La llama dentro del túnel

 

Primero pensé en alquilar mi casa para las Olimpíadas, como lo pensaron todos los habitantes de Río, cariocas y gringos. Una pareja de paulistas estuvo a punto de quedarse durante los veinte días, por una buena cifra. Pero eligieron Copacabana.


En el desespero activé una opción de Airbnb que te permite recibir reservas inmediatas, o sea, sin que te consulten nada antes. Y una señora inglesa eligió mi casa para quedarse tres días en el medio de los Juegos. Tres malditos y molestos días. Intenté cancelar la reserva, pero quedaría con un cartel en mi perfil poco favorable. Le pedí que la cancele explicándole las razones, pero si lo hacía ella, el sitio le cobraba las comisiones igual. Respiré. Acepté.
Fazer o qué.

Unos días después me llamaron del departamento de comunicación del Comité Olímpico brasileño para una entrevista de trabajo. ¡Por eso no salió lo de alquilar mi casa a la pareja de paulistas! ni a ninguna otra persona salvo la señora inglesa por tres días. Porque estaba destinada a trabajar dentro de este megaevento súper importante, odiado y deseado, criticado pero necesario. La entrevista, un éxito. El puesto era community manager, redes sociales, en español. Salario gordo. Dos meses de trabajo, para los JJOO y los Paralímpicos. Ir a Barra da Tijuca todos los días. 

Del mismo Departamento me llamaron para otra entrevista. Esta vez para redactar textos en español para la web oficial. Perfecto, mejor aun. La entrevista, un éxito. Salario gordo. Besos y abrazos. Enseguida me anoté en el MEI, un sistema tributario parecido al Monotributo. Crecimiento profesional. Madurez de una buena vez. Una persona seria y comprometida. Eso. Menos mal que no alquilé el departamento por los veinte días.

Los días pasaban. Nada de noticias del Comité. Una semana antes de la fecha de inicio del trabajo me respondieron que no, que al final no había presupuesto. Pero me llamaron del otro sector, del community manager, que todo seguía en pie, que estaban esperando no sé qué confirmación. Día tras día la confirmación no llegaba y mi ansiedad aumentaba.

Una noche estaba cenando con varios colegas periodistas y todos hablaban de las fiestas, de las inauguraciones de las casas de los países, de la competencia de voley de playa, de la casa Omega en Ipanema, de los recitales en el Boulevard Olímpico, y a mí se me fue cerrando el pecho. No vería nada de eso. Estaría todos los días de las Olimpíadas encerrada en una oficina en Barra da Tijuca, twitteando.

La madrugada siguiente me desperté de un sobresalto, a las cuatro. Faltaban tres días para empezar el trabajo y no me habían confirmado nada pero supuestamente todo seguía en pie. ¿Todos los días a Barra da Tijuca? si ya era una pesadilla ir alguna que otra vez, todos los días podría ser una catástrofe. Y me imaginé en un cuarto oscuro, respondiendo preguntas por las redes sociales y explotando al cuarto día. Pero el salario era gordo. No podía declinar una oportunidad como esa. ¿Qué hacer?

Llamé a mi ex psicóloga que de vez en cuando se junta conmigo en un café y me tira unas sogas de rescate.

-Sí, sí, todo muy lindo -dijo- pero vos en ese trabajo ni en esta vida ni en la próxima.

Alivio interior. Al salir le mandé un mensaje al chico del Comité para decirle que no iba a aceptarlo. De todas formas no me habían confirmado y supuestamente el lunes arrancaba. -Ay no, sos la segunda persona que renuncia, dijo el chico atormentado porque toda esta falta de organización lo afecta directamente.

En ese momento decidí que lo mejor que podía hacer durante estos Juegos en los que ya intentaron apagar la llama; un artista que llevaba la antorcha se bajó los pantalones para mostrar su cola donde tenía escrito “Fora Temer”; los chinos quedaron atrapados durante un tiroteo en la línea vermelha al salir del aeropuerto; un señor que se hizo pasar por un miembro del consulado ruso mató a un asaltante en Barra da Tijuca; los policías dispararon balas de goma contra niños y ancianos en Duque de Caxias, lo mejor que puedo hacer, en definitiva, es participar. Ir a las casas de los países, subir al globo aerostático del Boulevard Olímpico, ver todos los recitales posibles, intentar conseguir una entrada para ver gimnasia artística y meterme de cabeza en este evento histórico, como si fuera un carnaval. Que empiece la fiesta. Me voy en bicicleta, al menos gracias a los Juegos Olímpicos iluminaron el túnel del terror. 

  • H. Keines

    Ana, algún comentario sobre Zika? Recuerdo que en Febrero escribió sobre su escepticismo y la impresión que había intereses económicos detrás de la supuesta campaña para relacionar al virus con la microcefalia. En ese momento le sugerí que lo suyo no es la medicina, la epidemiología o la política sanitaria. Pasados 6 meses y con la información que existe hoy, le parece que su comentario de Febrero fue prudente o descolgado?
    Espero su reflexión, en especial si volvería a escribir lo mismo.
    S2
    Keines

    • http://blogs.lanacion.com.ar/rio-de-janeiro/ Ana

      Keines, dudar de casi todo es mi única certeza. Y mi cabeza arma historias fantásticas sobre mosquitos artificiales, aviones que dejan una raya en el cielo que luego toma forma de nubes tipo empedrado, pero no son nubes, de extraterrestres y conspiraciones, por eso aquí me dedico a escribir en un formato libre, no periodístico, no informativo, descolgado para algunos, interesante para otros. Le agradezco el comentario, voy a volver a leer sobre el zika, pero no le prometo nada. Saludos!

      • Keines

        Gracias Ana! Me reconforta su respuesta y su humildad. Le deseo felices juegos olimpicos, y seguimos en contacto.
        K.

  • Gwyneth

    A disfrutar, Ana! Me imagino que Rio debe ser una fiesta, a aprovecharla!