Realismo mágico

 

Hay un chino en mi casa. Eso es porque la nota que escribí sobre los actos piscomágicos de Alejandro Jodorowsky fue traducida al francés. La publicaron en el diario Courrier International y la leyó Marianne Costa, ex pareja, colega durante catorce años y co-escritora de dos libros con Jodorowsky. A partir de ese texto Costa decidió volver a dar clases sobre psicomagia, y me invitó a una en Buenos Aires. Así que fui y le alquilé mi casa al chino.

De paso me daba una vuelta por Paraná, abrazaba al viejo, encontraba amigos de la adolescencia, huía del caos político de Brasil, esas cosas. Cuando salí, el país tenía una presidenta elegida por votación, cuando vuelva estará gobernando un hombre muy feo que se llama Temer. Una copia pirata de la serie de Netflix, House of Cards, con peor vestuario.

Fui a la clase de Marianne Costa. Mujer potente y dulce y sabia y alta. La única persona con la que hablé en el curso era un brasileño de Brasilia. Sabía leer las manos. Dijo que el blanco en las uñas era exceso de agua, demasiada emocionalidad. No sabía que las uñas también se leían. Ese día las tenía pintadas pero ahora las miro, hay blanco.

Le cuento a un colega periodista que voy a viajar a Paraná y me dice que siempre lo invitan de un hotel spa vegano. Me lo muestra. No lo conozco. Está bueno. Les estoy por escribir un mail porque voy a hacer una nota sobre la ciudad y un amigo paranaense me dice: no está más.

No está más. Una máxima paranaense que se repite con frecuencia.

- Y Los Pipos?
- No está más

- Floyd?
- No está más. Ahora está el McDonald’s.

El hotel Bio Citi tampoco está más. Se fundió. “No lograron atraer turistas”, dijo mi amigo paranaense. Cuando le cuento al amigo colega, se siente mal por no haber ido antes y ayudarlo con los turistas. Pero le digo que no se preocupe, que hace casi un mes que estoy en la ciudad y el Secretario de Turismo sabe que estoy haciendo una nota para el suplemento de turismo de uno de los diarios principales del país y no me atiende. Por ese tipo de cosas cierra un hotel nuevo con una propuesta diferente.

***
- ¿y por qué no fuiste a Paraná?, le pregunto al amigo colega
- pasa que el ex marido de mi mujer es de allá.
- bueno pero Paraná es grande, no creo que te lo encuentres.
- sí, pero al final siempre hay otro lugar que está antes en la lista.

***

Decido dar un workshop sobre crónicas de viajes y digamos que el universo conspira a favor. Una semana antes me entrevistan en radio, televisión, diarios locales. Una celebridad en la tierra natal que anda buscando novedades o aires tropicales, qué sé yo, pero en esa semana me siento importante, parece que lo que hago es importante. ¡Profeta en mi tierra! un acto psicomágico sanador en este pueblito de trescientos mil habitantes que tanta cosa me inculcó: naturaleza y traumas, por nombrar algunas.

Me llama el periodista de un diario para combinar una entrevista. Charlamos una hora y media, siento pena por el trabajo que le va a dar desgrabar todo eso y a lo último, ya con el grabador apagado, hablamos de Buenos Aires, las vidas, los trabajos y dice que su ex mujer está en pareja con un periodista de allá: con el mismísimo amigo colega que no fue al hotel vegano.

Eso también es una máxima paranaense y sucede con harta frecuencia. O sea con mucha, en chileno.

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Llovizna. Hace un frío mojado que te sube por los pies y te baja por la cabeza. Un frío compresor. Un frío para andar acompañado, o con guita. Solo con calefacción no sufre, pero solo pobre pasa un frío maldito. Hace un frío de cagarse.

Ayer vi un ex arroyo. Un arroyo que se llama Antoñico y está hecho añicos. Un arroyo tan tapado de basura que se puede caminar encima. Fuimos a sacarle fotos. Está al lado del Parque Urquiza, un parque tan lindo como el que hizo Burle Marx en Río, pero sobre barrancas y con balcones al río Paraná, donde desemboca el pobre Antoñico. Iba a escribir un post sobre el arroyo y justo ayer salió en la tapa del diario UNO. Y hoy El Once anunció que ya lo están limpiando.

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Una más. Porque ya sonaron las doce campanas hace rato -suenan las campanas cada cuarto de hora en esta ciudad-.

Una amiga, la que ilustra con sus fotos este texto, me lleva a una casa en la que dará clases de Kundalini yoga. Una casa que es una huerta urbana y donde hacen talleres de cocina consciente. Un oasis en el barrio repuestero en el que me crié.

Podría haber sido cualquier casa de las que está sobre la avenida Gualeguaychú, pero era justo a la que fui a jugar unas pocas veces cuando era chica. Iba poco porque había mucho olor a pis de gato. Un caserón de principios de siglo donde vivían dos hermanos que siempre andaban meados, una nena y un nene con los que tal vez hasta la pasaba bien pero olían muy mal. Como la casa. Que era oscura y tenía un fondo donde una vez, la última que fui, me clavé un fierro oxidado en la frente y me tuvieron que llevar al hospital para darme puntos y la antitetánica.

A esa casa ahora la transformaron en la mejor casa de todas. Y tiene nombre de colibrí en guaraní: mainumbí. Justo esa. Luminosa, amarilla, con muebles de madera que me gustaría tener en mi casa, y varios baños que también. Y una sala grande donde una curandera textil da clases de telar. Y una cocina preciosa con vista a la huerta repleta de zapallos, calabazas, lechugas, hinojos y un palo borracho centenario, que era el fondo donde me clavé el fierro.

En el fondo de la huerta hay alguien trabajando. Tiene las manos cubiertas de barro, el pelo largo, barba. Es igual a Jesús. Está construyendo una casa con barro y paja brava. Ya casi la termina. Hay fuego en la chimenea y una pava calentándose. Jesús se enjuaga las manos en un balde. Nos sentamos junto al fuego, sirve un mate con yerba orgánica, crisantemo y lemon grass y empieza a hablar. Entonces lo reconozco y él a mí. La última vez que lo había visto era un adolescente y lo que le habían inculcado en su casa no simpatizaba con mi apellido. El mate circula y la charla es deliciosa y arriba de la chimenea, en la pared de barro, hay incrustado un círculo de vidrio con una estrella de David en colores, enorme. El chico se ha convertido en un joven espiritualizado que se parece a Jesús y construye casas de barro con sus manos y a ésta la decora con un vitral judaico o hindú, porque en definitiva todos esos símbolos, la estrella de seis puntas y la esvástica, vienen de la India.

Los zapallos están grandes, pero verdes todavía. El río está bajando y lo que queda de la inundación es barro y basura. En la ciudad de la fiesta de disfraces más grande del mundo pasan cosas raras. Y las cosas están caras. Y las calles llenas de pozos y la basura mató el arroyo. Pero mañana voy a remar. Hay que remar. Re mar. Río que parece mar, eso es Paraná en tupí guaraní. Mar. La semana que viene, el mar. 

© Todas las fotos son de Marina Geralnik

  • Susana

    Genia!!!