Alto Astral

 

Hacía cuatro días que no salía de casa. El clima era perfecto para hibernar, un frío raro en Río de Janeiro y lluvia, mucha lluvia. El Aterro do Flamengo más verde que nunca. Después de cuarenta días de viaje, de transitar por espacios ajenos, mi casa era el mejor lugar para estar.

Pero era sábado y era el cumpleaños de Miguel, un director de TV, amigo de un amigo. Con Miguel nos vemos de vez en cuando pero Cadu siempre me invita a su cumpleaños. Este era el número 50 y lo celebraba, como cada año, en su casa de Ipanema.

Hibernar solo me lleva a querer seguir hibernando. Y encima la lluvia, el frío. Pregunté a algunos amigos si me acompañaban. Pero nadie podía. Ir a ese cumpleaños parecía una proeza muy difícil de llevar a cabo. Además iba a estar Christiane Torloni, la Maria Inês de la novela Alto Astral. Yo no estaba en condiciones. Pero Cadu, qué ganas tenía de ver a Cadu, y además si seguía metida adentro me iba a quedar encuevada para siempre. Así que a eso de las ocho y media, porque acá las fiestas empiezan temprano, me di un baño, me arreglé un poco, agarré un vino que traje de Portugal, el paraguas y salí a tomar el Metrô, el subte.

La calle, vacía. El frío y la lluvia asusta a los cariocas o en realidad les da la oportunidad única de quedarse en casa sin sentir que afuera se está mejor. Parecían las tres de la mañana y eran las nueve y media. En el andén había dos o tres personas. Y en el vagón, quien escribe, la única pasajera.

Me senté de cara al andén y cuando se abrió la puerta en la estación siguiente, Botafogo, entró un chico de remera a rayas, azul y blanca, y unos ojos que me dieron cosquillas en la panza. Se sentó enfrente. Éramos él y yo. Yo y él. Yo miraba para otro lado y sentía su mirada, después me tocaba mirar a mí, y así fuimos intercalando miradas hasta que en Cardeal Arcoverde, la primera estación de Copacabana, los cuatro ojos se encontraron y sonreímos.

Dijo algo. No entendí porque en el Metrô no se escucha nada. Vino a sentarse al lado. Se parecía un poco a Sean Penn cuando era muy, muy joven. Los ojos, el pelo, el jopo. Era de Barra da Tijuca, nacido y criado. Diseñador gráfico. Venía del Centro Cultural Banco do Brasil. Había ido a ver la muestra de Picasso pero la fila era demasiado larga y no entró. A esas muestras no se puede ir los fines de semana, pensé, y me alegré de haberla visto el día de la inauguración, con invitación. –No te perdiste mucho, dije. Un poco mentí y otro no. Esos nombres monumentales en Río siempre me dejan con gusto a poco. Pero el hecho de que un chico de Barra se haya ido en Metrô un sábado a ver pinturas de Picasso, y encima con esos ojos. Ay dios.

Más o menos por Cantagalo se me vino la idea. Ya habíamos hablado de viajes, de arte, de Río. Y había esa familiaridad que a veces se siente con personas que nunca vimos, y ya se estaba volviendo a su casa, y tenía esa mirada franca. Y por qué no. – Te voy a hacer una invitación loca. Estoy yendo a un cumpleaños en Ipanema y los únicos que conozco son el que cumpleanñero y un amigo ¿querés venir?

Le pareció bien. Dijo que sí, pero que un ratito nomás, que estaba cansado. Claro, claro, lo que quieras. Esto no me puede estar pasando, pensaba y sonreía para adentro. – Pero estoy así nomás, dijo cuando salimos de la estación General Osório. Así nomás era como se visten todos los varones acá en Río: bermuda y remera. Y unos zapatos náuticos que me recordaron a los chicos de mi adolescencia en Paraná. – Estás perfecto.

