Che ¿qué es la capoeira?

Un arte marcial, una danza; expresión corporal, acrobacia y música, todo esto forma parte de la capoeira, una creación afro-brasileña de los descendientes africanos con influencias indígenas que surgió a principios del siglo XVI y en noviembre de 2014 fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

En Bahia es donde más se practica, pero hay escuelas de distintas corrientes de capoeira por todo Brasil. Destreza, fuerza, armonía, sincronía y flexibilidad son algunas de las cualidades que se necesitan y desarrollan con la práctica de esta actividad que tiene adeptos en el mundo entero. En este micro video, el Che, un bahiano radicado en la isla de Boipeba, habla del berimbau, el instrumento fundamental de la capoeira e ilustra este arte que forma parte de su vida. ¡Activen los subtítulos!

Capoeira en Moreré from Ana Schlimovich on Vimeo.

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Otro tiempo

-¿Qué hace Ana todo el día?, le pregunta un amigo reciente a un amigo más antiguo. El más antiguo dice algo por confirmar que me conoce, pero ninguno de los dos sabe. Nadie sabe.

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Bahia Amado

Era un carnaval como este, en 1943, cuando Vadinho, el primer marido Doña Flor, disfrazado de baiana y sambando borracho en un bloco de rua, se desplomó sin aviso en el piso duro y “desertó para siempre del carnaval de Bahia”.  Seguir leyendo

Misterios del manglar

Después de una playa desierta que unos días es paradisíaca y otros se convierte en un cementerio de basura plástica que llega por mar, hay que atravesar un coqueiral. Y al pasar un área de arena blanca que parece una cancha de fútbol empieza el manglar. El secreto es conocer la entrada, si no, esta ciudad de árboles con raíces retorcidas que no tiene fin, un escenario que parece el escenario de un filme de Tim Burton, se convierte en un peligroso laberinto donde ya se perdieron varios.

El manglar: un criadero de vida; una protección natural para huracanes y maremotos, un bosque de barro que esconde unas conchas que se llaman lambretas, moluscos parecidos a la almeja, deliciosos con limón. Welber, un pescador de Boipeba que estaba enterrado en el barro, explicó todo -para la cámara- sobre este bichito que tiene una pata blanca que estira para poder desplazarse y me convidó unas para comer allí mismo, en el medio del barrial, crudas. Tan ricas que ni siquiera necesitan sal. Después le compré cuatro docenas de lambretas para llevar a casa. Ninguna saudade de hacer la fila del supermercado.

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Identidad registrada

Tião, un moreno robusto del que decían que manejaba bien y despacio, me entregó el casco. Eran las ocho y media de la mañana del sábado y aunque el sol azotaba, la tierra olía a lluvia. Esas tempestades bahianas que lo mojan todo y duran nada. Por un camino de arena que sube y baja y pasa debajo de cajueiros cargados de frutos, por una selva fresca y espesa, por charcos de agua que empiezan a evaporarse, por surcos de un metro y medio que fueron formándose con las idas y venidas de los tractores, por palmares y campos de mangabas, una fruta deliciosa del tamaño de una pelota de golf, por lomadas que dejan ver el mar turquesa, avanzamos sin resbalar. Seguir leyendo

Un lugar desconectado

Vivir sin internet es difícil. Uno se desespera. Ahora, por ejemplo, intento subir una foto desde la mañana. Y nada. Da error. Queda trabada al 85%. Completando. Es el arte de ejercitar la paciencia, que la verdad que acá, es fácil de ejecutar. Ahora escribo en una hoja de word, por ejemplo, en vez de escribir directamente en el blog, como hago siempre. Y es como lo hacía hasta los 90, cuando no había internet. Teclear, escuchar las teclitas suaves de la compu, imprimir en simultáneo en una pantalla blanca que te mata la vista. Seguir leyendo

El pueblo de los pescadores

Es de noche. Pueden ser las once o las tres. Las olas golpean la pared de la casa con tanta fuerza que pareciera que en cualquier momento los cimientos van a desenterrarse de la arena y salir navegando. Una casa-barco, de dos pisos. Abajo funciona una panadería, arriba la casa, tipo loft, construida en la orilla cuando no había ley que lo impidiera. De un lado el mar, del otro, la calle de arena de Cova da Onça -Cueva del Leopardo- donde se alinean la mayoría de las casas, todas pintadas de colores estridentes, todas bajas. Un temporal inundaría el lavadero. Porque el balcón, que tiene el mismo ancho de la casa, unos cuatro metros, no da al mar, el balcón y los ventanales de madera dan a la calle principal. Al mar dan el lavadero y el baño. En un pueblo donde las abuelas salen a pescar con sus nietos, la vista al mar no significa ocio. Seguir leyendo

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