidablemente exquisito y mortal. Contaba que había visto un documental donde mostraban cómo los cachorros agonizaban durante 20 terribles minutos antes de estirar la pata. ¿Por qué en lugar de matarlos no les llevás comida? Me dijo con su tono dulcemente luterano. Los cachorros ladran porque tienen hambre. Transformá tu odio e intolerancia en amor, concluyó. Y mi corazón se sintió tan bien ante la imagen de la bandeja de sobras de comida, calmando las fieras, solucionando el problema en forma por demás correcta, justa y compasiva, que dejé de escuchar los ladridos. Por unos días, los perros desaparecieron de mi campo sonoro. Los olvidé por completo.

 

III.

- Chumbinho! Veneno de rato. Comeu, morreu. Um é 5, 3 x 10. Vem cá, me da 4 aí.

Se me iban los ojos, se me hacía agua la boca.

- Mmm não, tenho que pensar melhor.

- Vem cá, me da 4 reais aí.

Ay, me hace rebaja, se me hacen irresistibles las rebajas.

- Mmmnão, não, obrigada.

Y salí disparando de la tentación.

 

IV.

Anoche soñé que hacía unas bolitas de carne bien redonditas, todas iguales, del tamaño de una pelota de ping pong. Luego introducía el dedo índice y formaba una cavidad hasta el centro, donde vaciaba una cantidad arbitraria de bolitas negras, chumbinhos frescos para mis perritos. Desde la puerta de la casa, donde están confinados, a través de la reja, lanzaba pelotitas a los perros hambrientos, que se las devoraban agradecidos, voraces. Mi temor era que no bajaran todos los perros de la casa a comer. Los alrededor de veinte que la ocupan. Ellos solos con toda la casa. Porque después de observar bien, con Rodrigo, mi compañero de casa, llegamos a la conclusión de que la vieja no vive ahí, sólo pasa a dejarles comida a eso de las ocho de la mañana y, a veces, alrededor de las nueve de la noche, los momentos en que los perros más ladran. Hay días, sobre todo los fines de semana, en que la vieja no pasa, y los bichos hambrientos se desgarran la garganta por la hambruna y me destrozan proporcionalmente los tímpanos y la paciencia.

V.

Un día me levanté y no estaban más. Acababa de volver de viaje. Corrí la cortina, miré hacia abajo y vi dos hombres parados en la terraza cubierta con techo de zinc. La ventana del cuarto donde hacinaban los perros, abierta de par en par, el terreno desmatado, dejando al descubierto una cantidad asquerosa de basura. Latas, bolsas, botas, botellas. Lamentable.

Habrán vendido la casa. La hija de la dueña de los perros que conocí el día que fui a investigar si era logísticamente posible lanzar los pedazos de carne desde la puerta de calle, tenía razón, estaban queriendo vender.

Gracias, gracias dioses, astros, orixás, espíritus o lo que sea que circule por el entorno por escuchar mis deseos, plegarias, pedidos y amenazas.

Ahora es perfecto. No más jauría debajo de casa, no más instinto asesino a flor de piel. Por fin Santa Teresa es lo que todos los que viven ahí dicen que es, un barrio silencioso y tranquilo.

¿Dónde se los habrán llevado? A veces creo escucharlos, reconocer sus ladridos desparramados por el valle. El más ronco y grave y fuerte, a la izquierda, en lo alto, más o menos al lado de la pizzería de la vuelta ¿o será que siempre estuvo ahí? Uno chiquitito, agudo, con un ladrido entrecortado, abajo, al lado de la casa de los perros. Y el resto, mucho más lejos. Anoche, a eso de las 12, se confabularon como en los viejos tiempos. Rodrigo dice que en Santa Teresa hay mucho perro porque hay mucha casa. No sé, lo más probable es que a los perros confinados (¿o será que estaban lo más bien?) los hayan mudado dentro de unas bolsas negras de consorcio, con un nudo bien apretado, a bordo de una camioneta también negra.

  • Tribi

    Crudo y lleno de fuerzas, relatos que transportan y otorgan rechazo y admiración. Vida perra, no? Casi te convertiste en una. Los ladridos son súplicas que hacen recordar que los animales son siempre animales y que los humanos no distamos nada de ellos. Cada vez mejor tus textos. Abrazo.

    • Ana

      Ahora tengo perros a dos metros de mi ventana. Y ladran más fuerte. Ya veré qué hago. Gracias por tus comentarios Tribi.

  • lula

    santa teresa es un laboratorio sonoro…están los perros, los colectivos, pero también las chicharras, los pajaritos, lxs músicos ensayando atrás de las ventanas, el samba en la plaza, el ambulante que vende escovas de mañana, el de los dulces a la tarde…
    viste la peli “o som ao redor”?

    • Ana

      santa teresa es mi barrio preferido en Rio de Janeiro, con o sin perros. El único en el que la gente se saluda en la calle. Mi corazón carioca es santateresino. No vi esa peli, por el nombre es perfecta para mí. Gracias Lula!

  • Susana

    Un relato lleno de tensión, suspenso, humor…negro y del otro también. Me encantó!!!

  • http://perfumedeayer.blogspot.com.ar/ Sophie

    Tortura los ladridos!!! Pero coincido con el comentario de Tribi, más abajo. Y también con tu compañero de casa! Si lográs concentrarte/meditar/escribir/dormir, a pesar de los ladridos de esa jauría amenazante, vas a conseguir un logro personal del cual poder sacar provecho en otras situaciones ruidosas!

    • Ana

      Es un largo y arduo camino Sophie, después de la India, Río es el lugar más ruidoso que conozco. Pero sigo intentando, ommm…