En el ascensor empezamos a reírnos de la situación. ¿Y de dónde decimos que nos conocemos? Surgió Máncora en Perú, la playa de Ipanema, una fiesta. – No importa, dije, nadie va a preguntar. Cuando Cadu abrió la puerta nos saludó como si fuéramos una pareja de años. Lo mismo Miguel, el cumpleañero. La mesa estaba decorada con todo tipo de quesos, pastas de berenjena, humus, salmón, almendras, nueces, sándwich a metro –un pan trenzado que se vende por metro, y con relleno, en las panaderías- y hasta Goji Berry, un fruto rojo del Tíbet que es un súper alimento. El vino portugués se sumó a un stock de un montón de otros vinos y la fiesta estaba apenas empezando.

A mi Sean Penn barratijucano se lo veía contento. Hasta se encontró con un amigo de infancia, acompañado de su novio. La Torloni no vino y mi novela de la noche le daba cinco vueltas a Alto Astral. Había pista de baile. Bailamos. Y cada tanto yo me iba por acá y él por allá. Y cuando lo reencontraba me agarraba fuerte por la cintura, como si le perteneciera. Yo dejaba que mi cuerpo se encostara contra el suyo, como un barquito arrastrado por la marea, y ponía mi mano a recorrer ese torso de surfista.

Si me quedaba en casa no nos encontrábamos. Si salía cinco minutos más tarde, o más temprano, no nos encontrábamos. Si tomaba un taxi no nos encontrábamos. Delicia de vida cuando suceden esas sutiles sincronías. Vida viva, cambiante y sorpresiva. Y yo sin poder contarle a nadie de mi aventura. Al final mi Sean Penn barratijucano era un completo desconocido.

La fiesta era un éxito, baile, comida, bebida y alegría. A las cuatro de la mañana el cumpleañero se había tomado media botella de whisky solo y dormitaba en su sofá. Quedábamos el aladeltista, su mujer, Cadu y una productora teatral cincuentona que estaba a punto de devorarse a Sean Penn.

En su libro “Vai, Brasil” la escritora portuguesa Alexandra Lucas Coelho cuenta que Zé Celso, una eminencia del teatro, le dijo en un taxi en São Paulo: -Aqui a gente se come. Aquí nos comemos. Y es así.

Hora de partir. La noche dio todo lo que podía y más. Nos despedimos en la esquina. –Anotá mi teléfono, me dijo. Pero yo no tenía ni teléfono ni donde anotar. – Mandáme un mail, le dije entregándole mi tarjeta. Subí a un taxi y volví a casa pensando en el chico del Metrô.

A los diez días me compré una moto.

  • Gwyneth

    Ah bueno! Buen comienzo para una historia, que al parecer sucedio hace un tiempo, no? Veremos como sigue…Si, las coincidencias fortuitas son un misterio de la vida!

  • Matias Acosta

    Me encantó esta historia! No aguanto no ver una foto de el jajaja…

  • yeti

    Delicioso relato. Si termina acá, ya valió la pena. Pero ojalá continúe!

  • Ray

    What a wonderful tale, Ana! Deliciously sexy!

    Thanks

  • Cocotte

    Pero solo tiene sentido eso que decís de las sincronías y de no haberte quedado en tu casa, o si te tomabas un taxi en vez del subte, en caso de que realmente suceda después algo que se vuelva inolvidable. Si no, todo queda en una anécdota irrelevante del cumpleaños de un amigo al que fuiste con un tipo que conociste en el subte. Y eso, de “aventura”, no tiene nada demasiado interesante, no ?

  • juan ignacio

    Que buena historia!!! queremos foto del Sean Penn carioca.
    me encanta este blog, al leerlo en un momento del día estoy en la ciudad maravillosa

  • Rosario Cazenave

    Hola Ana, mi hija Montse , también pateo el tablero y se fue a Rio de Janeiro, me gustaría que se contacte contigo, tus notas me encanta, porque reflejan tanto el jeito carioca