El cambio

 

“Cambia de camino cuantas veces sea necesario” es la frase de cabecera de un ex novio. Y se aplica a personas, profesiones, trabajos, casas, looks, hábitos, lo que sea. Como dice el Buda Gautama: lo único permanente es el cambio. 

Cada tanto me llegan mensajes de amigos de infancia, compañeros de trabajo de mi mamá, amigos de gente que vi una vez en la vida, lectores del blog y completos desconocidos para contarme que andan con ganas de venirse a vivir a Río de Janeiro, si les puedo dar algunos consejos o recomendaciones.

Una vez una gran amiga que se iba de viaje con su novio a Tailandia, también me pidió consejos. Yo la mandé directo a unos bungalows que se llamaban High Life en la isla de Ko Phangan. Unas cabañas construidas sobre unos acantilados y una vista impresionante del mar turquesa del Golfo de Tailandia. Le hablé con tanto entusiasmo de este lugar que a mí me había encantado que ella no dudó en ir. Y al día siguiente de llegar, se fueron a otro lado. No les gustó. Desde entonces aprendí que dar consejos es muy peligroso, los puntos de vista son siempre subjetivos y personales. Lo que le funciona a uno no siempre le funciona al otro.

Todos estos mensajes que recibo, de arquitectos, vendedores de autos, médicas, psicólogas, diseñadores gráficos, estudiantes, etcétera, tienen en común las ganas de un cambio. Y en eso soy siempre a favor. “Cambia de camino cuantas veces sea necesario”. En mi caso sabía que no me iba a perdonar nunca mirar hacia atrás dentro de diez, veinte, cuarenta años y preguntarme ¿qué hubiera pasado si…? prefiero arrepentirme de haber hecho, de probar y que no salga bien. Prefiero tener que volver adonde estaba antes que quedarme con la incertidumbre. Creo que esa sensación de lo no realizado queda alojada en el cuerpo y en algún momento lo enferma. No hay ninguna garantía de que las cosas salgan bien si uno deja todo y cambia de vida, ninguna. En cambio, está garantizado que si uno no cambia, nada cambia.

También hay una idealización del cambio. Cuántas veces escuchamos o decimos “me quiero ir a la mierda”, como si eso solucionara todo. Es cierto que el contexto influye, no es lo mismo pasarla mal en el microcentro porteño un viernes a las cuatro de la tarde que en la playa de Ipanema. Pero también es cierto que a la mierda uno la lleva consigo adonde vaya. Cambiar de lugar no soluciona nada si el que no cambia es uno. Y cambiar es incómodo, es renunciar, es empezar todo de nuevo, es no saber nada, es pagar caro, es solitario, es dificilísimo. Pero, claro, las recompensas llegan en dosis proporcionales.

Brasil es un continente, y cada estado un país diferente, así que venirse a vivir a Río porque uno se enamoró de las palmeras del resort de Maragogi, en el Nordeste, es un poco precipitado. Si uno quiere vivir en Río de Janeiro lo recomendable sería googlear mucho, viajar un tiempo considerable a Río, ver como uno se siente, aprender el idioma, recorrer los barrios, intentar contactar gente del ramo que a uno le interese, averiguar sobre alquileres temporarios -porque para un contrato de treinta meses se necesita un fiador-, meterse en las comunidades de Facebook, como Argentinos en Río de Janeiro. Vivir un poco, porque vacaciones son vacaciones y la vida diaria es un montón de cuentas para pagar, el Metrô que no funciona y servicios pésimos. Entonces un estudio de campo siempre es más recomendable que un salto al vacío.

Una vez en Río, no está de más visitar el Consulado Argentino, entender todo el tramiterío por el que hay que pasar para obtener la residencia, sacar el CPF -una clave única fiscal que es indispensable para vivir en Brasil-; meterse en grupos para conocer gente como Internations o Couchsurfing, hacer algún curso de algo para integrarse un poco a la sociedad y, sobre todo, ver cómo uno se siente en la ciudad. Y como la ciudad lo trata a uno, seguir las señales. Porque Brasil tiene una energía parecida a la India, fuerte y decidida, te acepta o te rechaza. Si todo fluye relativamente, uno va por el buen camino, si no, más vale no empeñarse, porque cuando el lugar decide que no, es no. Y hay que aceptarlo. Conocí, por ejemplo, algunos argentinos que querían Río pero terminaron en Búzios, mucho más chico, amigable, fácil y barato. Y lleno de argentinos.

Hay que probar, esa es la única forma de saber. En general, cuando las ganas son reales y uno se dedica de lleno, los caminos se abren y a veces llevan a lugares inimaginables. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿volver?.

  • Susana

    Más Ana que nunca! El cambio, desde antes de nacer…

  • veronica

    Gracias Ana muy util tu informacion!! saludos desde Malargue-Mendoza