El pueblo de los pescadores

 

Es de noche. Pueden ser las once o las tres. Las olas golpean la pared de la casa con tanta fuerza que pareciera que en cualquier momento los cimientos van a desenterrarse de la arena y salir navegando. Una casa-barco, de dos pisos. Abajo funciona una panadería, arriba la casa, tipo loft, construida en la orilla cuando no había ley que lo impidiera. De un lado el mar, del otro, la calle de arena de Cova da Onça -Cueva del Leopardo- donde se alinean la mayoría de las casas, todas pintadas de colores estridentes, todas bajas. Un temporal inundaría el lavadero. Porque el balcón, que tiene el mismo ancho de la casa, unos cuatro metros, no da al mar, el balcón y los ventanales de madera dan a la calle principal. Al mar dan el lavadero y el baño. En un pueblo donde las abuelas salen a pescar con sus nietos, la vista al mar no significa ocio.

El mar de Cova da Onça, el poblado más aislado de la isla de Boipeba, no sale en las revistas de viajes. Tiene el color del río y el fondo de barro. No es turístico, es pesquero. De los ochocientos habitantes que viven en esta costa angosta, que es más chica que la playa de Flamengo, en Río de Janeiro, casi seiscientos están afiliados a la Asociación de Pescadores y ciento setenta de estos pescadores y marisqueros son mujeres. A lo único que van los turistas a la Cueva del Leopardo es a comer langosta en uno de los cuatro restaurantes. Llegan en unas lanchas que dan la vuelta a la isla, comen, toman cerveza y se van.

Cova da Onça, que se llama así por una gruta venida abajo donde dicen que vivía un leopardo, provee pescados y mariscos a los restaurantes y posadas de la isla y alrededores. Pez aguja, robalo, pampo, pez batata, abadejo, anchoa, vermelho, pez gallo, sardina, cascuda, baiacú. Guaiamum, un cangrejo enorme de color azul, y tapajoca, la hembra que hay que soltar para que se reproduzca. Siri cosa, siri chita, zarará, siria poa, siria regatera, cangrejo y aratú. Y también peguarí, un molusco que vive dentro de una concha color salmón o blanca que tiene la forma de un fractal y que Mr. Cabeludo, un pescador que creó el Museo del Hueso en Velha Boipeba, expone y vende a dos reales. En la playa de Cova da Onça hay que esquivarlos para no pisarlos. La Bahía de Guanabara, el primer lugar de Río de Janeiro donde se asentaron los portugueses, debe haber estado lleno de peguarís. Ahora en la playa de Flamengo se pueden recolectar quinientas tapitas de botellas plásticas en una sola caminada. Caracoles modernos urbanos.

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