Arena de oro

Todas las tardes sin lluvia, el productor Fabio Tabach publica una foto en las redes sociales desde su escritorio. En portugués escritorio significa oficina, y el de Tabach, como el de otros miles, es de arena, mar y tiene como fondo el Morro Dois Irmãos. En su tarjeta aparece la siguiente dirección: Av. Vieira Souto s/n, Posto 9, Ipanema.

Seu Mario es paulista, tiene el pelo blanco y mide 1,90. Debe haber sido banquero, o ingeniero eléctrico, o vendedor de autos. Ahora vende mousse de chocolate, frutilla, maracujá. Cuando empezó, hace nueve años, a un real, ahora a tres. “Es el mejor -grita con voz grave-, no soy yo el que lo dice, é o povo de Ipanema que diz“. Camina por la arena en sandalias y, como Tabach el productor, trabaja sólo cuando hay sol. En Ipanema los días hábiles dependen del clima.

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Cyborguinho

Muchos querrían tener la vida de Cyborguinho. La mejor parte de la vida de Cyborguinho. Va a la playa todos los días de sol, todo el año. Al Posto 9 de Ipanema. No trabaja. Se la pasa mirando chicas lindas con una sutileza de caballero que ya no existe. Y fuma marihuana gratis.  Seguir leyendo

Escapadas

Domingo, ocho y media de la mañana, día despejado, auto alquilado desde la noche anterior. Es cierto que Río es una ciudad balnearia pero a veces también viene bien una escapada, sobre todo si es a la playa de Itacoatiara, en Niterói. Seguir leyendo

El Uruguayo

-Estás en Ipanema? veníte al Uruguayo, barraca 80, me dice el tano. Había llegado obligada por mí misma. Los domingos me da entre pereza y pánico encarar la playa. Mucha gente, la ciclovía explota, Ipanema es un infiernito, periferia en la Zona Sul. Muvuca, que es el nombre de una barraca del Posto 9 y quiere decir amontonamiento, tumulto. Estar en la muvuca es estar en el medio del quilombo. Y el uruguayo era un quilombo de gente, sombrilla pegada con sombrilla, piernas con hombros, bunda con cabeza. Pero menos mal que salí de casa y del barrio y encaré lo que siempre soñaba en Buenos Aires, ir a la playa un domingo, lo soñaba literalmente. La capital tenía una playa descomunal y era la ciudad más perfecta del mundo. ¿Buenos Aires con playa? Dios, la gloria. Pero no tiene.

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Encuentro cercano

El mar parecía un lago, la arena estaba limpia y la playa, desierta. Atardecía detrás de los edificios de Flamengo y al otro lado de la Bahia de Guanabara, Niterói se veía hermosa, dorada y rosa.

Cuando lo vi tuve que parar de correr. Estaba parado frente al mar, solo y tieso. Me acerqué despacio hasta ver sus ojos, color miel, como su piel. Quedamos tiesos los dos, mirándonos. Cuando di un paso más levantó las pinzas y supe que estaba vivo. Era la primera vez que veía un cangrejo de ese tamaño en una playa de Río.

No sabía si agarrarlo para devolverlo al agua, en realidad no sabría ni cómo agarrarlo y si tiene que ir al agua. Se parecía a WALL-E, tal vez por los ojitos despegados del cuerpo. ¿Estaría herido? ¿perdido? Abría y cerraba su boca alienígena. Empecé a hablar, a decirle que no sabía si necesitaba ayuda o no. A pedirle perdón por todas las atrocidades cometidas por los de mi especie, que no éramos todos malos. Empecé a llorar. Él bajó las pinzas y quedamos ahí, examinándonos. Lo más loco fue que hablar con el cangrejo de Flamengo me pareció lo más cuerdo que hice en el día.

Los infinitos adjetivos de Copacabana

Juliana Rocha es una de esas chicas a quien el fotógrafo de Rioetc, el primer site de cool hunting de Brasil, pararía en la calle para preguntarle si puede sacarle unas fotos. Pero resulta que Juliana, de 26 años, original de Ceará, es la Editora de Imagen de Rioetc y cuando la conocí, unos cinco años atrás, era ella quien paraba personas para fotografiar.

Los Rolling Stones, el Papa Francisco, los Argentinos, todos han pasado por Copacabana y cada uno dejó su huella. La princesinha do mar, como se apoda al barrio más famoso de Brasil es amada y odiada, magnífica y horrible, áspera y excitante, pero no voy a ser yo quien la adjetive, de eso se encargó la fotógrafa Rocha, que un buen día, por acaso, o porque Tiago Petrik, su jefe, le pidió si podía llegar más temprano a la oficina, comenzó a correr por la orla de Copa acompañada de su celular a la hora del amanecer. Sensible a la luz de la aurora, como buena observadora, la comenzó a registrar. Cada día una foto adjetivada que pasó a publicar por Instragam (@rochajuliana). Así surgió la serie Copacabana Sentimental.

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Declaración jurada

Ni por trabajo, ni por amor. Por paisajes como éste me vine a vivir a Río de Janeiro. Para poder verlo diariamente. Para estar en él diariamente. Y por paisajes como éste me hice adepta a correr, descalza, sobre la arena -que hoy estaba impoluta-. Y por correr descalza desapareció un juanete porteño que me había salido por usar un par de botas lindas por demasiado tiempo. Lo juro. El médico que vi en su momento me dijo que el hueso empezaría a salirse cada vez más, que si dolía habría que operar. Y una le cree porque es el médico. Y si una lo cree, sucede, porque así funciona la mente. Pero el juanete no creció, se fue. Sumiu. it’s gone. Sí, yo creo que venir a Río fue una buena decisión.

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Açaí, açaí, grita por el megáfono el vendedor del mejor açaí de la playa de Ipanema, con su sunga negra que en la bunda dice carioca con letra manuscrita, y me presenta a su hija, que debe tener unos 4 años, hermosa, mulata y con un beso marcado en el cachete  derecho, el rush rojo de unos labios gruesos.  Seguir leyendo

Solsticio de junio

La noche más larga del año en Río, el día más largo del año en Tel Aviv. Domingo es día de descanso en Brasil y el primer día laboral de la semana en Israel. En los dos lugares se va a la playa el sábado, hay chicas lindas en bikini y hombres musculosos; se juega altinha y frescobol -a la paleta-, se escucha mucho Trans, un estilo de música electrónica; hay surfistas y la gente deja todo tirado en la arena. Tapitas, botellas, paquetes de semillas de girasol -un snack común en Israel-, ojotas rotas, servilletas usadas, y bolsas, las medusas de nuestra época. El tibio Mediterráneo se traga todo, igual que el Atlántico.  Seguir leyendo

El mejor trabajo del mundo

El mejor trabajo del mundo. Así se llama el libro de Carolina Reymúndez, cronista de viajes con 20 años de camino recorrido. Sus relatos son casi las únicas notas de viaje que no me aburren, que me dejan con ganas de leer más, otras, todas. No compré el libro aun, pero está en la listita de la semana. Para que vean que no exagero, aquí hay un adelanto.

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