Desde el cielo

 

Estoy en el cielo, con Jesús. En la cama. Y para donde miro hay verde, hay mar, hay celeste. Hay un sabiá, un zorzal, que se pelea con su propio reflejo contra el vidrio del baño. Son las cinco y media de la mañana y el cielo parece de fuego. Los rayos de un sol oblicuo y todavía tibio atraviesan las amendoeiras y la habitación, que es toda de vidrio, hasta iluminar partes de la hamaca en la terraza y la bañera de madera para dos personas que está a la intemperie, rodeada de bosque tropical.

Jesús no está en la cama. Jesús es el dueño de este pequeño hotel que se llama O Céu de Boipeba. El cielo de Boipeba. Estoy sola en la habitación más romántica del hemisferio sur. Nunca, nunca vengan a este lugar si no es acompañado por alguien con quien quieran compartir la cama. Cuando João, que trabaja en el hotel, me acompañó al cuarto seis, casi me largo a llorar y casi me largo de ahí, como se dice en buen español.

- La clienta del cuarto seis se quejó de que la habitación es demasiado romántica y ella está sola, le dijo João a Jesús. – Yo casi me ofrezco para quedarme con ella. Esto me lo contó Jesús varios días después.

De haber sabido.

João Paulo es nativo de la isla pero parece alemán. Su abuelo era alemán. -Un hombre bravo, cuenta el chico con la vista perdida en el mar manso, los coqueiros y todos los tonos de verde. Tanto que la abuela se escapó cuando su mamá tenía un año y no volvió más. Hace poco fueron a ver a una señora que tenía el mismo nombre y vivía sola pero que dijo que no tenía nada que ver con esa historia. -Pero claro, después de 80 años de haberse fugado, mira que va a reconocer que es ella. Dice Jesús, como buen español.

Jesús Gutierrez llegó a Boipeba junto con el reality show español Billete a Brasil. Y lo ganó. Primero tuvo la posada Luar das Águas, que fue el premio por ganar el programa, y desde hace dos años es el dueño de O Céu de Boipeba, que funciona en lo alto de una colina, en una casa de madera y vidrio que pertenece y fue construida por el diseñador de moda polaco Arkadius Weremczuk.

El sol se eleva junto con la temperatura. El invierno bahiano es una ilusión y los abrigos que traje son un sobrepeso inútil. Dos buitres revolotean por el techo de la habitación, bajan a las ramas del almendro, al balcón, y uno entra al cuarto, pasa al baño, caga el piso y desarma con el pico el rollo de la toalla bordó que está debajo de la pileta con la ilusión de que fuera una presa muerta. Nunca vi buitres tan de cerca, tan amigables y confianzudos como los de Boipeba.

El desayuno es en la galería de la casa, con vista a la inmensidad, y de igual tamaño: café, jugo de cupuaçú, de cajú, de abacaxi, de goiaba. Torta, mingau, que es avena cocida con pasas de uva y canela; banana da terra cocida, yogur, cereales, panes, quesos, huevos revueltos, crepes, y no es buffet, todo eso llega a la mesa, que da al mar.

Acabo de volver de almorzar. Esto es pasar por una cancha de fútbol de arena que está al lado del hotel, en la cima del cerro, donde todos los días hay partido a las cinco de la tarde; bajar por un sendero entre árboles de mango, de mangaba, de maracujá, bananos, palmeras, algunos alambrados y por fin la playa bahiana, con esa brisa suave, y ese mar suave; dos o tres mesas sobre la arena y el restaurante Tassimirim, una casa de adobo y techo de hojas de palma donde Luciano cocina la mejor moqueca de la isla. De camarón, de pulpo. Y esto no es exageración, es la pura verdad, no sé como lo hace el hombre, porque nombra todos los ingredientes y no tienen nada de particular. -El secreto es que todo es fresco y hecho en el momento, el pulpo, el coco, la banana, la albahaca, dice Luciano. Por eso demora, pero a quién le importa esperar en esa costa que es la postal viva de Bahia.

La hora estrella de O Céu de Boipeba es el atardecer, hora en que termino estas líneas, con el sol tibio y oblicuo como el de la mañana pero del otro lado, que atraviesa las hojas de la palmera y bañan de dorado la hamaca de la terraza en la que me balanceo y floto entre el mar y el cielo.

Los comentarios están cerrados.