Cae la noche tropical

 

Doña Florinda, como la llama Lola, su coterránea que está en el patio cosiendo, se ríe todo el tiempo. Tiene 90 años y apellido inglés. Su padre era inglés y su madre escandinava. Él pícaro, ella gélida, cuenta, entre risas, Doña Florinda desde la cama.

Las enfermeras la adoran y la directora del asilo la reta porque está con visitas y sólo lleva puesta una remera, de la cintura para abajo piernas y pañales. ¡Y qué piernitas! dice Doña Florinda tocándose los muslos suaves y sin músculos. Hace rato que ya no camina. La directora no sabe cuándo fue que se cayó. Nadie sabe. Ay, hace mucho -dice- esta mujer de ojos claros y pelo gris corto que mezcla el castellano con el portugués y el inglés con las carcajadas. Hace mucho también que se quedó sin su marido, argentino como ella. Son las cinco de la tarde en Riachuelo, un barrio de la Zona Norte de Río que se parece a los barrios que rodean el Riachuelo porteño, y los ventiladores de la habitación que Doña Florinda comparte con tres señoras más lo único que hacen con el calor es revolverlo.

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Cae la noche tropical es el título de la última novela de Manuel Puig, autor de Boquitas Pintadas y El beso de la mujer Araña. Un diálogo magistral entre dos señoras mayores, dos hermanas argentinas que están en Río de Janeiro. Luci y Nidia. Es mediados de los 80, Luci vive en un departamento de Copacabana y Nidia la visita. De lo que más hablan es de la mala suerte amorosa de Silvia, otra argentina más joven, psicóloga, que vive en el mismo edificio. Leerlas es verlas. Sentirlas, olerlas. Un retrato perfecto de la vejez y de Río de Janeiro bajo la lupa argentina en la época en que los porteros eran nordestinos y siempre que sonaba el teléfono fijo era equivocado. En estas cosas nada ha cambiado.

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¿Cómo es envejecer a la distancia? ¿en otro idioma? ¿sola?

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Para llegar en auto al Amparo Thereza Cristina hay que pasar por el Maracaná, ahora modernísimo; por la favela Jacaré, de donde salió el ex futbolista Ronaldo; por calles que no se sabe si están en construcción o destrucción; por talleres mecánicos uno pegado al otro y cada uno de dos metros cuadrados. Por seres zombies por el crack, mujeres, hombres, todos negros. Por una sede de la Iglesia Universal y un bar putrefacto que se llama Varanda da Loira y significa algo como balcón de la rubia. Por casas coloniales y casas azulejadas. Casas con techos de tejas y casas con techos de zinc. Todas picheadas con garabatos de aerosol negro. Al lado del asilo, una casa Art Deco que funciona desde 1924 y se mantiene a través de donaciones, trabajo voluntario y colaboradores asociados, hay una obra ensordecedora: el futuro Moratta Residencial Club, una torre con departamentos de 50 m2, spa y piscina. La especulación inmobiliaria arriesgó en Grande Meier, como el mercado llama ahora al barrio de Riachuelo.

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Lola tiene las uñas pintadas de blanco con brillitos plateados. Detrás de los lentes, ojos enormes marrones y delineados. Blusa a rayas, bermuda estampada, havainas color salmón y 76 años. Pero parece menos. Habla castellano con un acento raro, no es el acento del argentino que hace mil años que vive en Brasil, es otro, como inventado por ella. Así como todo lo que dice puede ser inventado. Que trabajaba como secretaria en Pérez Companc; que cuando era joven se fue a vivir a Guarujá, una isla de São Paulo; que tiene un hijo fallecido. A Lola le gusta leer, está espantada porque acaba de conocer todas las tragedias por las que pasó Carlos Gardel en una biografía que no se acuerda quién escribió. Creo que es español -dice-. Y enseguida le pregunta al funcionario del Consulado Argentino, que está preparando el trámite para trasladarla a un geriátrico de Córdoba y siempre le lleva libros, si ya leyó el que ella le dio. El Código Da Vinci. El funcionario del Consulado, que me permitió acompañarlo al asilo cuando me enteré de la existencia de estas mujeres, dice que todavía no. Me aburro, acá están todo el día mirando televisión -dice Lola-. Miran televisión pero no escuchan, hablan entre ellas. Yo prefiero leer o ponerme a coser.

