El cambio

Taxi, taxi, taxi, uno atrás de otro me ofrecen taxi como si no escucharan la negativa al de al lado. Elijo el ómnibus. El chofer se va a tomar un café antes del viaje. La salida se atrasa y cuando quiere recuperar el tiempo perdido maneja el coche rojo como si fuéramos ganado. Porque el ganado sí que está perdido cuando viaja. Como si fuera mercadería. Es mercadería. El tipo le gana a los choferes de los colectivos de Río.

Pasamos los cañaverales de bambú. Desde el avión se veía como el cemento está comiéndose el verde con nuevos condominios, barrios, edificios. Pero los bambúes  sobreviven, altísimos, curvos, frondosos. Salvador tiene la salida de aeropuerto más linda del mundo.

Ante la velocidad devoro chizitos, miro el paisaje y me hago la distraída hasta que en cierto momento nos inclinamos un poco más de la cuenta hacia el lado de mi ventanilla, el chofer se prende a la bocina y zafamos de un accidente porque a veces el universo decide que mejor no.

Un señor avanza por el pasillo agarrándose a lo que puede y le grita al motorista que desacelere, -isto não é mercaduria não, le dice y que si está atrasado problema suyo. El chofer balbucea algo que no se entiende y el señor, defensor de los transportados,  agrega -usted está conduciendo de forma inadecuada. El conductor dice algo más, no escucho, pero mi héroe bajito, clarito, de anteojos, mi brasileño indignado que alza la voz entre todos los callados le contesta “então mude“, entonces cambie. Y el chofer cambia. Mudo. Y ahora avanzamos normalmente, en plena noche a las seis de la tarde, por la costa de esta ciudad en la que nadie sabe los nombres de las calles.

Camino de piedras

“En el medio del camino había una piedra. Había una piedra en el medio del camino”. Así empieza uno de los poemas más famosos de Carlos Drummond de Andrade, cuya estatua de bronce está en la también famosa vereda de Copacabana. A veces le roban los anteojos a Don Carlos. El bronce cotiza alto. Y la fama de la orla de piedra portuguesa de Copacabana más aun. Tanto que cuando vemos una foto como la de arriba, inmediatamente pensamos en la playa carioca. Só que não. Las curvas en blanco y negro de la imagen pertenecen a la auténtica calçada portuguesa de Rossio, en Lisboa. Seguir leyendo

Turistas

Turistas, turistas, turistas. Turistas por todas partes. Turistas con cámaras, en havaianas, con sombrero, en tuk-tuks, esos transportes importados de India. Fila de turistas para entrar en la Librería Lello, establecida en un edificio de 1906, la más linda de Oporto y entre las más lindas del mundo, según The Guardian y Lonely Planet.  Seguir leyendo

TransCarioca

-¿Cuándo podremos salir del Galeão, el aeropuerto de Río, en Metro?. -No sé, pero no creo que yo viva para verlo, responde un señor carioca de unos 60 años en el ascensor del Metro del aeropuerto de Lisboa. Seguir leyendo

Mais uma, por favor

Sábado de mañana. Un grupo de chefs, periodistas gastronómicos, dueños de restaurantes, sommeliers, asesores de prensa y quien escribe viajamos en una trafic último modelo rumbo al lugar preferido de la Emperatriz Teresa Cristina, esposa de Don Pedro II: Teresópolis. A probar una cerveza.  Seguir leyendo

Aguafuertes cariocas

Pocos saben de su existencia. Cada vez que entré a una librería de Buenos Aires para preguntar por las Aguafuertes cariocas de Roberto Arlt me miraron raro, como si estuviera confundida. Después buscaban en el sistema. Ah, sí, está agotado, decían los libreros desorientados. Al final lo encontré en Cúspide. Seguir leyendo

Corazones isleños

Mirella Guidorizzi es diseñadora de indumentaria y como la mayoría de las personas que viven en Ilhabela, cambió la vista infinita de edificios paulistas por otra infinita, pero de mar y selva. La conocí en Baía dos Castelhanos, que integra el top ten de las playas más lindas de Brasil. Desde lo alto del mirador se puede ver su forma de corazón. Seguir leyendo

El periplo

El 2 de abril, día de los caídos en Malvinas, me subí a un micro y me fui a la Argentina. Volar en avión cada vez me gusta menos, en cambio la tierra no me cansa, aunque hayan sido 41 horas. Suena a tortura pero la verdad que fue un Spa, asiento individual, coche cama, pero cama de verdad, 180º, películas, el paisaje que pasa y lava la mente, la imposibilidad de hacer absolutamente nada, más que dejarse llevar, y escribir. La crónica del viaje se puede leer acá.

Seguir leyendo

Moqueca

La Moqueca no es de Río, pero no importa, hace rato que este blog tampoco. Puede ser Baiana, da Bahia, o Capixaba, de Espírito Santo, el Estado que está al norte de Río de Janeiro. Puede ser de peixe o camarão. Se cocina en una olla de barro y la que más recuerdo es una que comí en Oficina do Sabor, un restaurante de Olinda, Pernambuco, donde si pedís el plato de día te regalan un plato de cerámica de la Boa Lembrança. Hay coleccionistas que van comiendo platos del día por los todos restaurantes asociados. Mi plato, dónde habrá quedado. Seguir leyendo

Por fin el Pacífico

Estoy donde la selva cae en picada directo al mar, donde no hay señal de celular, donde las ballenas pasan por la bahía dando saltos con sus crías recién nacidas, donde el Pacífico es fiel a su nombre: calmo, cálido, claro y tiene peces blancos con lunares verdes fluorescentes. Estoy donde todavía se encuentran caracoles. Donde el patacón es un plátano aplastado y delicioso que hace las veces de pan y es resistente a la humedad. Porque nada resiste a la humedad en el Pacífico Colombiano. Donde se baila chirimía y la gente no tranca las puertas de sus casas; donde se llega sólo por mar. Del conflicto más extremo al Pacífico más extremo. Y de aquí directo a casa. Por fin.