Rutas nordestinas

 

Lo increíble es que parecía una buena idea. En vez de ir al aeropuerto, volar dos horas, pasar una noche en Salvador, cruzar en ferry una hora y media hasta la isla de Itaparica, viajar tres horas más en ómnibus a Valença y de ahí tomar una lancha que puede demorar entre una o dos horas -según las mareas- hasta Boipeba; sentarse 24 horas en un micro que va directo de Río a Valença parecía una gran idea. Por fin iba a viajar a la isla sobre la que estaba escribiendo desde hacía meses para un artículo, la isla que me obsesionaba, que me encantaba, que se había vuelto mi monótono tema de conversación. Después de todo, sentarme en el asiento 17, ventanilla, de ese ómnibus verde que subiría por el interior de Espíritu Santo y Bahia, sería una especie de descanso con vistas. Ya había viajado 41 horas de Río a Buenos Aires ¡qué eran apenas 24! sólo no contaba con el mail que mi editor me envió un día antes del viaje, el viernes de mi cumpleaños, pidiéndome que por favor me tomara el fin de semana para trabajar en la versión final del texto sobre la isla. El fin de semana era el tiempo que pasaría arriba de ese micro, del sábado al domingo.

Salí de mi casa atrasada, faltaban cuarenta minutos para la hora del viaje, y el taxista tomó por esa calle que tiene el peor semáforo de Río de Janeiro y del mundo entero, frente al Palacio de Guanabara. Apenas ocho segundos de luz verde (controlados por reloj) contra dos minutos y medio de luz roja a favor del tránsito de la avenida Pinheiro Machado. Ocho segundos, si el de adelante arranca a tiempo, permiten que pasen tres autos, a lo sumo cuatro. A veces la fila se extiende por tres cuadras. Ya hubo juntas vecinales, listas con firmas, pero no hay caso, el semáforo más corto del mundo durará menos que un bostezo, eternamente.

Me tocaron tres luces rojas, o sea, casi diez minutos parados en esa callecita angosta que es el deleite del vendedor de caramelos. Tiene tiempo hasta de ir a buscar cambio si quiere. Cuando logramos entrar entre los pocos afortunados de la luz verde ya eran las cuatro y media, el bus salía a las cinco. El taxista avanzó unos metros y quedamos atascados en una fila de autos que seguía hasta el túnel Santa Bárbara, ese que cuando no hay tránsito permite llegar a la Rodoviária en diez minutos. Iba a perder el micro. Y me iba a agarrar claustrofobia dentro del túnel. Le ordené, como quien huye de algo, que encontrara otro camino. Ya había perdido un colectivo la vez que viajé 41 horas de Río a Buenos Aires. Perder un bondi es triste, perder dos, y de esa cantidad de horas, es imperdonable. El taxista desvió para ir por la rua Alice, una que sube todo el morro de Santa Teresa y va a parar al Catumbí, más o menos por donde se hizo ese festival de cine francés. Me advirtió que sería tarifa dos y subió serpenteando la montaña a toda velocidad, hasta llegar a otro embotellamiento, del otro lado del túnel. Algo había pasado. Y yo iba a perder ese micro. Hasta le pregunté al chofer cuantas cuadras faltaban porque corriendo llegaría más rápido. Pero la idea era tan mala como ir en colectivo hasta Valença. Llegué dos minutos antes de las cinco, corrí, subí escaleras, bajé por una rampa infinita, busqué la plataforma 49 y encontré otra fila, pero de gente con muchos bolsos, y frazadas y almohadas y familiares. El expreso Gontijo llegó con cuarenta minutos de atraso.

Cuando me desplomé en el asiento 17, ventanilla, respiré como si hubiera logrado escapar de una persecución. Me dormí al instante, aliviada porque al lado iba una chica flaquita que no tenía pinta de roncar. Cuando abrí los ojos anochecía, la inclinación del respaldo empezaba a sentirse -o la falta de-, las dos mujeres de atrás conversaban como si estuvieran sentadas el living, y la chica de al lado había hecho amistad con el que estaba en diagonal. Media hora después las tres hileras de adelante y dos de atrás eran un grupo animado, como amigos de toda la vida. Hablaban cruzado, se reían, contaban sobre cómo el hermano de una cocinaba el pollo, sobre la moqueca que se iba a comer otro cuando llegara a lo de la mamá, sobre los trabajos, lo caro que estaba la vida. El de las dos hileras de adelante, que rápidamente si tornó el líder, vino a sentarse sobre el apoya-brazo, más cerca de la chica de al lado. Era el que más gritaba, el que, cuando me vio buscando con la vista algún lugar vació al fondo, me dijo riendo. -Baiano é assim.