En el imaginario colectivo los diplomáticos se la pasan tomando champagne, organizando cenas en sus grandes casas con vistas y haciendo relaciones públicas con empresarios importantes y artistas consagrados. Pero no. También, y la mayor parte del tiempo, se encargan de conseguirle un hostel un martes a las 4 de la mañana al pibe al que le afanaron la mochila con todos los documentos y las tarjetas en la Rodoviária; de visitar al preso, un tipo que agarraron robando celulares en Lapa y a señoras como Doña Florinda y Lola, que viven en un asilo con otras 58 mujeres de la tercera edad y están completamente solas.

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Vos sos pianista le dice Doña Florinda al chofer del Consulado, vos sos actor -y señala al funcionario- ¿y vos? me pregunta. Soy bailarina. Ay me encanta -dice-, y se ríe a carcajadas. Está en el asilo desde enero, cuando el portero de su edificio llamó al Consulado porque ya no podía cuidarla. -¿Es verdad lo que dice el portero, que usted le quería regalar el departamento? le pregunta la directora. Doña Florinda se ríe. Ahhh fantasías, imagination, imagination -dice-. Doña Florinda no tuvo hijos, pero tuvo viajes a Nueva York, un pelo dorado, un cuerpo bronceado, un marido dedicado a la industria naval y sobrinos que, espera, un día la visiten.

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Vení que te quiero mostrar mi cuarto -me dice Lola cuando vamos al patio a despedirla-. El sol ya está oblicuo y proyecta sombras largas sobre la casa gris como el pelo de todas las mujeres que la habitan. Pasamos el comedor, la sala donde una docena de señoras miran la novela y entramos a una habitación enorme llena de camas y roperos. Una mujer duerme, otra lee una revista recostada sobre el lado izquierdo, otra nos mira fijo sentada en la cama con las dos manos apoyadas en el bastón, otra sonríe y se le ven dos dientes, los únicos que tiene. Todas son mucho mayores que Lola, que llegó al asilo más joven todavía, en el 2006, cuando tenía 67 años. Hice todo mal -había dicho más temprano en el patio-. Y lo repitió. Todo lo que hice lo hice mal. Nosotros mudos. Llegamos a su cuarto, delimitado por la parte de atrás del armario de la vecina y la pared donde se apoya la cabecera de su cama, que está llena de almohadones, uno turquesa, otro de shantú dorado, otro floreado. La pared y la parte de atrás del armario de la vecina llenos de recortes de revistas, una foto de Gardel, otra de Elis Regina. Un pajarito amarillo que ella dice que canta como los dioses, pinturas renacentistas, el busto de una mujer desnuda a la que le tapó los pechos con dos florcitas. Lola es artista y hasta hace poco la dejaban ir a un taller de bordado que daban en el Senac, un centro politécnico que queda cerca. Pero ya no dan más talleres.

El funcionario del Consulado tiene miedo de que Lola no se acostumbre al cambio, de que en Córdoba esté peor que acá. Pero ella se quiere ir, para conversar en el mismo idioma, para conversar. Porque allá hacen actividades manuales durante el día y porque hay hombres. Lo único que pide es que no avisen a la familia, que de la familia no quiere saber nada. Pero lo cierto es que hasta ahora con los datos que ella dio sobre el hijo fallecido el Consulado tampoco logró localizar a nadie, ningún difunto con ese nombre en esa fecha. Sabemos poco de Lola, que le gusta leer, que tiene un acento distinto, un cutis afortunado, un pasado incierto y un futuro también incierto. Como todos.

Antes de subir al auto diplomático, un Dodge Journey negro envidiable, vuelvo para sacarle una foto. Dice que está toda desarreglada pero igual se sienta en el banco de hierro labrado y posa bajo la luz dorada y tropical del Riachuelo carioca. Cae la noche. El funcionario del Consulado dice que los que trabajan en la oficina hace muchos años, se acuerdan de Lola, que siempre iba toda emperifollada a los eventos y que era hermosa.

  • Susana

    Conmovedora estampa de personajes con historias escondidas y muy ricas. Muy bueno!!

  • Gwyneth

    Excelente,Ana.Como seguramente sepas, no necesitas hablar de Rio para contar historias maravillosas.

  • Fernando Andrés Polito

    Me mata que ya se te han pegado términos de aquí como “emperifolhada”, “picheadas”, yo trato de resistirme a que colonicen mi léxico, pero no demora en acontecer…jaja. Excelente nota.

    • http://blogs.lanacion.com.ar/rio-de-janeiro/ Ana

      Hola Fernando, mirá que emperifollada también se usa en Argentina. Picheada no tanto. Pero después de ocho años y medio en Brasil el léxico se te cuela por todos lados :)