San Agustín: Rebelde con causa (la mía)

 

Ayer fue el día de San Agustín y varios amigos y familiares me saludaron por ser mi santo. Como todos los años les agradezco y socarronamente acoto: “Por suerte el día ya tiene dueño. Otro Agus lo logró y entonces yo ya no me tengo que esforzar y me puedo portar mal”.

No termino de decir eso que recuerdo que justamente es el comportamiento rebelde de Agustín lo que más me atrae de su santidad y me identifica con su personalidad. Por eso hoy, aquí y en este escrito “yo confieso ante ustedes, hermanos”.

Antes de su conversión San Agustín era un rebelde sin causa y el dolor de cabeza de su santa madre, Mónica, católica practicante quien lo educó en la Fe. Pero Agustín se fue apartando de la oración y eligió una vida desordenada. Su carne fue débil, su espíritu, no tanto y su intelecto, ¡para nada! Apasionado por las letras, la gramática, la retórica y filosofía cuestionaba  e investigaba continuamente la existencia humana. Viajó de África a Europa buscando respuestas. Adhirió al maniqueísmo y al escepticismo. Pero no fue hasta trasladarse a Roma que renació en él un nuevo interés por el cristianismo. San Agustín cuenta en su libro “Confesiones” que un día, en la quietud de su propia presencia,  recibió una inspiración del cielo para volver a las Sagradas Escrituras. Allí encontró la respuesta que tanto buscaba sobre la verdad y el propósito de su existencia.

A mis 18 años yo misma tuve mi propia rebeldía y decidí hacer un largo viaje por el mundo. Lo que no imaginaba en ese entonces es que lo mío también sería un viaje a mi propio mundo interior, en busca de sentido. Y así fue que, junto con mi amiga Sofía, tomamos un avión y ¡al mundo nos fuimos! Y crecimos. Mucho. No me alcanzaría el tiempo para relatar todas las aventuras y locuras vividas y aprendidas juntas, solas y con más amigas. Tampoco es el punto de este relato. Lo que sí viene al caso es que yo en esos meses me alejé bastante de Dios. Creo que estaba muy ocupada creciendo desde otro lugar y con los desafíos de estar lejos de casa y con “la casa interior”, es decir mi espíritu bien inquieto.

Luego de seis meses, con los ahorros suficientes y apenas una mochila me encontré con mi hermana para seguir viajando por Europa. Carolina me transmitía paz, alegría, calor de hogar y, para mi gran incomodidad, Fe. Eso y la cantidad de iglesias en Europa (demasiadas para ese momento de mi vida) me molestaban. Algo me inquietaba. Y comencé a sospechar que yo quizás también había emprendido un viaje interior, además del turístico que, ya para ese entonces, tenía el próximo destino: Roma.

Viajamos toda la noche en tren. Carolina durmió. Yo no pude. Tomé su “walkman” y en la soledad del camarote y mirando la noche, sonó una canción, cuyo estribillo me inquietó e incomodó aún más: “Aunque no lo veamos, el sol siempre está” repetía y repetía el coro. Y mis lágrimas comenzaron a caer y caer. Dentro de mí yo ya no tenía “sol”, pero, según la canción, estaba. Por primera vez en muchos meses volví a rezar, pero, confieso, lo hice con bastante rebeldía y socarronería: “Pues si tu ausencia me molesta, debe haber alguna presencia. Así que, Dios, haz algo para que de verdad la sienta y te vuelva a elegir en mi vida”.

Llegamos a Roma el sábado 8 de diciembre y con lluvia torrencial. Carolina insistió en ir a misa. Para mi gusto, por clima y por comodidad física (la cual convenientemente camuflaba mi incomodidad espiritual), era un día para salteársela. Pero enseguida preguntamos dónde había misa cerca. “Aquí no más, empieza en media hora. Aquí, a siete cuadras, en Santa María Maggiore. ¡Y viene el Santo Padre!”. Nos quedamos duras. ¡Pero echamos a correr, por supuesto! ¡No era para perdérselo! La gente lleva meses pidiendo audiencias papales y nosotras que sólo pedíamos direcciones para apenas cumplir con el precepto de una fecha mariana importante (Inmaculada Concepción) que además valdría para el domingo…

Claramente para mí, la respuesta que recibimos fue más que una indicación para llegar. Fue LA respuesta y una precisa indicación para volver. Llegar a la Basílica de Santa María Maggiore para volver a la casa del Padre- y como es siempre ¿verdad?: ¡María, un atajo para llegar a Jesús!

Juan Pablo II pasó lo más cerca nuestro que era posible. Carolina y yo, emocionadas, casi nos lanzamos hacia él. Me estiré tanto que toqué su manto. Fue entonces y así que yo también en Roma, luego de andar por el mundo y de cuestionar, rechazar e ignorar, me convencí y entendí porqué San Agustín luego dijo: “Señor, nos creaste para ti y mi corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti”.

Y aquí aún sigo yo, luego de escribir mis propias “Confesiones”, recordandome a diario que tantos momentos que vivo de impaciencia, de frustración, de desgano, de tristeza, de enojo, de cansancio emocional y físco quizás son diferentes formas de aún rebelarme y de aún no querer entender que “El descanso y el sentido de nuestra existencia solo se verá saciado en Dios”. 

Gracias, San Agustín, por seguir ayudándome a encausar mis rebeldías de todos los días.

 

  • Carolina Tocalli

    Que emoción leer tus Confesiones Agus! Gracias por abrir tu corazón ! Que San Agustín te siga bendiciendo con su rebeldía de fe

    • Agustina Tocalli Beller

      ¡Gracias por ese viaje y tu Fe, Caro!

  • ines

    18 años, con sus ahorros salió de mochilera a hacer un viaje interior. Me recuerda a otros tiempos, cuando las niñas de buena familia, ante un desaire amoroso, iban un año de viajes por el mundo, para reparar su corazón dañado. ¿De que trabajaba para tener ahorros que le permitía hacer la experiencia?