No había más lugar. Anochecía. Paramos para cenar en el primero de una serie de paradores de ruta donde cada dos horas, más o menos, encontraríamos los mismos salgados, el mismo buffet con poca verdura, arroz, feijão negro y después, ya en Espíritu Santo y Bahía, porotos marrón claro; las patas de pollo, la carne dura con una salsa oscura, los dulces regionales también de colores oscuros, el café aguado con leche en polvo, la televisión pasando noticias sobre asesinatos, robos, casos de corrupción. Y los baños, grandes, con duchas. Faltaban veinte horas para llegar. El grupo de baianos no mostraba señales de cansancio. Yo, en cambio, tenía una mezcla de sueño acumulado, trabajo pendiente, resaca por el festejo de mi cumpleaños la noche anterior, y miedo de no poder soportar más las charlas cruzadas, los chistes, los chismes, las risas gritonas. A pesar de llevar un día con la nueva edad, me estaba convirtiendo rápidamente en una vieja amargada. Y responsable. Prendí la computadora, me puse los audífonos a todo volumen y Céu, Cibelle, Letuce, BNegão, Otto, Bonobo, Thievery Corporation y Miles Davis, me salvaron por un par de horas.

Dormí. Dormí toda la noche junto con el ómnibus entero. Mi amigo alemán, que ya había hecho ese viaje como cuatro veces, me dijo que llevara una frazada. Por suerte le hice caso. Parábamos en los paradores, caminábamos medio sonámbulos, íbamos al baño, alguno fumaba un cigarrillo, otro tomaba una coca-cola y volvíamos para seguir durmiendo, hasta el amanecer. A las cinco de la mañana del domingo faltaba la mitad del viaje. A las seis de la mañana, la hija del baiano líder, una mulata hermosa de unos seis años, iba a upa de la chica de al lado. Escribí todo lo que pude con los auriculares puestos. Algunos pasajeros empezaban a bajar. La de al lado mío iba hasta Ituberá, una de las ciudades más violentas de Bahía. Se quedaba hasta el lunes y volvía a Río para trabajar. Pasaría en su ciudad natal la misma cantidad de horas que demora en viajar.

El colectivo iba atrasado, como tres horas. El sol dominaba todo, así que la opción de ir mirando el paisaje quedó vedada por la cortina azul. El grupo empezaba a desmembrarse. Ya había bajado el baiano que trabajaba en São Paulo, las dos señoras que parecían estar en el living de la casa; y cuando llegamos a Ituberá se bajó la chica de al lado, a pesar del berrinche que hizo la hija del baiano líder, que enseguida se fue a hablar con otra chica que iba sentada más atrás. Quedábamos pocos cuando se hizo de noche y una piedra desintegró la primer ventanilla del lado derecho del micro. Cuando le avisaron al chofer, el tipo paró en medio de la ruta, hizo marcha atrás y se metió en un camino de tierra. Iba a hacer la denuncia a la comisaría de un pueblo porque sino lo iba a tener que pagar él al vidrio.

Eran las ocho, deberíamos haber llegado a Valença a las cinco. Ya no me sobraba ni una dosis de paciencia, así que en el medio del campo, bajo un cielo que parecía tener caspa de tan estrellado le armé un escándalo al chofer. Que tenía que llegar a Valença para terminar mi nota, que no nos podía dejar ahí tirados en el medio de la oscuridad, que nos dejara en Valença y después fuera él a la comisaría. El tipo implacable. Terminé en la comisaría cargando el celular y pidiendo la contraseña del wi fi así podía avisar a mi editor que mandar la nota era imposible.

Después de casi treinta horas de viaje, Valença. El infierno previo a Boipeba, las bocinas, el pagode reventando los parlantes de las camionetas, un puerto de río sin gloria, el último lugar donde se puede sacar plata del banco y la desgracia si uno se tiene que quedar a dormir. El hotel que me recomendó un amigo alemán quedaba a tres cuadras de la Rodoviária, pero de noche Valença es tan peligroso que hay que tomar taxi hasta por diez metros. Hotel Quick, limpio, barato, todo de azulejos blancos. Tomé un baño, pedí una pizza, la contraseña del wi fi, agua caliente para el mate, y me puse a terminar la nota de la isla a la que llegaría al otro día. Eran alrededor de las once y media cuando empezó el tiroteo. Se mataron a balazos durante una hora. Ni en Río los había escuchado tan cerca. Ningún otro final habría combinado mejor con la idea de llegar a Bahía por tierra. Lo increíble es que parecía una buena idea.

  • Susana

    Como siempre, no pude parar hasta el final para ver cómo había terminado todo; apasionante relato de una odisea contado con tu gracia habitual. Bravo!

  • Gwyneth

    Muy buen relato! No fue el viaje que esperabas, pero de otra manera no habrias tenido esta historia para contar!

  • María

    Es terrible ese semáforo. He pasado hasta diez minutos parada en la vereda sin poder cruzar la avenida.
    Ay, cómo extraño Río.
    ¡Besos, Anita!